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Guerras
remotas sin fin
La
invasión de Afganistán, seis años después
Por
Patrick Cockburn (*)
CounterPunch,
06/10/07
Rebelión, 08/10/07
Traducido por Germán Leyens
Seis años después
de una guerra que fue lanzada para derrocar a los talibán, soldados
británicos siguen siendo muertos en sangrientas escaramuzas en un
conflicto en el que una victoria final es imposible.
El 7 de octubre fue
el sexto aniversario de la invasión de Afganistán por EE.UU., Gran
Bretaña y sus aliados, en una operación bautizada Libertad Duradera.
Pero seis años después, Gran Bretaña es una vez más, como en Iraq,
el socio menor, el que pierde las vidas de sus soldados y tiene poca
influencia real sobre la guerra.
El resultado del
conflicto en Afganistán será decidido en Washington e Islamabad. No
existe posibilidad alguna de derrotar a los talibanes mientras se
puedan retirar, volverse a entrenar y a reorganizar, en los refugios
montañosos de Pakistán.
Ayer, supimos de la
muerte de otro soldado británico. Aunque su identidad no ha sido
revelada, se cree que el muerto actuó como mentor del príncipe
William.
Otros dos fueron
heridos cuando su vehículo fue alcanzado por una explosión al oeste
de Kandahar, lo que hizo llegar el número de soldados británicos
muertos en Afganistán desde 2001 a 82.
El gota a gota de las
pérdidas británicas subraya lo poco que se ha logrado en los últimos
seis años, y la rapidez con la que se pueden perder todos los
triunfos. Gran parte del sur de Afganistán era más segura en la
primavera de 2002 de lo que es ahora y en ningún momento durante los
años desde entonces existe alguna evidencia en los discursos de los
sucesivos ministros británicos de que tengan mucha idea de lo que
estamos haciendo allí y de lo que esperamos lograr.
Esta semana, el líder
conservador David Cameron dijo a sus partidarios que restauraría
Afganistán como “prioridad número uno en la política exterior.”
La observación subrayó cómo este conflicto ha desaparecido en la práctica
del orden del día político.
Sin embargo, Afganistán
está sembrado de huesos de soldados británicos muertos en fútiles
campañas en el Siglo XIX y después. La lección de esas guerras
olvidadas hace tiempo es que el éxito militar en el terreno en
Afganistán es siempre elusivo y que, incluso cuando se logra, rara
vez se convierte en un éxito político duradero.
Los talibanes
llegaron al poder en Afganistán gracias al apoyo paquistaní y
abandonaron Kabul y Kandahar sin combate cuando dicho apoyo fue
retirado en 2001 en los días y semanas después del 7 de octubre.
Pero seis años después, los talibanes están de vuelta.
La violencia no da señales
de terminar. Atentados suicidas, tiroteos, ataques aéreos y bombas al
borde de la ruta han matado a 5.100 personas en los primeros nueve
meses de este año, un aumento de un 55% respecto al mismo período en
2006.
Fui a Afganistán en
septiembre de 2001, unos pocos días después del 11–S, cuando se
hizo obvio que EE.UU. iba a tomar represalias derrocando a los
talibanes, porque habían sido los anfitriones de Osama bin Laden y de
al Qaeda.
Lo que sobrevino fue
una guerra muy peculiar, que se distinguió, sobre todo, por una falta
de combates reales. Cuando fueron retirados el apoyo paquistaní y el
dinero saudí, el régimen talibán se desmoronó a una velocidad
extraordinaria. A comienzos de 2002, pude conducir de Kabul a Kandahar
sin sentir que estaba arriesgando mi vida.
Pero ahora, a pesar
de toda el habla de progreso y democracia, y la presencia en el
terreno de miles de soldados británicos, estadounidenses y de otros
países de la OTAN, es imposible emprender semejantes viajes por el país
con seguridad.
Sin embargo, en 2001,
desde el momento en que vi las primeras bombas estadounidenses que caían
sobre Kabul y el chisporroteo de los débiles cañones antiaéreos de
los talibanes, se hizo obvia la desigualdad total de los dos lados.
