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Notas
sobre la teoría de la revolución permanente a comienzos del siglo XXI -
II
Las
revoluciones de posguerra y el movimiento trotskista
Por
Roberto Sáenz
Socialismo o Barbarie (revista), Nº 17/18, noviembre 2004
Segunda
parte
Sujetos, tareas y carácter
de la revolución
Partamos de insistir que,
metodológicamente, Moreno tenía una ubicación correcta y no dogmática,
en el sentido de señalar que “siempre hemos intentando teorizar sin
ignorar los problemas reales”. Pero Moreno, de manera totalmente
equivocada, explicitó que entendía que el “error” de la teoría de
la revolución permanente era que estaba parada sobre los sujetos y no
sobre el proceso objetivo: “Me voy a adelantar a decir cuál es la
mecánica de la teoría de Trotsky, una mecánica que (...) tiene algunas
fallas. ¿Por qué opina Trotsky que se pasa de la revolución democrática
burguesa a la revolución socialista? ¿Por una combinación
objetiva de tareas o por lo que en el marxismo y en sociología se llama
el sujeto histórico? (...) Según Trotsky, ¿cómo se pasa de la
revolución democrática a la socialista? ¿Por el sujeto o por un proceso
inevitable en el que la revolución democrático burguesa, al ir
contra sectores de la burguesía, va a hacerse socialista inevitablemente?
Puede ser que el coche esté en una pendiente, y avanza solo. Esto
quiere decir que solucionar las tareas democrático- burguesas significa
empezar a atacar el capitalismo: si se pone en la pendiente, el coche
anda solo (...) Nosotros creemos que los hechos demostraron que hay un
gran error en el texto escrito de la teoría de la revolución permanente
(...) Hubo procesos de revolución permanente que expropiaron a la burguesía
e hicieron la revolución obrera y socialista sin ser acaudillados por la
clase obrera y sin ser acaudillados por el partido comunista
revolucionario. Es decir, los dos sujetos de Trotsky, el social y el político,
fallaron a la cita histórica, no llegaron a la hora (...) Esta
segunda formulación de Trotsky de la teoría de la revolución permanente
(...) tiene el grave defecto de que (...) gira alrededor de los sujetos”.
Efectivamente, las
revoluciones de posguerra configuraron un enorme desafío teórico y político.
Es un hecho que fueron casi completamente originales en lo que hace
al cuerpo central de la teoría de la revolución permanente, porque la
experiencia histórica anterior había sugerido que no había ninguna
posibilidad de que se tomaran medidas anticapitalistas sin la clase obrera
y la organización revolucionaria socialista en el centro del proceso.
Pero no fue esto lo que ocurrió en la posguerra, sino que, por el
contrario, lo que se dio, en cierto sentido, es la hipótesis que Trotsky,
reiteradamente –justificado por la polémica contra la concepción
estalinista de la “revolución por etapas”– se negaba a considerar:
que direcciones burocráticas y pequeño burguesas fueran más allá en el
camino del enfrentamiento con la burguesía y el imperialismo y llegaran
incluso hasta la expropiación de la clase capitalista.
La novedad estuvo en que la
norma en la posguerra fue que estas direcciones pequeño burguesas y
burocráticas “fueron más lejos” y expropiaron a la burguesía: en
China, Yugoslavia, Corea, Cuba y Vietnam, por intermedio de revoluciones,
y en el Glacis, completamente desde arriba. Claro que con una diferencia
fundamental: que estos procesos no fueron un “corto episodio hacia la
dictadura del proletariado”, sino que el congelamiento de la
revolución en ese estadio se hizo permanente.
El enigma teórico a
explicar era, entonces, cómo había sido posible que estas direcciones y
sectores sociales aparentemente hubieran reemplazado a la
clase trabajadora en la tarea de “realizar la revolución socialista”.
Moreno intenta explicar esto basado en que la “solución de las tareas
democrático-burguesas” (combinación objetiva de las tareas)
significaba empezar a atacar al capitalismo. Y, entonces, en la medida que
esto ocurre como hecho objetivo (“se pone el coche en la
pendiente”) el sujeto que realiza esto no tiene la menor importancia.
Como el proceso se desarrolla “solo”, la revolución se hace
“objetivamente socialista”, “inevitablemente” socialista. Por lo
tanto, había que “dar vuelta” la teoría de la revolución
permanente, “ponerla sobre sus pies”. En vez de girar en torno a los
sujetos, debía girar en torno al proceso “objetivo”.
Para justificar este análisis,
Moreno se apoyó en su particular interpretación del debate de Trostsky
con Preobrajensky respecto a cómo había que caracterizar una revolución.
Dice Moreno, como parafraseando a E. Preobrajensky (en su debate
con Trotsky alrededor del carácter de la revolución china a fines de la
década del ‘20): “‘Usted arranca de los sujetos, del sujeto histórico,
de la clase obrera, y ése es un mal razonamiento, porque hay que
arrancar de la realidad, y ver qué da la realidad. No todas las
realidades van a ser como la rusa. Entonces, si en China la revolución es
democrático-burguesa, no está descartado que surja un partido pequeño
burgués que haga la revolución. En el campesinado de Rusia no se dio,
pero no esta descartado que se dé en China. La realidad cambia. ¿Por qué
está tan seguro usted de que ése es el sujeto? Puede ser que sí, puede
ser que no. No cierre la posibilidad de otros sujetos. Es un razonamiento
muy subjetivo, en vez de objetivo. Si hay que hacer una revolución democrático-burguesa,
no está descartado que aparezca una corriente pequeño burguesa que la
haga, que saque de allí a los imperialistas. Si eso ocurre, con su teoría
nos quedamos sin línea. Es una teoría extremista: generaliza la revolución
de Octubre, y nosotros recién estamos entrando en Oriente, y no sabemos
bien cómo es la cosa. No nos apresuremos‘. Esa es la crítica [de
Preobrajensky a Trotsky]”.
En realidad, a nuestro
entender, lo que Preobajensky estaba buscando fundamentar era que, a
diferencia de la correcta posición de Trotsky, él opinaba que la
revolución china no podía superar el estadio democrático burgués
producto de las circunstancias “objetivas” (las tareas), comprendidas
de manera mecánica y nacionalista: para Preobajensky, la revolución
china sólo podía ser burguesa.
Pero Moreno, sin embargo,
utiliza las circunstancias objetivas al revés que Preobajensky,
argumentando que esa era la respuesta que le dio Trotsky en su última
carta, para justificar que aun en ausencia de la clase trabajadora
y el partido en el centro del proceso, por las “circunstancias
objetivas” y el carácter de las tareas, las direcciones burocráticas
se vieron obligadas a ir más lejos hasta llegar a la expropiación de la
burguesía (cosa que ocurrió) y, por lo tanto, consumar la
transformación de la revolución democrática en obrera y socialista (lo
que opinamos que no ocurrió).
Por esto dice: “(...)
había habido una gran revolución. Fidel Castro tenía armadas a las
masas y resolvió darles las tierras, sin expropiar al imperialismo. El
imperialismo lo bloqueó; entonces, se vio obligado a defenderse cada vez
más y a adoptar más y más medidas. Es decir que, obligados por las
circunstancias, avanzaron muchos más kilómetros de los que ellos
planificaban, muchos más kilómetros de los que nosotros creíamos que
iban a llegar. Una estación que se llama ‘expropiación de toda la
burguesía‘”.
Y agrega: “Trotsky
acertó en cómo marchaba el tren, pero no acertó en la estación en la
que se detenía. Trotsky dijo: ‘El tren tiene que marchar y marchar
(...) y no pararse (...) Y si quien dirige el tren no es la clase obrera y
el partido marxista revolucionario, el tren no avanza, o avanza muy
poco‘. Y nosotros decimos: ‘La revolución es tan fuerte, empuja
tanto, que a pesar de que la dirección oportunista y la pequeño burguesía
no hayan sido socialistas ahora se ven obligados muchas veces a
hacer la revolución socialista, por la presión‘. Se puede
comparar con un tren en marcha: si no está dirigido por el partido
bolchevique, el tren se para. Eso se cumplió. ¿Qué decía Trotsky? :
‘se para a los cincuenta kilómetros‘ (...) Hay una estación que se
llama ‘expropiación de la burguesía‘. Dirigido por direcciones pequeño
burguesas –decía Trotsky– el tren no llega nunca a la estación
expropiación de la burguesía. Y los hechos han demostrado que el tren sí
llega, presionado por las masas, presionada por el imperialismo”.
El problema aparece,
justamente, a la hora de precisar cuánto más lejos había ido el
tren de la revolución. A nuestro entender, mucho menos de lo que
consideró la inmensa mayoría del trotskismo en la posguerra, e incluso
de lo que consideró Moreno: no dieron lugar a revoluciones genuinamente
obreras y socialistas, ni abrieron la transición.
Pero Moreno terminaba
cayendo en el gravísimo error –y callejón sin salida– de reconocer
que las direcciones burocráticas y/o pequeñoburguesas habían
encabezado revoluciones lisa y llanamente “obreras y socialistas
objetivas o inconscientes” (de “Febrero”), que habían dado lugar a
nuevos Estados obreros.
