El imperialismo

en el siglo XXI

 

La estrategia del imperio norteamericano

 

Por Alex Callinicos

 

Alex Callinicos es profesor de política en la Universidad de York y miembro del Socialist Workers Party de Inglaterra. El presente artículo fue publicado en las revistas International Socialist (dic/2001) y en Socialismo o Barbarie (nov/2002).

 

El unilateralismo norteamericano se ha convertido en la cuestión predominante de la política mundial. Es uno de los rasgos más visibles del actual gobierno norteamericano desde que George W. Bush asumió en enero del 2001. Al denunciar Bush el protocolo de Kioto sobre el recalentamiento global, el Financial Times de Londres comentó: “La posición antirregulatoria en lo interno y el enfoque unilateralista en lo externo son señales de que el gobierno estadounidense será el más conservador desde la Segunda Guerra Mundial [1939-45].”[1] Esta tendencia se reforzó en forma dramática a raíz del 11 de septiembre del 2001, sobre todo con el vigoroso avance del gobierno de Bush hacia una guerra para imponer un “cambio de régimen” en Irak, con el apoyo obsecuente de siempre de Tony Blair. En el primer aniversario de los atentados en Nueva York y Washington se dio a conocer una Estrategia de Seguridad Nacional nueva que comienza con la afirmación: “Estados Unidos posee una fuerza e influencia sin precedentes —y sin igual— en el mundo” y concluye con la advertencia: “Nuestras fuerzas tendrán el poder suficiente para disuadir a los adversarios en potencia de iniciar una escalada militar con la esperanza de superar o igualar el poderío de Estados Unidos.”[2]

Esta afirmación contundente de que, al decir del periodista de derechas Anatole Lieven, EE.UU. aspira a “la dominación unilateral del mundo por medio de la superioridad militar absoluta”, ha sido una desagradable sorpresa para los que se tragaron la idea —muy difundida en la inmediata posguerra fría— de que la globalización económica vendría acompañada por el surgimiento de “métodos globales de gobierno” capaces de superar la centenaria lucha por la supremacía entre las grandes potencias.[3] Nadie ha defendido esta posición con mayor energía que [el primer ministro británico Tony] Blair, quien expuso su “Doctrina de la comunidad internacional” por primera vez durante la guerra de los Balcanes de 1999 y la reafirmó en el congreso del Partido Laborista de septiembre del 2001.[4] Los exaltados elogios de Blair al “reordenamiento del mundo” se dan de patadas con el acertado pronóstico de Condoleezza Rice, la asesora de Seguridad Nacional de Bush, de que su gobierno “actuará desde el terreno firme de los intereses nacionales, no los de una comunidad internacional ilusoria”.[5]

 

Comprender al imperialismo norteamericano

 

La moralina farisaica que emplea Blair para proporcionar una fachada de justificación a la Realpolitik de Bush y sus asesores tiene su aspecto absurdo. Pero lo importante es comprender lo que está en juego en el impulso belicista norteamericano actual. Edward Luttwak define la estrategia general de la siguiente manera: “es la dimensión del conflicto entre Estados en la cual lo militar se desenvuelve en el contexto más amplio de la política interior, la diplomacia internacional, la actividad económica, y todo lo que fortalece o debilita”.[6] ¿Cuál es entonces la estrategia general del imperio norteamericano bajo George W. Bush?

Uno de las características salientes de la teoría marxista del imperialismo es que trata los conflictos diplomáticos y militares entre los Estados como instancias del proceso más general de competencia que impulsa al capitalismo. En concreto, tal como la formuló Nikolai Bujarin durante la Primera Guerra Mundial [1914-18], la teoría del imperialismo sostiene que durante el siglo XIX, dos procesos hasta entonces relativamente autónomos —la rivalidad geopolítica entre los Estados y la competencia económica entre los capitales— tienden a fusionarse cada vez más. Por un lado, la industrialización creciente de la guerra significaba que las grandes potencias ya no podían conservar sus posiciones sin desarrollar una base económica capitalista. Por el otro lado, en virtud de la concentración e internacionalización crecientes del capital, las rivalidades económicas entre empresas traspasaban las fronteras nacionales para convertirse en enfrentamientos geopolíticos en los cuales los combatientes requerían el apoyo de sus respectivos Estados. La competencia económica y por la seguridad se entrelazaban en conflictos de carácter cada vez más complejo que desembocaron en la era terrible de las guerras interimperialistas desde 1914 hasta 1945.[7]

Esta teoría proporciona el marco más adecuado para comprender el actual impulso belicista norteamericano. Pero antes de seguir, es necesario aclarar una cuestión crucial. Tanto partidarios como críticos de la teoría marxista del imperialismo suelen reducirla a la afirmación de que los Estados imperialistas actúan motivados exclusivamente por razones económicas. Un ejemplo reciente es la difundida idea de que el verdadero objetivo del ataque occidental a Afganistán fue el deseo del gobierno de Bush y las empresas petroleras con las cuales está estrechamente aliado de construir un oleoducto a través del país para exportar el petróleo y el gas del Asia Central.[8]

Indudablemente, las reservas de combustibles constituyen un factor de peso en los intereses de Washington en la región, pero reducir la guerra en Afganistán a esos intereses sería un grave error. Como veremos, Estados Unidos atacó Afganistán sobre todo por razones políticas centradas en la reafirmación de su hegemonía global después del 11 de septiembre. Su mayor acceso al Asia Central fue un subproducto importante del derrocamiento de los talibán, no el motivo principal de esa acción. Con todo, sería un error igualmente grave reducir la estrategia nortamericana a la geopolítica: el control del petróleo del Medio Oriente es, como se verá, uno de los factores de mayor peso en los planes bélicos de Washington.[9]

Durante la historia del imperialismo, las grandes potencias han actuado por una mezcla compleja de razones económicas y geopolíticas. A fines del siglo XIX, la clase dominante británica empezó a ver en Alemania un gran peligro para sus intereses, principalmente ante la decisión del II Reich [*] de construir una fuerza naval de primer orden. Esto constituía una amenaza a la supremacía naval británica, de la cual dependían tanto la seguridad de las Islas Británicas como el control del imperio y el flujo de ganancias de las inversiones en ultramar.[10]

Para dar otro ejemplo, Hitler era un gobernante movido intensamente por su ideología, cuyo objetivo a largo plazo era asegurar la dominación de la gran masa de Eurasia por una Alemania purificada racialmente. Sin embargo, los factores económicos tenían gran peso tanto en la estrategia militar (las decisiones de iniciar la Segunda Guerra Mundial, extenderla a la Unión Soviética y tratar de tomar Stalingrado obedecieron en gran medida al temor de que escasearan las materias primas), como en la visión hitleriana de una Rusia colonizada para resolver las contradicciones económicas del capitalismo alemán.[11]

Hoy es importante comprender que la teoría marxista del imperialismo analiza las formas bajo las cuales se entrelazan la competencia geopolítica y económica bajo el capitalismo; bajo ningún concepto se trata de reducir la una a la otra.

 

La estrategia de Estados Unidos después de la Guerra Fría

 

El origen de la “fuerza sin precedentes y sin igual” de la cual se jacta el gobierno de Bush radica, claro está, en el desenlace de la última etapa de competencia interimperialista, la Guerra Fría (1945-1990). Tras las revoluciones en Europa central y oriental en 1989 y el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos quedó como potencia militar dominante. El capitalismo norteamericano ahora pudo conseguir acceso a regiones que hasta entonces le estaban vedadas debido a la división del mundo durante la Guerra Fría en bloques dominados por las superpotencias rivales, principalmente el Asia Central, con sus importantes reservas de combustibles y su situación estratégica en la frontera entre las esferas de influencia rusa y china. No obstante, la desintegración del sistema estalinista no abolió la rivalidad entre las grandes potencias. Sin dejarse amedrentar por la cháchara triunfalista sobre “el fin de la historia” y el advenimiento de un segundo siglo norteamericano, algunos marxistas sostuvieron que, al ser eliminada la disciplina relativa impuesta por la estructura bipolar de la política internacional durante la Guerra Fría, el mundo ingresaba en un período de competencia geopolítica intensificada, y por lo tanto, de peligro e inestabilidad mayores de los que habían reinado antes de 1989.[12]

Concretamente, Estados Unidos enfrentaba dos posibles desafíos. El primero surgió en el seno del bloque capitalista occidental. Durante la Guerra Fría, Alemania y Japón se habían subordinado a la conducción política y militar de Washington, pero se habían convertido en grandes rivales económicos del capitalismo norteamericano. El retroceso económico relativo de Estados Unidos frente a este desafío fue una de las fuerzas motrices principales de la nueva era de crisis de la economía mundial a finales de los 60.[13]

Liberados de las restricciones impuestas por la unidad contra el bloque oriental, Alemania y Japón podrían tratar de afirmarse en el terreno geopolítico y convertirse en potencias mundiales capaces de amenazar la hegemonía norteamericana. Aunque la Alemania reunificada hiciera alarde de su independencia de Washington (por ejemplo, al provocar la desintegración de Yugoslavia en 1991-92 frente a los intentos del gobierno de Bush padre [1989-93] de mantener unida la federación), era el Japón que aparecía como la amenaza mayor en virtud de su penetración en los mercados norteamericanos y sus inversiones en el propio territorio de EE.UU. A principios de los 90, George Friedman, de la consultora de seguridad Stratfor, fue coautor de un libro que anunciaba The Coming War with Japan [La inminente guerra con Japón].

El segundo grupo de rivales en potencia provenía de afuera del bloque occidental. Aunque empobrecida y sumida en el caos social y político, Rusia seguía siendo una gran potencia, con sus miles de ojivas nucleares, su gran territorio que abarca Europa y Asia, y sus vastas reservas de combustibles.

