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Piratería pesquera, descontento social y sobrevivencia
en las costas de
Oaxaca
Por Adán Salgado Andrade
Enviado por el autor, octubre 2007
Puerto Ángel,
Oaxaca. Una soleada mañana se posa sobre Puerto Ángel,
paradisíaca playa ubicada a unos 300 kilómetros de la
capital oaxaqueña y a unos 10 de Pochutla, el poblado en
tierra firme más cercano. Varias posadas, hostales y pequeños
hoteles se ubican allí, así como restaurantes, tiendas de
abarrotes, alguna farmacia... todo mezclado con las casas de
los puertoangelinos,
la gran mayoría modestas construcciones de tabiques y
techos de lámina, las cuales evidencian el bajo nivel económico
que la mayoría de aquéllos comparten. Algunas calles están
asfaltadas, otras, no, y simplemente lucen muy naturales, cubiertas por la
tierra arenosa predominante en los lugares costeros. Por las
noches un pobre alumbrado se encarga de medio mostrar el
accidentado camino que tan escasa urbanización proporciona
al andante.
Ya
que Puerto Ángel es una bahía, sus aguas resultan ideales
para nadar, debido al bajo oleaje que se forma durante el día,
como en ese momento, en que, por fortuna, para los
habitantes de tan turístico sitio, amaneció
“despejadito”, luego de varios días de mal tiempo,
tormentas tropicales y huracanes. Eso les permite a los
pobladores ganarse el sustento de esa jornada, especialmente
a aquéllos que, como 8 de cada 10 hacen, viven del turismo,
tanto nacional, como internacional, que acude a esos sitios,
siendo la mayor parte del internacional mayoritariamente
europeo: franceses, españoles, alemanes...
Uno
de tales trabajadores turísticos es Vicente, un costeño
treintón, muy requemado por el intenso sol, quien vestido sólo
con unos desgastados bermudas, ofrece a cuanto visitante
acude a la playa una mesa en el restaurante para el que aquél
labora, una silla de playa y hasta un “tour” en lancha
“en donde lo’ llevamo’ a recorrer toda la bahía,
toda’ las playitas, amigo, le damos una caña para que
pesque y puede nadar y bucear... dura cuatro horas
completitas y le cuesta nada más ciento setenta y cinco
pesos, barato, amigo, barato”, suelta de corrido su
publicitaria perorata. Su moreno rostro, con huellasa de
acne y una mal cicatrizada vieja herida, evidencian la dura
vida por la que ha transitado Vicente. No es el único, por
supuesto, que se nos acerca, pues otros tres hombres lo
hacen, cada uno tratando de convencer al paseante de que su
restaurante tiene la mejor comida, de que sus sillas
playeras son las más cómodas y de que su recorrido por
lancha es el más atractivo y completo. Nos decidimos por el
de Vicente, pero como tomará una media hora que su compañero
de lancha regrese del viaje anterior, aprovechamos para
platicar con él. “Así que también podemos pescar”,
comento. “Pos sí, pero ya no hay muchos peces... antes
había de todo, atunes, tiburones, herros, arenquitos,
dorados, tortugas... pero ya se están acabando, amigo... ¿sabe
por qué?, porque vienen 30, 40 barcos de los atuneros y
pescan sin permiso y echan red y por eso se están acabando
los peces”, nos comenta, muy irritado, refiriéndose a la
pesca llamada “pirata”, que barcos pesqueros
extranjeros, sobre todo estadounidenses y japoneses
practican en otras aguas distintas a las suyas. Esta
detestable práctica, conocida también como “pesca
irregular, ilegal y no reportada” (Illegal, unreported and
unregulated fishing, IUU), constituye un verdadero azote
tanto para la vida marina, como para aquellas pobres
naciones que, por su escasez de recursos para proteger sus
costas, no pueden evitar que embarcaciones extranjeras las
invadan y barran, literalmente, con sus especies piscícolas.
Tales
embarcaciones navegan bajo banderas de países “huéspedes”
que les “alquilan” sus banderas, a veces por cantidades
irrisorias de 500 dólares. Entre éstos tenemos a Malta,
Panamá, Belice, Honduras y las Granadas. Esos países huéspedes
son los que no tienen convenios de pesca regionales con
otras naciones y que, por lo mismo, no deben de cumplir con
cuotas de producción o regulaciones de las redes usadas
para la actividad, por lo que sus banderas al ser empleadas
por piratas, les permiten a éstos navegar sin ningún
problema en las aguas de las naciones en donde pescan
ilegalmente, en especial aquéllas que, como dije, carecen
de recursos para cuidar sus recursos marítimos, que son
bastantes. Así, los piratas pesqueros, además de robarse
su pescado, les roban también la posibilidad de obtener algún
ingreso, evitando que tales países pudieran vender
directamente todos los peces que no son atrapados por sus
propios barcos, justo como le sucede a México, allí en las
costas oaxaqueñas y, en general a lo largo de sus líneas
costeras. Naciones como la pobrísima Somalia, pierde
alrededor de 300 millones de dólares anuales por la pesca
pirata, ingreso muy importante en ese país del llamado
“cuarto mundo”. Igualmente Guinea, otro pobre país,
deja de vender unos 100 millones de dólares de peces de sus
litorales. En todo el mundo se estima que al año se pierden
alrededor de $4000 millones de dólares debido a la pesca
pirata que realizan unas 1300 embarcaciones que andan al
acecho por todo el mundo, cual depredadoras marinas.
Pero
además otro gravísimo problema es el que esos barcos
pescan mediante bárbaros métodos masivos tales como las
redes de arrastre o las llamadas “líneas de pesca”. Las
primeras, son grandísimas redes, de hasta dos kilómetros
de circunferencia, las cuales son arrojadas al fondo marino,
al que llegan gracias a lastres que se les colocan a los
lados. De esa manera, el barco que la emplea la va jalando
durante varios días, con el deleznable resultado de que a
su destructivo paso atrapan todo, no sólo la especie en
particular que los piratas están buscando, atún, por
ejemplo, sino un sinfín de otras especies que no son “útiles”
comercialmente para aquéllos y que simplemente se desechan
cuando las redes se izan y se separa el contenido que
atraparon.
