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¡A desempeñar trabajos descalificados los
inmigrantes en España!
Por Adán Salgado Andrade
Desde
Valencia para Socialismo o Barbarie, 03/11/06
Valencia,
España.- Me encuentro en el centro social “Ca revolta” (nombre
valenciano que significa casa de la
revolución), cuyo bar es muy concurrido por todos aquellos
valencianos que ven en ese sitio una alternativa distinta a los “pubs”
comerciales, en los cuales, tanto las bebidas, como la decoración son
estereotipadas, muy globalizadas, y nada más, fuera de tomar y hablar de
banalidades, se puede hacer.
Llegué
allí después de deambular por las calles del Centro Histórico de
Valencia, habiéndome hallado a muchas mujeres indigentes de apariencia
eslava, así como a varios africanos, igualmente pidiendo limosna,
balbuceando todos alguna palabra castellana.
Incluso,
“chavos banda” valencianos se acercan a turistas de apariencia latina,
como yo, con un “güey, dame una moneda”, popular léxico supongo que
adquirido alguna vez en intercambio lingüístico con algún mexicano.
De
los varios días que llevo aquí, ya hasta me he familiarizado con toda
esa gente pidiendo “un euro”, aunque debo decir que la primera vez que
los vi, me sorprendí un poco, pues
esto es Europa, pensé.
El
Ca revolta, con su viejo
mobiliario y ese aire antiguo que le da la restaurada construcción,
induce a los comensales a sentirse nostálgicos por un pasado que era más
solidario, más generoso y, sobre todo, más conciente.
El
Ca revolta surgió hace más de
quince años, de una lucha social que se apoyó en el Movimiento Comunista
valenciano para lograr que la casa vieja en donde se halla actualmente el
lugar, fuera restaurada y habilitada con préstamos del gobierno, tanto
para construir el centro cultural y el bar, como, también, varios
departamentos en los que actualmente viven algunos de los miembros que
impulsaron dicho movimiento.
El
préstamo bancario inicial lo pagaron contratando préstamos individuales
con otros bancos que actualmente pagan en forma de hipotecas.
Es
una tarde de jueves, cuando, como casi todas las tardes, el sitio se llena
de buenos y agradables conversadores que no platicarán, como hacen la
mayoría de los valencianos, del auto nuevo o del piso nuevo que se
comprarán mediante crédito
bancario, sino de que si Zapatero está gobernando bien o de que la
corrupción está acabando con las tierras agrícolas para convertirlas en
desarrollos inmobiliarios o de que la imposición del euro todo lo ha
encarecido...
En
este sitio me encuentro con Rashid, a quien conocí hace dos días, un
marroquí que llegó a España hace 16 años.
Tiene
42 años, es alto, delgado y sus rasgos son una mezcla de raíces árabes
con africanas.
Pido
un par de cervezas obscuras “Amstel” y mientras nos las tomamos, con
mi grabadora en mano, platicamos.
Se
siente algo intimidado por el aparato y me pide que la apague. Le aseguro
que nadie más que yo escuchará la grabación. Quizás haya pensado que
lo que me dijera, iba a ser empleado en su contra.
Tras
reiterarle que no debe temer nada, se anima a hablar, aunque algo
reticente.
Me
da la impresión de que le preocupa que lo vayan a echar del país, más
en estos días, que policías secretos, vestidos de civil, revisan “a
discresión” a extranjeros en las calles que, según los eficaces
agentes, consideren que sean ilegales, sin ocupación alguna.
“¿Por
qué viniste a España, qué es lo que te atrajo?”, le pregunto.
“Me
atrajo el sueño europeo y la posibilidad de tener una vida mejor que en
mi país”, me contesta, con un castellano algo incorrecto en la
sintaxis, muy marcado por su inconfundible acento árabe, que a pesar de
los años, aún conserva bastante.
Agrega
que en aquellos tiempos su oposición política al gobierno del rey Hasan
lo llevó a tomar la desesperada decisión de emigrar hacia España, así
que principalmente lo hizo por razones políticas, no económicas.
“Pero
también quería mejorar mi vida, porque yo allá era pobre”.
“¿Y
por qué elegiste España?”, inquiero nuevamente.
“Porque
España es como un 80% parecida a mi país, y yo me adapté muy bien”.
Claro,
se refiere a las cosas en común que le dejó a esta nación el dominio
musulmán de más de 600 años, tanto en el idioma, como en las
costumbres, alimentos, arquitectura, rasgos físicos...
sí,
por eso Rashid en muchos aspectos se sintió como
en casa.
