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Biocombustibles:
fantasía y realidad
Por
Hira Jhamtani y Elenita Dano
Red del Tercer Mundo, 05/06/07
La
falsa noción de que los biocombustibles son la panacea para la crisis
energética y el calentamiento del planeta tiende a imponerse.
Mientras que los países ricos se niegan a modificar su producción y
sus modelos de consumo insustentables, los países en desarrollo que
se embarcan en el cultivo de biocombustibles en gran escala inician un
camino destructivo y peligroso.
Actualmente
hay un gran bombo publicitario a escala internacional en torno a los
biocombustibles. Estos materiales son considerados una de las
soluciones a la crisis mundial de energía y el problema del cambio
climático causado por las emisiones de gases de efecto invernadero.
La Unión Europea ve a los biocombustibles como una fuente de “energía
sostenible”, mientras que Estados Unidos los considera “una forma
de salir de la adicción y la dependencia” del petróleo extranjero,
y también como solución tecnológica al cambio climático. A medida
que aumenta la demanda, muchos países en desarrollo ven en los
biocombustibles una nueva mercancía de exportación.
Los
biocombustibles implican en gran medida la producción de etanol
derivado de plantas, como sustituto del combustible diesel derivado de
fósiles. Muchas de las fuentes actuales de biocombustibles se derivan
de cultivos alimenticios como el maíz, la caña de azúcar, la palma
aceitera, la soja y las semillas de colza. Ante la enorme preocupación
por el aumento de los precios de los alimentos debido a la competencia
por la producción de combustible, se estudian las posibilidades de
una nueva generación de combustibles producidos a partir de desechos
agrícolas y forestales, que todavía no son comercialmente viables.
El
biocombustible no es una nueva fuente de energía. Muchas comunidades
de todo el mundo la han utilizado en el pasado, aunque en pequeña
escala y en general en el ámbito doméstico.
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Biocombustible
El
biocombustible no es una nueva fuente de energía. Muchas
comunidades de todo el mundo la han utilizado en el pasado,
aunque en pequeña escala y en general en el ámbito doméstico.
Lo
más preocupante es que este paradigma del mercado se basa en la
falsa creencia de que los biocombustibles ofrecen una solución
tecnológica rápida a la crisis mundial de la energía.
Los
biocombustibles actuales se producen principalmente a partir de
soja, maíz y maní, y también de mandioca, caña de azúcar,
palma aceitera y semillas de colza. Por lo tanto, se prevé que
la competencia entre el biocombustible y el suministro de
alimentos se manifieste tanto en los recursos agrícolas como en
el precio.
Los
biocombustibles han sido promovidos como una fuente de energía
“limpia”. Pero un análisis de su eficiencia y de su ciclo
de vida, desde la producción hasta el uso y las emisiones,
demuestra lo contrario.
Sin
un cambio simultáneo en los modelos de producción y consumo,
los países en desarrollo estarán produciendo combustibles para
otra industria subsidiada del Norte y fomentando estilos de vida
insustentables, e ignorando a la vez las necesidades básicas de
energía de sus propios pueblos. |
En
muchas partes del mundo, los biocombustibles han demostrado potencial
para aumentar el acceso de los pobres a la energía e incluso ofrecer
fuentes de ingreso para los hogares rurales, en especial los
encabezados por mujeres.
Sin
embargo, la gran fanfarria armada en torno a los biocombustibles tiene
un objetivo diferente, que no es precisamente ayudar a los pobres,
cuyo limitado acceso a la energía y a los alimentos está gravemente
amenazado. Los biocombustibles que tanto entusiasman a todo el mundo
no se producen a escala doméstica sino industrial, en la dimensión
del mercado internacional y en un mundo cada vez más globalizado. Lo
más preocupante es que este paradigma del mercado se basa en la falsa
creencia de que los biocombustibles ofrecen una solución tecnológica
rápida a la crisis mundial de la energía.
A
medida que los países dependientes de importaciones de combustibles fósiles
se esfuerzan por encontrar alternativas más económicas y que los países
productores de biocombustibles buscan capturar su posible porción del
mercado, se alimenta la ilusión de que nuestro insustentable sistema
de producción, de consumo y de vida puede mantenerse con
biocombustibles “limpios”, en lugar de los costosos y
contaminantes combustibles fósiles. El énfasis se pone en la atención
de la enorme demanda de las industrias y de los países
industrializados. Esto genera algunas preocupaciones muy importantes
en los países en desarrollo y en el resto del mundo.
