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Dos
entrevistas a Mike Davis
La
ciudad imperial y la ciudad miserable - I
Tomdispatch,
mayo 2006
Sin
Permiso, 21/05/06
Traducción de Jordi Mundó
Mike
Davis, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, acaba de publicar en
la Editorial Verso de Londres su esperado libro sobre las ciudades miseria
en la economía remundializada de la globalización neoliberal [“Planet
of Slums”]. Con tal motivo, Tom Engelhardt le hizo una entrevista en dos
partes, que reproducimos a continuación. Acaba de traducirse al
castellano su también reciente libro sobre la amenaza de la gripe aviar
(El monstruo llama a nuestra puerta, Viejo Topo, Barcelona, 2006).SP
“El
caos no siempre entraña una fuerza maligna. El peor escenario imaginable
siempre es aquél en que la gente es silenciada. Su destierro se hace
permanente. Se está produciendo una selección implícita de la
humanidad. Se designa a las personas que deben morir y se olvida el asunto
del mismo modo que olvidamos el holocausto del SIDA o que acabamos siendo
inmunes a las llamadas de socorro de las hambrunas. Hay que despertar al
resto del mundo, y los pobres de las ciudades miseria y las barriadas
degradadas están experimentando con un amplio abanico de ideologías,
plataformas y modos de utilización del desorden: desde ataques casi
apocalípticos contra la propia modernidad hasta atentados de vanguardia
para inventar nuevas modernidades, nuevas clases de movimientos sociales.
“Pero
uno de los problemas fundamentales estriba en que, cuando se tiene a tanta
gente luchando por puestos de trabajo y espacio, la forma obvia de
regularlos es mediante el surgimiento de padrinos, jefes tribales, líderes
étnicos, que operan todos sobre principios de exclusión étnica,
religiosa o racial. Esto tiende a crear guerras
autoperpetuantes, casi eternas, entre los propios pobres. De modo
que en la misma ciudad pobre puede hallarse una multiplicidad de
tendencias contradictorias (gentes adorando al Fantasma Sagrado, o uniéndose
en bandas callejeras, o formando parte de organizaciones sociales
radicales, o convirtiéndose en clientes de políticos sectarios o
populistas)”
I.
El nivel cero de la humanidad
Mike
Davis luce pelo corto y bigote canosos, aunque conserva su hechura de tipo
no muy alto pero compacto de hijo de carnicero que en su día acarreó
piezas de carne para su padre en el suburbio de El Cajón, en San Diego.
Sin apenas tiempo para respirar, te hace subir a su vehículo todoterreno
y te lleva a ver McMansion's [en Estados Unidos, es un término popular
peyorativo para designar los grandes chalets de estilo homogéneo, tan
ubicuos en las afueras de las grandes ciudades y carentes de originalidad
arquitectónica como los restaurantes McDonald's. N. del T.], en el
extrarradio de San Diego, para acto seguido acercarte hasta las
inmediaciones de la frontera con México a ver la controvertida valla que
acaba de construirse (en la que tenemos una pelea con la Patrulla de
fronteras). Davis es el guía de tus sueños, una especie de enciclopedia
andante capaz de dar cuenta de cualquier cosa extraña o fascinante acerca
del Sur de California. Ni el más nimio detalle del paisaje deja de
recibir un comentario, una breve descripción o un análisis en
profundidad. El puente sobre la Interestatal que cruzamos en algún lugar
del desierto lejos de la ciudad es el que contiene más cemento armado de
todo el país. Mike Davis es capaz de identificar cada uno de los buques
militares que se entrecruzan en el puerto azulado de San Diego, y cada
nave recibe su crítica correspondiente, de la que tampoco se libra el
suave aterrizaje de un helicóptero de la Marina ("¡Mira qué
juguetitos tiene la Marina!").
Una
lectura rápida de las ofertas del mercado inmobiliario local va seguida
de la queja de que "¡hoy en día de lo único que se habla en San
Diego es del valor de las propiedades inmobiliarias!". No deja de señalar
cada una de las bases militares por las que pasamos. "La gente no se
da cuenta de la cercanía de los militares. No advierten la muerte que les
rodea, las plataformas asesinas. Simplemente, es algo que obvian".
Aquí y allá, sin pausa posible, va emergiendo un extraño recuerdo de
tiempos pasados. ("Lo único bueno que tuvo haberse criado en San
Diego era que tenía una base de la Marina y que sus teatros eran muy
baratos. Un verdadero paraíso para un adolescente"). Sentado a su
lado en el coche te das cuenta de que sólo te queda escuchar y observar
la deslumbrante –pero no por eso menos natural– erudición de un
hombre que parece guardar en su cabeza todos los detalles de cualquier
asunto.
Su
modesta casa está situada cerca de uno de los barrios más pobres de San
Diego, al que hacemos una visita rápida mientras discutimos sobre los
graffiti locales echados a perder. Su pequeño estudio, en el que coloco
mis grabadoras, está dominado por una casita de plástico gigantesca de
colores chillones que utilizan sus mellizos de dos años de edad, James y
Cassandra (o Casey). Entrevistarle en su casa implica verse rodeado de la
historia revolucionaria del mundo. No hay pared, rincón o grieta, tampoco
en el cuarto de baño, que no estén adornados con un póster
revolucionario. ("Camarada. ¡Trabaja y lucha por la Revolución!"
[en castellano en el original, N. del t.] A tu alrededor te encuentras con
unos pies que tratan de aplastar a los plutócratas rusos, o con unas
manos enormes que quieren hacer pedazos a la clase explotadora alemana en
1919, al tiempo que te conminan al sufragio: "¡Vota
Espartakus!".
Mike
Davis, cuyo primer libro sobre Los Ángeles, “Ciudad de cuarzo”, se
convirtió en un superventas y le colocó en el mapa como uno de los académicos
urbanos más innovadores del país, ha escrito sobre casi todo, desde la
destrucción literaria de Los Ángeles hasta los holocaustos
tardovictorianos del siglo XIX, pasando por el grave peligro potencial de
la epidemia de gripe aviar del momento. Más recientemente, su incansable
cerebro se ha dedicado a investigar sobre la ciudad global en un nuevo
libro, Planeta de ciudades miseria, en el que llega a conclusiones tan
sobrecogedoras que constituyen un motivo suficiente para servir de base a
nuestra conversación.
Improvisamos
un pequeño espacio en el estudio, con mis grabadoras entre de los dos, y
empezamos. Davis representa algo de la vieja, y ya casi extinguida,
tradición autodidacta de Estados Unidos. En un mundo tribal, sin lugar a
dudas él habría sido el contador de historias del grupo. A mitad de
nuestra entrevista, que a trechos se convierte en un fascinante monólogo,
nos interrumpen repentinamente unos lloros infantiles que se escuchan en
algún lugar de la casa. Casey se ha despertado de mal humor de su
siestecita. Davis se excusa rápidamente, e instantes después regresa con
una niña de pelo negro azabache vestida de color rosa que, a horcajadas
sobre sus hombros, ensaya un lloriqueo sordo. Poco a poco, con la ayuda de
su padre, la niña se consuela, se sienta y empieza a parlotear, desde
luego con menos locuacidad y claridad expositiva que su padre. Tan pronto
se acomoda en la holgada casita de plástico, nos obliga a participar en
el juego del "lobo malo malísimo". Cuando, trascurridos unos
veinte minutos, empieza a jugar por su cuenta, Davis se dirige a mí y,
antes de que le de pie a reanudar la entrevista (yo apenas estaba
comprobando qué era lo último que había dicho), retoma la frase
exactamente en el punto donde la había dejado y continúa como si nada
hubiera ocurrido.
