Calamidades
del capitalismo

 

La “amenaza terrorista”

El nuevo gran negocio para la “industria del miedo

Por Adán Salgado Andrade (*)
Enviado por el autor, 14/05/06

En su discurso sobre el “Estado de la Nación”, el presidente Bush resaltó que la lucha contra el “terrorismo” seguirá, pero para la mayoría de los estadounidenses parece interminable.

De hecho, se aseguró que una vez invadido Iraq, el mundo sería “más seguro”. No ha sucedido así, por supuesto, pues los atentados en Madrid del 11 de marzo del 2004 y en Londres, ocurridos el 7 de julio del año pasado, no precisamente comparables en espectacularidad a los de las torres gemelas en Nueva York en septiembre del 2001, pero igualmente trágicos, demostraron lo contrario. Pero, además, el hecho de que el número de soldados muertos en Iraq, más de 2200, antes y después de la invasión, no es una clara señal de que ese país se haya “pacificado”.

Por ello fue que en el discurso del 31 de enero pasado, Bush aseguró que no habrá “retirada masiva de tropas estadounidenses”, claro, pues, aparte de que eso significaría un inmediato estado de guerra civil y anarquía peores a los que vive actualmente Iraq, también sería el fin de muchos buenos negocios ahí y en Estados Unidos, entre los que se encuentra lo que llamaré la industria del miedo.

El miedo, un gran negocio

El miedo en el mundo está haciendo que emprendedores hombres de negocios estén “apuntándose y frotándose las manos”. No me refiero, por supuesto, a las películas de terror – que también, el terror cinematográfico deja excelentes dividendos –, sino aquélla que basa su ser en la existencia de la, así llamada, “amenaza terrorista”.

Nunca antes, sobre todo, a partir de los sospechosos atentados del 11 de septiembre del 2001, había tenido tanto auge la “lucha antiterrorista”. Pero no sólo el hecho mismo de los avionazos proyectados contra las torres gemelas – suceso que en su momento se mostró y se explotó por la mass media de forma más cinematográfica, que dramática –, creó un generalizado pánico y una histeria social entre los estadounidenses – extendida desde entonces al resto del mundo –, sino también ha contribuido la campaña, muy hábilmente dirigida desde el gobierno de George W. Bush coludido con las corporaciones “informativas” – CBS, CNN, NBC, CNI, FOX, entre otras –, de que todo el mundo es un “semillero de terroristas”, abanderados por la “peligrosísima banda” de árabes renegados al Qaeda, comandados por el escurridizo Osama Bin Laden – que quizá ya hasta esté muerto, como ahora se especula –, esperando cualquier momento para asestar un nuevo, horrible atentado terrorista.

Así pues, la industria del miedo, para “alivio nuestro”, ha surgido como respuesta a tan “serias amenazas terroristas”, con el fin de combatirlas y contrarrestarlas. Por tanto, para coordinar tan vastos, abrumadores esfuerzos antiterroristas, Estados Unidos creó una supersecretaría: el Departamento de Seguridad Doméstica (Department of Homeland Security), organismo central, estratégico – digamos que representa lo que la CIA fue en su momento, cuando el “enemigo” a vencer era la URSS –, encargado de armar la logística antiterrorista, desde el enlace del resto de las instituciones gubernamentales que tiene que ver con la “seguridad”, hasta la “incentivación científica y técnica” de métodos y tecnologías que coadyuven al combate del terror.

Para ello, además de un exagerado aumento del gasto en el aparato burocrático – esto en un país que promueve el neoliberalismo a ultranza y se jacta del adelgazamiento del estado, es decir, está en contra de un desmedido gasto gubernamental, de acuerdo con las fórmulas fondomonetaristas–, exprofesamente el DSD creó la así llamada Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Seguridad Doméstica (Hsarpa: Homeland Security Advanced Research Projects Agency, equivalente a la DARPA del Pentágono, la agencia militar que incentiva la benéfica investigación bélica), la cual financia “prometedores” proyectos de empresas privadas que controlen y combatan a los muy mañosos, huidizos terroristas y a todas sus triquiñuelas.

El combate al terror es primero

Y para que tanto emprendedor empresario haga “good business” el DSD cuenta con un billonario presupuesto: $49,900 millones de dólares (casi un 70% de las exportaciones petroleras de México en el 2005, cercanas a los $70,000 millones de dólares), que se ha obtenido, incluso, recortando programas sociales, gastos médicos y educativos (lo que sucedió en Nueva Orleans a causa del huracán Katrina fue consecuencia de la negligencia de Bush a destinar dinero para reforzar los diques de esa ciudad portuaria).

