El imperialismo

en el siglo XXI

 

La mundialización del capitalismo imperialista

 

Capítulo 2. Seis rasgos fundamentales de la mundialización del capital

 

2.1. La globalización del capital-dinero: constitución de un único mercado financiero global, crecimiento fabuloso de los capitales allí volcados y hegemonía del capital financiero sobre las otras formas de capital.

 

2.2.  De  los  monopolios nacionales  que  operaban   internacionalmente a  los  oligopolios  realmente  mundiales. Cambios  fundamentales  en  la producción  y  el  comercio  internacionales.   Regionalización  del intercambio.   Las  contradicciones  del  mantenimiento  de  las  fronteras y  economías  nacionales.

 

2.3. Los cambios en las relaciones entre los centros de los oligopolios mundiales (los países imperialistas) y la periferia atrasada y semicolonial. Tendencias a la recolonización.

 

2.4.  Restauración del capitalismo en los países mal llamado “socialistas” y asimilación de sus burocracias a la burguesía mundial.

 

2.5.  Transformación  del  sistema mundial  de  estados  (derrumbe  del sistema  Yalta-Potsdam)  y  crisis  de  los  estados-naciones. La contradicción de la mundialización del capital sin un estado mundial.

 

2.6.  Revolución  del  “sistema  técnico”,  cambios  en  las  formas  de explotación  del  trabajo,  transformaciones  estructurales  de  la  clase trabajadora  y  crisis  del  viejo  movimiento  obrero.


 

Como dijimos al principio —y recordando la advertencia de Lenin de que “el resumen de los puntos fundamentales” presenta siempre el peligro de dejar por fuera “rasgos especialmente importantes del fenómeno que hay que definir” y de que “jamás pueden abarcar todas las concatenaciones de un fenómeno”—, vamos a tratar de describir, a trazos gruesos, lo que se nos aparecen como los rasgos fundamentales de la mundialización.

Existe inevitablemente una cierta cuota de arbitrariedad en la determinación o elección de esos “puntos fundamentales”. Asimismo, dejaremos muchas zonas imprecisas o inconexas en la trama de “concatenaciones”. Pero, al mismo tiempo, vemos útil hacerlo, por lo menos para definir algunos parámetros que nos permitan ordenar los cambios ocurridos mundialmente.

 

2.1. La globalización del capital-dinero: constitución de un único mercado financiero global, crecimiento fabuloso de los capitales allí volcados y hegemonía del capital financiero sobre las otras formas de capital.

 

“La esfera financiera representa el punto más avanzado del movimiento de mundialización del capital.”([1]) Es donde sus operaciones han alcanzado el grado más elevado de movilidad y una internacionalización prácticamente total.

Mediante la desregulación general de los movimientos internacionales del capital-dinero y los mercados financieros (consumada en los ’80) y la interconexión en tiempo real de todas las bolsas, mercados de cambio y plazas financieras en general (hoy posible gracias a la telemática), se ha configurado un único mercado financiero global “libre” (es decir, prácticamente sin regulación ni control estatal alguno). Esto es algo sin precedentes en la historia del capitalismo.

En primer lugar, hay un crecimiento fenomenal, desde mediados de los ’70 y plenamente en los ’80, de los capitales volcados al mercado financiero global (generalmente en operaciones exclusivamente usurarias, rentísticas o especulativas), crecimiento que no guarda proporción alguna con los aumentos mundiales del PBI, ni de la inversiones productivas, ni del comercio exterior. Dicho de otro modo: hay “una divergencia muy marcada entre la tasa de crecimiento de las actividades financieras y la de las actividades productivas”.

El mercado de cambios (de moneda extranjera), aunque no es el único termómetro, es el que mejor mide este “desarrollo en tijeras”. De 1980 a 1988, el PBI de los países de la OCDE creció 1,95 veces, el comercio exterior 2 veces, mientras que las transacciones sobre el mercado de cambios lo hicieron ¡8,5 veces! Al finalizar la década del ’80 ya había multiplicado por 10 el volumen de sus transacciones. Asimismo, se calcula que apenas el 3% de esas transacciones en el mercado mundial de cambios tiene que ver con el pago de operaciones del comercio internacional (importaciones y exportaciones de bienes y servicios, turismo, etc).([2])

En la década del ‘90, ese crecimiento ha sido no menos espectacular. De acuerdo a un estudio reciente basado en datos de los bancos centrales, el movimiento del mercado de cambios en las diez principales plazas financieras del mundo, creció un 42% de abril de 1989 a abril de 1992, y un 47% desde esa fecha a abril de 1995. El total de operaciones diarias en esas diez plazas sería de 1,3 billones (trillones en inglés) de dólares. En 1973, era de sólo 10.000 a 20.000 millones diarios.([3])

Estos hechos tienen que ver con una cuestión de fondo de esta fase del capitalismo: la recuperación de la tasa de ganancia (producto de la ofensiva que el capital desató en este período) ha ido generando una ingente masa de capitales. El crecimiento de los mercados financieros se ha alimentado en gran medida de una porción de las ganancias de las grandes industrias que no vuelven a ser reinvertidas en la producción.

Un porcentaje de esas ganancias no quieren ni pueden tener colocación en actividades productivas (de valor y plusvalía), que en esta fase de crecimiento lento de la economía mundial no se amplían aceleradamente. De tal forma, no reingresan al ciclo del capital productivo, sino que permanecen girando como capital-dinero (y también en parte como capital comercial),([4]) con el agravante de que la alquimia de los mecanismos de la hoy llamada “ingeniería financiera” (otro engendro de la mundialización) permiten a esos capitales desdoblarse y vivir varias vidas, como “capitales ficticios”.

El fenómeno del capital ficticio —analizado en su embrión por Marx en el Libro III y luego en su juventud por Hilferding— hoy no sólo ha llegado a su edad madura, sino que impera sobre las otras formas del capital.([5])

El capital-dinero que no se transforma en capital productivo, se constituye, como decía Marx, en “la matriz de todas las formas absurdas de capital”.([6]) Pero a diferencia de la época en que comenzó a estudiarlas, este cáncer de “las formas absurdas de capital” se ha colocado en el centro del sistema y determina en gran medida su metabolismo.

El capital-dinero reclama su parte de la plusvalía mundial generada en el ciclo del capital productivo, aunque no haya participado en él. Y no sólo reclama, sino que la mundialización lo ha puesto en condiciones de lograr la parte del león en el reparto de las ganancias.

Las tasas de ganancia obtenidas en los circuitos del capital-dinero no sólo aparecen como satisfactoriamente altas, sino también como las más rápidas e inmediatas. Se ha producido, entonces, mundialmente una fuga de capitales hacia el sector financiero y simultáneamente una concentración no menos fenomenal.

Los mismos holdings industriales funcionan hoy como centros financieros, aunque no sean bancos y aunque posean principalmente grandes empresas productivas. Se esfuman las fronteras entre sus actividades productivas y las especulativas. La “deslocalizaciones” de su producción en diversos países suelen obedecer no sólo a conveniencias de la producción y el comercio, sino también a complejas maniobras especulativas sobre tipos de cambio, intereses, etc.

Pero el hecho más notable es la constitución de colosales concentraciones de capital-dinero en “estado puro”, manejados internacionalmente por apenas 30 a 50 bancos y un puñado aun menor de “inversores institucionales”.([7]) Aquí, lo de “la mano anónima e invisible del mercado” es aun más falso que en otros sectores del capitalismo mundial. En realidad, hoy son mucho menos de cien los grupos (nada anónimos sino con nombres y apellidos conocidos) que manejan los movimientos de capitales especulativos en el mercado global.

