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Paraísos
del mal
Por
Mike Davis (*)
Sin
Permiso, 15/04/07
Traducción
de Amaranta Süss
Reproducimos
a continuación el prefacio de Mike Davis al libro colectivo “Evil
Paradises” (“Paraísos del mal”), compilado por él y
por Dan Monk (The New Press, Nueva York, en prensa).
El libro tiene un
capítulo del propio Mike Davis sobre Dubai ("Un paraíso
neoliberal siniestro")
Una
máxima de estirpe brechtiana: “Toma pie no en las viejas cosas
buenas, sino en las malas cosas nuevas”. (1)
“Paraísos
del mal”
reúne los holgados horizontes de experiencia e imaginación de veinte
veteranos académicos, escritores y activistas, a fin de responder una
sencilla pero crucial cuestión de nuestra época: ¿A qué futuro nos
lleva un capitalismo salvaje, fanático? O, por plantear la misma
cuestión de otra manera: ¿Qué nos dicen los actuales "sueños"
de consumo, propiedad y poder sobre el destino que le aguarda a la
solidaridad humana? Estos estudios de casos exploran las nuevas
geografías de la exclusión y los nuevos paisajes de riqueza
aparecidos en la larga oleada "globalizadora" que dura desde
1991. Nos centramos especialmente en casos en que –de Arizona a
Afganistán– el éthos del Atlas encogido y del
ganador–se–lo–lleva–todo corre sin la brida de uno que otro
resto de contrato social y sin el estorbo de fantasma alguno del
movimiento obrero; en que los ricos pueden pasear como dioses por los
jardines de pesadilla de sus más hondos y secretos deseos.
Son
lugares hoy sorprendentemente comunes (si podéis pagar el billete de
admisión), y la codicia utópica –en la figura de Paris Hilton,
Bernie Ebbers o Donald Trumpp– satura la cultura popular y los
medios de comunicación electrónicos. Nadie se sorprende de leer que
hay millonarios capaces de gastar 50.000 dólares para clonar a sus
gatos domésticos, o un millonario dispuesto a pagar 20 millones de dólares
por unas breves vacaciones en el espacio. Y si un peluquero londinense
tiene clientes encantados de pagar 1.500 dólares por un corte de
pelo, ¿por qué no debería venderse un lupanar en Hamptons por 90
millones de dólares o haber ganado Lawrence Ellison, ejecutivo de
Oracle, 340.000 dólares por hora en 2001? Lo cierto es que hay tanta
hipérbole en la cobertura mediática de los estilos de vida de
millonarios y celebridades que apenas si queda capacidad para
asombrarse ante estadísticas tan extraordinarias como la que acaba de
informarnos de que el 1% de los norteamericanos más ricos gastan
tanto como los 60 millones de norteamericanos más pobres; o de que 22
millones de empleos fabriles han sido sacrificados al altar de la
globalización entre 1995 y 2002 en las 20 economías más grandes del
planeta; o de que los individuos ricos refugian actualmente la
asombrosa cantidad de 11.5 billones de dólares (diez veces el PIB
anual del Reino Unido) en paraísos fiscales.(2)
Es
corriente ahora, salvo tal vez en las páginas del Wall Street Journal,
referirse a esta nueva y superlativa Edad de Oro –excrecencia de la
contrarrevolución global contra la ciudadanía social desencadenada
por Margaret Thatcher, Ronal Reagan y Deng Xiaoping a comienzos de los
80, y continuada por Tony Blair, Bill Clinton, Boris Yeltsin y Li Peng
en los 90– como la del reinado del "neoliberalismo". El
capitalismo tardío resurgente, se nos dice, ha triunfado allí donde
todas las religiones del mundo fracasaron: ha logrado finalmente
unificar a la humanidad toda en un simple cuerpo imaginario, el
mercado global. Termina la historia y empieza el reino de la libertad
(personal, no colectiva). ¿O no? El neoliberalismo, como nos
advirtiera elocuentemente Pierre Bourdieu, es en la actualidad una
utopía autoritaria, contradictoria ciertamente con una descripción
