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Minería marina: el nuevo desastre ecológico
que se
avecina
Por Adán Salgado Andrade
Enviado por el autor, 06/06/07
Una
de las razones que llevaron a mercenarios como Cristóbal Colón y los que
le siguieron a buscar “perdidos” territorios, fue la firme creencia en
mitos que aseguraban la existencia de legendarias tierras, como el
“Dorado” o la Atlántida,
en donde fastuosas construcciones estaban hechas totalmente de oro y
piedras preciosas. Bastaron ese tipo de tonterías para que, en su
momento, el así llamado mundo
occidental, comenzando por España,
llevara a efecto una de las más devastadoras depredaciones, tanto de
las sociedades, sistemas económicos, culturales, políticos y los
ecosistemas que existían en lo que a partir de la así llamada conquista
española se dio en denominar América o nuevo
mundo.
Así,
la estúpida creencia de que la gran Tenochtitlan nadaba en oro sólo porque los conquistadores
fueron recibidos con pectorales, collares y todo tipo de joyería de
ese metal,
llevó a aquéllos voraces, ignorantes mercenarios, como ya señalé, a
destruir tan magníficas, floridas culturas. No sólo se destruyó la
antigua sociedad de intercambio tan bien establecida y equilibrada, sino
que se alteró gravemente el ecosistema existente, modificando
radicalmente cultivos, sistemas hidráulicos, hidrológicos, sistemas
naturales de drenaje,
además de la aniquilación de los importantísimos sistemas de
intercambio, merced a los cuales, los nativos establecían eficientes
relaciones sociales de producción que les permitían obtener, justo
gracias a tal intercambio, todos aquellos satisfactores que hicieran pleno
su diario existir. Pero los occidentales
los obligaron a mercantilizarse,
a pagar tributos en oro, plata, perlas, jade... ¡y desde entonces esa
codiciosa, civilizada,
occidental costumbre de adorar y pelear por el oro, se impuso a nivel
global! Digamos que se dio la primera gran globalización
económica de la historia de nuestra cambiante humanidad. Y eso provocó
que había de hallarse oro en los territorios recién conquistados a como
diera lugar y, una vez localizado, que se explotara por los métodos que
se requirieran, fueran o no ecoamigables.
Así,
se abrieron las entrañas de la tierra, hiriéndola con tiros y túneles
de minas para extraer el tan ansiado amarillo metal y no hubo poder
humano, ni natural, que parara tan brutal rapiña por apoderarse y
explotar cuanta nueva veta se localizara. Por ejemplo, en los nacientes
Estados Unidos, en varias ocasiones a los indígenas nativos se les
desplazó de las tierras que se les iban dando por mera lástima cada que
se descubría que estaban asentadas sobre auríferas zonas, ya que la
ansiosa fiebre por
hallar la siguiente, gran veta de oro para explotar y así tener
una nueva generación de hombres ricos se imponía sobre los intereses de un “puñado de
indios muertos de hambre”, como era la típica forma en que los
“blancos” se referían a aquellos pobres indígenas.
Y
así, tras casi cinco siglos de los avances de la “civilización”, la
fiebre por el áureo metal aún no termina, claro, mientras no se le
consiga fabricar industrialmente. Y aunque aún se extraen
considerables cantidades de oro en las minas auríferas que poseen varios
países, aquéllas están estancadas o de plano en declinación. Por
ejemplo, para el año 2003, la producción mundial fue de 2,590,000 kg,
menor en 10,000 kg a la del 2001, que fue de 2,600,000 kg y desde
entonces, no ha logrado
recuperarse. Para el año 2005 la producción total fue de 2,518,000 kg y
para el 2006, de 2,467,000 kg, las cuales ni siquiera igualaron a la del
2003. La disminución del año 2006 con respecto al 2005 fue de –2.02%.
Pero del 2006 con respecto al 2001, la caída fue de 5.11%, es decir, la
producción mundial de oro ha estado descendiendo significativamente
debido al agotamiento de las minas de los más grandes productores, tales
como Sudáfrica, Australia o Perú.