Este
infame “desperdicio” se estima que asciende a unos ¡27
millones de toneladas al año! Se recordará que Estados
Unidos hace pocos años “embargó” las compras de atún
mexicano debido a la pesca colateral y sin embargo, tolera
perfectamente las actividades de los pesqueros piratas pues
es uno de tantos países que les “blanquean” sus
capturas piscícolas. Véase, pues, la hipocresía con que
aquel país actúa. Un elocuente caso que involucra
“captura indeseada” lo representa el camarón, especie
cada vez más escasa (me refiero a las especies libres, no
cultivadas), y que por lo mismo, los piratas arrastran por
decenas de kilómetros sus enormes redes para hacerse de
suficiente cantidad. Sin embargo, el índice de otras
especies atrapadas y que simplemente se tiran, así nomás,
es muy alto, pues por cada kilo de camarón atrapado, se
desechan de tres a cuatro kilos de distintas especies,
incluyendo tortugas, tiburones (de éstos, sólo aprovechan
las aletas, con las que se elaboran las cápsulas de cartílago
de tiburón), delfines y otras especies menos abundantes.
Aunque
la pesca de camarón sólo representa el 3% de la pesca
mundial, es directamente responsable de un 27% del
desperdicio de la llamada “pesca colateral”. Otro daño
adicional se produce en los arrecifes coralinos, que son
destruidos irreversiblemente por tales redes, lo que también
representa un daño ecológico grave, pues los corales
constituyen un importante enclave ecológico oceánico, dado
que en ellos viven y se reproducen cientos de especies
marinas importantes para la cadena reproductiva marina. El
otro bárbaro método empleado por los pescadores piratas
para capturar peces son las llamadas “líneas”, que son
larguísimas cuerdas de varios kilómetros, a las que se les
cuelgan anzuelos cebados con carne de pez. Por desgracia, no
sólo atraen a los peces, sino también a los pájaros,
quienes los comen, pero quedan atrapados de sus picos al
engancharse y mueren en consecuencia, siendo muchos de ellos
especies marinas en peligro de extinción, tales como los
albatros. Un conservador cálculo, indica que más de medio
millón de aves han muerto de esa manera tan miserable y bárbara
en los últimos cuatro años. Y ya cuando los pescadores
piratas tienen listos sus jugosos botines, los venden a
barcos-fábrica pertenecientes a países que son cómplices
de las actividades de aquéllos – países que pertenecen a
la Unión Europea, principalmente España, además de Taiwán,
Panamá y Honduras –, quienes los mezclan con las pescas
legales que llevan a bordo con lo que, digamos, “lavan”
la pesca pirata y ya todo el producto procesado es vendido
“legalmente” en puertos “respetables” tales como Las
Palmas o Suva (a pesar de que en México ya se aprobaron
leyes que elevan a seguridad nacional la actividad pesquera,
seguramente los piratas pesqueros continuarán con sus prácticas,
pues vivimos en un mundo en el cual, con todo y que hay
tantas leyes nacionales e internacionales prohibiendo muchas
cosas, entre ellas la piratería pesquera, se continúa violándolas,
pues la corrupción, las necesidades de ganancia – sea ésta
legal o ilegal – del insaciable capitalismo salvaje y el
poco respeto por el medio ambiente que en general hay en el
mundo, seguirán tolerando tan deleznable actividad). Y si
ya de por sí la pesca, digamos que legal, está
disminuyendo a un ritmo cada vez más impresionante el
volumen de las especies que más se consumen, las llamadas
“depredadoras” – que son las que se alimentan de otros
peces y que constituyen un factor clave que indica la salud
del ecosistema marino, tales como el atún, pez espada,
bacalao, halibut, raya, lenguado, pez vela, entre otras –,
si se aúna la pesca pirata, pues el problema se agrava aún
más.
La
FAO estima que alrededor del 70% de las zonas pesqueras del
planeta están explotadas a plena capacidad, sobreexplotadas
o, de plano, en franca disminución de las especies marinas
comerciales que poseen. Y si además de tal sobreexplotación,
que por sí misma es muy grave, agregamos la enorme
contaminación que las actividades humanas están
produciendo en el mar (aparte de los desechos tóxicos,
actividades como la llamada “minería marina”, están
destruyendo aceleradamente la ecología oceánica. Ver mi
artículo en Internet “Minería marina, nuevo desastre
ecológico a punto de estallar”), los mares muy pronto
dejarán de ser una fuente alimentaria segura. En pocas
palabras, ¡nos estamos quedando sin peces! Lo peor de todo
es que la ecología oceánica, con tal de establecer cierto
equilibrio, llenará los vacíos de las especies de peces
que se vayan extinguiendo o acabando con otras que ni tienen
valor “comercial”, ni se pueden comer, como las medusas,
por ejemplo. Esto sería el equivalente de que, por ejemplo,
se destruyera una selva, por un incendio, pongamos, y luego
la única planta que creciera después fuera puro zacate y
de fauna animal, sólo quedaran lagartijas y arañas, nada
de eso nos ayudaría a alimentarnos. Es el riesgo que podríamos
enfrentar en muy poco tiempo, mares vacíos, sin vida, o
habitados simplemente por medusas, estrellas marinas,
bacterias o algas ponzoñosas (las mareas rojas son un buen
ejemplo de esto, pues se trata de aguas contaminadísimas de
algas marinas microscópicas – dinoflagelados –
sumamente tóxicas – karenia
brevis y alexandrium fundyense –, en las que ninguna otra
especie marina crece, aparte de que dichas algas producen
una sustancia sumamente venenosa, la saxitocina, un
neurobloqueador que paraliza y mata a las personas que
entren en contacto con él).
