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Modernidad
y Holocaustos del siglo XX
Construcción del imperio y asesinato masivo
Por James Petras
Revista
Laberinto
Foros
de discusión, LR21, Uruguay, 31/07/06
Introducción
Los holocaustos conllevan el exterminio a gran
escala de un gran número de civiles no combatientes durante un largo
periodo de tiempo, esponsorizado sistemáticamente por el estado. Este
exterminio se basa en la identidad de clase, étnica, racial o religiosa
de las víctimas. La violencia es el precedente de todos los holocaustos
de los siglos XX y XXI, violencia por parte del estado o de la sociedad
civil contra los pueblos víctimas. Antes de los holocaustos, algunos
sectores importantes de la sociedad estatal y civil suelen expresar su
oposición a la violencia contra estas víctimas. No obstante, una vez que
los autores de los holocaustos consiguen hacerse con el poder estatal, son
capaces de neutralizar, silenciar, reprimir y cooptar a los que
previamente eran oponentes.
Varios teóricos han intentado explicar el
holocausto (o los holocaustos) centrándose exclusivamente en un caso
particular, el exterminio de grandes sectores de las comunidades judías
por parte de la Alemania Nazi en Europa occidental, central y oriental.
Desde un punto de vista metodológico, al centrarse en el caso particular
de los judíos en Europa, el enfoque no funciona empíricamente, ya que no
sirve para explicar los holocaustos anteriores, coetáneos o posteriores
perpetrados contra otras víctimas de Europa, Asia y América Latina.
Son sobre todo, pero no exclusivamente, los académicos
judíos los que hablan acerca de la «singularidad» de las víctimas judías
de los nazis. Al hacerlo se burlan de los datos históricos y justifican
las cuantiosas compensaciones monetarias
[2] y el ejercicio de la expansión colonial en Palestina y
otros lugares de Oriente Medio. Y lo hacen aplicando las mismas técnicas
que utilizaban los opresores nazis: prácticas de culpa colectiva,
legislación basada en la raza, tortura masiva legalizada y limpieza étnica.
Crítica a la «singularidad» del Holocausto Judío
Los holocaustos modernos no comenzaron en los siglos
XX y XIX con las prácticas genocidas inglesas, norteamericanas y belgas
que tuvieron lugar en la India, ni en el oeste de los Estados Unidos, ni
en el momento en que el Congo atestiguó sus raíces premodernas
[3] . Si bien es cierto que existen grandes diferencias entre
los holocaustos de los siglos XX y XXI, estos comparten una fuerza
conductora subyacente: la construcción imperialista o la respuesta a los
que retan al imperio.
Las declaraciones de «singularidad» del Holocausto
Judío-Nazi (HJN) se basan en algunos argumentos frágiles que pueden ser
desmontados de un modo rápido y sencillo.
Los que solo hablan del HJN, fundamentan sus
argumentos en la cantidad de muertes: 6 millones de judíos
[4] . Exactamente el mismo tiempo tardaron los nazis y sus
aliados en exterminar a 20 millones de civiles soviéticos, la mayoría
rusos
[5] . Del mismo modo los japoneses exterminaron a 10 millones
de chinos entre 1937 y 1942
[6] . Durante la ocupación y el bombardeo masivo de EEUU en
Indochina
[7] y Corea
[8] perdieron la vida entre 3 y 4 millones de civiles (en cada
sitio). No tiene ninguna validez argumentar que el Holocausto judío es
superior en cuanto al número de víctimas y por lo tanto «singular».
La segunda justificación de la singularidad del HJN
es el papel del estado en el proceso de exterminio sistemático de víctimas
judías. Al igual que el anterior, este argumento carece de validez histórica.
Durante el periodo de decadencia del imperio otomano, el gobierno de los Jóvenes
Turcos introdujo una política de exterminio masivo que desencadenó
genocidio del pueblo armenio entre 1915 y 1917, en el cual se registraron
más de un millón y medio de víctimas
[9] . Del mismo modo, al amparo de la política de «contra
insurgencia» estadounidense durante los bombardeos masivos (Vietnam, Laos
y Camboya) fueron asesinados más de 4 millones de civiles. Las políticas
de tierra quemada dirigidas por EEUU en América Central durante la década
de los ochenta, provocaron el asesinato sistemático de más de 200.000
indios mayas y la destrucción de más de 250 comunidades rurales
[10] . Asimismo, el embargo estadounidense contra Iraq entre
1991 y 2003, que había sido planeado científicamente, así como su
invasión y ocupación (desde marzo de 2003 hasta hoy) dejaron un número
de muertes infantiles superior a 500.000 entre los años 1991 y 2000, y más
de 200.000 muertes civiles desde la invasión
[11] .
Otros defensores de la singularidad del HJN acuden a
la ideología racial y exterminadora, olvidando la tan asentada base
racial de las políticas genocidas de Japón contra China, los regímenes
títere en América Central y las virulentas y racistas campañas de
exterminio contra los mayas, por citar sólo algunos ejemplos
ilustrativos.
Algunos historiadores judíos como Goldhagen, se
apropian de los métodos historiográficos nazis para afirmar la tesis de
la «singularidad» sobre la base de la culpabilidad del conjunto del
pueblo alemán y su historia
[12] . Esta propaganda, proclamada por un profesor de Harvard,
pasa por alto el hecho de que los nazis obtuvieron tan solo el 37,3% de
los votos en julio de 1932, y perdieron casi un tercio del electorado en
noviembre de 1932, justo antes de asumir el poder
[13] . Goldhagen pasa por alto que más de un tercio de los
alemanes (sobre todo obreros) votaron a los candidatos
socialistas-comunistas, que se oponían firmemente a los nazis y apoyaban
los derechos de los judíos
[14] . En términos históricos, el argumento resulta incluso más
débil. Antes de la década de 1920, los movimientos que se mostraban
abiertamente antisemitas, los líderes de opinión y los políticos,
estaban excluidos de la vida política alemana. Además, es obvio que el
argumento ignora el «alto nivel cultural» alemán basado en la
tolerancia, el cual incluía a muchos judíos y contribuyó en gran medida
a la herencia cultural en la música, las ciencias, la literatura y la
filosofía.
Por ultimo, la noción de culpa colectiva de toda la
sociedad civil se niega a reconocer que la primera y mayor redada política
de los nazis acabó con decenas de miles de alemanes, la mayoría
comunistas, sindicalistas y militantes antifascistas, todos ellos
exterminados en los primeros campos de concentración, incluidos
Buchenwald y Baden-Baden. El argumento posterior a los hechos se basa en
la falta de resistencia abierta por parte de los alemanes una vez que el régimen
terrorista hubo consolidado el poder. Este argumento tenía poco que ver
con la «aquiescencia» alemana del antisemitismo, y se acercaba más a la
efectividad de la represión estatal.
Pero, aun en el caso de que casi el 50% de la
sociedad civil alemana consintiese o incluso apoyase (sería muy dudoso
asumirlo) el genocidio estatal, no se trata de un caso aislado. De hecho,
el exterminio de un número de eslavos tres veces mayor fue apoyado en la
misma proporción (los «científicos» nazis encargados de la higiene
racial consideraban que los eslavos eran similares a bestias, infrahumanos
destinados a trabajar hasta morir). Sectores importantes tanto de la
sociedad civil turca como de la curda participaron en el asesinato y
saqueo de los armenios. En el caso de EEUU, la mayoría de la sociedad
reeligió al presidente Reagan tras declarar públicamente su apoyo al
dictador guatemalteco Rios Mont, que había exterminado al pueblo maya.
