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Tres
estrategias papales para revivir el cristianismo
Por Immanuel
Wallerstein
Agence Global / La Haine, 08/10/06
Traducido
por Beatriz Morales Bastos
Tres estrategias, aggiornamento, expansión hacia el sur en
su conjunto ayudado por el ecumenismo y consolidar una base europea sobre
bases católicas tradicionales. ¿Cuál de ellas, si lo es alguna, será
fructífera en el siglo que comienza?
El
mes pasado el Papa Benedicto XVI pronunció un discurso en su antigua
universidad, Regensburg, en Alemania. Incluyó en él un breve apartado
donde citó a un obscuro emperador bizantino del siglo XIV que hacía un
análisis hostil del Islam. Este breve apartado fue recibido muy
negativamente por el mundo islámico y provocó tanto disturbios como
condenas múltiples. El Papa ha pedido disculpas, cuatro veces hasta
ahora, que solo han causado más consternación. [En sus excusas] dijo sin
paliativos que la valoración acerca del Islam estaba completamente
equivocada. Desde este conflicto diplomático los analistas mundiales han
estado debatiendo sobre cómo alguien tan inteligente como el Papa ha
podido cometer semejante "error". Puede que no fuera un error,
sino que fuera deliberado.
Consideremos
la naturaleza de la Iglesia Católica Romana. Ha existido durante casi
2.000 años. Es una Iglesia convencida de detentar la verdad, tanto la
verdad acerca de Dios como acerca de la necesidad de la Iglesia para
lograr los fines de Dios. Cree que su papel es evangelizar el mundo entero
y lograr un mundo en el que todas las personas, sin excepción, sean católicos
romanos practicantes.
Consideremos
ahora su historia como institución. En sus orígenes era una iglesia en
expansión en términos del número de adeptos a la fe. Durante mil años
se fue extendiendo a un ritmo constante, básicamente por Europa y zonas
de Oriente Medio. Entonces, en el siglo XI, se enfrentó a su primera
escisión significativa desde el punto de vista cuantitativo, la de las
iglesias ortodoxas orientales. Como resultado, la Iglesia Católica Romana
quedó en buena parte confinada a la Europa occidental y central. En el
siglo XVI la Iglesia se enfrentó a la Reforma Protestante que llevó a la
pérdida de la mayor parte del norte de Europa. Y a partir del siglo XVIII
empezó a perder católicos practicantes ganados por lo que ella
consideraba el cáncer de la laicidad y del libre pensamiento en Europa.
En
el periodo posterior a 1945 el número de católicos practicantes en el
conjunto del mundo europeo descendió dramáticamente debido a la difusión
de los valores laicos. Los católicos no sólo estaban dejando de asistir
a misa en los países donde la mayoría de su población era nominalmente
católica -Italia, España, Bélgica, Austria, Irlanda, Québec- sino que
también descendieron dramáticamente las vocaciones al sacerdocio. Eso
ocurrió también en menor medida en la muy católica América Latina
donde, sin embargo, la Iglesia empezó a perder terreno frente al
Protestantismo evangélico. Con todo, los miembros de la Iglesia seguían
aumentando en general en el conjunto de países del sur debido a la
combinación de mayores índices de natalidad que en Europa y a un menor
atractivo del laicismo. De ahí que la Iglesia ya no fuera básicamente
europea; empezó a tener más miembros en el conjunto de los países del
sur.
El
problema de la Iglesia no ha sido el perder terreno frente a otras
religiones. Los católicos no se convirtieron al Islam, judaísmo o
budismo. Ni los musulmanes, judíos o budistas se convirtieron al
catolicismo. Los problemas de organización de la Iglesia concernían muy
mayoritariamente al mundo cristiano. Para la Iglesia el problema ha sido
desde 1945 cómo reacciona a esta transformación organizativa repentina y
masiva. Ha habido tres estrategias papales diferentes para revigorizar la
posición de la Iglesia Católica, las de Juan XXIII, Juan Pablo II y
Benedicto XVI.
Juan
XXIII apeló a un aggiornamento de la Iglesia, esto es,
"actualizar la Iglesia". El concilio ecuménico que convocó, el
Vaticano II, hizo muchos cambios en la práctica de la Iglesia: una visón
más flexible acerca de la salvación fuera de la Iglesia, una liturgia
menos basada en el latín, un papel mayor de los obispos colegiadamente.
Perecía que el objetivo de estos cambios era básicamente responder a las
críticas tanto implícitas como explicitas de los católicos del mundo
europeo que deseaban que la Iglesia estuviera menos apartada de los
valores occidentales contemporáneos. El Vaticano II coincidió en el
tiempo con el ascenso de lo que se ha llamado teología de la liberación
dentro de la Iglesia, especialmente en América Latina. Ésta parecía
tener como objetivo contrarrestar la idea de que la Iglesia había sido
partidaria de los puntos de vista políticos ultra-conservadores.
Desde
dentro de la Iglesia hubo muchas críticas en el sentido de que estas
reformas "habían ido demasiado lejos". Juan Pablo II volvió a
poner de relieve los valores católicos tradicionales de la sexualidad, el
papel de la mujer en la Iglesia y la subordinación de los obispos al
Papa. Atacó a la teología de la liberación y sustituyó a obispos
reformistas del conjunto del mundo europeo por otros más
tradicionalistas. Su estrategia de renovación parecía centrarse en el
potencial de la iglesia en el conjunto de países del sur. Por esa razón
hizo un especial hincapié en emprender el diálogo con otras religiones.
Parecía pensar que un resultado de ello sería que la Iglesia tendría un
mayor acceso a las zonas no europeas.
Benedicto
XVI tiene, claramente, una tercera visión. Coincide con Juan Pablo II en
frenar el aggiornamento. Pero discrepa de él en que el futuro de
la Iglesia dependa del diálogo inter-religioso. Su estrategia se centra
en recuperar la base tradicional de la Iglesia, sus raíces europeas. El
discurso que pronunció en Regensburg es esencialmente un ataque al
laicismo europeo y una petición urgente de reestablecer una doctrina y
una práctica completamente católicas en Europa.
Esto
concuerda con su anterior crítica a la posible entrada de Turquía en la
Unión Europea y su fracasada propuesta de que la constitución europea
incluyera una referencia explícita al papel central del cristianismo en
Europa. En esta perspectiva, encaja perfectamente el uso de la valoración
anti-islámica del emperador bizantino. Se puede ver como una manera de
consolidar a Europa frente a un enemigo y, por consiguiente, de animar a
todos los cristianos a hacer hincapié en sus raíces cristianas. Parece
que para consolidar la base europea estaba dispuesto al riesgo de suscitar
la ira islámica.
Tres
estrategias, aggiornamento, expansión hacia el sur en su conjunto
ayudado por el ecumenismo y consolidar una base europea sobre bases católicas
tradicionales. ¿Cuál de ellas, si lo es alguna, será fructífera en el
siglo que comienza?
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