“La revolución de
febrero es distinta a la de octubre, pero está íntimamente ligada a
ella; debe ser el prólogo obligado a la de octubre para que la revolución
siga avanzando. Febrero es una revolución obrera y popular que enfrenta a
los explotadores imperialistas, burgueses y terratenientes ligados a la
burguesía y destruye el aparato estatal burgués (...). Por la dinámica
de clase y por el enemigo que enfrentan, ambas son revoluciones
socialistas. La diferencia entre ambas radica en el distinto nivel de
conciencia del movimiento de masas y, principalmente, en la relación del
partido marxista revolucionario con el movimiento de masas y el proceso
revolucionario en curso. Dicho sucintamente, la revolución de febrero es inconscientemente
socialista, mientras que la de octubre lo es en forma consciente. Podríamos
decir –coqueteando con Hegel y Marx– que la primera es una revolución
socialista en sí, mientras que la segunda lo es para sí”.
Porque, según Moreno,
“febrero es una revolución socialista, categóricamente socialista,
que destruye el aparato estatal capitalista mediante la lucha armada
revolucionaria de los trabajadores (...) En este siglo (...) no hay más
revoluciones democrático-burguesas; sólo hay revoluciones socialistas,
aunque con o sin maduración del factor subjetivo (...). Todas las
revoluciones actuales son socialistas por el enemigo que enfrentan
–la burguesía y su aparato estatal–, y por el carácter de clase de
quienes las hacen, los trabajadores”.
A nuestro entender, todas
estas definiciones están mal. La revolución de febrero de
1917 había sido democrático-burguesa, con la particularidad de abrir
el proceso de la revolución socialista, consumada en octubre de 1917.
Pero, a diferencia de la revolución de febrero rusa, las
revoluciones de posguerra no tuvieron esa particularidad de abrir el
proceso de la revolución socialista, sino, precisamente, la de impedir
esta posible dinámica. Este es un hecho histórico hoy incontestable ante
el ignominioso derrumbe de estos Estados.
A la vez, había otro
enorme problema en esta tipificación: como estamos intentando demostrar,
consideramos un grave error hablar de revoluciones socialistas
“inconscientes”. Porque, a nuestro modo de ver, la experiencia histórica
ha demostrado que, en este tipo histórico de revolución, la revolución
socialista, no hay sustituismo que valga: o la encarna la propia
clase trabajadora, o es otro sector o fracción de clase el que
ocupa su lugar, en función no de los intereses obreros, sino de sus
propios intereses. Lo más que dio el proceso “objetivo” es la dinámica
anticapitalista de las revoluciones de posguerra. Pero la igualación de
las connotaciones anticapitalistas y socialistas es un paso que la
experiencia histórica de la posguerra no autoriza a dar.
Por lo tanto, lo que
tenemos son distintos tipos de revoluciones, no sólo la revolución
“obrera y socialista”. Porque en la posguerra se desarrollaron
revoluciones democrático-nacionales, antiimperialistas y
anticapitalistas, pero ninguna propiamente socialista, como sí había
ocurrido luego de la Primera Guerra Mundial. Porque los hechos han
demostrado que la revolución socialista no puede ser
“inconscientemente” socialista. Esto es un tremendo error, porque, una
vez más, reiteramos que sin la clase obrera al frente del proceso con
sus propios métodos de lucha, conciencia y organización, no hay revolución
socialista.
La revolución socialista
no puede consumarse como producto de las “circunstancias
objetivas”, de las “tareas” que supuestamente cumplen, sin
importar que la clase trabajadora como tal no tenga arte ni parte en ella
ni la manera en que se cumplen esas tareas. En el caso de la revolución
propiamente socialista, existe necesariamente una relación dialéctica
entre las tareas, el sujeto y los métodos mediante los cuales aquéllas
se llevan adelante. Esta dialéctica de la revolución socialista excluye
toda posibilidad de una revolución de naturaleza supuestamente
“inconsciente” u “objetivamente” socialista, determinada
“objetivamente” por el solo carácter de las tareas. Porque si estas
tareas son llevadas adelante por sectores de clase distintos a la clase
trabajadora –y, por tanto, con otros métodos– terminan sirviendo a la
postre a estos sectores y no a la clase obrera.
En suma, estamos en
presencia de una completa revisión objetivista de la teoría de la
revolución
, tributaria a su vez de la posición teórica mayoritaria de la IV
Internacional. Como ha demostrado la experiencia histórica en la
posguerra, no son sólo las tareas las que determinan el carácter de la
revolución: es decisivo, también, el sujeto y la manera (métodos) en
que estas tareas son impulsadas.
Anticapitalistas, pero no
socialistas
Moreno luego señala cómo
se explicaría que “objetivamente” sectores pequeño burgueses hayan
realizado las tareas de la clase obrera: “[las] leyes del desarrollo
desigual y combinado (...) dicen que sectores de una clase pueden hacer
revoluciones de otra clase (...) para nosotros, en esta posguerra esta
ley se dio, pero invertida: sectores de la pequeño burguesía han hecho
tareas obreras. Esto demuestra el rol de la clase media. La clase
media está condenada, pobrecita, a no tener política propia, porque está
en el medio: o está con la burguesía o está con la clase obrera.
Inclusive cuando actúa independientemente no puede tener política
propia, porque no hay economía pequeño burguesa dominante: o las grandes
fábricas (...) pertenecen al pueblo y al Estado, o pertenece a los
grandes monopolios (...)
“(...) en China, sacar
al imperialismo y darles la tierra a los campesinos ya es socialismo,
ya es la revolución socialista. En China no hay señores feudales:
los campesinos están explotados por los comerciantes usureros de los
pueblos. Entonces, si nosotros les damos las tierras, expropiamos a la
clase burguesa china. Si no, no hay salida. Es decir que se trata del
propio proceso objetivo. Si hay un proceso de revolución democrática,
esa revolución va a ser socialista por su propio contenido. Y lo
mismo si se echa al imperialismo, si se expropian las fábricas; eso es
expropiar las fábricas más grandes, los puertos, todo lo que tiene que
ver con la esencia de la estructura económico-social china. Entonces,
no me interesa el sujeto. Sea cual fuere el sujeto, tiene que hacer la
revolución socialista”.
Según Moreno, entonces,
la revolución es necesariamente obrera y socialista, producto de
la aplicación de la teoría del desarrollo desigual y combinado (en el
contexto de la economía mundial dominada por el imperialismo). Así como
la pequeño burguesía jacobina había tenido a su cargo la fase más
radical de la revolución burguesa en la gran revolución francesa; así
como el proletariado había tomado a su cargo en la revolución rusa la
realización de las tareas de la revolución burguesa que la propia
burguesía no había podido llevar adelante, siguiendo este esquema, en el
caso de China y las revoluciones de posguerra, la pequeño burguesía habría
sido la que encarnó y llevó a cabo las tareas de la revolución
proletaria, aun en completa ausencia del propio proletariado.
Esto se apoyaba en otro
fundamento teórico: del análisis del propio Trotsky del carácter
anticapitalista de las tareas en el siglo XX se desprendía que la
revolución devendría en socialista por las determinaciones y
circunstancias “objetivas”. Veamos esto más de cerca:
“Esto, en definitiva,
tiene que ver con el carácter de la revolución en nuestra época. Sólo
hay dos polos: revolución obrera y contrarrevolución burguesa,
imperialista. Todos los fenómenos contemporáneos están atravesados por
esta realidad. No hay terceras variantes: en todos los países del mundo
hay dictaduras burguesas (de las mas variadas formas) o dictaduras
obreras, aunque sean burocráticas. No hay posibilidad de una dictadura
pequeño burguesa porque no puede haber una economía dominante de
relaciones de producción pequeño burguesas. Es por eso que a la
dictadura hay que definirla por la clase dominante”.
Pero esto se basaba en un
grave error de apreciación: la asimilación de las tareas
anticapitalistas como obreras y socialistas. Porque, efectivamente, la
reforma agraria, la independencia del país del imperialismo y la
expropiación fueron tareas que en las revoluciones de posguerra asumieron
un carácter anticapitalista. Pero el error estuvo que en se las asimiló,
mediante un esquema mecánico y economicista, a revoluciones obreras y
socialistas. Porque en sentido histórico los dos polos son y no
pueden dejar de ser los de las clases fundamentales: la clase capitalista
y la clase obrera. Pero en tiempo real –incluso destacado por Moreno–
se estaba viviendo el fenómeno del fortalecimiento colosal del aparato
estalinista, que, por una circunstancia histórica completamente imprevista,
original y específica, se había encaramado en un Estado (y estados)
como producto de la degeneración de una revolución socialista y de un
Estado obrero real. Por lo tanto, en términos circunstanciados,
había aparecido en la escena histórica un “tercer actor” condenado
a perecer, no orgánico, pero que nosotros no consideramos en
modo alguno parte de la clase trabajadora ni sujeto de realización de
tareas de la clase obrera (sustituyéndola), que requería una compresión
particular: la burocracia estalinista.
En sus manos, reiteramos,
la expropiación y la planificación estatal constituyeron medidas
anticapitalistas, pero de ninguna manera obreras y socialistas, de modo
que no dieron lugar a nuevas dictaduras proletarias ni mucho menos a la
apertura de la transición.
Con la caída final de la
burocracia a fines de los 80 se volvió nuevamente a la “normalidad”,
lo que demuestra que el análisis de las clases fundamentales, en el
sentido histórico del término, conservaba plena validez. Pero las
lecciones a desprender del fenómeno de la burocratización total de la
revolución no pueden ser subsumidas bajo un seudoesquema clasista que
desarme a los genuinos socialistas revolucionarios del futuro frente a los
peligros de degeneración burocrática.