Una mayoría abrumadora de la sociedad «civil» israelí financia y sirve
a la colonización militar y al desposeimiento de 4 millones de palestinos
en el Holocausto Palestino-Israelí
[15] . La sociedad civil de Japón en conjunto apoyó la
masacre de Nanking y sus secuelas.
Es insostenible argumentar que el único vínculo
entre los nazis y la sociedad civil fuese el exterminio de los judíos, más
aún si atendemos a la mirada que se esconde tras los ojos cegados de una
historiografía predispuesta. Es tan abrumadoramente obvio, que uno
necesita indagar en la «sociología del conocimiento» en lo que respecta
a la singularidad del Holocausto Judío: ¿a qué fines políticos y económicos
sirve en cuanto al aumento actual de poder de Israel? El uso y abuso de la
historia, concretamente en el caso de la singularidad del NJH, conlleva
una serie de consecuencias extremadamente perjudiciales para la perpetración
del Holocausto Palestino.
La manipulación de la cuestión de las víctimas
del holocausto ha contribuido de un modo desproporcionado en la influencia
que los grupos de presión pro-israelíes ejercen para asegurar que tanto
EEUU como la UE financien la limpieza étnica del pueblo palestino. Las
explicaciones etno-raciales de los holocaustos, incluida la que se basa en
la «culpa colectiva», puede ser sustituida rápidamente por la del «castigo
colectivo» de familias, comunidades y pueblos, que no guardan relación
alguna con las ofensas alegadas a víctimas únicas convertidas en poderes
regionales. Una muestra evidente de ello está en la mentalidad de muchos
expertos del terrorismo israelíes y judíos, quienes profesan saberlo
todo acerca de la «Mente Árabe».
Crítica a las explicaciones psico-culturales
Aquellas explicaciones del holocausto basadas en el
«comportamiento masivo irracional» o, de un modo más general, en la «psicología
masiva», obvian el punto central de la manipulación de las élites,
anclada en el estado, en la economía y en la sociedad civil. En ninguno
de los holocaustos de los siglos XX y XXI las masas se encontraron en
condiciones de iniciar, organizar y dirigir los holocaustos. Sin embargo
es cierto que fueron algunos sectores de las clases bajas los que
desarrollaron las políticas, llegando en algunos casos a beneficiarse
directamente de los destrozos de los campos de concentración. En primer
lugar, los holocaustos son actividades estatales que aprovechan cualquier
actitud contradictoria de la población (prejuicio contra el grupo
objetivo), y la instrumentaliza para crear una cohesión con la élite
expansionista, o con políticas imperialistas.
Las clases dirigentes que apoyaron los holocaustos
esponsorizados por el estado no lo hicieron llevados por un odio de clase
u odio étnico irracional, sino simplemente porque el holocausto es un
modo de legitimar la idea de dominio incondicional del estado, así como
la base de la explotación económica en los mercados interior y exterior.
De hecho, los determinantes psicológicos y culturales de los «holocaustos»
están fundamentados en los grandes intereses económicos y geopolíticos
imperialistas del estado. No hay ningún atributo cultural o psicológico
«singular» bien asentado en las sociedades que fomentan el holocausto.
Hay muchas culturas paralelas compitiendo, y multitud de psicologías.
Bajo el imperativo de la expansión del estado imperial, que cuenta con el
respaldo de las instituciones religiosas, partidos políticos y medios de
comunicación influenciados por el estado, principalmente (pero no solo)
las masas de población manipuladas tienen un papel activo en el proceso
de asesinato masivo.
Defender las explicaciones culturales y psicológicas
de los holocaustos sirve para distraer a la población del papel central
que tienen la política imperialista y el estado. Centrarse exclusivamente
en la ideología es un modo de pasar por alto el marco social en que se
nutren, financian y apoyan las funciones de la ideología genocida.
Desechar las bases políticas y económicas fundamentales, los imperativos
de la conquista imperialista y la necesidad de cohesión interna, así
como los holocaustos en proyecto, no sirve para materializar. Por otra
parte, las estructuras imperialistas permanentes favorecen la recurrencia
de los holocaustos, como se ha podido comprobar durante los cuatro
holocaustos principales de los siglos XX y XXI en los que entraba en juego
el imperialismo estadounidense: la ejecución de 4 millones de coreanos
(1950-1953); 4 millones de indochinos (1960-1975), 300.000 mayas en
Guatemala (1980-1983), y cientos de miles de iraquíes (1991-2002) y
(2003-presente).
En su lucha por la conquista imperial, las élites
del holocausto crean colaboradores en determinadas clases sociales, que se
benefician directamente. Los terratenientes y campesinos turcos y curdos
se apoderaron de la propiedad armenia. Los doctores alemanes tomaron
posesión de las prácticas y los puestos de sus colegas judíos, a los
que asesinaron. Las élites empresariales japonesas se hicieron con las
compañías mineras de Manchuria. Los militares estadounidenses saquearon
las inestimables antigüedades y riquezas de Asia. El saqueo y
desposeimiento de víctimas a gran escala producen relaciones verticales
entre la élite del imperio y los sectores menos representativos de este,
creando de este modo una realidad pasajera mediante la cual el pueblo se
involucra en el genocidio colectivo.
Aquellos que se ocupan de reclutar colaboradores
entre las víctimas son los organizadores de los holocaustos. Los alemanes
formaron la «policía judía (kapos)» y los «concilios» para preparar
el holocausto, y los soldados ucranianos y rusos blancos prepararon el
terreno para el Holocausto Ruso. Japón formó «regímenes títere»
mientras acababa con la vida de decenas de millones de chinos. Los jefes
estadounidenses de los regímenes títere, Sygman Rhee en Corea y Diem en
Vietnam, servían de fachada política mientras sus países eran
devastados por bombarderos B52 con millones de toneladas de explosivos,
napalm y venenos como el agente naranja, que acabaron con la vida de
millones de personas. En algunos casos, los holocaustos son operaciones
conjuntas de las élites y las clases altas, que se sienten amenazados por
las víctimas. Así por ejemplo, en Guatemala, los especialistas en
asesinatos masivos de EEUU e Israel se unieron a las élites guatemaltecas
(descendientes de europeos blancos) y emprendieron una masacre que acabó
con toda la población india; se hicieron con sus tierras, y las
distribuyeron, formando parte todo ello del proceso del holocausto.
En resumen, los holocaustos tienen una estructura
muy bien fundamentada, están multiestratificados y arraigados en un gran
número de colaboradores y beneficiarios de los estratos inferiores. Más
que acontecimientos que engloben a toda la sociedad, son procesos de
arriba abajo, en los que el estado tiene un papel dominante para asegurar
la cohesión interna necesaria para la expansión externa.
Explicaciones alternativas del Holocausto
Explicar los holocaustos a partir de las nociones de
«culpa colectiva cultural» o fenómeno «psicosocial», resulta empíricamente
insustancial o, a lo sumo, derivado y parcial. La mayor carencia de estas
explicaciones es la falta de comprensión de la dinámica estructural del
imperialismo.
