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Octavo
mandamiento
Mentirás
Por
Eduardo Galeano
Página 12, 27/03/08
Una
mentira
Hasta hace
un rato nomás, los grandes medios nos regalaban, cada día,
cifras alegres sobre la lucha internacional contra la
pobreza. La pobreza se estaba batiendo en retirada, aunque
los pobres, mal informados, no se enteraban de la buena
noticia. Los burócratas mejor pagados del planeta están
confesando, ahora, que los mal informados eran ellos.
El Banco
Mundial ha dado a conocer la actualización de su
International Comparison Program. En el trabajo
participaron, junto al Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional, las Naciones Unidas, la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico y otras
instituciones filantrópicas.
Ahí los
expertos corrigen algunos errorcitos de los informes
anteriores.
Entre otras
cosas, nos enteramos ahora de que los pobres más pobres del
mundo, los llamados “indigentes”, suman quinientos
millones más que los que aparecían en las estadísticas.
Además,
nos desayunamos de que los países pobres son bastante más
pobres de lo que los numeritos decían, y que su desgracia
ha empeorado mientras el Banco Mundial les vendía la píldora
de la felicidad del mercado libre.
Y por si
todo eso fuera poco, resulta que la desigualdad universal
entre pobres y ricos había sido mal medida, y en escala
planetaria el abismo es todavía más hondo que el de
Brasil, país injusto si los hay.
Otra
mentira
Al mismo
tiempo, un ex vicepresidente del Banco Mundial, Joseph
Stiglitz, en un trabajo conjunto con Linda Bilmes, investigó
los costos de la guerra de Irak.
El
presidente George W. Bush había anunciado que la guerra
podría costar, como mucho, 50 mil millones de dólares, lo
que a primera vista no parecía demasiado caro tratándose
de la conquista de un país tan rico en petróleo. Eran números
redondos, o más bien cuadrados. La carnicería de Irak
lleva más de cinco años, y en este período los Estados
Unidos han gastado un millón de millones de dólares
matando civiles inocentes. Desde las nubes, las bombas matan
sin saber a quién. Bajo la mortaja de humo, los muertos
mueren sin saber por qué. Aquella cifra de Bush alcanza
para financiar apenas un trimestre de crímenes y discursos.
La cifra mentía, al servicio de esta guerra, nacida de una
mentira, que mintiendo sigue.
Y
otra mentira más
Cuando ya
todo el mundo sabía que en Irak no había más armas de
destrucción masiva que las que usaban sus invasores, la
guerra continuó, aunque había olvidado sus pretextos.
Entonces,
el 14 de diciembre del año 2005, los periodistas
preguntaron cuántos iraquíes habían muerto en los dos
primeros años de guerra.
Y el
presidente Bush habló del tema por primera vez. Contestó:
–Unos
treinta mil, más o menos.
Y a
continuación hizo un chiste, confirmando su siempre
oportuno sentido del humor, y los periodistas se rieron.
Al año
siguiente, reiteró la cifra.
No aclaró
que los treinta mil se referían a los civiles iraquíes
cuya muerte había aparecido en los diarios. La cifra real
era mucho mayor, como él bien sabía, porque la mayoría de
las muertes no se publica, y bien sabía también que entre
las víctimas había muchos viejos y niños.
Esa fue la
única información proporcionada por el gobierno de los
Estados Unidos sobre la práctica del tiro al blanco contra
los civiles iraquíes. El país invasor sólo lleva la
cuenta, detallada, de sus soldados caídos. Los demás son
enemigos, o daños colaterales, que no merecen ser contados.
Y, en todo caso, contarlos resultaría peligroso: esa montaña
de cadáveres podría causar mala impresión.
Y
una verdad
Bush vivía
sus primeros tiempos en la presidencia cuando el 27 de julio
del año 2001 preguntó a sus compatriotas:
–¿Pueden
ustedes imaginar un país que no fuera capaz de cultivar
alimentos suficientes para alimentar a su población? Sería
una nación expuesta a presiones internacionales. Sería una
nación vulnerable. Y por eso, cuando hablamos de la
agricultura americana, en realidad hablamos de una cuestión
de seguridad nacional.
Esa vez, el
presidente no mintió. El estaba defendiendo los fabulosos
subsidios que protegen el campo de su país. “Agricultura
americana” significaba, y significa nada más que
“Agricultura de los Estados Unidos”.
Sin
embargo, es México, otro país americano, el que mejor
ilustra sus acertados conceptos. Desde que firmó el tratado
de libre comercio con Estados Unidos, México no cultiva
alimentos suficientes para las necesidades de su población,
es una nación expuesta a presiones internacionales y es una
nación vulnerable, cuya seguridad nacional corre grave
peligro:
–
actualmente, México compra a los Estados Unidos 10 mil
millones de dólares de alimentos que podría producir;
– los
subsidios proteccionistas hacen imposible la competencia;
– al paso
que vamos, de aquí a poco las tortillas mexicanas seguirán
siguen siendo mexicanas por las bocas que las comen, pero no
por el maíz que las hace, importado, subsidiado y transgénico;
– el
tratado había prometido prosperidad comercial, pero la
carne humana, campesinos arruinados que emigran, es el
principal producto mexicano de exportación.
Hay países
que saben defenderse. Son pocos. Por eso son ricos. Hay
otros países entrenados para trabajar por su propia perdición.
Son casi todos los demás.
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