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¿Hemos
entrado ya en la era del caos?
Por
Mike Davis
Revista
Sin Permiso, España, 19/03/06
Traducción
de Jordi Mundó
La
génesis de dos huracanes de fuerza cinco (Katrina y Rita) golpeando una
tras otro el Golfo de México es un hecho sin precedentes cargado de
preocupantes consecuencias. Pero para la mayoría de los meteorólogos
tropicales la verdaderamente asombrosa “tormenta de la década” fue la
ocurrida en marzo de 2004. El huracán Catarina –llamado así por haber
recalado en el Estado de Santa Catarina, al sur de Brasil– fue el primer
fenómeno de esta naturaleza registrado en el Atlántico sur.
La
ortodoxia de los manuales de texto siempre había excluido la posibilidad
de un suceso parecido. Los expertos afirmaban que al sur del Ecuador atlántico
la temperatura del agua del mar era demasiado baja y los vientos racheados
demasiado fuertes para permitir que las depresiones tropicales
evolucionaran y se convirtieran en ciclones. De hecho, los meteorólogos
no daban crédito a lo que veían cuando los satélites transmitieron las
primeras imágenes de la presencia en esas latitudes imposibles del clásico
remolino con un ojo perfecto en el centro.
En
distintas reuniones y publicaciones recientes los investigadores han
debatido sobre el origen e importancia del Catarina. El asunto básico es
éste: ¿El Catarina fue sólo
una excepción a la situación climatológica estadísticamente normal del
Atlántico sur (siguiendo la famosa analogía de Stephen Jay Gould, algo
así como la racha extremadamente improbable en béisbol de 56 bateos de
Joe DiMaggio en 1941) o, por el contrario, el Catarina inauguró un nuevo
“umbral”, apuntando hacia un cambio de estado fundamental y súbito en
el sistema climático del planeta?
Las
discusiones científicas sobre el cambio climático y el calentamiento
global siempre se han desarrollado bajo la terca presencia de la no
linealidad. Los modelos climáticos, como los modelos econométricos, son
fáciles de construir y de comprender cuando son simples extrapolaciones
lineales de una conducta pasada bien cuantificada; es decir, cuando hay
una relación proporcional consistente entre causas y efectos.
Pero
la mayoría de los componentes del clima global –aire, agua, hielo y
vegetación– en realidad exhiben un comportamiento no lineal: a partir
de ciertos umbrales pueden saltar repentinamente de un patrón
organizativo a otro, con consecuencias catastróficas para especies con un
diseño muy adaptado a las condiciones ecológicas previas. Hasta
principios de la década de 1990 se creía que esas grandes transiciones
climáticas requerían siglos, si no milenios. Hoy, gracias al
procesamiento e interpretación de los registros materiales presentes en
los casquetes polares y en los sedimentos de los fondos marinos, sabemos
que las temperaturas globales y las corrientes oceánicas pueden, bajo
determinadas circunstancias, cambiar muy rápidamente (en un década, o
incluso en menos tiempo).
El
ejemplo paradigmático es el llamado “Younger Dryas”, ocurrido hace
12.800 años. El desplome de una gigantesca pared de hielo instantáneamente
formó el río Saint Lawrence, el cual liberó al Océano Atlántico un
inmenso volumen de aguanieve procedente de la menguante capa de hielo del
glaciar de la meseta Laurentina [actual Canadá]. El enfriamiento súbito
del Atlántico norte detuvo la circulación de agua tibia procedente de la
corriente marina del Golfo y sumió a Europa en una era de glaciación que
duró cientos de años.
Los
cambios bruscos en el sistema climático –como por ejemplo los cambios
relativamente pequeños que ocurren en los niveles de salinidad oceánica–
son amplificados por bucles causales. Acaso el ejemplo más famoso sea el
del albedo del hielo marino: las vastas extensiones de hielo blanco
compacto del Océano Ártico refractan el calor hacia el espacio,
retroalimentando así la tendencia al enfriamiento; en cambio, la capa
menguante de hielo marino aumenta la absorción del calor, acelerando
tanto su propia fusión como el calentamiento planetario.
Umbrales,
cambios bruscos, amplificadores, caos. La geofísica contemporánea supone
que la historia de la Tierra es inherentemente revolucionaria. Es por esto
que muchos destacados investigadores, sobre todo aquellos que se ocupan de
analizar la estabilidad de la capa de hielo del Ártico y las corrientes
marinas del Atlántico norte, siempre han puesto reparos a las
proyecciones acordadas por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio
Climático (PICC), la autoridad mundial para el cambio climático.