Una relación íntima y profunda con el imperialismo
es común a todos los holocaustos de los siglos XX y XXI, ya sea una
conquista externa o una «cohesión interna» orientada hacia la
construcción imperialista. Aunque no todos los holocaustos nacen del
imperialismo (algunos nacen de acumulaciones de capital «interno», la
colectivización forzosa de Stalin entre 1929 y 1934), desde el siglo XIX
hasta hoy todos los imperialismos han derivado en holocaustos.
Holocausto,
cohesión e imperialismo
El HJN es una clara muestra de cómo una élite
dirigente hace víctima a una minoría para crear una cohesión de clase,
desviando a las masas de los conflictos internos de trabajo-capital y de
los costes reales o potenciales de las políticas imperialistas. En lugar
de centrarse en la explotación capitalista, la élite dirigente orientaba
el descontento de los trabajadores y las clases medias hacia los banqueros
y capitalistas judíos. Esta propaganda resultaba especialmente efectiva
en profesiones como la medicina o pequeños comerciantes, en las que existía
una competitividad muy intensa entre judíos y no judíos, especialmente
por los puestos y los beneficios del mercado. El paso de la exclusión
intensificada y la discriminación étnica a la práctica del genocidio
coincidió con la expansión masiva militar, económica y política, y con
la conquista que tuvo lugar entre finales de los años treinta y
principios de los cuarenta. A medida que aumentaban los costes de la
construcción imperialista, crecía también la necesidad de distraer a la
población mediante la perpetuación del asesinato masivo. De forma
paralela al HJN, la conquista imperial de grandes áreas de Europa
Occidental (y en especial de Rusia), produjo un holocausto aún mayor, el
asesinato de treinta millones de eslavos y la esclavización de muchos
millones más que fueron incorporados a la máquina de guerra
imperialista-capitalista.
El holocausto acompañó a las conquistas
imperialistas japonesas y al régimen colonial en China desde finales de
los años treinta hasta 1945. El asesinato sistemático de millones de
campesinos, tenderos, obreros y profesores chinos (es decir, todas las
clases excepto las élites colaboradoras), fue una forma extrema de
desposeimiento colonial de propiedad y de vida, que sirvió de motor a la
construcción imperialista, y de subsidio y mantenimiento de la lealtad
entre las masas japonesas dentro del país
[16] .
Los holocaustos tuvieron lugar como resultado de los
desafíos revolucionarios masivos a dirigentes impopulares de regímenes títere,
que minaban las pretensiones de la invencible dominación imperial. La
intervención militar de EEUU y la ocupación de Corea e Indochina en
apoyo a los regímenes fallidos, condujeron al asesinato de ocho millones
de víctimas civiles y a la destrucción total de grandes áreas de la
economía mediante el bombardeo masivo genocida y la guerra química, que
convirtieron las áreas industrializadas en escombros, diezmaron las
tierras de cultivo, y causaron daños genéticos a largo plazo en las
generaciones posteriores. Sin embargo, y a pesar de la magnitud y el
alcance de los campos de concentración, no se consiguió vencer a las
armadas populares de liberación nacional. A la cohesión interna se unía
una profunda purga política de los disidentes estadounidenses sobre la
sociedad civil y el empleo público, sobre todo durante el Holocausto
Estadounidense en Corea. Sin embargo, los elevados costes humanos en lo
que respecta a la pérdida de soldados imperiales estadounidenses y los
disparatados gastos (si no al holocausto en sí), forzaron a los
dirigentes imperialistas a firmar un armisticio
[17] .
Cuanto mayor sea el tamaño, la efectividad y la
popularidad de los movimientos de liberación nacional y la amenaza a los
dirigentes de los regímenes títere, más probable será que los poderes
imperiales recurran sistemáticamente a los asesinatos masivos y a la
guerra total. A medida que los legisladores desarrollan visiones estratégicas
integradas, en las que se considera al imperio dependiente de la seguridad
de cada dirigente títere en cada nación, más probable será que se
aplique la estrategia de la «guerra total», la cual oblitera las líneas
entre civiles y combatientes, las economías de subsistencia y las
industrias de guerra
[18] .
Los imperios se construyen en torno a redes, cadenas
de suministro, materias primas y explotación laboral, avanzadas
militares, y dirigentes títere. Cuentan con el apoyo de los ejércitos
imperiales y de sus defensores nacionales, según indica el complejo de
superioridad de la «nación dominante» sobre sus sujetos coloniales. Los
holocaustos imperiales son consecuencia de las amenazas a las «redes
globales», pero no están necesariamente relacionados con las ganancias
económicas inmediatas que se obtienen en un emplazamiento de ejecución
determinado. A esto se debe que los holocaustos no se puedan explicar
mediante un simple análisis del balance de costes-beneficios, de pérdidas
y ganancias económicas. Por ejemplo, todos los poderes imperiales llevan
a cabo algo que ellos describen como asesinatos masivos ejemplares de
civiles, para provocar la rendición, la sumisión, el desposeimiento y la
obediencia ante el régimen imperial. El asalto militar masivo perpetrado
por EEUU en Iraq fue llamado con gran acierto «conmoción y
sobrecogimiento». En Rusia los nazis desarrollaban políticas de tierra
quemada. El dirigente clientelar Rios Mont, al amparo de EEUU, obliteró
cientos de pueblos de los mayas en Guatemala. Los asesinatos ejemplares de
palestinos provocaron que millones de personas huyeran de las tierras que
posteriormente fueron ocupadas y explotadas
[19] .
Cuando los poderes imperiales se involucran en el
horror del holocausto, justifican sus crímenes en nombre de una «causa
sagrada» que reposa sobre «la mayor y más noble misión histórica».
De otro modo es de suponer que la repugnancia que inspiran sus actos podría
arrojar algunas dudas entre los ejércitos imperiales. El HJN se entendió
como un modo de «liberar» al pueblo alemán de los tentáculos de la «conspiración
judía»; por su parte, la conquista y el Holocausto Ruso se entendió
como una forma de «crear un espacio vital para el espíritu libre de los
alemanes». El holocausto estadounidense en Asia fue presentado como «la
liberación del pueblo del yugo del totalitarismo». El Holocausto
Palestino-Israelí fue y sigue siendo descrito como el modo de «enviar al
pueblo judío a su Tierra Prometida». Todos los holocaustos imperiales se
describen y justifican en nombre de una falsa «liberación nacional», en
la que los dirigentes imperiales se hacen cargo del «pueblo elegido»,
bien por Dios, por la historia o por la genética.
La desintegración de los imperios provoca
holocaustos. Estos son instrumentos de los intentos de «reconstrucción
nacional» destinados a proporcionar «sangre nueva» para acabar con los
dirigentes en decadencia y las minorías «privilegiadas». El genocidio
turco-armenio (1915-1917), perpetrado por los «Jóvenes Turcos», es un
ejemplo clave de «revitalización nacional» de un imperio en decadencia
llevado a cabo mediante el holocausto contra los supuestos «separatistas».
Asimismo, se puede decir que el HJN fue en parte el resultado de la
derrota y el desmembramiento del Imperio Alemán, y el intento de los
nazis de culpar a las traiciones («judías») internas.
En resumen, el imperialismo se basa en el consenso
interno y la cohesión social para movilizar a una nación entera hacia
las guerras externas y la conquista, especialmente en aquellos lugares
donde las grietas de clase son más agudas. Una guerra u holocausto contra
las minorías étnicas internas sirve para desviar el descontento de la
lucha de clases hacia las guerras étnicas e imperialistas. Los
holocaustos reposan siempre sobre una ideología de «regeneración moral»,
y el exterminio masivo sirve para intensificar la idea de «pueblo moral»
que castiga al pueblo «degenerado» o inferior. Los mitos acerca de las
afirmaciones exclusivas que se basan en religiones «populares» o «imperativos
históricos» se instrumentalizan en aras de la construcción del imperio
moderno.
