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Entrevista
a Lester Brown, fundador del Worldwatch Institute
Un
Planeta esquilmado
Sin
Permiso, 03/07/06
Traducción de Amaranta Süss
El American Scientist
entrevista al fundador del prestigioso Worldwatch Institute, Lester Brown.
Desde que fundó el Worldwatch Institute en 1974, el analista
medioambiental Lester Brown ha ido siguiendo los efectos del desarrollo
insostenible y previendo sus posibles consecuencias. Ve signos de que
hemos entrado en lo que los ecologistas llaman un efecto “pásate-y-colapsas”,
en el que la demanda rebasa el rendimiento sostenible de los sistemas
naturales. Ese efecto acabó ya con anteriores civilizaciones; ahora,
dice, está ocurriendo a escala global.
El libro de Brown, Plan
B 2.0 (Norton, 2006), pone al día una primera edición publicada hace
tres años. En él, argumenta que los primeros síntomas de la decadencia
económica se perciben en el medio ambiente, y ve indicios inquietantes en
las selvas, en los caladeros y en las praderas de nuestros días. Su
prescripción es una economía global remodelada, que promueva la educación
y los métodos sostenibles para venir en apoyo de una población
planetaria creciente.
Brown dirige actualmente
el Earth Policy Institute, una organización sin ánimo de lucro dedicada
a la investigación multidisciplinar con base en Washington, D.C.. El
editor jefe de la revista American Scientist Online Greg Ross le entrevistó
recientemente por correo electrónico.
Greg Ross.- En su libro,
usted aborda muchos temas: el agotamiento del petróleo, la escasez de
agua, el calentamiento global... ¿Cómo se relacionan?
Lester Brown.- El
agotamiento del petróleo –el oil peak—, las escaseces de agua y el
calentamiento global están relacionados en el sentido de que todos han
sido inducidos por un enorme crecimiento de la población y de la
actividad económica mundiales. Con el petróleo estamos agotando un
recurso que no es renovable en un trecho temporal humanamente relevante.
Las escaseces de agua son el resultado de una cada vez más creciente
demanda de agua, primariamente para producir comida. El calentamiento
global es el resultado del enorme crecimiento en el uso de los
combustibles fósiles y el consiguiente incremento de las emisiones de
carbono hasta un punto en que se ha excedido la capacidad de la Tierra
para absorberlas.
A comienzos del sigo
pasado, el crecimiento de la economía mundial se medía en miles de
millones de dólares. Hoy, el crecimiento anual se mide en billones de dólares.
El triste hecho es que las tendencias medioambientales que observamos
–selvas que se encogen, desiertos que se expanden, tablas de reservas
acuíferas que caen, caladeros piscícolas que colapsan, praderas que se
deterioran, suelos erosionados, temperaturas crecientes, hielos que se
funden, barreras coralíferas que agonizan y especies que desaparecen—
son manifestaciones de una civilización que exige a la Tierra mas de lo
que ésta puede dar.
El principal reto al que
se enfrenta nuestra generación es el de la reestructuración de la economía
global, a fin de que el progreso económico pueda continuar. Eso significa
la substitución de una economía fundada en los combustibles fósiles, de
una economía centrada en el automóvil, de una economía del desecho, por
una economía alimentada por fuentes renovables de energía, por una
economía dotada de un sistema de transportes mucho más diversificado,
por una economía capaz de reutilizar y reciclar prácticamente todo.
G.R.- ¿Cómo está
afectando a las cifras globales la emergencia de China?
L.B.- La aparición de
China como el principal consumidor de recursos naturales puede entenderse
mejor, si se la compara con los EEUU, que ha sido por décadas el mayor
consumidor. Entre las mercancías básicas –grano y carne en el sector
alimentario, petróleo y carbón en el sector energético y acero en el
sector industrial—, China consume ahora más que los EEUU, salvo en petróleo.
