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Murallas modernas: inútiles defensas del privilegio
blanco
Por Marco d'Eramo Il
Manifesto, 17/10/06
Sin Permiso, 22/10/06
Traducción
de Ricardo González–Bertomeu y Luca Gervasoni
“Más
libertad de movimientos para los capitales significa más barreras para
los humanos”
Fue
en el momento de construir el muro de Berlín cuando la Unión Soviética
le reveló al mundo la fragilidad del socialismo real y preanunció su
propia derrota: ¿Qué clase de sistema era ése, que para contener a sus
propios ciudadanos debía encerrarlos detrás de un muro? Así, el de
Alemania Democrática fue el primero y hasta ahora único régimen en la
historia abatido por una (bíblica) demanda de visas de turista.
Por
eso todos gozamos cuando, en 1989, fue abatido el muro: no lloramos al
breznevismo. Pero nunca habríamos podido imaginar que menos de veinte años
después los muros, materiales e inmateriales, proliferarían en el mundo.
El muro que los israelitas erigen en Palestina, desgarrando las ciudades
en dos. El muro que la fundamentalista Arabia Saudita quiere construir en
la frontera con Irak para impedir el ingreso de los fundamentalistas de
al–Qaeda.
El
muro que los norteamericanos han proyectado construir en torno a Bagdad
para combatir el terrorismo. La barrera que la India está construyendo en
la frontera con Bangladesh para repeler a los inmigrantes: "Da miedo
pensar en hordas de gente tan pobre como para arriesgar la piel para
alcanzar aquella tierra prometida que son los infames slums de
Calcuta" (Mike Davis).
El
mundo parece preso de una imprevista pasión por los muros, bastiones,
empalizadas, alambradas electrificadas, caballos de Frisia, alambres de púa,
justamente cuando los cantores del progreso entonan himnos a la movilización
y a la comunicación, a la potencial ubicuidad de cada uno de nosotros.
Pero
las barreras –una material y dos inmateriales– que causan más impresión
son aquellas erigidas para defender a tres fortalezas del capital: la
Howard Line, que protege la isla–continente Australia de los inmigrantes
que querrían desembarcar en ella y que son rechazados, hundidos,
encarcelados; la Fortaleza Europa, con su capilar vigilancia de los mares,
sus centros de detención, sus puestos de avanzada en los países de
Africa y del Maghreb; y, finalmente, el muro físico de 1200 kilómetros
que los Estados Unidos quieren construir a lo largo de la frontera
mexicana, y del que ya existen vastos fragmentos entre San Diego y
Tijuana, y entre El Paso y Ciudad Juárez.
Similares
al Vallum Adrianum, al Limes Porolissensis que el bajo
imperio romano erigió con la fútil ilusión de defenderse de las
"hordas bárbaras", estas tres barreras defensivas se fueron
reforzando al mismo tiempo en que progresaban los tratados que
liberalizaban el comercio internacional.
La
"guerra a los clandestinos" ha sido oficialmente declarada y se
ha intensificado a pasos agigantados con la puesta en acto de la OMC a
nivel mundial, y del Nafta a nivel norteamericano. Desde hace quince años
a esta parte, en cuanto más se eliminan los obstáculos a la libre
circulación de mercancías y de capital, tanto más se crean barreras
para impedir la circulación de los humanos. No es casual. Es la libertad
de las mercaderías la que crea las condiciones de estos éxodos humanos.
Los
capitales que vagan por el planeta en busca de lugares en los que la
fuerza de trabajo está a buen precio (nótese el doble sentido de la
palabra bueno) son el viento que empuja para acá y para allá a las masas
humanas a su merced. El capital las arranca de su tierra donde no pueden
ya vivir, y las llama a sus propios señoríos, donde rehúsa pagarles
sueldos sindicales.
En
el fondo siempre lo ha hecho: en siglo XIX la globalización hizo que los
cereales norteamericanos y sudamericanos, mucho más competitivos,
provocaran la ruina de los cultivadores europeos que producían sobre
terrenos montañosos o poco fértiles, y que, por lo tanto, como nuestros
habitantes del Sur, emigraran hacia la tierra que los había forzado al éxodo.
Pero en el siglo XIX no se construían muros, porque el capital todavía
podía evadirse con la ilusión de controlar los flujos y sus
consecuencias. Una miopía pagada con las insurrecciones de los ghettos
negros en los Estados Unidos de los años `60, y con la revuelta de las banlieu
francesas, por citar solo dos ejemplos. El capital tiene necesidad de
inmigrantes y de clandestinos, pero los quiere tener afuera. Hubo un
tiempo en que las contradicciones estaban del lado del pueblo. Ahora
parecen haber cambiado de campo.