Por qué el imperialismo deriva en holocausto
Por naturaleza, el imperialismo conlleva el
desposeimiento y adquisición de recursos económicos, mano de obra,
dominio político y económico, y territorio
[20] . La construcción del imperio es un proceso que requiere
asesinatos masivos y «diplomacia» para asegurar la aquiescencia de la
elite y la aquiescencia internacional. Los holocaustos internos se pueden
entender como un tipo de «acumulación primitiva de capital» que sirve
para aprovechar los recursos económicos de una minoría victimizada, y la
posterior transferencia de estos a las élites que dirigen las conquistas
imperiales. En lo que respecta a los holocaustos imperiales
transnacionales, la incautación de bienes, territorios, y el saqueo de
bienes agrícolas, minerales e industriales, conduce al empobrecimiento
general, refugiados, a un «superávit de fuerza de trabajo» masivo y a
la aparición de enemigos potenciales. Las decisiones del holocausto
tienen como objeto la reducción del exceso de población provocado por
las requisiciones económicas y el saqueo, mediante la aniquilación física
de los reclutas reales y potenciales de la guerrilla de los desarraigados.
En este contexto el imperialismo se enfrenta a una
gran contradicción. Por un lado, emprende un holocausto para desposeer a
millones de personas; por otro, necesita explotar a los trabajadores y
proporcionar sepoys, que sirven para mantener vivos los ejércitos
de ocupación imperial. Esto se soluciona explotando a los pueblos
conquistados como si fuesen esclavos, con mano de obra barata, o acabando
con la vida del excedente de población «no obrera». En la mayor parte
de los casos, el «holocausto» es un proceso paralelo al exterminio
masivo y los trabajos forzados. En aquellos casos en los que la actividad
del holocausto ha llegado a agotar la mano de obra local, o en los que ha
surgido la resistencia de las masas, frecuentemente el poder
imperial-colonial ha recurrido a la importación de mano de obra, bien a
la fuerza, bien procedente de otras regiones conquistadas con salarios
bajos.
Los holocaustos como objeto de estudio de la
modernización y la construcción imperialista
Desde el primer holocausto del siglo XX (el
genocidio armenio en Turquía), los asesinatos masivos se han considerado
parte del proceso de modernización y unificación de una nación, basado
en la violencia estatal. En la consecuente «limpieza étnica» de todas
las minorías del antiguo Imperio Otomano se siguió una lógica
republicana secular en la que los militares asumían el papel de
defensores del ethos «modernista» frente a los enemigos «imaginarios»
disfrazados de minorías
[21] .
El mito de la fundación y justificación del Estado
de Israel sirvió para afirmar que Palestina era una «tierra sin pueblo»
y los judíos un «pueblo sin tierra»; un mito que se convirtió en una
profecía de autorrealización (y útil en sí misma), ya que los judíos
israelíes estaban expulsando a la fuerza a millones de árabes palestinos
de las tierras ocupadas
[22] .
Se sigue justificando el Holocausto Palestino-Israelí
por la existencia de un estado judío democrático, aunque exclusivista,
que mantiene unos vínculos excepcionales con una red mundial de élites
modernas caracterizadas por su riqueza y su éxito financiero
[23] . La interacción del comportamiento del holocausto con
una modernidad asentada en unas redes globales muy densas resulta muy
famosa entre las élites imperiales que se empeñan en reconstruir los
imperios de Oriente Medio, sobre todo entre los civiles militaristas de
EEUU.
El HJN fue una manifestación más de la dinámica
modernidad industrial, que se aprovechó para llevar a cabo la conquista
imperial: la tecnología superior alemana y los grandes avances científicos
se basaron en la cohesión interna promovida por el antisemitismo desde
dentro, y por el antieslavismo desde fuera. El resultado: un «doble
holocausto», las campañas de exterminio de judíos por una parte, y de
rusos-eslavos por otra. La destrucción histórica e irreversible de la
izquierda y sus organizaciones de masas fue una condición previa esencial
para toda la dinámica de expansionismo del Holocausto Nazi.
Los imperialistas «tardíos» como Alemania, Japón
o EEUU, han mostrado la misma tendencia a llevar a cabo guerras genocidas
y campañas de exterminio de tal magnitud que se pueden equiparar a un
holocausto. A excepción de Japón, una sociedad homogénea en lo que a
etnias se refiere, los estados donde el imperialismo fue tardío
emprendieron campañas de exterminio genocidas a gran escala contra varias
minorías internas diferentes (indios y afroamericanos en EEUU, judíos en
Alemania). De este modo crearon una cohesión nacional, así como el
complejo de superioridad racial necesario para llevar a cabo las
conquistas imperialistas y los holocaustos (Alemania contra los eslavos,
EEUU contra Asia y contra los indios de América Central).
El Holocausto Japonés en China culminó con la
infame “Violación de Nanking”, en la que fueron violados y asesinados
brutalmente más de 300.000 chinos en cuestión de días, en el año 1938.
Esto fue precedido y seguido inmediatamente del exterminio sistemático,
dirigido por el estado, de más de 7 millones de civiles chinos de todas
las edades y clases sociales. A pesar de que en el Holocausto Chino-Japonés
hubo un número de víctimas aún mayor que en el Holocausto Judío, hay
dos razones que explican la inexistencia de monumentos, fundaciones y
compensaciones millonarias en conmemoración del Holocausto Chino-Japonés:
la ausencia de un grupo de presión fuerte a favor del holocausto en
Occidente, y la coincidencia con la realineación de Occidente y Japón
contra la República Popular China. Es obvio que las afirmaciones auto
convincentes de los publicistas judíos acerca de la singularidad del HJN
han contribuido a la expansión de la amnesia colectiva.
El ascenso de EEUU a la posición de poder
imperialista dominante estuvo directamente relacionado con los holocaustos
«tricontinentales» o múltiples, en Asia, EEUU en Corea (1950-1953) y
EEUU en Indochina (1961-1975); en el sur de África con los holocaustos
proxy (Angola, Mozambique y Congo-Zaire) entre 1961 y la década de los
noventa; en América Central (1979-1990) y en Oriente Medio (Iraq
1991-2006)
[24] .
Por cuestiones metodológicas, hemos excluido el
exterminio estatal que supusieron los bombardeos nucleares sobre Hiroshima
y Nagasaki, y la campaña de exterminio proxy en Indonesia en el año
1966, que provocó la muerte de más de un millón de supuestos
sindicalistas desarmados, miembros del partido comunista, afiliados y sus
familiares. El recuento de víctimas del «imperialismo tardío de EEUU»
es comparable al de sus predecesores japonés y alemán: cuatro millones
en Indochina, cuatro millones en Corea, incontables millones en el
holocausto perpetrado en las regiones del sur de África, más de 300.000
en los holocaustos proxy de América Central (200.000 mayas en Guatemala,
75.000 en El Salvador, 50.000 en Nicaragua, 10.000 en Honduras, y 10.000
en Panamá, -los últimos mediante una invasión militar directa-) e Iraq
– más de 700.000 y en aumento. Las estrategias empleadas por el
imperialismo estadounidense conducen directamente a los campos de
concentración del holocausto, porque no existe distinción alguna entre
las víctimas civiles y militares. Esto se debe a que la resistencia del
imperio estadounidense se construye sobre creencias muy arraigadas y
extendidas, sobre los intentos deliberados de conquista imperialista para
diezmar la gran reserva de apoyos en la resistencia, de suministradores de
comida e información.