Pero
no vaya a pensarse que su postura crítica tiene algo que ver con la de
los acólitos de Bush que siguen pensando que la Tierra es plana y con los
que sólo piensan en los intereses de la industria petrolera. Su
escepticismo se basa en el temor de que los modelos del PICC sean
incapaces de predecir adecuadamente escenarios no lineales tan catastróficos
como el Younger Dryas. Mientras otros investigadores hacen modelos sobre
el clima de finales del siglo XXI en el que vivirán nuestros hijos basándose
en los precedentes de las eras Antitermal (la fase más caliente del
periodo holocénico actual, hace 8.000 años) o Eemia (el episodio
anterior, aún más cálido, ocurrido 120.000 años atrás), un número
creciente de geofísicos juegan con la hipótesis de que sobrevenga un
calentamiento desbocado que devuelva la Tierra al tórrido caos del Máximo
Termal del Paleoceno–Eoceno (MTPE), hace 55 millones de años, cuando el
calentamiento rápido y extremo de los océanos provocó extinciones
masivas.
Recientemente
han aparecido nuevas evidencias de que quizá vayamos a sufrir
calentamientos que, si bien no nos harían regresar al temible y casi
inconcebible MTPE, sí llevarían a pensar en una situación más severa
que la imaginada por el PICC.
Cuando
hace tres semanas volaba hacia Luisiana y a la carnicería provocada por
el Katrina, leí el ejemplar del EOS, el boletín de la American
Geophysical Union, correspondiente al 23 de Agosto. Me impactó
sobremanera el artículo titulado “La trayectoria del sistema Ártico
hacia una nueva estacionalidad sin hielo”, co–escrito por 21 científicos
de otras tantas universidades e institutos de investigación. Incluso dos
días después, mientras caminaba entre los cascotes del noveno dique [en
Nueva Orleáns], me di cuenta de que estaba aún más horrorizado por el
artículo del EOS que por el desastre que me rodeaba.
El
artículo empezaba con un resumen de procesos climáticos recientes con
los que está familiarizado cualquier lector habitual de la sección científica
de los jueves del New York Times: durante casi 30 años, el hielo marino
del Ártico ha ido adelgazando y menguando tan rápidamente que “es muy
realista pensar que dentro de un siglo habrá un verano sin hielo en el Océano
Ártico”. Sin embargo, los científicos añaden otra observación: que
este proceso probablemente sea irreversible. “Sorprendentemente, resulta
difícil identificar un único mecanismo de retroalimentación en el Ártico
que por sí mismo tenga la potencia o la capacidad de aceleración
suficientes como para alterar el curso actual del sistema”.
En
el último millón de años no ha habido un Océano Ártico sin hielo, y
los autores advierten de que la Tierra está abocada a un estado
inexorablemente “hiperglacial, saltándose la secuencia de fluctuaciones
entre periodos glaciales e interglaciales prevalente durante la historia
reciente del planeta”. Hacen hincapié en que durante el próximo siglo
el calentamiento global probablemente excederá la temperatura máxima de
la era Eemia, soslayando así todos los modelos construidos a partir de la
hipótesis de que éste sería el escenario dominante. Además sugieren
que hay una posibilidad real de desplome total o parcial de la masa de
hielo de Groenlandia, un acontecimiento que provocaría un nuevo Younger
Dryas sobre la corriente del Golfo.
Si
están en lo cierto, entonces nosotros estamos viviendo en el equivalente
climático de un tren en marcha que va aumentando su velocidad a medida
que pasa por las estaciones “Antitermal” y “Eemia”. “Saltándose
la secuencia”, además, quiere decir que no sólo estamos dejando atrás
los variables parámetros climáticos del Holoceno –los últimos 10.000
años de tiempo benigno y cálido que han favorecido los rápidos
crecimientos de la agricultura y la civilización urbana–, sino también
los del Pleistoceno tardío que coadyuvaron a la evolución del Homo
sapiens en el África oriental.
Con
toda seguridad otros investigadores impugnarán las extraordinarias
conclusiones del artículo del EOS y –debiéramos esperar– sugerirán
que existen fuerzas compensatorias a este escenario de catástrofe del
albedo ártico. Pero, al menos hasta el momento, la investigación sobre
el cambio global apunta a los peores escenarios posibles.
Se
calla por sabido que todo esto es un perverso tributo al capitalismo
industrial y al imperialismo extractivo, dos fuerzas geológicas tan
formidables que en apenas dos centurias –en realidad, en los últimos 50
años– han conseguido bajar la Tierra de su pedestal climático y
propulsarla hacia una no linealidad desconocida.
Mi
demonio interior ansía decir: pongámonos el mundo por montera. No hay
ninguna necesidad de que nos preocupemos de Kyoto, de reciclar las latas
de aluminio o de gastar demasiado papel higiénico, si resulta que en poco
tiempo de lo que hablaremos será de cuántos cazadores–recolectores
podrán sobrevivir en los abrasadores desiertos de Nueva Inglaterra o en
los bosques tropicales del Yukón.
Sin
embargo, el lado bueno que habita en mi grita: ¿Cómo es posible que
podamos contemplar con seriedad científica si los hijos de nuestros hijos
tendrán hijos? Dejemos que sea Exxon la que responda a la pregunta en uno
de sus mojigatos anuncios.
Mike
Davis es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Está en
prensa la traducción castellana de su reciente y celebrado libro sobre la
venidera pandemia de gripe aviar: “El monstruo en la puerta”
(trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006)
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