Tomdispatch: Estoy muy interesado en que
cuentes cómo llegaste a ocuparte del asunto de las ciudades.
Mike
Davis: Llegué a ocuparme del tema de la ciudad de la forma más localista
que pueda imaginarse, tratando de analizar la ciudad de Los Ángeles. Fui
a parar a Los Ángeles puesto que, habiendo sido un izquierdista de nuevo
cuño de los años sesenta y habiendo dedicado una cantidad enorme de
tiempo al estudio del marxismo, pensaba que la teoría social radical podría
explicarlo todo. Pero me di cuenta de que la prueba de fuego consistía en
comprender Los Ángeles.
Quizás
no debería decirlo, pero casi todo lo
que he escrito sobre otras ciudades es deudor, al menos en parte,
del proyecto sobre Los Ángeles. Por ejemplo, la investigación sobre la
tendencia hacia la militarización del espacio urbano y hacia la destrucción
del espacio público en Los Ángeles me ha llevado a explorar los patrones
globales de este fenómeno. Asimismo, el interés por los suburbios de Los
Ángeles me ha llevado a indagar sobre el destino que aguarda a los viejos
suburbios de todo el país y a observar con atención las formas políticas
emergentes de las ciudades fronterizas. De modo que a partir de esa
exploración localista basada en Los Ángeles, que en el proyecto original
incluía un reducido mosaico de 450 casos individuales, ha ido emergiendo
la realidad de todo el mundo.
Podría
explicarlo del siguiente modo. En la década de 1950, cuando a las
oficinas públicas de servicios sociales les preocupaba que los veteranos
de guerra que se estaban instalando en los suburbios no tuvieron un
sentido de arraigo, se realizó un estudio de gran alcance sobre cuántos
mundos de vida efectivamente existían en el Gran Los Ángeles, y se llegó
a la conclusión de que la gente vivía en unas 350 comunidades (pequeñas
ciudades, barrios, suburbios). Puede que hoy existan unas 500. La idea que
andaba por detrás de mi trabajo era que cada una de esas piezas que
constituían lo que llamamos Los Ángeles tenía una historia
completamente local y absolutamente descentralizada que contar sobre sí
misma, pero que al mismo tiempo reflejaba algunos aspectos importantes del
conjunto. Creo que desde un punto de vista literario podría pasarme
varias vidas contando una historia que, a partir de cada uno de esos
lugares, hablara de Los Ángeles. De modo que ésta era mi metodología.
Supongo que en el proceso acabé incorporando la condición de urbanista
simplemente porque la gente empezó a calificarme así. En realidad nunca
me he considerado historiador, sociólogo, economista político, ni teórico
urbano.
TE.-
¿Pero te defines a ti mismo de algún modo?
MD.-
Como tantos otros supervivientes de la Nueva Izquierda, me considero un
activista, ya sea montando estructuras de poder, ya realizando análisis
políticos. Casi todo sobre lo que he escrito o pensado tiene una relación
casi enfermiza con lo que en cada momento me parece que es lo debido desde
un punto de vista estratégico o táctico (como si aún tuviera que rendir
cuentas al Consejo Nacional del SDS [el Students for Democratic Society,
movimiento estudiantil fundado en 1959 que formó parte de la Nueva
Izquierda, N. del t.] o a la oficina de Chicago del sindicato IWW
[Industrial Workers of the World]).
Y
todo esto forma parte del rompecabezas estratégico del que me ocupé en
Ciudad de cuarzo. Los Ángeles se encontraba en un momento muy crítico de
su historia. La globalización había reorganizado por completo su economía,
remodelándola de arriba abajo, y mucha gente se había quedado en la
cuneta. Pero la ciudad tenía –y aún tiene– esa cualidad proteica de
ser capaz de las mejores cosas, de una política progresista, de un
activismo sorprendente. Al mismo tiempo, quería escribir un libro que
fuera también útil para la nueva generación de activistas y que enseñara
una nueva forma de mirar un lugar como Los Ángeles, cuya fantasía
identitaria había quedado materialmente incorporada en su estructura. Es
una ciudad que vive sus imágenes.
TE.-
Y fue entonces cuando ocurrieron las revueltas de 1992...
MD.-
… y yo traté de verlas como una consecuencia directa del proceso de
globalización. Algunos ganaban, otros perdían. También ocurrió que en
la zona Sur del núcleo central de Los Ángeles la globalización estaba
encarnada en la industria farmacéutica transnacional. Aquella fue la única
modalidad de globalización que realmente invirtió dinero en esas calles.
El libro que debía seguir después de Ciudad de cuarzo era uno sobre la
historia de Rodney King, que contaba la vida de un barrio desde un punto
de vista interno, acaso lo única estrategia narrativa que podía dar
cuenta de la complejidad de los acontecimientos ocurridos. Casi por
accidente, tuve acceso a algunos de los protagonistas claves del evento.
Por ejemplo, conocía a la madre del tipo que fue encarcelado por haber
estado a punto de asesinar al transportista. Además, yo tenía amigos en
la familia de Dewayne Holmes, el principal promotor de la tregua de la
banda de Watts.
Tenía
la esperanza de poder ensamblar esas historias con los relatos vecinales
para conseguir explicar el surgimiento de algo que al mismo tiempo era una
justificable explosión de ira contra la policía, un motín por el pan
con formas posmodernas y un pogromo contra las tiendas regentadas por asiáticos.
Pero mi proyecto encontró escollos insalvables en dos frentes. En primer
lugar, nunca podría encontrar una justificación moral suficientemente
buena para saquear las vidas de la gente simplemente para fines
narrativos, ni tampoco me veía capaz de cargar sobre mis hombros con el
derecho a contar sus historias. Al mismo tiempo, el proyecto tenía tintes
emocionales demasiado horrendos. Sólo serviría para añadir a las vidas
de mis amigos y conocidos muchas más penurias y dolor, además de
cantidades ingentes de tristeza y frustración. La perspectiva de vivir
esta experiencia con ellos –en esa época ejercía diversos oficios, a
lo que se añadía la circunstancia de criar en solitario a un
adolescente– me llevó a tomar la decisión de que eso no era lo que yo
podría hacer. Estaba convencido de tener en mi cabeza un libro de una
factura extraordinaria, pero no tenía ni la claridad de ideas, ni la
energía emocional suficientes para escribirlo.
Afortunadamente,
tuve la idea de incluir en el proyecto los desastres naturales. Y fue así
como el libro sobre las revueltas se metamorfoseó en un libro sobre la
Ecología del miedo, un estudio sobre el fetichismo del desastre en el Sur
de California donde lo natural suele verse en términos sociales (con los
coyotes y leones de montaña al mismo nivel que las bandas callejeras),
mientras que los problemas sociales (como las bandas callejeras) son
vistos como fenómenos naturales ("una juventud fiera y
salvaje"). Ecología del miedo trataba de la incapacidad de la
civilización anglo-americana para comprender el metabolismo del mundo
mediterráneo en el que vive (un error de comprensión de lo que
constituye hoy la verdadera esencia del Sur de California).