China era una amenaza aun mayor. El crecimiento económico veloz registrado por los chinos desde que sus gobernantes adoptaron el estalinismo de mercado en los años 80, aparecía como una reivindicación del capitalismo liberal, pero también les dio los recursos para crear una importante potencia militar en la región geopolítica más inestable del mundo.[14] A medida que el desafío económico japonés retrocedía a lo largo de los 90, China surgía como la amenaza a largo plazo para el capitalismo norteamericano. Recientemente, el principal analista norteamericano de relaciones internacionales, John Mearsheimer, escribió:

“Otra manera de ilustrar el futuro poderío de China si su economía sigue creciendo rápidamente es mediante la comparación con Estados Unidos. El PBN norteamericano es de 7,9 billones de dólares. Si el PBN per cápita chino es equivalente al de Corea [del Sur], el PBN global chino sería de unos 10,66 billones de dólares, 1,35 veces el de Estados Unidos. Si llega a la mitad del PBN per cápita japonés, el PBN global chino sería 2,5 veces el de Estados Unidos. A título de comparación, la riqueza de la Unión Soviética equivalía aproximadamente a la mitad de la norteamericana durante la mayor parte de la Guerra Fría... En pocas palabras, China tiene el potencial de ser mucho más poderosa incluso que Estados Unidos.”[15]

Sobre la base de esta proyección, Mearsheimer elabora una hipótesis sombría para el noreste asiático y, en realidad, el mundo entero:

“China no sólo sería mucho más rica que cualquiera de sus rivales asiáticos... sino que su enorme ventaja en materia de población le permitiría construir un ejército mucho más poderoso que el de Japón o Rusia. Además tendría los recursos para adquirir un arsenal nuclear impresionante. El noreste asiático sería mucho más peligroso de lo que es ahora. Como todos los hegemónicos en potencia que la precedieron, China tendería a convertirse en un hegemónico real, y todos sus rivales, incluido Estados Unidos, la cercarían para tratar de impedir su expansión.”[16]

Otros analistas como Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter (1977-1981), son mucho más escépticos acerca de la capacidad de China de desafiar seriamente la hegemonía norteamericana, sobre todo cuando las predicciones se basan (como posiblemente las de Mearsheimer) en “la confianza mecanicista en las proyecciones estadísticas”.[17] Con todo, Brzezinski es uno de los que alega con mayor energía que el desafío que enfrenta la clase dominante norteamericana desde el fin de la Guerra Fría es el de conservar su liderazgo sobre los estados capitalistas occidentales y extenderlo para incorporar a las demás grandes potencias. El principal triunfo geopolítico del gobierno de Clinton (1993-2001) consistió en mantener una hegemonía norteamericana reorganizada en Eurasia. Esto se vio facilitado en gran medida por el contexto económico. Durante la mayor parte de los 90, la economía norteamericana conoció un boom que fue adquiriendo fuerza a lo largo del decenio.[18] En ese mismo período, la economía alemana se estancó y la japonesa sufrió la caída deflacionaria más grave de cualquier estado capitalista importante desde los años 30. Este cambio relativo de la relación de fuerzas económica a favor de Estados Unidos se vio reforzado por el uso selectivo de la fuerza militar por parte del gobierno de Clinton. El bombardeo de Serbia por la OTAN [**] en 1995 a raíz de la cuestión de Bosnia y —en escala mucho mayor—de Kosovo en 1999 sirvieron para poner de manifiesto la dependencia de la Unión Europea de la conducción política y la fuerza militar norteamericanas para resolver las crisis, incluso en su propio patio trasero balcánico.

La expansión de la OTAN hacia Europa oriental y central durante la guerra de los Balcanes de 1999 cumplió una triple función: 1) mantuvo la posición de Estados Unidos, ganada durante la Guerra Fría, de potencia dominante en Europa Occidental y la extendió hacia el este; 2) legitimó la penetración en la zona estratégica y económicamente clave del Asia Central por una OTAN, ya bajo la conducción norteamericana, y ahora autorizada a realizar operaciones “extrazona”; 3) redundó en una nueva estrategia para cercar a Rusia, que en opinión de los autores de la política norteamericana, difícilmente se transformaría en una democracia liberal próspera y por lo tanto debería ser contenida.[19]

Los resultados de la primera prueba que enfrentó la nueva OTAN contra Serbia fueron equívocos, en el mejor de los casos, ya que el bombardeo (que causó escasos daños graves al ejército yugoslavo) fue sólo uno entre varios factores que llevaron a Milosevic a abandonar Kosovo: la negativa rusa a respaldarlo y su presión para que llegara a un acuerdo fue un factor de gran peso, por ejemplo. Pero fue en la guerra de los Balcanes que se invocó con mayor insistencia la ideología de la intervención humanitaria, sobre todo por parte de Blair, que afirmaba el derecho de la “comunidad internacional” —en este caso, Estados Unidos y sus aliados europeos— de atropellar las soberanías nacionales y librar la guerra, ostensiblemente al menos, para castigar a los “Estados facinerosos” que violan los derechos humanos.[20]

A primera vista, pareciera que el gobierno de Clinton aplicó una estrategia multilateralista. Pero los verdaderos motivos de su estrategia fueron expuestos con la mayor claridad por Brzezinski, uno de los arquitectos principales de la expansión de la OTAN. En The Grand Chessboard señaló que esta estrategia encajaba dentro de de un enfoque más amplio cuya finalidad era mantener la dominación norteamericana mediante una política continental de dividir para dominar. Brzezinksi emplea el lenguaje del imperio (“La supremacía global norteamericana evoca de alguna manera a imperios anteriores”), al abogar por la construcción de coaliciones para incorporar y subordinar a rivales en potencia, como Alemania, Rusia, China y Japón:

“A corto plazo, conviene a Estados Unidos consolidar y perpetuar el pluralismo geográfico imperante en el mapa de Eurasia. Esto reconoce el valor de la maniobra y la manipulación para impedir el surgimiento de una coalición hostil que, con el tiempo, desafiaría la supremacía norteamericana, por no mencionar la posibilidad remota de que algún Estado en particular intentara hacerlo. A mediano plazo [en los próximos veinte años], se debe hacer hincapié cada vez más en el surgimiento de socios más importantes pero a la vez más estratégicamente compatibles que, bajo una conducción norteamericana, ayudarían a forjar un sistema de seguridad transeurasiático más dispuesto a la colaboración. Más adelante, en un plazo mucho más largo, lo anterior podría llevar a un núcleo de responsabilidad política auténticamente compartida.”[21]

Es importante comprender que a pesar del énfasis que pone en la construcción de coaliciones (y la disposición de Brzezinski a visualizar la posibilidad de una relación de auténtica cooperación entre las grandes potencias en un futuro muy remoto), la estrategia del gobierno de Clinton no puede considerarse multilateralista, al menos en términos sencillos. Promover la expansión de la OTAN y la Unión Europea sirvió para mantener la hegemonía norteamericana en Eurasia, no para crear una alternativa a ella. Clinton y sus asesores eran al decir de un conservador norteamericano, “multilateralistas funcionales”: “Los norteamericanos prefieren actuar con la sanción y el apoyo de otros países, si es posible. Pero tienen fuerza suficiente para actuar por su cuenta si necesitan hacerlo.”[22]

Estados Unidos inició la guerra de los Balcanes de 1999 bajo la égida de la OTAN, sin acudir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El gobierno de Clinton ya había desairado a la ONU cuando bombardeó Irak en 1998 con el apoyo de Gran Bretaña y Kuwait. Madeleine Albright, la secretaria de Estado de Clinton que se destacaba por su ineptitud y arrogancia, justificó un ataque previo a Irak con misiles crucero con el siguiente argumento: “Si tenemos que usar la fuerza, es porque somos Estados Unidos.Tenemos nuestro orgullo. Miramos hacia un futuro más lejano.”[23] Esta clase de soberbia imperialista provocó la siguiente advertencia por parte de Samuel Huntington, veterano servidor del Estado norteamericano: “Al actuar como si éste fuera un mundo unipolar, Estados Unidos se encuentra cada vez más solo en el mundo... Mientras denuncia a diversos países como ‘Estados facinerosos’, Estados Unidos se convierte a los ojos de muchos en la superpotencia facinerosa.”[24]

 

La doctrina de Bush: “represalias preventivas”

La superpotencia facinerosa se ha lanzado a un asalto rabioso. Las atrocidades terroristas del 11 de septiembre del 2001 representaron lo que el politólogo norteamericano Chalmers Johnson llamó una “explosión de revés”. La reacción que provocó el poder imperial norteamericano, sobre todo en Medio Oriente, ya había costado la vida a miles de civiles norteamericanos inocentes.[25] Pero los atentados en Nueva York y Washington dieron al gobierno de Bush (hijo) un margen mucho mayor que antes para seguir una estrategia global cualitativamente más unilateralista que la de sus antecesores.

El desdén del gobierno por la construcción de coaliciones quedó manifiesto en su actitud hacia la OTAN. El 12 de septiembre del 2001, la alianza del Atlántico Norte invocó, por primera vez en su historia, el artículo 5 del tratado de 1949 que creó la OTAN, al declarar que todos los Estados miembros de la alianza se consideraban víctimas de los ataques a Estados Unidos. Bush aceptó esta declaración de solidaridad junto con una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, pero el Pentágono ni siquiera asoció a la OTAN en su guerra contra Afganistán. La OTAN, que dos años antes había sido el instrumento preferido por Washington para su intervención en los Balcanes, esta vez era tratada con el desdén que los norteamericanos suelen reservar para la ONU. El documento del gobierno norteamericano National Security Strategy (La estrategia de seguridad nacional) le dedica apenas tres párrafos.