En
la siguiente tabla, se muestran algunos de los principales productores y
la cantidad de oro que se extrajo de sus minas con respecto a los años
2005 y 2006:
|
Producción de oro (ton)
|
|
País
|
2005
|
2006
|
% var.
|
|
Sudáfrica
|
296
|
275
|
–7.09
|
|
Australia
|
263
|
251
|
–4.56
|
|
Estados
Unidos
|
262
|
260
|
–0.77
|
|
China
|
224
|
240
|
7.14
|
|
Perú
|
207
|
203
|
–1.93
|
|
Indonesia
|
167
|
167
|
0.00
|
|
Rusia
|
156.5
|
152.6
|
–2.49
|
|
Canadá
|
118.5
|
104
|
–12.22
|
|
Papua
N. Guinea
|
66.7
|
66.7
|
0.00
|
|
Ghana
|
63.1
|
63.1
|
0.00
|
Como
puede observarse, los 10 principales productores, que en conjunto
aportaron 1782.4 toneladas de oro en 2006, el 72.24% del total (2467 ton),
tuvieron casi todos disminuciones importantes en la obtención del aurífero
metal, siendo las caídas más fuertes para Canadá, Sudáfrica y
Australia. Sólo China logró aumentar su producción, aunque no tan
significativamente, en tanto que Indonesia, Papua Nueva Guinea y Ghana la
mantuvieron. Esta declinación se da en momentos en que el preciado
metal sirve no sólo para la fetichista satisfacción humana de
lucirlo en costosa joyería, lujosa artesanía o para la acuñación de
monedas conmemorativas y medallas de celebraciones, sino que también
tiene importantes aplicaciones en la electrónica, tales como la fabricación
de tarjetas madres y circuitos computacionales. De hecho, debido a la
creciente demanda, se ha buscado reciclar el oro empleado en viejas
computadores y equipos electrónicos que lo emplean. Particularmente países
como China, Pakistán y la India emplean contaminantes, antiecológicos métodos
de recuperación, los cuales provocan más daños a la salud de los
trabajadores que los realizan y al medio ambiente, que las pírricas
cantidades obtenidas, pero así de alta es la demanda y el “beneficio
económico” logrado justifica tan graves daños.
No solamente eso, sino que con tal de extraer hasta el último gramo de
oro de agotadas minas, se usan brutales métodos
masivos y sumamente destructivos, como la dinamitación de cerros
completos y la aplicación de cianuro para la separación del metal del
material rocoso, como es el caso de la infame actividad que está haciendo
la empresa “Minera San Javier”, filial de la canadiense “Metallica
Resources”, en el mexicano
estado de San Luis Potosí, la cual está destruyendo de esa forma el
emblemático cerro de San Pedro, el que, incluso, figura en el escudo de
la capital potosina, como símbolo inseparable de su historia.
Pero,
por si fuera poco, con las constantes, recurrentes crisis económicas que
han ido debilitando gradualmente la estabilidad de lo que antes fueran las
“divisas fuertes” (hard currency),
tales como el dólar o el yen y hasta el mismo euro, muchos bancos
centrales, como el ruso o el chino, incluyendo la tradicional reserva de
oro estadounidense, han hecho de dicho metal nuevamente una fuente de
atesoramiento de valor, muy a la manera del antiguo “patrón oro”, que
no estaría expuesto a las fluctuaciones de las divisas, las cuales
dependen de que el país de origen tenga una economía “sana”, algo
cada vez más infrecuente en nuestros tiempos. Véase que ya hasta la
bolsa de valores china ha sufrido tres fuertes caídas en lo que va del año,
lo que evidencia que no hay “milagros económicos” permanentes (Ver en
Internet mi artículo “Hacia una nueva recesión estadounidense y
mundial”, en donde expongo las causas de la nueva crisis que está
tomando lugar en los Estados Unidos).