Comenta
que comenzó a trabajar en todos los empleos descalificados que la mayoría
de los emigrantes, a pesar de la distancia temporal de cuando él llegó,
siguen realizando: agricultura, construcción, hostelería, servicios domésticos...
“Yo
trabajé de lo que salga, pero que fuera digno”, dice con cierto dejo de
orgullo.
Aunque
dice que algo que le resultó frustrante fue que en España se enfrentó
con que casi todos bebían, inhalaban cocaína, fumaban hashis...
“había
muchos vicios”.
“Bueno,
¿pero y lograste materializar el sueño europeo que buscabas, Rashid?”,
insisto.
El
marroquí da un trago a su cerveza y se queda callado por unos momentos.
“En
parte, sí, en parte, no...
ahora
yo llevo seis meses en paro”, dice, dejando entrever cierta frustración
por su actual situación.
En
estos seis meses platica que ha sobrevivido durmiendo en la calle, en
casas abandonadas (para su fortuna, hay un 20% de casas deshabitadas en
España), y que para alimentarse va a la iglesia, a la casa de caridad, en
donde personas desempleadas, como él, o en estado de indigencia, reciben
alimentos gratuitamente.
O
acude a la solidaridad del barman del Ca revolta, Chaby, su amigo, un
valenciano bonachón de buen corazón, quien a veces le da de comer y de
beber.
Rashid
se excusa diciendo que es presa de la depresión por el rompimiento con su
esposa que “ya me está pasando”.
Vivió
algunos años con una española, de la que se separó, al parecer por diferencias
culturales.
Sin
embargo, depresión amorosa aparte, la situación de Rashid es la de
cientos de miles de inmigrantes, cuya precaria situación económica
reinante en los lugares de donde proceden, los ha llevado a emigrar y
vivir en España, con la ilusión, como él, de alcanzar el “sueño
europeo” de una vida confortable, con un “piso nuevo”, auto del año,
un buen trabajo y, sobre todo, una vida más digna que la que tenían
antes.
Pero
¿cuántos lo logran? Rashid parece que no, a pesar de tener ya 16 años
viviendo en el país.
Incluso,
dice, ni siquiera es nacionalizado español.
“Para
lograrlo, tienes que ser leal a la patria y merecerlo”.
Lo
de “merecerlo” es que tengan un buen trabajo, que hayan cotizado a la
seguridad social, que sean ciudadanos modelo,
casados.
Pudiera
pensarse, en su caso, que la causa de su fracaso es por su baja preparación.
Rashid
nos dice que salió de su país con el equivalente a secundaria trunca.
Sin
embargo, recientes estudios demuestran que una gran mayoría de
inmigrantes cuenta, inclusive, con estudios universitarios y trabajan en
empleos no calificados, los que de acuerdo a la Clasificación Nacional de
Ocupaciones se integran en el llamado grupo
9: peones, trabajadores domésticos, personal de limpieza, conserjes,
meseras...
sí,
una estadística actual señala que un 42% de los trabajos desempeñados
por los inmigrantes son justamente los de ese grupo 9, pero que quienes
los hacen, un 65% cuentan con estudios de bachillerato y casi un 20%
poseen niveles de licenciatura o más.
No,
entonces, nada tiene que ver, reflexiono, el que los inmigrantes estén
bien preparados o mal preparados...
aunque,
claro, no tendrá el mismo trato con la gente un conserje que sólo tenga
primaria a otro que sea, por ejemplo, ingeniero, pues este le daría más,
digamos, categoría a su empleador.
“Ahora
mismo tengo un tío argentino
ingeniero que me cuida la finca”, podría jactarse el rico
valenciano dueño de un edificio de departamentos sobre su trabajador.
Sospecho
que la situación de los inmigrantes en España, generalizable a toda la
así llamada Comunidad Económica Europea, es por la que pasan los
paisanos mexicanos que se van a Estados Unidos, a pesar de que muchos de
ellos cuentan con una carrera universitaria: aunque estén muy preparados,
se les subemplea en trabajos que igualmente puede desempeñar una persona
con primaria.
Pero
esas son las consecuencias del capitalismo salvaje, que ha degradado
actualmente tanto a países, como sociedades, que ya no es garantía para
conseguir un buen empleo el que se cuente con educación universitaria.
Pienso
en las estadísticas mexicanas, en donde estudios recientes muestran que 3
de cada 5 personas egresadas de una universidad no hallarán empleo o
laborarán en uno muy distinto a lo que estudiaron.
