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Todos
somos iguales
Por
Álvaro Sierra
Revista
Cambio, Bogotá, 31/07/06
Un
incidente internacional –que pasó desapercibido, como es usual en este
provinciano rincón– tiene con el principal evento en curso en el mundo
un elemento fundamental en común: ambos son reveladores de la verdad de a
puño que gobierna al civilizado siglo XXI.
Sobre
el hecho principal están volcados los ojos de la prensa desde que Israel
se lanzó contra el Líbano con los profusos medios militares, políticos
y diplomáticos que su privilegiada posición internacional le proporciona
(ya había hecho lo mismo en Gaza). El otro suceso no ha dejado fotos de
niños muertos bajo las bombas y apenas hizo una que otra primera plana en
Europa, pero es tanto o más elocuente.
Un
pesquero, el Francisco y Catalina, pasó seis días en medio del Mediterráneo,
sin poder tocar puerto en España, su país de origen, ni en Malta, adonde
se dirigía, ni en otra nación de la Unión Europea, por un motivo
verdaderamente europeo.
El
14 de julio, a 180 kilómetros de Malta, Giuseppe Dura, capitán del
barco, y su tripulación habían decidido acoger a bordo 51 migrantes
africanos, la mayoría etíopes, que encontraron a la deriva,
deshidratados y hambrientos, mientras repetían esa fórmula posmoderna
del rebusque, popularizada por miles de sus compatriotas, de alcanzar en
un bote de madera el sueño europeo. Malta se negó a recibir el pesquero.
España, también. E igual cosa hizo Libia, de donde habían salido los etíopes.
De
palabra, campeones de los derechos humanos; de obra, ejemplo de doble
moral.
Por
seis días, mientras los países involucrados y la UE discutían cómo no
recibir a ninguno sin parecer infames, los inmigrantes yacieron hacinados
en la cubierta del pesquero en condiciones que provocaron náuseas a un
periodista que lo visitó. Al fin, el día 20, se logró un acuerdo. Dos
marroquíes y un pakistaní que iban entre los inmigrantes fueron
deportados a sus países; los demás, repartidos entre España, Malta y
Libia.
La
conducta de la UE en este incidente es idéntica a la de la comunidad
internacional ante el ataque de Israel al Líbano. A Naciones Unidas,
campeona de los derechos humanos, le tomó 13 días y más de 400 muertos
declarar que lo que está haciendo el Estado judío en el Líbano es una
violación escandalosa al derecho internacional humanitario. Si un solo
muerto en Beirut fuera canadiense, de Luxemburgo o de Texas, la condena y
las medidas para impedir el bombardeo habrían llegado tan rápido como
los barcos que evacuaron a los ciudadanos que sí valen la pena. Ante unos
pobres etíopes, la UE se toma seis días para decidir. Basta pensar cómo
habría reaccionado si hubiese un niño irlandés, italiano y hasta
polaco, en ese pesquero.
Ciertamente,
la UE, asediada por los pobres del quinto mundo que intentan colarse por
los huecos de su legislación, tiene un lío con la inmigración ilegal
tan serio como el de Israel frente a unos militantes islámicos
convencidos de que disparar cohetes y estallar suicidas en buses contra
civiles 'infieles' es una forma válida de guerra.
Pero
la respuesta de unos y otros da para pensar. Que Israel no vacile en pagar
el costo de niños muertos en calidad de víctimas colaterales de sus
bombardeos a título de defenderse, es cosa que se ha visto con
frecuencia. Pero que la reacción internacional ante lo que está haciendo
en el Líbano apenas pase de denuncias como para quedarse con la
conciencia tranquila y que la Unión Europea deje a civiles inermes en el
limbo en medio del mar mientras discute son evidencia de que este mundo es
lo contrario de lo que proclaman los principios por los que, en teoría,
se rigen.
En
estas dos historias, la de Israel en el Líbano y la de los migrantes
africanos, los únicos que se salvan son el capitán español y sus
hombres. Quienes se creyeron el cuento, proclamado de palabra por la ONU y
la UE, de que todos somos iguales.
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