científica de la realidad y de la naturaleza humana, pero que, a
diferencia de otras utopías anteriores, está en posesión de unos
inmensos medios de coerción, "capaces de tornarla
verdadera". Es nada menos que "un programa de metódica
destrucción de colectivos", desde sindicatos y ciudades
industriales hasta familias y pequeñas naciones.(3)
Además,
como muestra Timothy Mitchell en el estupendo –y estupefaciente–
ensayo sobre el supuesto "milagro del libre mercado" en
Egipto que abre este volumen, la hegemonía de las políticas
neoliberales tiene poco que ver con mercados autorreguladores, con
oferta y demanda, o siquiera con la "economía" entendida
como categoría autónoma. El neoliberalismo no es la Riqueza de las
naciones 2.0, ni un cobdenismo [derivado de Richard Cobden, el famoso
empresario textilero, campeón del libre comercio en el Manchester de
la primera mitad del XIX; N.T.] de nuestros días, capaz de sanar las
heridas del mundo merced al libre comercio pacífico; y desde luego,
no es el advenimiento de la utopía de un mercado sin estado fabulada
por Friedrich von Hayek y Robert Nozick. Al contrario: lo que ha
venido a caracterizar el largo boom experimentado desde 1991 (o desde
1981, si lo preferís) ha sido el empleo masivo, desnudo, del poder
estatal con objeto de elevar la tasa de beneficio en favor de grupos
de amiguetes, de gángsteres millonarios y de ricos en general. Como
uno de nosotros escribiera hace ya más de una generación a propósito
del programa económico de Reagan:
"Aun
cuando la retórica de las varias campañas y rebeliones fiscales que
allanaron el camino de Reagan al poder era vigorosamente antiestatista,
la real intención programática iba en la dirección de
reestructurar, más que de disminuir, los gastos y la intervención
del estado, a fin de ensanchar los horizontes de las oportunidades
empresariales y rentistas. Las exigencias típicas, explícitas o tácitas,
eran: liquidación acelerada de subsidios, mercados inmobiliarios
especulativos desembridados y urbanización y construcción a toda máquina,
subcontratación de servicios públicos, transferencia de recursos
fiscales de la educación pública a la privada, rebaja de los
salarios mínimos, abolición de las normas de salud y seguridad
obligatorias para las pequeñas empresas, etc.". (4)
El
papel central del poder del estado, más que el de los mercados
libres, halla irónicamente su más espectacular expresión en el
programa neoliberal de masiva privatización de los bienes y recursos
públicos, subcontratación del empleo público (que ahora incluye
hasta hacer la guerra) y desregulación de los mercados financieros.
Digan los libros de texto académicos lo que quieran sobre innovación
tecnológica inducida por el beneficio y sobre la mano invisible del
comercio, lo cierto, como ha puesto correctamente de relieve David
Harvey, es que "los logros capitales del neoliberalismo han sido
redistributivos, más que productivos o creativos" .(5) Ha sido
nada menos que un poder político corrupto, con información reservada
disponible, el que ha puesto en almoneda los bienes globales comunes
ofreciéndolos a una banda de esquilmadores con nombres y apellidos:
la Halliburton de Dick Cheney, Boeing, Blackwater, la Telmex de Carlos
Slim, Yukos, el imperio de Abramovich, la China Internacional Tourist
and Investment Corporation de Larry Rong Zhijan, el Fininvest de
Silvio Berlusconi o la News Corporation de Rupert Murdoch. Esa fusión
en frío de crimen, política sucia y capital resulta convenientemente
celebrada por la conversión de lo que otrora fueran sumideros de
muchedumbres (Dubai, Las Vegas, Miami y aun Medellín –véase el
ensayo de Forrest Hylton–) en ascendentes iconos globales del nuevo
capitalismo.