Y
si eso sucede en los países de origen, pues nada podrá esperarse estando
en otro país.
Se
une a la conversación Víctor, otro amigo que conocí hace una semana,
invitado también a la reunión, y que va llegando.
Él
es mexicano, de Veracruz.
Lleva
nueve meses en Valencia y tiene muy pegadas la dicción castellana y
varios modismos lingüísticos propios del lugar.
Él
es un vivo ejemplo de las estadísticas laborales.
A
pesar de que cuenta con bachillerato, que habla inglés perfectamente bien
(Víctor vivió seis años en Florida, trabajando en restaurantes y
hoteles), que está esperando matricularse en la Universidad de Valencia
para estudiar sociología, a lo más que ha podido aspirar como empleo, es
trabajando de mesero los fines de semana, lo cual le reporta 100, 150
euros semanales.
Vive
en un hostal, especie de pensiones baratas para estudiantes, sobre todo
extranjeros, como él, en donde paga 10 euros por día (casi son los únicos
lugares en donde pueden vivir inmigrantes solos, pues los departamentos
para alquiler son escasos y muy caros).
El
resto de su salario lo emplea para comer lo más económico que se pueda
(acude a la Mercadona,
franquicia de supers exclusivos
de alimentos, digamos que relativamente barata, en donde puede adquirirse
una docena de huevos por un euro o una lata de atún de 1 kg por 3.50 €) y comprarse un poco de ropa y algunas cosas que vaya necesitando.
“¿Tú,
por qué estás en Valencia, Víctor?”, pregunto.
“Ah,
pues porque quiero estudiar sociología”, me contesta, muy convencido.
“¿Y
por qué no estudias en México, en la UNAM?”, arremeto.
Y
viene entonces que lo del “prestigio”, “que es mejor estudiar en el
extranjero”...
y
todos esos argumentos que, francamente, considero que cada vez son más
espejismos de lo que alguna vez efectivamente fue.
Sí,
porque pienso en tantos extranjeros, incluso, estadounidenses, que están
estudiando en las facultades de la UNAM (Universidad nacional autónoma de
México, considerada ya entre las 100 mejores del mundo), que me parece un
tanto insostenible el argumento del Víctor.
Su
caso es distinto, pues él no está en España por una imperiosa necesidad
económica, sino porque desea
adquirir el prestigio que concede el estudiar en una universidad europea.
Claro,
Víctor es presa de ese inconsciente
malinchismo que casi todos los mexicanos (y para ese efecto, los
latinos) llevamos por dentro.
Sí,
y qué mejor que ejercerlo en la eufemísticamente
llamada madre patria, origen
directo del síndrome de la malinche.
Y
también porque probablemente considere que estudiando allí una
licenciatura tendrá a la larga mayores oportunidades, al concluirla, de
colocarse en un buen puesto de
trabajo en Valencia, dentro del gobierno, con contrato indefinido.
Esto
me recuerda otra cifra estadística que recién revisé, y que indica que
los inmigrantes, además de dedicarse a actividades descalificadas, más
del 65% de éstas son por contratación temporal, de seis meses o menos.
Esto
es consecuencia de que ese tipo de empleos son de corta duración:
edificios en construcción que requieren de peones, cosechas de frutas o
verduras que emplean pizcadores, barcos pesqueros que emplean ayudantes,
familias que necesitan afanadoras o niñeras, restaurantes que dan trabajo
a meseras o lavatrastes, fábricas que “por expansión” requieren
obreros, municipalidades que necesitan barrenderos por algunos meses...
y
así por el estilo.
Indican
los análisis oficiales que existe una sobrecualificación
de los inmigrantes para los descalificados trabajos que realizan y que
de alguna forma se están desperdiciando
esos talentos y recursos.
Pero,
repito, si en los propios países de origen tenemos, incluso, doctores que
son taxistas o ingenieros que están vendiendo baratijas chinas en las
calles, ¿qué se puede esperar al estar viviendo en otro país? “¿Y
por qué no te consigues un mejor trabajo, Víctor?”, insisto.
“Ah,
pues es que hasta que no me matricule en la universidad, no me darán
permiso para trabajar”, responde Víctor, que espera ampararse en una
ley que permite que los estudiantes de origen extranjero que se encuentren
inscritos en universidades españolas, trabajen hasta veinte horas
semanales.
Él
piensa estudiar por las mañanas y trabajar en las tardes, espera, en un
mejor empleo.