Y
de que cada vez hay menos peces para capturar, justamente es
de lo que se queja en esos momentos Vicente, lo cual es en
demérito de aquéllos habitantes que viven de la venta del
pescado que sacan del lugar. “Y los pocos que hay, ya ni
caen en los anzuelos que usamos nosotros... tenemos que
comprar de los de fayuca, porque son de colorcitos,
pa’ que los canijos peces piquen”, dice, refiriéndose
al problema de las líneas
de pesca que menciono arriba, pues éstas son dotadas de
los anzuelos de colores de los que habla Vicente, así que
los peces se van acostumbrando a ellos y no hacen caso de
los anzuelos de coco en forma de pez hechos por los propios
pescadores . “Y
como el pinche gobierno corrupto no hace nada, por eso ya
quedamos en que nosotros vamos a hundir al siguiente cabrón
barco que se meta a pescar ilegalmente, no nos va a quedar
de otra, amigo, sí, porque yo quiero que mis hijos tengan
qué pescar, así, como yo, que puedan vivir de eso, si
quieren, y que no, cuando crezcan, ni pa’ comer haya
pescados”. Sí, efectivamente, asegura Vicente, la guardia
costera no hace nada para combatir a los piratas pesqueros.
“Fíjese, a veces luego vienen colombianos que se hacen
pasar por pescadores y nada más traen drogas y tampoco les
hacen nada, hacen como que pescan, pero traen pura cocaína”.
Claro, pienso, qué se puede esperar del gobierno mexicano,
si incluso, junto con países como Brasil y la Unión
Europea, se oponen conjuntamente a cualquier intento de restringir el paso de
embarcaciones que naveguen bajo banderas de conveniencia ya
que, señalan, eso sería oponerse al libre comercio. ¡Vaya,
pienso, con México, el gran
defensor del libre comercio, aunque ello tenga como
resultado que así se aliente aún más la piratería
pesquera! Por eso, quizá, la guardia costera no haga nada,
porque los barcos que ilegalmente pescan en nuestras costas,
lo hagan con la complacencia de los gobiernos tan
entreguistas que siempre hemos tenido en nuestro país. Y
también, por supuesto, como declara Vicente, porque los
fuertes sobornos que les hacen a los guardias costeros,
logran que éstos se hagan de la “vista gorda”. “No,
pus a esos cabrones de los marinos los compran con pura
mordida”. Pero además eso, la corrupción entre los
marinos, no es algo exclusivo de ellos, sino que proviene de
las altas esferas de autoridad, las que toleran dichas
actividades. Qué podría esperarse, reflexiono, de un
gobierno que reprimió brutalmente al movimiento social
generado por la APPO (Asamblea Popular del Pueblo de
Oaxaca), incluso al grado de haber asesinado a varias
personas, entre ellas a un periodista extranjero (el
estadounidense Brad Will, periodista que trabajaba para la
agencia independiente Indymedia, que quizá por eso no
importó tanto su asesinato, ni al gobierno de Bush, ni al
de Fox, pues no era de NBC, FOX o TIME), y que a pesar de
tanta acrimonia, infamia y atrocidades cometidas, su mandamás,
Ulises Ruiz, sigue tan campante en el poder. Debe de contar
con gran influencia, puede suponerse, a grado tal que,
incluso, se permite que los barcos piratas pesquen como si
nada en las playas oaxaqueñas. Y dado el activismo social
que ha caracterizado a los oaxaqueños últimamente, no
sorprendería que llevaran a cabo la acción que comenta
Vicente, el hundimiento de uno de tales barcos. Quizá sea sólo
una infundada amenaza, debida a la creciente impotencia
social, pero eso daría una idea de qué tantos problemas en
su diaria subsistencia les ocasiona la piratería pesquera.
Y
por fin llegó el compañero de Vicente, otro costeño de
unos 44 años, también muy requemado por el sol, a bordo de
su lancha, “Aventura 1”. Luce unos lentes obscuros, que
emplea, luego nos dijo, para protegerse los ojos del intenso
brillo de la superficie del mar, producido por la luz solar.
Se llama Mairon. Viste una playera a rayas, desmangada, una
cachucha blanca de tela y shorts claros. Sus brazos y
piernas, delgados y firmes, son el reflejo del arduo trabajo
que pasear diariamente a los turistas implica. Luego de que
los anteriores paseantes bajan de la embarcación, nosotros
la abordamos, lo cual toma otros quince
minutos. El paseo consiste en recorrer toda la orilla
de Puerto Ángel, pasando por varias playas. Mientras a toda
velocidad nos alejamos de la playa, debidamente sentados y
con chalecos salvavidas, Mairon nos platica que su
actividad, según la nombra la Secretaría de comunicaciones
y transportes (SCT), es la de “naviero”, pues se encarga
de proporcionar esos recorridos en su lancha, que tanto
gustan a los turistas. Lo que sorprende es que, aunque el
gobierno es parco en atender las demandas sociales y, más
bien, presto a reprimirlas, tiene mucho muy bien controlados
ya a los trabajadores independientes, como Mairon, quien se
gana duramente el dinero. La pura lancha, hecha de fibra de
vidrio, fabricada en Chiapas, comenta, le cuesta 30,000
pesos, la que con buen mantenimiento le dura tres, cuatro años
a lo más. El motor fuera de borda, marca “Yamaha”,
cuesta entre 72 y 75,000 pesos. Y como ya no pueden operar
por su cuenta, deben de obtener un permiso de la mencionada
SCT, que vale la no despreciable cantidad de $20,000 pesos.
Así
que para iniciarse un naviero, debe desembolsar ¡$120,000!,
que en tiempos de crisis por los que cursamos, no son una
cantidad que cualquiera tenga a la mano. Además, tiene que
pasar revista, tiene que pasar la matrícula, tienen que
practicarse obligatoriamente cada año un examen médico
general, en el cual les revisan, sobre todo, el corazón,
los pulmones, el estómago... “¡Todo nos revisan, que
porque tenemos que estar sanos pa’ que no nos vaya a pasar
nada en un viaje... sí, imagínate si me diera un paro o
algo!”, exclama resignado. Sí, parece razonable, pero lo
que no resulta justo es toda la carga de impuestos, trámites,
renovaciones de permisos, licencia, revistas anuales... y
cuanta cosa se le ocurre al gobierno cargarles a
trabajadores como él. “Pus yo tengo como 16 años que me
dedico a esto y pus te expones a muchas cosas”. Los lentes
obscuros, lo dije antes, los emplea para protegerse del
reflejo del sol sobre las aguas. “Es que si no los usas,
pus te salen carnosidades en los ojos”. “Oye, pero hemos
visto otros navieros que no traen lentes”, objetamos.
