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Capitalismo: Competencia económica
y muerte del hombre
Por François Chesnais [*]
Revista Laberinto Nº 20, 1er. cuatrimestre 2006
Traducción de Gabriel Roldán
Toro
Enviado por
Correspondencia de Prensa, septiembre 2006
En la novela de Ronald Westlake, The ax, que
Costa-Gavras acaba de llevar a la pantalla, el protagonista resume así la
experiencia que vivió después de la fusión de su empresa y la
consiguiente reducción de personal: «Todos los que estábamos allí habíamos
sido los mejores amigos, trabajábamos juntos, contando los unos con los
otros, sin preocuparnos (…), pero todo cambió y pasamos a ser enemigos,
porque teníamos que competir y lo sabíamos». «¿Erais de verdad
enemigos?» «Sí, ya no éramos un equipo, éramos rivales, cada uno iba
a lo suyo» [1].
En The ax, la competencia para conservar el
propio empleo o para hacerse con un determinado puesto de oferta mínima
(sobre todo aquellos que necesitan unas cualificaciones específicas)
propicia auténticos combates a muerte en el propio sentido de la palabra.
La situación es extrema, pues una de las
dimensiones de la configuración del capitalismo liberalizado y «financiarizado»
que todos conocemos y que cientos de millones de trabajadores sufren en
todo el mundo, es aquella en la que «el miedo se encuentra arraigado en
lo más profundo de la vida profesional» [2].
Comprendemos que los psicólogos laborales presten
cada vez más atención a procesos más amplios, difusos y devastadores
que los de The ax, procesos, por lo general, de banalización del
sufrimiento, lo que lleva hacia una banalización del mal, tanto en las
relaciones internas de las empresas como en la posición ante las víctimas
del desempleo masivo [3].
Un breve resumen histórico: apogeo y crisis de la
«sociedad salarial» y el «Estado social»
Es imposible no aprovechar la oportunidad para hablar de
las transformaciones que ha vivido mi generación. Hasta los años
ochenta, una de las ideas más afianzadas en el seno de la izquierda
francesa era que los cambios políticos e institucionales que tuvieron
lugar al final de la Segunda Guerra Mundial habían conseguido frenar el
capitalismo, domesticarlo, no del todo, pero sí lo suficiente como para
poder hablar de un «capitalismo nuevo». Así, especialmente en el PCF y
la CGT, la huelga general de 1968 se pudo presentar como una especie de
aviso enviado por la clase obrera al patronato y al gobierno para que éstos
no perjudicaran (al menos demasiado) las relaciones sociales, denominadas
como «compromiso fordista», «compromiso socialdemócrata» o incluso «de
Estado social». Con el aviso dado y los Acuerdos de Grenelle firmados,
junto a la concesión de un aumento en los salarios y una ligera
consolidación de ciertas conquistas sociales anteriores, la huelga
general podía y debía acabarse.
El objetivo a cumplir era sobre todo el de seguir mejorando
la regulación del capital, prolongando y acentuando lo que se había
hecho anteriormente, dominó la redacción del programa común entre el
Partido Socialista y el PCF, así como la campaña presidencial de François
Mitterrand en 1981. Ésta dirigió el primer programa del gobierno de
Mauroy, anterior al giro crucial de 1983. La finalidad era acabar de
instaurar una sociedad salarial perenne, construcción política y sociológica
que se basaba en el hecho de que a mediados de los años setenta,
alrededor del 85% de la población activa poseía contratos de trabajo
estable. Importantes derechos sociales protectores e inherentes de estos
contratos que definían un estatus social de una «sociedad de semejantes»
seguían siendo desiguales en muchos puntos [4].
El Estado social es la piedra angular de la sociedad
salarial, o mejor dicho, su garantía. Según Robert Castel, sin duda el
sociólogo que ha formulado la teoría más completa sobre el tema, este
Estado «no se limita a la actuación social para paliar ciertas
disfunciones patentes, asegurar un mínimo de cohesión entre los grupos
sociales, etc.». Al contrario, «a través del ideal socialdemócrata
(…), el Estado social se erige como principio de gobierno de la
sociedad, la fuerza motriz que debe llevar a cabo la mejora progresiva de
las condiciones de vida de todos». Este Estado, afirma Castel, es «la
herencia dulcificada del ideal revolucionario según el cual, el hombre
puede dominar su destino (…). Con el progreso, ya no se pretende
instaurar por la fuerza, aquí y ahora, un mundo mejor, sino llevar a cabo
transiciones que, progresivamente (…) permitirán conseguirlo. Esta
representación de la historia es indisociable de la valoración del papel
del Estado» [5].
Enfrentada en los cruciales años ochenta a una adversidad
inesperada, esta utopía socialdemócrata no resistió mucho tiempo. De
hecho, sus fundamentos eran muy débiles y su realización se subordinaba
al buen desarrollo en la acumulación de capital, al destino de la
regulación fordista. La socialdemocracia no había hecho (ni quería
hacer) mella en las contradicciones y los atolladeros del capitalismo,
puesto que para ello habría sido necesario hacer cambios más drásticos
en la propiedad privada que los que se produjeron con la extensión del
sector público después de 1945. En 1983, el Partido Socialista no estaba
dispuesto a enfrentarse con el capital y sus centros de poder. En cuanto a
su aliado comunista, aunque hubiera estado dispuesto, sus lazos con Moscú
se lo prohibían. Bastó con que los dirigentes del capitalismo mundial
decidieran que era hora de cambiar las reglas del juego, podemos decir
incluso «de que se acabara el recreo», para que los fundamentos del
Estado social se quebrantaran al instante. Los progresos realizados desde
1945 dependían demasiado del crecimiento económico y del casi pleno
empleo correspondiente para no verse afectados rápidamente por las dos
recesiones sucesivas de los años setenta y la consiguiente inflexión
definitiva del ritmo de acumulación, sobre todo en Europa. Más grave
todavía, «al estar profundamente caracterizado el Estado Nación por el
modo de constitución y el marco del ejercicio del Estado social» [6],
iba a resultar difícil salvaguardarlo y aún menos hacerlo progresar,
dado que los partidos socialdemócratas y sus aliados en el gobierno en
muchos países europeos aceptaban que las políticas liberales y de
desregulación elaboradas en Estados Unidos y el Reino Unido servirían
para «liberar el capital», después de que las privatizaciones le
devolvieran esferas de valorización mercantil que se le habían escapado
en parte.