Todo
lo cual sirve de excelente pretexto para que modernos gambusinos, totalmente despojados de todo escrúpulo o
consideraciones morales y mucho menos ecológicas, hayan salido con la genial
idea de extraer el oro del fondo del mar, en donde, aseguran,
existe suficiente metal amarillo para seguir con el uso tan intensivo y
extensivo que tiene en nuestros días. Y vaya que está teniendo la así
llamada minería marina gran
auge, pues los costos de extracción del áureo mineral en tierra están
incrementándose debido a que cada vez se deben de hacer más profundos
los tiros de las minas para hallarlo,
y a pesar de que por su escasez los precios han subido considerablemente
(por ejemplo, en 2005 una onza valía 445 dólares y en la actualidad
ronda los 603 dólares), en algunos casos la disminuida extracción no
compensa el dinero invertido a la hora de hacer los mineros sus felices cuentas. Uno de tales emprendedores
buscadores de oro es el señor David Heydon, un australiano que abrogándose
el derecho de escudriñar el fondo marino, alegando que a nadie le
pertenece, está aplicando un método masivo de perforación, en el cual
se emplea un robot submarino que pesa seis toneladas y tiene una altura de
tres metros, que con un enorme taladro deshace en cuestión de minutos la
capa rocosa del lecho marino, levantando tremendas cantidades de arena y
roca molida que se desparraman por todos los alrededores y tardan varios días
en volver a asentarse, si no es que el referido robot vuelva a perforar en
otro nuevo sitio para la tan ansiada búsqueda del oro y levante aún más
material pétreo y arenoso. Tales infames perforaciones se realizan
justamente en donde apagadas fumarolas marinas se ubican, pues desde hace unos años, por
desgracia, se halló que son fuentes mucho más ricas de metales, tales
como el oro, la plata, el cobre y el zinc, entre otros. Esas fumarolas, cuando están activas, son una especie de géiseres
marinos que constantemente están arrojando agua hirviente, acompañada de
minerales, lo cual las vuelve altamente corrosivas e imposibles de
explotar. No así las fumarolas apagadas, las que sí
están en condiciones de que el referido robot las haga añicos en
segundos. Así que con la ya documentada información de la riqueza,
sobre todo aurífera, que puede extraerse de tales sitios, mucho más que
en tierra firme, Heydon fundó la empresa Nautilus Minerals, con la cual
pretende, casi casi, adueñarse del fondo marino que no forme parte de las
aguas territoriales de país alguno y demoler a sus anchas cuanta fumarola
apagada se encuentre para, según él, hacer el gran negocio de su vida y
contribuir una vez más, a una nueva fiebre
aurífera, pero esta vez en el lecho marino, con muchos
más altos rendimientos. Para ello, Heydon se basa en pasadas
prospecciones que muestran que tales sitios contienen oro a razón de 10
partes por millón, siendo que, en promedio, los depósitos terrestres sólo
contienen una parte por millón. En conferencias que tan emprendedor
marino minero dicta ante futuros y potenciales inversionistas, les
asegura que el big money espera.
Las realiza mostrando un documental, en el cual un pobre cangrejo
marino que está a punto de prensar con sus tenazas a un caracol marino
para alimentarse de él, se enfrenta, de pronto, con el monstruo mecánico
que se encarga de demoler las rocas, cuya destructiva acción avienta
violentamente al pobre animal, quien es envuelto, además, por una densa
nube de arena y del material desecho, para regocijo de los presentes,
quienes inafectados por la antiecológica escena, se frotan las manos con
los números que acompañan tan deleznable acción, y que muestran los
altos porcentajes de metales que el material triturado contendrá, una vez
separados aquéllos. Así, se aprecia que un 12.2 % de los metales
separados durante tal perforación fueron cobre, 4.2% son zinc y una sustancial
proporción de ellos son oro y plata, todo lo cual les hace brillar los ojos a compañías exploradoras, banqueros,
compañías aseguradoras y demás capitalistas
aventureros ávidos de hallar el siguiente gran negocio. Heydon les explica cómo se efectúa ese tipo de minería
marina: el robot perforador se acerca a uno de las apagadas fumarolas, se
pone a triturar material rocoso, el cual es extraído a la superficie por
medio de una tubería de acero de 30 centímetros de diámetro y de hasta
de más de dos kilómetros de longitud, succionado por potentes bombas.
Luego es depositado en un barco especialmente acondicionado, el cual está
siendo construido por una de las empresas que se han asociado a Heydon,
una compañía dragadora belga, Jan
de Nul, que podrá almacenar hasta ¡24,000 toneladas de roca molida
en sus entrañas!, lo que da una idea de que las perforaciones se llevarán
indiscriminadamente. El material obtenido es llevado luego a tierra para
ser separado y ¡todos felices y contentos, a disfrutar a lo grande de los
metales y las ganancias logradas! De momento, para los trabajos
exploratorios, Heydon emplea un barco más pequeño, de
menor capacidad.