Seguridad
alimentaria
Los
biocombustibles actuales se producen principalmente a partir de soja,
maíz y maní, y también de mandioca, caña de azúcar, palma
aceitera y semillas de colza. Por lo tanto, se prevé que la
competencia entre el biocombustible y el suministro de alimentos se
manifieste tanto en los recursos agrícolas como en el precio.
Competencia
por la tierra y los recursos agrícolas. El cultivo en gran escala de
productos para usar como biocombustible generará una nueva
competencia por recursos agrícolas y/o aumentará la competencia
actual entre la producción de alimentos y la de biocombustibles,
principalmente por agua y tierra. Deberían asignarse más tierras a
la producción de biocombustibles, en especial de cereales y otros
cultivos alimenticios, a fin de atender la creciente demanda y
controlar así los precios disparados.
El
problema es que el planeta dispone de poca tierra para destinar al
cultivo de alimentos, mucho menos para destinar al cultivo de
biocombustibles.
Según
estimaciones, más de un tercio de todas las tierras agrícolas deberían
convertirse a la producción de biocombustible para que la participación
de éste en el consumo de combustibles para transporte aumente a diez
por ciento.
El
aumento de la producción de biocombustibles a escala comercial y la
expansión de zonas agrícolas incrementarán sustancialmente la
demanda de agua para fines agrícolas, que ya insumen noventa y tres
por ciento del agua dulce disponible en el planeta. Ya se proyecta que
la cantidad de agua necesaria para la producción de alimentos aumente
de sesenta a noventa por ciento en los próximos cincuenta años,
especialmente si no mejora la productividad de agua. Si a esto
agregamos la demanda de producción de biocombustibles y las
consecuencias del cambio climático sobre el suministro de agua, el
planeta se enfrentará a una nueva crisis.
En
la competencia entre alimentos y combustibles, los pobres, que tienen
acceso limitado al control sobre la tierra y que deben luchar por el
agua en muchos casos, llevan todas las de perder.
Aumento
de los precios de los alimentos. Se prevé que los cultivos
alimenticios, en particular los cereales, se producirán más como
combustible que como alimento humano o animal. Aunque la segmentación
de precios en el mercado internacional de productos básicos pueda no
ser un problema, la creciente demanda de productos que se venden también
como alimento humano o animal naturalmente elevaría su precio. En
2006, los precios del azúcar se duplicaron –impulsados en parte por
el uso de caña azucarera como combustible en Brasil– y los del maíz
y el trigo aumentaron veinticinco por ciento. Se proyecta que, si se
mantiene el actual ritmo de aumento de la demanda de biocombustibles,
para 2020 el precio del trigo aumentará treinta por ciento, el del maíz
cuarenta y uno por ciento, y el de las semillas oleaginosas 76,6 por
ciento.
Para
las personas más pobres del mundo, que destinan al menos la mitad de
sus ingresos a la compra de alimentos, el aumento del precio de los
cereales puede significar una amenaza para la subsistencia. Los
precios más caros marginarían todavía más a los pobres del mundo,
cuyo acceso fundamental a los alimentos suele verse obstaculizado por
fluctuaciones de la oferta, la demanda y los precios. Se desviarían
así fuentes de carbohidratos y proteínas de las personas al mercado
de la energía. Asimismo, los altos costos de los alimentos para
animales dejarían a los productores ganaderos y avícolas fuera del
negocio, privando a millones de familias pobres de su fuente de
sustento.
El
aumento de ingresos que los agricultores previsiblemente obtendrán
por la subida de los precios de sus cosechas si plantan para producir
biocombustibles será contrarrestado entonces por los altos precios
que deberán pagar para alimentar a sus familias. Seguridad
alimentaria bajo amenaza. En definitiva, lo que está en juego es la
seguridad alimentaria del mundo. La reiterada afirmación de que el
mundo produce el doble de alimentos de lo que su población necesita
puede dejar de ser verdad ante la competencia de los biocombustibles.