Entre 1970 y 1975 se prepararon las condiciones para el
gran cambio [7]. Los estrategas del capitalismo mundial, reunidos en cenáculos
internacionales más discretos y más eficaces que el de Davos, decidieron
que había llegado el momento de mudar completamente las relaciones políticas
y sociales que se instauraron de 1944 a 1947. Llegaron a la conclusión de
que era posible y necesario liberar las fuerzas del mercado y desmantelar
las instituciones que frenaban al capitalismo. Para ello, buscaron al
personal político adecuado: en el Reino Unido, Margaret Thatcher, «la
dama de hierro»; en Estados Unidos, Ronald Reagan, junto con un equipo
ideológico renovado en el Partido Republicano (el que se encargó de
formar a los Dick Cheney y a los Donald Rumsfeld).
Así, el capital y su representación política pasaron al
ataque, apoyándose en la política de la burocracia estalinista de la
URSS y en los partidos a los que ésta dirigía. La intención era poner
fin a los movimientos de 1968-1970 y a sus objetivos de autogestión y de
liberación del yugo de las burocracias políticas y sindicales. Dichos
movimientos desembocaron en la revolución de Mayo del 68 en Francia, que
se extendió a los bastiones industriales del norte de Italia e incitó
las revueltas de estudiantes en Varsovia, Belgrado, Praga, Berkeley, así
como en otros grandes campus estadounidenses. Comenzó entonces la labor
de liberalización, desregulación y privatización, es decir, de
desmantelamiento de los elementos de propiedad social representados por
las empresas públicas. Debido al fracaso de grandes huelgas de
resistencia, como la huelga de los mineros, dicha labor se llevó a cabo
primero en el Reino Unido y en Estados Unidos, donde las probabilidades de
éxito de la revolución conservadora eran aún mayores. A partir de estos
dos países clave, la labor de liberalización se pudo extender mediante
olas sucesivas a otros países. La progresión de la liberalización y la
privatización estuvo escalonada por tratados intergubernamentales de
mucha importancia: el Tratado de Marrakech, para crear la OMC y todos los
instrumentos de liberalización que le son propios, y el Tratado de
Maastricht, para construir y reforzar sólidamente Europa mediante la
moneda y el mercado que sus promotores piensan ahora constitucionalizar.
Poco más que una década ha bastado después del año
crucial que fue 1983, para que se reconstituya, debido al desempleo masivo
de larga duración, lo que Robert Castel denomina «supernumerarios» [8].
Comienza así un proceso de precariedad en el trabajo, humanamente
destructor tanto en el plano individual como en el colectivo. Dicho
proceso no ha dejado de agravarse, pero las directivas europeas que se
preparan o las que ya están listas para ser definitivamente adoptadas
(caso de la directiva Bolkestein sobre la competencia en los servicios)
quieren llevarlo aún más lejos.
En su obra de 1995, Castel se ve obligado a constatar que
la «cuestión social», a la que se daba por zanjada, ha resurgido en
condiciones cualitativamente diferentes e infinitamente más graves que en
el siglo XIX. Por lo tanto, no es nada sorprendente que a partir de
mediados de los noventa viéramos aparecer obras de sociólogos o de psicólogos
laborales con un contenido diferente a los anteriores. Paralelamente al
aumento del desempleo y su consolidación como desempleo de larga duración,
un gran número de investigadores constata la aparición de nuevas formas
de contratos que consagran su flexibilidad, así como de otros procesos más
generales.
Todo esto se produce en una escala, desconocida desde los años
treinta, de gran precariedad en muchos sectores laborales, generando así
una fuerte conciencia de los estragos del paro y el miedo a la pérdida
del empleo. Antes de adentrarnos en lo que estos trabajos aportan,
quisiera explicar todas las consecuencias de la liberación del capital,
obtenida por la puesta en marcha de políticas de liberalización y
privatización, es decir, de políticas neoliberales.
El capital: la autovalorización como fin absoluto,
la indiferencia respecto a las condiciones y consecuencias de las
actividades.
Es importante enfocar la noción de capital conforme a lo
que se denomina en filosofía como «abstracción concreta» [9]. Las
configuraciones organizativas concretas del capital están representadas
hoy por los grupos industriales muy centralizados [10], transnacionales en
su gran mayoría (las STN), y por las instituciones financieras (bancos
importantes, compañías de seguros y los fondos de pensiones y de inversión
financiera). Pero dejémoslas de momento a un lado y concentrémonos en el
capital en sí, pues es el único modo de comprender los motivos de su
impaciencia y de su intolerancia, fuente de formas de totalitarismo suave
y no tan suave [11]. Para ello, la lectura de los escritos de Marx
reunidos en la Crítica de la economía política nos es de gran ayuda. En
el plano más elemental, pero también el más fundamental, el capital está
formado por una acumulación de sumas de valor cuyo objetivo (o para ser más
exactos, cuyo único objetivo) es la autovalorización, la reproducción
con un aumento, un excedente, una plusvalía. En los orígenes del
capitalismo, la moneda en cuestión fue a menudo el oro, y después, cada
vez más, el crédito bancario. Hoy en día, las sumas que requieren
valorización son también la expresión «escrituraria» (de escritura
bancaria) de fracciones de la renta no dedicadas al consumo, que las
instituciones financieras centralizan prometiendo a sus propietarios un
rendimiento financiero.