Esta preferencia por la acción unilateral reflejaba en primera instancia el golpe simbólico grave sufrido por el poder estadounidense el 11 de septiembre. Después de los ataques espectaculares a su centro financiero y al cuartel general de sus fuerzas armadas, era imprescindible que el Estado norteamericano devolviera el golpe directamente, sin acudir a las fuerzas de seguridad internacionales. El poder norteamericano había sido violado: el poder norteamericano debía vengarse. Ya durante la guerra de los Balcanes de 1999, los jefes del Pentágono expresaban su impaciencia ante los procedimientos torpes y lentos de la OTAN. Pero desde la caída de Kabul en noviembre del 2001, resultaba claro que el gobierno de Bush iba a utilizar la “guerra contra el terrorismo” para justificar una estrategia geopolítica mucho más agresiva, que emplearía el poder militar para eliminar algunas amenazas e intimidar a todos.

El primer paso fue la ampliación de los objetivos de la guerra, anunciada por Bush en su discurso sobre el Estado de la Nación el 29 de enero del 2002. Al reafirmar que “nuestra guerra contra el terror apenas comienza”, Bush declaró que, además de atacar directamente las redes terroristas, “nuestro segundo objetivo es impedir que los regímenes que patrocinan el terror amenacen a Estados Unidos, nuestros amigos o nuestros aliados con armas de destrucción masiva”, y designó a Irán, Irak y Corea del Norte como integrantes de un “eje del mal”.[26] El subsecretario de Estado John Bolton posteriormente extendió la red para incluir a Libia, Siria y Cuba como “Estados patrocinadores del terrorismo que están construyendo o tienen los medios para construir armas de destrucción masiva”.[27]

Pero la plena envergadura de la estrategia del gobierno se dejó ver claramente cuando Bush anunció, en un discurso en la academia militar de West Point el 1 de junio del 2002, lo que el Financial Times llamó “una doctrina totalmente nueva de acción preventiva”.[28] Bush dijo:

“Durante buena parte del siglo pasado, la defensa de Estados Unidos se basó en las doctrinas de la Guerra Fría de disuasión y contención. En algunos casos, esas estrategias siguen vigentes. Pero nuevas amenazas requieren ideas nuevas. La disuasión —la promesa de represalias en gran escala contra las naciones— no tiene sentido contra furtivas redes terroristas que no tienen nación ni ciudadanos que defender. La contención no es posible cuando dictadores desequilibrados que poseen armas de destrucción masiva podrían lanzarlas con misiles o proveerlas clandestinamente a sus aliados terroristas.

“No podemos defender a Estados Unidos y nuestros amigos con esperanzas. No podemos confiar en la palabra de los tiranos, que solemnemente firman tratados de no proliferación y los violan de manera sistemática. Si esperamos a que se realicen plenamente las amenazas, habremos esperado demasiado tiempo. (Aplausos.)

“La defensa interior y la defensa antimisilística son parte de la seguridad reforzada, prioridades esenciales para Estados Unidos. Pero la guerra contra el terror no se gana a la defensiva. Debemos llevar la batalla al terreno del enemigo, desbaratar sus planes, enfrentar las peores amenazas antes de que surjan. (Aplausos.) En el mundo en que hemos entrado, el único camino hacia la seguridad es el camino de la acción. Y esta nación actuará.”(Aplausos).[29]

La “doctrina Bush” de las “represalias preventivas” (como la llamó un funcionario del gobierno) está consagrada en el documento La estrategia de seguridad nacional: “Si bien Estados Unidos tratará constantemente de obtener el apoyo de la comunidad internacional, no vacilaremos en actuar por nuestra cuenta, si es necesario, para ejercer nuestro derecho de autodefensa mediante la acción preventiva.”[30]

La primera prueba de esta doctrina es Irak. La política norteamericana en el Medio Oriente después de la guerra del Golfo Pérsico de 1991 fue de “contención doble”, diseñada para aislar a Irán e Irak. En el caso de este último, se aplicó una combinación de sanciones económicas y bombardeos para mantener el régimen del Ba’ath de Saddam Hussein débil y a la defensiva. Para fines de los 90, esta política se derrumbaba desde el punto de vista diplomático ya que tanto Francia y Rusia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, como los Estados árabes mostraban un creciente interés en fortalecer sus vínculos económicos y diplomáticos con Irak. Para mantener el aislamiento de Irak, Washington y Londres se vieron obligados a tomar medidas unilaterales, en particular la intensificación de la campaña de incursiones aéreas.[31]

Ya en el 2000, Condoleezza Rice (entonces profesora en la Universidad de Stanford y asesora del candidato Bush) abogaba por la prolongación de esta política. En alusión a “Estados facinerosos” como Irak y Corea del Norte, escribió:

“Estos regímenes viven en un tiempo prestado. No debe haber sensación de pánico con respecto a ellos. Más bien, la primera línea de defensa debería ser una declaración clara y clásica de disuasión: si adquieren armas de destrucción masiva, no podrán usarlas porque cualquier intento en ese sentido provocará la aniquilación nacional.”[32]

Cuando se le cuestionó recientemente acerca de estas afirmaciones, Rice bromeó a la defensiva que “los académicos pueden escribir cualquier cosa”, y se respaldó en la espantosa advertencia del 11-9.[33] El argumento no es persuasivo. La amalgama que intentan hacer Bush y Blair entre regímenes como el de Saddam y la red terrorista al-Qaida pasa por alto que no se ha encontrado la menor prueba que vincule a Irak con el 11 de septiembre. Nada de lo sucedido desde esos atentados altera el hecho de que un Estado que montara un ataque nuclear, químico o biológico contra Estados Unidos cometería un suicidio nacional. Y desde luego, las acusaciones sobre armas de destrucción en masa pasa por alto los enormes arsenales nucleares de Estados Unidos y otras potencias dominantes, así como el desarrollo de esas armas por Estados estrechamente alineados con Washington como Israel y Pakistán. Para comprender la Doctrina Bush, es necesario echar una mirada más profunda al gobierno de Bush mismo.

 

Bush II: la derecha republicana toma el timón

Al principio se solía presentar al gobierno de Bush hijo como una continuación del de su padre. Así, se dice que la guerra prevista contra Irak busca saldar una vieja cuenta familiar. Pero esta clase de interpretaciones son fundamentalmente erróneas.[34] Si bien varios altos funcionarios del gobierno actual —en particular el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Estado Colin Powell y el de Defensa Donald Rumsfeld— cumplieron funciones importantes bajo Bush padre entre 1989 y 1993, ideológicamente Bush II se remonta a la era de Ronald Reagan, presidente durante la última etapa de la Guerra Fría, de 1981 a 1989.

Fue Reagan quien denunció a la Unión Soviética como un “imperio del mal” y autorizó a la CIA y el Pentágono a que respaldaran guerrillas derechistas contra regímenes nacionalistas del Tercer Mundo en Nicaragua, Angola y Afganistán, que según Washington se habían alineado con el bando equivocado en la Guerra Fría.[35] El archicínico Henry Kissinger sintetizó en estos términos de admiración la política exterior reaganiana: “La sublime retórica wilsoniana en apoyo a la libertad y la democracia era matizada con un realismo casi maquiavélico... la Doctrina Reagan se resumía en la estrategia de ayudar al enemigo del enemigo: Richelieu la hubiese aprobado” (uno de los beneficiarios de esta estrategia fue Osama bin Laden).[36]

Bush hijo evidentemente ha adoptado el estilo personal de Reagan, el gran comunicador campechano que se concentró en pintar a grandes brochazos y limitarse a las cuestiones de más importancia (desde el punto de vista de la derecha republicana). Es más: la política del reaganismo es el eje central de su gobierno. Bush padre era producto de la elite intelectual del Este de EE.UU.; el tono de su política exterior lo daba el secretario de Estado James Baker, quien construyó una gran coalición basada en la autoridad del Consejo de Seguridad de la ONU para librar la guerra contra Irak y negó a Israel una garantía para un préstamo de 10.000 millones de dólares para obligar al primer ministro derechista Yitzhak Shamir a participar en la conferencia de paz de Madrid con la Organización para la Liberación de Palestina.[37]

Cheney, el secretario de la Defensa de Bush padre, era entonces una figura relativamente aislada. En marzo de 1992, el diario New York Times obtuvo una copia de un documento del Pentágono sobre política de defensa. En lo principal, anticipaba la estrategia de seguridad nacional de Bush hijo: “Nuestro primer objetivo es impedir el resurgimiento de un nuevo rival... que represente un desafío de la magnitud de la Unión Soviética... Nuestra estrategia debe cambiar de enfoque y concentrarse en impedir el surgimiento de un futuro competidor global en potencia.”[38]

Uno de los autores del documento (que fue repudiado por el gobierno del primer Bush) era Paul Wolfowitz, hoy lugarteniente de Rumsfeld. Según Frances Fitzgerald, Rumsfeld era “el mentor de Cheney en Washington, su amigo de más de treinta años. Como jefe de personal y luego secretario de Defensa de [el presidente Gerald] Ford, Rumsfeld provocó un fuerte viraje a la derecha del gobierno de Ford [1974-1977] y frustró el intento de [el secretario de Estado] Kissinger de firmar el tratado SALT II”, que reducía los arsenales nucleares de las superpotencias.[39]

Hoy, Cheney, Rumsfeld, y Wolfowitz conforman el núcleo de un grupo de intelectuales republicanos de derecha que determina la política del gobierno de Bush, junto con Condoleezza Rice en el Consejo Nacional de Seguridad; el subsecretario de Estado de Control de Armas y Asuntos Internacionales, John Bolton; y Richard Perle, el legendario “príncipe de las tinieblas” derechista bajo Reagan, hoy presidente de la Junta de Política de Defensa, un organismo asesor. Como dice Fitzgerald, “la que había sido una posición minoritaria en el gobierno del primer Bush se había convertido en mayoritaria en el segundo”.[40] Ahora Colin Powell, jefe del Estado Mayor Conjunto y arquitecto de la guerra del Golfo Pérsico de 1991 bajo Bush padre, queda aislado cuando aboga por la construcción de una coalición. La posición de Powell tuvo alguna influencia en el período inmediato posterior al 11 de septiembre, pero últimamente está siendo marginado cada vez más por los unilateralistas de derecha. ¿Cuál es el plan de éstos?