Mairon encoge los hombros. “Pus no les ha de importar...
yo sí me cuido, pus de esto vivo y si me enfermo, pus ¿quién
me va a mantener?”. Claro, tiene razón, porque las
personas que trabajan por su cuenta, ganaran dinero mientras
continúen trabajando y en cuanto ya no puedan hacerlo,
sobrevendrán las desgracias, pues dada la pésima
“seguridad social” que existe en este país (y ahora
empeorada al haber concesionado el gobierno el manejo de las
cuentas de pensión, las llamadas “Afores”, a
especuladores bancos extranjeros, para los que el manejo del
dinero de los trabajadores, es un mero negocio que, en
primer lugar, los beneficia a ellos, por las comisiones
cobradas, pero que a los trabajadores nada les ayudará el pírrico
dinero que, mediante ese sistema privado, en el futuro se
les dará como parte de las insuficientes pensiones que, de
todos modos, cobrarán cuando se jubilen), ninguna forma
tendrán de seguirse manteniendo ellos y sus familias. Sí,
así de injusto es este sistema, que ni siquiera es capaz de
garantizarle a un trabajador que se la haya pasado laborado
tantos años, una vida digna al final de su existencia útil
o cuando las enfermedades físicas o mentales ya no le
permitan seguir haciéndolo. Tiene razón Mairon, si no se
cuida él, nadie lo hará, incluido el gobierno, desde
luego. Lleva Mairon cuatro años registrado ante la secretaría
de Hacienda, la que asentó, como su “domicilio fiscal”,
su propia casa, pues frente a la entrada tiene un letrero
que dice “Aventura tours”, para promocionar su
actividad.
Allí
lo buscan los turistas cuando les recomiendan el servicio de
lancha de Mairon personas como Vicente. Y como el domicilio
fiscal se localiza justamente en donde se desarrolle la
actividad, pues por eso su casa funge como tal. “Ahora sí
ni como me les escapo”, señala, riendo de muy buena gana.
Sí, pues quizá sea mejor paliar tantos problemas con buen
humor. Los impuestos que debe de pagar al gobierno son el 2%
de sus ingresos anuales, como cargo a la actividad, más el
obligado IVA, 15%, es decir, 17% cada año debe de dar a su
“socio comercial” por default.
“Tenemos que declarar a la capitanía, diario, a cuántas
personas les dimos el paseo”, dice, divertidamente
molesto, “y pus ahí es donde te aprovechas y no dices
todo... ¡de pendejos vamos andar diciendo eso!”. Sí, esa
sería ciertamente su ventaja, que la capitanía (ésta es
la estación naval del puerto, a quien obligadamente le
deben de dar los navieros como él los reportes de los
turistas transportados) no puede estar vigilándolos a
todos, lo cual sería en extremo perverso y dictatorial de
ser posible, y gracias a ello, Mairon logra pagar menos
impuestos. De todos modos no siempre las cosas van bien. El
viaje por persona él lo da en $125 pesos, el que toma entre
3 y media y cuatro horas, el cual incluye el recorrido por
la bahía, una caña de pesca que ofrece a alguno de los
paseantes por si se animan a pescar durante el recorrido
(eso es por cortesía, no está obligado, pero así lo hace
Mairon para que se vea más atractivo el recorrido), aunque
con los peces cada vez más escasos, es muy baja la
probabilidad de lograrlo, nos dice. Al final, ofrece también
la oportunidad de “esnorquelear” en la última playa del
recorrido, con esnórqueles y aletas que él también
proporciona. “Pus es que con tantos que habemos dando
paseos, pus si no le das a la gente más cosas, pus menos
vas a hacerte de clientes”, dice algo desconsolado. De
gasolina, se gasta entre 20 y 25 litros de gasolina por cada
viaje, unos $140 pesos, así que, comenta, mínimo debe de
transportar a dos pasajeros “pus pa’ que me quede
algo”. Y cuando empieza a soplar el viento, pues ya se le
limita más su actividad a Mairon, como en esa mañana,
porque más tarde, una vez que las fuertes corrientes de
aire se presentaron, todos los paseantes, a una señal de él,
debimos abordar rápidamente la lancha, ya que de otro modo,
habríamos debido caminar desde donde estábamos hasta la
playa en la cual dio comienzo el tour. Por eso a veces
Mairon, cuando no tiene pasajeros, se va a pescar durante
varias horas, en las cuales, a duras penas logra capturar
algunos atunes, los cuales vende a los restauranteros,
quienes se los pagan a la miserable cantidad de ¡25 pesos
el kilo! (véase el contraste, pues la lata de atún
industrializado que producen las empacadoras, las que pagan
un precio igualmente bajo, cuesta alrededor de diez pesos
los 120 gramos – no 170, como señalan, pues 50 gramos son
agua), así que si se hace de unos seis ejemplares, cuyo
peso oscila entre los cuatro y cinco kilos cada uno, pues se
gana $600 pesos. “¡Muy buenos!”, declara enfático. “¿Y
a ustedes les afectó lo de la APPO?”, pregunto. “¡Uy...
que si nos afectó... pus otras veces, en estos meses, esto
está como pa’ que no nos demos abasto, en serio, pero
ahorita nos tenemos que estar peleando los clientes!”. Sí,
afirma que dicho movimiento social, con todo lo bueno o malo
que haya podido resultar, afectó mucho a Oaxaca, no sólo
la capital, sino a todo el estado. “Y pus la mera verdad
que aquí ni pasó nada, pero ya ves... a todos nos pasaron
a fregar con eso”. “¿Pero algo bueno ha de haber hecho
la APPO, no?”, pregunto. Vuelve a encogerse de hombros,
sin decir otra cosa, como dando a entender que prefiere no
hablar más del asunto. Y este es nuestro primer encuentro
con la dualidad social que aquel movimiento generó en
Oaxaca, en donde algunos han estado a favor y otros en
contra.