Para que la riqueza monetaria convertida o que se pretenda
convertir en capital, pueda autovalorizarse y reproducirse con un
excedente o una plusvalía, es totalmente necesario establecer con el
trabajo humano una relación que le permita apropiarse de una parte de los
resultados. La estrecha relación entre trabajadores y medios de producción
ha tocado a su fin y ahora es el capitalismo industrial el que se encarga
de organizarlo todo. El mercado laboral (o para ser más exactos, la
fuerza laboral) y la incorporación de los trabajadores al seno de la
empresa son los pilares que aseguran la muy particular alquimia que prevé,
en palabras de Marx, «la conversión del trabajo (actividad viva y
eficiente) en capital» [12]. Esta alquimia se asocia a una relación
antagónica en el sentido de que no solamente es conflictiva, sino también
contradictoria. El capital necesita trabajadores, fuerza laboral, y es del
valor de uso de esta fuerza laboral de donde nace el excedente que se
encuentra en la base del beneficio. Pero si le damos rienda suelta al
capital, éste transforma constantemente a una parte de ellos en
supernumerarios.
El objetivo de autovalorización del dinero convertido en
capital está en el origen de lo que a menudo se denomina como la autonomía
de lo económico frente a lo social o lo político. El imperativo en sí
de hacer ganancias para conseguir rendimientos para los propietarios de
las sumas utilizadas en los procesos de valorización, es ajeno a
cualquier otra consideración de orden social o ecológico en particular.
Dicho imperativo aparece cuando la libertad de negociar y de invertir se
erige como valor social supremo al que nada debe obstaculizar. La
particularidad de nuestra época parece ser el éxito con el cual los
beneficiarios del sistema, los propietarios de grandes fortunas
patrimoniales y los gestores de los fondos de pensiones y de inversión
financiera colectiva, han llegado a imponer, mediante el control de los
medios de comunicación, una atención amable y complaciente que parece
garantizarles la puesta en marcha de sus objetivos y la aceptación de sus
valores.
Los partidarios del capitalismo, defensores hoy de la «globalización
feliz», replican que éste ha aportado un gran bienestar material y ha
sido el vector de innovaciones tecnológicas formidables. Pero estos
aportes han sido en parte, podríamos decir incluso en su mayor parte, la
simple consecuencia de la obligación de vender, y por lo tanto, de crear
nuevos mercados. Si vamos al fondo del asunto, el principal factor que
hace que el movimiento de valorización del capital implique la producción
de mercancías (llamadas hoy «bienes y servicios») se debe a que este
movimiento está forzado a materializarse bajo la forma de valores de uso,
de bienes de capital y de consumo. La conversión del trabajo en capital sólo
se puede conseguir mediante la producción de mercancías, que deberán
ser vendidas después en condiciones en las que el excedente aparecido
durante el transcurso de la producción pueda ser efectivamente apropiado
al término de la venta conseguida.
La naturaleza y el destino exactos de las mercancías
vendidas son bastante indiferentes al capital, al igual que ocurre, aunque
en mayor medida, con el lugar preciso donde se producen. La valorización
de capitales mediante la venta de material para las cámaras de gas de los
campos de exterminación nazis sigue siendo, sin duda, el ejemplo más
extremo de esta indiferencia fundamental del capital respecto a lo que se
produce y vende, por poco que haya una demanda solvente. Pero hay muchas más
producciones que reflejan la misma indiferencia a la naturaleza y al lugar
de destino de las mercancías producidas, así como a las consecuencias
ecológicas, sociales y políticas de su uso o de las condiciones en las
cuales se lleva a cabo la producción. Cada una y cada uno puede hacer su
propia lista. El número aumenta sin cesar: las industrias de armamento
(tanto las que producen armas «ligeras» como las que producen el
material más sofisticado), el poderoso complejo industrial del petróleo
y del automóvil (que tiene fuerza para bloquear incluso un tratado
minimalista como el de Kyoto), o incluso las producciones
agroindustriales, cada vez menos atentas a las condiciones sociales y a
las consecuencias medioambientales de sus explotaciones.
El capitalismo produce solamente cuando y donde ha
identificado un poder de compra, una demanda expresada en dinero. Allí
donde no hay demanda solvente, y por lo tanto, ninguna oportunidad para
llevar a cabo con éxito la conversión del trabajo en capital, no habrá
producción. Por el contrario, allí donde exista un poder de compra y
donde se puede gastar dinero, pero la demanda tenga dificultades para
formarse debido a la saturación de necesidades, el capital pondrá todo
en marcha para suscitar artificialmente esta demanda, ayudándose de
numerosos estudios de mercadotecnia, de falsa innovación y de publicidad.
Una demanda tan grande como lo pueda ser desde el punto de vista humano y
social, pero que no pueda expresarse de un modo monetario, no existe en la
lógica del capital. Éste es uno de los factores principales que
justifica la necesidad de los servicios públicos.
El capital no tiene ataduras. Por el momento, es él y no
el proletariado quien mejor ha mostrado su carácter apátrida. El mundo
es suyo, o mejor dicho, los mercados solventes allá donde existan y donde
se hayan abierto gracias a la liberalización y a la privatización, que
son la marca de la globalización contemporánea del capital [13]. Éste
emigra allí donde se encuentran los recursos necesarios para conseguir
una producción lo más competitiva posible: recursos naturales «libres»
o muy baratos, mujeres, hombres, y por qué no, niños dispuestos a vender
su fuerza de trabajo a precios muy bajos [14]. Preferentemente, va allí
donde encuentra tanto mercados con potenciales elevados de crecimiento,
como reservas de demanda solvente no explotadas, pudiendo en algunos casos
surgir yacimientos de piedras preciosas escondidos durante mucho tiempo,
como es el caso de China desde hace cinco años. Uno de los fundamentos
del modo de regulación fordista y del Estado social analizado
anteriormente era la relación estrecha entre producción y consumo en el
marco de la economía parcialmente protegida del Estado Nación. Durante
todo el tiempo en el que el mercado estuvo circunscrito al plano nacional,
los trabajadores representaban dos cosas para las empresas, la fuente de
mano de obra que necesitaban y el sector de población que, mediante el
salario que ganaba, consumía la mayor parte de los productos. Pero cuando
la publicidad tiene problemas para renovar la demanda y la globalización
abre enormes mercados en el extranjero, los trabajadores nacionales
pierden su papel y no son más que un peso. Para las empresas ya sólo
representan una fuente de costes, que se intenta reducir aplicando a los
salarios una subida inferior al crecimiento de la productividad y no dándole
empleo a aquéllos que poseen una escasa capacidad laboral.