Como dice James Fallows, la visión de la derecha “se define por el pesimismo, el optimismo y la impaciencia ante los formalismos”.[41] El pesimismo se refleja principalmente en la suposición de que la supremacía norteamericana podría verse enfrentada en poco tiempo al surgir competidores de su mismo rango. Wolfowitz expresó este punto de vista en un ensayo que escribió en la época de Clinton. Allí comparó el triunfalismo post-1989 sobre la victoria del capitalismo liberal y “el fin de la historia” con la posición, muy difundida a fines del siglo XIX, de que la guerra se había vuelto obsoleta debido al crecimiento económico y la integración internacional:

“El fin de este siglo se asemeja al fin del anterior en otro sentido importante, pues el umbral del siglo XXI pone en tela de juicio las grandes esperanzas de paz y prosperidad. Junto con el progreso notable y pacífico que se producía a fines del siglo pasado, el mundo abordaba —más precisamente, no lograba controlar— el surgimiento de nuevas grandes potencias. No sólo Japón se volvía poderoso en Asia, sino que Alemania, que ni siquiera existía antes de fines del siglo XIX, se convertía en una fuerza dominante en Europa.

“Hoy, el mismo crecimiento económico espectacular que reduce la pobreza, extiende el comercio y crea nuevas clases medias también está generando nuevas potencias económicas y posiblemente militares. Esto sucede sobre todo en Asia... El surgimiento de China presentaría por sí solo problemas de magnitud; el surgimiento de China junto con otras potencias asiáticas presenta una ecuación sumamente compleja. En el caso de China, existe el factor de su evidente marginalidad. Comparándolo con el fin de siglo anterior, se presenta la analogía evidente y perturbadora [con] la posición de Alemania, un país convencido de que le habían negado su ‘lugar al sol’, de que las demás potencias lo habían tratado mal y que estaba resuelto a ocupar el lugar que le correspondía mediante la afirmación nacionalista.”[42]

Esta visión histórico-mundial respalda la preocupación del equipo de Bush por afirmar el poder militar norteamericano e impedir el surgimiento de retadores. Como dijo Zalmay Khalilzad, colaborador de Cheney en los 90 y ahora asesor especial del presidente para asuntos del Oriente Próximo, el Sudeste Asiático y el Norte de Africa, “corresponde a los intereses vitales de Estados Unidos estar dispuesto a usar la fuerza en caso de necesidad” para “prevenir el surgimiento de otro rival global en un futuro indeterminado”.[43] Una comisión creada por el grupo derechista Proyecto para un Nuevo Siglo Norteamericano (y que incluye a Wolfowitz junto con toda una galería de ideólogos republicanos) advirtió en el 2000:

“En la actualidad Estados Unidos no enfrenta un rival global. La estrategia general norteamericana debería apuntar a conservar y extender esta posición ventajosa lo más posible hacia el futuro. Sin embargo, existen Estados potencialmente poderosos descontentos con la situación actual y desesperados por cambiar, si pueden, con consecuencias que pondrán en peligro la situación relativamente pacífica, próspera y libre que disfruta el mundo hoy. Hasta ahora, les ha disuadido el poderío y la presencia global de la fuerza armada norteamericana. Pero a medida que decae ese poderío, en términos tanto relativos como absolutos, las condiciones felices que derivan de él se verán inevitablemente socavadas.”[44]

Así, el impulso para mantener la hegemonía norteamericana corresponde a una visión de debilidad potencial a largo plazo. Pero lo sustenta una confianza que deriva en parte del desenlace de la Guerra Fría. Como dice Fallows:

“La confianza radica en la convicción de que Estados Unidos puede ganar si enfrenta a los enemigos ‘malignos’. Prueba de ello es, claro está, la caída de la Unión Soviética. Ronald Reagan ganó la presidencia, no con invocaciones a la distensión sino con llamados a lograr la victoria total sobre el ‘imperio del mal’. Diez años después, el imperio había desaparecido. Casi todos los miembros actuales de la conducción de la defensa eran integrantes del equipo de Reagan. El recuerdo de ese triunfo subyace la promesa de George W. Bush de que los terroristas no sólo serán contenidos, como los narcotraficantes, sino derrotados como los nazis y los soviéticos.”[45]

Esta confianza es reforzada por los éxitos de las fuerzas armadas en la posguerra fría, en particular por el papel de la fuerza aérea en la victoria contra Irak en 1991, Yugoslavia en 1999 y Afganistán en el 2001.[46] Aun antes del 11 de septiembre, Rumsfeld peleaba por una transformación de las fuerzas armadas ante la resistencia del Pentágono. Para ello utilizaba la llamada “revolución en los asuntos militares” posibilitada en particular por el desarrollo de la tecnología informática, con el fin de reorganizar las fuerzas armadas norteamericanas en unidades especializadas relativamente pequeñas, apoyadas por distintas formas de poder aéreo con municiones de precisión. En un discurso clave de enero del 2002, Rumsfeld comparó el asalto a Mazaar-e-Sharif por la Alianza del Norte y las Fuerzas Especiales norteamericanas durante la guerra de Afganistán con la Blitzkrieg (guerra relámpago) nazi de 1939-41:

“Lo revolucionario e inédito en la Blitzkrieg no radicaba en los nuevos recursos empleados por los alemanes, sino más bien en la forma revolucionaria e inédita de mezclar recursos nuevos y existentes. Asimismo, la batalla por Mazaar provocó transformaciones.

“Las fuerzas coaligadas utilizaron recursos militares existentes, desde las más modernas armas guiadas por láser hasta antigüedades como los B-52 de hace 40 años, e incluso lo más rudimentario, un hombre a caballo. Los usaron de maneras inéditas, con consecuencias desastrosas para las posiciones enemigas, la moral enemiga, y esta vez, para la causa del mal en el mundo.”[47]

La misma fe en la destreza militar norteamericana se refleja en la afirmación de Richard Perle, de que bastarían apenas 40.000 soldados norteamericanos para derrocar a Saddam: “Me sorprendería que necesitáramos esos 200.000 soldados de los que suele hablar la prensa. Una fuerza mucho menor, integrada principalmente por fuerzas especiales con el respaldo de algunas unidades regulares, debería ser suficiente.”[48] Después de derrocar a los talibán, el equipo de Bush se cree capaz de cualquier cosa.

 

Estados Unidos contra Europa

Esta certeza explica lo que Fallows llama su “impaciencia con los formalismos”. En primer lugar, están aun menos dispuestos que sus predecesores demócratas o republicanos a respetar las instituciones internacionales. John Bolton resumió esta actitud cuando dijo: “No existen las Naciones Unidas. Existe una comunidad internacional que puede ser dirigida por la única potencia verdadera que queda en el mundo, que es Estados Unidos, cuando conviene a nuestros intereses y cuando podemos conseguir que otros nos sigan.”[49]

Esta posición no representa tanto una ruptura con el pasado como un cambio de énfasis: como hemos visto, el gobierno de Clinton estaba perfectamente dispuesto a soslayar a la ONU y tomar medidas unilaterales cuando lo consideraba necesario. Pero el gobierno de Bush hijo expresa con mayor franqueza su desdén por los demás Estados capitalistas principales de Europa Occidental y Asia oriental. Enfrentó desde sus comienzos una serie de conflictos con la Unión Europea en torno del protocolo de Kioto, el comercio (particularmente al imponer tarifas aduaneras sobre el acero) y la oposición norteamericana al Tribunal Internacional en lo Criminal. El desprecio implícito de la derecha republicana por los europeos fue expresado con franqueza por Perle, quien como asesor ad honorem del gobierno puede darse el lujo de la indiscreción. Cuando se le preguntó si Estados Unidos necesitaba el respaldo de la UE para derrocar a Saddam, respondió:

“El mismo fenómeno en virtud del cual los europeos toleran a Saddam Hussein —es decir, toleran a quien esté en el poder— los llevará a apoyar al régimen que suceda a Saddam. Cambiarán rápidamente... Harán lo que convenga a sus intereses. Quiero decir, que ahora están atestando los hoteles de Bagdad para firmar contratos que entrarán en vigencia cuando se levanten las sanciones. Estarán en los mismos hoteles, buscando los mismos contratos, con el próximo régimen.”[50]

A veces, este desdén por Europa se vuelve hostilidad lisa y llana, como lo evocó vívidamente Anatol Lieven, un periodista británico vinculado con la derecha republicana, inmediatamente después del 11 de septiembre:

“Poco después de que asumió poder el gobierno de Bush en enero, fui a almorzar en un lujoso restaurant de Nueva York con un grupo de jefes de redacción y periodistas de un influyente diario de derecha. Los platos y el vino eran sumamente caros, el decorado lujoso pero discreto, la clientela muy bien vestida y buena parte de la conversación alcanzaba un grado de demencia más que mediano. Con respecto a la mayor parte del mundo fuera de Estados Unidos, la actitud de mis anfitriones era una combinación de repugnancia, desprecio, desconfianza y miedo: no sólo hacia los árabes, rusos, chinos, franceses y otros, sino hacia los ‘gobiernos socialistas europeos’, cualquiera que fuese el significado de esa expresión. Esto iba acompañado de un fuerte deseo —al menos teórico— de lanzar acciones militares contra una amplia gama de países del mundo.”[51]