Ese
sentir es lógico, pues podría decirse que ningún
movimiento social en el mundo estará totalmente apoyado,
incluso por la población a la que pretendiera reivindicarse
con tal movimiento. Quizá el punto negativo, al menos para
personas como Mairon, que viven del turismo, fue que la APPO
no tomó en consideración ese factor, afectando así los
intereses de muchos de los oaxaqueños a los que pretendía
beneficiar, lo que evidenciaría la falta de claridad en la
que a veces incurren los movimientos sociales espontáneos,
como aquél. Lo cual no quiere decir que hayamos estado en
contra de la APPO, sino que en nuestra modesta opinión,
hizo falta mayor visión y preparación ideológica, sobre
todo de los dirigentes, a los que, al final, desbordó el
grueso de las fuerzas vivas movilizadas, las que en los últimos
días, manifestaron su descontento en una abierta violencia,
motivo por el cual, comenzó a desacreditarse a los ojos de
muchos el movimiento. Como le sucede a Mairon, quien, como
señalé arriba, es de los ocho de cada diez personas que
viven del turismo en las playas de Oaxaca, el que ha
disminuido fuertemente desde el año pasado. Claro que tan
precipitada radicalización de la APPO, se debió también a
la torpeza y cerrazón de un gobierno federal empecinado en
sostener contra toda lógica al corrupto, asesino gobernante
oaxaqueño, Ulises Ruiz, con quien muy seguramente la
entreguista, incompetente administración foxista debió
tener arreglos políticos, gracias a los cuales se logró
imponer mediante fraude a la actual presidencia ilegítima
de Calderón, que tampoco ha hecho nada en absoluto para
remover al gobernador oaxaqueño, quien a pesar de la brutal
represión al movimiento, los heridos, los muertos y los
presos appistas,
sigue como si nada. Peor aún, en las recientes elecciones
en ese estado, caracterizadas por un alto abstencionismo del
75%, el PRI volvió a “ganar” la legislatura local, lo
que da idea del poder caciquil que la plutocracia política
sigue ejerciendo en ese estado, de entre los más pobres de
México. Estas reflexiones son distraídas por la vista de
un par de tortugas de las que aquí llaman “golfito”, en
una bella escena de apareamiento marina que me hace olvidar
el mundo tan contradictorio y complicado en el que día a día
debemos desenvolvernos todos, en donde no hay formas puras
de pensamiento o de lucha social, aunque esa danza acuática
de ese par de amorosos quelonios, tan entregados a sus
reproductoras artes, me hace concebir cierta esperanza de
que por lo menos la naturaleza todavía ofrece singulares,
purificados espectáculos, los cuales están desprovistos de
toda manipulación humana y sólo están determinados por el
instinto animal de aquellas dos tortugas. “¡Pus tuvimos
suerte de verlas!”, declara Mairon, entusiasmado, quien
hasta detuvo la lancha y apagó el motor, con tal de que
todos pudiéramos contemplar el tortuguil apareamiento, “¡porque
ya tampoco se ven mucho por aquí a las tortugas!”.
Sí,
y digamos que la “suerte” no paró allí, pues uno de
los pasajeros con los que viajamos sostuvo la caña de
pescar que le ofreció Mairon y hasta logró que picara un
Dorado, un hermoso pez justamente de ese color, de unos
cinco kilos de peso. “¡Uy... sí que tuvo mucha suerte,
amigo, de éstos es rarísimo ya que piquen tan cerca de la
playa!”, exclama Mairon, quien también nos confirma que
la pesca pirata ha provocado muchos estragos en la economía
local, pues cada vez es mucho más difícil para los
pescadores del lugar capturar suficientes peces. “Se deben
de ir cada vez más lejos, pero pus eso está mal, porque
luego los jala el viento y se pierden”, dice Mairon. Y nos
platica que eso le sucedió justamente a su amigo Vicente,
el costeño al que nos referíamos arriba, quien en alguna
ocasión que se hallaba pescando, sus dos compañeros con
los que viajaba y él, decidieron adentrarse demasiado en el
mar y su lancha fue empujada por una fuerte corriente de
viento (dado que el lugar se encuentra cercano a la Ventosa,
un sitio de fuertes vientos, en ocasiones su influencia se
siente en otros sitios) por varios kilómetros, a unos 50 de
la playa, lo que provocó que perdieran el rumbo y
estuvieran tres días perdidos. “Tuvimos que alquilar una
avioneta que nos cobró como 20000 pesos por la turbosina
que se gastó, para buscarlo”, agrega Mairon. Tardaron
tres días en localizarlos, los cuales ni comieron, ni
bebieron. Eso fue hace un año. Tuvieron mejor suerte que un
compañero de ellos, quien hace 18 años, sufrió el mismo
destino, perderse en el mar, pero él nunca regresó. “A
lo mejor se lo tragó el mar”, comenta Mairon, algo
reflexivo. Quizá por eso Vicente haya cambiado de actividad
y ahora prefiera, mejor, andar ofreciendo sillas en la
playa, mesas en el restaurante y los tours de Mairon.
Llegamos por fin a la playa Rosita, en donde con el equipo
que muy amablemente nos prestó Mairon, decidimos disfrutar
de un rato de esnorqueleada en esas poco profundas,
tranquilas aguas, admirando el aún hermoso fondo marino que
nos permite contemplar el visor del respirador, viendo a un
grupo de pequeños peces que pasan por allí en ese
instante. ¿Cuánto más podrá mantenerse así el mar, con
ese relativo equilibrio ecológico del que aún goza?, me
pregunto, mientras estoy nadando y disfrutando la belleza
marina que aún tenemos.