Una de las explicaciones de la multiplicación de
los holocaustos propias del “imperialismo tardío” es que estos tienen
lugar en un contexto histórico más resistente a revivir el dominio
colonial-imperial. Es decir, las naciones que nacen de los movimientos
masivos anticoloniales que previamente se habían apartado claramente del
imperialismo europeo y japonés, están mejor preparadas tanto social como
política y militarmente para hacer frente a los nuevos abusos
imperialistas de EEUU. La ideología y la cultura antiimperialista y
nacionalista están muy arraigadas en las naciones poscoloniales desde
mediados del siglo XX en adelante, y se diferencian radicalmente de las
sociedades feudales-mercantiles conquistadas por los poderes imperialistas
europeos a finales del siglo XIX y principios del XX. El desposeimiento y
la desarticulación de sociedades en las que la movilización nacionalista
o socialista es muy elevada, requieren un uso mayor y más extensivo de
los métodos utilizados en los holocaustos. Ya no basta con asesinar o
exiliar a unos cuantos miles de líderes. Ahora poblaciones enteras pueden
ser «ejemplos», o, como dicen los mongers («comerciantes de
problemas») israelíes con respecto a los palestinos desde la elección
democrática del gobierno de Hamás, «tienen que asumir los costes», a
saber, asaltos militares y asesinatos de civiles diarios, y bloqueo sistemático
de comida y medicamentos, lo que desemboca en un estado de malnutrición
generalizada
[25] .
Los avances tecnológicos en la maquinaria de
exterminio masivo no determinan la frecuencia de los holocaustos, si bien
es cierto que aceleran el proceso. Los holocaustos que requieren mucho
trabajo –como el Holocausto Chino-Japonés en Nanking- pueden llegar a
ser tan mortales como las cámaras de gas de alta tecnología, de capital
intensivo de la Alemania Nazi, o el bombardeo masivo de ciudades en Corea,
Indochina e Iraq. Aún así, es cierto que la alta tecnología acelera el
proceso de exterminio y disminuye la posibilidad de que las «flaquezas
humanas» (compasión, mala conciencia) debiliten el camino hacia la
ejecución. Los holocaustos son una fuente de incentivos para evaluar,
experimentar y aplicar nuevos procesos de exterminio en situaciones en
tiempo real. Por ejemplo, EEUU experimentó con armas nucleares en campos
de batalla mediante el uso de uranio debilitado en las dos guerras del
Golfo y en los Balcanes.
El holocausto perpetrado por Israel tiene todas las
características sustantivas de los holocaustos citados anteriormente: uso
del terror estatal a gran escala y a largo plazo; desposeimiento de más
de 4 millones de palestinos; reclusión forzosa de más de 3 millones de
palestinos en guetos; segregación racial y étnica, separación en todas
las esferas de la justicia, propiedad, transporte y movilidad geográfica;
derechos civiles basados en «lazos de sangre» (linaje maternal); tortura
legalizada o cuasi legalizada y uso sistemático del castigo colectivo;
una sociedad altamente militarizada propensa a emprender continuamente
asaltos militares en las comunidades vecinas de Palestina y en otros
estados árabes; asesinatos unilaterales extraterritoriales y
extrajudiciales; rechazo crónico y sistemático del derecho
internacional; una ideología de guerra permanente y paranoia
internacional (hay «antisemitismo» en todas partes) y una ideología de
superioridad étnica (el «Pueblo Elegido»)
[26] .
Tanto en la práctica del terrorismo estatal masivo
como en sus justificaciones legales-ideológicas de los asesinatos de
oposicionistas, del desposeimiento masivo y de las reivindicaciones de la
superioridad de las Leyes de Israel en relación con las normas de derecho
internacional, el estado israelí cuenta con todas las cualidades que
caracterizan a los autores de los holocaustos. El gueto palestino, los
campos de concentración para miles de supuestos «militantes», la
destrucción de los fundamentos económicos de la vida diaria, los
desalojos masivos forzosos, la limpieza étnica sistemática; todo ello
conforma el patrón de los holocaustos presentes y pasados.
El Holocausto Estadounidense en Iraq (HEI) es un
proceso vivo que desde hace 16 años (1990-2006) nos proporciona un
ejemplo clarísimo de exterminio sistemático planificado por el estado,
de tortura y destrucción física, diseñado para des-modernizar la
sociedad secular en desarrollo y convertirla en una serie de entidades
basadas en la guerra de clanes, la guerra tribal, del clero o étnica,
carente de autoridad nacional o de una economía viable.
La magnitud y el alcance de las políticas de
exterminio de EEUU en Iraq garantizan al cien por cien que se trata de un
holocausto: 500.000 niños muertos como resultado de un bloqueo económico
asesino durante la Administración Clinton (1992-2000) y alrededor de
250.000 muertes más entre 2003 y el presente año 2006
[27] . El holocausto estadounidense fue aprobado abiertamente
por el principal arquitecto de la política desarrollada, la Secretaria de
Estado Madeline Albright, que, al verse frente a la magnitud y el alcance
del número de muertes infantiles durante el bloqueo económico devastador
(1991-2992), declaró «ha merecido la pena». El bombardeo indiscriminado
de blancos civiles en las dos guerras del Golfo, pero sobre todo en la
segunda, llevó a la destrucción total de toda la infraestructura civil.
En el futuro, el uso sistemático generalizado de proyectiles de uranio
tendrá consecuencias mortales para muchas personas. El uso sistemático
de la tortura y el asesinato masivo de cientos de miles de civiles ha sido
documentado en profundidad y se considera justo entre los oficiales
superiores del régimen Bush y la mayoría de los componentes de ambas cámaras
en el Congreso
[28] .
En lo esencial, nada separa la campaña de extermino
estadounidense de los holocaustos anteriores, excepto el hecho de que todo
el mundo lo ve mientras sucede. El HEI es un holocausto vivo: sucede ante
los ojos y los oídos de miles de millones de espectadores. Aunque es
cierto que la repugnancia global ante cada revelación particular es un
hecho compartido, también lo es la «aceptación pasiva». El holocausto
se convierte en una actividad rutinaria: brigada de la muerte, asesinato
masivo fomentado por los capataces imperiales… se reduce a un recuento
de víctimas diario, inmunizando a la comunidad mundial ante el horror de
un Holocausto vivo.
