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Los
negocios de la megacaridad
Por
Naomi Klein
La
Haine, 11/09/06
Traducción
de Tania Molina Ramírez
La
Cruz Roja acaba de anunciar que tiene una nueva asociación con Wal–Mart
para responder en caso de desastre. Cuando llegue el próximo huracán,
será una coproducción de la megacaridad y el megasupermercado.
Esto,
aparentemente, es la lección aprendida de la terrible respuesta
gubernamental al huracán Katrina: los comercios van mejor con los
desastres.
"Al
final todo va a acabar en manos del sector privado", dijo en abril
Billy Wagner, jefe de manejo de urgencias para Florida Keys –que
actualmente monitorea la tormenta tropical Ernesto–. "Ellos tienen
el conocimiento. Ellos tienen los recursos".
Pero
antes de que este consenso avance, es hora de ver dónde comenzó la
privatización del desastre, y adónde llevará inevitablemente. El primer
paso fue la abdicación gubernamental de su responsabilidad central de
proteger de los desastres a la población. Bajo la administración de
Bush, sectores completos del gobierno, y particularmente del Departamento
de Seguridad Interna, se han ido transformando en santificadas agencias de
empleo temporal, y las funciones esenciales son contratadas de compañías
privadas. La idea es que la inversión privada, movida por la obtención
de ganancia, siempre es más eficiente que el gobierno.
Vimos
los resultados en Nueva Orleáns: Washington se mostró débil e
incompetente, en parte porque sus expertos en manejo de urgencias habían
huido al sector privado y su tecnología e infraestructura era ya
positivamente retro. En una crisis, el gobierno se ve aterradoramente
inepto, mientras que el sector privado puede parecer moderno y competente,
al menos en comparación.
De
verdad, cuando se trata de la reconstrucción, los contratistas no son
unos magos. "Adónde se fue todo el dinero", pregunta la gente
desesperada, desde el Golfo Pérsico hasta la costa del Golfo de México.
Una gran parte se ha ido a gastos mayores de las corporaciones privadas.
Fuera del radar público, se han gastado miles de millones de dólares del
erario en infraestructura privatizada de respuesta a desastres: las nuevas
oficinas centrales ultramodernas del Grupo Shaw; los batallones de equipo
para mover la tierra de Bechtel; un campus en Carolina del Norte de 2 mil
400 hectáreas, de Blackwater USA (con todo y campo de entrenamiento
paramilitar y una pista de dos kilómetros).
Llamémosle
el complejo del capitalismo del desastre. Estos contratistas pueden
conseguir lo que sea que usted necesite cuando esté en serias
dificultades: generadores, tanques de agua, catres, excusados portátiles,
casas móviles, sistemas de comunicación, helicópteros, medicina,
hombres armados.
Este
Estado dentro de un Estado ha sido construido casi exclusivamente con
dinero de contratos públicos, sin embargo todo está en manos privadas.
Los contribuyentes no tienen ninguna injerencia sobre él. Hasta ahora,
esta realidad no se ha digerido, porque mientras los contratos
gubernamentales pagan las cuentas de estas compañías, el complejo del
capitalismo del desastre provee sus servicios al público de manera
gratuita.
Pero
esta es la trampa: el gobierno estadounidense va hacia la quiebra, en no
poca medida debido a estos gastos locos. La deuda nacional es de 8
billones de dólares; el déficit del presupuesto federal es de al menos
260 mil millones de dólares. Eso significa que más temprano que tarde se
van a acabar los contratos. Y nadie sabe eso mejor que las mismas compañías.
Ralph Sheridan, director ejecutivo de Good Harbor Partners, una de los
cientos de nuevas compañías contraterroristas, explica que "los
gastos gubernamentales son esporádicos y llegan como burbujas".
Cuando
las burbujas exploten, firmas como Bechtel, Fluor y Blackwater perderán
su fuente de ingresos primaria. Todavía tendrán la habilidad para
responder a desastres –mientras que el gobierno habrá dejado que esa
valiosa destreza se mengüe–, pero ahora venderán de regreso la
infraestructura construida con el erario, al precio que el mercado
aguante.
Si
continúan las tendencias actuales, he aquí una imagen de lo que podría
ocurrir en el no tan distante futuro: viajes en helicóptero desde los
techos de ciudades inundadas (5 mil dólares por cabeza sería una tarifa
típica para tal servicio; 7 mil dólares por familia, mascotas
incluidas), agua embotellada y "alimentos preparados" (50 dólares
por persona; caro, pero así está la oferta y demanda) y un catre de
refugio con una regadera portátil (muéstrenos su identificación biométrica,
creada gracias a un lucrativo contrato con Seguridad Interna, y luego lo
rastreamos con la cuenta).
Antes
de que diga, "no en Estados Unidos", pregúntense: ¿Dónde más
que en Estados Unidos? El modelo es el sistema de salud estadounidense, en
el cual los ricos pueden tener acceso al mejor de los tratamientos en
ambientes tipo spa, mientras que 46 millones de estadounidenses carecen de
seguro médico. El modelo también encaja con la emergencia mundial del
sida, en el cual la destreza del sector privado ayudó a producir
medicinas salvadoras de vidas, que la mayoría de los infectados del mundo
no puede comprar. Si ese es el historial del sector privado en cuanto a
desastres en cámara lenta, ¿por qué habríamos de esperar valores
diferentes en desastres de cámara rápida, como huracanes y hasta ataques
terroristas?
Hace
un año, los ciudadanos pobres y la clase trabajadora de Nueva Orleáns
estaban varados en sus tejados esperando una ayuda que nunca llegó, pero
aquellos que sí lo podían pagar escaparon. Esto podría incentivarnos a
echar reversa ahora que vamos en una dirección fatalmente equivocada. O
podría ser nuestro primer atisbo de desastres en los que "los
usuarios pagan".
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