Ello
es que una desigualdad dinámica que no deja de crecer constituye el
verdadero motor de la economía contemporánea, no su inopinada
consecuencia. Las clásicas economías de consumo "Fordista"
de masas de los años 50 y 60, reguladas mediante negociaciones
colectivas y un reparto estable de las ganancias de productividad
entre capital y trabajo, han sido reemplazadas (al menos en los países
anglosajones) por lo que un equipo de investigadores del Citigroup ha
venido en llamar plutonomías: economías en las que los ricos son los
"principales promotores de la demanda", absorbiendo la crema
y la nata de los incrementos de productividad y de los monopolios
tecnológicos, para luego gastar su acrecida participación en la
riqueza nacional lo más rápidamente posible en bienes y servicios de
lujo. Los días de champán del Gran Gatsby han vuelto. Con una
venganza. En la medida en que la participación en la renta nacional
del uno por ciento más rico de los norteamericanos se disparó de un
8% en 1964 a un 17% en 1999, su tasa de ahorro se desplomó (del 8% en
1992 a un menos 2% en 2000): lo que significa que están consumiendo
"una fracción aún más grande que su hinchada, crecidísima,
porción en la economía." (6)
Internacionalmente,
esta borrachera de gastos por parte de individuos en la cúspide de la
riqueza ha venido en recambio de la profundización de los mercados
(la expansión de las capacidades de consumo de las masas) como pistón
principal de la expansión económica. Las empresas de elite que
tradicionalmente se limitaban a hurgar en la superficie de los muy
ricos –Porsche, Bulgari, Polo, Ralph Lauren, Tiffany, Hermes,
Sothebys, etc.– no dan ahora abasto en la apertura de nuevas
sucursales en Shangai, Dubai y Bangalore. Al mismo tiempo, botines de
rapiña asombrosamente grandes procedentes del Tercer Mundo truecan día
sí y otro también en edificios urbanos en Manhatan, manzanas urbanas
en Londres, yates en Cayo Vizcaíno o haciendas rurales en Irlanda.
"Desapoderados beneficiarios de la globalización, los nuevos
empresarios/plutócratas del mercado (oligarcas rusos, magnates
agrarios o industriales chinos, mogules hindúes del software, barones
latinoamericanos del petróleo y/o la agricultura), diversifican lógicamente
sus inversiones entrando en los mercados de bienes de las plutonomías
desarrolladas". Han contribuido a hinchar esa burbuja
inmobiliaria de 30 billones de dólares que, centrada en los países más
neoliberales, representa la acumulación más masiva y peligrosa de
capital no–productivo, 'ficticio', de la historia universal.