Más
tarde, de regreso del tour, nos hallamos en el restaurante
que Vicente publicita, el “Susy”, el que, nos enteramos
más tarde, es propiedad de una mujer de Costa Rica (muchos
negocios de esa zona de playas son poseídos por
extranjeros, cuestión que quizá responda a la generalizada
pobreza, lo cual hace poco posible a la mayoría de los
lugareños tener un negocio propio, menos uno que requiriera
de mucha inversión, como un restaurante. La opción que les
quedará a muchos de ellos será poner “tienditas” o
trabajar en tales lugares). Los precios de los platillos están
dentro de lo razonable para un sitio de ese tipo. Por
ejemplo, un filete de atún, preparado al mojo de ajo,
cuesta 65 pesos. Un caldo de camarón vale 40 pesos, un
refresco, 12 pesos... así. Nos atiende un jovencito. Se
llama Ulises (este nombre se escucha frecuentemente, no sólo
por la persona del gobernador, sino porque muchos se llaman
así, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿será una
consecuencia también, la frecuencia de tal nombre, del
caciquismo político que hasta en eso ha mantenido sus
nefastas influencias? Eso porque Ulises Ruiz ha practicado y
conservado una carrera política de varios años atrás,
desde antes de haber sido gobernador), y él fue quien días
antes nos llevó al hotel en donde nos hospedamos (actúa
como una especie de enganchador
de los pocos turistas que llegan a Puerto Ángel). Nos
platica que tiene doce años, que trabaja allí de mesero de
viernes a domingo (su padre también trabaja allí), y que
gana cien pesos por día (en realidad, por ser menor de
edad, Ulises gana 50 pesos diarios, pero probablemente haya
dicho que gana cien pesos para autoconcederse mayor
importancia ante nosotros).
Le preguntamos si le afectó lo
que hizo la APPO. “¡Uy... sí, como dos meses no fui para
nada a la escuela. En mi casa me decían que era bien flojo
y bien huevón, y me daba mucha pena, pero pus no era mi
culpa, en serio. Y como me gusta leer, pus me ponía a
leer”. Esa circunstancia, que por su cuenta se haya puesto
Ulises a leer, tuvo el buen resultado de que pasó año,
terminó el sexto de primaria. “Pero varios de mis amigos,
como ocho, pus no pasaron año”, dice, refiriéndose al
hecho de que cuando el conflicto terminó, los educandos prácticamente
regresaron solamente para presentar exámenes. Ese hecho
considero que fue otro de los errores que tuvo el
movimiento, pues los profesores, es mi opinión, pudieron
haber mantenido algunas actividades extra-escolares, como
talleres de lectura, para los miles de niños que se
quedaron sin escuela tantas semanas, sometidos a un forzado
ocio que, entre otras cosas, provocó las protestas de sus
padres porque estaban de “flojos y huevones” y que la
mayoría reprobara el año lectivo. Ulises piensa estudiar
la secundaria en Huatulco, en donde tiene a unos tíos. “¿Por
qué no estudias aquí?”, le pregunto. “¡Ah... pus
porque allá hay más trabajo que aquí”, responde,
destacando, así, la necesidad que él, a tan temprana edad,
ya tiene de ganarse algo de dinero para ayudar a su familia.
Y es que su salario es muy necesario, pues su padre, mesero
también, gana apenas 100 pesos diarios, más unos 40, 50
pesos extras por propinas, no mucho. Ulises tiene un hermano
mayor que perdió su empleo de despachador en una tienda
durante el conflicto, una hermana que tampoco trabaja y su
madre es ama de casa, así que el salario de su padre es
insuficiente para mantenerlos a todos y por eso él debe de
trabajar. De mirada vivaracha,
amable rostro y presteza al atender, Ulises es un buen
ejemplo del perfil típico del oaxaqueño entregado lo mejor
posible a atender al turista, sobre todo porque la propina
que tan buen actuar merezca le provee de otros 30, 40 pesos
extras a su “salario base”.
Mientras
esperamos los platillos que ordenamos, somos abordados en
varias ocasiones por vendedores de artesanías locales. La
mayoría son niños o niñas de entre 7 y 12 años y otros
son adultos, mujeres principalmente, de entre 40 y 60 años.
En unos 15 minutos se nos acercan unos diez de ellos,
quienes ofrecen desde pulseras y collares de semillas y
algunos de coral, fruta picada, café, chocolate, empanadas,
camisetas, ropa artesanal... así. Hay demasiados,
considero, y muy poca gente que les compre. Se comprueba,
justamente, lo que nos platicaba Mairon, que ha disminuido
muchísimo el turismo y la poca gente que hay, pues no es
suficiente para las expectativas de quienes viven de tal
actividad, como los vendedores. Se nos acerca una mujer
cuarentona, a ofrecernos “Café orgánico de las montañas
de Pochutla”, muy aromático, a un precio de 100 pesos el
kilo, el cual pagamos sin reclamación alguna, pues
considero que es muy adecuado apoyar a los productores
locales directamente, en lugar de estarles comprando a las
grandes corporaciones multinacionales, las que encarecen
demasiado el producto por el intermediarismo, pero que de
todos modos pagan un miserable precio de hambre a tales
productores. Después, una chiquilla de unos 10 años se
acerca y ofrece unas muy elaboradas pulseras de semillas,
llaveros de de madera de distintas formas, collares... le
pregunto el valor de una pulsera, ¡diez pesos!, muy poco
dinero para una artesanía tan elaborada. Por la mañana, al
haber dejado sólo
diez pesos de propina en otro restaurante, nos sentimos
medios tacaños, pero al ver que esa pulsera en cuya
hechura, considero, deben de llevarse quizá una o dos
horas, pues compruebo lo relativo que resultan las cosas. Y
quizá después de todo los diez pesos que dejamos de
propina no sean tan poca cosa para muchas personas. Sí,
compramos dos pulseras y cuatro llaveros, 60 pesos. La niña
no cabe de felicidad por la venta aparentemente generosa que hizo con nosotros y se va muy agradecida.
Por
la tarde nos trasladamos a Xipolite, aquella famosa playa
nudista que, en otros tiempos, efectivamente estaba plagada
de bañistas totalmente desnudos, pero que en esa tarde
pareciera una playa desierta, excepto por dos jóvenes y una
muchacha, uno de los cuales, algo tímidamente, se despoja
de su traje de baño para disfrutar del sol a pleno sobre
toda su piel. Nos sentamos en uno de los restaurantes del
lugar, “La choza”, también con pocos comensales.