Con
los pésimos sistemas de distribución de alimentos y el acceso
desigual a ellos, los pobres del mundo sufrirán más las
consecuencias de la producción masiva de biocombustibles.
Problemas
ambientales
Los
biocombustibles han sido promovidos como una fuente de energía
“limpia”. Pero un análisis de su eficiencia y de su ciclo de
vida, desde la producción hasta el uso y las emisiones, demuestra lo
contrario. Lamentablemente, el impacto ambiental de la producción de
biocombustible ha sido ignorado en medio del entusiasmo por la promesa
de una alternativa “limpia” a los combustibles fósiles.
En
realidad, la producción comercial de biocombustibles requiere más
combustibles fósiles. La relación de energía de los biocombustibles
(la cantidad de energía fósil que insume la producción de biomasa
comparada con la energía que produce) no es nada prometedora. Según
los investigadores David Pimentel y Tad Patzek, esa relación sería
negativa. Para otros investigadores, el retorno sería de apenas 1,2 a
1,8. El del etanol sería el más alto. Los expertos no se muestran
optimistas en cuanto a los biocombustibles de celulosa.
Paradójicamente,
la producción de biocombustibles a escala industrial dependerá de
los combustibles fósiles para el funcionamiento de las plantas de
procesamiento y de los camiones y buques cisterna que transportarán
los productos finales a sus respectivos destinos. En la hipótesis más
pesimista, lo que se pueda ahorrar de emisiones de gases de efecto
invernadero gracias a la adopción de biocombustibles podría ser
contrarrestado por el aumento del uso de combustibles fósiles para la
producción de biocombustibles a escala industrial.
Mayor
dependencia de insumos agrícolas basados en combustibles fósiles. En
un giro paradójico, la producción comercial de biocombustible basada
en sistemas de monocultivo industrial e intensivo aumentará el uso de
insumos agrícolas basados en combustibles fósiles, como los
fertilizantes inorgánicos y los pesticidas químicos, con los
consiguientes problemas de contaminación del agua y del suelo. La
producción industrial de maíz, por ejemplo, exige altas cantidades
de fertilizantes de nitrógeno químico y del herbicida atrazina. La
soja requiere también enormes cantidades del herbicida no selectivo
Roundup, que altera la ecología del suelo y produce “superhierbas”.
La producción intensiva y los monocultivos provocan una gran erosión
de la capa superficial del suelo y del agua superficial y subterránea,
debido a la escorrentía de pesticidas y fertilizantes. Cada litro de
etanol insume de tres a cuatro litros de agua en la producción de
biomasa.
Cultivos
modificados genéticamente. El bombo publicitario sobre los
biocombustibles presenta una lucrativa oportunidad para la promoción
de cultivos modificados genéticamente (transgénicos). Actualmente,
cincuenta y dos por ciento del maíz, ochenta y nueve por ciento de la
soja y cincuenta por ciento de la canola que se plantan en Estados
Unidos son transgénicos, y gran parte se usa ya para la producción
de biocombustible. La expansión de los cultivos de semillas
oleaginosas y cereales transgénicos para biocombustible puede
contaminar el suministro de alimentos, como quedó demostrado por
numerosos ejemplos de introducción de cultivos transgénicos no
destinados al consumo humano en la cadena alimentaria, incluso fuera
del país en que tuvo lugar la contaminación.
Asimismo,
los árboles manipulados genéticamente para que crezcan más rápido,
destinados a transformarse en biocombustible, presentan riesgos
ambientales que no han sido adecuadamente evaluados. Por ejemplo, poco
se sabe sobre las posibles consecuencias de la introducción de estos
árboles sobre otras especies forestales, así como sobre la
biodiversidad forestal en general.
Deforestación
Además,
existe el problema de la deforestación en los países en desarrollo
tropicales. Indonesia es el mejor ejemplo. Este país proyecta ampliar
las plantaciones de palma aceitera para satisfacer la demanda nacional
y extranjera de biocombustible. Las plantaciones de palma aceitera están
asociadas con incendios forestales y de otras tierras que, en los últimos
veinte años, han causado un grave daño a la biodiversidad, además
de empeorar la degradación ecológica y provocar nubes
transfronterizas de humo tóxico que pone en riesgo la salud humana y
causan pérdidas económicas. Aunque el problema de los bosques y los
incendios forestales permanece sin resolver, la creciente demanda de
aceite de palma de Europa para su uso como biocombustible ha generado
una nueva presión sobre los bosques de Indonesia.