"La Tierra", así concluyen los investigadores del Citigroup,
"está sostenida por los musculosos brazos de sus
empresarios–plutócratas, nos guste o no". Y los ricos se harán
más ricos, "porque la masa de trabajo [de bajo coste] disponible
contiene la inflación" (7)
¿Quiénes
son esos "musculosos" héroes plutonómicos? El equipo de
Citigroup reproduce una devastadora tabla (compuesta a partir de datos
de su propia investigación y del Survey of Consumer Finance), que
perfila el regreso de una topografía de la desigualdad económica
digna de una nueva era de los Barones Ladrones [el grupo de
archirricos que se formó en EEUU al terminar la Guerra Civil, y que
marcó con una impronta singular la llamada Era de la Codicia en el último
tercio del XIX; N.T.]: (8)
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Ingreso
medio anual en EEUU (familias) 2004
en
dólares U$A
|
|
10%
más rico
|
302.100
|
|
siguiente
10%
|
106.000
|
|
siguiente
20%
|
69.100
|
|
siguiente
20%
|
43.400
|
|
40%
más pobre
|
18.500
|
Globalmente,
el World Wealth Report (2005) de Merrill Lynch
& Co. revela que cerca de mil milmillonarios y casi diez
millones de millonarios (en valor neto, sólo teniendo en cuenta la
propiedad inmobiliaria) dominan la pirámide social, y en 2009
dispondrán, según se estima, de unos 42,2 billones en bienes. Son
ellos quienes generan el mercado de los superjuguetes, como el millón
doscientos cincuenta mil Buggati Veyrons (irónicamente producidos por
Volkswagen) y los megayates de 200 pies de largo. Aun si el grueso de
los hogares archirricos está en Norteamérica (unos 3 millones de
millonarios), los secuaces de la fórmula de Deng Xiaoping
–"hacerse rico es glorioso"– constituyen ahora el tercer
segmento más grande del mercado del lujo (cerca de un 11%), y se
estima que hacia 2014 superarán a norteamericanos y japoneses en
materia de consumo suntuario.(9)
(La revista que distribuye Air China en sus aviones es famosa
por su plétora de anuncios de "Mansiones en los bosques
vieneses", "Mansiones en la pura hermosura de campos de
golf", "Mansiones mediterráneas con encanto", y aun
una "mansión intelectual" diseñada por un arquitecto
canadiense.) Los nuevos imitadores rusos de los Romanov, entretanto,
hacen cola en las afueras de San Petersburgo para pujar por
"cinco palacetes, hechuras de famosas residencias de monarcas
británicos, franceses y rusos". (Una parecida nostalgia de los
Habsburgos lleva también, según Judit Bodnar, a los ricos
neoliberales húngaros a regresar a las tinieblas de la decoración
granburguesa eduardiana.)
Pero
el grueso del mundo contempla el gran atracón sólo por televisión:
la riqueza actual y el consumo de lujo están más protegidos por
vallas y más encapsulados socialmente que nunca desde 1890. Como
nuestros estudios de casos ponen una y otra vez de relieve, la lógica
espacial del neoliberalismo (cum plutonomía) es una reviviscencia de
las más extremadas pautas colonialistas de segregación residencial y
de consumo zonal. Por doquier, los ricos y los casi ricos se retiran a
complejos suntuarios, ciudades de ocio y réplicas valladas de
imaginarias periferias residenciales californianas (véanse los
capitulos de Marina Forti, Laura Riggieri, Rebecca Schoenkopf, Marco
d'Eramo y Anne–Marie Broudehoux). Los "extramundos"
publicitados en los cielos apocalípticos del Los Ángeles de
Bladerunner están ahora prontos y listos para su ocupación, desde
Montana hasta China. Paralelamente, una demonizada subclase criminal
–como explica Patrick Bond en su ensayo sobre Johanesburgo– asoma
tras la verja por doquier (a veces, poco más que a modo de simbólicos
chalanes de jardín), suministrando una muy oportuna justificación de
la retirada y fortificación de los estilos de vida entregados al
lujo.
Esa
secesión espacial y moral sin precedentes de la riqueza respecto del
resto de la humanidad se expresa también en las actuales modas de
monasticismo audiovisual (Sara Lipton), estados–ciudad flotantes
(China Mieville), turismo al espacio exterior, islas privadas, monarquías
restauradas y tecnoasesinatos a distancia (Dan Monk). Los archirricos
pueden también retirarse, autoendiosados pero aún vivitos y
coleando, a sus mausoleos de mármol (véase la contribución de Joe
Day sobre los museos personales), o comprarse dos millones de acres de
tierras rancheras y "rescatar la Naturaleza" en solitario (véase
el artículo de Jon Wiener sobre los bisontes de Ted Turner). Cuando
los ricos carecen del poder o de la masa crítica necesarios para
crear nuevas ciudades del lujo (como en Arg–e Jadid en Irán) o para
"gentrificar" de arriba a abajo viejas capitales (como
Londres o París), pueden todavía "desincrustarse" de la
matriz de la vida popular urbana mediante la creación de sistemas
separados de transporte y seguridad (como en la Managua descrita por
Dennis Rodgers), o mediante la radical supresión del derecho de los
pobres al uso incondicional de la vía pública (como en la sentencia
de la Corte Suprema de EEUU en el caso Hiks descrito por Don Mitchell).