Hay otro hecho no menos importante y también sin precedentes en la historia del capitalismo: la globalización financiera implica que los estados nacionales (inclusive EE.UU., Japón y Europa occidental) han perdido casi completamente la capacidad de controlar y regular por medio de sus bancos centrales los gigantescos movimientos mundiales del capital-dinero e inclusive, en cierta medida, las tasas de interés, las tasas de cambio, etc.

Si antes decíamos que la mundialización podía caracterizarse como un “movimiento de liberación” del capital de todas sus “trabas”, hay que precisar que es principalmente el capital-dinero quien ha conquistado una “libertad” de acción prácticamente sin límites, como jamás existió en el capitalismo.

Esto  genera contradicciones serias, que han establecido a las finanzas mundiales como “el reino de lo imprevisible y lo caótico”, según define un economista francés.

Que los “mercados” estén dominados por un número relativamente pequeño de operadores y no por la supuesta “mano invisible del mercado”, no significa que su curso sea ordenado y previsible. Pueden provocarse estampidas como la de México el año pasado, que van mucho más allá de sus causas originales. Algunos, en ese sentido, analizan lo de México como ejemplo de crisis financieras de nuevo tipo, que muy probablemente vamos a presenciar frecuentemente en esta fase de mundialización del capital. Los 1,3 billones de dólares diarios que se negocian en los principales mercados de cambios, son apenas el indicio de la magnitud gigantesca de la masa de capital-dinero mundialmente en movimiento: no hay banco central que pueda oponerse o encauzarla cuando en ella se desata algún ciclón.

Ahora bien, la insólita “libertad de acción” internacional conquistada por el capital-dinero no significa que se cortan sus lazos con la “economía real”, con los movimientos de la producción, los intercambios y el empleo. Tanto los movimientos “normales” del capital-dinero especulativo y usurario, como sus convulsiones —como la de México y ahora quizás la crisis bancaria japonesa—, al mismo tiempo que reflejan los problemas de la mal llamada “economía real”, tienden a su vez a producir efectos recesivos de la producción y de aumento del desempleo mundial.([8])

La “volatilidad” de las finanzas mundiales se agrava por otro factor también estrechamente ligado a la actual situación de la “economía real”: la mencionada “precariedad del sistema monetario internacional”. Las finanzas se han mundializado sin contar con una sólida moneda mundial. Por el contrario, en eso el capitalismo está peor que nunca. Durante gran parte de los últimos dos siglos, existió alguna moneda-patrón, ligada al oro o a sistemas de cambios más o menos fijos. Durante largo tiempo, ese papel lo jugó la libra esterlina. Después de la Segunda Guerra Mundial, el dólar se impuso como moneda de referencia, con patrón-oro hasta 1971, sucedido por un sistema de cambios fijos hasta 1973. Pero, luego, en los últimos 20 años, el dólar ha dejado de ser una moneda-patrón sólida. Reflejando el cambio de proporciones entre la economía norteamericana y mundial, el endeudamiento del estado yanqui y sus maniobras para aumentar la “competitividad” de sus exportaciones, el dólar no sólo se ha devaluado notablemente desde 1973, sino que registra graves oscilaciones. Lo mismo sucede entre las principales monedas mundiales. Esto da un terreno adicional para las más desenfrenadas especulaciones, así como un marco de inseguridad a un mercado financiero que “flota” sin estar anclado a una sólida moneda-patrón.

Por último, la globalización del capital-dinero está emparentada con otra contradicción que también ha alcanzado proporciones insólitas, en comparación a otras épocas del capitalismo. Es el endeudamiento gigantesco, tanto público como privado. Es otro testimonio de la hegemonía del capital-dinero usurario y de que hoy pocos se salvan de pagarle tributo.

En los últimos 20 años, se ha instaurado mundialmente la denominada “debt economy” (“economía del endeudamiento”), tanto pública como privada. El ejemplo lo ha dado EE.UU., cuyo estado es el mayor deudor del mundo. La deuda pública del conjunto de los países de la OCDE, en 1974, alcanzaba al 35% del PBI en promedio del total. En 1994, llegaba al 68% del PBI total, y hay países centrales importantes, como Italia o Bélgica, que están muy por encima de ese promedio.[[9]]

En ese marco de endeudamiento mundial al capital usurario, la “fabricación” de las deudas externas latinoamericanas y de otros países del “tercer mundo” ha sido una operación de importancia fundamental. Las deudas externas latinoamericanas son hijas directas de la globalización del capital-dinero.

“Fabricación” es una palabra exacta. Ha sido una de las primeras hazañas mundiales de la llamada “ingeniería financiera” y también uno de los primeros hitos de la globalización de las finanzas.

Alrededor de 1975, los grandes bancos de Europa y EE.UU. tuvieron “luz verde” de sus gobiernos para ubicar “como sea”, en el Tercer Mundo y en algunos estados burocráticos, las masas de eurodólares que no encontraban colocación por la recesión mundial. El objetivo era “prestarlos” para que los países atrasados aumentaran sus compras en los países imperialistas y ayudaran a relanzar sus economías.

Casi todos esos préstamos no se aplicaron a inversiones productivas en los países deudores. En verdad, buena parte de ese auténtico “capital ficticio” ni siquiera salió realmente de los bancos europeos y norteamericanos. Fueron movimientos contables en los libros de los banqueros, para financiar toda suerte de despilfarros improductivos, como compra de armamentos, productos de consumo (en buena parte de lujo), financiación de los déficits de los estados y otros gastos parasitarios. Esos movimientos contables fueron además convenientemente “inflados” en complicidad con las burguesías nativas y sus gobernantes, a cuyas bolsillos fue a parar otra parte importante de la operación.

Pero la importancia de este hecho no se agota allí. Alrededor del endeudamiento, los países latinoamericanos y demás semicolonias, convertidos en esclavos del capital usurario mundial, fueron configurando cambios fundamentales en sus relaciones con los países imperialistas, que veremos más adelante.

 

2.2.  De  los  monopolios nacionales  que  operaban   internacionalmente a  los  oligopolios  realmente  mundiales. Cambios  fundamentales  en  la producción  y  el  comercio  internacionales.   Regionalización  del intercambio.   Las  contradicciones  del  mantenimiento  de  las  fronteras y  economías  nacionales.

 

Hilferding (1910) y Lenin (1915) analizaron el nacimiento de los monopolios modernos, uno de los rasgos que definen a la etapa imperialista del capitalismo. Pero si bien éstos competían en el terreno del comercio mundial, aun eran por regla general (a excepción de los petroleros) monopolios esencialmente nacionales, tanto por sus capitales como por la localización de casi toda su producción.

Tras la última postguerra, esto comenzó a cambiar con la rápida generalización de las multinacionales. Estas operaban y producían ya en varios países. Pero, en esa fase inicial, se trataba de lo que se denomina “producción multidoméstica”.

“La industria internacional era una colección de industrias esencialmente domésticas.”( [10]) Es decir, seguían actuando principalmente ajustados al marco de las economías nacionales donde tenían sus empresas e inversiones. Por ejemplo, en la esfera de la producción, la multinacional instalaba una filial no especializada que producía unidades completas del producto, que se vendían principalmente en el mercado interno del país. En los países donde operaban, hacían parte de monopolios u oligopolios a escala nacional.([11]) Por ejemplo, la industria automotriz en EE.UU. constituía un oligopolio nacional, formado por GM, Ford y Chrysler; en Francia, por Renault, Citröen y Peugeot; en Brasil, por Ford, VW, etc.