Volviendo a Moreno, su
esquema economicista termina aportando el fundamento “material” del
objetivismo: “Lo otro que hay que agregarle a la teoría de la revolución
permanente es, primero, que las revoluciones democráticas hoy en día son
anticapitalistas y antiimperialistas, y el imperialismo es la máxima
expresión del capitalismo. Y, por esa vía, inevitablemente se avanza,
se tiene que transformar en revolución socialista”.
Y más adelante: “Es
dictadura burocrática del proletariado.
¿Por qué? ¿En que institución se apoya? Este fue el gran problema teórico
(...) Se apoya, entonces, en una institución que se llama país o Estado
(...) Si la economía cambia de burguesa a proletaria, entonces se está
apoyando en una nueva institución, que es el Estado proletario (...) Es
un Estado, es decir: indica la clase que se posesiona.
Es una dictadura del proletariado porque se apoya en una clase. Más
que en una clase, se apoya en la liquidación de una clase (...) Se
liquida a la burguesía y, como no puede haber otra economía que no sea
obrera, entonces surge un nuevo tipo de país, que origina un nuevo tipo
de Estado. A ese Estado podemos llamarlo proletario o transicional. Quizás
es mejor llamarlo transicional”.
Aquí son interesantes
ciertas sutilezas de Moreno –también visibles en Actualización...–,
en el sentido de que, más que apoyarse en la clase trabajadora, el nuevo
Estado se apoya en la “destrucción de la burguesía”, así
como el planteamiento o la duda acerca de si denominar al nuevo Estado
como “obrero” o más bien como “transicional”... Estas
sutilezas o vacilaciones remiten a la enorme dificultad de asimilar
la connotación anticapitalista a la de obrera y socialista.
Porque en definitiva, a
nuestro entender, en circunstancias muy determinadas y específicas,
bajo el imperio mundial de los aparatos a lo largo de casi toda la
posguerra y de cómo había salido fortalecido el estalinismo luego
de la guerra y al frente de territorios inmensos, de manera no orgánica
y congelando un posible proceso transicional al socialismo, se alzó
de hecho la dominación de la burocracia, usufructuando la expropiación
de la burguesía como “más que una mera burocracia, pero menos que una
clase orgánica”.
Esto es, las
circunstancias “objetivas” alcanzaron a determinar una dinámica
democrática, antiimperialista y anticapitalista popular de la revolución,
pero, en ausencia de la clase trabajadora en el centro del proceso, no
llegaron a configurar una revolución obrera y socialista ni dieron lugar
verdaderamente a nuevos Estados obreros. Porque, insistimos, la
experiencia histórica ha demostrado que las connotaciones
anticapitalistas y socialistas no son sinónimas
, como opinó la mayoría del trotskismo de posguerra. Y creemos que
esto es lo que explica la paradoja de las supuestas revoluciones
“obreras y socialistas” en completa ausencia de la clase y de genuinos
partidos socialistas al frente del proceso.
Esta paradoja llevó a
Nahuel Moreno a un verdadero callejón sin salida teórico-programático
en el que quedó comprometida la entera perspectiva auténtica del
socialismo, como producto de una comprensión que, en el plano teórico,
lo terminaba aproximando al revisionismo pablista. Porque al verse
obligado, por el marco teórico en el que trabajaba, a reconocer que las
direcciones traidoras habían llegado tan lejos en el
establecimiento y usufructo de auténticos Estados obreros (aun
degenerados o deformados), ¿qué lugar podía quedar así para el
socialismo revolucionario?
Una concepción
sustituista y burocrática de la transición
Sobre la incorrecta base
anterior, Moreno terminó desarrollando un corpus de posiciones respecto
de la revolución y la transición al socialismo profundamente equivocada,
que estaba emparentada con las concepciones objetivistas de la
revolución socialista que venimos criticando.
El texto más global de
Moreno respecto de estos temas es La dictadura revolucionaria del
proletariado. Básicamente, allí se postula que existirían dos
dictaduras del proletariado posibles: la dictadura revolucionaria
del proletariado y la dictadura burocrática del proletariado, lo
que a nuestro entender era completamente equivocado. Porque, como
venimos desarrollando en este trabajo, sin la clase trabajadora al frente
del proceso de la transición socialista, sencillamente, no hay
dictadura del proletariado. Tal es lo que indica la experiencia histórica.
Y por tanto, hablar de dictadura “burocrática” del proletariado
remite ciertamente a una dictadura, pero de otro sector social que
no es el proletariado, lo cual Moreno pasa por alto.
En estas condiciones, el
texto hace las veces de una total justificación de la llamada
dictadura “burocrática” del proletariado, confundiendo el período
“dictatorial” de los bolcheviques con un fenómeno cualitativamente
distinto, como lo fue la burocratización de la URSS. Porque, a
nuestro entender, los bolcheviques en el poder, en las condiciones
impuestas por la guerra civil, cometieron diversos errores que, para
agravar las cosas, fueron equivocadamente teorizados especialmente por el
propio Trotsky en textos como Terrorismo y comunismo, donde se
hacía virtud de esas necesidades perentorias impuestas por la guerra
civil.
Pero el Termidor soviético
fue algo muy diferente: no se trató de errores de los revolucionarios,
sino de una contrarrevolución política y social llevada adelante
por una burocracia que, lejos de ser “obrera”, ya había dejado de
pertenecer a la propia clase trabajadora y configuraba una nueva categoría
social.
El trabajo de Moreno confunde
totalmente estos dos procesos, a la vez que carece de todo balance crítico
de lo actuado por los bolcheviques en el poder.
De este modo, desarma completamente para la lucha contra un fenómeno
tremendo de las revoluciones anticapitalistas del siglo XX: el hecho de
su burocratización, un proceso específico y no previsto en
esta escala por el marxismo clásico, y hoy un elemento
fundamental del aprendizaje revolucionario de la clase obrera hacia el
siglo XXI.
La elaboración de Moreno
parte de un criterio opuesto al del propio Trotsky, que subordinaba
la pelea por la “defensa” de la URSS a la estrategia de la revolución
contra la burocracia. En Moreno, este criterio aparece totalmente
invertido: todo se justifica en virtud del dominio del imperialismo a
escala mundial.
Dominio que evidentemente existe, pero que no puede servir para justificar
las imposiciones de la explotación y opresión burocrática sobre la
clase obrera de esos países.
Dice en su texto: “A
partir del año 1949, Pablo, Hansen y Moreno profundizaron y ampliaron esa
hipótesis ‘altamente improbable‘ de Trotsky del gobierno obrero y
campesino que se transforma en dictadura del proletariado, y se la combinó
con la muy elaborada para la URSS estalinista de ‘estado obrero
degenerado‘, para comenzar a dar la nueva categoría de ‘estado obrero
deformado‘. Es un mérito imperecedero de nuestra Internacional, el que
haya aceptado sin mayores sobresaltos esta nueva categoría. Ocurrido
esto, el país o estado se volvió obrero y su superestructura estatal,
dictadura del proletariado”.
Pero este “mérito
imperecedero”
... pereció rápidamente. Porque a la luz del balance de las
revoluciones de posguerra, ni el Estado “se volvió” obrero, ni sus
“superestructuras” conformaron “dictaduras del proletariado” en total
y completa ausencia de toda dominación económica y política del
proletariado en esas sociedades. En todo caso, el mérito estaba en
mantenerse independiente de esas direcciones burocráticas. Claro
que en este texto, Moreno quedaba en la muy mala compañía de Pablo, el
mayor capitulador a la burocracia estalinista.
A
partir de este error de apreciación acerca del verdadero carácter de las
revoluciones de posguerra se encadenan toda una serie de argumentos
insostenibles: a) la revolución socialista es necesariamente una revolución
minoritaria; b) en la revolución socialista hay dos y sólo dos
elementos imprescindibles: la movilización de las masas y el partido. Los
organismos de poder y autodeterminación de los trabajadores –sean
soviets u otros– resultan totalmente tácticos; c) entre la
sociedad actual y el futuro comunismo existirían tres y no sólo
dos estadios como señalaba el marxismo clásico; d) El Estado y la
Revolución, texto clásico de Lenin, sería “antediluviano”, es
decir, anterior a la experiencia de Octubre y por tanto “superado”
por los acontecimientos históricos; e) los derechos individuales y
colectivos de los trabajadores necesariamente se oponen en la lucha
por la revolución socialista y la transición; f) también se oponen
necesariamente los derechos sociales (o de clase) y los derechos democráticos
considerados “individuales”, por lo cual, fundamentalmente, se
trataría de luchar y defender una supuesta “democracia de los nervios y
los músculos” en esos Estados; g) la burocracia es considerada parte
de la clase trabajadora. La revolución antiburocrática es analizada como
un proceso “al interior de la propia clase trabajadora”, esto es, la
revolución de un sector de la clase trabajadora contra otro, la
“burocracia obrera”. Pablo podría haber firmado esto sin
inconvenientes.
El texto, como hemos
dicho, termina siendo una desastrosa apología y justificación del rol
de la burocracia en los países no capitalistas y desarma
completamente frente al fenómeno específico de la burocratización de la
revolución proletaria, a la vez que embellece los estados donde se impuso
la dominación política y económica de la burocracia estalinista.