El rendimiento financiero, súmmum de la
autovalorización
El lugar que ocupa hoy el mundo de las finanzas constituye
la configuración específica del capitalismo, del cual sufrimos los
efectos, sobre todo, en lo que concierne a su «abstracción concreta».
Toda la economía contemporánea está marcada por el papel que representa
el capital de inversión financiera y los mercados bursátiles. Este
capital se acumula en el seno de instituciones financieras y bancarias
(pero sobre todo no bancarias) cuya función es valorizar las inmensas
sumas de dinero que tienen en su poder gracias a la concentración de la
llamada «riqueza patrimonial» [15].
El capital de inversión financiera tiene por objetivo
hacer dinero sin salir de la esfera financiera, mediante intereses por préstamos,
ganancias resultantes de las especulaciones, así como dividendos y otros
ingresos obtenidos por la posesión de acciones. Su mundo se basa en
procesos de autovalorización, que actúan por la compra y venta de
activos financieros, divisas, obligaciones y acciones. «Puesto que el
dinero es la forma independiente y tangible del valor, la forma A-A’,
cuyo punto de partida y de llegada son el dinero real, expresa del modo más
claro el ideal de hacer dinero, principal motor de la producción
capitalista» [16]. La forma A-A’ describe un ciclo breve de
revalorización en el cual el capital ni se mancha las manos con la
explotación diaria de los trabajadores, ni tiene paciencia para producir
y vender las mercancías. «A-A’ es dinero que produce dinero, un valor
que se revaloriza por sí mismo, sin ningún proceso de producción que
sirva de mediación entre los dos extremos» [17]. A diferencia de las
empresas, el capital de inversión posee la movilidad original de la
moneda que le dan los mercados secundarios de valores o mercados
financieros. A excepción de los momentos de fuertes sacudidas en la
bolsa, los inversores financieros se benefician de la posibilidad de
revender sus activos y volver a conseguir de ese modo la liquidez en todo
momento [18]. Pueden actuar, para retomar el ejemplo de John Mainard
Keynes, como lo haría ese hipotético labrador que «después de echarle
un vistazo al barómetro durante el desayuno, podría retirar su capital
de la explotación agrícola sobre las diez o las once de la mañana, para
luego invertirlo de nuevo la semana siguiente» [19]. Cuando el mundo de
las finanzas está al mando, el capitalismo alcanza su forma más externa,
más idolatrada.
La posesión de acciones y de obligaciones o de propiedades
inmobiliarias crea derechos a ingresos mediante alquileres, rentas del
suelo (urbano o rural) y flujos de ingresos mediante dividendos e
intereses. La finalidad de los que poseen y de los que administran estos
derechos no es ni la creación de riquezas por el aumento de las
capacidades de producción [20], ni tampoco necesariamente el consumo
individual, sino el rendimiento de la inversión, es decir, la
autovalorización y su continua reproducción como fin en sí. Éste es el
propósito de las declaraciones hechas casi a diario por los dirigentes de
los grandes grupos y por los gestores financieros, de lo que se deduce que
la única responsabilidad de la empresa es la de proporcionar valor a los
propietarios del capital (dividendos más la posibilidad de vender los títulos
en bolsa, cobrando plusvalías bursátiles). Poco importa el coste para
los trabajadores en términos de despido o el efecto en la economía y la
cohesión social. Sólo cuenta la valorización de los capitales
invertidos, el valor para el accionista, también llamado «valor
accionarial». La propiedad bursátil del capital es la que lleva más
lejos el hecho de que, citando de nuevo a Marx, en el capitalismo «el
capital y su propia revalorización aparecen como punto de partida y de
llegada, motor y fin de la producción; la producción no es más que una
producción para el capital y no a la inversa» [21]
La incitación a la competencia entre los
trabajadores: paro estructural y papel de las políticas deliberadas
Todo descansa en el trabajo, que a su vez se basa en una
división social y laboral muy importante y en colectivos laborales a
muchos niveles, pero cuya ideología neoliberal y cuyas prácticas
empresariales se dedican a oscurecer y a negar el carácter socializado.
Además, la liberalización del comercio exige la optimización del valor
para el accionista, a fin de congelar o reducir el precio de compra de la
fuerza laboral (los trabajadores) y aumentar el rendimiento horario de la
fuerza laboral (la productividad). Para ello se le ofrece a las empresas
dos medios: las formas particulares de cambio de las tecnologías de
producción, permitidas por la introducción de la microinformática en
todas las esferas de la producción manufacturera y de la gestión de las
empresas, y las modalidades de incitación a la competencia entre los
trabajadores, permitidas sucesivamente debido al paro fruto de la ruptura
total en las tasas de crecimiento después de 1974 y por la posterior
liberalización de intercambios y de inversiones directas. En este caso se
han llevado a cabo tres modalidades, que han sido y son más que nunca
complementarias y no opuestas. Primero está el traslado de la producción
al extranjero, después de nuevas inversiones, pero también muy a menudo
de retroventas y absorciones de empresas en los países de acogida.
Segundo, la creación o el aumento de zonas de libre intercambio, que hay
que definir como espacios políticos que incitan a la competencia entre
las distintas empresas y los trabajadores por medio de la liberalización
de inversiones y de intercambios entre países muy diferentes a nivel de
productividad [22]. Por último, se encuentra el empleo selectivo y
regulado de la inmigración, cuyo objetivo es modificar poco a poco la
idea del trabajo y de los derechos que le están vinculados (o no).
