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Por
una extraña paradoja histórica, donde antes estuvieron los
alimentos,
están ahora los hambrientos
Europa:
hambre y mala memoria
Por
Jorge Gómez Barata (*)
Altercom
(Agencia de Prensa de Ecuador), 04/04/07
Los
médicos afirman que el hambre afecta la memoria, aunque seguramente
no tanto como la opulencia.
De
haber estado sola en el mundo, Europa jamás se habría aficionado a
la buena mesa, a la gastronomía gourmet ni a los manjares ricamente
condimentados.
La
razón es pedestre: casi el 80 por ciento de todos los alimentos de
origen vegetal provienen de menos de diez plantas, ninguna es
europea.
El
trigo y la cebada son originarios del Cercano Oriente, la soja y el
arroz de China; el café de África; la papa, el maíz y el tomate de
América, así como el banano y la caña de azúcar son asiáticos y
casi no hay especias europeas.
En
épocas precolombinas, la alimentación de los europeos adolecía de
poca variedad, era magra y poco apetecible. En el caso de los
privilegiados, la base era la carne salada, queso y pan; mientras las
mayorías se conformaban con caldos y sopas a base de repollo, nabos y
cebollas, pan y cocidos a partir de trigo y algunas legumbres. Sin
apenas condimentos, no es difícil imaginar el sabor de aquellos
mejunjes.
En
los mil años que median entre 850 y 1850 ocurrieron en Europa,
alrededor de 500 grandes hambrunas, sobre todo a causa de la pobreza
de su flora endémica, carente de plantas capaces de aportaran la
variedad y la cantidad de alimentos necesarios para sostener el
crecimiento de su población y la concentración en ciudades que sería
la base de su industrialización.
No
obstante, la dramática situación alimentaria, relacionada también
con las epidemias y enfermedades que cíclicamente azotaban la región,
los europeos desarrollaron conocimientos científicos y tecnologías
que le permitieron protagonizar los grandes descubrimientos geográficos,
las invasiones y las cruzadas, que los pusieron en contacto con los
pueblos de las regiones tropicales donde encontraron todo lo que
necesitaban para afianzarse como una gran civilización.
Lejos
de armonizar con aquellos pueblos, las casas reinantes europeas con la
bendición de los Papas, organizaron la mayor, más cruel y poco
escrupulosa operación de saqueo que recuerda la humanidad y que entre
otras iniciativas incluyó la persecución y el extermino de los líderes
y los gobernantes de aquellas comunidades y naciones, las encomiendas,
las mercedes de tierras y minas y sobre todo, cuatro siglos de trata
de esclavos.
De
todas las contribuciones de lo que luego sería conocido como el
Tercer Mundo, ninguna fue tan oportuna y sustancial como la de América.
Del
Nuevo Mundo, además de las cuantiosas fortunas en oro y plata que
contribuyeron a financiar el desarrollo Europeo, llegaron también las
materias primas, los minerales, las maderas y las pieles; la energía
de sus hombres y mujeres esclavizados, el algodón para los vestidos,
los tiente para el decorado y alrededor de cien variedades de plantas
alimenticias.
Con
América, Europa no sólo descubrió manjares como los frijoles, el
tomate, los chiles y los chayotes; ambrosías como el cacao, el mango,
la guayaba y la papaya; sino que engordó y creció con el maíz y la
papa.
El
maíz tuvo un efecto inmediato y espectacular, no sólo como alimento
humano directo, sino como base para la producción de piensos para
animales que apenas podían pastar cuatro meses al año, favoreciendo
el explosivo crecimiento de la ganadería y la avicultura con el
consiguiente incremento de la oferta de carne, leche, huevos y quesos
que influyeron poderosamente sobre la salud y el bienestar de los
Europeos.
De
todos los aportes ninguno fue tan trascendente como la papa,
originaria de los Andes y que puso punto final a las hambrunas en el
Viejo Continente.
La
papa, constituye el cuarto rubro alimenticio del mundo con una
producción anual cercana a los 400 millones de toneladas que
representan 40 000 millones de dólares.
Por
una extraña paradoja histórica, donde antes estuvieron los
alimentos, están ahora los hambrientos.
Nadie
reclama patentes ni regalías por las riquezas y la cultura
arrebatada, sino a lo sumo, un mínimo de compresión y respaldo para
detener el nuevo saqueo que asume la forma de piratería biológica.
Es lo menos que Europa pudiera hacer para honrar su deuda histórica.
(*)
Profesor universitario, investigador y periodista cubano, autor de
numerosos estudios sobre EEUU.
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