Los combatientes
talibanes que sabían que serían atacados, simplemente huyeron antes
de que los aniquilaran. La victoria fue demasiado fácil. Los
talibanes nunca ofrecieron una resistencia final ni siquiera en sus
bastiones de apoyo en las zonas centrales pashtunes en el sur. Fue un
asunto típicamente afgano que mantuvo las tradiciones de los 25 años
anteriores cuando traiciones repentinas y cambios de alianzas, no
batallas, decidieron quién sería el vencedor.
Conduciendo desde
Kabul hacia Kandahar, siguiendo los pasos de los talibanes, visité la
ciudad fortaleza de Ghazni en las carreteras hacia el sur, donde los
talibanes se habían desmaterializado repentinamente y recibido una
amnistía de facto a cambio de renunciar sin combate al poder.
Qari Baba, el
gobernador de aspecto pesado de la provincia de Ghazni, que había
sido nombrado el día antes, dijo: “No veo a ningún talibán aquí,”
lo que era sorprendente ya que el patio frente a su oficina estaba
repleto de hombres de aspecto hosco con turbantes negros, que portaban
metralletas.
“Todos eran
talibanes hasta hace 24 horas,” murmuró un oficial de la Alianza
del Norte.
Un hecho que debiera
haber facilitado la presencia en Afganistán de tropas británicas,
estadounidenses y de otros países extranjeros fue que los talibanes
eran profundamente odiados por su crueldad, su ciego fanatismo
religioso (que condujo a la prohibición del ajedrez y del vuelo de
cometas) y la creencia de que eran títeres de la inteligencia militar
paquistaní. Y, a diferencia de Iraq, la presencia extranjera en
Afganistán ha gozado de apoyo mayoritario, aunque eso está
cambiando.
El intento de trazar
paralelos entre Iraq y Afganistán es engañoso porque Sadam Husein
había tratado de dirigir un Estado altamente centralizado. En
Afganistán el poder siempre ha estado fragmentado. Pero Afganistán
en 2001 e Iraq en 2003 estaban empantanados en la pobreza. Un motivo
por el que tanto los talibán como Sadam Husein fueron derribados con
tanta rapidez es que los afganos, igual que los iraquíes, ansiaban
una vida mejor.
No la obtuvieron. La
falta de puestos de trabajo y de servicios como la electricidad, el
agua potable, hospitales y alimentos continuó o empeoró.
Iraq es
potencialmente un país rico por su riqueza petrolífera. En Afganistán
el único equivalente del dinero del petróleo es el que proviene de
los campos de dormidera de los que dependen cada vez más los
campesinos empobrecidos. Uno de los motivos por los que los talibanes
perdieron el apoyo de los campesinos pashtunes en 2001 – aunque esto
fue apenas destacado por los vencedores – es que impusieron una
prohibición altamente efectiva de los cultivos de dormidera. Si
EE.UU. adopta una política de destrucción de las plantas de
dormidera mediante la pulverización de productos químicos desde el
aire, también se verán engolfados en la misma ola de impopularidad.
El tráfico con el opio alimenta la ilegalidad, el dominio de los señores
de la guerra y un Estado inestable.
Tanto Afganistán
como Iraq son países notablemente difíciles de conquistar. Lo han
sido durante siglos, han sido zonas fronterizas en las que vecinos
poderosos se han enfrentado a través de testaferros.
La victoria en
Afganistán no es probable seis años después del inicio de la guerra
para derrocar a los talibanes. Incluso una expansión masiva de la
cantidad de soldados sólo significaría ofrecer más objetivos, y más
víctimas. Los ejércitos de ocupación, o la percepción de ocupación,
siempre provocan una reacción.
En última instancia,
lo que suceda en Afganistán será decidido mucho más no por
escaramuzas en la provincia Helmand, sino por los acontecimientos en
Pakistán, el gran apoyo de los talibán, que están totalmente fuera
del control británico. Y la agenda tanto en la guerra afgana como en
la iraquí es determinada en última instancia por las necesidades políticas
internas de EE.UU. Los éxitos en países remotos tienen que ser
fabricados o exagerados. Los compromisos necesarios son excluidos,
dejando a iraquíes y afganos por igual con la deprimente perspectiva
de una guerra sin fin.
(*)
Patrick Cockburn es autor de “The Occupation: War, resistance and
daily life in Iraq” [“La ocupación: guerra, resistencia y vida
diaria en Iraq”], finalista en el National Book Critics' Circle
Award [Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios] para el
mejor libro de no–ficción de 2006.
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