Consume casi el doble de carne (67 millones de toneladas, por 39 de los
EEUU) y más del doble de acero (258 millones de toneladas, contra 104
millones).
Esas cifras refieren al
consumo nacional. Pero ¿qué ocurriría si China alcanzara el nivel de
consumo per capita de los EEUU? Si la economía China sigue expandiéndose
al ritmo del 8% anual, su renta por persona llegará al nivel de los EEUU
actuales en 2031.
Si en ese momento el
consumo de recursos per capita en China fuera el mismo que en los EEUU de
hoy, las proyecciones indican que 1.450 millones de personas consumirían
el equivalente a dos tercios de la cosecha de grano mundial actual. El
consumo de papel en China sería el doble de la actual producción. Se
acabarían los bosques del planeta.
Si un día China llegara
a tener, al estilo norteamericano, tres automóviles por cada cuatro
personas, tendría 1.100 millones de coches. El mundo entero, hoy, tiene
800 millones. Para subvenir a las necesidades de carreteras, autopistas y
estacionamientos de ese enorme parque automovilístico, China tendría que
pavimentar un área equivalente a la que ahora se dedica al cultivo de
arroz. Necesitaría 99 millones de barriles de petróleo diarios. Sin
embargo, el mundo produce ahora 84 millones diarios, y nunca podrá
producir mucho más.
El modelo económico
occidental —una economía fundada en los combustibles fósiles, centrada
en el automóvil y hecha al desecho— no puede funcionar en China. Si no
puede funcionar en China, no puede funcionar tampoco en la India, país
que, según las proyecciones, en 2031 tendrá una población todavía más
grande que la China. Ni puede funcionar para los otros tres millones de
personas que viven en los países en desarrollo y que sueñan con el
“sueño americano”.
Y tal vez lo más
decisivo: en una economía mundial crecientemente integrada, en la que
todos los países compiten por el mismo petróleo, el mismo grano y el
mismo acero, el modelo económico existente tampoco puede funcionar para
los países industriales. China nos está abriendo los ojos para ver que
los días de la vieja economía están contados.
Sostener nuestra
civilización global en el incipiente siglo XXI depende ahora de la
transición hacia una economía fundada en energías renovables, hacia una
economía capaz de reutilizar y reciclar los productos, hacia una economía
dotada de un sistema diversificado de transporte. Seguir con los
“negocios habituales” –el Plan A— no nos llevará adonde queremos
llegar. Llegó la hora del Plan B: la hora de construir una economía
nueva en un mundo Nuevo.
GR.- ¿Acaso nuestra
economía globalizada nos hace más vulnerables de lo que lo fueron los
sumerios, pongamos por caso?
LB.- Nuestra economía
globalizada nos hace más vulnerables en unas cosas, y menos en otras. La
ventaja de una economía global es que diferentes partes de ellas pueden
verse más afectadas que otras por distintas combinaciones de tendencias
mediombientalmente dañinas. Sin embargo, en una economía global
integrada, los efectos que se produzcan en cualquier sitio van a ser
percibidos en uno u otro grado en todas partes. La destrucción de selvas
o el agotamiento de reserves acuíferas en cualquier parte del mundo
afectará a todo el mundo.
La principal debilidad de
nuestra economía global es que no disponemos de un gobierno global capaz
de gestionar nuestras respuestas a las tendencias medioambientales que están
socavando las bases de la economía global.
La falta de una estructura global de gobierno capaz de organizar
una respuesta a las tendencias socavadotas de nuestro futuro es,
definitivamente, una debilidad.
GR.- ¿Y qué me dice
de las nuevas tecnologías? ¿No pueden ayudarnos a salir del mal paso?