Holocaustos: situación posterior y herencias
turbias
A excepción del HJN (Holocausto Judío-Nazi) y
probablemente el HCJ (Holocausto Chino-Japonés), el resto de los autores
se han salvado de enfrentarse a procesos judiciales internacionales. Un
tratamiento diferenciado unido a la impunidad general conforma el
resultado de los avances militares y el poder político. Los holocaustos
nazi y japonés fueron derrotados; EEUU, Turquía e Israel no fueron
vencidos militarmente, o al menos no hasta el punto de que un tribunal
internacional pudiese llevarlos a juicio. Incluso en el caso de los nazis,
aparte de los pocos líderes del régimen nazi, casi todos los
representantes de medio y bajo rango fueron exonerados con el tiempo;
posteriormente, muchos de ellos alcanzaron el éxito profesional en el
mundo de la economía y la política. Y no pocos científicos y otros
profesionales nazis fueron reclutados por los gobiernos de EEUU y Alemania
Occidental para ocupar diferentes puestos estratégicos. En el caso de Japón,
tuvo lugar un proceso paralelo en el que los ejecutores del holocausto
fueron perseguidos primero, y posteriormente recuperaron posiciones de
poder. Esto sucedió sobre todo después de que EEUU y sus aliados
presentaran sus políticas globales contrarrevolucionarias, encarnadas en
la «Guerra Fría», una mala denominación dados los ataques militares de
EEUU sobre Corea e Indochina. De hecho, los autores del Holocausto Japonés
jugaron un papel principal cuando respaldaron los holocaustos de EEUU en
Corea e Indochina poniendo a disposición de EEUU bases militares,
suministros y apoyo logístico tras la Segunda Guerra Mundial.
Han tenido lugar varios tribunales no oficiales de
los que se ha hecho mucho eco, en concreto el Tribunal Bertrand Rusell del
Holocausto Estadounidense en Indochina. Sin embargo, su relevancia fue
meramente simbólica, ya que carecían de mecanismos para hacer cumplir
sus veredictos a los culpables. Ninguno de estos tribunales recibió un
trato adecuado en los medios de comunicación, ni siquiera se mostró una
ligera admisión de remordimiento o culpa por parte de los autores. Y esto
fue así incluso después de los cambios del partido en el poder. En otras
palabras, existe un consenso sistemático entre los perpetradores de que
sus acciones tienen justificación, con lo cual cualquier noción de «norma
de derecho» se considera un desastre.
De hecho, la ONU es cómplice de ello: estuvo
implicada activamente en el Holocausto Estadounidense en Corea; es incapaz
de intervenir en el Holocausto Palestino-Israelí, y además facilita
apoyo institucional al Holocausto Estadounidense en Iraq. Si el sistema
judicial internacional solo ha sido capaz de poner en manos de la justicia
a los grandes perpetradores del Holocausto Nazi, la relación a nivel
nacional es igualmente vergonzosa. En Japón, el Régimen Koizumi continúa
rindiendo homenaje a los criminales de guerra del pasado (las principales
autoridades viajan cada año al Yoshikuni Shrine), los libros de texto
japoneses ofrecen una versión “blanqueada” de los crímenes de
guerra. Esta nostalgia del holocausto continúa envenenando las relaciones
bilaterales con China, aunque sólo a nivel simbólico-diplomático, ya
que las relaciones económicas entre China y Japón siguen prosperando.
Del mismo modo, a excepción de Francia, ningún
otro país occidental ha condenado oficialmente la masacre turca-armenia o
la negación de Turquía a reconocer su responsabilidad. A pesar de los
muchos israelíes que fueron víctimas del Holocausto Nazi, Israel niega
el genocidio turco-armenio, y no permite a los armenios que realicen
representaciones académicas de su genocidio en ninguno de los foros,
conferencias, publicaciones o museos dedicados al Holocausto. Esto resulta
especialmente irritante, ya que hubo un tiempo en que Jerusalén acogió a
miles de supervivientes del genocidio armenio. De hecho, Israel tiene un
pacto de estrategia militar especial con aquellos que niegan el genocidio
armenio. Y lo mismo es aplicable al apoyo que EEUU muestra a favor de los
turcos que niegan el Holocausto, donde a pesar de la presión tan fuerte
que ejerce la comunidad armenia-americana e incluso el respaldo sustancial
del Congreso, el Ejecutivo ha bloqueado cualquier condena oficial del
genocidio.
En lo que respecta a los holocaustos perpetrados por
EEUU en Asia, Washington siguió imponiendo un bloqueo económico brutal,
concretamente en Corea del Norte e Indochina, que conllevó la «autosuficiencia
forzosa», así como en el caso de Camboya, incitando al régimen de los
Jemeres Rojos a llevar a cabo un éxodo forzoso y mortal desde los centros
urbanos, un caso de «holocausto conjunto» entre Washington y los Jemeres
Rojos.
Con la conversión de las élites de Indochina al
capitalismo, y teniendo que enfrentarse a la impunidad internacional por
los crímenes de guerra cometidos por EEUU, la reconciliación de EEUU y
Vietnam, carente de justicia, se hizo norma. Es curioso que las políticas
de liberalización hayan derivado en una nueva explotación imperial de
mano de obra barata a través del mercado y no mediante invasiones
militares.
En lo que respecta al holocausto en América
Central, no ha existido ni la menor intención de emprender procesos
penales internacionales. Como mucho, el antiguo presidente de EEUU, Bill
Clinton, en una apología «proforma» expresó el «apoyo» de EEUU a su
régimen títere en Guatemala. Los regímenes implicados, clientes de
EEUU, son descendientes directos y beneficiarios de los holocaustos
estadounidenses en América Central. Después de destruir el tejido social
y minar la economía local mediante la guerra y el libre comercio; después
de desmovilizar a las guerrillas, América Central es una región de
campesinos desarraigados, refugiados convertidos en inmigrantes
internacionales o criminales, gobernados por políticos cleptócratas y
por la oligarquía empresarial. Los supervivientes de América Central y
los familiares de las víctimas del holocausto estadounidense, no ven ningún
futuro en su país, un país devastado, desposeído de tierras y empleo, y
en consecuencia deciden huir a América del Norte. En el presente año
2006 tienen que enfrentarse una legislación muy represiva contra los
inmigrantes, a la criminalidad masiva, el desposeimiento, el
encarcelamiento y la deportación.
El Holocausto Palestino-Israelí es un proceso vivo
que va cobrando velocidad: asaltos militares diarios; ejecución de líderes
y asesinato de civiles; extensión continuada de las colonias; falta de
reconocimiento de los líderes palestinos elegidos, y, sobre todo, bloqueo
total de la economía, los alimentos básicos y los medicamentos, es
decir, emplean las estrategias de «cercado de guetos» al estilo nazi y
el «hambre hasta que se rindan». La poderosa e influyente voz del grupo
de presión judío tanto fuera como dentro del gobierno estadounidense,
asegura la impunidad de Israel y la complicidad de EEUU y la Unión
Europea.[29]
Desde el holocausto estadounidense en Indochina
hasta el presente, la ejecución de políticas propias de los holocaustos
llega hasta el público a través de los medios de comunicación e
Internet, a pesar de las campañas propagandísticas oficiales que
difunden los medios de comunicación de masas. La complicidad de los
sectores de la sociedad civil y los medios de comunicación privados al
defender los regímenes del Holocausto en sistemas políticos que no son
totalitarios, requiere la reconsideración de la relación entre
dictadores, sistemas electorales y holocaustos.
Conclusión
Después de este repaso de los holocaustos de los
siglos XX y XXI, es evidente que casi ninguno de los grandes crímenes
contra la humanidad conduce a la justicia. Muy al contrario, el legado
internacional está caracterizado por la impunidad y lo más parecido a la
reincidencia. El informe es claro: la impunidad estadounidense tras el
Holocausto Coreano dio pie a los holocaustos en Indochina, América
Central e Iraq. La limpieza étnica de palestinos perpetrada por Israel
entre 1947 y 1950 provocó nuevas guerras de conquista, desposeimiento de
tierras, ocupación colonialista, guetización y la progresión hacia la
«solución final» de la expulsión total. La negación del genocidio
turco-armenio reforzó la limpieza étnica del pueblo curdo en toda la
región de Anatolia. Estos crímenes contra la humanidad no son simples
artefactos utilizados por dirigentes psicópatas o fenómenos derivados de
tradiciones autoritarias, porque, como ya hemos visto, hay tradiciones que
compiten, diferentes «psicologías nacionales» e ideologías
enfrentadas.
