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Desastres
climáticos
Tres obstáculos
para hacer algo
Por
Immanuel Wallerstein
Revista Globalización, marzo / abril 2007
Desde hace unos 50 años
los científicos nos han estado advirtiendo acerca de los peligros de las
transformaciones (causadas por los humanos) del clima terrestre. Pero en
los recientes dos o tres años ha habido dos cambios importantes en esta
situación. Primero, hay una serie de informes confiables -realizados por
diferentes grupos científicos-, los cuales confirman que no sólo son
reales estos peligros, sino que vienen ocurriendo a un ritmo mucho más
apresurado de lo que los científicos creían hace cinco años. Como dijo
recientemente la canciller Angela Merkel, de Alemania, "No faltan
cinco minutos para la medianoche; son cinco minutos después de la
medianoche".
El segundo cambio es el
grado en que para la gente común se han hecho visibles estos cambios.
Hubo un tsunami en el océano Indico. Hay un incremento en la frecuencia y
ferocidad de los huracanes en el Caribe, que culminó en el notable
desastre de Katrina. Las fotos del derretimiento de las zonas de hielo en
el Artico circulan ampliamente en la prensa. Y este año los meteorólogos
que en Londres han estado midiendo las temperaturas por más de tres
siglos anunciaron que éste fue el invierno más cálido allí desde que
comenzaron a medir. La contraparte del clima cálido en Europa son los
tornados y otros desastres provocados por el viento en otras partes.
Entonces, ¿por qué se
está haciendo tan poco? Es claro que no es por falta de conciencia del
problema, por más que algunas personas traten de negar su existencia. No
obstante, el grado en que los líderes políticos están dispuestos a
hacer algo, y de hecho el grado en que existe presión del público para
que hagan algo, es sorprendentemente bajo. Cuando hay una separación tan
clara entre el conocimiento y la acción, debe haber obstáculos en la
arena sociopolítica que expliquen esto. De hecho, existen tres obstáculos
bastante poderosos en acción: los intereses de productores-empresarios,
los de las naciones menos ricas y las actitudes de ustedes y yo. Cada uno
de estos obstáculos es poderoso.
A los
productores/empresarios les preocupa primero que nada obtener ganancias
con sus actividades. Si uno les pide que internalicen costos que
actualmente no tienen que pagar (el mejoramiento o limpieza de sus
procesos de contaminación), esto afecta seriamente sus ganancias en dos
formas. Primero, los fuerza a elevar sus precios, lo que puede ocasionar
la eliminación de ciertos clientes suyos. Y si internalizan sus costos
pero los competidores no lo hacen, pueden perder ventas que lograrán
estos competidores.
Es por esto, como regla
general, que las acciones voluntarias tienen poca posibilidad de
funcionar, debido a que rara vez son unánimes. En este caso, los
productores/empresarios virtuosos perderían ante los competidores. La
solución sería la internalización obligatoria de costos ordenada por el
gobierno. Aun si esto resolviera el problema del competidor nacional, deja
abierto perder ante los competidores internacionales, así como el hecho
de que, por arriba de cierto precio, hay disminución de la clientela.
El segundo problema es
precisamente el de la competencia internacional. Los países más pobres
buscan mejorar su capacidad de competencia en el mercado mundial. Una de
las formas en que hacen esto es produciendo ciertos productos a un menor
nivel de costos de tal modo que algunos artículos puedan ser
comercializados a un nivel menor de precios. Si se ordenaran (digamos
mediante algún tratado internacional) ciertos virajes en el proceso de
producción (la reducción en el uso de carbón como fuente de energía),
esto requeriría una costosa restructuración de las industrias en esos países,
así como la pérdida potencial de su ventaja competitiva relativa a
precios. Este es el argumento esgrimido actualmente por países muy
grandes como China e India, pero también por naciones de Europa central y
oriental como Polonia y República Checa.
Existe, por supuesto, una
solución parcial a este problema. Es el financiamiento masivo de los
costos de restructuración de las industrias de estos países por parte de
las naciones que actualmente son ricas (Estados Unidos, Europa
occidental). Pero dicha transferencia de riqueza -porque esto es lo que
es- siempre ha sido impopular y cuenta con poco respaldo político en
estos países más ricos. En cualquier caso, esto no afecta la pérdida
potencial de la ventaja en los precios, tan importante para estos estados
menos ricos.
Ustedes y yo constituimos
el corazón del tercer obstáculo. Se le llama consumismo. A la gente
siempre le ha gustado consumir. Pero en los pasados 50 años, el número
de personas que podrían consumir más allá de cierto nivel mínimo de
supervivencia se ha incrementado notablemente. Cuando llamamos a los
individuos a consumir menos electricidad o potencia, o a consumir menos de
los productos que requieren de estos insumos, estamos convocando a quienes
ahora son consumidores a que cambien su estilo de vida, de modos
significativos. Y en cuanto a aquellos que actualmente no son lo
suficientemente ricos como para consumir de esa forma, uno los convoca a
renunciar a la poderosa aspiración de tener acceso al consumo que históricamente
se les ha negado.
Esto también puede ser
resuelto. Las personas pueden reducarse unas a otras. La gente puede poner
en el centro de su sistema de valores otras cosas que no impliquen
consumo. Podemos todos aceptar la necesidad de lograr niveles de vida más
igualitarios por todo el planeta, aun si para algunos esto tal vez
signifique reducir sus propias ventajas.
Hace 50 años los científicos
produjeron la primera evidencia de que consumir productos de tabaco tenía
la consecuencia de una mayor probabilidad de contraer cáncer. Hacerlo
encontró los mismos obstáculos que hoy implica hacer algo acerca de los
riesgos climáticos. Después de 50, a escala mundial, la tasa de fumar ha
disminuido considerablemente, en parte debido a que se fuerza a las compañías
tabacaleras, mediante demandas legales, a rembolsar los costos sociales de
sus acciones previas, en parte porque los individuos se reducan y porque
los gobiernos ordenan restricciones a los locales donde está permitido
fumar. Entonces es claro que algo puede hacerse.
Pero, ¿tenemos 50 años
para hacerlo?
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