La crítica sistemática
de este texto de Moreno llevaría mucho más espacio del que disponemos
aquí, por lo que sólo nos referiremos a algunos de los problemas que
creemos más gruesos.
Uno de los principales núcleos
teóricos es la contraposición mecánica entre libertades
“formales” (o políticas) y las llamadas “libertades económico-sociales”
en los Estados obreros. Contraposición que, en esos términos, es
completamente equivocada, porque no discrimina entre coartar esos
derechos a la burguesía (como producto necesario de la dictadura sobre
esa clase ejercida por los trabajadores)
; o a los propios trabajadores, que, como regla general y salvo
circunstancias excepcionales, deberían tender a gozar de la más amplia
democracia.
Nunca se debería perder
de vista que, bajo el capitalismo, las libertades llamadas “formales”
–derecho de reunión, libertad de prensa, derecho de elegir a las
autoridades políticas, etc.– no se cumplen (ni se podrían cumplir)
de manera consecuente, porque los trabajadores no tienen acceso
igualitario a los medios de comunicación ni pueden tenerlo; porque bajo
el capitalismo el sufragio universal es un engaño; porque trabajando 12
ó 14 horas es imposible tener el tiempo y el interés de asumir el manejo
de la “cosa pública”, etc.
Aquí, entonces, lo que
hace Moreno no es más que una cruda justificación del dominio de la
burocracia sobre los trabajadores. La posición de Marx y Lenin era la
opuesta: hacía falta acabar con la explotación del hombre por el
hombre, reducir la jornada laboral, llevar a cabo la revolución
socialista, dar paso a la “emancipación humana en general” justamente
para crear las condiciones materiales para que el ejercicio de los
derechos políticos (“el autogobierno de los trabajadores”) fuera algo
real y no meramente formal, como lo es para las amplias masas luego de las
revoluciones burguesas.
Dice Lenin: “En la
sociedad capitalista, siempre que se desarrolle en las condiciones más
favorables, tenemos una democracia más o menos completa en la república
democrática. Pero esta democracia se halla siempre encerrada dentro de
los estrechos límites de la explotación capitalista y por consiguiente
es siempre, en realidad, una democracia para la minoría, sólo para las
clases poseedoras, sólo para los ricos. La libertad de la sociedad
capitalista es siempre, poco más o menos, lo que era en las antiguas repúblicas
griegas: libertad para los propietarios de esclavos. En virtud de las
condiciones de explotación capitalista, los esclavos asalariados modernos
están tan agobiados por las necesidades y la miseria que ‘no puede
preocuparles la democracia‘, ‘no puede preocuparles la política‘.
En el curso corriente y pacífico de los acontecimientos, a la mayoría de
la población se la excluye de la participación en la vida política y
social”.
Moreno no parece
comprender esto. No se trata de establecer una contraposición mecánica
entre una supuesta “democracia de los nervios y los músculos” –que,
por otra parte, no existía– y las llamadas libertades
“formales”, sino de cómo realizar la una y las otras de manera
consecuente. Porque tal como Moreno presenta la cuestión, a lo único
que puede servir es a la justificación del arrebato del dominio político
de la clase obrera por parte de la burocracia. Moreno parece no
entender que sin democracia de los trabajadores no hay, no puede
existir, ni Estado obrero ni sociedad de transición. Y que la
burocracia, precisamente para poder quedarse con la parte del león del
sobreproducto social en la URSS y demás Estados no capitalistas, se
cuidaba como de la peste de todo atisbo de reivindicación de las
libertades “formales”.
Dice Moreno: “De entre
las libertades, los verdaderos marxistas siempre han reivindicado, en
primer lugar, las que tienen que ver con las relaciones económicas y el
trabajo; es decir, con los nervios y los músculos de los trabajadores
(...). Lo mismo tenemos que hacer con las libertades democráticas:
considerar fundamentalmente lasa que tiene que ver con las horas de
trabajo y el nivel de vida del trabajador”.
Pero estas últimas libertades no son “democráticas”, sino económicas
mínimas. Aquí Moreno confunde dos tipos de reivindicaciones de
naturaleza distinta y disuelve las reivindicaciones democráticas
justamente en un texto que intenta teorizar acerca de la dictadura del
proletariado. Las reivindicaciones económicas anticapitalistas son
fundamentales, porque hacen a acabar con la explotación del hombre por el
hombre y también porque son la base material para otra condición
fundamental: que los trabajadores dispongan de tiempo libre y puedan
ejercer realmente de manera consciente
su dictadura, su dirección y dominio sobre la sociedad.
De hecho, en las
sociedades no capitalistas hubo pleno empleo durante un largo período,
pero este pleno empleo coincidió con la represión sistemática de
toda manifestación de libre iniciativa de los trabajadores. Porque
incluso en una verdadera sociedad de transición, las conquistas de la
clase obrera no podrán ser evaluadas sólo desde el punto de vista
económico, sino que otro ángulo fundamental será el que hace al desarrollo
de la conciencia y organización independiente de los trabajadores.
Moreno deja totalmente de lado este criterio al contraponer de manera
mecánica y formal las libertades económicas y las libertades políticas.
En consecuencia, el
embellecimiento al estalinismo no tiene límites: “En China, el
proletariado está organizado en sindicatos y los campesinos en comunas
que son legales y abarcan a decenas de millones de trabajadores. Este solo
hecho marca una diferencia abismal con respecto al régimen de Chiang-Kai-Shek
(...). Lo mismo ocurre con respecto al papel, las rotativas, las radios,
las salas de reunión. Antes estaban en manos de la burguesía y el
imperialismo; ahora están en manos de la clase obrera y el
campesinado, aunque controlados por la burocracia. Por lo tanto, la
revolución obrera china, aunque dirigida por la burocracia, significó
una colosal expansión de la ‘democracia proletaria‘ (...)”.
Este es
un verdadero ”cuento chino”, porque al ignorar que no se
trataba de la organización independiente del proletariado y el
campesinado se recae en el error común al conjunto del trotskismo
“tradicional”: todo estaba “en manos de la clase obrera”, sólo
que “controlado” por la burocracia... En realidad, en la transición
auténticamente socialista, “en las manos de” y “controlados por”
solamente pueden ser sinónimos, si no, no es transición al
socialismo. No puede haber sustituismo de clase que valga: si estos medios
no están realmente en las manos de la clase obrera, otra capa social,
la burocracia, ocupa su lugar; también la política le tiene horror al
vacío. Es otro sector de clase el que ocupó el lugar de la
clase trabajadora y se aprovechó de la expropiación de los medios económicos
y políticos de producción y dominación de la sociedad a su propio
servicio, no para “servir indirectamente” a la clase obrera.
Como todo
este problema se pasa por alto, la elaboración termina cayendo en
la más burda justificación de la burocracia y, paradójicamente,
conduce directamente hacia posiciones muy similares a las del pablismo, lo
que demuestra hasta qué punto este erróneo marco teórico era
compartido por todo el trotskismo tradicional en la posguerra. Esto es
lo que explica las permanentes recaídas y la paradoja de Moreno de
darle la razón en la teoría a aquellos a quienes combatió políticamente
toda la vida.
Dice Moreno: “Por esto
en la actualidad todas las dictaduras proletarias se atrincheran en sus
fronteras con ejércitos, policías, burocracia estatales (...). Pero, al
mismo tiempo, el hecho de que en todos esos países veamos el mismo fenómeno
de un ‘estado capitalista sin capitalismo‘ nos debe hacer pensar que hay
profundas razones objetivas que hacen que en todos los Estados obreros
aislados el fortalecimiento de la dictadura sea una necesidad”.
Se trata, una vez más,
de una justificación de la burocracia (las “razones objetivas”
de su necesidad), pasando sin solución de continuidad de las imposiciones
por necesidad bajo el poder bolchevique a la típica excusa
“antiimperialista” que daba la burocracia para justificar y mantener
su represión y explotación sobre la clase obrera en estos países. El
criterio unilateralmente “defensista” de Moreno, que recorre todo este
trabajo, embellece a la burocracia estalinista en lugar de dar las
herramientas para derrotarla.
Este razonamiento llega a
extremos inauditos: “Con la aparición de la indiscutible necesidad de
fortalecer a la dictadura del proletariado en toda una etapa, quedó
desechada una de las premisas teóricas fundamentales del marxismo (...)
Existe una ley que se puede contrarrestar, pero no anular: durante la
actual etapa de la dictadura del proletariado, de enfrentamiento mortal
con el imperialismo y en la que siguen existiendo las fronteras
nacionales, es inevitable el fortalecimiento de la dictadura obrera, del
Estado proletario. En esta conclusión hay una ‘coincidencia‘ entre
Stalin y Trotsky”.
Punto de vista
desastrosamente unilateral, porque efectivamente la subsistencia de
fronteras nacionales y el bajo desarrollo de las fuerzas productivas en el
país donde se realice la revolución –y más aún en condiciones de
aislamiento–, plantearán toda una serie de medidas de “excepción”.