Las ofensivas imperialistas que buscan la cohesión
interna y la conquista en el extranjero ponen en un primer plano el
comportamiento del holocausto, son los desencadenantes, la fuerza motriz
de los holocaustos. Y es precisamente porque los poderes imperiales ponen
en práctica el imperativo de que no son castigados y en la mayoría de
los casos a fecha de hoy aún no han reconocido sus crímenes. Cada vez se
condena a menos poderes por menos crímenes. Por el contrario, cuanto
mayor es el imperio y el poder, más común es aplicar la ley de la
impunidad y la negación.
Los intelectuales occidentales no reconocen los múltiples
holocaustos de los siglos XX y XXI, pero esto no se debe a la falta de
datos accesibles ni a la falta de conocimiento de los hechos, ya que los
actos del genocidio son públicos, los cuerpos están esparcidos en
lugares públicos, la destrucción rodea a cualquier observador, y los
instrumentos del genocidio son financiados públicamente. Lo que falta es
disposición para enfrentarse a la realidad de que los gobiernos, los
estados, son los responsables de los holocaustos; a la realidad de que los
regímenes que han elegido, están participando en el terrorismo masivo;
de que sus medios de comunicación de masas privados mienten y encubren
sistemáticamente lo actos del genocidio; y de que grandes sectores de la
«sociedad civil» son críticos impotentes o colaboradores cómplices.
La mayoría de los intelectuales de las sociedades
imperiales son incapaces de comprender la magnitud y la gravedad de los crímenes
que se cometen en su nombre. En lugar de ello, describen los holocaustos
como «guerras entre estados», y se refieren a ellos como «la Guera de
Corea», la «Guerra de Indochina», la «Guerra de Iraq», o peor aún,
«las guerras por la democracia» u otras falsificaciones monstruosas por
el estilo. Las extrañas «guerras» en las que toda la población civil
–millones- está a favor de la otra parte, en las que toda la destrucción
sucede en el país ocupado y todos los desposeídos son objetivos de los
constructores del imperio.
Hay resistencia; se asesina a soldados imperiales;
se ataca a las armadas títere; se destruyen instrumentos de guerra (helicópteros
y acorazados). En el Gueto de Varsovia, la resistencia luchó y consiguió
acabar con las tropas de asalto nazis. Los luchadores del bando de
Liberación Vietnamita acabaron con la vida de 58.000 invasores, además
de 500.000 heridos. Fallujah (Iraq) resiste; Jenin (Palestina) resiste…
algunos de los que niegan el holocausto se aferran a estos actos de
resistencia heroica y a los supervivientes que salen arrastras de los
escombros como prueba de las sospechosas afirmaciones que defienden que
los campos de concentración y la limpieza étnica no son prácticas
genocidas, sino «actos de guerra»… pero olvidan añadir que ¡es una
guerra total contra todo un pueblo!
Después de repasar los holocaustos de los siglos XX
y XXI, es evidente que no son casos aislados perpetrados por un pueblo o régimen
maligno particular, sino prácticas comunes, repetitivas, que recurren con
una frecuencia periódica. La impunidad del holocausto se ha convertido en
norma, se ha incorporado en el vocabulario eufemístico de los
historiadores convencionales, e incluso revisionistas, como «guerras»,
«conflictos», «cruzadas» y «tragedias» en lugar de auto criminal
reincidente a gran escala. No existen mecanismos internacionales efectivos
que pongan ante la justicia a las élites del holocausto; tan solo
contamos con tribunales organizados por los poderes imperiales para poner
a prueba a los adversarios vencidos, como es el caso de la ocupación de
Yugoslavia, Iraq y Panamá.
Las nuevas élites capitalistas que surgen entre el
pueblo víctima (como en Indochina) están más que dispuestos a perdonar
y olvidar los crímenes del holocausto a cambio de una moneda fuerte y una
posición privilegiada en el mercado mundial.
Mientras los procesos judiciales internacionales
sean inoperantes, solo una serie de revoluciones populares podrá llevar
ante los tribunales al menos a los títeres y colaboradores de los autores
del Holocausto. Dependemos de la derrota final del estado imperial para
que sea posible la existencia de un tribunal internacional de justicia que
consiga que los autores del holocausto respondan de sus crímenes.
[1]
Traducción hecha para Laberinto por Eloísa Monteoliva García,
miembro de ECOS (traductores e ínterpretes por la Solidaridad)
[2]
Finkelstein, Norman. The Holocaust Industry (London: Verso
2000)
[3]
Davis, Mike. Late Victorian Holocausts (London: Verso 2001)
[4]
Bauer, Yehuda. A History of the Holocaust (New York: Franklin
Watts 1983; Bard, Mitchell. The Complete History of the Holocaust
(California: Green Haven 2001)
[5]
Dallin, Alexander. German Rule in Russia, 1941-45 (London:
MacMillan, 1957); Salisbury, Harrison. The 900 Days: The Seize of
Leningrad (NY De Capo Press 1969); Mayer, Arno. Why Did the Heavens Not
Darken: The Final Solution in History (NY: Pantheon Books 1988)
[6]
Fenby, James. Generalissimo: Chiang Kai-Shek and the China He
Lost (London: Free Press 2003)
[7]
Acerca de Vietnam ver Fitzgerald, Francis.
Fire
in the Lake: The Vietmanese and the Americans in Vietnam (New York:
Little, Brown and Co., 1972); Herman, Edward. Atrocities in Vietnam: Myths
and Realities (Pilgrim Press: 1971); Chomsky, Noam and Herman, Edward. The
Washington Connection and Third World Fascism: The Political Economy
(Boston: South End Press 1979), Ch. 5; Falk, Richard. Crimes of War (New
York:RH Press 1971); The Dellums Committee Hearings on War Crimes in
Vietnam, (NY: Vintage 1972); acerca de Camboya ver el Center for Genocide
Studies (Yale Univeristy). La página web dice: Para los puntos de bombardeo de EEUU, los
atributos de cada uno de ellos se presentan en forma tabular, es decir,
fecha de bombardeo, situación exacta, número y tipo de avión en cada
salida, carga del bombardeo y tipo de ordenanza, naturaleza del blanco
deseado, y valoración de los daños del bombardeo. (…en) 13.000 pueblos
en Camboya; los 115.000 objetivos de los 231.000 bombarderos que
sobrevolaron Camboya en entre 1965 y 1975, lanzando 2,75 millones de
toneladas de municiones; 158 prisiones dirigidas por el régimen de Pol
Pot de los Jemeres Rojos entre 1975-1979, y 309 cementerios masivos con un
total de 19,000 fosas; y 76 emplazamientos realizados después de 1979 en
conmemoración de las víctimas de los Jemeres Rojos. El director del Genocide
Center, Ben Kierman, caracterizado por una perversidad que nadie posee
en la academia, en su debate acerca del genocidio no es capaz de incluir
el asesinato y la mutilación perpetrada por EEUU contra millones de
camboyanos. Se centra tan solo en el régimen de Pol Pot. Basándose en
esta visión tan selectiva del genocidio, se aseguró un puesto de titular
en la Yale University, su centro ganó un premio de distinción y una
generosa financiación por parte de George Soros y la Coca Cola
Corporation.