Según Lieven, un importante político republicano preguntó: “¿Quién dice que tenemos valores comunes con los europeos? Ni siquiera van a la iglesia.” Robert Kagan, colega de Lieven en el instituto conservador de investigaciones Carnegie Endowment for International Peace, ha desarrollado un análisis un tanto más sutil, según el cual la tendencia norteamericana hacia el unilateralismo y la posición firme de los europeos a favor del multilateralismo derivan de la “brecha de poder” entre los dos bandos:

“El problema transatlántico actual no es un problema de George Bush, sino un problema de poder. El poderío militar norteamericano ha generado una inclinación a utilizar esa fuerza. La debilidad de Europa ha generado un rechazo perfectamente comprensible hacia el ejercicio del poder militar. Por el contrario, ha dado lugar a un fuerte interés europeo por habitar un mundo donde la fuerza no importa, donde predominan el derecho y las instituciones internacionales, donde está vedada la acción unilateral por parte de sectores poderosos, donde todas las naciones independientemente de su fuerza gozan de igualdad de derechos y están bajo la protección igualitaria de normas internacionales de conducta acordadas en común. Los europeos están profundamente interesados en devaluar y finalmente erradicar las leyes brutales de un anárquico mundo hobbesiano [***] donde el poder es el determinante de última instancia de la seguridad y prosperidad nacionales.”[52]

Kagan sostiene que estas consecuencias de las diferencias de poder material entre Estados Unidos y Europa se vieron reforzadas por el desarrollo, a través de la integración europea, de instituciones multilaterales que alientan la conciliación de los intereses nacionales. Pero Europa pudo dominar las rivalidades interestatales por hallarse bajo el paraguas militar norteamericano:

“Gracias a la seguridad que le da Estados Unidos, el gobierno supranacional europeo no tiene necesidad de brindarla... La situación actual abunda en ironías. El rechazo de la política del poder por los europeos y su desdén por la fuerza militar como herramienta de las relaciones internacionales dependen de la presencia de las fuerzas armadas norteamericanas en tierra europea. El nuevo orden kantiano [****] de Europa sólo pudo florecer bajo el paraguas del poder norteamericano ejercido según las reglas del antiguo orden hobbesiano. Gracias al poder norteamericano, los europeos pudieron creer que el poder dejaba de ser importante”.[53]

Sobre la base de esta tesis, Kagan critica la idea, expuesta por Francis Fukuyama y sus discípulos, como el diplomático británico Robert Cooper, de que con “el fin de la historia” el capitalismo avanzado ha entrado en una era “posmoderna, poshistórica”, en la cual la guerra es obsoleta dentro de este bloque, aunque la amenaza aún existe en las regiones “modernas” o aún “premodernas” del mundo.[54] Tal vez Europa pudo trascender la historia, sostiene Kagan, pero “aunque Estados Unidos ha cumplido la función clave de introducir a Europa en el paraíso kantiano, y todavía cumple un papel al hacer posible ese paraíso, él mismo no puede ingresar en él. Mantiene la guardia en las murallas, pero no se le permite atravesar los portones. A pesar de su vasto poderío, Estados Unidos sigue atrapado en la historia, debe hacerse cargo de los Saddam y los ayatolas, los Kim Jong Il y los Jiang Zemin, mientras otros recogen los beneficios.”[55]

Esta imagen que tienen los estadounidenses de sí mismos como centinelas abnegados mientras los europeos corretean despreocupados por el paraíso posmoderno naturalmente genera encono. Algunas de las tensiones subyacentes afloraron en septiembre del 2002 cuando el canciller alemán Gerhard Schroeder, en peligro de perder las elecciones federales, orientó al Partido Socialdemócrata hacia una firme oposición a un ataque norteamericano a Irak. Cuando la ministra de Justicia alemana comparó a Bush con Hitler, Condoleezza Rice dijo que “se ha creado una atmósfera envenenada”.[56] Mientras Schroeder festejaba en Berlín su victoria por margen estrecho, Donald Rumsfeld repetía la protesta en una reunión de la OTAN en Varsovia. Richard Perle fue más allá al declarar que lo mejor que podía hacer Schroeder para restaurar las relaciones germano-estadounidenses era renunciar.[57]

 

Imperialismo de libre mercado

 

Con esta visión histórico-mundial, el equipo de Bush está convencido de que se les ha abierto una oportunidad para usar la supremacía militar y así consolidar la posición del capitalismo norteamericano a largo plazo. El 11 de septiembre y la “guerra contra el terrorismo” han creado la oportunidad para esta campaña, pero Estados Unidos busca peces mucho más gordos que el esquivo bin Laden y su red al-Qaida. Un pasaje clave de La estrategia de seguridad nacional del gobierno de Bush advierte: “Estamos atentos a la posible renovación de los antiguos patrones de competencia entre las grandes potencias. Varios aspirantes a grandes potencias están en período de transición interna, en particular Rusia, la India y China.”

Aunque repite que estas potencias comparten ciertos intereses y valores con Estados Unidos, el documento apunta concretamente a Pekín: “Un cuarto de siglo después de empezar a despojarse de los peores rasgos del legado comunista, los gobernantes chinos todavía no han pasado a la serie siguiente de decisiones fundamentales sobre el carácter del Estado. En su búsqueda de recursos militares avanzados capaces de amenazar a sus vecinos de la región del Pacífico asiático, China sigue un camino anticuado que en definitiva impedirá la búsqueda de su grandeza nacional. Con el tiempo, China descubrirá que la libertad social y política es la única fuente de esa grandeza.”[58]

Dicho de otra manera, el consenso entre las grandes potencias al que aspiran Bush y sus asesores debe estar basado en las condiciones impuestas por Estados Unidos. Esto es así en la esfera militar. El Tío Sam es el único autorizado a desarrollar “recursos militares avanzados”. Según la comisión de estrategia para la defensa de la derecha republicana: “En última instancia, la magnitud y el carácter de nuestras fuerzas nucleares no debe obedecer a la paridad numérica con los recursos rusos sino al mantenimiento de la superioridad estratégica norteamericana, y con esa superioridad, la capacidad de disuadir posibles coaliciones hostiles de potencias nucleares. No hay motivos por avergonzarse de la superioridad nuclear de Estados Unidos, que antes bien, será un factor esencial para conservar la supremacía norteamericana en un mundo complejo y caótico.”[59]

A la luz de semejantes declaraciones, no es casual que Rusia y China teman que la denuncia del Tratado sobre Misiles Balísticos (ABM) y la construcción de un Sistema Nacional de Defensa Misilística por el gobierno de Bush tengan por objeto otorgar a Estados Unidos la capacidad de dar el primer golpe nuclear, con el fin de perpetuar la supremacía norteamericana.

En octubre del 2002, Paul Wolfowitz se jactó de los “progresos veloces” en el desarrollo de la Defensa Misilística Nacional: “Por fin, Estados Unidos está en libertad de desarrollar las defensas misilísticas sin las limitaciones artificiales de un anticuado tratado de hace 30 años con un país que ya no existe.”[60] El Estudio sobre posición nuclear del gobierno, divulgado a principios del mismo año, nombraba a Rusia, China, Corea del Norte, Irán, Irak, Siria y Libia como adversarios nucleares en potencia y proponía la integración de las armas nucleares con las convencionales: por ejemplo, el agregado de ojivas nucleares a los misiles antibúnker diseñados para matar a gobernantes enemigos como Saddam Hussein.[61]

Al mismo tiempo, la guerra contra el terrorismo brindaba a Estados Unidos la oportunidad de instalar una serie de bases militares en el Asia Central —una región que le estuvo vedada durante la Guerra Fría— y regresar a Filipinas, donde había clausurado sus bases a principios de los 90.[62] La estrategia de seguridad nacional destaca que éste no es un proceso del momento: “Para afrontar la incertidumbre y los muchos desafíos de seguridad, Estados Unidos necesitará bases y destacamentos dentro y más allá de Europa Occidental y el Noreste Asiático, así como dispositivos de acceso temporal para el despliegue de sus fuerzas a larga distancia.”[63] Nadie puede reprochar a los gobernantes chinos por ver en estas medidas la primera etapa de una estrategia destinada a cercarlos.

Con todo, es importante advertir que la estrategia general del gobierno de Bush no apunta solamente a mantener la preeminencia geopolítica global de Estados Unidos sino también a imponer el modelo angloamericano del capitalismo de libre mercado en el mundo. El prólogo de Bush a La estrategia de seguridad nacional afirma desde el principio: “Las grandes contiendas del siglo XX entre la libertad y el totalitarismo culminaron en una victoria decisiva para las fuerzas de la libertad, y dejaron un único modelo sustentable para el éxito nacional: libertad, democracia y libre empresa.” A continuación, Bush afirma su intención de “crear un nuevo equilibrio de poder que favorece la libertad humana; condiciones en las que todas las naciones y sociedades puedan escoger para sí mismas las gratificaciones y los desafíos de la libertad política y económica.” Un capítulo entero del documento esboza las políticas neoliberales que “pondrán en marcha una nueva era de crecimiento global por medio de los mercados libres y el libre comercio”. El documento advierte: “La estrategia de seguridad nacional de EE.UU. se basará en un internacionalismo particularmente estadounidense que refleja la unión de nuestros valores y nuestro éxito nacional.” Es en verdad un internacionalismo muy particular el que concede a los pueblos la libertad de optar por el “único modelo sustentable para el éxito nacional”: el capitalismo liberal al estilo norteamericano. Se podrá evitar una nueva era de competencia entre grandes potencias siempre y cuando los posibles desafiantes como Rusia y China adopten los “valores comunes”, es decir, claro está, los valores capitalistas liberales norteamericanos.[64]

El economista Robert Wade, liberal de izquierda, ha trazado un retrato notable de la estructura de la economía mundial desde el derrumbe del sistema de Bretton Woods a principios de los 70, y en qué medida esto ha favorecido los intereses del imperialismo norteamericano:

“Supongamos que tú eres un emperador romano moderno, cabeza del país más poderoso de un mundo de Estados soberanos y mercados internacionales. ¿Qué clase de economía política internacional crearás para que, sin necesidad de matonear demasiado, las fuerzas normales del mercado sustenten la preeminencia económica de tu país, permitan a tus ciudadanos consumir mucho más de lo que producen y mantengan a raya a los competidores?

