|
Megasequía
en la frontera de México y EEUU
El
cambio climático amenaza ya a la flora y fauna de una extensa región
Por
Mike Davis (*)
La
Jornada, 10/02/07
Traducción
de Ramón Vera Herrera
El
oso polar sobre su plancha de hielo que se derrite se ha vuelto el urgente
icono del calentamiento global y del desbocado cambio climático. Aun el
inquilino de la Casa Blanca, quien parece asumir la tesis de que la Tierra
es plana, reconoce que los magníficos animales podrían estar condenados
a la extinción conforme se licua el hielo marino y el océano Ártico se
transforma en aguas abiertas y azules por primera vez en millones de años.
El
"gran experimento geofísico" de la humanidad, como hace tiempo
caracterizó el oceanógrafo Roger Revelle esta empinada curva ascendente
de emisión de bióxido de carbono, ha descolocado la naturaleza de sus
fundamentos holocenos en las tierras circumpolares.
Pero
el Artico no es el único teatro del espectacular e inequívoco cambio
climático, ni los osos polares los únicos heraldos de la nueva era de
caos. Consideren, por ejemplo, a algunos de los parientes distantes del Ursus
maritimus: los osos negros que buscan alimento, feliz pero
ominosamente, en las legendarias montañas Chisos, del Parque Nacional Big
Bend, en Texas. Ellos podrían ser los mensajeros de una transformación
ambiental en las tierras fronterizas casi tan radical como la que ocurre
en Alaska o Groenlandia.
Un
cálido día, muy fuera de lo común para enero de 2002, mientras caminaba
por los senderos que suben al Emory Peak (perseguido aún por las imágenes
apocalípticas del septiembre anterior), le hice un gesto de saludo a un
extraño e inofensivo oso joven en la vereda de un campamento.
Las
apariciones de los osos son siempre un poco mágicas y supuse que el
encuentro era la afirmación de una espesura prácticamente intocada. De
hecho, me sorprendí cuando al otro día uno de los guardabosques me dijo
que el oso joven era, por así decirlo, un mojado una camada de
los recientes inmigrantes indocumentados que cruzan desde el otro lado del
río Bravo.
Los
osos negros fueron comunes en las montañas Chisos cuando éstas eran el
casi mítico reducto de los guerreros apache-mescaleros y comanches en los
siglos XVII y XVIII, pero los rancheros los cazaron implacables casi al
punto de extinguirlos a principios del siglo XX.
Luego,
casi milagrosamente, los osos reaparecieron entre los madroños y los
pinos de Emory Park, al iniciarse la década de los ochenta. Los
sorprendidos biólogos de la vida salvaje alegaron sin pruebas que los
animales habían migrado de la Sierra del Carmen, en Coahuila, nadando el
río Bravo, para cruzar después los 64 kilómetros de un desierto
quemante cual horno hasta llegar a la cordillera Chisos, una tierra
prometida de dóciles venados y abundante basura.
Como
los jaguares que se reasentaron en las montañas fronterizas de Arizona en
años recientes o, para el caso, como los chupacabras del folclor
norteño, que se dice han sido vistos en los suburbios de Los Angeles, los
osos negros son parte de una migración épica de especies salvajes y de
gente, al otro lado.
Aunque
nadie sabe exactamente por qué los osos, los grandes felinos y los
legendarios vampiros se están moviendo hacia el norte, una hipótesis
plausible es que están ajustando sus rangos y poblaciones a una nueva era
de sequía en el norte de México y el suroeste de Estados Unidos.
El
caso humano es muy claro: los ranchitos abandonados y los pueblos casi
fantasmas por todo Coahuila, Chihuahua y Sonora dan testimonio de una
sucesión implacable de años de sequía una que comenzó en los ochenta
pero que asumió una intensidad verdaderamente catastrófica a finales de
los noventa y que ha empujado a cientos de miles de personas pobres del
campo hacia los talleres de sudor de Ciudad Juárez y a los barrios de Los
Angeles.
En
pocos años, la "excepcional sequía" se ha tragado planicies
enteras de Canadá a México; en otros, los incendios carmesí de los
mapas climáticos se extienden hasta la costa de Luisiana en el Golfo de México
o han cruzado las Rocallosas hacia el noroeste del interior estadunidense.
Pero los epicentros semipermanentes siguen siendo Texas, Arizona y sus
estados hermanos en México.
En
2003, por ejemplo, el lago Powell bajó 24 metros en tres años, y los
embalses cruciales a lo largo del río Grande no eran sino charcos de
lodo. Entretanto, el invierno de 2005-2006, en el suroeste, fue uno de los
más secos registrados, y Phoenix estuvo sin una gota de lluvia durante
143 días seguidos. Las raras interrupciones de la sequía, como el monzón,
digno de Noé, del verano pasado (cuando partes de El Paso captaron 76
centímetros de lluvia) han sido insuficientes para recargar adecuadamente
los acuíferos o llenar las represas, y en 2006 tanto Arizona como Texas
sufrieron las peores pérdidas en la historia por sequía de cultivos y
ganado (7 mil millones de dólares en total).