El
muro del sueño de Tijuana
La
infinita barrera, de triple línea, construida por los EEUU en su frontera
sur no frena a los inmigrantes, que el país sigue necesitando, pero es
una excelente escenografía para conocer la demagogia racista de los políticos
y se utiliza para probar armas y tecnología militar.
A
primera vista, pero tan solo a primera vista, te decepciona. Te lo esperas
más imponente, más terrorífico. Es el muro que, justo al sur de San
Diego, separa a los Estados Unidos de México. Un terreno de pruebas para
la nueva muralla que se está proyectando y que ocupará 1.200 de los
3.500 kilómetros de la frontera entre los dos países. La Cámara de
Representantes de los Estados Unidos ya ha aprobado su construcción, y
ahora sólo falta que el Senado lo ratifique.
El
primer muro, con un altura de entre dos y cuatro metros, es una lama metálica
perfilada y cubierta por una película antioxidante. Se trata del mismo
material que durante la segunda guerra mundial se extendía sobre terrenos
pantanosos y de tierra fangosa para permitir que los aviones despegasen y
aterrizasen. La ciudad de Tijuana, con alrededor de un millón y medio de
habitantes, crece apoyada en el muro. Por las colinas y en los valles,
construcciones, barracas, casas desvencijadas, casas construidas a base de
neumáticos apilados, todo se apoya en el muro. No solo, empero; también
hay palacetes de oficinas y despachos de dentistas. Hay posadas que
prosperan a su sombra, algunas con nombres burlescos como: “La
Pasadita”, en referencia al paso al otro lado de la frontera.
Éste
era el muro que los coyotes, los polleros, los que te llevaban al otro
lado, te permitían superar a través de túneles subterráneos. Era éste
metal descuidado el que, según los políticos americanos, tenía que
convertir en impermeable este punto de contacto entre el primero y el
tercer mundo.
Uno
de los artistas más famosos de Tijuana, Marco Ramírez “Erre”, ha
construido un caballo de Troya de madera para colocar a caballo del muro,
a fin de permitir que los invasores chicanos puedan infiltrarse en la
ciudadela de los Estados Unidos. Él es quién me lleva a lado y lado de
este muro hasta el Océano Pacífico, donde la barrera de metal, que aquí
se convierte en una empalizada de acero, se introduce para dividir las
aguas. “Separar el agua parece más innatural, más perverso que separar
las tierras”, me hace notar.
Pero
tras el muro descuidado empieza el bastión tecnológico, separado por una
tierra de nadie de 50 metros y patrullado por todoterrenos de la policía
de frontera: la “Border Patrol”.
Ésta segunda barrera no es un muro en sentido estricto; se trata
de una serie de pilares de cemento de color gris claro, con una altura de
6 o 7 metros, colocados a una distancia de pocos centímetros el uno del
otro, que permite pasar a gatos, topos y perros, pero no a humanos. La
barrera está coronada por una red electrificada de un metro de ancho. Los
pilares están profundamente hundidos en la tierra para evitar que se
excaven túneles. Pero lo más importante son las torres de vigías,
sutiles agujas de acero con una altura de unos veinte metros, dotadas de
potentes lámparas que iluminan la noche como si fuese de día, con cámaras
móviles de videovigilancia y una terracita circular rodeada por un
pasamanos para la manutención o la ronda.
Ahora está en construcción una tercera barrera.
He
conocido a Marcos Ramírez en San Diego, en casa de Mike Davis, autor de
la importantísima publicación: “Ciudad de Cuarzo” y de un
interesante ensayo sobre la Gran Muralla del
Capital, donde se describe minuciosamente el costosísimo y, en
gran parte, vano intento americano de cerrar la puerta de la frontera sur.
La
militarización de la línea (así la llaman los mexicanos) se dio a
conocer al mundo en 1992 con la operación de “mantenimiento de la línea”
que se realizó en El Paso, Texas, y especialmente en 1994 con la operación
“Guardián” con la que, tras la guerra a la droga y antes de la guerra
al terrorismo, se declaró la guerra a los clandestinos. Con el apoyo del
Pentágono, la guerra a los clandestinos es cada vez más tecnológica y
masiva. Los puestos de control están dotados de radares y videocámaras
de rayos infrarrojos.
La
región de San Diego–Tijuana es un laboratorio para el Ministerio de
Justicia, que tiene aquí su “Centro de investigación y tecnología de
fronteras”. Un laboratorio de investigación que realiza estudios y
experimenta constantemente para mejorar los “detectores” de
clandestinos, redes de sensores sísmicos, magnéticos, todos conectados vía
satélite con los centros de control. El Pentágono facilita a la Border
Patrol helicópteros de ataque Super Cobras y Black Hawk, aviones Awacks
de vigilancia por radar, incluso Drones (aviones teledirigidos de
vigilancia) y, cuando son necesarios, acuden a la frontera unidades de
elite, los Rangers del ejército y los Seals de la marina.