Pero el problema es lo que se entiende por “fortalecimiento de la
dictadura obrera”, que es aquí, para Moreno, la “mano de hierro” de
una minoría de la clase sobre todo el resto de la propia clase
trabajadora. Para nosotros se debe apuntar a lo opuesto: buscar
permanentemente ampliar la base de sustentación de la misma
dictadura del proletariado, tratar de llegar a más y más capas de la
clase obrera y los sectores explotados y oprimidos para que se asuman la
gestión de la economía, de los asuntos de la sociedad y la represión a
la propia minoría burguesa y de los sectores que la acompañen. Si esto
no se logra, la experiencia indica que un gendarme social se termina
elevando por encima de las masas, y poco a poco deja de formar parte de la
clase obrera hasta convertirse en otra categoría social. Y esto, lejos de
“fortalecer” a la dictadura obrera, no hace otra cosa que
liquidarla.
La raíz de estos
problemas está en la teorización del “sustituismo” revolucionario.
Esto remite a una cuestión ya tratada por Georg Lukács en Historia y
conciencia de clase acerca de la “prematuridad” de la revolución
socialista en los países atrasados. Esto es, la circunstancia histórica
de la oportunidad de la revolución en países con bajo desarrollo de
las fuerzas productivas y culturales, donde la clase trabajadora se ve
colocada en el poder sin tener tradiciones de mando y dominio ni nivel
sociocultural para dirigir los asuntos de la sociedad.
Se trató, sin duda, de un
problema real y un drama tremendo en Rusia tras la toma del poder por los
bolcheviques, del que el propio Lenin era consciente y que seguramente
estará presente en el caso de la toma del poder por la clase obrera en
cualquier país semicolonial. Y no sólo en ellos, en condiciones de la
terrible barbarie económica, social y cultural impuesta por el
imperialismo mundializado a comienzos del siglo XXI. Pero de allí a
teorizar que necesariamente la revolución socialista debe ser de
minorías es, en verdad, convertir la necesidad en virtud y lo
opuesto a la valoración de todo el marxismo clásico en el sentido de que
la revolución socialista es la “primera verdadera revolución de las
mayorías en virtud de los intereses de esas mismas mayorías”. Es
decir, la primera revolución realmente “popular”.
Para Moreno, en cambio:
“Por razones objetivas, y por tanto ajenas a la voluntad de los
marxistas, la clase obrera en su totalidad no puede hacer la revolución y
ejercer el poder inmediatamente después de haberlo tomado. Trotsky es diáfanamente
claro al respecto: ‘una revolución es «hecha» directamente por una
minoría‘. El éxito de una revolución es posible, sin embargo,
solamente cuando esta minoría encuentra más o menos apoyo, o por lo
menos una neutralidad amistosa, de parte de la mayoría (...). Por todo lo
anterior, el proletariado no puede tomar el poder sólo a través de
organizaciones (...) que lo abarcan de conjunto, lo que sería lo mismo
que decir todo el proletariado. Es la clase que está y seguirá estando
dividida en sectores antagónicos durante la toma del poder y aun bajo la
dictadura del proletariado. Habrá una minoría conciente del proyecto
revolucionario, otros que serán neutrales y también los que seguirán
prisioneros de la ideología burguesa o reformista y, por lo tanto, serán
contrarrevolucionarios”.
Evidentemente, durante la
revolución y la transición seguirá habiendo “estratificaciones” y
un desarrollo desigual al interior de la propia clase trabajadora, no sólo
desde el punto de vista de ciertos aspectos económico- profesionales sino
en el desarrollo de su conciencia política. Esto es lo que justifica
materialmente, entre otras cosas, la necesidad de la actuación de la
vanguardia y el partido revolucionario sobre el conjunto de los
trabajadores y el resto de las clases explotadas y oprimidas. Pero de
ahí a teorizar que la revolución socialista es un nuevo caso histórico
(al igual que la revolución burguesa) de una revolución de minorías
hay un paso que no es legítimo dar. Porque la verdad, como
ya habían señalado tanto Marx como Rosa y Lenin, es más bien la
contraria: se trata de una “revolución de mayorías”, “popular”,
aunque no de un sujeto “pueblo” en general, indeterminado desde el
punto de vista de clase, sino de la clase trabajadora en el centro del
proceso estableciendo su hegemonía sobre el resto de los sectores
oprimidos. Esto es, una determinada alianza de clases de los
explotados y oprimidos desde la clase obrera. Pero esto presupone entonces
a la revolución socialista como una revolución de mayorías, no de
minorías.
En este sentido, Lenin
afirma lo contrario a lo que señala Moreno: “Si tomamos como
ejemplos las revoluciones del siglo XX [hasta 1917], tendremos que
reconocer, naturalmente, que las revoluciones portuguesas y turca son
burguesas. Ninguna de ellas, sin embargo, es una revolución
‘popular‘, pues en ninguna de ellas la masa del pueblo, su inmensa
mayoría, se manifiesta en forma activa, independiente, en ningún grado
notable, con sus propias reivindicaciones económicas y políticas. En
cambio, aunque la revolución burguesa rusa de 1905 a 1907 no registró éxitos
tan ‘brillantes‘ como los que alcanzaron en ciertos momentos las
revoluciones portuguesa y turca, fue, sin duda, una ‘verdadera‘
revolución ‘popular‘, pues la masa del pueblo, la mayoría de éste,
las ‘más bajas capas‘ sociales, aplastadas por la opresión y la
explotación, se alzaron en forma independiente y estamparon en todo el
curso de la revolución el sello de sus reivindicaciones, de sus intentos
de construir a su modo una nueva sociedad en lugar de la antigua sociedad
que estaba siendo destruida”.
De la visión de Moreno
se desprende, por el contrario, una concepción donde las formas de
autodeterminación y poder de los trabajadores (cualesquiera sean los
organismos en que esas formas se encarnen) no tienen la menor
importancia: todo se trata de “la movilización de las masas” y
“el partido”. Pero si bien la organización de los revolucionarios es
un factor absolutamente imprescindible de la revolución
socialista, esto no puede significar que los organismos de lucha y
autoorganización de las masas no sean un factor específico y valioso por
sí mismo. En todo caso, en los mismo términos de Moreno, podemos decir
que los socialistas revolucionarios tenemos tres estrategias, y no dos:
la movilización de las masas, la construcción del partido revolucionario
y la formación de organismos de lucha y autoorganización de la clase
trabajadora.
Continuamos con Moreno:
“Para los revolucionarios, la única garantía de que su avance no se
detendrá es oponer a las instituciones burguesas –inclusive a las
obreras en cierta medida– la movilización permanente de la clase obrera
y el pueblo trabajador. Por eso, apoyaremos a los soviets sólo si sirven
para mantenerla y profundizarla; pero si la frenan o institucionalizan
diremos: ‘abajo los soviets‘”.
No se trata de atarse a
una u otra forma de organización, sean los soviets, sindicatos o comités
de huelga. En esto Moreno tiene razón: si no sirven a la lucha y se los
subordina al poder burgués efectivamente hay que plantear la necesidad de
otro organismo. En julio de 1917, Lenin barajó los comités de fábrica
como alternativa a los soviets subordinados al gobierno burgués de
Kerensky. Pero algo totalmente distinto, y un error en el que incurre
Moreno, es sugerir un cuestionamiento a todo organismo de
autodeterminación de la clase trabajadora como tal, como si impulsarlos
no debiera ser también parte central de nuestra estrategia. De esa
manera se da lugar a una concepción sustituista sin límites y a la
consideración de la clase obrera sólo como masa de maniobras para la
movilización.
Dice Moreno: “Después
de tomar el poder, los jefes de la revolución se dieron cuenta de que el
partido era la institución más importante para desarrollar y consolidar
la dictadura del proletariado; que el poder tenía que estar en manos del
partido apoyado en los soviets. Lenin comenzó a insistir en que el factor
decisivo de la dictadura del proletariado era el monopolio estatal por
parte del Partido Comunista”.
Para colmo, junto con esta
idea reduccionista del poder en manos del partido y no en las de
los organismos de poder dirigidos por el partido, que no es en
absoluto lo mismo, Moreno suscribe una falsa teoría, esbozada por Trotsky
durante determinado período, acerca de la necesidad de partido único
en la dictadura del proletariado. De aquí a la justificación de la errónea
prohibición de las fracciones y tendencias en el partido bolchevique
(1921) sólo media un paso. En verdad, esta desastrosa conceptualización
pierde de vista que el vaciamiento de los soviets trasladó todas las
presiones sociales al interior del partido, y que la prohibición de
tendencias y fracciones terminó dando lugar al monopolio del poder en el
partido –en ausencia de todo verdadero régimen de democracia
partidaria– en manos de una burocracia incuestionable, la estalinista.
¿Cómo se entiende que
Moreno haya obviado una lección histórica decisiva de la experiencia del
siglo pasado, a saber, que la lucha de tendencias y el juego de la
democracia de los trabajadores es absolutamente imprescindible para la
transición, y que no haya sacado conclusión alguna acerca de la
burocratización de la revolución? La única explicación posible pasa
por el ya referido marco teórico común de todo el trotskismo
tradicional de posguerra.
Así, resume Moreno,
“la revolución la hacen los trabajadores movilizados
revolucionariamente con sus organizaciones de masas, pero el poder y la
dirección lo tiene el partido revolucionario. Una vez en el poder,
el partido utilizará los engranajes ‘organizativos‘ más adecuados
para cada etapa de la lucha de clases, sin hacer un fetiche de ninguno de
ellos”.
Aquí se confunden
organizaciones de naturaleza diferente. El propio partido
revolucionario, para “preservarse” como tal, necesita que el poder esté
en manos de los organismos de la propia clase trabajadora y su vanguardia.
Necesita del juego de la democracia de los trabajadores en su seno.