La incitación a la competencia existente en las empresas
es fundamentalmente la de sus trabajadores. En las empresas, son a los
empleados a quienes se les empuja para que compitan [23]. Se produce en
niveles muy diferentes, que van del mercado laboral en general, al mercado
laboral de los sectores industriales, pero que se extiende hasta el
interior de las empresas. En el primer nivel, las réplicas son más fáciles.
Son colectivas y descansan conjuntamente en la sindicalización y en la
acción política de los trabajadores, acción política en el sentido
amplio que incluye huelgas generales y manifestaciones, es decir, «la
calle» a la que los políticos temen… Francia, que posee un salario mínimo
garantizado fijado por la ley, así como una práctica de los convenios
colectivos de cada sector, que han sido hasta hace poco un punto de apoyo
para las negociaciones en todas las empresas, ha pertenecido durante mucho
tiempo al grupo de países donde los trabajadores parecían ser capaces de
seguir defendiéndose. Pero no ha ocurrido lo mismo en el ámbito interior
de las empresas, donde el efecto combinado de la amenaza de paro y de métodos
nuevos de gestión ha hecho que la competencia aumente. Ésta disfraza su
contenido con diversos nombres, por ejemplo, la «búsqueda de la
competitividad», uno de los más empleados. Es esta noción la que comenzó
a acostumbrar a los trabajadores a la idea de que la economía de mercado
los hacía competir, pero que esta competencia era positiva, vigorizadora.
En Francia, el trabajo de adaptación se centró
principalmente en los ejecutivos y en los supervisores, aunque también ha
habido intentos para introducir técnicas a la japonesa con objeto de
inculcar en los empleados de los bancos o de las sociedades de seguros las
formas necesarias de militarización de conciencias para la guerra económica.
Entre los trabajadores del sector privado, los factores de adaptación han
sido macrosociales: el paro de masas por un lado, y por otro, el uso de
inmigración legal o clandestina. Todos los que piensan que Francia debe
adaptarse han recurrido en mayor medida a los mecanismos del miedo más
que a la exaltación casi guerrera de la competencia y sus virtudes.
El aumento del paro les sirve de base. Se constata en los
trabajos de los sociólogos y de los psicólogos laborales una gran
avenencia respecto a que es necesario, como escribe Christophe Dejours, «utilizar
el término precarización y no el de precariedad» [24] y entenderla como
un proceso. El proceso de precarización tiene como punto de partida, según
Robert Castel, «la constitución de una periferia precaria», pero
incluye también varios mecanismos para la «desestabilización de los
trabajadores estables» [25]. Estamos en presencia de una serie de
situaciones cuya permanente situación temporal es un eslabón importante
[26] que conduce a lo que Castel llama la «caída en la inexistencia
social», pudiendo ser el suicidio una de sus consecuencias, como en el
caso del ingeniero de The ax, rebajado a vender trajes en una gran
superficie. Dicha serie comprende el paso de un número creciente de
trabajadores que disfrutaban de contratos de trabajo estable al de gente
obligada a aceptar contratos precarios y de corta duración, después de
unos primeros despidos por razones económicas. Esto lleva a miles y miles
de personas a una situación de precariedad, empujados a buscar
estrategias de supervivencia día tras día, y para la gran mayoría de
los jóvenes que entran en el mercado laboral, ninguna otra experiencia
que no sea la de la precariedad laboral. Por último, existe un grupo de
individuos, irreducible en las condiciones económicas y sociales
actuales, «que ocupa una posición insegura de supernumerarios en una
especie de tierra de nadie social» [27]. Castel piensa que «en el
aumento de la vulnerabilidad de los trabajadores no hay nada de marginal»
y añade que «al igual que el pauperismo del siglo XIX inscrito a la
primera industrialización, la precarización laboral contemporánea es un
proceso central, llevado a cabo por las nuevas exigencias tecnoeconómicas
de la evolución del capitalismo moderno» [28].
El análisis esbozado arriba, así como gran parte del
propio trabajo de Robert Castel, contradicen esta caracterización
objetivista. Hay que verla como un paso en falso, un momento funesto de
interiorización del discurso político, tecnocrático y mediático
dominante del que nadie escapa por completo. Pero no hay que aceptarlo.
Como afirma Pierre Bourdieu, la situación que vivimos «no es un efecto
mecánico de las leyes de la técnica o de la economía, sino el producto
de una política puesta en marcha por un conjunto de agentes e
instituciones, así como del resultado de reglas creadas deliberadamente
con fines específicos» [29]. Para convencerse, basta con introducir en
la problemática de la precarización entendida como proceso hacia la
vulnerabilidad de millones de personas, el papel jugado por la política
de inmigración, así como el que tendría (o habría que decir «tendrá»)
la puesta en marcha de las disposiciones de la directiva Bolkestein.
Aunque un número muy reducido de sociólogos laborales parecen hacerlo,
es imposible construir la serie de situaciones que van del primer despido
a la situación de supernumerarios, de trabajadores que se «dan de baja»
(expresión de Robert Castel) o más bien, que nuestra sociedad «da de
baja» intencionadamente o por negligencia, sin dar demasiada importancia
al racismo y recurriendo a una inmigración clandestina perfectamente
conocida por los ministerios y los gobiernos. Aquí, sólo puedo mencionar
a título de indicación el primer aspecto y esbozar ligeramente el
segundo [30].
El asesinato, a manos del patrón de una explotación agrícola,
en septiembre del 2004, de dos inspectores de trabajo encargados de
comprobar las condiciones laborales de los jornaleros contratados para la
recolección de ciruelas y la consiguiente y extrema pusilanimidad del
gobierno y de la administración, justifican las críticas referentes a la
inmigración clandestina y a las situaciones conocidas por los economistas
y los sociólogos laborales con el nombre de «deslocalización interna».