LB.- Las nuevas tecnologías
jugarán un papel central en la transición energética de los
combustibles fósiles a las fuentes renovables de energía. Para la economía
automotriz norteamericana basada en los combustibles fósiles la clave
para la reducción drástica del uso del petróleo y de las emisiones de
carbono serán los automóviles híbridos gaseoeléctricos. El automóvil
promedio nuevo vendido en los EEUU el año pasado consumía un galón de
gasolina [=3,79 litros] cada 22 millas, mientras que el Toyota Prius japonés
podía hacer hasta 55 millas por galón de gasolina. Si los EEUU, por
rezones de seguridad petrolífera y de estabilización climática,
decidieran reemplazar todo su parque automovilístico de vehículos de
pasajeros por híbridos gaseoeléctricos supereficientes en los próximos
diez años, el consumo de gasolina podría reducirse a la mitad. No entrañaría
esto cambio alguno en el número de vehículos en circulación o de millas
recorridas; pero sí un cambio en la dirección de una tecnología óptima,
y ya disponible, de propulsión automotriz.
Además, un híbrido
gaseoeléctrico con una batería adicional enchufable de almacenamiento
nos permitiría recorrer casi todas las distancias cortas para la compra y
otras actividades por el estilo. Eso podría reducir el consumo
estadounidense de gasolina un 20% más, con lo que llegaríamos a una
reducción del 70%. Luego, si invirtiéramos en miles de parques eólicos
a lo largo y ancho del país, a fin de inyectar electricidad barata en la
red, podríamos realizar el grueso de los desplazamientos de corta
distancia con energía eólica, reduciendo espectacularmente tanto las
emisiones de carbono como la presión sobre las reservas petrolíferas
mundiales.
Usar temporizadores para
recargar baterías con electricidad procedente de los parques eólicos
durante las horas de baja demanda, entre la 1 y las 6h., cuesta el
equivalente de una gasolina a 50 centavos el galón. No solo disponemos de
una alternativa a las menguantes reserves de petróleo, sino que esa
alternativa no es costosa, no es agotable y es nuestra. El suministro no
puede ser interrumpido.
En efecto, los progresos
en el diseño de automóviles gaseoeléctricos y de turbines eólicas han
sentados las bases tecnológicas para la creación de una nueva economía
del combustible automotriz en los EEUU y en gran parte del resto del
mundo. Otras tecnologías que facilitarán la transición hacia fuentes
renovables son las células fotovoltaicas, las plantas de energía térmica
de origen solar, los calentadores de agua y de tierra termales de origen
solar, mecanismos para aprovechar la energía de las olas, mecanismos para
aprovechar la energía geotérmica y procesos para la conversión de
celulosa en combustible automotriz.
GR.- A final, viene usted
a decir, la clave es “obligar al mercado a decir la verdad”. ¿Qué
pasos recomienda usted?
LB.- La clave para
construir una economía global que pueda sostener el progreso económico
es la creación de un Mercado honrado, un Mercado que diga la verdad ecológica.
El mercado es una institución increíble, capaz de asignar recursos con
una eficiencia que ningún cuerpo planificador central puede igualar.
Equilibra fácilmente oferta y demanda, y determina precios que realmente
reflejan la escasez y la abundancia.
Sin embargo, el mercado
tiene algunas debilidades fundamentales. No incorpora en los precios los
costes indirectos del suministro de bienes y servicios; no valora
adecuadamente los servicios que presta la naturaleza; y no respeta los
umbrales de sostenibilidad de los sistemas naturales. Favorece también el
corto plazo sobre el largo plazo, e ignora, por lo mismo, a las
generaciones futuras.
Los sistemas contables
que no dicen la verdad pueden ser muy costosos. Los defectuosos sistemas
de contabilidad empresarial que dejan los costes fuera de los libros han
acabado llevando a la bancarrota a algunas de las mayores empresas del
mundo. Desgraciadamente, nuestro defectuoso sistema de contabilidad global
tiene, potencialmente, consecuencias harto más graves. Nuestra
prosperidad económica moderna se ha logrado en parte ignorando los déficit
ecológicos, costes que no aparecen en los libros, pero costes que, tarde
o temprano, alguien tendrá que acabar pagando.