Así, los que llamaré miedoempresarios, están ofreciendo desde “software detector de hackers”, “vestimenta a prueba de ántrax”, “analizadores de aire para detectar venenos”, “analizadores del iris para clasificar sospechosos”, “escaners biométricos corporales en aeropuertos para ver que alguien no porte explosivos plásticos”, “detectores de armas de destrucción masivas”, “identificadores visuales de sospechosos”… y un sinfín de supuestos artilugios que hagan de los EEUU y del mundo entero – y aquí de nuevo la implicación de que gracias a ese país, la humanidad puede estar segura de que los terroristas no la van a “atacar más”– , un sitio “más seguro”.

Miedoempresas, buen negocio también de exfuncionarios

Corporativos como Fortress America, Global Secure, Paladin Capital Group, Chesapeake Innovation Center, el poderoso Grupo Carlyle (asociado a empresas petroleras, financieras y bancarias), In-Q-Tel (empresa de la CIA), entre decenas de otros, son compañías que han logrado reunir algunos millones de dólares aportados por los así llamados “capitalistas aventureros” (venture capitalists), con la finalidad, a su vez, de financiar a empresas que ofrezcan tecnología antiterrorista en cualquier forma que convenza a los directivos del Departamento de Seguridad Doméstica, para que parte del enorme dinero que tiene presupuestado se invierta en tales "alternativas antiterror”.

De hecho, muchas de tales empresas hasta ahora no tienen nada qué ofrecer en concreto (son blank check, como se las conoce en EEUU), sino que están “buscando” las mejores opciones para invertir su capital. Por ejemplo, Fortress America cuenta con casi 50 millones de dólares para adquirir una empresa que, según su director Tom McMillen, sea vital “para la prevención, desaliento o la limpieza luego de un desastre, sea éste consecuencia de un atentado terrorista o debido a causas naturales”.

No es casual que ante tanto dinero, hasta exfuncionarios estén haciendo sus “negocitos”, como el señor Richard Clarke, antiguo zar contraterrorista, autor del libro Against All Enemies: Inside’s America War on Terror (Contra todos los enemigos: Análisis de la guerra estadounidense contra el terror), fundador de la empresa Good Harbor Partners, la cual, ha prometido Clarke, que estará dedicada al “manejo de amenazas, manejo de las crisis y la mitigación de los riesgos terroristas”. Y digo que sólo ha prometido porque nada más cuenta con capital, pero aún no ha logrado reclutar ninguna empresa que reúna sus requisitos.

Aún así, esta, digamos “protoempresa”, ya cotiza en la Bolsa de Valores, es decir, ya vende acciones a inversionistas que, esperan, les reditúe buenas ganancias la lucha de dicho negocio contra la “amenaza terrorista”. Otro ejemplo es la empresa Paladin Capital Group, curiosamente fundada por el teniente general retirado Ken Minihan, que fue, además, director de la Agencia Nacional de Investigación, y que cuenta entre sus empleados nada menos que a James Woolsey, ex director de inteligencia, y a H. Lee Buchanan, ex director de operaciones de DARPA (como ya mencioné, el departamento del Pentágono encargado de la “innovación bélica”), en fin gallos pesados, con multitud de contactos, justamente, entre las agencias encargadas de la “seguridad nacional”.

¡Subirán sus cotizaciones cuando haya atentados!

Estas miedoempresas pregonan que no es ambicioso capitalismo en pos de las ganancias lo que hacen, sino “desinteresado patriotismo” que busca salvar a la humanidad de la maldad. “No se trata sólo de hacer dinero con esto – dice uno de los  miedoempresarios, abusando de sensiblería occidental –, sino que estamos tratando de crear un mecanismo que coordine tecnologías que salven a nuestros niños de un montón de locos peligrosos”.

Pero tan elocuente, noble discurso, queda sin fundamento en vista de que las miedoempresas elevarán su cotización en la bolsa de valores cuando ocurra una amenaza terrorista, digamos, un ataque con ántrax en una ciudad y que, gracias a sus artilugios y sus medidas de seguridad, aquél se haya prevenido con ¡éxito! “Pues negocios son negocios”, declara uno de estos miedoempresarios, “así que nuestras empresas van a ganar sólo cuando demostremos fehacientemente que nuestros métodos y aparatos sirven y, eso, como usted podrá imaginarse, no sería posible comprobarlo, desgraciadamente, sin que se den verdaderos atentados terroristas”.