En
resumen, me refugié en la ciencia y opté por recorrer el camino que va
de la microescala de las biografías particulares hasta la macroescala de
las placas tectónicas y de El Niño. La ciencia constituyó mi primera
pasión, y acabé dedicando más tiempo a escribir aquel libro en la
biblioteca de geología del Cal Tech [Instituto de Tecnología de
California] que en los salones de la gente que conocía en las zonas
Central y Sur de Los Ángeles.
TE.-
Si saltamos 15 años hasta llegar a tu nuevo libro, Planeta de ciudades
miseria, con todo su acervo urbano. ¿Podríamos pensar que en este
momento sigues alguna consigna de algún comité central? ¿Nos podrías
introducir en el tema de la creciente conversión del planeta en
conurbaciones pobres y degradadas?
MD.-
Increíblemente, ni la teoría social clásica, ya pensemos en Marx o en
Weber, ni la teoría de la modernización de la época de la Guerra Fría,
fueron capaces de anticipar lo que ha ocurrido en la ciudad durante los últimos
30 o 40 años. Ninguna anticipó la aparición de una amplia clase,
mayoritariamente constituida por jóvenes, que vive en las ciudades, que
no tiene una conexión formal con la economía del mundo, y que no tiene
ni siquiera la posibilidad de consumar esa conexión. Esa clase
trabajadora informal no es el Lumpenproletariat, el proletariado en
harapos, de Kart Marx, y tampoco pertenece a los "barrios pobres con
esperanza", como se creyó hace 20 o 30 años, formados por personas
que potencialmente podrían llegar a formar parte de la economía formal.
Abandonados en las periferias de las ciudades, habitualmente sin estar
demasiado en contacto con la cultura tradicional de esas ciudades, esta
clase trabajadora informal global está creciendo a una velocidad sin
precedentes, sin que nada de eso haya sido previsto por la teoría.
TE.-
Danos algunas cifras sobre el proceso de expansión masiva de las
barriadas pobres en todo el planeta.
MD.-
Solamente en los últimos años hemos sido capaces de advertir el proceso
de urbanización a escala global. Anteriormente, los datos eran poco
fiables, pero Naciones Unidas Habitat ha realizado esfuerzos heroicos
utilizando nuevas bases de datos, encuestas sobre vivienda y estudios de
casos concretos, a fin de fijar una base de partida fiable para la
posterior discusión sobre el futuro urbano. El informe que publicó hace
tres años, El reto de las ciudades miseria, tiene una connotación de
acta fundacional de un nuevo gran camino de exploración de la pobreza
urbana que los asemeja a lo que en el siglo XIX representaron los trabajos
de Engels, Mayhew o Charles Booth (o de Jacob Riis, en los Estados
Unidos).
Una
estimación conservadora arroja la cifra de mil millones de personas que
viven hoy en barriadas pobres y de más de mil millones de personas
reducidas a la condición de trabajadores informales que luchan
simplemente por sobrevivir. Van desde los vendedores callejeros hasta los
trabajadores contratados por horas, pasando por las cuidadoras de niños,
las prostitutas o quienes venden sus órganos para transplantes. Esas
cifras son asombrosas, y lo serán más cuando nuestros hijos o los hijos
de nuestros hijos sean testigos de la explosión final de la población
humana. Alrededor de 2050 o 2060 la población humana alcanzará su
crecimiento máximo, que probablemente estará entre 10.000 y 10.500
millones de personas. No llegará a alcanzar los niveles de algunas de las
anteriores predicciones más apocalípticas, pero alrededor de un 95% de
este crecimiento se producirá en las ciudades del Sur.
TE.-
Básicamente, en las conurbaciones pobres…
MD.-
El crecimiento futuro de la humanidad será en las ciudades, de forma
abrumadora en las ciudades pobres, y mayoritariamente en las barriadas
degradadas.
La
urbanización clásica vía el modelo Manchester/Chicago/Berlín/Petersburgo
aún constituye el patrón que siguen China y algunos otros lugares. Cabe
destacar, sea dicho de paso, que la revolución industrial urbana que
acontece en China hace inviable que se repitan casos similares en otros
sitios. China absorbe toda la capacidad de producción de bienes que
requieren energía eléctrica (y cada vez más, bienes de cualquier otro
tipo). Pero en China y en algunas otras economías adyacentes aún puede
verse que el crecimiento urbano va acompasado con el motor de la
industria. En cualquier otro lugar, lo que se está generando es
crecimiento urbano sin industrialización; y aún más chocante: a menudo
hay aumento de población, sin que haya crecimiento económico de ningún
tipo. Lo que ha ocurrido en los últimos veinte años de historia es que
las grandes ciudades industriales del Sur (Johannesburgo, Sao Paulo,
Mumbai, Belo Horizonte, Buenos Aires) han sufrido una desindustrialización
masiva, con descensos bruscos en las tasas de empleo del 20-40%.
La
mayor parte de las mega-barriadas pobres de la actualidad aparecieron en
las décadas de 1970 y 1980. Antes de 1960 la pregunta era: ¿por qué las
ciudades del Tercer Mundo crecen tan lentamente? En realidad, en esos
momentos había escollos institucionales insalvables para una urbanización
rápida. Los imperios coloniales aún restringían la entrada a las
ciudades, mientras que en China y en otros países de filiación
estalinista un sistema interno de pasaportes controlaba los derechos
sociales, y por ende, la migración doméstica. El gran boom urbano empezó
en la década de 1960, fruto de la descolonización. Pero entonces los
estados nacionalistas revolucionarios defendían que el Estado debía
jugar un papel integral en la provisión de vivienda e infraestructuras.
En la década de 1970, el Estado empieza a replegarse, y en la de 1980, en
la etapa del ajuste estructural, se inicia una década de abierta retirada
del Estado en América Latina, y en mayor medida aún, en África. Para
entonces, las ciudades subsaharianas ya están creciendo a una velocidad
mayor que las ciudades industriales de la época victoriana en sus
momentos de mayor eclosión; pero al mismo tiempo que crecían, empezaban
a perder puestos de trabajo.
¿Cómo
podrán las ciudades mantener el crecimiento demográfico sin que haya
crecimiento económico (en el sentido en el que lo entienden los manuales
de economía)? O, por decirlo de otro modo, ¿por qué, ante estas
contradicciones, no han explotado ya las ciudades del Tercer Mundo? Bueno,
en cierto modo sí han estallado. A finales de los ochenta y principios de
los noventa se produjeron grandes algaradas contra la deuda y protestas
contra el Fondo Monetario Internacional en todo el planeta.
TE.-
¿Eran parte de eso las revueltas de 1992 en Los Ángeles?
MD.-
Puesto que Los Ángeles aúna rasgos propios de una ciudad del Tercer
Mundo y del Primer Mundo, se adecua al patrón global de malestar social.