El primer paso consiste
en calcular los costes indirectos de varios bienes y servicios que
adquirimos. En la medida en que todos nosotros somos decisores económicos
–como consumidores, planificadores empresariales, políticos
gubernamentales o banqueros de inversiones—, nos fundamos en los precios
de los mercados para orientar nuestras decisiones. El problema es que el
mercado nos da mala información. Y el resultado son decisiones malas.
Permítame ilustrarle el
asunto. Un estudio del Centro para el Control y Prevención de
Enfermedades (CDC) en los EEUU calculó el coste social de fumar
cigarrillos, incluyendo dos costes: el coste de tratamiento de las
enfermedades causadas por el tabaco y la pérdida de productividad que van
con esas enfermedades. Concluyeron que el coste para la sociedad de fumar
un paquete de cigarrillos era de 7.18 dólares. Si suponemos que el coste
de cultivar tabaco y manufacturar los cigarrillos ronda los 2 dólares el
paquete, entonces el precio de los cigarrillos debería rondar los 9 dólares
el paquete. Eso no sólo justifica la elevación de los impuestos sobre el
tabaco, que se lleva cuatro millones novecientas mil vidas al año en todo
el mundo, sino que da pautas ara saber cuánto hay que elevarlos.
Si el coste para la
sociedad de fumar un paquete de cigarrillos es de 7.18 dólares, ¿cuál
es el coste para la sociedad de quemar un galón de gasolina?
Afortunadamente, el Internacional Center for Technology Assessment ha
hecho un análisis detallado, que lleva por título “El precio real de
la gasolina”. El equipo de investigación calculó varios costes
indirectos, incluidos los incumplimientos fiscales de la industria
petrolera, los costes de protección del suministro del petróleo, los
subsidios a a la industria petrolera y los costes de asistencia sanitaria
por enfermedades respiratorias derivadas de las emisiones automovilísticas.
El total de esos costes indirectos ronda los 9 dólares por galón, algo
mayor que el coste social de fumar una cajetilla de cigarrillos. Añádase
ese coste externo o social a los cerca de 2 dólares por galón que es el
precio medio de la gasolina en los EEUU a comienzos de 2006, y la gasolina
costaría 11 dólares por galón. Esos costes son reales. Alguien carga
con ellos. Ahora que esos costes han sido calculados, pueden usarse para
determinar los impuestos a la gasolina, lo mismo que los análisis del CDC
se usan para fijar los impuestos al tabaco.
En el verano de 1989,
China sufrió unas inundaciones sin precedentes en la cuenca del río
Yangtse durante un largo período de tiempo. Al final, las inundaciones
causaron unos daños estimados en 30 mil millones de dólares, una suma
equivalente al valor anual de la cosecha de arroz en China. Por unas
semanas, el gobierno chino habló de las inundaciones como si de un hecho
de la naturaleza se tratara, lo que, en efecto, era. Pero a mediados de
agosto convocaron una rueda de prensa en Beijing reconociendo que había
habido contribución humana, que la deforestación de los bosques de
ribera de la cuenca del Yangtse había contribuido también a las
inundaciones. El gobierno dio entonces un paso insólito. Prohibió la
tala de árboles en los bosques de toda China. Los funcionarios
justificaron eso señalando que el valor de los árboles en pie era tres
veces superior al de los árboles talados. Lo que reconocían era que los
servicios de control de inundaciones prestados por los bosques eran tres
veces más valiosos que la madera mercantilizable en esos mismos bosques.
En el mundo científico, eso se conoce como el momento ¡Ahá!. El
gobierno chino reconocía la verdad ecológica en el mercado. Eso es, en
una palabra, lo que Edmundo entero necesita hacer con todos los bienes y
servicios.
GR.- ¿Ve usted un
punto de no retorno, un momento inaplazable para la acción?