Ésta consiste en crear «en casa» (es decir, en los países avanzados
donde la clase obrera ha conquistado los mayores derechos sociales)
condiciones de excepción para la contratación y el empleo de grupos
determinados de trabajadores. Estas condiciones de excepción, fuera de la
ley o regidas por un régimen jurídico especial, permiten la explotación
en los países avanzados de la fuerza de trabajo del proletariado, con
sueldos y grados de sumisión en el proceso de producción análogos a los
de los países en vías de desarrollo.
De hecho, las empresas poseen dos modos de sacar partido de
la constitución utilizando la liberalización y la desregulación de las
inversiones directas y los intercambios, creando un mercado mundial del
trabajo, o para ser más precisos, un ejército industrial de reserva
mundial del cual pueden escoger la mano de obra que necesitan de
diferentes cualificaciones (del peón al informático o al investigador
altamente cualificado), empezando a igualar la protección social y los
salarios con los de los países en los que son más bajos [31]. El primer
modo es cerrar los emplazamientos y trasladar la producción. El segundo
es hacer venir la mano de obra en condiciones tan parecidas como sea
posible a las de los países de origen. El nivel de los flujos migratorios
entrantes se determina según la necesidad de mano de obra del capital no
móvil, característico de ciertos sectores de la agricultura intensiva
(sobre todo de la producción de frutas y verduras para ser distribuidas a
gran escala), la construcción, la hostelería o la restauración, de un
extremo al otro de la escala tecnológica, necesitándose así informáticos
o genetistas altamente cualificados para trabajos intramuros (aquellos que
tienen lugar cerca o en las mismas sedes de los grandes grupos
industriales). El desarrollo en muchos países, entre ellos Francia, de
una inmigración clandestina de la que la policía está totalmente al
tanto, se ha aceptado por los gobiernos tanto de derecha como de izquierda
como condición sine qua non para la existencia de ciertos sectores.
La explotación de los inmigrantes clandestinos o «importados»
temporalmente en el marco de acuerdos intergubernamentales ha salido a la
luz gracias a asociaciones como la GISTI (grupo de información y ayuda
para los trabajadores inmigrantes) y su muy interesante revista, Plein
Droit, así como por el Foro Cívico Europeo [32], que se ocupa de
problemas más concretos como la explotación de los trabajadores en la
agricultura. El papel de la inmigración clandestina es acelerar la sumisión
en países donde la resistencia de los trabajadores es aún fuerte y
provocar una reducción en los salarios y en el nivel de protección
social, agravando así la precariedad [33]. La inmigración clandestina
permite aclimatar las condiciones en vigor de salarios y de protección
social y laboral en los países donde existe el ejército industrial de
reserva, cuya globalización ha producido la explotación. Una vez llevada
a cabo dicha aclimatación, se le permite al capital organizar las nuevas
relaciones con total legalidad. Éste es el objetivo de la directiva
europea Bolkestein sobre la liberalización de los servicios, que
introduce el principio de aplicación del derecho de origen en las
situaciones donde hay prestación de servicio, o para ser más exactos, lo
introduce en muchos casos y lo legaliza en otros. Una de las formas por
excelencia de la empresa que presta servicios es la sociedad de trabajo
temporal, que provee mano de obra interina. Ahora bien, con la
generalización en el nuevo modelo de gestión industrial de la
subcontratación y del trabajo temporal, este tipo de sociedad se
convierte en el empresario legal de una parte de los trabajadores, sobre
todo del sector industrial, que aumenta sin cesar. Importantes empresas
francesas han recurrido a sociedades extranjeras de trabajo temporal. Es
el caso, por ejemplo, de los Astilleros del Atlántico, en Saint-Nazaire,
filial del grupo Alstom, donde los sindicatos denuncian desde hace varios
años el empleo de sociedades que llevan a trabajadores de países del
Este, e incluso de la India, poniendo en marcha con Alstom la regla del
derecho del país de origen [34]. Con la directiva Bolkestein, lo que
representaba en muchos sectores una excepción, dejará de serlo. La
resistencia sindical será cada vez más difícil. La competencia entre
trabajadores de distinta nacionalidad, llamados a codearse en el trabajo
disfrutando de salarios y de derechos claramente diferentes, se volverá
cada vez más dura. ¿Podemos afirmar entonces que tales medidas nos
garantizan una convivencia pacífica en Europa?
Paro estructural, guerra económica y cambio de
conductas
Por último, hablaremos del cambio de conductas mediante la
introducción deliberada de la competencia entre trabajadores como
principio de gestión de las empresas. ¿Este cambio es menos evidente
entre los obreros y los empleados subalternos que entre los ejecutivos y
los supervisores, o es simplemente que hay más información sobre estos
últimos? La verdad es que son las dos cosas a la vez. Los ejecutivos
compiten real y potencialmente en campos más determinados del mercado
laboral. Tanto en la sociedad como en la empresa ocupan un lugar situado
«en alguna parte» entre el capital y los trabajadores. La indefinición
y el carácter fluctuante de ese «en alguna parte» producen una gran
vulnerabilidad, tanto por el miedo a la perdida de empleo como por la
adhesión ideológica a los valores dominantes.
Los ejecutivos (y de manera un poco diferente los
supervisores) ocupan un lugar crítico en las empresas. Son el punto de
inflexión entre la dirección y la mano de obra. Para el conjunto de los
trabajadores, las implicaciones de los planes de aumento de la
competitividad parecen a primera vista bastante lejanas y abstractas. Esto
no ocurre con los ejecutivos. De su convicción y su energía depende la
puesta en marcha efectiva de estos planes. Es necesario, por tanto, que
las administraciones así como sus gabinetes de asesoramiento se empleen
en conseguirlos, no tanto mediante una participación en los beneficios,
sino por la incitación a la competencia individual y directa según los
objetivos deseados y la valoración de los resultados, comenzando por los
de las unidades que cada ejecutivo dirige. Un elemento principal del nuevo
modelo de gestión es la transformación de unidades que anteriormente
formaban parte de un todo en centros de ganancias individuales que
establecen relaciones mercantiles con las otras y que pueden competir
entre ellas o con sus contribuyentes exteriores [35], representando así
el lugar de adaptación de los ejecutivos.