En cierto sentido, necesita poder seguir cumpliendo, junto con su papel de
dirección y gobierno del Estado obrero, su papel crítico como
organización política revolucionaria en cierta forma independiente
de las instituciones del Estado proletario. Necesita no ver reducida su
actividad a las tareas puramente administrativas, si quiere preservarse
como organización revolucionaria política, que pelea por impulsar la
transición en las condiciones del atraso económico y cultural de las
masas y del cerco imperialista. Es decir, necesita seguir cumpliendo el
papel de “tribuno popular” que indicaba Lenin en ¿Qué hacer?,
un papel distinto y superior al de mero funcionario sindical, político
o estatal.
Otra cuestión es que,
efectivamente, el partido pelea por que la clase trabajadora y su
vanguardia tomen el poder bajo su dirección; el partido lucha por lograr
la mayoría y dirigir los organismos de poder, estar a la cabeza de ellos
y tomar el poder al frente de esos organismos. Si el partido no
hiciera esto perdería su condición de revolucionario: el partido debe
pelear y no puede dejar de pelear por el poder.
Al mismo tiempo, el
partido, si pretende mantener su carácter revolucionario bajo la
dictadura proletaria, debe pelear por dirigir estos organismos pero sin
confundirse con ellos.
En cierto sentido, es como dirigir un sindicato o un movimiento en las
condiciones “normales”. Se trata de un contrapeso político
imprescindible no para rehuir las responsabilidades revolucionarias, sino,
por el contrario, para no caer en el oportunismo.
Además, y visto desde
otro ángulo, si esto no fuera así, el partido devendría un fin en sí
mismo, sin control alguno por parte de la misma clase. Ya no
sería ésta la que toma y ejerce el poder por intermedio de sus
organizaciones de lucha y el partido, sino que el poder sería
ejercido lisa y llanamente por el partido, del cual todas las demás
instituciones e incluso la propia clase trabajadora no serían más que
meros instrumentos.
A nuestro modo de ver,
las formas de organización de los trabajadores como los soviets,
sindicatos o movimientos, son más “transitorias” que el partido
revolucionario, que es la forma más concentrada y estable de
organización de la vanguardia de los trabajadores. A diferencia de la
demagogia anarquista y de su posición en oportunidad del levantamiento de
Kronstadt de “soviets sin partido”, el agrupamiento de personas
alrededor de ideas sobre la sociedad, sobre cómo conducirla, etc., es
absolutamente inevitable. Y el agrupamiento de esas personas en una
organización y la cristalización de esas ideas alrededor de un programa
es un partido, comoquiera que se lo llame. De modo que la lucha de
tendencias políticas de la clase trabajadora, la lucha de partidos, es,
como ya hemos señalado, connatural a la lucha socialista: hace
al contenido intangible de la democracia de los trabajadores.
¿Revoluciones
socialistas excepcionales?
Las conclusiones
precedentes nos conducen inevitablemente a la polémica actual con
algunas corrientes de importancia en América Latina respecto de su
ubicación ante el balance y las lecciones programáticas de esta
experiencia histórica. Aquí nos referiremos centralmente al PTS
argentino, dado que, en relación con el PSTU brasileño y el MST
argentino, como hemos dicho, les cabe la misma crítica que a Moreno.
Respecto del PO argentino, remitimos al texto de Isidoro Cruz Bernal en la
edición anterior de nuestra revista.
El PTS, junto con las
corrientes antes citadas, se caracteriza por ser una organización que ha
sido incapaz de sacar lección teórico-programática alguna de la
caída de los países del Este y la ex URSS. Se presenta como la
ortodoxia de la ortodoxia en el sentido de atenerse prácticamente a
la letra escrita de Trotsky. Cualquier reelaboración acerca de
ella es considerada automáticamente una “desviación” política; éste
es el sentido del uso abusivo del concepto de “centrismo”. Veremos que, en lo
sustancial, el PTS se mantiene casi completamente acrítico respecto del
legado teórico-programático del trotskismo tradicional de posguerra,
recorrido por desvíos centristas, oportunistas y de capitulación a los
aparatos burocráticos.
Este enfoque contrasta
con el punto de vista metodológico del mejor marxismo. Antonio
Labriola, por ejemplo, –inspirador, en este aspecto, del mismo Trotsky–
apunta contra aquellos que, cual malos idealistas, “creen llevar en
el bolsillo el esquema universal de todas las cosas”, y señala que
el verdadero marxismo es aquel que comprende que la realidad nos desafía
permanentemente a un nuevo esfuerzo de trabajo e interpretación, y
que este esfuerzo es connatural a la experiencia histórica y práctica.
Veamos el siguiente pasaje:
“Lo que diferencia este
sentido de la génesis es el discernimiento crítico y, en consecuencia,
la necesidad de especificar la investigación. Esto es, la aproximación
al empirismo por lo que hace al contenido del proceso y la renuncia
a la pretensión de llevar en el bolsillo el esquema universal de todas
las cosas. Los evolucionistas vulgares proceden, en cambio, así: una
vez aferrada la noción abstracta del devenir (evolución), meten dentro
de ella toda cosa (...) Y así hacían también los repetidores de Hegel
con su ritmo trascendente y perpetuo de la tesis, la antítesis y la síntesis.
La principal razón del correctivo crítico que el materialismo histórico
aplica al monismo es ésta: que el materialismo histórico parte de la
praxis, del desarrollo de la actividad laboriosa y que, al igual que es la
teoría del hombre que trabaja, así también considera la ciencia como
un trabajo. De este modo consuma el sentido implícito de las ciencias
empíricas, a saber, que con el experimento nos acercamos a la producción
de las cosas y conseguimos la convicción de que las cosas mismas son
un hacer, o sea, un producirse”.
Pero el PTS carece de este
encuadre en el terreno de la elaboración teórico-programática e,
insistimos, ha sido casi completamente incapaz de sacar conclusiones de
fondo acerca de la mayor parte de la experiencia de la clase trabajadora
en la posguerra.
Una crítica
insustancial
Su ubicación respecto de
las revoluciones del siglo XX se ha realizado alrededor de la crítica a
la elaboración objetivista de Moreno: “el ‘trotskismo‘ de Moreno
está basado en una ‘teoría de la revolución‘ adaptada al
‘modelo‘ de las revoluciones de la etapa del 43-48 (...) y las de
posguerra, que Moreno llamó de ‘febrero triunfantes‘ y la hija
directa de esta teoría globalizada en los ’80: ‘la revolución democrática”.
En la crítica a las
supuestas “revoluciones democráticas”, en términos generales, coincidimos.
Como ya la hemos desarrollado en otro lugar, no vamos a detenernos aquí
en este aspecto. Sucintamente, podemos
decir que el cuestionamiento a esta categorización pasa por poner de
relieve cómo había que posicionarse respecto de los procesos que Moreno
llamó erróneamente “revoluciones democráticas”, las caídas de los
gobiernos dictatoriales en los 80 en América Latina. El PTS, tomando la
evaluación de Trotsky de la revolución de noviembre de 1918 en Alemania
, plantea que se trataba de “abortos de revolución socialista”. Para
Trotsky, “en cuanto a la revolución alemana de 1918, es evidente que no
fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la
revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia; o, por decirlo
con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las
circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el
proletariado, formas seudo democráticas”.
Esta ubicación cierra la
posibilidad que se derivaba del análisis de Moreno, que tendía a ver
estos procesos como una etapa previa necesaria en el camino de la
revolución proletaria , lo que abría la puerta
a los graves peligros oportunistas y etapistas que fueron parte sustancial
de la crisis del viejo MAS. El problema del PTS está en otro lado: lo insustancial
de la crítica al tronco principal del trotskismo de posguerra, siendo
que esa “crítica” acepta todas sus premisas teórico-programáticas.
Los compañeros parten de
un presupuesto común tanto a Moreno como a todo el trotskismo
“tradicional”: “La ‘teoría de la revolución‘ de Moreno (...)
parte del siguiente aspecto de la teoría de la revolución permanente:
toda tarea democrática en un país semicolonial es anticapitalista por la
base económica de esa semicolonia, que se da en el marco de la economía
mundial capitalista y, por lo tanto, es objetivamente socialista. Hasta
aquí, correcto”.
Pero “hasta aquí” ya
se ha comprado todo el paquete de la equivocada elaboración objetivista
que admite (por razones “económicas”) la existencia de revoluciones
socialistas “objetivas”. Siendo así, no queda claro qué sustancia
queda en la crítica teórico-programática del PTS a la mayoría del
“trotskismo de Yalta”.
Para no hablar de que Trotsky jamás teorizó nada sobre “revoluciones
socialistas objetivas”.
En realidad, el PTS cae
en el mismo error de todo el trotskismo de posguerra, que
asimiló mecánicamente la connotación “anticapitalista” a la
de “socialista”. Era correcto dar cuenta de que, en el siglo XX,
llevar adelante las tareas democráticas dejadas pendientes por la
revolución burguesa obligaba a una dinámica de expropiación de las
clases capitalistas. Pero toda la experiencia de posguerra atestigua que
cumplir estas tareas –de manera inconsecuente, por otra parte– en
ningún caso significó que automáticamente la clase trabajadora se
transformara en la clase social y/o políticamente dominante. Y que,
por lo tanto, dar este paso de homologación de la connotación anticapitalista
con la obrera y socialista es profundamente equivocado y
embellece estos procesos, donde por definición la clase obrera,
sus organismos y su conciencia estuvieron completamente ausentes.