La mundialización significa una nueva fase. Las multinacionales —y los grupos económicos (holdings) que las agrupan— se organizan como empresas globales: operan a nivel mundial en el conjunto de sus actividades (producción, tecnología, finanzas e integración de sus capitales, comercio, etc) y no para un mercado nacional ni tampoco para una suma de mercados nacionales, como se hacía inicialmente en la postguerra.

Esto se traduce asimismo en la constitución de oligopolios ya verdaderamente mundiales. La rama automotriz, que dábamos de ejemplo, constituye un oligopolio mundial donde sólo cuentan una docena de empresas.

La constitución de los oligopolios mundiales implicó la disolución o transformación de los anteriores oligopolios nacionales. Por ejemplo, en EE.UU., el oligopolio nacional del automóvil quedó desmontado por la penetración japonesa. En otras ramas y productos, por ejemplo la industria electrónica de televisores, se ha llegado a algo más extremo. En los años ‘50, era un oligopolio de un puñado de marcas nacionales. Ahora, hace poco desapareció la última marca norteamericana de televisores —Zenith—. Hoy, todos los televisores que se venden en EE.UU. son producidos por las empresas de un oligopolio mundial donde no hay ni siquiera una sola marca norteamericana.

Se puede definir el concepto de oligopolio mundial como el “espacio de rivalidad” o “espacio de competencia” delimitado por el pequeño número de grandes grupos económicos (holdings) que, en una rama o en un grupo de ramas, son los únicos competidores y operadores efectivos a nivel mundial.([12]) Las grandes empresas y holdings incluidos en el oligopolio mundial no actúan reaccionando ante ninguna “fuerza impersonal del mercado”, sino directamente ante las acciones de las firmas rivales del oligopolio.

Estos “espacios de competencia” están de hecho cerrados a nuevos miembros. En esto hoy juega un papel decisivo no sólo el monto colosal de los capitales requeridos para “entrar” a los oligopolios mundiales, sino quizás más aun el dominio prácticamente absoluto de la alta tecnología por parte de los holdings existentes.

Esta situación de ninguna manera suprime la competencia entre capitalistas ni resuelve la anarquía que resulta de la contradicción entre el carácter social y mundial de las fuerzas productivas y el carácter privado de su apropiación. El capitalismo no logra por eso desarrollarse “armónicamente” y sin sobresaltos, ni planificar su desarrollo. Cada capitalista sigue viviendo en guerra contra los otros capitalistas, pero ahora las batallas fundamentales de esa guerra se dan a nivel del oligopolio mundial.

Como toda guerra, esto no niega sino por el contrario implica pactos, alianzas y acuerdos entre rivales. Por eso, en el oligopolio mundial hay competencia feroz, pero simultáneamente colaboración y acuerdos entre las firmas que lo componen.

La redes del oligopolio mundial están organizadas bajo una forma antes existente, la del grupo económico o holding, que agrupa internacionalmente a una cantidad de firmas. Pero sus características han cambiado mucho en los últimos 20 años. Hoy, en la etapa de la mundialización, los holdings internacionales son esencialmente centros de decisión financiera, con un conjunto diversificado de inversiones en empresas de múltiples actividades, sin que por eso los holdings sean necesaria ni generalmente bancos.([13])

Los grandes grupos multinacionales industriales y de servicios de la etapa de postguerra se han transformado ahora en grupos financieros con predominancia industrial. Una parte fundamental de sus inversiones pueden estar en industrias y servicios, pero no por eso dejan de ser ante todo centros financieros, aunque no sean bancos. Esta transformación está, por supuesto, íntimamente relacionada con la globalización del capital-dinero, a la que ya nos referimos, y que ha conquistado la hegemonía sobre las otras formas o ciclos del capital.

En la base de la conformación de los oligopolios mundiales se encuentra un fenómeno de excepcional importancia, íntimamente ligado a la globalización del capital-dinero y la constitución de un único mercado financiero mundial, al que nos referimos antes.

Este fenómeno, es el crecimiento importante de las IDE (inversiones directas en el extranjero) como así también de las inversiones de cartera de un país al otro.([14])

En los últimos 15 a 20 años, las IDE han tenido un crecimiento espectacular (de alrededor de 100.000 millones de U$A en 1967 a casi 1,5 billones en 1989),([15]) en un ritmo muy superior al ritmo de crecimiento del PBI mundial o del PBI sumado de los países de la OCDE, así como también muy superior al ritmo de crecimiento del comercio mundial (que de por sí, desde los años ´50, casi todos los años superó al del crecimiento de los PBI).([16])

Pero al revés de las tendencias de las inversiones directas en el extranjero que se observaron en la primera época del imperialismo —en que desde los países avanzados exportaban capitales hacia las colonias o semicolonias—, el grueso de las IDE (a fines de los ´80 alrededor de las 4/5 partes)([17]) se han ido canalizando principalmente entre los ismos países avanzados en general, y principalmente (alrededor de un 40%) entre la llamada Tríada (EE.UU., Japón y Europa occidental). Además, el porcentaje históricamente([18]) decreciente de las IDE que van a los “países en desarrollo” se concentra en gran medida en sólo diez países, principalmente China —que es, después de EE.UU., el principal receptor de las IDE— y otros estados del sudeste asiático, región que en los últimos años ha resultado ser la de desarrollo capitalista más dinámico.

Que las IDE se realicen principalmente entre los países centrales imperialistas, es un hecho de múltiples implicaciones. Algunas de ellas las veremos más adelante, al analizar las relaciones entre el centro y la periferia atrasada. Ahora señalemos que la concentración de las IDE en esos países significa que se viene dando un proceso de interpenetración mutua de los capitales de los países avanzados, mediante inversiones cruzadas de un país a otro, compras y fusiones de empresas, etc. O sea, los holdings de Japón invierten en empresas en EE.UU., los de EE.UU., en Europa occidental, etc.

Esto ha determinado, lógicamente, una colosal concentración del capital monopolista, pero ahora a escala realmente mundial. Esta concentración se manifiesta, por ejemplo, en que, por encima de las más de 37.000 multinacionales contabilizadas por la ONU, existe una “crema” de apenas 100 grupos económicos (holdings), los más transnacionalizados, que en 1990 concentraron en sus manos un tercio del total mundial de las IDE, poseyendo activos por 3,2 billones (trillones en inglés) de dólares, de los cuales el 40% está fuera de sus países de origen.

Todo esto tiene relación estrecha con cambios en sus operaciones económicas, que han determinado transformaciones de fundamental importancia en la producción, el comercio internacional, la investigación y desarrollo y el flujo de tecnologías a escala mundial, etc. Aunque en menor medida que las finanzas, todas las operaciones económicas han tendido a internacionalizarse. Por un lado, se produce un entrecruzamiento y concentración fenomenal de capitales. Por el otro, las operaciones se “descentralizan”, distribuyéndose entre distintos países.

En vez de la antigua “producción multidoméstica”, en la industria se desarrolla la llamada “deslocalización”: una red de firmas especializadas produce una pieza en un país, otra en otro, etc. Toyota, por ejemplo, fabrica sus autos para el sudeste asiático en cuatro países distintos cada parte: en Indonesia, los motores de nafta, en Tailandia, los diesel, en Filipinas, las transmisiones y en Malasia las piezas de dirección y el equipo eléctrico. El Ford Escort, que se montaba en Europa en dos fábricas, una en Inglaterra y otra en Alemania, tenía piezas de quince países de tres continentes. La “maquila” es otro modo de internacionalización de la producción industrial.

