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Petróleo
y maíz: anécdotas para leerlas
Por
Jorge Gómez Barata
Entorno, Año 5 Número 25, Boletín de Cubarte, 26/03/07
El problema de los
tratados de libre comercio que Estados Unidos impone a América Latina
es que no vienen solos sino aderezados por brutales asimetrías, políticas
neoliberales y con el omnipresente entreguismo de las oligarquías
nativas. Los que creen que el capitalismo es consecuente con la
doctrina de “la mano invisible del mercado” y que la desregulación
es el mejor camino, les recuerdo dos anécdotas que ilustran sendas
actitudes.
I.- El verdadero boom
petrolero norteamericano comenzó en 1931 cuando, en medio de la Gran
Depresión, en East Texas se encontró el mayor yacimiento del país.
La calidad del crudo y la surgencia espontánea, hizo que la producción
se disparara, precisamente en el momento en que el poder adquisitivo
era más bajo.
Al superar a la
demanda, la oferta hizo que los precios se desplomaran, situándose
por debajo de los costos de producción de otras regiones. Ante la
perspectiva de hacerse millonarios de un día para otro, los dueños
de los pozos se enfrascaron en una desenfrenada competencia que
comprometió los esfuerzos del gobierno republicano de Herbert Hoover
que, para administrar la crisis, suplicaba a los texanos que
recortaran voluntariamente la producción. Nadie escuchó.
Los paños tibios
terminaron cuando Texas alcanzó el millón de barriles diarios y el
precio cayó hasta ocho centavos el barril, el gobierno declaró la
región petrolera en “Estado de Insurrección”, despachó a la
Guardia Nacional que intervino y paralizó los pozos. El precio subió
a trece centavos y se estabilizó en torno a un dólar por barril.
En 1933 Roosevelt
asumió el poder y aplicó el New Deal que impuso una especie de
planificación, estableció cuotas y redujo por decreto la extracción
a 300 000 barriles diarios. Aunque en 1935 el sistema fue declarado
ilegal, se ganó el tiempo necesario para adoptar el sistema de
“recomendaciones del gobierno” y se elevó el arancel a las
importaciones.
II.- Cuando en los años
noventa, la economía mexicana crecía consistentemente y aunque con
enormes disparidades, contradicciones, corrupción y bolsones de
pobreza, el país progresaba y parecía tocar las puertas del Primer
Mundo, a su oligarquía, peculiarmente estructurada en una corrupta
partidocracia urbana y licenciada, no se le ocurrió nada mejor que
suscribir el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.
Entre otras cosas, el
Tratado sirvió para que México dejara de sembrar el maíz que
alimentaba su pueblo, alcanzaba para criar animales y exportar,
arruinando a su empobrecido campesinado, condenado a emigrar hacía
las ciudades o intentar llegar a Estados Unidos para cuidar del maíz
gringo.
El maíz es para México
una frontera, la línea que separa al hambre de la vida y el otro sol
de donde sale la energía, la carne y la sangre de la nación. Un
grano de maíz es el menor espacio en que puede resumirse la historia
y la cultura mexicana, aunque no es suficiente para incluir la
ignominia de sus elites dominantes, ahora representadas por un
gobierno ilegitimo y espurio.
Por qué en lugar de
lloriquear porque los gringos convierten maíz en alcohol, el gobierno
mexicano no jala el mantel como hicieron Hoover o Roosevelt y, a la
mexicana, resuelven el problema. Tierra y agua tienen y tienen también
una tradición de 4 600 años, no les faltan capitales y sus
campesinos están listos. Por qué no olvidarse de los subsidios
gringos y asumir que México no quiere el maíz para competir sino
para sostener a su pueblo. No lo puede hacer, porque Mexico no es un
país con una oligarquía, sino al contrario.
Es cierto que al
aprobar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, se simuló
proteger el maíz mediante un arancel descendente que desaparecería
en 15 años. Los aranceles no se aplicaron y las cuotas no se
cumplieron; no obstante, de haber sido observadas, aquellas
previsiones contienen el absurdo de pretender que en 15 años la
agricultura mexicana alcanzará la eficiencia y el nivel de subsidio
con que operan la de Estados Unidos. Los negociadores y los
gobernantes lo sabían, mas no les importó.
Aunque la moraleja es
obvia; no importa repetirla: el fundamentalismo neoliberal es para el
capitalismo desarrollado un producto de exportación y un axioma para
tarados: “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.
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