Desde
luego que lo que Heydon no muestra, son también los potenciales daños
que tan invasivo, destructivo método provocará en el mar, pues las
enormes nubes de polvo y arena levantadas por la acción perforadora, se
desparraman por todas partes, formando lo que un científico, el señor
Rod Fujita, perteneciente a la organización Defensa del Medioambiente, ha
bautizado como smog marino, el cual será tan perjudicial tanto para las aguas,
como para las especies marinas, que de hacerse las explotaciones en escala
industrial, como Heydon planea, podría tardar hasta ¡40 años en
asentarse en el fondo! Así que imaginemos que todo ese polvo y arena
disueltos puedan, por ejemplo, invadir las branquias de peces o sus
aparatos digestivos, y matarlos irremediablemente, que cubran la luz
solar, tan necesaria para las colonias coralíferas, matándolas
igualmente por la falta de luz solar, así también como para el plancton,
el cual vive de la fotosíntesis que realiza con dicha luz y que es el
primer eslabón de la cadena alimenticia marina, lo que en un caso ya
extremo, pudiera provocar la muerte de toda la fauna oceánica. Por otro
lado, muchos de esos sitios en donde se pretende perforar, ni siquiera se
han investigado completamente y se desconoce qué otras especies pudieran
habitar en él, las que quizá ni siquiera se han descubierto. Esas y
otras fatales consecuencias irían provocando, como señalé, una lenta
muerte de buena parte de la fauna marina, lo que, indudablemente, provocaría
un desequilibrio ecológico oceánico de insospechadas consecuencias que,
finalmente, redundaría en nuestra propia existencia, pues más del 70% de
nuestros alimentos provienen del mar, además de que es regulador del
clima y parte vital del ciclo hidrológico. No se conforma Heydon con todo
el daño hecho ya a los mares del planeta – ni con el daño ecológico,
en general, ya ocasionado en tierra y aire –, cuyo fondo está plagado
de basura, además de que buena parte de las aguas negras producidas por
innumerables ciudades se depositan allí, no, aquél tiene que seguir contribuyendo a su destrucción.
Sin
embargo, a su favor, alega que
los ambientalistas y grupos ecologistas que lo critican, lo hacen sin
saber a “ciencia cierta” el impacto que la minería marina va a tener.
Cínicamente declara: “La mera verdad es que este tipo de minería tendrá
un mínimo impacto en el mar y en el medio ambiente. Se daña más al
planeta con las explotaciones terrestres”. Sí, claro, tiene razón en
que la minería terrestre ha destruido, como ya dije, desde tiempos
antiguos, brutalmente grandes extensiones de zonas boscosas y selváticas,
además de la contaminación de los ríos y lagos que sigue por el llamado
beneficio metalúrgico (o sea, el método para separar los metales
del material rocoso), pero ello, de ninguna manera justifica que ahora se pretenda provocar un nuevo daño, ahora al mar, sólo
porque ya se hace en tierra. Por “razonamientos” tan inmorales
como los de Heydon es que hemos llevado al planeta al borde de un colapso
ecológico cada vez más cercano y terrible.
De todos modos, muy acomedido,
Heydon, por su cuenta, le está pagando a un equipo de eficientes biólogos marinos, para ¡nada menos que certifiquen con
sus investigaciones que ningún daño de importancia provoca la biología
marina! Esto es ridículo, pues es como si la mayor fabricante de
organismos genéticamente modificados, Monsanto, pagara a grupos de científicos
para que certificaran la inocuidad de su maíz transgénico. Es absurdo,
pues ¿cómo podrá creerse en la objetividad de sus resultados?, porque
seguramente deberán reportar sus científicos pagados, en todo momento,
que no hay daño por la
actividad de su patrón, pues de otro modo, no recibirían su paga. Puede
darnos una idea de la falta de ética profesional, la opinión emitida por
una de sus científicas, la señora Cindy Van Dover, del Laboratorio
Marino de la Universidad de Duke, la cual declara enfática: “En cuanto
a los caracoles que existen en las fumarolas apagadas, pues seguramente
también viven en otros lados, así que no hay por qué preocuparse. Además,
estos sitios periódicamente son afectados por erupciones submarinas, así
que las especies que allí pudieran habitar, seguramente
están muy bien adaptadas para condiciones muy rudas de vida o para
eventuales desastres. Y de todos modos, si una de esas apagadas
fumarolas es destruida, pues no es algo infrecuente, así que si eso
sucede, que son destruidas por medios naturales, pues que se haga minería
en una que otra, la verdad, yo no le
veo mayor problema” (el subrayado a sus desafortunadas declaraciones
es mío). Así que si este tipo de ética profesional va a ser la misma que aplique Heydon en su
aventurerismo minero, pues es muy probable que se avecine un nuevo
desastre ecológico del que, como dije, ni siquiera se conozcan las
consecuencias que tendrá.
Lo
peor de todo es que algunos científicos serios, como el mencionado
Fujita, a pesar de que han advertido de ese problema a organizaciones de
protección ecológica, tales como Greenpeace o Conservación Natural
(Natural Conservancy), extrañamente no han obtenido respuesta alguna de
tales organismos, quienes mostraron muy poco interés en el asunto.