Asimismo, también produce cambios en la compleja división internacional del trabajo entre los países centrales y periféricos. Como señala el citado Reich, sectores de industrias “deslocalizadas” de “producción standarizada de alto volumen” tienden a instalarse en algunos países de bajos salarios (cuyo mayor ejemplo es China), mientras que los “bienes y servicios de alto valor” (en suma, de alta tecnología y alta capacitación del personal) tienden seguir produciéndose en los países de salarios altos.([19])   

Esto determina cambios fundamentales en el comercio mundial. Desde la postguerra, éste ha tendido a crecer a un ritmo más rápido que el crecimiento del PBI mundial. Pero el hecho más significativo es que en el flujo del comercio mundial se constata un fenómeno semejante al de las IDE: se ha ido concentrando cada vez más entre los países desarrollados (con el agregado del Sudeste asiático) y, en especial, entre la Tríada (EE.UU. + Canadá, Europa occidental y Japón). Con algunas excepciones, el resto de los países ha visto caer su participación proporcional en el comercio mundial.[[20]]

Pero las transformaciones del comercio mundial no sólo son cuantitativas sino cualitativas.

Al tender a internacionalizarse la producción, hoy el sector predominante del intercambio internacional es cada vez más el comercio intrasectorial (dentro de oligopolios de la misma rama o afines) e incluso intrafirmas (un holding, a través de sus filiales, se compra y se vende a sí mismo productos de país a país, como sucede por ejemplo con las automotrices del Mercosur).

Podemos resumir diciendo que, desde este ángulo, la mundialización consiste en que se va produciendo una integración de los mercados nacionales en el mercado mundial, que tiende a dominarlos y a marcar sus pautas y operaciones; en primer lugar, en las finanzas, pero también en los otros sectores y actividades económicas.

En investigación y desarrollo e intercambio de tecnologías, la “deslocalización” y el entrecruzamiento entre los grupos oligopólicos mundiales es aun mayor: hay una feroz rivalidad pero al mismo tiempo “redes de alianzas” para desarrollar y/o monopolizar investigaciones, incluso entre competidores frontales. Esto implica que hoy existe una apropiación casi absoluta de toda innovación por parte de los oligopolios mundiales. Esta es un arma decisiva de los grandes grupos, en un período como el actual, caracterizado por cambios tecnológicos inmensos.

Lo que ya señalamos de las IDE y del comercio mundial se aplica más aun al flujo de tecnologías. En este terreno, el “tercer mundo” simplemente no existe: más del 95% de los “acuerdos de cooperación tecnológica entre firmas” y de “licencia y transferencia de tecnología” entre 1980/90 se firmaron entre los países avanzados o los NPI (nuevos países industrializados, Corea, Taiwán, etc), estrechamente ligados a la Tríada.

La regionalización del intercambio (con el NAFTA, la extensión de la Unión Europea, el Mercosur, etc) es también un fenómeno característico de esta fase del capitalismo, que tuvo su precedente en el antiguo Mercado Común Europeo. Es fácilmente comprensible que para los holdings que operan como analizamos, los amplios mercados regionales sean un ámbito ideal de actividad. Se hacen, por ejemplo, imbatibles para los competidores que sólo operan a escala nacional (aunque sean monopólicos), les facilita las “deslocalizaciones”, el comercio intrasectorial, etc. Asimismo, la regionalización les da un arma adicional frente a la clase trabajadora y el movimiento obrero, encerrados aún en los marcos del estado-nación.

Todos estos fenómenos han hecho teorizar a muchos que vamos hacía la práctica desaparición de las economías nacionales, de las fronteras (por lo menos en su sentido económico) y hasta, en perspectiva, de los estados nacionales. Es, por ejemplo, la tesis del citado Reich: “Lo único que persistirá dentro de las fronteras nacionales será la población que compone un país... La principal misión política de una nación consistirá en manejarse con las fuerzas centrífugas de la economía mundial que romperán las ataduras que mantienen unidos a los ciudadanos... A medida que las fronteras dejen de tener sentido en términos económicos, aquellos individuos que estén en mejores condiciones de prosperar en el mercado mundial serán inducidos a librarse de las trabas de la adhesión nacional...”([21]) De la misma manera, la organización de los holdings como empresas globales, que operan a nivel mundial en el marco de oligopolios igualmente mundiales, y donde se entrecruzan las IDE y las inversiones de cartera de país a país, determinaría que esas empresas y grupos económicos ya han perdido o están perdiendo su “nacionalidad”.([22]) Esto significaría, entre otras consecuencias, que irían desapareciendo las contradicciones interimperialistas, entre EE.UU., Japón y Europa.

Si todo esto fuese así, deberíamos reconocer que el capitalismo está en vías de resolver una de sus contradicciones históricas: la que existe entre el carácter mundial de la economía, y los estados y fronteras nacionales.

Sin embargo, una conclusión así sería falsa y unilateral. Junto a las tendencias que van en el sentido descripto, hay otras que van en sentido opuesto. Y hasta “ciudadanos del mundo” —como el citado presidente de la NCR—, cuando es necesario, no vacilan en apelar indignados al gobierno yanqui, para que éste intervenga contra la “competencia desleal” japonesa o coreana, como hacen las corporaciones del automóvil estadounidense...

La resultante de las tendencias contrapuestas no parece ser, por lo menos hasta ahora, la desaparición de las economías y fronteras nacionales, ni la de la rivalidad interimperialista (¡y ni qué hablar de las contradicciones entre países avanzados y atrasados!). Esas contradicciones —y en ciertos aspectos se agravan— pero en otro contexto.

Por ejemplo, las poderosas tendencias a la internacionalización de la producción y el comercio mundial no han dado origen a un mundo sin aduanas, sino a los mercados regionales (Unión Europea, Nafta, Mercosur, etc.) que se abren por dentro pero parcialmente se cierran hacia afuera.

Por eso, junto a hipótesis como las de Reich, otros analistas auguran lo contrario: un futuro de bloques regionales (organizados alrededor de las economías nacionales más poderosas de la Tríada —EE.UU., Alemania y Japón—, y con satélites como el Mercosur, o el mercado centroeuropeo, etc.) dedicados a hacerse guerras económicas y comerciales, como la que amenaza reiteradamente desencadenar EE.UU. sobre Japón...

Estos diferentes pronósticos obedecen a que en la realidad también existen tendencias contrapuestas, cuya resultante a largo plazo aún no está clara.

Lo que podemos decir es que la mundialización del capital, la globalización financiera y la constitución de los oligopolios mundiales, no significan (por lo menos hasta ahora) la desaparición lisa y llana de las economías nacionales como tales, sino un cambio trascendental en sus mecanismos y relaciones con la economía mundial.

Así, tomando una definición de Michel Beaud, sobre la que volveremos más adelante, podríamos decir que en la actualidad la economía mundial se estructura como un “sistema nacional/mundial jerarquizado”.([23]) Es decir, una economía internacional/multinacional/mundial, con tres “polos” (EE.UU.-Canadá, Unión Europea y Japón), desde los cuales los grupos económicos oligopólicos operan a escala global en un sistema mundial jerarquizado de economías nacionales dominantes (las de los países centrales) y dominadas (las de los países atrasados).

 

2.3. Los cambios en las relaciones entre los centros de los oligopolios mundiales (los países imperialistas) y la periferia atrasada y semicolonial. Tendencias a la recolonización.

 

En la presente fase del capitalismo, se han producido asimismo cambios en las relaciones entre el centro del mundo  —la Tríada, con sus tres polos de EE.UU.-Canadá, Europa occidental y Japón, donde se asientan los oligopolios mundiales del capital imperialista— y la periferia atrasada y semicolonial o dependiente.

