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La
población indígena rechaza tanto la presencia
del Ejército como de la Farc
Cauca:
guerra sin fin
El
resultado de la visita del presidente a Toribío fue que el
país se dio cuenta
de que el Estado está muy lejos de controlar la región
Por
Álvaro Sierra Restrepo
Semana, 14/07/2012
El miércoles 11 de julio, dos
Colombias confluyeron en Toribío. Una era la Colombia del presidente y su séquito,
con su despliegue de seguridad, su discurso de obras e inversiones y su categórica
reiteración de que el Ejército no les cederá un centímetro a las Farc. La
otra era la Colombia ‘llevada’, la de los indios, la guerra y el abandono,
la desconfianza histórica en el Estado y la resistencia a toda autoridad
uniformada, legal o ilegal. Ese miércoles, por cerca de seis horas, esas dos
Colombias se encontraron en el parque de Toribío. Pero, como ha ocurrido por
décadas, ni siquiera dialogaron.
El presidente Juan Manuel Santos
llegó a este pueblito de 6.000 almas, clavado en las montañas del norte del
Cauca, con medio gabinete, una comitiva de 70 personas y un operativo de
seguridad que era el reconocimiento de que venía a una zona de guerra.

Santos
en el Cauca: mal recibido por la población
Su objetivo era hacer un consejo
de ministros para anunciar un plan de inversión de medio billón de pesos y,
de paso, mostrar, como lo había dicho días antes, que “la fuerza pública
tiene el control total y protege a la población” en la región. Pero la
realidad no le ayudó ni en los días previos ni en las horas que pasó allí,
en las que, a las acciones de la guerrilla, se sumó la indignación de los
indios, como se llaman a sí mismos.
Semana
preocupante
En la semana anterior a la
llegada del presidente, el frente sexto de las Farc y la columna Jacobo Arenas
protagonizaron una notable escalada en una región donde las Farc operan desde
que Tirofijo enviara del Tolima, a comienzos de los años sesenta, el primer
destacamento guerrillero a Santo Domingo, en las montañas del Cauca.
En varios municipios hubo
ataques con tatucos, esos lanzacohetes artesanales que raramente dan en el
blanco y caen en las casas. En Argelia, al sur, una moto bomba, dirigida
contra la Policía, mató a un niño e hirió a otros cuatro. En otro ataque,
siete policías fueron heridos. En El Plateado, una vereda de ese municipio,
un helicóptero civil que aterrizó de emergencia fue incendiado y sus dos
pilotos, secuestrados. Jambaló quedó desconectado del mundo por la voladura
de sus torres de comunicación, estuvo sin luz unos días y ha sufrido ataques
regularmente por más de una semana.
Caso aparte fue la arremetida
sin precedentes que sufrió Toribío, que averió docenas de viviendas y cuyo
punto culminante fue un cilindro que cayó en un hospital indígena e hirió a
dos enfermeras, a una de las cuales debió amputársele una pierna. No fue el
típico hostigamiento de dos o tres milicianos de civil que disparan un tiro o
lanzan una pipeta y se camuflan en una casa.
Fue un ataque protagonizado por
grupos de guerrilleros uniformados que la fuerza pública no pudo repeler por
tres días, “con 15 puntos de fuego” contra el pueblo desde los cerros
cercanos, según lo describió un oficial. Al menos uno de esos grupos, según
los pobladores del lugar y varios militares que lo combatieron, tenía 30
integrantes. No pocas personas con las que habló este corresponsal
coincidieron en que los frentes del Cauca han sido reforzados por “muchos”
guerrilleros venidos de otros departamentos. El ataque contra Toribío fue de
una duración y una envergadura a las que las Farc hace mucho no se
arriesgaban.
En total, en un comunicado, las
Farc alegaron haber sostenido 32 “acciones de guerra” en la región en
esos días.
Día de
propaganda
El día de la visita
presidencial, conscientes de las miras de las ametralladoras de los helicópteros
Arpía puestas sobre ellos, las Farc optaron por acciones de impacto mediático.
Mientras los generales afirmaban en la plaza del pueblo, en medio de abucheos,
que no había hostigamiento ese día contra Toribío (lo cual era exacto, pues
el pueblo no fue objeto de disparos y solo explotó un pequeño petardo),
desde los cerros cercanos los guerrilleros tiraban esporádicamente contra los
helicópteros que sobrevolaban. El seco tabletear de las ametralladoras con
las que estos respondían fue el sonido de fondo de la visita presidencial que
el país escuchó en directo por televisión.

Los
pobladores desarman trinchera de la policía: no quieren guerra en Toribío
Guerrilleros con uniformes y
botas del Ejército montaron, durante buena parte del día, cerca del pueblo,
dos retenes en la carretera que viene de la Panamericana a Toribío. Paraban
los carros –varios de ellos de la prensa, que se bajaba a grabar los conos
naranja que con ‘todas las de la ley’ habían puesto las Farc en la vía–,
pedían cédula y decían a los conductores: “Díganle al presidente que
para llegar a Toribío tuvieron que pasar por un retén del frente sexto de
las Farc”.