Algo que era completamente invisible para los políticos y líderes de Los
Ángeles, pero que era obvio para cualquiera que conociera lo que ocurría
en la calle, era el gran impacto que había tenido la recesión más grave
desde 1938 en el Sur de California. Era evidente que el mayor daño no se
lo había llevado la industria aeroespacial (sobre lo que se habían
escrito ríos de tinta), sino los barrios de la ciudad habitados por
pobres e inmigrantes. Durante el año en que viví en el centro de la
ciudad, una ladera ocupada por un puñado de personas sin techo, hombres
negros de mediana edad, pasó a estar ocupada por entre 100 y 150 jóvenes
de procedencia latina. Esa gente, seis meses antes, tenían todavía
trabajo, contratados por horas o como lavaplatos.
Si
el detonante fue la atrocidad que se cometió contra Rodney King y los
agravios acumulados por la juventud negra en una comunidad en la que el
empleo global significa crack, eso se convirtió en algo más complejo y
de mayor escala por los saqueos generalizados en barrios latinos donde la
gente pasaba hambre y vivía bordeando la condición de los sin techo.
TE.-
¿Cómo interpretan globalmente los políticos y los líderes lo que está
ocurriendo en las ciudades?
MD.-
En la década de 1980, el Banco Mundial, economistas del desarrollo y
grandes ONG descubrieron que, a pesar de la renuncia casi completa del
Estado a participar en la planificación y dotación de vivienda para los
pobladores urbanos pobres, la gente seguía luchando por encontrar cobijo,
por realizar ocupaciones ilegales y por sobrevivir. De esa realidad surgió
la noción de la bondad de la urbanización autónoma. Denle a la gente
medios, y ellos mismos construirán sus casas y organizarán sus barrios.
En parte, se trataba de un encumbramiento plenamente justificado del
urbanismo de los de a pie. Pero en manos del Banco Mundial se trocó en un
nuevo paradigma: el Estado es cosa del pasado, que nadie se preocupe por
él; la gente pobre puede improvisar la ciudad. Sólo necesitan micro-créditos…
TE.-
…en realidad, micro-créditos con altos intereses.
MD.-
Así es. Y entonces, milagrosamente, la gente pobre crearía sus propios
universos urbanos, sus propios empleos.
Planeta
de ciudades miseria sigue deliberadamente el camino iniciado por el
informe de Naciones Unidas El reto de las ciudades miseria, el cual nos
alertaba de que la crisis global de desempleo urbano entrañaba el mismo
tipo de amenaza para nuestro futuro colectivo que el cambio climático. La
verdad es que este viaje virtual a las ciudades de los pobres es un
intento de sintetizar una amplia literatura especializada en pobreza
urbana y poblamiento informal. En el libro extraigo dos grandes
conclusiones.
La
primera es ya no hay nuevas tierras disponibles para ser ocupadas. En
algunos lugares, eso ocurrió hace ya mucho tiempo. El único modo que hay
de construirse una chabola en tierra no ocupada es ocupando algún lugar
tan peligroso como para que no pueda llegar a tener nunca valor de
mercado. Si ahora nos alejáramos unas millas hacia el Sur y cruzáramos
la frontera hacia Tijuana, rápidamente te darías cuenta de que las
tierras en las que había verdaderos barrios surgidos de ocupaciones
ilegales ahora pueden comprarse y venderse, y a veces incluso se
subdividen para sacar más provecho de las mismas. La gente pobre de
solemnidad de Tijuana que acampa al modo tradicional, sólo puede hacerlo
en los barrancos y en los cauces de los riachuelos, y es muy probable que
sus casas no logren mantenerse en pie más allá de un par de años. Eso
es lo que ocurre en todo el Tercer Mundo.
La
ocupación de tierras se ha privatizado. En América Latina se le llama
"urbanización pirata". Allí donde veinte años atrás la gente
ocupó tierras baldías, resistió órdenes de desahucio e incluso llegó
a tener el reconocimiento legal por parte del Estado, ahora se pagan
precios muy altos por pequeñas parcelas de tierra o, si no pueden permitírselo,
se alquilan a otra gente pobre. En la mayoría de barriadas pobres, la
mayor parte de los pobladores no son ocupantes ilegales, sino inquilinos.
En el barrio de Soweto (Johannesburgo, Sudáfrica), podía verse como la
gente llenaba sus patios traseros de chabolas para alquilarlas. La
principal estrategia de supervivencia para millones de pobladores urbanos
pobres que llevan suficiente tiempo en la ciudad como para poseer algún
pedazo de tierra consiste en subdividir esas parcelas y alquilarlas a
terceros, convirtiéndose así en terratenientes con algún poder sobre
otras personas aún más pobres. Pero la válvula de escape, esta frontera
de la tierra urbana libre que a veces se ha romantizado demasiado, ha
tocado a su fin.
La
otra conclusión importante tiene que ver con la economía informal.
Entiendo por tal la capacidad de la gente pobre para improvisar formas de
ganarse la vida mediante actividades económicas no registradas
oficialmente, como la venta callejera, el trabajo por horas, el servicio
doméstico, o incluso los delitos por cuestión de pura subsistencia. La
economía informal se ha romantizado más, si cabe, que la ocupación
ilegal, con grandes alharacas sobre la capacidad de los
micro-emprendimientos para sacar a la gente de la pobreza. Pero los datos
de los casos estudiados en todo el mundo indican que eso ha llevado a que
aún haya más gente concentrada en un pequeño número de nichos de
supervivencia: demasiados cochecitos tirados por personas, demasiados
vendedores callejeros, demasiadas mujeres africanas que convierten sus
chabolas en improvisadas tiendas para vender licores, demasiada gente que
lava ropa, demasiada gente haciendo cola en los lugares donde se ofrece
algún trabajo.
TE.-
En cierto sentido, ¿estás diciendo que el antiguo Tercer Mundo se ha
convertido en el Tricentésimo Mundo?
MD.-
Lo que digo es que los dos mecanismos básicos que tenían los pobres para
acomodarse en ciudades en las que ya hace mucho tiempo que el Estado ha
dejado de invertir han llegado al límite de sus posibilidades,
precisamente cuando somos conscientes de que ha habido dos generaciones
consecutivas de rápido crecimiento de las ciudades pobres. La siniestra
pero evidente pregunta que hay que hacerse es: ¿qué hay más allá de
esta frontera?
TE.-
Esta idea la resumes en la siguiente cita de “Planeta de ciudades
miseria”: "Con una gran valla protegida con sistemas de alta
tecnología bloqueando la migración a gran escala hacia los países
ricos, sólo las barriadas pobres siguen siendo una solución factible al
problema del almacenamiento de la humanidad excedente de este siglo".
MD.-
Las dos ciudades pobres más importantes del siglo XIX en Europa que
responden a este patrón fueron Dublín y Nápoles, pero nadie las concebía
como el futuro esperable. La razón por la que no hubo más Dublines y Nápoles
fue, por encima de cualquier otra consideración, la existencia de la válvula
de escape de la emigración atlántica. Hoy, la mayor parte del Sur tiene
limitada en la práctica su capacidad de migración. Históricamente, no
hay precedentes, por ejemplo, del tipo de fronteras que se han construido
en Australia y en Europa occidental, fronteras deliberadamente diseñadas
para excluir de una forma absoluta, con la excepción de un limitado flujo
de trabajadores técnicamente capacitados. Históricamente, la frontera de
Estados Unidos con México ha sido otra cosa. Actúa de presa que regula
el suministro de fuerza de trabajo, sin cerrar nunca por completo el
flujo. Pero, más en general, la gente que hoy vive en países pobres no
tiene las oportunidades que en el pasado tuvieron los europeos pobres.