LB.- Al observar la
relación rápidamente cambiante entre nuestra civilización global de los
6 mil quinientos de humanos de comienzos del siglo XXI con los sistemas y
los recursos naturales de que dependemos, pensamos en umbrales, puntos de
no retorno plazos perentorios para la acción. Desgraciadamente, puesto
que esos umbrales son fenómenos naturales y puesto que los plazos
perentorios para la acción los determina la naturaleza, estamos como
disminuidos en nuestra respuesta. Puede que no sepamos que estamos
rebasando los plazos para la acción, hasta que sea demasiado tarde. Uno
de los más conocidos ejemplos de fallo a la hora de reconocer un umbral
clave es el de la gestión de la multicentenaria actividad pesquera del
bacalao en la costa de Newfoundland, Canadá. Algunos biólogos marinos
advirtieron de que la sobrepesca y el encogimiento de los caladeros ponían
en riesgo a la actividad pesquera. Pero cuando se tomó finalmente la
decisión de vedar la pesca del bacalao, las reservas del mismo habían
disminuido ya a tal punto, que eran irrecuperables. Hoy, más de diez años
después, no hay signos de recuperación. Tal vez esa pesca se haya
perdido para bien.
Otro ejemplo sería la
fusión del hielo en el Mar Ártico. La fusión de ese hielo, por sí
misma, no afecta al nivel del mar, porque el hielo está ya en el agua,
pero si esa área helada, de dimensiones continentales, que ha disminuido
en un 20% en la estación veraniega en las tres últimas décadas, llegara
a derretirse entera, alteraría profundamente el clima de la región.
Cuando la luz solar
impacta en la nieve y el hielo, cerca del 80% de la misma vuelve por
reflexión al espacio, y sólo el 20% es absorbida como calor. Los
modelistas se refieren a eso como un vínculo de retroalimentación
positiva, una situación en la que una tendencia, una vez en curso, tiende
a reforzarse a sí misma.
La fusión del Mar Ártico
preocupa a los científicos, porque podría inducir un calentamiento de la
región y traer consigo la fusión de la capa de hielo de Groenlandia. Si
tal ocurriera, en unos pocos siglos el nivel del mar subiría 23 pies.
Algunos científicos creen que la fusión de la capa de hielo de
Groenlandia elevaría el nivel del mar a un ritmo de un metro cada medio
siglo. Si el calentamiento de la región ártica ha llegado al punto en el
que la capa de hielo de Groenlandia está amenazada, eso quiere decir que
estamos abocados a un futuro en el que muchas de las ciudades costeras del
mundo quedarán total o parcialmente bajo el nivel del mar. Los deltas
fluviales y los humedales arroceros de Asia serán igualmente inundados,
privando a la región de parte de su suministro de arroz.
Algunos científicos
creen que hemos llegado ya a un punto de no retorno. Otros creen que si
actuamos rápidamente para cortar las emisiones de carbono, podríamos
todavía salvar la capa de hielo de Groenlandia. Lo cierto es que los
plazos los pone la naturaleza. Sólo sabremos que hemos fallado cuando sea
irreversible.
Si en unos pocos años
llegara a quedar claro que la fusión del hielo ártico lleva sin remedio
a la fusión de la capa de hielo de Groenlandia, nos enfrentaremos, por
vez primera en la historia, a una fractura de nuestras sociedades según líneas
generacionales. Ya conocemos la fractura social según líneas raciales,
religiosas, étnicas; pero nunca antes se había dado una fractura en líneas
generacionales. La próxima generación, que tendrá que lidiar con la
subida del nivel del mar que nosotros hemos provocado, nos preguntará por
qué no actuamos. ¿Cómo pudísteis hacernos eso? Podrán leer la
literatura científica y las alertas de la comunidad científica que
nosotros leemos ahora.
Hay otra cuestión, a
saber: ¿cómo nos sentiremos con nosotros mismos, si llega a hacerse
patente que nuestra generación es responsable de la fusión de la capa de
hielo de Groenlandia?.
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