“Quieres autonomía para determinar tu tasa de cambio y política monetaria propias, y a la vez obligar a los demás países a depender de tu apoyo para manejar sus economías. Quieres la capacidad de provocar volatilidad y crisis económicas en el resto del mundo con el fin de obstaculizar el crecimiento de los centros que podrían desafiar tu preeminencia. Quieres que los exportadores del resto del mundo compitan intensamente entre ellos para darte un flujo de importaciones a precios constantemente decrecientes con respecto al precio de tus exportaciones...

“¿Qué rasgos permanentes introduces en la economía política internacional? Primero, la libre movilidad del capital. Segundo, el libre comercio (exceptuando las importaciones que amenazan las industrias nacionales cuyo destino puede afectar tu reelección). Tercero, inversiones internacionales libres de normas discriminatorias que favorezcan a las empresas nacionales por medio de la protección, las compras públicas, la propiedad estatal u otros recursos, destacando en particular la libertad de tus empresas para buscar clientela entre las elites nacionales para la administración de sus bienes financieros, educación privada, salud, pensiones y cosas afines. Cuarto, tu moneda como principal moneda de reserva. Quinto, nada de limitaciones a tu capacidad para crear tu moneda a voluntad (por ejemplo, un vínculo dólar-oro) para que puedas financiar déficits comerciales ilimitados con el resto del mundo. Sexto, préstamos internacionales a tasas de interés variables nominados en tu moneda, lo cual significa que los países prestatarios en crisis tienen que pagarte más cuando tu capacidad es menor. Esta combinación te permite consumir mucho más de lo que ellos producen (y provoca inestabilidad y crisis financieras periódicas en el resto del mundo). Para supervisar el marco internacional, quieres organizaciones internacionales que aparentan ser cooperativas de Estados miembros y aportan la legitimidad del multilateralismo, pero son financiadas de manera que las puedas controlar.”[65]

Esta es una descripción de lo que Peter Gowan llama el Régimen Dólar-Wall Street (RDWS) mediante el cual los gobiernos desde Nixon en adelante han tratado de organizar los mercados financieros globales durante los últimos treinta años.[66]

Se exagera su peso en tres sentidos. En primer lugar, Gowan en particular da una explicación demasiado conspirativa del desarrollo del RDWS. La casualidad (por ejemplo, el éxito en modo alguno previsible del plan de privatizaciones de Thatcher) y las innovaciones de los actores financieros cumplieron un papel importante en esta historia. Además, como señala con razón Robert Brenner, el dólar sin respaldo oro como centro del sistema financiero internacional no siempre ha sido ventajoso para el capitalismo norteamericano. El Acuerdo del Plaza de septiembre de 1985 entre los principales Estados capitalistas provocó una caída del dólar que resultó crucial para la recuperación de la competitividad internacional de EE.UU. Pero lo que Brenner llama “el Acuerdo del Plaza inverso”, diez años después, cuando el gobierno de Clinton adoptó una política de dólar fuerte para reanimar la deprimida economía japonesa, sentó las bases para la crisis de rentabilidad del sector manufacturero norteamericano de fines de los 90.[67]

En segundo lugar, las instituciones dominadas por Estados Unidos que rigen el RDWS ­—lo que Wade llama el complejo Secretaría del Tesoro de EEUU-FMI-Wall Street— en cierta medida proporcionan “bienes públicos” que favorecen a todas las economías capitalistas desarrolladas, no sólo la norteamericana: así, multinacionales europeas como Suez han sido las más beneficiadas por la privatización del agua en el norte y el sur, exigida por el acuerdo neoliberal llamado Consenso de Washington.

Tercero, esto indica que el capitalismo europeo y japonés, aunque son actores geopolíticos relativamente marginales, al mismo tiempo son actores económicos protagónicos, cuyos intereses y reclamos Washington y Wall Street no pueden simplemente pasar por alto.

Disipada la euforia que rodeó el boom norteamericano de fines de los 90, y al salir a la luz sus componentes de especulación y de fraude liso y llano, los elogios a la “Nueva Economía” norteamericana —cuyo rendimiento, al decir de Alan Greenspan, presidente de la Junta de Reserva Nacional, le permitía “trascender la historia” — se han desinflado junto con la burbuja de Wall Street. Brenner destaca que el crecimiento de la productividad norteamericana durante el boom “no fue decisivamente superior al de sus principales competidores. Mientras entre 1993 y el 2000 la productividad del trabajo manufacturero aumentó a una tasa anual del 5,1 %, las de Alemania Occidental y Francia crecieron a tasas del 4,8 % (hasta 1998) y 4,9 % respectivamente.”[68]

Richard Layard extiende esta comparación a las economías en su conjunto: “En los últimos diez años, la producción por hora ha crecido más rápidamente en los países de la eurozona que en Estados Unidos, y en Francia y Alemania es ahora tan alta como en aquél. En términos per cápita, la producción ha crecido tan rápidamente en la eurozona como en Estados Unidos, en los últimos diez años y en los últimos tres.”[69] Según el FMI, ¡en el 2001 no sólo Alemania y Francia sino incluso Italia superaban a Estados Unidos en producción por hora![70]

La enorme ventaja militar de Estados Unidos sobre las demás potencias no debe ocultar el hecho de que la competencia económica, en particular con la UE, está mucho más equilibrada.[71] Esto implica que la supremacía norteamericana actual depende de un conjunto de circunstancias altamente contingente y transitorio. Precisamente por ello, los gobiernos norteamericanos han debido librar una batalla feroz para mantener su hegemonía —antes sobre el capitalismo occidental, ahora en escala global— durante la generación pasada. El gobierno de Bush aprovecha la coyuntura actual para inclinar la balanza aun más a favor del capitalismo norteamericano. Pero, parafraseando el título del libro de Gowan, esto es un riesgo, y no hay una salida garantizada.

 

“Cambio de régimen” y política petrolera

 

Con todo, la prioridad inmediata para el equipo de Bush no es enfrentar a los grandes rivales de Estados Unidos sino derrocar a Saddam Hussein por la fuerza. Este proyecto cumplirá dos funciones principales. Primero, una guerra victoriosa contra Irak serviría pour encourager les autres: si la fuerza abrumadora norteamericana es capaz de derrocar al dictador recalcitrante de una potencia menor del Oriente Medio, los que pretendan competir con Washington en pie de igualdad harán bien en tener cuidado con lo que hacen. Segundo, el derrocamiento de Saddam cumpliría una función concreta en el plan ambicioso de por lo menos algunos miembros de la derecha republicana, de reorganizar el Oriente Medio en su totalidad.

“Lo que la gente no termina de comprender aquí es que después de Irak tienen una larga lista de países que quieren reventar”, dice el especialista en defensa John Pike acerca de Richard Perle y sus congéneres. “Irak no es el capítulo final sino el inicial.”[72] Uno de los primeros en la lista de blancos es Arabia Saudita. En julio del 2002, Perle provocó una conmoción cuando presentó ante la Junta de Política de la Defensa a Laurent Murawiec, analista de la Rand Corporation y antiguo seguidor de Lyndon LaRouche, el notorio teórico conspirativista que se desplazó sin esfuerzo de la extrema izquierda a la extrema derecha de la política norteamericana. El organismo asesor escuchó con estupor a Murawiec cuando dijo que Arabia Saudita era el “meollo del mal” y que “debe ser incluida entre ‘nuestros enemigos’, y en caso de necesidad, Estados Unidos debe amenazar a las dos ciudades más sagradas del Islam, La Meca y Medina, que se encuentran en Arabia Saudita.”[73]

En medio del alboroto, Rumsfeld y Perle se apresuraron a tomar distancia de estos desvaríos. Pero las ideas de Murawiec tienen algunos partidarios en la derecha republicana.

Según Michael Leeden, del instituto de investigaciones políticas American Enterprise Institute, “la red terrorista —de al-Qaida a Jizbolá, de Yihad Islámica a Hamás y diversos grupos de la Organización de Liberación de Palestina— es tan poderosa debido al apoyo que le brindan cuatro regímenes déspotas, que yo llamo los ‘dueños del terror’: Irán, Irak, Siria y Arabia Saudita.” Leeden no llega a proponer que Estados Unidos vaya a la guerra contra Arabia Saudita. Sostiene que el primer blanco de Washington debe ser Irán, que “creó, entrenó, protegió, financió y apoyó al grupo terrorista más mortífero del mundo, Jizbolá”; lo que viene a significar que matar soldados israelíes es un crimen más odioso que masacrar civiles norteamericanos.[74] Sin embargo, que un aliado crucial de Estados Unidos en el mundo árabe desde los años 40 pase bruscamente a integrar la lista washingtoniana de los Estados más facinerosos es un trastrocamiento asombroso.