Fuerzas
inexorables están expulsando a la gente de su medio natural y esta
población, convertida en excedente por la globalización económica se
amontona en las conurbaciones pobres, en las que ni hay naturaleza, ni
propiamente tampoco ciudad, razón por la cual tienen hoy los teóricos
urbanos tantas dificultades para catalogarlas.
En
los Estados Unidos llamaríamos a esas áreas exurbia pero aquí las
exurbes son un fenómeno algo distinto. Si observas las ciudades
estadounidenses, lo más sorprendente es el asentimiento exurbano:
personas que antes viajaban para ir al trabajo desde el campo hasta los
confines de las ciudades, ahora viven en McMansion's o incluso en terrenos
aún más amplios con más vehículos todoterreno estacionados frente a
sus casas que antes. Consiguen que el suburbio tradicional de los años 50
de Lewittown, con sus casas hechas de materiales baratos y sus pequeños
habitáculos, parezca medioambientalmente eficiente. En otras palabras,
cuanto más se desplaza la gente de la clase media, tanto más aumenta la
huella que dejan el medio ambiente.
La
otra cara de este asunto es la de la gente más pobre que vive apiñada en
los lugares más peligrosos de las laderas montañosas, cerca de
vertederos tóxicos, viviendo en llanuras inundables, año tras año a la
cabeza del número de víctimas causadas por desastres naturales (algo que
tiene más que ver con los esfuerzos desmedidos que la gente pobre tiene
que hacer, que con supuestos cambios naturales). En las ciudades más
grandes del Tercer Mundo siempre te encuentras un área en la que algunas
de las personas más ricas viven en comunidades protegidas fuera de los
suburbios, pero lo que sobre todo te encuentras es a dos tercios de los
pobladores de barriadas pobres del mundo apilados en una especie de tierra
de nadie urbana.
TE.-
A esto lo has llamado "nivel cero existencial".
MD.-
Así es, porque se trata de urbanización sin urbanidad. Un ejemplo de
esto es el del grupo islamista radical que atacó Casablanca hace unos años,
formado por unos 15 o 20 chicos pobres que habían crecido en la ciudad,
pero que nunca se habían sentido parte de la misma. Habían nacido en los
límites, no en barrios de clase trabajadora y pobre tradicional que dan
apoyo a un movimiento islamista no nihilista, ni tampoco eran personas que
provinieran del campo y nunca hubieran logrado integrarse en la ciudad. En
sus mundos de barriadas pobres, la única clase de sociedad o de orden lo
proporcionan las mezquitas o las organizaciones islamistas.
Hay
versiones de los hechos que cuentan que algunos de los chicos que
realizaron el ataque no habían estado nunca en el centro de la ciudad, y
esto, en mi opinión, se convierte en una metáfora de lo que está
ocurriendo en todo el mundo: existe toda una generación que ha vivido
confinada en vertederos, y no sólo en las conurbaciones más pobres y
asilvestradas.
Tomemos
Hyderabad, el escaparate de la alta tecnología de la India, una ciudad de
60.000 trabajadores del sector de la informática e ingenieros, con un
estilo de vida que imita al del Valle de Santa Clara, en California, y en
donde se puede acudir a una cadena Starbucks. Bien, pues hay que decir que
Hyderabad está rodeada de inacabables barriadas pobres pobladas por
varios millones de personas. Hay más recolectores de basura que
ingenieros de software. Algunos de esos pobladores urbanos inexorablemente
destinados a seleccionar los detritos de la economía de alta tecnología
han sido expulsados de las barriadas pobres más cercanas al centro, a fin
de liberar espacio para los parques de investigación de la nueva clase
media.
Entrevista
a Mike Davis
La
ciudad imperial y la ciudad miserable - II
Tomdispatch,
mayo 2006
Sin
Permiso, 21/05/06
Traducción de Jordi Mundó
TE.-
Tengo la impresión de que, en Bagdad, Bush está tratando de crear una
extraña versión del mundo urbano que describes en Planeta de las
ciudades miseria. Allí podemos ver una zona franca imperial rodeada de
vallas en el centro de la ciudad con su correspondiente Starbucks y, fuera
de allí, el resto de la capital en vías de desintegración y la enorme
barriada pobre de Sadr City. El único intercambio que hay entre ambas
zonas son los helicópteros armados con misiles en una dirección y los
coches bomba en la dirección contraria.
MD.-
Exactamente. Bagdad se ha convertido en el paradigma de la quiebra del
espacio público, e incluso de la desaparición del espacio en el que
conviven los extremos. Los barrios en los que convivían integrados suníes
y chiítas han sido rápidamente desbaratados, no sólo por la acción
estadounidense actual, sino también por el terror sectario.
Sadr
City, en su momento llamada Ciudad de Saddam, situada en el cuadrante
oriental de Bagdad, ha crecido hasta alcanzar proporciones grotescas (dos
millones de personas pobres, mayoritariamente chiítas). Y sigue
creciendo, como lo hacen también las barriadas pobres de los suníes, en
esta ocasión sin que Saddam tenga nada que ver, sino por la desastrosa
gestión estadounidense de la agricultura iraquí, en la que no se ha
invertido dinero alguno de los programas de reconstrucción. Granjas
enormes se han convertido en desiertos, mientras que todos los esfuerzos
se han concentrado, sin demasiado éxito, en la reconstrucción del sector
petrolífero. Debería ser esencial preservar cierto equilibrio entre el
campo y la ciudad, pero las políticas de los norteamericanos no han hecho
más que acelerar el abandono de las tierras.
Naturalmente,
las zonas francas constituyen comunidades protegidas, la ciudadela dentro
de la gran fortaleza. Este es un fenómeno emergente en todo el mundo. En
mi libro contrapongo este hecho al del crecimiento de las barriadas pobres
periféricas. Puede observarse una clase media preocupada por conservar su
cultura tradicional en la zona central de la ciudad y configurar un mundo
en el que se desarrolle una forma de vida supuestamente californiana.
Algunas de esas áreas disponen de tantos dispositivos de seguridad, que
se han convertido en verdaderas fortalezas. Otras son suburbios de un
estilo más típicamente americano, pero todas se organizan con la mira
puesta en unos Estados Unidos de ensueño, y muy particularmente basadas
en la fantasía de una California universalmente difundida por televisión.
De
modo que los nuevos ricos de Pequín pueden desplazarse del trabajo a su
casa por autopista hasta llegar a áreas protegidas que tienen nombres
como Orange County y Beverly Hills (también hay un Beverly Hills en El
Cairo, así como un barrio entero diseñado según la estética de Walt
Disney). En Yakarta ocurre lo mismo: zonas en las que la gente vive en
unos Estados Unidos imaginarios. Proliferan como síntoma del desarraigo
de la nueva clase media urbana en todo el mundo. En el mismo proceso se
observa la obsesión creciente por poseer cosas que pueden verse por
televisión. De modo que te encuentras con arquitectos del Orange County
real diseñando un "Orange County" en las afueras de Pequín.