Esos países eran y siguen siendo semicolonias. Sin embargo, no se debe disolver en esa abstracción los nuevos fenómenos característicos de este período, y especialmente los cambios en las relaciones entre el centro imperialista avanzado y la periferia atrasada.

Esquematizando, podemos decir que, en el siglo XX, esas relaciones pasaron por dos situaciones previas a la presente fase de mundialización.

La primera, es la que analizó Lenin, en 1915, en su clásico El imperialismo, fase superior del capitalismo. En ese momento, la mayoría de los pueblos y países atrasados eran directamente colonias, principalmente de las potencias europeas.

Pero, advertía Lenin, entre “los dos grupos fundamentales de países —los que poseen colonias y las colonias—” existían excepcionalmente “diversas formas transitorias de dependencia estatal... las formas variadas de países dependientes que, desde un punto de vista formal, son políticamente independientes, pero que en realidad se hallan envueltos en las redes de la dependencia financiera y diplomática”. ([24])

Los estados de América Latina se encontraban entre esa variedad excepcional de situaciones “transitorias”, con distintos grados y formas: desde la mera dependencia económica y diplomática de Argentina y Chile hasta los virtuales protectorados yanquis de Centroamérica y el Caribe.

A la vez que los sujuzgaba políticamente, el imperialismo dirigía sus exportaciones de capitales hacia los países atrasados, invirtiendo principalmente en minería, materias primas y commodities en general, y en ferrocarriles y puertos para transportar esos productos a las metrópolis y recibir desde ellas las manufacturas industriales .

La segunda situación se configuró en la segunda postguerra, producto, por un lado, de la gran revolución anticolonial que barrió Asia y Africa; por el otro, de la hegemonía mundial del imperialismo yanqui, que no poseía grandes colonias y al que resultaba intolerable que sus maltrechos competidores europeos las conservaran. La “diversidad de formas transitorias de dependencia” pasaron a ser la regla y no la excepción.

Dentro de esa “diversidad de formas de dependencia” de los países atrasados, se desarrolló una amplia variedad de economías capitalistas nacionales más o menos “cerradas” y estatizadas.

Decimos “cerradas” no en el sentido de absolutamente autárquicas o desconectadas de la economía mundial, sino para indicar que estaban rodeadas de mayores o menores obstáculos y mediaciones en sus relaciones con el mercado mundial y el capital imperialista.

El complejo juego de relaciones de fuerza entre el capital extranjero imperialista, las burguesías nacionales con sus propios intereses (en algunos de esos países, una clase apenas en formación), los trabajadores y campesinos, la clases medias y la burocracia del estado (sobre todo, las fuerzas armadas, que adquirieron un peso económico, social y político desmesurado) daba muchas veces como resultante que esas economías nacionales mantuvieran áreas importantes fuera de la propiedad o del control directo del imperialismo (aunque éste, por supuesto, al controlar la economía mundial, indirectamente los dominaba y explotaba, mediante diversos mecanismos, entre ellos el intercambio desigual).([25])

Esto se materializó de distintas maneras: nacionalización y estatización de amplios sectores de la economía —que en algunos países, como Argelia o el Egipto de Nasser, llegaron casi al 100% de los sectores no agrícolas—([26]); subtitución de importaciones y protección de la industria y la producción “nacional” mediante barreras aduaneras (industria “nacional” que frecuentemente comprendía las filiales de empresas imperialistas instaladas en esos países como industrias sustitutivas de importaciones o, a veces, de exportación); regulación más o menos restrictiva del capital extranjero en diversos aspectos: sectores vedados, “reservas de mercado”, obligaciones de asociarse al estado o a burgueses nacionales, normas más o menos severas para las inversiones y el retorno de ganancias, etc.

En varios de esos países, el trasplante de industrias sustitutivas de importaciones (y secundariamente exportadoras), que funcionaban según el sistema fordista de las metrópolis, dieron cierto aire de realidad a la mitología del “despegue”, teorizada por W.W. Rostow. Lo cierto es que, durante cierto lapso luego de la Segunda Guerra Mundial, se produjo un importante desarrollo capitalista que, aunque muy desigual, creó el espejismo de que los países atrasados podían seguir la ruta antes recorrida por las metrópolis, y tener un “desarrollo propio” e “independiente”.

Sobre esa realidad económico-social, se constituyó en 1955 el movimiento de países “no-alineados” y florecieron las ideologías nacionalistas burguesas del “desarrollo nacional independiente” y el “tercermundismo”, que en los casos más extremos llegaron a autoproclamarse como “socialismos nacionales”.

La fase de mundialización del capital se caracteriza por la liquidación de todo eso. En los últimos 20 años, hemos asistido a la paulatina y finalmente acelerada crisis, bancarrota y “apertura” de casi todas las economías capitalistas nacionales estatizadas y (relativamente) “cerradas” de América Latina, Asia y Africa.

Probablemente no ha sido casual que este proceso se haya dado en los mismos años de la crisis y restauración del capitalismo en las economías nacionales no capitalistas de China, la ex URRS, el Este, etc.

Se ha ratificado que la economía-mundo capitalista no puede ser sustituida o superada sino por otro sistema mundial, socialista. Ninguna forma de economía nacional puede superar esa realidad superior, la economía mundial, ni desarrollarse más o menos “independiente” de ella durante largo tiempo.

Los apologistas de la “globalización” presentan como un gran progreso la “apertura” e “integración” de las economías nacionales anteriormente “cerradas” de América Latina y otras regiones atrasadas. Se estaría formando, según ellos, una economía mundial cada vez más integrada y convergente, un mundo más homogéneo, en el cual, países como México, Brasil, Chile o Argentina, tienen la oportunidad de acortar distancias con los países avanzados.

Es la fábula del “ingreso al primer mundo”, recitada por todos los gobiernos del sur, desde México a Buenos Aires, que ha venido a reemplazar la fallida teoría del “despegue” de W.W. Rostow.

Sucede, en verdad, lo contrario. Más que nunca, como ya señalamos, la economía mundial es un sistema nacional/mundial/jerarquizado donde hay dominadores y dominados. Y, lejos de marchar hacia una convergencia, la tendencia generalizada (aunque con desigualdades y contradicciones) del capitalismo mundializado es la polarización económico-social más brutal entre el centro y la periferia, hasta el grado de la marginación de buena parte de ella.([27])

Esa polarización está relacionada con varios de los fenómenos que vimos antes: la hegemonía del capital-dinero usurario y especulativo —que fabricó el mortífero endeudamiento del Tercer Mundo—, el hecho de que las inversiones directas en el extranjero, el comercio mundial y el desarrollo tecnológico se concentran esencialmente en la Tríada y no convergen hacia los países atrasados (a excepción del Sudeste asiático), que la tecnología ha ido relativamente sustituyendo materias primas de esos países, etc.

La concentración de inversiones, producción, comercio y tecnología en los países centrales revela simultáneamente la tendencia a la marginación de la periferia. El desarrollo del capitalismo en esta fase no se da como una vigorosa “expansión” global productiva sino como una “contracción” o un “recentrarse” en sus tres polos de América del Norte, Europa y Japón.