Tres factores intervienen en este cambio. El primero es el 11 de septiembre. El gobierno mismo trató de pasar por alto las raíces de bin Laden en la clase dominante saudita, así como el origen saudita de la mayoría de los que perpetraron el atentado, pero muchos en la derecha republicana exigen abiertamente una rendición de cuentas: “Los saudíes están activos en cada nivel de la cadena del terror, desde el planificador hasta el proveedor de fondos, desde el oficial hasta el soldado raso, desde el ideólogo hasta el que aplaude desde la tribuna”, dijo Murawiec a la Junta.[75]

Los parientes de las víctimas han entablado juicios por un billón de dólares contra varias instituciones saudíes y tres miembros de la familia real por financiar el terrorismo. Un análisis más honesto hubiera apuntado el dedo al gobierno de Estados Unidos —al de Reagan en particular— por su estrecha alianza con Arabia Saudita al financiar, entrenar y armar a las guerrillas islámicas que combatieron en Afganistán durante la última etapa de la Guerra Fría. Pero en el prisma deformante de la visión mundial republicana de derecha, el 11 de septiembre ayudó a introducir a Arabia Saudita en el eje del mal.

Segundo, en una medida mucho mayor que generaciones anteriores de conservadores norteamericanos, muchos derechistas contemporáneos apoyan incondicionalmente el Estado de Israel. Por ejemplo, Perle es un director del Jerusalem Post y trató de usar su influencia en Israel en un intento torpe por sabotear las conversaciones de Camp David del 2000. El apoyo a Israel refuerza la aprensión de la derecha republicana frente a Irak, al que Israel considera una amenaza mayor desde hace mucho tiempo. Como señaló Perle en 1996, derrocar a Saddam es “un importante objetivo estratégico israelí por derecho propio”.[76]

Los derechistas republicanos (entre ellos los cristianos fundamentalistas que consideran a Palestina la tierra que Dios dio a los judíos en el Antiguo Testamento) tienden a coincidir con dirigentes del Likud como Ariel Sharon y Binyamin Netanyahu en su hostilidad hacia el proceso de paz en el Oriente Medio. Por eso detestan a los Estados árabes conservadores como Arabia Saudita y Egipto, que presionan a Washington para que obligue a Israel a regresar a la mesa de negociaciones. Según Anatol Lieven, “Murawiec era partidario de enviar un ultimátum a los saudíes para exigir no sólo que su policía coopere plenamente con las autoridades norteamericanas, sino también que supriman las críticas públicas a Israel y Estados Unidos dentro del país, algo imposible para cualquier Estado árabe.”[77]

En lugar de negociar con los palestinos, la derecha aboga por una reestructuración del mundo árabe por la fuerza. En medio de la crisis de Jenín en mayo del 2002, William Kristol y Robert Kagan sostuvieron que Bush no debía “sumergirse en el proceso de paz” hasta el punto de olvidar “el camino que conduce a la verdadera paz y seguridad: el camino que atraviesa Bagdad”.[78] Derrocar a Saddam sería el comienzo de un proceso de “reducción” —como las contrarrevoluciones manejadas por Estados Unidos en Centroamérica y el derrumbe del estalinismo en Europa Oriental en los 80— que extendería la democracia liberal por el mundo árabe. Según el Wall Street Journal, “liberar a Irak de Saddam y auspiciar la democracia no sólo eliminaría una gran amenaza militar de la región. Al mismo tiempo, enviaría un mensaje al mundo árabe de que la autodeterminación como parte del mundo moderno es posible.” Si esta conmoción democrática llegase a reemplazar la dinastía Saudí por un gobierno antinorteamericano, esto “obligaría a tomar una decisión sobre la ocupación de los campos petroleros saudíes, lo cual sería el fin de la OPEP.”[79]

Condoleezza Rice ha dicho que Washington puede usar su poder militar para extender las fronteras del capitalismo liberal: “Si el derrumbe de la Unión Soviética y el 11 de septiembre son los extremos de un gran cambio en la política internacional, este período presenta no sólo grandes peligros sino también oportunidades enormes... Es un período similar al de 1945 a 1947, cuando la primacía norteamericana amplió el número de Estados democráticos —Japón y Alemania entre las grandes potencias— para crear un nuevo equilibrio de poder que favoreció la libertad.”[80]

La realidad subyacente tras estas fantasías triunfalistas de imponer la democracia liberal en el Oriente Medio radica en el tercer factor, el más decisivo en el pensamiento de la derecha republicana con respecto a la región: el petróleo. El hecho de que Arabia Saudí contiene los yacimientos de petróleo más grandes del mundo es lo que ha unido a las clases dominantes norteamericana y saudí desde la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Bush, estrechamente vinculado con las empresas de combustibles fósiles —Mike Davis lo llama el comité ejecutivo del Instituto Norteamericano del Petróleo— está obsesionado por el acceso a largo plazo a las reservas de combustibles.[81] En mayo del 2001, Washington divulgó el Plan nacional de energía, redactado (con ayuda de la Enron) por un equipo encabezado por Dick Cheney.

Acerca de este Plan Michael Klare escribe: “En esencia, el informe Cheney establece tres cuestiones principales:

“* Estados Unidos debe importar una parte creciente de su demanda de petróleo. (En la actualidad, Estados Unidos importa unos 10 millones de barriles diarios, que representan el 53% de su consumo total; para el 2020, la importación diaria sumará casi 17 millones de barriles, el 65% del consumo.)

“* Estados Unidos no puede depender exclusivamente de las fuentes tradicionales de oferta como Arabia Saudí, Venezuela y Canadá para obtener el petróleo adicional. Deberá obtener una provisión adicional de nuevas fuentes como los Estados del Caspio, Rusia y Africa.

“* Estados Unidos no puede confiar exclusivamente en las fuerzas del mercado para acceder a esta provisión adicional, sino que se necesitará un esfuerzo significativo de parte de las autoridades del gobierno para superar la resistencia a la extensión hacia el exterior de las empresas norteamericanas de combustibles.

“De acuerdo con estos tres principios, el plan Cheney pide al gobierno de Bush que apruebe una amplia gama de iniciativas destinadas a incrementar la importación del petróleo desde fuentes de ultramar. En particular, pide al presidente y a los secretarios de Estado, Energía y Comercio que colaboren con los gobiernos del Asia Central y Azerbaiján para incrementar la producción en la región del Caspio y construir oleoductos hacia Occidente. Pide a los funcionarios norteamericanos que convenzan a sus homólogos en África, el Golfo Pérsico y Latinoamérica a que abran sus industrias petroleras a la participación de las grandes empresas norteamericanas y envíen más petróleo a Estados Unidos.

“Al abogar por estas medidas, el equipo Cheney es consciente de que los esfuerzos norteamericanos por acceder a cantidades crecientes de petróleo extranjero podrían suscitar resistencia en algunas regiones productoras. El informe destaca que para el 2020, Estados Unidos ‘importará casi dos de cada tres barriles de petróleo [que consume], una condición de dependencia creciente de potencias extranjeras no siempre dispuestas a favorecer los intereses norteamericanos’.”[82]

Lo que Klare llama la “estrategia de adquisición global de petróleo” permite explicar muchas acciones del gobierno de Bush: planes para el gran incremento de las importaciones de petróleo ruso, instalación de bases militares en la región del Caspio, apoyo oficial al fracasado golpe de derecha venezolano en abril, la ofensiva militar del gobierno colombiano con respaldo estadounidense. Pero también pone de relieve la importancia estratégica de los Estados petroleros del Oriente Medio. Como se ha visto, la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita en deterioro, y por ambas partes. En agosto del 2002, el Financial Times informó que “saudíes enfadados” retiraron últimamente hasta 200.000 millones de dólares de Estados Unidos, lo que ayudó a debilitar el dólar. Se citaron entre otros motivos el apoyo norteamericano a Israel y el reclamo por parte de analistas de derecha de que se congelasen los bienes saudíes en Estados Unidos. “Desde Riad, incluso en la prensa cercana al gobierno, se reclama una revisión de la relación estratégica con Estados Unidos. En la elite saudita también se discute, de manera menos pública, si no conviene poner el precio del petróleo en euros, en lugar de dólares, para castigar a Estados Unidos.”[83]

Arabia Saudita ha cumplido un papel crucial en la OPEP al usar sus enormes reservas para convencer a los demás miembros del cartel que mantengan niveles de producción y precios capaces de mantener un flujo constante de ingresos, pero sin afectar demasiado las ganancias de las empresas occidentales ni alentar las inversiones en regiones productoras menos eficientes no controladas por OPEP. Pero aunque la familia real saudita siga en este rumbo, su petróleo no es suficiente para abastecer el capitalismo norteamericano. Irak es el número dos del mundo en cuanto a reservas. Un gobierno post-Saddam impuesto y mantenido en el poder por las armas norteamericanas sería, en el mejor de los casos, una criatura débil, como el régimen títere de Karzai en Afganistán; incluso existen señales de que Washington piensa instalar su propio gobierno militar para gobernar Irak durante una prolongada “transición democrática” según el modelo de la ocupación de Alemania y Japón en la posguerra.[84]

Algunos especialistas en petróleo creen que Irak, dominado por Estados Unidos, se retiraría de la OPEP. En el peor de los casos, aumentaría su producción, frenada desde 1991 por la falta de inversiones y el embargo de la ONU, lo cual bajaría los precios del petróleo. The Economist comenta estas hipótesis:

“¿Habrá una inundación de petróleo iraquí? Es posible. Cualquier futuro gobierno en Irak, que necesitará dinero en enormes cantidades para reconstruir el país, tratará de ampliar el sector petrolero con la mayor rapidez. Por lo menos algunos directivos petroleros piensan que esta bonanza podría atraer muchas inversiones extranjeras a la producción petrolera iraquí. Aunque el nuevo gobierno no rompiera sus lazos con la OPEP, como preferiría Estados Unidos, probablemente pediría —teniendo en cuenta los años de supervisión de sus exportaciones petroleras por la ONU— una prolongada exención de las cuotas. ¿OPEP, QEPD?