En el fondo, como dicen los generales, “no hay mejor terreno para
preparar una unidad para la guerra en Afganistán”. Desde 1997, se han
gastado en tecnología 430 millones de dólares para vigilar este lado de
la frontera.
En
el lado americano, no se trata simplemente de un muro. Es también un
motor económico. Crea ocupación segura con altos salarios. Mientras en
América casi todos los nuevos puestos de trabajo son precarios y mal
pagados, un chico que es aceptado en la Border Patrol gana 60.000 dólares
brutos al año, unos 48.000 euros, con las pagas extraordinarias. Con diez
años de antigüedad se pueden conseguir unos 100.000 dólares. Hay una
larga lista de espera para aspirantes a policías de frontera entre los
desmovilizados de Irak. Y no
solo hay largas colas para ser agentes; las hay también para mantener las
infraestructuras, para ser controladores, productores de nuevo software,
mecánicos o pilotos.
En
el lado mexicano, la guerra a los clandestinos ha generado una matanza. En
la sección del muro que transcurre por la autopista que conduce al
aeropuerto internacional de Tijuana, el muro metálico es adornado con una
serie infinita de cruces que llevan los nombres de los mexicanos muertos
en el intento de cruzar el muro o de atravesar el desierto. Así, los
muertos en la frontera han pasado de 61 en 1995 a 261 en 1998, a 373 en
2004, y a más de 500 en 2005. En el mientras tanto, los gerentes de las
maquiladoras y los profesionales liberales transfronterizos, gracias a sus
documentos electrónicos, atraviesan las fronteras por vías
preferenciales llamadas Sentri (Secure Electronic Network for
Travelers Rapid Inspection)
Pero
¿es eficaz este muro? ¿Lo será si el Senado aprueba (lo que parece poco
probable) que se extienda 1.200 kilómetros? Según datos del ministerio
de seguridad, menos del 1% de las alarmas provocadas por los sensores han
conducido a arrestos. Normalmente, los sensores se activan por obra de
vacas o trenes, generando una gigantesca pérdida de tiempo. Igualmente
ineficaces se han revelado los sistemas de radar utilizados para localizar
los túneles bajo el muro. El túnel más largo que se ha identificado
hasta el momento, de 720 metros, se ha descubierto en Tijuana a finales de
enero: por un soplo, no por obra de la tecnología.
Pero
la mejor prueba de la ineficacia de los muros, de la caza al hombre en el
desierto de Arizona, de las rondas realizadas por voluntarios americanos
racistas, la encontramos en las desnudas cifras de la inmigración
clandestina: según las estimaciones más precisas, el número de
clandestinos en los Estados Unidos se ha triplicado a lo largo de los últimos
años. Ha pasado de los 3,5 millones anteriores a la operación “Guardián”,
a los 11,5 millones de hoy en día.
¿Por
qué? Según Mike Davis, el muro no es otra cosa que un escenario teatral
de la política. La economía americana no puede vivir sin inmigrantes –
y lo saben todos, incluso los legisladores–, pero la demagogia pide
“firmeza y determinación en el impedir que los clandestinos vengan a
romper la paz de nuestras ciudades”. Será cierto que no es sino un ademán
teatral, pero produce un efecto devastador, no solo por el número de
vidas humanas que se cobra, sino también por las cicatrices que deja en
la mente. Porque con muro o sin muro, el norte de México y el sur de
California conforman una unidad.
Marcos
Ramírez vive en Tijuana, pero cada mañana lleva a sus hijos al Instituto
de San Diego, y dos veces por semana viaja a Los Ángeles para impartir
clases en el Departamento de Arte de la Universidad de California. Muchos
estudiantes americanos que asisten a la Universidad en San Diego alquilan
sus casas en Tijuana, dado que los alquileres son más asequibles. 50.000
mexicanos atraviesan la frontera cada mañana. Un chiste dice que para los
americanos ir a México es como casarse; resulta muy fácil entrar, no es
necesario el pasaporte, pero es muy difícil salir, con colas de hasta dos
horas y controles interminables.
Pero
quizá el detalle que más descorazonador me lo ofrece Marco Ramírez
cuando me habla del racismo de los mexicanos. Ser víctima no siempre
significa ser inocente. Me dice: “no por muy racistas que sean los
americanos hacia nosotros, estamos nosotros vacunados”, y me cuenta lo
que tienen que soportar los clandestinos de los países centroamericanos
de Nicaragua, Salvador y Guatemala. Antes de llegar hasta el muro de San
Diego o al desierto de Arizona, tienen que conseguir pasar la frontera sur
de México: “Allí hay campos minados; ojalá hubiera muros. Para ellos,
ésa es la frontera realmente peligrosa; ésta es un paseo con agua de
rosas”.
.- Marco
d’Eramo es un analista político italiano que colabora regularmente con el
cotidiano comunista Il Manifesto.
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