Pero, subrayada esta tendencia general a la polarización y marginación crecientes de la periferia, debemos alertar contra el peligro de simplificar la realidad en la que se despliega. El desarrollo desigual y combinado actúa más nunca en este terreno. Hay variedad y combinación de situaciones, y fenómenos que contradicen esas tendencias generales. Veamos algunas variantes:

En el extremo opuesto a los tres centros oligopólicos, están los países y regiones a los que la polarización ha llegado al extremo de marginarlos en mayor o menor grado de la economía mundial: “Estos ya no son sólo países dependientes, reservas de materias primas que sufren los efectos conjuntos de la dominación política y del intercambio desigual, como en la época «clásica» del imperialismo. Son países que ya no representan prácticamente más interés ni económico ni estratégico (fin de la «guerra fría») para los países y las firmas situadas en el corazón del oligopolio. Son fardos puros y simples. Ya no son llamados países «en vías de desarrollo», sino «zonas de pobreza» (palabras que han invadido el lenguaje del Banco Mundial)...”([28]) Son los países que otro analista ha llamado “estados fallidos” o “en quiebra”. Por causas diversas, han quedado en alguna medida como “desconectados” de la economía mundial.

Los ejemplos más notorios de estas zonas marginales se dan en Africa, y son la base económica de tragedias como las de Somalia y Ruanda-Burundi. Sin embargo, este fenómeno creciente de la marginación zonal o regional también se presenta en mayor o menor grado al interior de casi todos los países, incluso los imperialistas. Provincias o “economías regionales” que quedan al margen de la nuevas formas de integración y relacionamiento con la economía mundial, y que se hunden sin remedio.

Pero el conjunto de los países y zonas atrasadas no es uniformemente marginado. Hay desarrollos desiguales. Desde y hacia el centro oligopólico se establecen relaciones selectivas.

 En Sudamérica, por ejemplo, la Cuenca del Plata y la provincia de Buenos Aires, la región São Paulo-Río-Minas, el centro de Chile, etc, pueden ser consideradas como “periferias integradas al centro”, donde se asientan “nudos” de la red internacional del oligopolio mundial. Estos nudos, entre otras funciones, actúan como “centros de subtratamiento” de la producción oligopólica, como subcentros comerciales y financieros, etc.

El Mercosur asocia los dos principales “nudos” en América del Sur —el paulista y el rioplatense—, de allí el interés del imperialismo en que salga adelante. Sudáfrica quizás tiene probablemente un carácter parecido en el continente negro, y se está proyectando la constitución de otro mercado regional a su alrededor.

¿Pero cuál es el carácter de esas “integraciones”? No se trata de que Brasil, Argentina o México emprenden el viaje al primer mundo, sino que la “apertura” de sus economías, el levantamiento de las barreras entre el mercado nacional y el mundial, etc., facilita la integración de algunas de sus regiones y de algunas ramas como filiales de la red mundial de los oligopolios en la industria, servicios, comercio, finanzas, etc. Por ejemplo, en la industria, como “centros de subtratamiento”, o de aprovechamiento de alguna ventaja comparativa local, o de alguna materia prima, o como asiento de un sector de alguna industria “deslocalizada”, etc.

Ahora bien, la “apertura” integra algunas ramas y regiones a la economía mundial, pero simultáneamente desintegra y lleva a la ruina a muchas más: la que no se adecua a la “globalización”, quiebra; por ejemplo, los sectores “anticuados” de la industria del calzado en Brasil o de la industria de maquinaria agrícola de Argentina.

La consecuencia inmediata es el ascenso del desempleo estructural. Lo mismo sucede a nivel geográfico: amplias zonas del Mercosur —tanto de Brasil como de Argentina— que quedan “desconectadas” de la economía internacionalizada, van a la marginalidad.

Una expresión de este desarrollo desigual es un hecho económico-social de fundamental importancia y de profundas consecuencias políticas: un sector minoritario (que en América Latina varía mucho según los países, pero que puede estimarse de un 10 a un 15%), proveniente principalmente de la antigua burguesía pero también de la clase media alta, se integra a la mundialización. Con ella asciende socialmente y una minoría llega a hacer ganancias fabulosas. En el otro extremo, se ha polarizado una parte mucho mayor de la sociedad, que se hunde en la marginación y la miseria. En el medio, resta una masa de la cual, con cualquier tropiezo de la economía, ruedan al abismo más y más sectores. Este es el cuadro que en los principales países de América Latina dibujan las estadísticas de distribución del ingreso de los últimos 10 ó 15 años.

Insistimos sobre este fenómeno de gran importancia económica, social y política: la relativa integración al capital mundializado de un sector nativo, burgués y también de clase media,

Esta integración ha tenido variadas facetas. El entrecruzamiento de las inversiones directas y de cartera, y la globalización financiera han abarcado también a los países de América Latina. La famosa “fuga de capitales” que se produjo (sobre todo en los `70 y ’80) en casi todos los países latinoamericanos, consistió en que sectores de la burguesía y la clase media alta invertían lo fugado en el mercado financiero global. Pero el entrecruzamiento de capitales también ha funcionado en el otro sentido, como puede comprobarse analizando, por ejemplo, las inversiones de los países centrales en el puñado de grupos económicos que son hoy día los dueños de los distintos países de América Latina.

Las vías de integración no se han limitado a ese entrecruzamiento de capitales. La trama social se refuerza con otros hilos: tecnología y patentes, relaciones comerciales, filiales de multinacionales, integración de las bolsas y mercados financieros locales al mercado global, desarrollo de las nuevas ramas propias de la mundialización, como la informática, etc. No sólo la burguesía se asimila a esto. También un sector de la clase media hace carrera y asciende como operadores, ejecutivos, técnicos, publicistas, docentes, burócratas sindicales, etc. de los nuevos sectores o de los viejos, “reconvertidos”.

Las “deudas externas” han sido otro campo de entrecruzamiento. Hoy día, en buena parte de los países de América Latina —por vía de la emisión y/o conversión de las en bonos—, la deuda ha dejado de ser puramente “externa” para convertirse en deuda pública, de la que son también acreedores los capitalistas nativos. Por eso, los burgueses mexicanos, argentinos o brasileños están tan interesados como los banqueros de EE.UU. y Europa en evitar un default. 

En resumen: gran parte de la burguesía y parte de la clase media alta se “mundializaron” (y los que no, perdieron). Por sus intereses, inversiones y empleos, y hasta por sus ideologías, están más próximos e integrados a las burguesías y clases medias del centro que a las sociedades locales, aunque no dejen de ser parte de ellas.

En América Latina, este fenómeno social es específico de la mundialización, aunque pueden rastrearse antecedentes en Centroamérica y el Caribe. No se trata sólo de que sectores burgueses y de clase media actúen, como lo hicieron siempre, de agentes del imperialismo. Aquí se trata de una relativa fusión (que por supuesto no es ni podrá completa), que hoy posible principalmente por la globalización de las finanzas y la mundialización del capital en la esfera productiva.

Esta es una de bases estructurales, junto a la bancarrota del antiguo modelo de economía nacional “cerrada”, de la desaparición prácticamente total del nacionalismo burgués más o menos “antiimperialista” como corriente política en América Latina, y de que todos los partidos (incluso los del Foro de San Pablo) presentan programas similares de “acomodarse” a la globalización.

Algo parecido sucede en otros continentes, pero en forma más matizada. Aunque no ha desaparecido por completo, los grandes movimientos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses “antiimperialistas”, que con líderes como Nehru, Sukarno, Nasser, Kruma, etc. ocupaban un lugar fundamental en el escenario político de Asia y Africa, hoy día son cosa del pasado.

Las contradicciones sociales se agravan por los fenómenos concomitantes a la mundialización, como las deudas externas y públicas y las “reformas” del estado, ambas estrechamente ligadas.

Como ya hemos señalado, la amortización de las deudas externas es un tributo de tal magnitud que, de por sí, hace descartar la hipotética posibilidad de una acumulación propia, que acorte distancias entre los países latinoamericanos deudores y los países centrales. Es muy difícil que soportando semejante sangría de vampiros, esas economías nacionales tengan la fortaleza suficiente como para desarrollarse velozmente integradas a la economía mundial y pisarle los talones a los países centrales.