Existe un mimetismo tremendo con todas las cosas que la clase media ve por
televisión o en las películas.
TE.-
Para referirnos a otro proyecto urbano de Bush, algo parecido está
ocurriendo en Nueva Orleáns, ¿no te parece?
MD.-
Sin duda. Lamentablemente, la mayor parte de la clase alta blanca de Nueva
Orleáns preferiría vivir en una versión de parque temático del Nueva
Orleáns histórico, antes que hacer frente a la tarea real de reconstruir
la ciudad o de convivir con la mayoría afroamericana. Las expectativas de
la gente de vivir de una forma auténtica hace ya mucho que han perdido la
referencia de la realidad. En Ecología del miedo mostré cómo los
Estudios Universal habían reunido todos los símbolos de Los Ángeles,
habían realizado copias en miniatura de los mismos y los habían colocado
en un lugar protegido llamado City Walk. De modo que cuando vas a la
ciudad, visitas esa réplica (un equivalente de Las Vegas), en vez de
acudir a la ciudad de verdad. Visitas el parque temático de la ciudad,
que básicamente es un supermercado. Si vas al casino, ya has vivido la
experiencia completa. Mientras tanto, los pobres tienen cada vez más
vedado el acceso a la cultura y al espacio público de la ciudad, en tanto
que los ricos voluntariamente abdican de ambos para convertir la arena de
la ciudad en un espacio universal genérico que tiene rasgos idénticos en
todos los países. La base común simplemente desaparece.
Pero
aún existen diferencias enormes entre culturas y continentes. En América
Latina lo más terrible es el grado de polarización política que se
alcanza, la ferocidad con la que la clase media se resiste a las demandas
de los pobres. Chávez ha tenido que importar médicos cubanos porque sólo
un puñado de galenos venezolanos estaban dispuestos a trabajar en los
barrios pobres. Oriente Medio es muy distinto. En El Cairo, por ejemplo,
en donde el Estado ha dejado de prestar servicios, o es demasiado corrupto
como para prestar incluso los más esenciales, las necesidades son
atendidas por profesionales islamistas. La Hermandad Musulmana ha
substituido a los colegios de médicos y de ingenieros. A diferencia de la
clase media de América Latina, que sólo se moviliza para preservar sus
privilegios, se organizan para proporcionar servicios a los pobres,
constituyendo una sociedad civil paralela. En parte está la obligación
coránica de pagar un diezmo, pero significa algo que tiene importantes
efectos sobre la vida de la ciudad.
TE.-
Me gustaría dar un breve rodeo. El libro anterior a Planeta de ciudades
miseria fue El Monstruo llama a nuestra puerta [trad, castellana
M.J.Bertomeu, Ed. Viejo Topo, Barcelona, 2006], sobre la gripe aviar, y
creo que, por lo que hemos hablado, está muy conectado con Planeta de
ciudades miseria, porque también habla de un proceso de empobrecimiento y
degradación planetario, el de la agricultura.
MD.-
Estamos asistiendo a la recreación de un mundo dickensiano de la pobreza
de la era victoriana, pero a una escala que habría asombrado a los
propios victorianos. De modo que, naturalmente, te preguntas si no estará
regresando la preocupación que asaltaba a las clases medias victorianas
por las enfermedades de los pobres. Su primera reacción ante una epidemia
era irse a Hampstead, abandonar la ciudad, tratar de alejarse lo más
posible de los pobres. Sólo cuando estaba claro que el cólera había
cruzado los umbrales de las barriadas pobres y había llegado a alguna de
las áreas habitadas por la clase media, se empezaba a realizar alguna
acción sanitaria y se disponía algún tipo de infraestructura de salud pública.
La fantasía actual, como en el siglo XIX, es que de algún modo podremos
separarnos de los pobres, podremos erigir vallas a nuestro alrededor, o
escapar hacia algún lugar donde no haya pobres. Creo que son pocos los
que se dan cuenta de las inmensas, literalmente explosivas concentraciones
existentes, que pueden propiciar la difusión de enfermedades.
Hace
más de veinte años, científicos muy destacados en el campo de las
enfermedades infecciosas advirtieron en una serie de trabajos sobre los
peligros de reaparición de determinadas enfermedades. La globalización,
sugerían, estaba causando una inestabilidad ambiental y un cambio ecológico
a escala planetaria, amenazando así el equilibrio entre los humanos y sus
microbios de un modo que podía dar origen a nuevas plagas. Al mismo
tiempo, alertaban del fracaso en crear sistemas de rastreo de enfermedades
e infraestructuras sanitarias de una dimensión acorde con las medidas de
la globalización.
En
mi libro revisé la relación existente entre las barriadas pobres,
ubicuas en todo el planeta y siempre asociadas con desastres sanitarios, y
las condiciones clásicas que favorecen la difusión de una enfermedad
entre las poblaciones humanas. Por otro lado, me centré en cómo la
transformación de los medios de vida estaba propiciando la aparición de
nuevas condiciones para el surgimiento de enfermedades entre los animales
y la subsiguiente transmisión de éstas a los humanos.
La
gripe es un paradigma muy importante de la enfermedad infecciosa. Su
reserva primigenia se encuentra en el singular sistema productivo de la
agricultura de la China meridional, en la que se produce una íntima
relación ecológica entre pájaros salvajes, pájaros domésticos, cerdos
y humanos. En el caso de la gripe aviar, en el mundo actual se han creado
las condiciones óptimas para su difusión; además, el crecimiento de las
conurbaciones pobres ha provocado un aumento de la demanda de proteínas
en las dietas de la gente, y esta demanda no puede ser satisfecha por los
medios de producción tradicionales de proteínas; esto se resuelve por la
vía de la producción industrial de alimentos.
Todo
eso significa una urbanización de la producción de los medios de
subsistencia elementales. En vez de tener 15 o 20 gallinas en algún patio
y un par de cerdos en la granja, de lo que estamos hablando en lugares
como los alrededores de Bangkok es de un auténtico cinturón de habitáculos
aviares, algo parecido a lo que podríamos encontrar en Arkansas o en la
zona noroeste de Georgia (millones de gallinas hacinadas en granjas de
producción). Una densidad de aves como ésta jamás ha existido en la
naturaleza y, según los epidemiólogos con los que hablé, es muy
probable que esto favorezca la evolución acelerada de las enfermedades,
pudiendo alcanzar una virulencia extrema.
Al
mismo tiempo, los humedales de todo el mundo se han degradado y las aguas
se han desviado hacia otros lados, muchas veces para uso de la agricultura
de riego, provocando así un desplazamiento de aves migratorias salvajes
hacia los campos, arrozales y granjas. Toda esta revolución en los
sistemas productivos de los alimentos básicos, particularmente la demanda
creciente de carne de pollo –actualmente la segunda fuente de proteínas
del planeta–, el crecimiento de las barriadas pobres, la degradación de
los humedales, todo ha ocurrido a una gran velocidad entre los últimos
diez o quince años; y de todas estas cosas estábamos advertidos por una
generación entera de expertos en enfermedades infecciosas. Se trata de un
desorden ecológico muy radical que ha cambiado la ecología de la gripe y
las condiciones bajo las cuales las enfermedades animales pueden ser
transmitidas a los humanos. También ha ocurrido en un momento en que la
sanidad pública en gran parte del Tercer Mundo urbano se ha degradado.