En el Kabul postalibán (descrito por Anthony Fontenot y Ajmal
Maiwandi), se limitan simplemente a expulsar a los pobres para
construir sus palacios: una exhibicionista arquitectura de señores de
la guerra y el narcotráfico, que apela a Walt Disney no menos que a
Gengis Khan.
No
es esto otra cosa que un frenesí utópico, y el incipiente siglo XXI,
con su moda global de los paraísos del mal (de los que acaso sea
Dubai el más notable y sinistro ejemplo) recapitula muchos de esos
anhelos míticos e imposibles que Walter Benjamin descubrió en su
celebrada excavación del París de Baudelaire. Con la teoría
marxiana del fetichismo de la mercancía como su particular piedra
Roseta, Benjamin desveló el misterio de la ciudad capitalista
embrujada, en la que la colectividad humana, abrumada por sus propias
e ingentes capacidades productivas, rinde alucinada su ser social al
torbellino de una "vida fantaseada de objetos". Mas las
realidades invertidas y la falsa consciencia de la era victoriana han
crecido ahora hasta alcanzar proporciones himaláyicas, amenazadoras
de la vida. Si las galerías de hierro y cristal de mediados del siglo
XIX eran los bosques encantados de un capitalismo incipientemente
consumista, los actuales ambientes de lujo temático –con sus
centros comerciales gigantescos, sus islas artificiales hechas barrios
residenciales, sus falsos "centros de estilo de vida" en los
núcleos urbanos– funcionan como planetas alternativos para formas
de vida humana privilegiadas. Esos mundos de fantasía inflaman deseos
–deseos de consumo infinito, de exclusión social total, de
seguridad física, de monumentalismo arquitectónico–
manifiestamente incompatibles con la supervivencia ecológica y moral
de la humanidad.
Por
lo demás, los paraísos monstruosos suponen siempre unos antípodas
con olor a azufre. En su densa y despiadada crítica de 1935 a la
segunda versión del "Proyecto de Galerías" de Benjamin (el
opúsculo conocido como "París, capital del siglo XIX), Theodor
Adorno atacó a Benjamin por haber "descartado la categoría del
infierno descubierta en la primera versión". El
"infierno", venía a decir Adorno, era clave tanto para el
"lustre" cuanto para la "coherencia dialéctica"
del análisis de Benjamin. "Hay que regresar al lenguaje de la
espléndida primera versión de las Galerías", regañaba Adorno,
porque "si la imagen dialéctica no es sino un modo de aprehender
el carácter de fetiche en la consciencia colectiva, entonces la
concepción saintsimoniana del mundo mercantilizado como utopía
puede, ciertamente, ser desvelada, pero no su reverso, la imagen dialéctica
del siglo XIX como infierno. Pero sólo este último podría poner en
el sitio que le corresponde la imagen de la Edad de Oro...".(10)
Análoga
apostilla dialéctica cabría para los paraísos de nuestra nueva Edad
de Oro. Brecht, "contemplando el infierno" (en la tradición
del Shelley enfrentado a la asombrosa riqueza y a la inmundicia de
Londres) decidió que el infierno "debe ser más bien como Los Ángeles".