Pero
vaya círculo vicioso, razono, pues si Víctor no es aceptado, entonces,
no le quedará más que seguir laborando en subempleos por aquí y por allá,
como la gran mayoría de los inmigrantes.
Pero,
al menos, él tiene la suerte de estar viviendo ya en España y de haber
ingresado legalmente.
Me
vienen a la mente las escenas que veía días atrás en un noticiario
televisivo, de los miles de africanos que llegan a bordo de frágiles
pateras o cayucos cargando asiáticos, a las costas de Cádiz, muchos de
los cuales se hunden por la fragilidad de las endebles embarcaciones en
alta mar, sin que se vuelva a saber de ellos jamás.
Meses
atrás, esas desesperadas hordas humanas, incluso se brincaban los
enrejados que el gobierno español había colocado en sus fronteras con
tal de contenerlos, pero es mayor el hambre y la necesidad de hallar un
precario sustento que cualquier barrera física o legal.
Curiosamente,
aunque africanos o asiáticos son los más repelidos por las autoridades
de inmigración, son los más
empleados en todas las labores descalificadas que la mayoría de los españoles
se rehúsan a hacer (sólo 15% de los trabajadores españoles se
dedican a labores descalificadas, contra 42% de los extranjeros).
Sí,
las estadísticas señalan que más del 52% de africanos laborando, lo
hacen en esos trabajos: albañiles, pizcadores, peones, maleteros,
barrenderos...
En
este caso, sí hay una
correspondencia con el bajo nivel educativo que la mayoría de ellos
poseen, pero, por otro lado, me pregunto si no será, también, la
consecuencia de un inconsciente racismo que los españoles cargan (de
hecho, es el gran problema con los dueños de las viviendas de alquiler,
que generalmente no las rentan a inmigrantes “por desconfianza”), algo
así como el “síndrome del conquistador”, porque el otro grupo de
inmigrantes que sigue en cuanto a empleos descalificados es, justamente,
el de los latinoamericanos, que superan el 46%.
Y
vaya que ese “síndrome del conquistador” se sigue manifestando, últimamente
por la intentona de varios bancos españoles de adquirir bancos
latinoamericanos, como es el caso del BBV (Banco Bilbao Vizcaya) o el
Santander, que al menos en México adquirieron por “módica ganga” a
Bancomer, el primero, y a Serfín, el segundo.
Bueno,
quizá sea la consecuencia de esa avaricia financiera de querer abarcarlo
todo, de concentrar la riqueza,
el creciente deseo de esos miles de empobrecidos inmigrantes (dada la
citada concentradora avaricia a que ha dado lugar el capitalismo salvaje),
deseosos de compartir con sus históricos conquistadores el “sueño
europeo”, como dijo Rashid al principio de la plática.
Víctor
no acierta a comentarme nada acerca de lo que le dije, de que hay muchos
extranjeros estudiando en la UNAM y Rashid, notoriamente deprimido porque
nunca logró materializar ese “sueño europeo”, ya empieza a mostrar
los estragos etílicos de la tercera cerveza “Amstel”, invitadas por
su entrevistador.
Son
ya las once de la noche y el bar está cerrando.
Nos
despedimos muy cortésmente los tres con efusivos, sinceros abrazos.
Yo
camino hacia el barrio de Russafa en el que, según uno de los recientes
censos, casi un 16% de sus pobladores son inmigrantes, cifra que comienza
ya a preocupar a las autoridades, pues el lugar tiende ya a guetizarse, con todos los problemas que ello implica pues la integración
española de los inmigrantes es más difícil, dado que viviendo así,
tan hacinados, se les facilita el conservar sus costumbres y rasgos
culturales originarios.
En
ese barrio un buen amigo, David, me hospeda.
Russafa
queda detrás de la “Estacio du Nord”, a donde arriban todas las líneas
férreas que proceden de otros lados de España.
David
vive en un minúsculo departamento que consta de un pasillo de entrada,
una cocina chica, con fregadero, estufa, anaqueles y un refrigerador, una
pequeña sala, “aseo” (el sanitario) y una sola recámara, por el que
paga la nada despreciable suma de 355 euros.
El
dueño del edificio dividió los ya de por sí medianos departamentos que
había antes para ofrecer esos “palomares” y sacar, claro, el doble de
renta.
David,
ribarrojeño, está en posibilidades de pagarla, pues es economista,
trabaja para el partido “Izquierda Unida” (el que ganó registro y
algunos escaños en las pasadas elecciones) y percibe 1300 euros
mensuales, un sueldo, digamos que más que aceptable.
