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Combustibles
nuevos, biopiratería vieja
Por
Silvia Ribeiro (*)
EcoPortal.net,
30/04/08
La
biología sintética se propone construir microrganismos
vivos artificiales, o alterar sus metabolismos naturales con
secuencias artificiales de ADN para que puedan procesar
celulosa más eficientemente o producir nuevos combustibles.
Con la excusa de salvar al planeta del calentamiento global
y con la motivación real de aprovechar los desastres
globales para obtener más ganancias, no tienen ningún
prurito en intentar crear seres vivos nunca antes vistos,
con impactos impredecibles.
México.-
En los meses recientes, a la gran cantidad de voces de la
sociedad civil que alertan sobre los impactos sociales, económicos
y ambientales de la nueva ola de agrocombustibles, se han
unido los informes críticos de instituciones
internacionales que han sido cruciales para el desarrollo
del neoliberalismo, como el Banco Mundial (BM) y el Fondo
Monetario Internacional.
Una de las
explicaciones de la súbita “toma de conciencia” de ese
tipo de instituciones es que, cobijados en esas críticas,
promueven como una de las soluciones nuevas tecnologías de
alto riesgo para el ambiente y la sociedad, pero con grandes
ganancias para quienes las controlan. No existe
cuestionamiento de parte de esas instituciones a los
problemas de fondo, como la matriz de producción energética
y la enorme desigualdad del consumo y de impactos. En
cambio, intentan hacernos creer que la “solución” será
tecnológica, por ejemplo, mediante una “segunda generación”
de agrocombustibles. Para ello, promueven y justifican (sin
ninguna prueba real de su utilidad y sin mención a sus
impactos) cultivos y árboles transgénicos, junto con el
desarrollo de tecnologías aún peores, como la biología
sintética o “ingeniería genética extrema”, como la
hemos llamado en el Grupo ETC.
La biología
sintética, que es la creación sintética de ADN, se
propone construir microrganismos vivos artificiales, o
alterar sus metabolismos naturales con secuencias
artificiales de ADN para que puedan procesar celulosa más
eficientemente o producir nuevos combustibles. Con la excusa
de salvar al planeta del calentamiento global y con la
motivación real de aprovechar los desastres globales para
obtener más ganancias, no tienen ningún prurito en
intentar crear seres vivos nunca antes vistos, con impactos
impredecibles. Un ejemplo de este tipo es el contrato
anunciado el pasado 22 de abril entre la empresa Amyris
Biotechnologies y el grupo brasileño de azúcar y etanol
Crystalsev, que se propone procesar caña de azúcar con
microrganismos alterados para producir biodiesel.
Otro
ejemplo, más directamente relacionado a México, es la
empresa Synthetic Genomics, creada por el controvertido
genetista Craig Venter en 2005, con capital del regiomontano
Alfonso Romo, y la participación de otro mexicano, el
biotecnólogo Juan Enríquez Cabot. En junio 2007 se alió
con la petrolera BP para el desarrollo de biología sintética
y vida artificial aplicada a biocombustibles.
El aporte más
significativo de México al lucro privado de Venter lo hizo
la investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM,
Valeria Souza. En efecto, el acervo de recursos microbianos
al que tiene acceso la empresa de Venter para sus
experiencias de biología sintética y el lucro millonario
que anuncian, proviene de la travesía global que hizo
Venter en su barco-laboratorio Sorcerer II, recorriendo los
mares megadiversos del planeta tomando muestras de la vida
microbiana. Venter afirmaba que su expedición era “sin
fines de lucro”. Desconfiados (con razón) las autoridades
de otros países que recorrió, incluyendo Ecuador,
Polinesia y Australia, le exigieron que firmara extensos
contratos para prevenir la privatización y el uso comercial
de los recursos obtenidos.
No han sido
muy efectivos para impedir los objetivos comerciales de
Venter, pero en México ni siquiera tuvo que tomarse ese
trabajo. Le bastó con establecer “colaboración” con
Souza –ni siquiera con la institución que la aloja– que
al parecer, a cambio de tener su nombre en algunas
publicaciones, le brindó su permiso de colecta científica
para que se llevara muestras de la vida microbiana única en
Yucatán, sin más trámite ni control mas que una
“declaración de entendimiento” por parte de la
institución de Venter, ahora extinta.
Valeria
Souza ya tenía un antecedente similar, cuando facilitó
para la NASA estadounidense los estudios y extracción de
recursos de la vida microbiana única de Cuatro Ciénegas,
en Cohauila. Paradójicamente, la NASA buscaba, entre otras
cosas, microrganismos extremófilos, igual que la empresa
Diversa Corporation. Diversa sí firmó un contrato oficial
con la UNAM –para extraer mucho menos de lo que Souza le
permitió llevarse a Venter–, pero éste fue cancelado
porque la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente
dictaminó que la UNAM no podía decidir sobre los recursos
genéticos de la federación.
En el caso
Souza-Venter, mucho más oscuro y amplio tanto en los
recursos extraídos como en la forma de proceder y las
vastas repercusiones que puede tener su utilización futura,
ni la UNAM ni las autoridades han tomado ninguna medida al
respecto. No es tarde para ello.
(*)
Silvia Ribeiro es Investigadora del Grupo ETC
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