[8]
Acerca de Corea ver John Gittings and Martin Kettle, “US and
S Korea Accused of War Atrocities”, Guardian. January 18, 2000; Bruce
Cummings, The Origins of the Korean War, Vol.I, Vol II. (Princeton, New
Jersey: Princeton University Press 1981, 1990). Según
los datos publicados en la Unión Soviética, el 11,1% del total de la
población de Corea del Norte (1.130.000 personas) fue asesinado por las
fuerzas aéreas y de tierra estadounidenses. En toda Corea fueron
asesinadas más de 2.500.000-3.000.000 de personas, y se destruyó el 80%
de instalaciones industriales y públicas, tres barrios donde estaban
situadas las oficinas gubernamentales, y la mitad de las viviendas. Entre
junio de 1950 y mayo de 1953, los generales estadounidenses Eisenhower y
McArthur, los presidentes Truman y Eisenhower, y el Jefe de Personal
Adjunto (Mando Militar) consideraron el uso o recomendaron utilizar armas
nucleares contra Corea. Según Gittings y Kettle, aparte de los miles de
refugiados que fueron asesinados por oficiales del ejército de EEUU, «en
el bombardeo estadounidense al final de la guerra fueron asesinados muchos
más civiles coreanos, en concreto durante el bombardeo de saturación de
Pyongyang (capital de Corea del Norte) en 1952».
[9]
Richard
Hovannisian (ed). The Armenian Genocide: History,
Politics, Ethics (St. Martin’s Press NY 1992); Richard Hovannisian, ed.
Remembrance and Denial: The Case of the Armenian Genocide (Detroit: Wayne
State University Press 1999)
[10]
Patrick Bell et al. State Violence in Guatemala 1960-96 (AAAS,
Washington DC 1999); Amnesty International Report: Guatemala (1982, 1983,
1984 London); Thomas Melville, Through a Glass Darkly: US Holocaust in
Central America (Xlibris Corporation 2005); Kent Ashabranner Children of
Maya (NY Dodd Mead 1986). Guatemala
Nunca Mas: 4 Tomos, Officina de Derechos Humanos Arzbipado 1998.
[11]
Les Roberts, et al, ‘Mortality before and after the 2003
invasion of Iraq: cluster sample survey. Lancet Vol. 364, no. 9445;
Oct.31, 2004.
[12]
Daniel Goldhagan, Hitler’s Willing Executioners: Ordinary
Germans and the Holocaust (New York, Knopf 1996)
[13]
Ver Thomas Childer, The Nazi Voter: The Social Foundations of
Fascism in Germany 1919-1933 (Chapel Hill, North Carolina: University of
North Carolina Press 1983) sobre todo pp 264-266.
[14]
En las elecciones de noviembre de 1932 los nazis obtuvieron el
33,1% de los votos; los comunistas y socialistas el 37,3%, Childer op cit.
[15]
El Holocausto Palestino-Israelí ha sido bien documentado por
Edward Said, Politics of Dispossession: The Struggle for Palestinian
Self-Determination(NY Vintage 1995).Benny Morris, The Birth of the
Palestinian Refugee Problem: 1947-49 (Cambridge, Cambridge University
Press 19987). Felicia Langer, With My Own Eyes, (Ithaca: Ithaca Press
1975). Naseer Hasan Aruri, Palestinian Refugees (London: Pluto Press
2001); Ilan Pappe, Israel/Palestine Question: Rewriting History (London
Rutledge 1999); Edward Said, The Question of Palestine (NY Vintage Press,
1979); Maxine Rodinson, Israel: A Colonial Settler State (Monad Press: NY
1973); Walid Khalidi, ed. All That Remains (Institute of Palestine
Studies).
[16]
Iris Chang, The Rape of Nanking (London, Penguin 1997).
[17]
Según el Pentágono de EEUU, el número de víctimas
estadounidenses en la Guerra de Corea ascendió a 54.246, de los cuales
33.686 murieron en combate y otros 8.142 fueron registrados en la lista de
‘Perdidos en combate’.
[18]
Durante la Guerra de Corea, Douglas McArthur ordenó a las
Fuerzas Aéreas Estadounidenses que «destruyesen todos los medios de
comunicación, las instalaciones, fábricas, ciudades y pueblos» situados
al sur del río Yalu en la frontera con China. Cita disponible en
www.brianwillson.com/awol/koreacl.html
[19]
Ver Benny Morris op cit. Según
Edward Said, op cit 4 millones de palestinos se han convertido en
refugiados, y casi 2 millones viven en los territorios ocupados por el ejército
israelí. Según el Observatorio de Derechos Humanos de Palestina, desde
la Segunda Intifada Israel ha llevado a cabo más de 300 ataques militares
en los territorios ocupados cada semana, provocando un elevado número de
muertes, cientos de heridos y prisioneros; ha demolido más de 10.000
casas, y destruido miles de acres de tierras de cultivo. En respuesta a
las elecciones democráticas de Palestina en 2006, Israel impuso un
bloqueo total de comida, bienes sanitarios y bienes de urgencia en los
territorios ocupados, poniendo en peligro la vida de más de dos millones
y medio de palestinos.
[20]
James Petras, Henry Veltmeyer, Luciano Vasapollo y Mauro
Casadio. Empire
with Imperialism (London: Zed Press 2005)
[21]
Hovanassian, op cit
[22]
Said, op cit
[23]
James Petras. The Power of Israel over the United States
(Atlanta: Clarity Press 2006)
[24]
Acerca del Holocausto Estadounidense en Iraq ver el informe de
la escuela Johns Hopkins School of Public Health Epidemiologists, Les
Roberts et al, ‘Mortality before and after the 2003 invasion of Iraq:
cluster sample survey.’ Lancet Vol. 364, no. 9445; Oct.31, 2004.
[25]
Ver los números de la publicación israelí en lengua inglesa
Haaretz, pertenecientes al periodo comprendido entre febrero y junio 2006,
que analizan las políticas de bloqueo israelí y los efectos catastróficos
de este en la salud y la nutrición de los palestinos. Los principales
grupos de presión sionistas en EEUU, los presidentes de las principales
organizaciones judías y AIPAC, son defensores incondicionales del
Holocausto Palestino-Israelí, y respaldan el bloqueo y los asesinatos
diarios de civiles palestinos perpetrados por las fuerzas especiales
israelíes.
[26]
Ver Ilan Pappe, Israel/Palestine Question: Rewriting History;
E. Said, Politics of Dispossession. Op
cit.
[27]
Acerca del Holocausto US-Iraq ver Lancet. Op cit; Anthony Arnove (ed), Iraq
Under Siege: The Deadly Impact of Sanctions and War (Boston: South End
Press 2002); Alex Cockburn and Jeffery St. Clair, Imperial Crusades
(California: Counterpunch 2004).
[28]
El conocimiento público extendido globalmente del uso sistemático
de la tortura y el asesinato masivo de EEUU para conquistar Iraq, es el
resultado de la difusión llevada a cabo por una amplia red de páginas
web, e incluso por algunos medios de comunicación de masas. Ver, por
ejemplo, las páginas web en lengua inglesa: informationclearing
house.info; commondreams.org, counterpunch.org, entre otras.
[29]
James Petras, The Power of Israel Over the United States, op
cit.
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