Una
sequía persistente, como el hielo que se derrite, reorganiza con rapidez
los ecosistemas y transforma horizontes completos. Sin la humedad
suficiente para producir savia, cientos de miles de hectáreas de piñones
y de pinos ponderosa han sucumbido a las plagas de escarabajos de corteza;
estos bosques y chaparrales muertos, a su vez, sirven de yesca para las
mareas de fuego que han llegado a los suburbios de Los Angeles, San Diego,
Las Vegas y Denver, o que han destruido parte de Los Alamos. En Texas, los
pastizales también ardieron cerca de 809 mil hectáreas tan sólo en
2006 y conforme la cubierta de suelo desaparece las praderas se degradan
a una condición de desiertos.
Algunos
climatólogos no han dudado en llamar a esto "megasequía", aun
la "peor en 500 años". Otros son más cautelosos: no están
seguros de si la aridez actual en el oeste ya sobrepasó los notorios
umbrales de los años treinta (el famoso Dustbowl o tazón de
polvo de las planicies del sur) o en los cincuenta (la devastadora sequía
del suroeste). Pero posiblemente el debate esté fuera de lugar: las
investigaciones más recientes y calificadas indican que tal "rojo
atardecer en el oeste" (por invocar el portentoso subtítulo del
libro Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy) no es simplemente
una sequía episódica, sino el nuevo "clima normal" de la región.
En
un alarmante testimonio presentado a finales de diciembre ante el National
Research Council, un veterano geofísico del Lamont Doherty Earth
Observatory, de Columbia University, advirtió que los más importantes
generadores de modelos del mundo estaban volcando el mismo resultado de
sus supercomputadoras: "según los modelos, en el suroeste, un clima
semejante a la sequía de los años cincuenta se volverá el nuevo clima
en los próximos pocos años o en pocas décadas".
Este
extraordinario pronóstico "el inminente desecamiento del suroeste
de Estados Unidos" es un producto colateral del monumental esfuerzo
de cómputo que relaciona 19 modelos de clima por separado (incluidas las
instalaciones insignia de Boulder, Princeton, Exeter y Hamburgo) en
preparación del cuarto informe de evaluación del panel
intergubernamental sobre cambio climático [IPCC, siglas en inglés de
Intergovernmental Panel on Climate Change]. El IPCC, por supuesto, es la
suprema corte de la ciencia del clima, establecido por Naciones Unidas y
la Organización Meteorológica Mundial en 1988, con el fin de evaluar la
investigación sobre el calentamiento global y sus impactos. Aunque el
presidente George W. Bush acepte ahora a regañadientes la advertencia del
IPCC de que el ártico se derrite con rapidez, probablemente no ha
registrado la posibilidad de que su rancho en Crawford tal vez algún día
se convierta en una duna de arena.
Los
climatólogos que estudian los anillos de los árboles y otros archivos
naturales hace tiempo están conscientes de que el Acuerdo del Río
Colorado, de 1922 (conocido como Colorado River Compact), por medio del
cual se suministra agua a los oasis del suroeste que se urbanizan rápidamente,
se basó en un registro de 21 años del flujo del río (1899-1921) que,
lejos de reflejar un promedio, es de hecho la anomalía de mayor humedad
en por lo menos 450 años. En fechas más recientes los investigadores han
comenzado a entender qué tan persistente es que Las Niñas (los
episodios fríos en el Pacífico ecuatoriano oriental) puedan interactuar
con los breves periodos cálidos del Atlántico Norte subtropical para
generar sequías en las planicies y en el suroeste que perduran por décadas.
Sin
embargo, como enfatizó Seager en Washington, las simulaciones del IPCC
apuntan a algo muy diferente de los episodios de aridez catalogados en el
atlas de sequías estadunidenses de Lamont [Lamont's North American
Drought Atlas], un compendio actualizado y muy sofisticado de los
registros de los anillos de los árboles desde el año 2 aC a la fecha.
Inesperadamente, es la base misma del clima, no sólo sus perturbaciones,
lo que está cambiando.
Es
más. Esta abrupta transición hacia un clima nuevo, más extremo (en nada
parecido a lo ocurrido en el último milenio, o tal vez en el holoceno)
surge, no de las fluctuaciones en las temperaturas oceánicas, sino de los
"cambios en las tendencias de circulación atmosférica y de
transporte de vapor de agua, que son consecuencia del calentamiento atmosférico".
En pocas palabras, las tierras secas se harán más áridas, y las húmedas
tendrán más agua.
Los
eventos como La Niña, añadió Seager, continuarán influyendo
la precipitación pluvial en las tierras fronterizas entre Estados Unidos
y México, pero originadas desde un fundamento más árido pueden producir
las peores pesadillas de Occidente: sequías de la escala de las catástrofes
medievales que contribuyeron al notorio colapso de las complejas
sociedades del pueblo anasazi en el Cañón de Chaco y Mesa Verde durante
el siglo XII. (Para que las malas noticias procedentes de las
supercomputadoras sean aún peores, se pronostica también una aridez
extremada para gran parte del Mediterráneo y el Cercano Oriente, donde
las sequías épicas son muy conocidas como sinónimo de guerras,
desplazamiento de poblaciones y etnocidio.)