Las “reformas” del estado (privatizaciones, ajustes, reducción del empleo público, etc) que se hacen además en gran medida para amortizar la deuda, completan el cuadro. Las privatizaciones y “desregulaciones” allanan los últimos obstáculos para el control directo de todas las ramas por el capital transnacional. Ambas medidas, con sus consecuencias de despidos masivos y reducción de los gastos sociales, contribuyen directamente a agravar la polarización social y el desempleo.

Este conjunto de cambios económicos configuran asimismo una pérdida significativa de las soberanías nacionales de estos estados. Es una nueva colonización. Es una cuestión pendiente, de gran importancia política, analizar más fondo estas transformaciones a nivel del sistema de estados que se ha ido delineando en la fase de mundialización.

Puede hablarse de nueva colonización, no sólo porque esos estados son mucho más sometidos, hecho por demás evidente. Lo más importante es que ha habido en estos 20 años cambios cualitativos, institucionales. En ese sentido, la nueva doctrina del derecho internacional sobre la “soberanía limitada” formulada en la ONU no ha caído de los cielos...

Pero no se trata sólo de ocupaciones o intervenciones militares tipo Somalia, Haití o ex Yugoslavia. Estos son casos extremos. Más importantes son los cambios generalizados.

Por ejemplo, el FMI era una institución del imperialismo fundada a fines de la Segunda Guerra, inicialmente concebida para compensar los desequilibrios del comercio exterior y de los balances de pagos, y así impedir las oscilaciones del comercio internacional.

Pero desde los ‘70, el FMI cambió sus funciones al generalizarse los “planes de ajuste” en los estados atrasados. Se ha convertido de hecho en una institución de esos estados: una institución internacional “cuasi estatal”, que determina sus planes económicos y las cuentas del estado, controla estrechamente su aplicación y, de hecho, en muchos casos también los ejecuta, imponiendo como ministros de economía a personajes que son sus agentes directos. Ejerce así poderes discrecionales sobre resortes esenciales de la soberanía de un estado, como la emisión de moneda o la creación y destino de los impuestos. Es una institución colocada por encima de los poderes “constitucionales”, que no sólo decide, ejecuta y controla, sino que también amonesta severamente a los gobernantes “indisciplinados”.

El Banco Mundial, creado junto con el FMI también para funciones muy distintas, asume asimismo un carácter cuasi estatal. Por ejemplo, dictamina sobre aspectos fundamentales de las “reformas del estado”: así, planifica cambios totales en sus sistemas de salud, de educación, etc.

Por último, es necesario destacar que, como parte del desarrollo desigual y combinado, hay una región del mundo —el Sudeste asiático— que parece contradecir las tendencias que señalamos como dominantes en la periferia. No se trata sólo de los Nuevos Países Industrializados, de los cuales sólo dos —Corea del Sur y Taiwán— son realmente países. Está el fenómeno impresionante de China, que ostenta el record mundial de crecimiento capitalista de la última década (un promedio de casi el 10% anual). A esos ritmos de crecimiento parecen sumarse ahora Indonesia, Tailandia y Vietnam. Esto hace predecir a algunos que el centro del capitalismo mundial en el siglo XXI se habrá traslado a esas regiones. Es más: se llega a sostener que el dinamismo del capitalismo sudasiático será la locomotora de un nuevo boom mundial, que ya no garantizan las lentas máquinas de Europa, EE.UU. y Japón.

Esta cuestión requiere ser estudiada más a fondo. ¡El capitalismo nos ha dado más de una sorpresa! Pero, mientras tanto, no pensamos que haya que cambiar las caracterizaciones generales que hemos dado. La distancia entre el Sudeste asiático y los actuales centros del capitalismo mundial es aún sideral. El surgimiento de gigantescos holdings de capitales chinos (donde confluyen la burguesía china del exterior y los dineros de la aburguesada burocracia maoísta) es un hecho cierto, a la vez que una cuestión histórica y teórica a analizar. Pero de allí a alcanzar a los países centrales, hay un largo camino. La cuestión no puede reducirse al ritmo de crecimiento de los PBIs. El desarrollo de tecnologías, por ejemplo, sigue siendo monopolio prácticamente absoluto de los países centrales.

Por otro lado, el “milagro económico” del Sudeste asiático en general y de China en particular no ha atenuado las contradicciones de la polarización y marginación que señalamos, sino que le ha dado formas propias: por ejemplo, entre la costa y el interior de China, entre el campesinado (con 100 millones de desarraigados que deambulan buscando trabajo) y los sectores urbanos, entre los nuevos sectores obreros salvajemente explotados y las capas enriquecidas por la restauración y el desarrollo capitalista, etc.

Nada de esto niega, entonces, las tendencias generales y las contradicciones que señalamos entre el centro y la periferia, sino que se integra como aspectos diferentes del desarrollo desigual.

 

2.4. Restauración del capitalismo en los países mal llamado “socialistas” y asimilación de sus burocracias a la burguesía mundial.

 

La restauración en la ex URSS, el Este europeo y China es otra de las transformaciones fundamentales ocurridas en esta fase del capitalismo.

Aunque distinto, ha sido en cierto modo un fenómeno paralelo al curso seguido por las economías capitalistas “nacionales” más o menos “cerradas” y estatizadas del tercer mundo, muchas de las cuales también pretendían seguir un camino de (relativo) “desarrollo independiente”.

El desarrollo de las economías nacionales no capitalistas chocó con sus propios límites y contradicciones.

En primer lugar, la apropiación de la plusvalía estatizada por burocracias de estado que, para instrumentar esa explotación parasitaria, planificaban la economía desde arriba, sin la decisión ni control democrático de los productores y los consumidores, y tampoco sin el control del mercado.

En segundo lugar, no pudo superar la contradicción de sus estrechos marcos nacionales, que la burocracia elevó a los altares como “socialismo en un solo país”. Esta crisis se conjugó con la primacía de la economía mundial sobre esas economías nacionales atrasadas. Así, terminaron “abriéndose” hasta las más “cerradas” de esas economías, y sobre todo se fueron asimilando al capitalismo sus sectores sociales explotadores y dominantes: las burocracias stalinistas.([29])

Por supuesto, existen una multitud de interpretaciones acerca del cómo y el porqué de esos cambios. Aquí no es posible considerarlas extensamente, sino comenzar constatando un dato de la realidad: ya es un hecho la asimilación por el capitalismo mundial de las economías nacionales no capitalistas, dominadas por la burocracia. Habría tratar de evaluar el carácter y la magnitud de ese hecho, en relación al capitalismo mundial y sus transformaciones de estos años.

Este aparece proceso de raíces profundas. Lo prueba que se haya producido tanto en los países donde fueron derrocados los regímenes stalinistas (el Este europeo y la ex URSS) como en donde siguen gobernando los pp.cc. (China, Vietnam, etc.). Ha sido, entonces, un proceso generalizado, que se impuso por encima de las amplias diferencias de condiciones económicas, sociales y políticas de esos países.

Los que interpretan las restauraciones capitalistas como el resultado de los movimientos de 1989/91 que tiraron abajo las dictaduras de los PCs —movimientos que nosotros consideramos revoluciones antiburocráticas—, no están en condiciones de explicar por qué también China siguió el mismo camino (y en cierto sentido fue la pionera, junto con Yugoslavia y Hungría).