A las cuatro de la tarde, poco
antes de que la comitiva presidencial abandonara el pueblo, el general
Alejandro Navas, comandante general de las Fuerzas Militares, le susurró al
ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón: “Señor ministro, tenemos uno de
los Super Tucano que no se reporta hace media hora”. Poco después se
confirmaba: el avión había caído en un cerro cerca de Jambaló y sus dos
pilotos murieron. Aunque es improbable que haya sido derribado, por la altura
a la que vuela y porque las Farc no tienen los misiles tierra-aire capaces de
hacerlo, estas no tardaron no solo en proclamar su autoría, sino que
contactaron rápidamente a la prensa para que fuera al lugar.
En 2006, Colombia compró a
Brasil 25 de estos pequeños cazas de combate, especiales para la guerra
contrainsurgente. Por sus bombardeos de precisión han muerto los jefes más
importantes de las Farc y nunca habían tenido un accidente. Aunque haya sido
un accidente, el hecho de que la primera de estas aeronaves, cuyo costo ronda
los 10 millones de dólares, se perdiera justo el día de la visita del
presidente a la región solo contribuyó a reforzar la percepción pública de
que el Estado está muy lejos del “total control” que vino Santos a
proclamar al Cauca.
Y se alzó el
indio
Pero si las Farc
le dieron un mal rato al presidente, el más espinoso se lo
depararon los indios. El ataque contra Toribío y las víctimas
civiles en el hospital indígena generaron una indignación
que hace mucho no se veía entre la comunidad. Un día antes
de la llegada del mandatario, una muchedumbre de miembros de
los cabildos destruyó tres trincheras de la Policía,
exigiendo su retiro del casco urbano.

Guardia
indígena: la población demanda desmilitarizar el territorio
y dejarlo bajo control de su guardia
Cuando Santos llegó y entró al
consejo de ministros en la Casa Cural, las autoridades indígenas se reunieron
en el parque y decidieron no hablar con él aduciendo que no vino convocado
por ellos y que no querían validar las decisiones que se tomaran, sin
consultarles, en el Consejo de Ministros, según explicó Feliciano Valencia,
uno de sus voceros, a la gente congregada frente a la iglesia.
Entregaron al presidente un
documento en el que declaran un fracaso la estrategia estatal en la región,
demandan desmilitarizar su territorio y dejarlo bajo control de la guardia indígena
y fortalecer la economía comunitaria como alternativa a los cultivos de coca
y marihuana que proliferan en muchas comunidades, entre otros puntos.
Acto seguido, una comisión de
indígenas se dirigió al cerro Berlín, donde están las torres de comunicación
que dominan Toribío, a exigir al Ejército retirar su puesto de vigilancia,
igual que había hecho otro grupo de indígenas en Monte Redondo, en el
municipio de Miranda, el día anterior. Taparon con tierra las trincheras y
desmontaron los cambuches de los soldados, que no se fueron, pero no opusieron
resistencia. Al cierre de esta edición, muchos indígenas se mantenían
acampados ahí.
Otro grupo se dirigió hacia los
retenes de las Farc en la carretera, seguido por buena parte de los
periodistas que cubrían la visita presidencial. En la vereda San Julián, a
escasos dos kilómetros de Toribío, los indígenas se apoderaron de cinco
cohetes artesanales de las Farc, ocultos a un lado de la vía, para
desactivarlos. Un kilómetro más adelante, encontraron a varios guerrilleros
que paraban los vehículos y les exigieron, sin éxito, poner fin al retén y
retirarse de la zona.
El comandante del grupo, que no
quiso identificarse, aprovechó para organizar, con los medios que habían
venido a cubrir al presidente, una conferencia de prensa en la que reiteró
que las Farc están en el Cauca hace décadas y no tienen la menor intención
de irse. El espectáculo de los micrófonos tendidos ante el comandante
guerrillero, sentado bajo un árbol, que sin mirar a nadie a los ojos
manipulaba tranquilamente su radio, a corta distancia de uno de los más
grandes operativos de seguridad que ha visto el Cauca, era casi surrealista.
Una hora después, el retén había desaparecido.
Todo esto, emitido por televisión,
compitió con el discurso que el presidente, al terminar su consejo de
ministros, dirigió a los toribianos, en el que anunció un plan de
inversiones por medio billón de pesos y el apoyo a una lista de obras que el
alcalde de Toribío le había solicitado. La gente aplaudió cuando prometió
que se construirán el polideportivo y la plaza de mercado, pero recibió en
medio de un silencio sepulcral el anuncio de que ni un solo militar saldrá
del Cauca y que la campaña contra las Farc solo va a arreciar. Hubo también
algunos abucheos.