Muchos de los "mundos de ensueño" descritos en las páginas
que siguen son, de hecho, réplicas de Los Ángeles, o al menos, del
"estilo de vida de California"; un ideal global fantasmagórico
que los nuevos ricos persiguen con idéntico celo desesperado en Irán,
en las colinas de Kabul o en las valladas periferias residenciales de
El Cairo, Johannesburgo y Pekín. Pero, lo mismo que en el autóctono
Los Ángeles, el infierno y el megacentro comercial no son sino
autopista que corre separada. Porque las Auténticas amas de casa del
Condado de Orange, como sus equivalentes en el falso "Palm
Springs" de Hong Kong o en las comunidades valladas neohabsbúrguicas
de Budapest, explotan el trabajo de muchachas que viven en
conurbaciones miserables, o aun hacinadas en gallineros improvisados
bajo el tejado de las grandes mansiones. La fantasmagoría al estilo
Metropolis de los superrascacielos de Dubai o de las megaestructuras
olímpicas de Pekín salen del sudor de trabajadores migrantes, cuyos
propios domicilios no son sino fétidas barracas y desoladoras
acampadas. Vistas las cosas con suficiente perspectiva, los brillantes
archipiélagos de lujo utópico y los "estilos de vida
supremos" son meros parásitos de un "planeta de ciudades
miseria".
Y
precisamente porque el precio del "paraíso" es la catástrofe
humana, no podemos compartir el optimismo de Benjamin sobre la redención
histórica lograble a través de los aspectos "genuinamente"
utópicos de esas fantasías. No hagamos burla de nosotros mismos:
estos estudios cartografían las etapas finales, no anticipatorias, de
la historia de la modernidad tardía. Amplían nuestra comprensión de
lo que Luxemburgo y Trotsky tenían en la cabeza cuando plantearon la
disyuntiva de "socialismo o barbarie". En realidad, vistos
en conjunto, esos reductos ociosos son testigos de la resignación con
que la humanidad despilfarra el tiempo prestado en que ahora vive. Si
Benjamin evocaba una sociedad que "se soñaba despierta",
esos fantasiosos mundos áureos carecen de reloj despertador; son
formas arbitrarias y narcisistas de evadir las tragedias que se
ciernen sobre el planeta. Los ricos buscan simplemente esconderse en
sus castillos y en sus televisores, tratando desesperadamente de
consumir todas las cosas de la tierra en el curso de sus vidas. En
realidad, por su misma existencia, las pistas de esquí cubiertas de
Dubai, como las manadas de bisontes privados de Ted Turner,
representan esa astucia de la razón, mediante la cual el orden
neoliberal reconoce, a la par que rechaza, el hecho de que la actual
trayectoria de la existencia humana es insostenible.
Notas:
(*)
Mike Davis es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
1 'Diary
Entries, 1938' (August 25), in Walter Benjamin, Selected Writings:
Volume 3 (1935–1938), The
Belknap Press, Harvard, Cambridge 2002, p. 340.
2 Arjay Kapur, Niall Macleod, and Narendra Singh,
Plutonomy: Buying Luxury, Explaining Global Imbalances, Citigroup
Research, 16 October 2005, pp. 2; Robert Reich, "The New Rich–Rich
Gap," CommonDreams.org, 12 December 2005 (factory jobs); and Nick
Mathiason, "Super–rich hide trillions offshore," The
Observer, 27 March 2005.
3 Pierre Bourdieu, "The essence of neoliberalism,"
Le Monde diplomatique, December 1998.
4 Mike Davis, "The Political Economy of
Late–Imperial America," New Left Review I–143, Jan.–Feb.
1984.
5 David Harvey, "Neo–liberalism and the
restoration of class power," in his Spaces of Global Capitalism,
Verso, London 2006, p. 43.
6 Plutonomy: Buying Luxury, pp. 3, 6 and 13.
7 Ibid, pp. 13 and 21; and Revisiting Plutonomy: The
Rich Getting Richer, Citigroup Research, 5 March 2006, p. 3. ing
Plutonomy, p. 3.
9 "Luxury," Special Christmas Report, The
Economist, 34 December 2005, p. 67.
10 "Exchange with Theodore W. Adorno" in
Benjamin, Selected Writings 3, pp. 54–55.
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