Pedimos un filete de atún y sopa “Xochitl”, que luego
de casi una hora, son servidos. Y ya mientras comemos se
acercan un hombre de unos 50 años y una mujer, de unos 40,
también a ofrecernos sus artesanías. Están son más
finas, más elaboradas, consistiendo en collares, dijes y
pulseras de coral o de cuerno de buey. Éstas sí son algo
caras. Un collar de coral, muy bien trabajado, cuesta 3000
pesos. Una pulsera del mismo material, vale 1000 pesos, unos
aretes, 300 pesos. Y mientras vemos las cosas, nos ponemos a
platicar con Merino, que así se llama el hombre, quien dice
que cada pieza le lleva hacerla de dos días a una semana y
que el coral lo compra a los pescadores, costando un pedazo
del tamaño de un tronco chico (aproximadamente 35 centímetros)
unos 200 o 300 pesos, aunque cada vez está más escaso por
las razones que ya expliqué antes, de que los pescadores
piratas han destruido gran parte ya de los arrecifes de
coral por esa zona. Además, comenta que no siempre sale
bien todo el pedazo. “A veces ya está podrido del centro
y ya no sirve pa’ trabajar y pus uno le pierde”,
comenta, pero no puede darse el lujo de rechazar los
ofrecimientos del poco coral que sacan los pescadores.
“Pus ya con la práctica como que ya le sabe uno escoger,
pero a veces se le va a uno un pedazo malo”, dice. De
todos modos lo aprovecha y hace piezas más pequeñas con lo
que sirva, como aretes. Qué tristeza que hasta ese tipo de
actividades artesanales están siendo afectadas por aquélla
infame práctica. Por eso Merino ha ido sustituyendo el
coral por el cuerno de buey, el que se consigue más fácilmente
en los rastros locales, y también consigue labrar piezas
muy atractivas. Confiesa que hasta poco estuvo encerrado en
la cárcel de Pochutla durante veinte años, por una riña
que tuvo con alguien, cuando él tenía 30 años, quien salió
muerto en el pleito. Y allí, en el encierro, conoció a un
preso que se dedicaba a hacer esos trabajos y él, muy
generosamente, le enseñó el oficio (por desgracia, hasta
ser preso en ese presidio requiere de algún ingreso económico,
pues todo cuesta allí dentro y ¡pobre de aquel encarcelado
que no tenga forma de ganar algo de dinero, pues su vida en
la cárcel será más indigna y dura de lo que ya de por sí
significa estar preso allí). “Y pus ya cuando empecé a
hacer mis primeros trabajitos, pus se los daba a mi mujer
pa’ que los vendiera”. Juana, su actual mujer (la mujer
anterior se separó de él cuando lo encerraron), con quien
vende, iba a visitar a un familiar encerrado y allí conoció
a Merino. De allí se relacionaron amorosamente hace unos
cinco años, durante los cuales, Juana iba por las artesanías
de Merino a la cárcel y luego se iba a venderlas (muchos
presos del penal de Pochutla sobreviven así, vendiendo todo
tipo de artesanías que hacen en esa infame cárcel, no
tienen otra alternativa). Las artesanías las hace únicamente
ayudado de una segueta y de lija del número 80. No deja de
sorprender la superficie tan lisa que logra Merino en sus
delicadas piezas. “Sí, mientras veo la televisión, pus
me pongo a trabajar”, comenta muy risueño, dando a
entender que, por tantos años dedicándose a eso, no le
resulta ya complicado. “Pus fíjese que con eso nos hemos
mantenido nosotros y nuestros cinco hijos”, dice Juana. Y
por eso al hijo mayor, un muchacho de 19 años, Merino ya le
está enseñando el oficio. Incluso el más pequeño de los
hijos, un niño de 10 años, no quiere ya ir a la escuela y
prefiere aprender el oficio. Sin embargo, me pregunto ¿será
posible que ellos sobrevivan de hacer artesanías?, digo,
porque, pues en primer lugar, cada vez habrá más gente
que, como ellos, busquen sobrevivir de hacer collares y
pulseras, pero con la crisis y el reducido turismo, cada vez
habrá menos clientes. Por otro lado, el coral prácticamente
desaparecerá y quedarán sólo los cuernos de los bueyes
para hacer las artesanías, lo que muy seguramente también
mermará las ventas, en especial de la gente que sólo
prefiera las piezas de coral y no de otro material.
Comenta
Merino que hay un cliente que va desde México a comprarle
por mayoreo collares y pulseras. Incluso otro que va un par
de veces por año que viene desde España y que también se
lleva varias cosas. “Sí, pus eso nos está ayudando
mucho”, dice y a pregunta expresa de qué era lo que ellos
pensaban de la APPO, fue lo mismo que ya antes habíamos
escuchado. “Híjole, señor, pus viera que hay repoquita
gente... antes venía mucha y rebien que vendíamos, pero
‘hora pasan dos, tres días sin que véndamos
nada”, dice un tanto compungido Merino. Nuevamente, se nos
ofrece una opinión negativa de los efectos de la APPO. Con
tal de contribuir en algo a su mermada economía, le
compramos un par de bellos aretes, confeccionados en coral,
por el razonable precio de 200 pesos. Se marchan,
satisfechos por la venta, que al menos asegurará algo de su
diario sustento en el duro trajinar por la sobrevivencia. Sí,
la gente, para gritar consignas o apoyar a movimientos,
antes debe tener satisfecho el estómago, considero.
Ya
por la noche llegamos nuevamente al hotel en donde estamos
hospedados, La Cabaña. Por 600 pesos diarios, hemos estado
en un cuarto doble con aire acondicionado, también muy
razonable precio. La administradora y dueña del lugar, doña
Eugenia, una sesentona mujer, nos comenta que han tratado de
mantener los precios lo más bajos posibles, con tal de que
los pocos turistas que llegan se hospeden allí. “¡No, si
los de la APPO vuelven a hacer otra vez su movimiento, va a
ser el tiro de gracia para Oaxaca!”, sentencia doña
Eugenia, al ser cuestionada nuevamente por los efectos del
movimiento magisterial del año pasado. “¿Usted cree que
si hubieran sacado a Ulises Ruiz, las cosas se hubieran
calmado?”, le preguntamos. “¡Pues claro, señor, todo
se hubiera arreglado, pero como amenazó con reconocer a López
Obrador como presidente, pues por eso no le hicieron
nada!”, contesta, refiriéndose al hecho de que en pública
declaración, el oportunista mandamás oaxaqueño declaró
que si lo destituían de su cargo, se aliaría con el ex
candidato presidencial del PRD y lo reconocería. Pero, además,
como ya señalé antes, seguramente Ruiz estaba al tanto de
los sucios manejos políticos que concedieron una
fraudulenta victoria de la presidencia al candidato panista.