“Pues bien, parecería que al noquear al señor Hussein matarían dos pájaros de un tiro: sería el fin de un dictador peligroso, y con él, el de un cartel que durante años ha manipulado precios, manejado embargos y perjudicado a los consumidores de diversas maneras.”[85]

The Economist sostiene que diversos obstáculos se interponen en el camino de este desenlace: Arabia Saudita podría negarse a cumplir su papel habitual de productor de última instancia y no incrementar la producción para evitar que los precios del petróleo se vayan a las nubes en caso de una guerra en el Oriente Medio; la infraestructura petrolera iraquí está tan derrengada que se necesitarán años y grandes inyecciones de inversión extranjera para lograr un aumento notable de la producción, y así sucesivamente. Pero aun con estas salvedades, es evidente que uno de los grandes factores en juego en una guerra con Irak sería que Estados Unidos pasaría a controlar las segundas reservas petroleras del mundo. Esto no sólo aliviaría sus preocupaciones acerca del acceso a largo plazo a los combustibles, sino que aumentaría el poder de Washington sobre aliados y rivales como Alemania y Japón, aun más dependientes del petróleo importado que Estados Unidos. Una vez más, se advierte cómo los factores económicos y geopolíticos están indisolublemente ligados en la estrategia general del imperialismo norteamericano.

 

Bush I contra Bush II: el debate en el seno de la clase dominante

 

La Doctrina Bush y los planes del gobierno para atacar a Irak han provocado una polémica notablemente pública e intensa en la cima de la clase dominante norteamericana. Lo más notable es el enfrentamiento entre el primer gobierno Bush y el segundo.

En agosto del 2002, James Baker y Lawrence Eagleburger, secretarios de Estado sucesivos bajo Bush padre, se opusieron públicamente a una acción unilateral de Estados Unidos contra Irak. A ellos se sumó Brent Scowcroft, asesor de seguridad nacional del primer Bush, quien resumió así el alegato de los críticos:

“Lo central es que cualquier campaña contra Irak, cualesquiera que sean la estrategia, el costo y los riesgos, seguramente nos desviarán por un plazo indeterminado de nuestra guerra contra el terrorismo. Peor aun, en el mundo existe consenso virtual contra un ataque a Irak en este momento. Mientras persista ese sentimiento, EE.UU. estaría obligado a actuar por cuenta propia, lo cual incrementaría las dificultades y costos de las operaciones militares...

“Las consecuencias más funestas serían posiblemente las que afectarían la región de Medio Oriente. La opinión generalizada allá es que Irak es ante todo una obsesión norteamericana. En cambio, la obsesión regional es el conflicto palestino-israelí. Si parece que estamos volviendo la espalda a ese conflicto enconado —cuando la región, con razón o sin ella, considera que está en nuestro poder resolverlo— para perseguir a Irak, habría una explosión de furia contra nosotros, pues estaríamos dando la espalda a un interés crucial del mundo musulmán, en aras de lo que se considera un interés mezquino norteamericano.

“Aun sin la participación israelí, los resultados bien podrían desestabilizar a los regímenes árabes de la región, lo cual, irónicamente, facilitaría uno de los objetivos de Saddam. Como mínimo, impediría la colaboración contra el terrorismo e incluso podría engrosar las filas de los terroristas.”[86]

A estos críticos se sumaron figuras importantes del gobierno de Clinton como Madeleine Albright y Richard Holbrooke, así como veteranos de presidencias anteriores como Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski. Kissinger criticó la doctrina Bush ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado: “No puede ser favorable a los intereses nacionales norteamericanos ni a los del mundo desarrollar principios que otorguen a cada nación el derecho irrestricto de tomar medidas preventivas contra las amenazas a su seguridad nacional tal como ella misma las define.”[87] Al viejo criminal de guerra no le tembló el pulso para ordenar acciones preventivas durante su período en el gobierno: por ejemplo, cuando Estados Unidos invadió Camboya en mayo de 1970. Lo que él temía era el peligro de adoptar públicamente la doctrina de la acción preventiva, que lejos de intimidar a los rivales, podría alentarlos a seguir el ejemplo.

No obstante, el debate entre el gobierno de Bush y sus críticos tiende a referirse a las tácticas más que a los fines. Por ejemplo, Holbrooke apoyó el objetivo del “cambio de régimen” en Irak, pero sostuvo:

“El camino a Bagdad pasa por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El gobierno de Bush debe reconocer esta verdad elemental si desea obtener el apoyo internacional que es esencial para el éxito en Irak. Para construir ese apoyo se necesita una nueva resolución del Consejo de Seguridad, que autorice el uso de la fuerza si Saddam Hussein se niega a permitir un régimen total de inspecciones de armas, es decir, de inspecciones sin aviso previo, en cualquier momento y lugar. Semejante resolución daría un pretexto legitimador vital para la acción a aquellas naciones (Turquía, Gran Bretaña) que quieren apoyar una ofensiva para derrocar a Saddam, a la vez que presionaría a aquellas que vacilan o se oponen, como Alemania, Francia y Arabia Saudita.”[88]

Esto equivaldría en esencia a regresar a la estrategia del primer gobierno Bush en el prólogo a la Guerra del Golfo Pérsico de 1991: utilizar la autoridad de la ONU para legitimar el uso de la fuerza militar por Estados Unidos, o al decir de Robert Kagan, “el puño de hierro unilateralista en el guante de seda multilateralista”.[89] Scowcroft y Brzezinski presentaron argumentos muy similares.[90] En este caso, el gobierno se desplazó un poco en ese sentido con el discurso de Bush a la Asamblea General en el primer aniversario del 11 de septiembre. Pero Bush y sus asesores dejaron sentado que para ellos, una nueva resolución del Consejo de Seguridad era un preludio a la acción militar contra Saddam en lugar de una alternativa, como esperaban Francia y Rusia. Bush se mofó de la ONU al recordarle la suerte de la Liga de las Naciones, que fue incapaz de impedir el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y advirtió: “Trabajaremos con el Consejo de Seguridad de la ONU para elaborar las resoluciones necesarias. Pero que nadie ponga en duda los propósitos de Estados Unidos. Se impondrán las resoluciones del Consejo de Seguridad... o la acción será inevitable, Y un régimen que ha perdido su legitimidad también perderá su poder.” La alternativa para la ONU era darle el sello de legitimidad a la guerra de Washington o sentarse a un lado a contemplar el ataque de Estados Unidos y Gran Bretaña a Irak.[91]

Las críticas de ese sector de la clase dominante se fundamentaban en un conocimiento de las realidades del poder en el Oriente Medio y en la escala global. La estrategia estadounidense en la región se ha valido de una serie de alianzas con Estados clave: por un lado, Israel, y por el otro, los regímenes árabes conservadores, sobre todo los de Egipto y Arabia Saudita. Israel es un aliado valioso; su aislamiento en la región y su enorme arsenal provisto por Estados Unidos lo convierten en un contrapeso fiable a cualquier régimen indígena que intente desafiar los intereses norteamericanos. Pero, como señalaron los críticos, al depender exclusivamente de Israel los intereses norteamericanos quedarían peligrosamente expuestos a la hostilidad de las masas populares en la región. El primer gobierno Bush hizo grandes esfuerzos por mantener a Israel al margen de la guerra de 1991 (a pesar de la vigorosa oposición de Ariel Sharon), consciente de que la participación israelí socavaría la posición de sus aliados árabes en la coalición contra Saddam.[92]

Esta concepción estratégica suele ser reforzada por los intereses materiales derivados de los vínculos económicos estrechos que aún mantienen unidas a las clases dominantes norteamericana y árabe. Bush padre y Baker son miembros del Grupo Carlyle, una furtiva empresa privada de inversiones con importante participación saudita. Quiso el destino que el Grupo Carlyle estuviera reunido en Manhattan el 11 de septiembre del 2001: así, pilares del establishment norteamericano y un hermanastro de Osama bin Laden contemplaron codo a codo el derrumbe de las Torres Gemelas en medio de las llamas y el polvo.

El imperialismo norteamericano no puede operar en escala global sin aliados. Con todo su poderío militar y económico, su posición geográfica lo sitúa a distancia de la masa terrestre eurasiática donde se concentran la mayor parte de la población y riqueza del mundo. Para proyectar su poder militar, Estados Unidos necesita aliados y clientes que le proporcionen bases en Europa y Asia. Las clases eurasiáticas capitalistas, incluso las más débiles, tienen recursos e intereses propios. Para asegurarse su cooperación, no basta la coerción, sino que se necesitan el soborno y la persuasión. Como señala en particular Brzezinski, la construcción de coaliciones es indispensable para mantener la dominación norteamericana del continente eurasiático.

El equipo de Bush no tiene paciencia para los compromisos y las demoras que requieren la construcción y el mantenimiento de las coaliciones necesarias. No los mueve el mero fervor, sino la convicción de que la supremacía actual de Estados Unidos les brinda una oportunidad singular para liquidar a rivales en potencia. Pero aunque pone más énfasis que sus antecesores en la acción unilateral y la coerción, el gobierno actual no puede sustraerse a las limitaciones del poder norteamericano. Así, cuando Sharon advirtió que Israel no accedería, como en la guerra de 1991, al pedido norteamericano de no tomar represalias ante un ataque iraquí, Rumsfeld intervino rápidamente para reclamar moderación a los israelíes en caso de una guerra contra Irak: “La no participación beneficiaría de manera abrumadora los intereses de Israel”, dijo el funcionario.[93] La misma derecha republicana tiene que sopesar los riesgos políticos que implica provocar la hostilidad del mundo árabe.

 

Conclusión

 

Sería excesivamente simplista calificar los planes del gobierno de EE.UU. de irracionales, como hizo el especialista en sociología histórica Immanuel Wallerstein al denunciar a Bush como “un geopolítico incompetente. Ha permitido que una camarilla de halcones lo induzca a tomar una posición sobre la invasión a Irak de la cual no puede retractarse, que sólo tendrá conse