Una de las consecuencias del ajuste estructural de la década de 1980 fue
que forzó a médicos, enfermeras y empleados del sistema público a
emigrar, abandonando Kenia o Filipinas, pongamos por caso, para recalar en
Gran Bretaña o Italia.
Se
trata de una fórmula infalible para lograr el desastre ecológico, y la
gripe aviar es la segunda pandemia de la globalización. Hoy parece
bastante claro que el VIH del SIDA surgió, al menos en parte, del
comercio de carne de caza, puesto que los africanos occidentales se vieron
forzados a regresar a la carne silvestre cuando las fábricas europeas
empezaron a envasar al vacío las capturas de pescado del Golfo de Guinea,
la principal fuente tradicional de proteínas de las dietas urbanas. También
existe la hipótesis, corroborada por un buen número de evidencias
circunstanciales, de que el VIH probablemente alcanzó su masa crítica en
Kinshasa (Congo), una gran ciudad que es el ejemplo actual más palmario
de lo que acaba ocurriendo cuando el Estado se hunde o se retira de la
prestación de servicios públicos.
De
modo que aparecen el VIH, la gripe aviar, la SARS (otra enfermedad surgida
del comercio de carne de caza, en esta ocasión en ciudades del sur de
China, que se difundió por el mundo a una velocidad terrorífica). Éste
es el futuro de las enfermedades…
TE.-
…y de la proliferación de barriadas pobres y degradadas.
MD.-
Si, enfermedad en un mundo de ciudades miseria. Dada la combinación
existente de barriadas pobres globales y cambios a gran escala en la
ecología de los humanos y de los animales, algo como la extensión de la
gripe aviar a toda la humanidad es casi inevitable. Sin embargo, más
preocupante aún que la mera amenaza de la gripe aviar es la reacción
contra la misma: una provisión inmediata de vacunas y antivirales, una
atención exclusiva a la protección de la salud de las poblaciones en un
puñado de países ricos, los cuales además monopolizan la producción de
esa clase de fármacos. En otras palabras, el abandono consciente de los
pobres. Si la gripe aviar no llega este año, sino dentro de cinco, habrá
una diferencia en el nivel de protección en los Estados Unidos, Alemania
o Gran Bretaña. Los pobres, en cambio, estarán donde están,
particularmente en el caso de los africanos, que tienen el riesgo añadido
del holocausto que está produciendo el VIH, facilitando que la población
sea más propensa a contraer nuevas infecciones.
TE.-
De modo que éste es uno de los posibles metabolismos entre la ciudad
imperial y la ciudad de barriadas pobres. El otro posible metabolismo
tiene que ver con la violencia, con nuestras guerras contra el terror,
contra las drogas, y contra lo que fuere. Con eso quiero referirme a que
si primero se piensa en Vietnam y luego se observa qué ha ocurrido en
Irak, uno cae en la cuenta de que hoy la jungla de la guerra moderna está
en las barriadas pobres.
MD.-
Sin pretender minimizar las contradicciones sociales explosivas que aún
subyacen en las zonas rurales, está claro que la futura guerrilla, la
insurrección contra el sistema mundial, se ha desplazado a la ciudad.
Nadie ha entendido esto con mayor claridad que el Pentágono, y nadie ha
lidiado con la misma intensidad con las consecuencias empíricas de esta
situación. Sus estrategas están a años luz en la comprensión del fenómeno
del mundo de las barriadas pobres con respecto a los geopolitólogos y
responsables internacionales con una visión tradicional…
TE.-
…y también sobre el calentamiento global.
MD.-
Sí, puesto que se dan cuenta de la inestabilidad potencial que creará, y
acaso también están valorando los cambios ventajosos que puede producir
en los equilibrios de poder internacionales.
Lo
que han demostrado los Estados Unidos en los últimos años es una
extraordinaria capacidad para noquear la organización jerárquica de la
ciudad moderna, atacar sus infraestructuras básicas y sus puntos de
interconexión, borrar las emisoras de televisión y bloquear los puentes
y las vías de suministro energético. Las bombas inteligentes pueden
hacerlo, pero simultáneamente el Pentágono ha descubierto que esto no es
aplicable a la periferia de barriadas pobres, a las zonas laberínticas,
casi desconocidas, sobre las que no existen mapas, en las que no hay
jerarquías definidas, que carecen de infraestructuras centralizadas y de
edificios altos. Existe una clase muy singular de literatura militar
tratando de adivinar qué es lo que el Pentágono ve como la tierra incógnita
de este siglo, que hoy en día está representada por las barriadas pobres
de Karachi, Puerto Príncipe y Bagdad. Todo esto remite a la experiencia
de Mogadiscio (en 1993), que supuso un gran conmoción para los Estados
Unidos y mostró que los métodos de guerra urbana tradicionales no
funcionaban en las barriadas degradadas.
TE.-
Aunque casi nadie lo mencione, en las calles de Mogadiscio, además de
algunos soldados estadounidenses, también perecieron un número
indeterminado pero elevado, como mínimo unos cuantos centenares, de somalíes.
MD.-
Podemos cometer carnicerías a gran escala, asesinando con relativa
facilidad a centenares de personas. Lo que no sabemos hacer es cortar con
precisión quirúrgica los nudos de interconexión básicos, puesto que éstos
apenas existen. Porque ni estamos lidiando con un sistema que tiene un
espacio jerarquizado, ni generalmente tratamos tampoco con organizaciones
con estructuras jerárquicas. No estoy muy seguro de que el Consejo de
Seguridad Nacional lo comprenda, pero para muchos estrategas militares es
una obviedad. Si se leen los análisis del Army War College, por ejemplo,
se descubre una geopolítica muy distinta de la que ha desarrollado el
gobierno de Bush. Los encargados de planificar las guerras no hacen
hincapié en ejes del mal o en supuestas conspiraciones, sino que ponen el
énfasis en la realidad del terreno: esto es, en la expansión
descontrolada de las barriadas pobres periféricas y en las oportunidades
que éstas proporcionan a una miríada de opositores –barones de la
droga, al-Qaeda, organizaciones revolucionarias, grupos religiosos– para
conseguir hacerse fuertes en esos feudos. Utilizan tecnología GIS
(Geographic Information System) y satélites para completar la información
que les falta, puesto que normalmente el Estado sabe muy poco sobre sus
propias barriadas pobres periféricas.
El
asunto del metabolismo de la violencia entre la ciudad de barriadas pobres
y la ciudad imperial está conectado con una cuestión más profunda, la
cuestión de la capacidad de acción humana. ¿De qué modo esta inmensa
minoría de la humanidad que ahora vive en las ciudades, pero que está
desterrada de la economía formal del mundo, podrá encontrar su futuro?
¿Qué capacidad tiene para actuar en sentido histórico? La clase obrera
tradicional –como dejó bien claro Marx en el Manifiesto Comunista–
era una clase revolucionaria por dos razones: porque no participaba en el
orden existente, pero también porque estaba centralizada por el proceso
moderno de producción industrial. Tenía un enorme poder social potencial
para convocar huelgas, para simplemente detener la producción, para tomar
las fábricas.