“¿Y sabe por qué también no lo quitaron?, ¡porque les
faltaron huevos,
señor!”, exclama, un tanto alterada por la emoción. “¡No,
les faltaron huevos... no los tuvieron como López Mateos o Díaz
Ordaz, ésos sí que
tuvieron huevos!”, declara, adulando a ese par de
represores (a los ferrocarrileros y maestros, el primero, y
a los estudiantes, el segundo), en una errónea, popular
concepción de que la
mano dura que cita la historia debe considerarse firmeza
política. En todo caso, la solución
final en el caso de Oaxaca, fue la abierta represión
del movimiento, con muertos y todos: se aplicó la mano
dura a la que se refiere dona Eugenia. Pero eso de
ninguna manera es muestra de sensibilidad política, pues se
prefirieron clientelismos partidistas, el mantenimiento del
poder, a costa de sacrificios sociales, arreglos plutocráticos,
el fraude electoral... en lugar de una ordenada, prudente
solución con los maestros, cuyo movimiento se dejó crecer,
pareciera que a propósito, justamente hasta los extremos
tan violentos (quema de edificios públicos, destrucción de
comercios, entre otros) a los que llegó, que justificaron
para el grupo gobernante la saña represiva con las que
actuaron tanto el gobierno federal (enviando a la entonces
PFP), como el local (enviando a sus fuerzas policiacas). “¡Yo,
señor, les hubiera dicho que este es un estado del país y
que tenían la obligación de atenderlo, y que si no podían,
pus que renunciaran a su cargo esos cabrones!”, reclama doña
Eugenia, francamente ya airada. “Mire cómo estamos, casi
sin gente... nosotros tuvimos que despedir a dos empleados,
nos dio mucho dolor, pero pues qué nos quedaba... si no los
despedíamos, pues hasta hubiéramos corrido el riesgo de
cerrar, señor... y ya ahorita me cancelaron dos cuartos, a
pesar de que es temporada... en otros tiempos, ni cuarto
hubiera alcanzado usted”, se lamenta doña Eugenia, “y
ya le digo, que si otra vez vuelven esos con sus cosas, nos
matan a todos, se acaba Oaxaca”.
“¡Se
acaba Oaxaca!”, recordaba un par de días más tarde,
cuando ya de regreso, hicimos una parada para comer,
justamente, en la ciudad de Oaxaca. A las afueras del lugar,
las únicas muestras visibles de que hubo fuertes protestas
sociales allí son, al menos por donde estamos situados,
paramentos de las banquetas pintados con leyendas, una de
las cuales dice: “¡Por necesidad, fuera Ulises Ruiz de
Oaxaca... hasta la victoria!”. Entramos al “Clemente
II”, un restaurante de comida típica, en el que habíamos
comido en nuestro viaje de ida. Sí, buenos platillos son
servidos allí. Somos atendidos por Raúl, un amable mesero
de unos 32 años. “Pues aquí sobrevivimos de milagro, nos
mantuvimos porque el local es nuestro y algunos de nuestros
clientes siguieron viniendo, a pesar de que las calles
estaban tomadas y cerradas”, nos dice, habiéndole hecho
la misma pregunta, “y luego hasta venían los maestros a
pedir una cooperación y yo les decía ‘Oye, compa, ¿tú
crees que sin clientes, ni gente, vamos a tener pa’
darte?, ¡no la mueles!”. Sí, lo que lleva a hacerse la
siguiente pregunta: ¿qué tanto es un movimiento social benéfico
cuando a una parte de la población, a quien pretende
reivindicar sus derechos, está siendo dañada económicamente
por su causa? Esto, porque mucha gente fue despedida de sus
empleos justamente a causa de la influencia que ejerció el
movimiento. Y aún sigue bastante así, desempleada. Quizá
la apuesta de la APPO haya sido que el gobierno solucionaría
muy rápidamente sus demandas, con tantas presiones que
pretendieron aplicarle.
Por
otro lado, la indiferencia y falta de sensibilidad mostrada
por los gobiernos aliados, local y federal, ambos corruptos,
caciquiles, represores, con sus prepotentes actitudes, no
buscaron jamás un verdadero diálogo con los inconformes y
sus justas reivindicaciones, como si la pretensión desde el
principio hubiera sido la radicalización del movimiento,
para justificar el que fuera violentamente aplastado y sus
dirigentes enjuiciados sumariamente y encerrados en cárceles
de “máxima seguridad”, como si fueran “peligrosos
criminales”. Así, los daños “colaterales” que se
provocaron a miles de negocios y gente que perdió sus
empleos, tampoco le importaron a los criminales, coludidos
gobernantes (el entonces presidente Vicente Fox y el mandamás
oaxaqueño), y las consecuencias de tan pésima actuación
política son vividas a diario por miles de oaxaqueños que
tratan de sobrevivir en un ambiente muy dañado social y
económicamente por lo sucedido. Quizá sea que tampoco le
interesan al gobierno esos negocios
afectados o cerrados o esos trabajadores desempleados,
en vista de que la zona está contemplada para hacer allí
un emporio industrial y comercial a partir de la aplicación
del tan ensalzado Plan
Puebla-Panamá, que espera hacer de la región una gran
zona de maquiladoras, supercarreteras y super-ferrocarriles,
la nueva China
latinoamericana, con tal de que el capitalismo
salvaje cuente con una nueva zona de salarios bajos y
recursos naturales baratos.
Sí,
quizá esa sea la carta
fuerte que se posea, aunque para ello se tengan que
reprimir movimientos y sacrificar a tanta gente que está
sin empleo y sin esperanzas.
Contacto: studillac@hotmail.com
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