La competencia a la que se someten científicamente los
ejecutivos tiene dos funciones. La primera, la mejora de los resultados
mediante la descentralización de las unidades, se puede conseguir fácilmente.
La segunda, no. Para sacarla a la luz hicieron falta los estudios clínicos
de los psicólogos laborales [36]. La función escondida consiste en poner
al ejecutivo en una situación donde su propio sufrimiento en el trabajo
le vuelva cada vez menos sensible al sufrimiento de los otros. Dicho
sufrimiento nace del miedo a no estar a la altura de sus semejantes y
rivales, sobre todo respecto a la contratación de jóvenes. El objetivo
que se persigue es que el ejecutivo se convierta en un elemento principal
de un proceso del cual Christophe Dejours analiza las características, la
negación de las penalidades en el trabajo, las de su propia experiencia y
la institución de la mentira relativa a dichas penalidades en todos los
niveles de organización. Lo que se propone es que el ejecutivo sea
insensible, que esté listo para hacer el trabajo sucio a la hora de
preparar las pilas de despidos y decidir a quien se debe condenar a la
pena de la que él mismo espera escapar [37]. Christophe Dejours va muy
lejos, pues llega a compararlos con los funcionarios alemanes de los
campos de concentración, por su banalización e indiferencia ante el mal
[38].
La descentralización productiva, la división de unidades
que anteriormente formaban un sólo conjunto, así como el uso de la
subcontratación siempre que sea posible, han debilitado considerablemente
las posibilidades de acción colectiva en las grandes empresas y reducido
aún más la acción sindical. Pero la formación de equipos autónomos
también pretendía crear entre los obreros o empleados, las condiciones
para la vigilancia mutua y la competencia entre individuos. En Francia,
los trabajos y los testimonios parecen mostrar que los obreros difícilmente
se prestan a ello y que la resistencia permanece. Para obtener unos mínimos
resultados, fue necesario, como en el caso de Peugeot, organizar el cambio
de generación, acelerar el rejuvenecimiento y enfrentar a los viejos
obreros con los jóvenes, más maleables, a menudo contratados fuera de la
región y en un principio, llenos de ilusión por los nuevos diplomas que
tenían en el bolsillo [39]. No obstante, algunos esbozos de solidaridad
pueden volver a aparecer en las condiciones más adversas. Así parece
haber ocurrido en Daewoo, donde François Bon recogió el testimonio de
las trabajadoras despedidas que cuentan los lazos que, a pesar de todo, se
tejían en fábricas concebidas para crear la mayor atomización posible.
Pero es después de los despidos colectivos y los cierres cuando comienza
el verdadero calvario individual, el malestar, la miseria en su forma
característica de los países avanzados, y sobre todo, la soledad de la
que todas las antiguas obreras hablan con palabras encubiertas.
Sin embargo, la revuelta nunca está muy lejos, sobre todo
cuando el discurso de «los de arriba» la aviva. «¿Qué le hemos hecho
a esa gente para que nos traten así? Son ellos quienes dicen que sí a
los patrones». Es así como reacciona Géraldine después de leer en el
periódico local los extractos de un informe oficial en los que se lamenta
que «los trabajadores no aceptan que los empleos creados sean de otra
naturaleza que la de los destruidos. Las nuevas fábricas son más
sensibles a los ciclos económicos, ya no se instalan para que duren un
siglo. Como en el caso de Mitsubishi, cerca de Rennes, pueden pasar unos
cuatro años entre la apertura y el cierre de las instalaciones. Es la época
de la fábrica de usar y tirar. Esta idea les choca a los trabajadores,
que han tenido desde siempre la mentalidad de los altos hornos» [40]. ¿Cómo
no podría chocarles esta idea de la fábrica «de usar y tirar» que los
convierte también a ellos en trabajadores «de usar y tirar»? ¿Cómo
aceptar que ese sea el único destino posible para ellos y para sus hijos?
¿Cómo aceptar la perennidad de un sistema que quiere que este sea el
futuro de millones y millones de personas?
Notas:
[*] Economista marxista, militante de la izquierda
anticapitalista francesa, autor de numerosas obras sobre el imperialismo y
la mundialización. Director de la revista Carre Rouge. La versión
francesa fue publicada en la revista Illusio, abril 2005.
[1]
Donald Westlake, The ax. Este
diálogo aparece en la película. Tiene lugar entre el protagonista y el
psicólogo «asesor de parejas con dificultades».
[2] Richard Sennet, Le travail
sans qualités, Albin Michel, 10/18, Paris, 2000, página 20. (Traducido
al español con el título de La corrosión del carácter).
[3] Véase, por ejemplo,
Christophe Dejours, Souffrance en France : la banalisation de
l’injustice sociale, Editions du Seuil, Paris, 1998.
[4] Robert Castel, Les métamorphoses
de la question sociale : une chronique du salariat, Fayard, Paris, 1995, página
438. (Traducido
al español con el título de Las metamorfosis de la cuestión social. Una
crónica del salariado).
[5] Páginas 387-388 de la misma obra.
[6] Página 283 de la misma obra.
[7] Serge Halimi escribió la historia en Le grand bond en
arrière, Fayard, Paris, 2004.
[8] Página 399 y siguientes de la misma obra.
[9] Para una definición, véase por ejemplo Alain Bihr, La
reproduction du capital. Prolégomènes à une théorie générale
du capitalisme, Editions Page deux, Lausanne, 2001, tomo I, página 79.
[10] Hoy en día, el término «industria» incluye a las
industrias extractivas, manufactureras y de servicios.
[11] Es la razón por la que Hanna Arendt comienza su gran
investigación sobre el totalitarismo con un primer volumen sobre el
imperialismo. Véase Hanna Arendt, L’impérialisme, Fayard, collection
Points, Paris, 1951 y reimpresiones posteriores.