De
manera similar, los monocultivos de soja de gran escala han dañado más
de treinta y siete millones de hectáreas de bosques y pasturas en
Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay. Para satisfacer la demanda
mundial, solo Brasil tendría que talar sesenta millones de hectáreas
más de bosques. Esta tala aumentaría el impacto de la deforestación
de bosques tropicales, con consecuencias que abarcarían desde
inundaciones hasta sequías y erosión. Una vez más, esta tendencia
contraría el propósito de los biocombustibles como alternativa más
limpia y ambientalmente sustentable que los combustibles fósiles.
Más
importante aún, la desforestación sigue amenazando la supervivencia
de pueblos indígenas, residentes de zonas forestales y pobres rurales
cuyo sustento e identidad cultural dependen de los bosques.
¿Quién
se beneficia?
Sin
un cambio fundamental del paradigma, un mero ajuste tecnológico podría
agravar la inequidad entre ricos y pobres. Esto se aplica también a
los biocombustibles. Una transición a los biocombustibles basada en
el fundamentalismo de mercado no logrará aumentar el acceso de los
pobres a la energía. Por el contrario, simplemente repetirá la
experiencia mundial sobre la energía derivada de los combustibles fósiles,
en la que los subsidios, los mecanismos del mercado y el control de
las grandes empresas sobre la tecnología condujeron a un acceso
desigual a la energía, precios distorsionados, operaciones
cartelizadas y problemas ambientales.
Sin
un cambio simultáneo en los modelos de producción y consumo, los países
en desarrollo estarán produciendo combustibles para otra industria
subsidiada del Norte y fomentando estilos de vida insustentables, e
ignorando a la vez las necesidades básicas de energía de sus propios
pueblos. Es obvio que la Unión Europa, Estados Unidos y quizá otros
países industrializados, como Japón, no pueden producir todo el
biocombustible que necesitan. Sus empresas se están expandiendo hacia
países en desarrollo, donde hay abundante tierra, mano de obra
barata, y normas ambientales y sociales poco estrictas.
Y
después de la “moda” del biocombustible, ¿qué?
Algunas
proyecciones demuestran que el entusiasmo por los biocombustibles
puede ser transitorio, según el precio y la oferta de combustibles fósiles.
A medida que más y más países en desarrollo entren en el mercado de
los biocombustibles, los precios inevitablemente comenzarán a bajar.
El mundo en desarrollo podría terminar con millones de hectáreas
plantadas con cereales y semillas oleaginosas, y esto podría provocar
un desplome de los precios y el consiguiente abandono de las
plantaciones, como ocurrió en el centro de Filipinas en los años
ochenta con la caña de azúcar, cuando se popularizó el azúcar de
maíz y el precio de la caña azucarera cayó estrepitosamente. Ese daño
sería irreparable, dado que reconvertir esas tierras para cultivos
alimenticios sería demasiado costoso, si no imposible. Los países en
desarrollo corren riesgo de reproducir la desastrosa experiencia de la
década del ochenta, cuando un país tras otro, por consejo del Banco
Mundial, ingresó en el mercado de los productos básicos con los
mismos cultivos, lo que provocó un desplome de los precios.
Para
prevenir otra catástrofe similar, los países en desarrollo debería
hacer un análisis cuidadoso de las trampas que tienen en su camino.
En lugar de apostar todo su esfuerzo y sus limitados recursos a una
opción tecnológica, los gobiernos auténticamente preocupados por la
crisis mundial de energía deberían estudiar todas sus fuentes
nacionales de energía limpia, como el viento, el sol, el agua y el
biogás de los desechos, principalmente mediante una producción
comunitaria, para incrementar el acceso de los pobres a la energía y
brindar oportunidades de sustento a los pobres rurales, en especial a
las mujeres. El autoabastecimiento debe ser el paradigma de cualquier
avance tecnológico en materia de energía.
(*)
Hira Jhamtani y Elenita Dano son investigadoras asociadas de Third
World Network (TWN) residentes en Bali (Indonesia) y Mindanao
(Filipinas), respectivamente.
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