Agregan los compañeros:
“Moreno, al actuar con el mismo método de contraponer falsamente el
contenido social de la revolución con la clase que la dirige –una
‘trampa teórica‘, según Trotsky– la convierte de una revolución
objetivamente socialista en automáticamente socialista. Con ello, se
transforma en un objetivista, separando las tareas de una revolución de
la clase y dirección que las lleva a cabo”.
Esto es correcto, porque,
en la polémica con Preobrajensky que ya hemos desarrollado, Trotsky
critica precisamente la separación mecánica entre tareas y
sujetos. Pero si el PTS coincide con esto, ¿cómo explica que
“objetivamente” las revoluciones de posguerra fueron “obreras y
socialistas” y que dieron lugar a “Estados obreros” –como dijo
todo el “trotskismo de Yalta”–, aun en ausencia total de la clase
obrera como sujeto central y consciente?
Hay aquí una contradicción
irremediable, que no se puede salvar con la fuga metodológica a la
“excepcionalidad” de los años 43-48, que no explica nada. Los compañeros
del PTS utilizan el argumento de las “condiciones excepcionales”
creadas en la inmediata posguerra –nosotros preferimos hablar de “especificidad”
de esas condiciones, justamente para no caer en este mismo error–, para salvar
la teoría principal, que queda, como tal, sin explicación.
“Este período
1943-1948 (...) abrió condiciones excepcionales, producto de la más
grande guerra mundial que padeció la humanidad, y fue cuando los
estalinistas se vieron obligados a ir ‘más lejos de lo que ellos mismos
querían en su vía de ruptura con la burguesía‘. En [ese período], lo
que Trotsky no descartó como excepcionalidad en determinados países se
dio como situación excepcional a nivel mundial, generalizada, y se
consiguieron grandes conquistas para el proletariado y las masas del
mundo: los nuevos ‘estados obreros deformados‘ de China, el Este de
Europa y Corea”.
Lo que se les escapa a
los compañeros es que Trotsky veía esta posibilidad sólo como un
“corto episodio hacia la verdadera dictadura del proletariado”, lo
que, evidentemente, no se dio. Esto es lo que había que explicar.
En un trabajo crítico
sobre las concepciones del PTS se dice que “(...) la excepcionalidad
prevista por Trotsky ‘se generalizó (...) en el período 1943-1948 y no
en toda la posguerra‘. Este esfuerzo por encajar los pronósticos de
Trotsky en una realidad que no fue tal (...) ajeno al esfuerzo por
comprender los procesos revolucionarios tal cual se dieron, lleva a
la conclusión de que en ese período se habrían dado condiciones
excepcionales no para el surgimiento de gobiernos obreros y campesinos que
fueran un corto episodio en la vía de la dictadura del proletariado, como
señalara Trotsky en su ‘hipótesis altamente improbable‘, sino para
el logro de ‘grandes conquistas para el proletariado y las masas del
mundo‘ (...). Las fechas (...) no coinciden para nada con la realidad,
porque la revolución china triunfó recién en 1949, y la guerra
antiimperialista de Corea en 1952, lo cual hace incomprensible su afirmación
de que la excepcionalidad prevista por Trotsky se cumplió sólo entre
1943 y 1948. Por otra parte, esta falta de rigurosidad confirma el carácter
insustancial de la crítica a la elaboración de Nahuel Moreno [y de
la mayoría del trotskismo de posguerra. RS], además de no escapar al
objetivismo y de rechazar cualquier esfuerzo por repasar los errores del
trotskismo respecto de la conformación de ‘nuevos estados obreros
deformados‘ (...) En el caso de Cuba (...) la expropiación a la burguesía
[llegó] mucho después (...)”.
En la elaboración de los
compañeros, la famosa “excepcionalidad” queda sin explicación teórica
y estratégica: ¿cómo se había realizado una revolución socialista
que abría el proceso de la transición sin dictaduras proletarias
genuinas? Porque la expropiación de la burguesía, la independencia del
imperialismo y la reforma agraria fueron conquistas materiales, pero a
costa de la movilización independiente de los trabajadores,
congelando el proceso revolucionario y bloqueando la apertura de la
transición socialista. Esta misma realidad, con la burocracia encaramada
al frente de esos Estados, fue lo que a la postre dio lugar a Estados no
obreros, sino burocráticos, sobre una base social no capitalista.
La “excepcionalidad”
de supuestas revoluciones obreras y socialistas sin clase obrera sigue sin
explicación, a pesar de que se pretenda “salvar” el problema
sugiriendo que, luego de esas condiciones excepcionales, las cosas vuelven
a su cauce normal y para expropiar hace falta nuevamente a la clase
obrera. Porque para llevar a cabo la revolución propiamente socialista la
clase trabajadora es insustituible, pero es por esto mismo que las
revoluciones de la posguerra no fueron obreras ni socialistas.
Creemos que ésta es la única explicación coherente posible en el
marco del marxismo, si lo que se busca es hacer un verdadero balance del
trotskismo en la posguerra y modificar las definiciones y teorizaciones
equivocadas, resultantes de la presión de los acontecimientos.
En reemplazo de una
verdadera explicación de lo ocurrido, el PTS fundamenta las
expropiaciones en que “nunca hubo condiciones objetivas tan favorables
para la derrota del imperialismo, que, utilizando la expresión de las
Tesis [de la LIT] de 1985, era lo más parecido a ‘un tigre de papel”.
Aquí se pierden dos
cosas: en primer lugar, no se puede dejar de señalar que el imperialismo
yanqui cedió a la burocracia estalinista la periferia para conservar el
centro del sistema, y es evidente que en esta apuesta estratégica salió
triunfador. Pero, además, es un error afirmar que las condiciones
“objetivas” nunca habían sido tan favorables para derrotar al
imperialismo como luego de la Segunda Guerra Mundial. Esto es una
mistificación completa de cómo se desarrolló el proceso de la posguerra
y, además, deja afuera un factor subjetivo y objetivo de inmensa
importancia: el peso internacional que había adquirido el aparato
estalinista sobre la clases trabajadoras y populares.
Porque en la posguerra
intervinieron dos factores que contribuyeron decisivamente a la
estabilidad: la resolución de la hegemonía imperialista a favor de
Estados Unidos y el fortalecimiento del estalinismo en la inmediata
posguerra, sancionada por los pactos de Yalta y Potsdam. Más que la
famosa “guerra de los bloques” –argumento por excelencia del curso
totalmente capitulador del pablismo, ya comentado–, se trató, como lo
definiera el historiador Immanuel Wallerstein, de “un conflicto
pautado”.
En nuestro concepto, fue,
por el contrario, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial
cuando el imperialismo quedó peor parado porque, además de la no
resolución de la hegemonía, el desafío del poder bolchevique a la
dominación capitalista mundial fue mucho más real que el que significó
el estalinismo luego de la Segunda Guerra. Pero comprender esto implica
romper completamente con el objetivismo del movimiento trotskista de
posguerra, lo cual está más allá del horizonte del PTS.
“Nosotros estamos con
Moreno y los que en aquel momento, correctamente, polemizaron con Just,
determinando la periodización de la situación mundial esencialmente por
los factores objetivos. Pero opinamos que, después, Moreno cae en una
unilateralidad cuando abstrae el factor objetivo y le da un valor sin límites,
sin ver cómo influía el factor subjetivo, la dirección
contrarrevolucionaria, sobre las propias conquistas: hoy se puede ver
hasta qué punto influyó la burocracia hundiendo a los estados
obreros”.
Pero si esto es así,
entonces hay que comprender que la burocracia estalinista influyó desde
el inicio –no sólo “después”– en esos procesos
revolucionarios, haciendo lo imposible para evitar la acción
independiente de los trabajadores, esto es, quitándoles desde el
principio todo contenido realmente socialista.
El propio Trotsky entrevió
el resultado final de una experiencia tal en La revolución permanente
(1927): “En las condiciones de la época imperialista, la revolución
nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el
caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate
hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder como
director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha
por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos,
dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras”.
Esto se pudo verificar a
la postre en la URSS a lo largo de la década del 30, alrededor del
desastre que significó para la producción agrícola la colectivización
forzosa del campo y la superexplotación redoblada de los trabajadores de
los planes quinquenales.
Lo propio sucedió en China, con el disparate voluntarista del “Gran
Salto Adelante” de fines de los 50, que fue más bien un gran salto atrás.
Esto es, las conquistas económico-sociales reales terminaron transformándose
en lo contrario: ahí está para demostrarlo el caso de la cuestión
nacional, que desangra pueblos enteros en Rusia y el Este europeo, o
el hecho de que en los levantamientos populares de 1989-1991 no se viera a
ningún trabajador defendiendo la propiedad estatizada.
Pero, para el PTS, “hay
que decir claramente que las burocracias contrarrevolucionarias en los
Estados obreros deformados de la posguerra, dirigieron ‘a su manera‘
el ‘proceso de la revolución democrática a la revolución
socialista”.
En esto, “claramente”, el PTS sigue al milímetro las definiciones teóricas
del “trotskismo de Yalta”, tradición que dice condenar pero cuyo
balance crítico real permanece ausente. Por nuestra parte, nos oponemos
totalmente a la definición citada. Creer que las burocracias pequeño
burguesas
consumaron la revolución socialista es una concepción sustituista
sin límites que pierde el contenido esencial de la tradición del
socialismo revolucionario: la necesidad inalienable de la clase obrera
consciente en el centro de los procesos para que las revoluciones sean
socialistas.