Bien,
pues ahora tenemos una clase trabajadora informal que no ocupa ningún
lugar estratégico en el sistema productivo, en la economía, que sin
embargo ha descubierto un nuevo poder social, el poder de trastornar la
ciudad, de realizar actos significativos en la ciudad, que van desde la
no-violencia creativa de las gentes de El Alto –la enorme barriada
gemela de La Paz, en Bolivia, donde los residentes regularmente levantan
barricadas en la carretera que va al aeropuerto, o cortan las vías de
transporte para hacer oír sus demandas–, hasta la utilización, que se
ha universalizado, de los coches bomba por parte de nacionalistas y grupos
sectarios, a fin de golpear barrios de clase media, distritos financieros
e incluso zonas francas protegidas. Pienso que hay diversos experimentos
por doquier, ensayos de búsqueda de la forma más eficaz de utilizar el
poder de subvertir la ciudad.
TE.-
Te contaré cuál sospecho que es el mayor poder subveriso actual: el
poder de poner en jaque los flujos de energía. La gente pobre es capaz de
realizar acciones muy eficaces con muy poca tecnología a lo largo de
miles de kilómetros de tuberías de petróleo y gas en todo el planeta
que carecen de la más mínima protección.
MD.-
Ya se pueden ver elementos de una campaña incipiente. Sólo en el último
mes se ha producido un atentado con coche bomba en la refinería de petróleo
más importante de Arabia Saudita y ha estallado el primer coche bomba en
el delta del Níger, en Nigeria. Nadie salió herido, pero hizo subir los
precios del petróleo.
TE.-
Terminas Planeta de ciudades miseria con esta observación: "Si el
imperio puede utilizar tecnologías orwellianas de represión, sus
marginados tienen a los dioses del caos de su parte".
MD.-
El caos no siempre entraña una fuerza maligna. El peor escenario
imaginable siempre es aquél en que la gente es silenciada. Su destierro
se hace permanente. Se está produciendo una selección implícita de la
humanidad. Se designa a las personas que deben morir y se olvida el asunto
del mismo modo que olvidamos el holocausto del SIDA o que acabamos siendo
inmunes a las llamadas de socorro de las hambrunas.
Hay
que despertar al resto del mundo, y los pobres de las ciudades miseria y
las barriadas degradadas están experimentando con un amplio abanico de
ideologías, plataformas y modos de utilización del desorden: desde
ataques casi apocalípticos contra la propia modernidad hasta atentados de
vanguardia para inventar nuevas modernidades, nuevas clases de movimientos
sociales. Pero uno de los problemas fundamentales estriba en que, cuando
se tiene a tanta gente luchando por puestos de trabajo y espacio, la forma
obvia de regularlos es mediante el surgimiento de padrinos, jefes
tribales, líderes étnicos, que operan sobre principios de exclusión étnica,
religiosa o racial. Eso tiende a crear guerras autoperpetuantes, casi
eternas, entre los propios pobres. De modo que en la misma ciudad pobre
puede hallarse una multiplicidad de tendencias contradictorias (gentes
adorando al Fantasma Sagrado, o uniéndose en bandas callejeras, o
formando parte de organizaciones sociales radicales, o convirtiéndose en
clientes de políticos sectarios o populistas).
TE.-
Sólo una observación final. A menudo se te califica de apocalíptico, de
profeta de la desesperanza, de catastrofista, pero casi siempre escribes
sobre la contribución que hacen los humanos a la catástrofe, sobre cómo
rechazamos afrontar las realidades de nuestro mundo. De modo que, en mi
opinión, tu trabajo siempre tiene un elemento provechoso, siempre hay
algo de esperanzador en él. Al fin y al cabo, si los humanos tienen parte
de responsabilidad en lo que ocurre, es obvio que algo podemos hacer para
evitar que eso ocurra o para abordarlo de una forma distinta.
MD.-
Bueno, mi obligación es tratar de ser lo más claro y honrado posible
sobre qué creo, sobre las ideas que me han animado a realizar la
investigación y que me han llevado a observar la realidad, siempre con la
restricción de mi limitada experiencia vital. No me siento en absoluto
obligado a edulcorar nada de lo que digo con pegotes de supuesto
optimismo. En una ocasión alguien acusó a Ecología del miedo poco menos
que de regocijarse en el Apocalipsis, lo que me llevó a pensar que o bien
el libro estaba mal escrito, o bien estaba mal leído. Entre otras cosas
que contradicen esa acusación, hay un capítulo sobre la literatura del
Apocalipsis en Los Ángeles en el que dejé muy claro que el regocijo en
el Apocalipsis normalmente tiende a ser una modalidad de voyeurismo
racista.
Pero
finalmente es importante recordar el verdadero significado del Apocalipsis
en las religiones de la tradición abrahámica, el cual, al fin y al cabo,
y al final de la historia, no es otra cosa que la revelación del texto
real de la historia, de la narración real, no la escrita por las clases
dominantes, por los escribas del poder. Es la historia escrita desde
abajo. Por eso siempre he sentido mucho interés por las religiones de los
oprimidos; por eso he prestado una gran atención a fenómenos como el
Pentecostalismo, que algunos han considerado una atención poco crítica.
TE.-
¿Dirías, pues, que nuestro futuro colectivo parece abocado al desastre?
MD.-
La ciudad es el arca en la que podríamos sobrevivir a la debacle
medioambiental del próximo siglo. Las ciudades genuinamente urbanas son
la forma medioambientalmente más eficiente que poseemos de existir en la
naturaleza, puesto que pueden substituir el lujo público por el consumo
privado o familiar. Pueden cuadrar el círculo entre la sostenibilidad
medioambiental y un nivel de vida decente. Sin embargo, por muy grande que
sea tu biblioteca o tu piscina, nunca llegará a tener las dimensiones de
la Biblioteca Pública de Nueva York o las de una gran piscina pública.
Ninguna mansión, ningún San Simeón, serán nunca equivalentes a Central
Park o Broadway.
Sin
embargo, uno de los mayores problemas radica en que estamos construyendo
ciudades que no tienen cualidades genuinamente urbanas. En particular, las
ciudades pobres consumen las áreas naturales y las cuencas hídricas
imprescindibles para el funcionamiento de las ciudades como sistemas
medioambientales, para su sostenibilidad ecológica, y las consumen tanto
por la especulación privada destructiva como simplemente porque la
pobreza tiende a ocupar cualquier espacio. En todo el mundo, la pobreza y
el desarrollo de la especulación privada urbanizan las cuencas hídricas
y los espacios verdes que las ciudades necesitan para tener un
funcionamiento ecológico y ser verdaderamente urbanas. Como resultado,
las ciudades pobres cada vez son más vulnerables ante los desastres, las
pandemias y la catastrófica escasez de recursos, especialmente de agua.
En
sentido contrario, la mejor forma de afrontar el cambio medioambiental
global es reinvirtiendo –masivamente– recursos en las infraestructuras
sociales y físicas de nuestras ciudades, para así poder también
reemplear a decenas de millones de jóvenes pobres. No debería caer en
saco roto que Jane Jacobs –que tan claramente vio que la riqueza de las
naciones se crea en las ciudades, y no en las naciones– haya dedicado su
último y deslumbrante libro al espectro de la época oscura que está por
llegar.
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