“¡¿Pero
me creerás que familias enteras viven en departamentos
como este!?” Bueno, no es de sorprender, al menos para mí, cuando
pienso en los hacinados cuartos de vecindad que aún abundan en México en
donde, efectivamente, viven numerosas familias enteras.
Pero
que eso se dé en España, el primer
mundo, cuesta creerlo.
Es
la consecuencia de las viviendas de alquiler tan escasas y tan caras (España
es el único país de la Unión Europea que casi no cuenta con viviendas
de alquiler, ni públicas, ni privadas.
Casi
el 80% de las viviendas son propias, de allí la agudización de ese
problema).
David
dice que a veces él se siente
extranjero, por tantos inmigrantes que pululan por el lugar.
Durante
el día Russafa, en donde se ven “gitanas” pidiendo limosna en las
esquinas o frente a las iglesias, se caracteriza por las decenas de
tiendas hindúes, árabes y, sobre todo, chinas, que venden desde comida,
pasando por ropa, calzado, baratijas chinas, artesanías, que sobresalen
de entre viejos edificios, cuyas puertas de entrada lucen reforzadas por
gruesas rejas metálicas para protegerlos de las frecuentes incursiones de
ladrones en busca también del “sueño europeo”...
pero
del ajeno.
Los
balcones superiores de dichos edificios, se presentan ya como hacinados
espacios en donde hay desde tendederos repletos de calzones, pantalones,
blusas, sostenes en proceso de secamiento, hasta macetas de diversas
plantas, jaulas de loros o canarios, trebejos, botes de basura, escobas,
bicicletas, sillas, triciclos, juguetes...
vaya,
todo un buen estilo de vida tercermundista
enclavado en el primermundismo...
o
lo que quede ya de éste.
Por
la noche, el barrio ofrece calles obscuras, gatos callejeros, depósitos
de basura repletos, rebosando a los lados de las cajas de cartón, plásticos,
bolsas, tirados allí por residentes y comerciantes...
y
uno se cruza con adolescentes chinos o africanos mirando muy desafiantes
al trasnochador caminante...
sí,
esa nocturna visión, intimida un poco, a la vez que desconcierta, como
que no corresponde con la idea de la prosperidad
europea de la que tanto se jactan por allá.
Me
pregunto si alguna vez habrá aquí estallidos de violencia como los que
azotaron a Francia el año pasado, cuando miles de adolescentes y jóvenes
inmigrantes o hijos de inmigrantes salieron a las calles, haciendo
graffitis, rompiendo vidrios, causando destrozos en calles y
construcciones, quemando cientos de autos...
bueno,
al menos aquí no han cometido los policías la torpeza de golpear a jóvenes
inmigrantes, como allá sí hicieron,
aunque el hacinamiento forzado por la carencia de viviendas pudiera ser el
detonante...
dicen
que Zapatero se ha presentado más tolerante con el “tema” de la
migración.
Es
de esperarse, pues quizá él haya leído que gracias a los inmigrantes,
que suman ya 6% de la población, y a su participación en los empleos y
en las actividades económicas, España ha crecido un 6% anual, muy bueno,
desde hace unos años.
Por
lo menos no están construyendo muros, como lo está haciendo EU en la
frontera con México, país que, también, gracias a los inmigrantes,
sobre todo, los latinos, tiene aún buenas tasas de crecimiento económico.
Antes
de llegar al barrio, camino por entre callejuelas en las cuales, abajo de
las marquesinas de algunas construcciones, pernoctan ya “a pierna
suelta” varios indigentes, tapados con cartones o raídas “cobijas”
que, me pregunto, ¿serán o no inmigrantes? Quizás sí, quizás no, me
digo...
pero,
bueno, si son inmigrantes, no son más que la prueba de que la historia de
dominación que el así llamado primer
mundo ha ejercido sobre el resto de los países, está teniendo estas consecuencias sociales cada vez más graves...
y
si esos indigentes son valencianos...
bueno,
pues igualmente son la consecuencia del capitalismo salvaje que también
el primer mundo está imponiendo
desde hace 25 años para que la marcha de las 500 grandes corporaciones
dominantes de la economía mundial, sea satisfactoria...
Ni
hablar, me digo, mientras llego a la reforzada puerta del edificio que me
da cobijo por algunos días, algo tenemos que pagar a cambio de ser todos
ya ciudadanos globalizados...
Contacto:
studillac@hotmail.com
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