[12]Marx, Fondements de la
critique de l’économie politique (Grundisse), Editions Anthropos,
Paris, 1969, volumen I, página 256. (En
español, Crítica de la economía política.)
[13] Véase François Chesnais,
La mondialisation du capital, Editions Syros, Paris, 1997.
[14]La película La pesadilla de Darwin de Hubert Sauper es
un ejemplo sobrecogedor de ello.
[15] Encontraremos un análisis histórico del proceso
contemporáneo de acumulación y centralización financieras en el capítulo
1 del último libro coordinado por mí. Véase François Chesnais (bajo la
dirección de) La finance mondialisée : racines sociales et politiques,
configuration et conséquences, Editions La Découverte, Paris, 2004. El
proceso de acumulación financiera se ha prolongado durante cuarenta años
y se ha alimentado de distintos e importantes mecanismos antes de alcanzar
su dimensión y su configuración actuales.
[16] Marx, El capital, libro II, capítulo I, sección IV.
Puesto que son muchas las ediciones, me limito a esta indicación general,
sin especificar ninguna página.
[17]7 Libro III, comienzo del capítulo XXIV de la misma
obra.
[18] Consúltese Orléan [1999] a propósito de la «liquidez»
perseguida por todos los poseedores de títulos, comenzando por las
acciones de la empresa. Es la base del poder del mundo de las finanzas.
[19] John Mainard Keynes, La théorie
générale de l’emploi, de l’intérêt et de la monnaie, traducción
al francés, Payot, Paris, 1951, p.166. (En español, La teoría general sobre el empleo, el interés
y el dinero.)
[20] Sabemos que los accionistas no suelen dar nuevos
fondos a las empresas, obligando a éstas a recurrir a los suyos propios
para mantener la cotización de las acciones.
[21] Marx, El capital, libro III, capítulo XV, final de la
sección II (subrayado por Marx).
[22] La Unión Europea es más que una zona de libre
intercambio, aunque ésta representa uno de sus lazos más fuertes, como
se indica en los primeros artículos del Tratado Constitucional Europeo.
La incitación a la competencia entre trabajadores con salarios y estatus
diferentes no tuvo lugar durante el Tratado de Roma de 1957, que concernía
a países de nivel similar, sino en los tratados firmados después, con un
primer salto durante el mercado único de 1986 y la ampliación de seis a
quince países, y con un segundo salto cualitativo con la ampliación
hacia el Este y el paso a veinticinco o potencialmente a treinta estados
mediante el Tratado de Niza. La incitación a la competencia entre
trabajadores de salarios y estatus diferentes se llevó a cabo en Estados
Unidos con el TLC, que hace competir a los trabajadores estadounidenses
con los trabajadores mejicanos.
[23]Ésta es una de las principales demostraciones durante
las primeras conferencias que Marx hizo en Bruselas ante la Asociación de
Obreros Alemanes en 1847. Estas conferencias están reunidas bajo el título
de Trabajo asalariado y capital.
[24] Obra citada anteriormente de Christophe Dejours, página
59
[25] Obra citada anteriormente de Robert Castel, página
409.
[26] Recomiendo la lectura del libro de Daniel Martínez
(prefacio de Michel Pialloux), Carnets d’un intérimaire, Agone,
Marseille, 2003.
[27] Página 412 de la misma obra.
[28] Página 409 de la misma obra.
[29] Pierre Bourdieu, «Unifier
pour mieux dominer» en Contre-feux 2, Editions Raison d’Agir, Paris,
2001.
[30] Respecto a las terribles
dificultades de los jóvenes de origen extranjero colonial, véase el
libro de Younes Amrani y Stéphane Beaud, Pays de malheur : Un jeune des
cités écrit à un sociologue, La Découverte, Paris, 2004.
[31] El término «ejército industrial de reserva» se
debe a Marx. No designa sólo la existencia de un número más o menos
elevado de parados, sino de desempleados en «situación de profunda
sumisión al capital», hasta el punto, afirma Marx, de formar un grupo
que «pertenece al capital de una manera tan absoluta como si éste lo
hubiera elevado y disciplinado a su costa y que proporciona a sus
necesidades de valorización cambiantes, la materia humana siempre
explotable y siempre disponible» (subrayado por mí). La cita aparece en
la sección III del capítulo XXV del libro I de El capital. Puesto que
son muchas las ediciones, me limito de nuevo a esta indicación general.
[32] Le goût amer de nos
fruits et légumes, número fuera de la serie de marzo del 2002 de la
revista Informations et commentaires : le développement en questions,
Foro Cívico Europeo, 04300 Limans.
[33] Utilizando las publicaciones del GISTI y del Foro Cívico
Europeo, analicé la situación de la inmigración en el sector de las
frutas y las verduras. Véase François Chesnais, «La mondialisation de
l’armée de réserve industrielle : les délocalisations internes dans
l’agriculture», Carré Rouge, nº30, 4º trimestre 2004, BP 125, 75463,
Paris Cedex 10.
[34] Véase «Alstom, roi de la
sous-traitance», Plein Droit, juin 2004 (www.gisti.org).
[35]Véase Thomas Coutrot,
L’entreprise néo-libérale, nouvelle utopie capitaliste ? Editions
La Découverte, Paris, 1998, página 229 y siguientes.
[36] Véase la obra ya citada de Christophe Dejours y los
numerosos trabajos a los que hace referencia.
[37] Otra película reciente, Violence des échanges en
milieu tempéré, de Jean-Marc Moutout, analiza la preparación de un
joven ejecutivo para insensibilizarlo y que haga el trabajo sucio.
[38] Obra citada anteriormente de Christophe Dejours, capítulo
VIII.
[39] Stéphane Beaud et Michel
Pialloux, Retour sur la condition ouvrière. Enquête sur les usines
Sochaux et Montbéliard, Fayard, Paris, 1999
[40] François Bon, Daewoo,
Fayard, Paris, 2004, página 109.
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