Mientras
tantos, las acciones de Nautilus Minerals suben y suben, convencidos sus
inversionistas de que será el nuevo gran Dorado,
imperturbables por los devastadores efectos que ese big money provocará en el planeta y, desde luego, en su salud, que
ni todo ese big money completo
podrá remediar.
Contacto:
studillac@hotmail.com
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Notas:
[1]
Ésta mencionada siglos atrás, por ejemplo, por el filósofo griego
Platón en su obra “Diálogos”.
[2]
Unas de las obras originales que, a mi parecer, narra los brutales
cambios en todos los niveles impuestos por los españoles, ¡a sangre
y fuego, por supuesto!, entre pueblos indígenas como el de los mexicas,
es el libro escrito hacia 1550 por el oidor Alonso de Zorita, titulado
“Los señores de la Nueva España”, muy obligada obra para todos
aquéllos deseosos de conocer ese otro holocausto
indígena que tomó lugar muchos siglos antes del ya muy conocido
judío, pero que como en aquel entonces no había tecnologías que
permitieran testimoniar aquella terrible, infame carnicería y
destrucción, por eso es que no impacta tanto actualmente.
[3]
Metal que en realidad en tierras mexicas no era tan abundante como la
plata, por ejemplo.
[4]
Consecuencia de esa brutal modificación a los sistemas hidrológicos
naturales, fue que la ciudad de México, ya bajo el régimen español,
sufrió varias fuertes inundaciones durante los siglos que siguieron.
Todavía actualmente muchas zonas de la inmensa zona metropolitana de
la ciudad de México tienden a inundarse.
[5]
Claro que si en la actualidad todavía el ánimo de proteger a la
naturaleza antes que cualquier otra cosa no es tan generalizado,
imaginemos que en ese entonces aquellos mercenarios de lo menos que se
preocuparían sería de la naturaleza, lo que sí hacían los pueblos
conquistados.
[6]
De acuerdo con el doctor en física estadounidense Joe E. Champion, es
posible mediante la llamada transmutación
de los metales, una suerte de alquimia antigua, transformar las
arenas negras de las minas de oro agotadas justamente en oro, por métodos
que apuntó en su libro Producing precious metals at home, obra que fue publicada en 1994.
[7]En
pueblos chinos como Guiyu, es muy común la quema a cielo abierto de
plásticos y tabletas de silicón, con tal de recuperar oro mediante
ese muy contaminador, rudimentario proceso, el cual produce un denso
humo negro muy venenoso y sumamente dañino al medio ambiente y a la
salud. También baños de ácido se aplican a esos desechos a las
orillas de los ríos para recuperar el áureo metal, contaminándose
permanentemente sus aguas.
[8]Lo
que tiene sin cuidado al gobierno panista del estado, el cual ha dado
libre vía a la empresa para actuar, con tan impune dolo, que incluso
ha llevado a varios habitantes del lugar a ser encarcelados
ilegalmente, inventándoles falsos cargos, sólo por defender a su
estado de las brutales acciones destructivas y antiecológicas de la
minera.
[9]
En minas agotadas, se practica una minería
hormiga, que son personas, sobre todo campesinos, quienes mediante
rudimentarios, anticuados métodos, logran extraer de tales minas,
durante varios días de arduo trabajo, pequeñas cantidades del metal,
que luego venden a los compradores. Algo así sucede en el pueblo del
Tunalillo, cerca de Saltillo, ubicado en el mexicano estado de
Coahuila. Estos mineros en pequeño
dicen que el dinero ganado justifica tan penosa, paciente labor, pues
el kilo de oro se les paga entre 100 y 110 mil pesos. Pero para las grandes mineras, tan poco oro extraído de tales
minas, no justificaría la inversión requerida.
[10]
Ya hay precisos mapas que muestran en dónde están localizadas las
fumarolas apagadas.
[11]
Ahí está, por ejemplo, el calentamiento global, debido al cual, los
fenómenos climatológicos tan destructivos como ciclones, huracanes,
tornados y torrenciales lluvias, son cada año más frecuentes, pues
prácticamente es una manera extrema que el ecosistema tiene para
regular la falta de humedad que dicho calentamiento provoca en muchas
áreas, aunado a la brutal deforestación de selvas y bosques, pues tómese
en cuenta que cada día son talados, destruidos o incendiados 40 kilómetros
cuadrados de áreas verdes a nivel mundial.
[12]
A menos, claro, que pueda significar para tales organismos, un
beneficio económico la actividad de Heydon o que también haya
contratado los servicios de “científicos” pertenecientes a ellos,
para confirmar que su actividad no provocará ningún daño, lo cual
sería francamente deleznable.
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