En verdad, los inicios del proceso de transición y asimilación al capitalismo mundial —con marcadas diferencias de formas y ritmos en cada país— se remontan en el Este y la URSS a más de dos décadas antes de la caída de 1989/91. En esos alzamientos obreros, populares y nacionales, el proletariado careció de la conciencia de clase, el programa y la organización que le permitiese imponer una salida propia a la crisis y caída de los regímenes stalinistas. El curso hacia el capitalismo, ya poderoso detrás del cartón pintado del “socialismo real”, pudo entonces seguir adelante y consumarse. El “milagro” que asombra a muchos comentaristas occidentales, que Rusia lograra privatizar su economía en el corto lapso de menos de tres años, no aparece como tan “milagroso” si consideramos que no fue el punto de partida sino el de llegada de una evolución mucho más prolongada.

En cuanto a China, el levantamiento de Tien-an-men (1989), al revés de lo que pronosticó la mayoría del periodismo occidental, no hizo que la burocracia diera marcha atrás en las “reformas de mercado” iniciadas en la década anterior. Por el contrario, después de algunos meses de vacilaciones, pisó el acelerador del desarrollo del capitalismo.

Es importante, como decíamos, establecer el carácter de este hecho: la asimilación por el capitalismo mundial de las economías no capitalistas dominadas por la burocracia.

Para los que creían —como la mayoría de la izquierda— que el mundo estaba dividido en dos sistemas económicos mundiales (el capitalista y el “campo socialista”, que funcionaban autónomamente, según leyes propias y exclusivas de cada uno), estamos ante una catástrofe histórica: se trataría nada menos que de la derrota del “socialismo”. Y aunque se den mil y una explicaciones, no se termina de entender cómo sistemas (supuestamente) socialistas —por definición, superiores al capitalismo—, terminaron abdicando de tal forma.  

Para nosotros, este proceso no ha consistido en la transformación de sociedades socialistas en capitalistas. Tampoco creemos que el capitalismo ha sido restaurado en sociedades que, sin ser aún socialistas, eran por lo menos de “transición al socialismo” (como creíamos los trotskistas). Es decir, sociedades donde los trabajadores eran “la clase económicamente dominante”, aunque políticamente estuviesen bajo la férula de una burocracia “obrera”: menos aún se trataba de “dictaduras del proletariado” ejercidas por esa burocracia.

La forma en que se produjo su tránsito al capitalismo, nos parece que evidencia que esas formaciones económico-sociales no eran ni “socialistas”, ni estaban “en transición al socialismo”, ni en ellas bajo ningún aspecto el proletariado era la “clase dominante”, aunque lo fuese sólo “económicamente”.

La Revolución de Octubre en Rusia fue el más grande triunfo de las masas obreras y populares del siglo XX, y un golpe importante (aunque no estratégico) al dominio mundial del capital imperialista.

Pero la estrategia de los revolucionarios del ‘17, el sentido de su política, no era encerrase a construir una sociedad “socialista” aislada, sino partir de un país atrasado (Rusia) para llevar la revolución al centro del capitalismo mundial de ese momento: Europa occidental y en especial Alemania.

Luego, aunque con direcciones que tenían una política y un carácter muy distintos, otras revoluciones (como China, Cuba, etc.,) llegaron a también a expropiar a los capitalistas dentro de sus fronteras.

Pero esa histórica experiencia revolucionaria de 1997 debe ser distinguida claramente de la posterior degeneración burocrática y sus resultados.

Las sociedades, las economías y los estados conformados por la degeneración burocrática fueron lo opuesto. No eran su continuidad “socialista” o “transicional al socialismo”, sino el triunfo contrarrevolucionario de las tendencias antisocialistas, que tarde o temprano desembocarían en la restauración...

Desde mucho tiempo atrás —con la contrarrevolución stalinista en la ex URSS y con la asfixia burocrática que padecieron desde el principio las revoluciones de China, Yugoslavia o Cuba—, en esas sociedades quedó clausurada la perspectiva de “transición al socialismo”, así como de un dominio real, económico o político, de la clase trabajadora.

En vez de seguir un curso de transición al socialismo y de construcción de un verdadero poder obrero (de constitución de los trabajadores en clase dominante), fueron a parar a una “vía muerta”: en esos límites nacionales, cristalizó por un breve período histórico un sistema de explotación parasitario-burocrático, basado en elementos tomados del capitalismo (en primer lugar, el trabajo asalariado). Este tenía la inconsistencia y la incurable debilidad de no ser un sistema de explotación “orgánico” (con la solidez de una verdadera clase dominante, la burguesía), ni tampoco un sistema desplegado mundialmente, como el capitalismo.

Esas formaciones nacionales se fueron integrando en la economía capitalista mundial como un “subsistema” contradictorio, del cual el imperialismo, a medida que se ampliaban las relaciones económicas, extraía una parte creciente de la plusvalía estatizada, por medio del intercambio desigual, los préstamos, la inmensa superioridad tecnológica y finalmente las inversiones directas. Esas relaciones crecientes fueron, a su vez, otros tantos “vasos comunicantes” para la asimilación y aburguesamiento de la nomenklatura y de las capas medias de la burocracia técnica.

Las crisis internas (como parte de ellas, el descontento y hasta la rebelión de las masas), el creciente desarrollo de una economía paralela a la “oficial” (la “economía de sombras”, completamente capitalista) y las presiones de la economía mundial fueron minando y disolviendo esas formaciones nacionales no capitalistas. En la esfera económica, los elementos tomados del capitalismo, como el trabajo asalariado, fueron otros tantos puentes que facilitaron la transición en la esfera de las relaciones de producción.

Nos parece que desde esta óptica puede ser comprensible —no sólo para el marxismo sino hasta para el sentido común— que el tránsito a la economía capitalista se haya ido realizando sin mediar un aplastamiento contrarrevolucionario, una derrota sangrienta de la clase obrera. Esto habría sido imprescindible si los trabajadores hubiesen sido realmente “la clase económicamente dominante” en una sociedad “en transición al socialismo”; una “clase dominante” a la cual era necesario arrancar el control de la economía y de la propiedad para transferirlas a los capitalistas.

En la historia, ninguna “clase dominante” (aunque lo fuese sólo “económicamente”) ha abdicado su dominio de la economía y de sus posesiones sin una resistencia feroz. No hay “propaganda” ni discurso por TV que logre ese milagro, que sería único en la historia.

Si la clase obrera de esos países no opuso esa resistencia, la causa es ante todo material y no “ideológica”. El hecho material es que el proletariado no poseía ni dominaba económicamente ni políticamente nada. Era una clase oprimida, alienada y explotada, directamente por el aparato de estado burocrático e indirectamente por el capitalismo mundial.

Si esas sociedades hubieran sido de alguna manera la encarnación del “socialismo” o de la “transición al socialismo” o de la “dictadura del proletariado” y el “estado obrero” (aunque burocratizado), deberíamos concluir que la clase trabajadora se habría revelado como históricamente incapaz de ejercer su dominio.

Es necesario delimitar, entonces, el carácter de clase y las verdaderas dimensiones de esta transformación.

Lo que hemos presenciado es la reabsorción por el capitalismo de un “subsistema” burocrático explotador, que ya estaba contradictoriamente integrado al capitalismo mundial, que no constituía una plataforma para la transformación socialista del mundo y que había agotado sus capacidades de reproducción.

No estamos, entonces, ante la derrota histórica del socialismo por el capitalismo, ni frente a la certificación de la incapacidad de la clase obrera de ejercer el poder, gestionar la economía y desarrollar la transición del capitalismo al socialismo.

Sin embargo, con la misma claridad debemos decir que la reabsorción del “subsistema” burocrático ha fortalecido al capitalismo imperialista (como también lo favoreció la debacle y apertura de las economías estatizadas y relativamente “cerradas” del tercer mundo).