Efectivamente, el día de los atentados terroristas en Londres, el 7 de julio del 2005, las acciones de las miedoempresas (que yo llamaría miedoacciones) subieron estrepitosamente, como fue el caso de Verint Systems, que elabora software para sistemas de vigilancia, cuyas acciones subieron 12.5% y Viisage, empresa que se encarga del reconocimiento facial y corporal. Y en general los dividendos otorgados por las miedoempresas ya superan a índices industriales como el Dow Jones o el Nasdaq, que normalmente son obligada referencia para los especuladores financieros.

Entonces, si una empresa aérea sufriera, digamos, un “atentado terrorista” (que otra vez proyectaran uno de sus aviones contra una torre), las acciones de ésta bajarían estrepitosamente, en tanto que subirían las de la miedoempresa que le vendió a otra aerolínea equipo de reconocimiento facial gracias al cual ésta logró evitar que un grupo de “árabes locos” abordara uno de sus aviones.

Claro, con esa lógica, de que se compruebe qué tan eficaces son las miedoempresas, y en la ausencia de atentados terroristas, podría pensarse – aunque esto parezca producto de un plot hollywoodense – que hasta uno de tantos miedoempresaios pudiera planear su propio atentado terrorista para demostrar que, digamos, sus máscaras antiántrax, son “muy efectivas y nadie se murió, ni se contaminó, como pudieron ver todos ustedes, así que compren productos de mi empresa e inviertan en mis acciones”.

Y no es exageración: por ejemplo, las fantasiosas amenazas de una posible pandemia provocada por un ataque con la temible viruela – erradicado virus eruptivo que actualmente sólo poseen unidades ultrasecretas de investigación en los EEUU y Rusia –, alimentadas por los miedoempresarios, ha dado como resultado la fabricación masiva de vacunas por laboratorios como Pfizer, grupo farmacéutico que ha resultado bastante beneficiado económicamente por las ventas de millones de dosis. Y desde hace más de cuatro años que se declaró “inminente” un ataque biológico con viruela, esto, para desgracia de los miedoempresaios, no ha ocurrido.

Se acaba la privacidad por mandato constitucional

Dado que la lucha antiterrorista es cuestión de seguridad nacional ya no se respetan las consideraciones de privacidad a la que todos los ciudadanos, tanto estadounidenses, como del resto del mundo, tienen: varias de las miedoempresas ya han puesto en funcionamiento, con la incondicional autorización gubernamental, programas de espionaje en el Internet que, mediante las llamadas cookies, programas que se “meten” a las computadoras de los usuarios, son capaces de averiguar todo: desde sus hábitos de consumo, sus registros gubernamentales, sus datos médicos, sus cuentas bancarias… hasta sus registros fotográficos, si el ingenuo usuario manda una de sus fotos para anunciarse en Friendster.

Un ejemplo es la compañía Claria (esta empresa estadounidense, llamada anteriormente Gator, tuvo problemas con la Federal Trade Commission pues sus tácticas comerciales consistían no sólo en insertar cookies en las computadoras de los internautas, sino que, además, les enviaba spams, esos “dolores de cabeza” de los correos electrónicos, debido a que inundan de publicidad no deseada los discos duros de aquéllas), la cual, ya saneada de sus antiguas prácticas desleales, forma parte hoy día de la Antispyware Coalition, otro grupo “antiterrorista” con buenos contactos en Washington y que, se supone, está encargado de combatir a los “peligrosos hackers”.

Para todos los miedoempresarios hay buen dinero

Vaya que hay bastante dinero para cada tipo de proyecto contra el miedo: $400 millones para detectores de seguridad; $800 millones para el llamado videoanálisis y nada menos que $36,000 millones de dólares para tecnología que asegure la “integridad física”, como el blindaje corporal. De éste podemos mencionar los llamados exotrajes que actualmente busca desarrollar la DARPA, mediante premios anuales “al mejor exotraje”, que serían una especie de armaduras robotizadas blindadas que emplearían los grupos antiterroristas para, según sus promotores, repeler ataques con bombas o explosivos ocultos.