Final no tan
feliz
Así terminó esta insólita
jornada. El presidente fue a Toribío a afirmar el control del Estado, en un
intento por salirle al paso a un momento crítico, pero su visita tuvo el
efecto contrario: todo el país se dio cuenta de cuán lejos de ganarse está
la guerra en el Cauca.
Una conclusión que era
previsible. Más allá de las intenciones del gobierno de mostrar que está al
frente de la situación, si hay un lugar donde es evidente el fracaso de las
estrategias estatales, es el Cauca. El abandono del Estado es tan parte de la
normalidad como la guerra.
Un año después de la explosión
de la chiva bomba que destruyó docenas de viviendas y mató varias personas,
en 2011, la mayoría de los afectados no ha recibido “ni un ladrillo”,
como reconoce un alto funcionario gubernamental. Esta vez, el Cauca es noticia
por el sostenido ataque contra Toribío y por la visita presidencial. Pero
desde hace más de 20 años, escenas como las que se vieron por televisión
son el pan de cada día para los que viven aquí.
Las dificultades no vienen de
ahora. La política de seguridad democrática no tuvo éxito en el Cauca. En
abril de 2004, el presidente Uribe hizo un consejo comunitario en Santander de
Quilichao, en el que dijo, poco más o menos, lo mismo que el presidente
Santos en Toribío respecto a las Farc y la presencia de la fuerza pública.
Eso fue hace casi ocho años y la conclusión de la gente en la región es que
el Estado no ha podido protegerla ni, mucho menos, garantizarle condiciones de
vida más o menos dignas.
Desde febrero, está en pie una
nueva ofensiva militar. El Cauca es una de las diez áreas donde se concentra
la nueva estrategia del Estado contra las Farc, a cargo de una fuerza de tarea
conjunta denominada Apolo. “El último batallón llegó hace una semana”,
dijo a SEMANA el ministro de Defensa, quien sostiene que las cosas no son fáciles,
pero que lo que se está haciendo es “correrle las líneas a las Farc, como
se hizo en Cundinamarca y Montes de María con éxito”.
El general Navas, comandante
general, dice que las acciones de la guerrilla buscan distraer la atención
que la Fuerza de Tarea Apolo mantiene sobre los jefes del Bloque Occidental e
impedir que cierre el corredor Jambaló-Corinto-Caloto por el que la coca se
mueve hacia el Pacífico. Sostiene, además, que los indígenas que
desmantelan trincheras del Ejército y la Policía están en un artículo del
Código Penal: “violencia contra servidores públicos”. Recientemente, en
un intento por desmantelar lo que las autoridades llaman “redes de apoyo al
terrorismo” que rememoró detenciones masivas del pasado, fueron capturados
29 indígenas, entre ellos, dos líderes respetados en Caldono.
Esta, sin embargo, es solo la
variable militar de una ecuación que históricamente se ha resistido a ese
remedio. El propio ministro de Defensa lo reconoce: “En esas áreas base (de
retaguardia histórica de las Farc, como el Cauca) a las que hemos entrado,
esto no se gana solo con tiros, sino con la entrada de todo el Estado”.
A pesar del ofrecimiento del
presidente de invertir medio billón de pesos, el problema no es solo de plata
–que es necesaria pero no suficiente–. Gracias a una mezcla de abusos e
inequidades histórica, el Estado ha fracasado completamente hasta ahora en el
Cauca, al igual que en otras regiones, en lograr la confianza de una población
a la que, además, apenas si entiende. La reacción de los indígenas contra
la presencia militar y policial en sus comunidades, que las Farc usan como
excusa para atacarlas, refleja problemas de fondo, ante los cuales ni la plata
ni los fusiles oficiales son eficaces.
Los indígenas, que son la
aplastante mayoría de la región, son uno de los grupos más organizados del
país, pero hay profundas diferencias en su seno. Al presidente, por ejemplo,
se le entregó un documento alternativo de juntas de acción comunal del casco
urbano de Toribío en el que se dicen en desacuerdo con la destrucción de las
trincheras y con ir a hablar con la guerrilla para que se retire, pero
coinciden con que no hay solución militar a lo que está pasando. La coca y
los invernaderos de marihuana ‘cripy’, como llaman a la variedad más
potente y cotizada, invaden las veredas y están cambiando aceleradamente el
tejido social de las comunidades en las que las Farc y los narcos pescan
seguidores con facilidad.
A
estos fenómenos sutiles, claves en la solución de una guerra de tantos años,
poca atención se les presta en las estrategias militares o de inversión que
se están poniendo en pie (sin contar con que unas y otras arrancan tarde,
casi a mitad de gobierno). La mejor prueba de ello es el viaje presidencial:
pese a sus anuncios, Juan Manuel Santos no logró dialogar con los indígenas.
No es el primer presidente al que le pasa. Mientras esto no cambie, la guerra
sin fin del Cauca va a continuar.
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