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Salud,
droga y guerras en la Unión Europea
Por
Leyla Carrillo
Entorno, Año 5 Número 64, 09/08/07
Alguien preguntaría
sobre las razones para vincular las tres palabras. Y la respuesta no debe
sorprender, porque en el mundo convulso del siglo XXI todos los males se
entremezclan.
Los niños iraquíes
fueron diezmados, desde la Guerra del Golfo, a causa del bloqueo impuesto
por la ONU, garantizado por tropas estadounidenses y británicas. Hoy las
muertes resultantes de la genocida guerra emprendida contra los civiles
iraquíes –la segunda que pretendió “democratizar” al país– poco
interesan a los poderosos de la Unión Europea. Las condiciones sanitarias
se definen no sólo por el empleo de armas “inteligentes”, sino por la
carencia de agua potable, alimentación, asistencia médica y
electricidad. Otra vez la guerra se ensaña sobre la salud de las capas más
vulnerables.
¿Cuántas son las bajas?
¿600 mil, un millón? Quién sabe cuántas vidas segará esta nueva
guerra y sus consecuencias para el futuro de otras naciones, posibles víctimas
de una nueva agresión. Los soldados estadounidenses y europeos que
emplearon el uranio empobrecido, en la Guerra del Golfo y en la ex
Yugoslavia, tampoco importan a los estrategas: su salud se contagió,
tanto como la de los invadidos.
Las tropas que permanecen
en Afganistán apenas conocían dónde se encontraba ese país, salvo el
imperativo militar de “combatir al enemigo talibán y fundamentalista
que había atacado las Torres Gemelas”. Algunos pueden aducir la
casualidad, pero el comercio del opio proveniente del Estado asiático se
ha quintuplicado, junto al consumo de drogas en varios rincones del
continente europeo.
La droga es un flagelo
contra la salud mental y física de los seres humanos. La Organización
Mundial de la Salud insiste en su objetivo de eliminar el tráfico ilícito
de estupefacientes, mientras éste florece en varios países de la Unión
Europea. Muchos Estados miembros de las Naciones Unidas, desde 1990,
contemplan este mal como un delito penal internacional, pero no todos
suscribieron la Convención. Varios países integrantes de la UE dedican
particular empeño a la confiscación de alijos de drogas destinados al
Continente. Se destacan en este empeño: Francia, Reino Unido, Alemania,
Grecia y Países Bajos, pero resulta insuficiente. Es innegable un vínculo
entre los delitos cometidos bajo la influencia de las drogas. Sin embargo,
la legislación existente sobre sanciones por tráfico o cifras
permisibles para el consumo es tan heterogénea como las costumbres y
tradiciones de cada Estado miembro de la Unión.
Especialmente EUROPOL
(agencia policial de la Unión Europea) ha adoptado desde 2005 varios
programas con una estrategia a largo plazo, basados en la prevención y el
seguimiento de acciones aduaneras comunitarias, que difiere abismalmente
entre los países más y menos desarrollados.
El propósito esencial
para el comercio de estupefacientes es el lucro desmedido, una de las
fuentes más persistentes y con mayores argucias del mundo. El caldo de
cultivo para la drogadicción proviene del consumismo, la enajenación del
ser humano, las diferencias sociales, la creciente privatización de la
asistencia sanitaria y los variables recorridos de la droga, que inciden
especialmente sobre la juventud europea. Así encontramos que el vínculo salud–droga–guerra
es lógico para los traficantes, las empresas y los individuos que buscan
enriquecerse a cualquier precio.
Pero la Unión Europea no
sólo sufre el tráfico. También la producción de anfetaminas se
concentra en Europa central y occidental, especialmente en Bélgica, Países
Bajos y Polonia. El éxtasis es un producto europeo y los historiadores
citan con frecuencia que Hitler lo consumía. Los hongos alucilógenos, la
quetamina y 14 nuevas sustancias psicoactivas revelan el peligro al que se
enfrentan los europeos.
Un
fenómeno incontrolable
Igualmente se incrementa
el consumo de cocaína, con sus nefastas consecuencias neurológicas. La
heroína, proveniente fundamentalmente de Afganistán, se expande en la
Unión Europea, puesto que el país ocupado es el primer suministrador de
opio ilícito, con el 89% de la producción mundial. Por ello no es ocioso
intuir que cuanto soldado o asesor otanista “colabore” en ese país,
incrementa el riesgo de volverse adicto a esa droga.
El consumo de algunas
drogas inyectables, acarrean el SIDA y otras enfermedades infecciosas, con
mayor incidencia en casos seropositivos. Pero de todas, la de mayor
consumo en la Unión es la marihuana, con su paliativo nombre botánico de
cannabis.
El fenómeno de la droga
resulta incontrolable, tanto debido al pudor, al temor social, familiar o
laboral, que mantiene oculta la adicción, como por el descontrol lógico
en sociedades donde el paciente sólo es conocido en situaciones extremas,
cuando enferma o se resquebraja su moral y se ve obligado a costear la
curación, que puede ser temporal o casuística. Por eso las estadísticas
no pueden reflejar toda su realidad.
El destape postfranquista
en España –que desinhibió las costumbres católicas–, la
benevolencia holandesa (que permite portar mayor cantidad de droga para el
consumo a sus ciudadanos) y hábitos ficticiamente incitantes de la
sensualidad en Francia, son factores que cuentan en el incremento de la
droga. La guerra, altera a quienes arremeten contra la población civil
durante las acciones programadas por el imperialismo. Y pagan los
soldados, afectados sicológicamente, al regreso a casa.
Estimados oficiales del
Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanía del año 2006 señalan
cifras –que hay que tomar a discreción por las deficiencias en los
controles– pero alertan sobre un flagelo extendido en ese continente. El
consumo de marihuana fluctúa en un adulto de cada cinco: 22,5 millones el
año pasado. El de cocaína: 3,5 millones; el de éxtasis: 8,5 millones;
de anfetaminas: 2 millones y las opiáceas: 1 de cada ocho adultos entre
mil pacientes, sustancias que al integrar también medicinas recetadas por
los médicos, han provocado siete mil fallecidos. Como se apreciará, la
drogadicción europea no es comparable con la estadounidense, el tráfico
ilícito se le acerca más. Ambos fenómenos son altamente preocupantes.
Y a nivel de países, las
estadísticas señalan, que entre 15 y 64 años de edad, la mayor
consumidora de marihuana es España con el 11,3%, seguida por el Reino
Unido y la República Checa, con el 10,9% y Francia, con el 9,8%. España
es la mayor consumidora de cocaína (2,7%), seguida por Italia e Irlanda,
con el 1,1% y Alemania con el 1. Los mayores consumidores de anfetaminas
son Rumania: 1,6, Estonia, con 1,4, Dinamarca, con 1,3 y la República
Checa, 1,1. ¿Será casual que los principales indicadores –salvo uno–
recaigan sobre países que fueron socialistas?
Este estudio no
representa una hecatombe, pero ilustra los peligros que se ciernen sobre
la Unión Europea en el orden de un delito penal internacional y la salud,
uno de los factores descuidados respecto a los derechos humanos de sus
ciudadanos. No es predecible cómo resolverlo, porque los males intrínsecos
de la sociedad capitalista desarrollada se supone que no existan. Al menos
es lo que dice la propaganda imperialista.
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