También la detección de explosivos es parte de la llamada integridad física.  Un ejemplo es el Talon, un robot de $125,000 dólares, fabricado por la empresa Foster-Miller, que está equipado con visión infrarroja, cuatro cámaras, reflectores y tenazas mecánicas, que, por fin, después de cuatro años de mejoras, es capaz, ya, de detectar explosivos ocultos, el cual, actualmente emplean bastante los mariners en Iraq, en donde las “batallas” militares ya no se libran cuerpo a cuerpo, sino cuerpo a coche-bomba o cuerpo a hombre-bomba.

En suma el “gran negocio del miedo”, de acuerdo a las estimaciones más entusiastas, puede ascender actualmente a los ¡$200,000 millones de dólares! (casi una tercera parte del producto interno bruto mexicano del año pasado, estimado en $700,000 millones de dólares).

Contratar a las miedoempresas, mandato constitucional

Como ya señalé, el hecho de que el combate al terror es una cuestión de seguridad nacional, todos los miedoempresarios cuentan con la ventaja adicional de que sus actividades ya están elevadas a rango constitucional. Por lo mismo, el cabildeo entre los funcionarios del gobierno es vital para los miedoempresarios, con tal de agenciarse los jugosos, millonarios contratos que el DSD y Hsarpa les otorgarán de ser elegidos.

Pero, además, porque el combate al terrorismo es obligatorio, no sólo el gobierno será un “buen cliente”, sino que gracias a sus “constitucionales medidas” (y a las aseguradoras, las que están horrorizadas ante el prospecto de perder más dinero a causa de atentados terroristas), también el sector privado se verá obligado a contratar los servicios de los miedoempresarios, ya que aquél posee el 90% de la infraestructura crítica, o sea, la que sería potencial objetivo de los “terroristas”. Así, una subsidiaria de Paladin, SafeView, por citar un caso, vende aparatos analizadores a base de ondas milimétricas tanto para aeropuertos privados, como para juzgados gubernamentales.

Buenos negocios por muchos años

Como señalé, mientras el miedo dure varios años, la cotización de las miedoacciones seguirá al alza, así que serán muy buenos negocios. Hasta empresas tradicionalmente dedicadas a la defensa militar le están entrando a la “seguridad doméstica”, pues ya es mejor negocio que las ventas al Pentágono: General Electric (sí, la fabricante de focos y artículos eléctricos también le entra a la fabricación bélica), Lockheed Martin, Boeing (que se salvó de la quiebra gracias a sus contratos con el Pentágono), Northrup Grumman, L-3 Communications, Computer Sciences y SAIC (los tres últimos grupos dedicados a la integración de sistemas de seguridad). Y aunque, de momento, están adjudicándose puros “contratitos” (unos cuantos milloncitos), están en espera de lograr los verdaderos, grandes contratos, los que superen los miles de millones de dólares.

Por ejemplo, a Lockheed Martin, la Autoridad de Transporte Metropolitano de Nueva York le asignó un “contratito”, nada más de $212 millones de dólares, para que diseñe un centro de control y vigilancia formado por sensores y cámaras que logren identificar a sospechosos en áreas restringidas como estaciones de autobuses.

Pero el equipo que empleará Lockheed, a su vez, lo subcontratará de entre varias compañías (por supuesto, la que le dé los mejores precios) que ofrecen diferentes equipos para tal finalidad. Además, para asegurarse contar con una miedoempresa, las grandes corporaciones están invirtiendo en las compra de las que consideran más estratégicas, como es el caso de la mencionada General Electric, la que adquirió, por $900 millones de dólares a InVision, que fabrica equipos para revisión de equipaje. El gigante de la información y manejo de datos, Lexis/Nexis, adquirió Seisint, compañía dedicada al análisis de datos y que, previamente, ya contaba con lucrativos contratos del Departamento de Seguridad.

Incluso, la “seguridad nacional” será tema electoral, y muy probablemente el candidato presidencial o gubernamental que no prometa fondos especiales para “el combate al terrorismo”, perderá o no podrá asegurar su reelección.

Sí, por tanto, a todas las miedoempresas conviene el clima de terror que se está propagando a todo el mundo desde los Estados Unidos, gracias al generalizado, histérico temor de ¿cuándo ocurrirá el siguiente atentado terrorista y cómo lograremos evitarlo? (Contacto: studillac@hotmail.com )

* Profesor de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).