No
obstante, es poco probable que el mero pronunciamiento, aunque provenga de
19 modelos climáticos unánimes, ocasione mucha alarma en los suburbios
aledaños a los clubes de golf de Phoenix, donde los lujosos estilos de
vida consumen mil 500 litros de agua per capita al día. Tampoco impedirán
que los trascavos sigan modelando los monstruosos suburbios en serie de
Las Vegas (donde se proyectan 160 mil nuevas casas) a lo largo de la
carretera 93 hasta Kingman, Arizona. Y no frenarán la posibilidad de que
con bombas vacíen el acuífero Oglalla ni impedirán que la población de
Texas sea el doble para el año 2040.
Pese
a toda la propaganda reciente que recurre a la idea de un
"crecimiento inteligente" y un sensato y precavido uso del agua,
los planificadores del desierto siguen troquelando suburbios con el mismo
"estúpido" y ambientalmente ineficaz molde que ha plagado el
sur de California por generaciones. Y el suroeste de la libre empresa nos
sigue saliendo con el cuento del que la mayor parte del agua contenida en
los sistemas de los ríos Colorado y Grande se dedica aun a la agricultura
de irrigación.
A
mediado plazo, por lo menos, la proliferación urbana en el desierto puede
sostenerse matando algodón y alfalfa, mientras los grandes productores
mantendrán su riqueza vendiendo su agua (subsidiada a nivel federal) a
los sedientos suburbios. Un prototipo de esta restructuración es ya
visible en Imperial Valley, California, donde San Diego compra
agresivamente títulos de agua. El resultado (los atentos viajeros en avión
podrán notarlo) es el reciente aumento de parcelas muertas en el antiguo
tablero esmeralda de alfalfa y melón del valle.
En
vena más futurista, existe también la opción saudí. Steve
Erie, profesor de la Universidad de California en San Diego, quien ha
escrito extensamente acerca de la política del agua en el sur de
California, me dijo que los planificadores del desierto en el suroeste y
Baja California confían en que pueden mantener bien suministrada de agua
esta explosión poblacional mediante la conversión del agua marina.
"El nuevo mantra de las agencias de agua es incentivar la conservación
y la restauración, pero los rapaces planificadores ya fijan sus voraces
ojos en el océano Pacífico y en la alquimia de la desalinización, sin
preocuparse para nada por las perniciosas consecuencias ambientales."
En
cualquier escenario, enfatiza Erie, mercados y políticos continuarán
dando su voto en favor de esa suburbanización rampante y de alto impacto
que hoy pavimenta y urbaniza, homogenizando miles de kilómetros cuadrados
de los frágiles desiertos de Mojave, Sonora y Chihuahua.
Por
supuesto, los estados y las ciudades seguirán compitiendo con mayor
agresividad que nunca por sus asignaciones de agua "pero, en lo
colectivo, las máquinas del crecimiento tienen el poder de despojar del
agua a otros usuarios".
Conforme
el agua se haga más cara, la carga de ajuste al nuevo régimen climático
e hidrológico recaerá en los grupos subalternos: los jornaleros en
granjas y campos de labor cuyos empleos son amenazados por las
transferencias de agua, o los pobres urbanos que podrán ver cómo suben
las cuotas de agua 100, 200 dólares por mes. Otros afectados serán los
rancheros que bregan infatigables por casi nada, incluidos muchos indígenas,
y por supuesto las poblaciones rurales del norte de México, que viven en
riesgo permanente.
Es
un hecho que el fin de la era de agua barata en el suroeste (especialmente
si coincide con el fin de la energía barata) acentuará la de por sí
gran desigualdad racial y de clase y forzará a más migrantes a jugársela
con la muerte cruzando con gran riesgo los desiertos fronterizos. (No se
necesita mucha imaginación para entrever que el próximo lema de los minutemen
será: "¡Se vienen a robar nuestra agua!")
La
política conservadora en Arizona y Texas se envenenará más, se cargará
más étnicamente, si es que eso es posible todavía. El suroeste está
sembrado ya por todas partes con un nativismo propenso a crear chivos
expiatorios y con algo que sólo puede describirse como proto-fascismo: en
las sequías venideras, tal vez ésas sean las únicas semillas que
germinen.
Como
bien apunta Jared Diamond en Collapse, su reciente éxito
editorial, los antiguos anasazi no sucumbieron únicamente debido a la
sequía, sino por el impacto de una aridez inesperada en un entorno
sobrexplotado donde los habitantes eran poco propensos a sacrificar su
"costoso estilo de vida". En última instancia, prefirieron
comerse unos a otros.
(*)
Este texto aparecerá en inglés en el especial del Día de la Tierrra de The
Nation.
Fue proporcionado por su autor para su publicación en La Jornada.
|