Las experiencias de
posguerra fueron sin duda procesos revolucionarios progresivos
antiimperialistas y anticapitalistas. Pero lo que “hay que decir
claramente” es que al quedar dirigidos por la burocracia y con los métodos
de ésta (una vez más, el rol decisivo de “el cómo y el quién”) fueron
revoluciones no obreras, sin socialismo, que no abrieron el
proceso de transición al socialismo.
El mariscal y la criada
“Podría parecer que no
existe diferencia, desde el punto de vista de la propiedad de los medios
de producción, entre el mariscal y la criada, el director del trust y el
peón, el hijo del comisario del pueblo y el muchacho desharrapado. Sin
embargo, unos ocupan hermosos departamentos (...) y hace tiempo que no
saben cómo se lustrar un par de zapatos; los otros viven en barracas
donde a veces no hay tabiques, donde el hambre es cosa corriente (...)
Mientas al dignatario esta diferencia le parece insignificante, al peón
le parece, razonablemente, muy seria (...) Los ‘teóricos‘
superficiales pueden consolarse diciendo que la repartición de bienes es
un factor secundario en comparación con la producción. Sin embargo, la
dialéctica de las influencias recíprocas conserva toda su fuerza. El
destino de los medios nacionalizados de producción se decidirá, al fin
de cuentas, según la evolución de las diferentes cualidades personales.
Si un vapor es declarado propiedad colectiva, mientras los pasajeros
continúan divididos en primera, segunda y tercer clase, es bien
comprensible que la diferencia de condiciones reales termine por tener
a los ojos de los pasajeros de tercera clase una importancia mucho más
grande que el cambio jurídico de propiedad”.
Para que el repaso de este
aspecto de la teoría de la revolución no quede insustancial, es
necesario descender a las profundidades de las relaciones de producción
en la ex URSS y el resto de las sociedades no capitalistas de la
posguerra.
Dicen los compañeros:
“en los países en los que expropiaba, [el estalinismo] imponía Estados
obreros deformados, que ahogaban todo intento de organización
independiente del proletariado y las masas”.
Pero si el estalinismo “ahogaba” a la clase trabajadora y las masas:
¿en que consistía y dónde residía el carácter obrero del Estado? ¿Cómo
se podía verificar su dominación política o social sobre la sociedad?
Aquí viene otro muy
fuerte elemento de continuidad del PTS con la tradición que tanto
critica: el aspecto economicista de su objetivismo, al atribuir a
la estatización de los medios de producción –al estilo
“ortodoxo”– un carácter obrero “objetivo”, sin
molestarse por estudiar las relaciones sociales de producción reales como
ámbito distinto, de contenido, respecto de las relaciones jurídicas. La
rotunda negativa a analizar esas verdaderas relaciones de producción
imperantes en la URSS se basa en un error de leso marxismo: confundir
la estatización con la socialización de los medios de producción.
Por empezar, el PTS
afirma, a kilómetros del mismo Trotsky y de la base material de la
revolución permanente, que las imposiciones de la ley del valor –las
“leyes del capitalismo mundial”– no dominaban en la ex URSS.
Incluso se mofan de la definición perfectamente marxista de
Naville de que la ex URSS y el Glacis eran un “subsistema del
capitalismo mundial”. Esta ubicación, de hecho, los pone del lado de
Ernest Mandel, en el fondo el verdadero mentor teórico de los
compañeros del PTS en este terreno.
Véase, por ejemplo, esta
declaración: “la propiedad estatal generalizada (es decir, el
monopolio) de los medios de producción sólo puede darse por medio de la
expropiación de la burguesía y es, por definición, antagónica
con las leyes del capitalismo”.
Dicho así, tout court, sin determinaciones concretas, esto es erróneo.
Porque no se debe oscurecer las continuidad de las imposiciones de
la ley del valor, en el marco de la economía mundial y de una
sociedad que surge de la vieja base capitalista, y no todavía de una
nueva base. Como decía Marx en un texto clásico, la Crítica del
Programa de Gotha, al referirse a las sociedades que emergerían
inmediatamente después de la revolución proletaria: “de lo que tenemos
que ocuparnos aquí no es de una sociedad comunista tal como se ha
desarrollado ya sobre sus propias bases, sino, por el contrario, tal
como acaba de nacer de la sociedad capitalista; por lo tanto, es una
sociedad que, en todos sus aspectos, económico, moral e
intelectual, lleva todavía los estigmas de la vieja sociedad en cuyo seno
ha surgido”.
Por supuesto que Mandel
no planteaba nada de esto, embarcado como estaba en el embellecimiento y
mistificación del estalinismo y la capitulación a las direcciones burocráticas.
Pero el PTS lo sigue acríticamente: “[En] el caso de fenómenos
transitorios entre el capitalismo y el socialismo (...) la ley del valor
(ley fundamental de la economía capitalista) no regía al conjunto de
la economía, jugando, por tanto, un rol subordinado (...) las
leyes que gobernaban al conjunto de la economía eran las leyes de la
nacionalización y la planificación (más allá de su carácter
burocrático). La ley del valor operaba en estos Estados (...) pero
no gobernaba”.
Todo esto es falso de
pies a cabeza. Más allá de todos los intentos burocráticos y
voluntaristas del Estado por burlar la ley del valor, ésta
finalmente se imponía por intermedio de las tremendas
inadecuaciones y desproporciones entre las distintas ramas de la producción,
e incluso en las propias peleas por el establecimiento del plan. Es harto
sabido que la planificación en manos de la burocracia fue una creciente
expresión de irracionalidad en la economía y no de “planificación
racional” de ella como, de manera objetivista, pretende el PTS. La
racionalidad sólo puede provenir de la creciente democracia de los
productores y consumidores.
Por otra parte, Trotsky
no expresa en modo alguno este enfoque en su análisis más profundo y
detallado de la sociedad soviética, La revolución traicionada.
Por el contrario, Trotsky no teme mostrar la continuidad de las
imposiciones de la ley del valor, a las que ve no disminuyendo sino ampliando
su campo de acción: “La nacionalización de los medios de producción
(...) supone estrechos límites a la acumulación personal del dinero y
dificultan la transformación del dinero en capital privado (...). Esta
función del dinero, ligada a la explotación, no se ha liquidado, sin
embargo, desde el comienzo de la revolución proletaria, sino que se ha
transferido bajo un nuevo aspecto al Estado, comerciante, banquero e
industrial universal. Por otra parte, las funciones más elementales del
dinero, medida de valor, medio de circulación y de pago, se
conservan y adquieren un campo de acción aún mas amplio del que
tuvieron en el régimen capitalista”.
Siguiendo a Naville
contra Mandel, hay que afirmar una vez más el principio metodológico
marxista y trotskista que explica estas imposiciones: la unidad de la
economía mundial, en la que las economías no capitalistas de la ex
URSS y el resto de los mal llamados “estados obreros” constituían un subsistema.
Dice Naville: “(...) la
crisis que presenta actualmente el sistema económico mundial conserva una
raíz única: las condiciones de creación de valor por el trabajo
humano (...). La burguesía escamotea la explotación del trabajo detrás
del esplendor fascinante de los productos del mercado y la danza fantástica
de los precios. La burocracia de la planificación estatal disimula las
relaciones de explotación mutua y de parasitismo social propias del
socialismo de Estado detrás de los fantasmas del salario
‘socialista‘, recompensa del trabajo, honor social, orgullo del
patriota, medalla de los buenos servidores (...).
Veamos los problemas
que se acumulan al no analizarse las verdaderas relaciones sociales y tenderse
a ignorar las imposiciones de la ley del valor. Repasemos la versión
que da el PTS del problema: “La ‘propiedad estatal generalizada‘, es
decir, el monopolio estatal de los medios de producción, elimina la
contradicción capitalista entre la socialización creciente de la
producción y la apropiación privada de los frutos de la misma, y por
ello es en esencia antagónica con el capitalismo”.
Una vez más, asistimos
al dislate de identificar la estatización con la socialización,
abonando la mistificación burocrática. En esta definición queda
completamente perdido un criterio marxista elemental: que entre
estatización y socialización media todo un proceso complejo de verdadera
subordinación de las principales ramas de la economía a la dirección
consciente de parte del conjunto de los trabajadores. No es éste ningún
descubrimiento ni originalidad; ya estaba presente en La revolución
traicionada de Trotsky, así como en varios artículos de Karl Korsch
respecto de la misma cuestión. Por aportar un pasaje clásico: “La
propiedad privada, para hacerse social, debe pasar por la estatización,
así como la oruga se hace crisálida antes de ser mariposa. Pero la crisálida
no es la mariposa; y millones mueren antes de serlo. La propiedad del
Estado no llega a ser del ‘pueblo entero‘ sino a medida que
desaparecen los privilegios y las diferencias sociales, cuando el Estado
pierde su razón de ser. En otras palabras, la propiedad del Estado se
hace socialista a medida que va dejando de ser propiedad del Estado”.
Continúan los compañeros:
“El monopolio estatal de los medios de producción, al eliminar la
apropiación privada, impide el accionar de la ley de la
acumulación del capital y con ello elimina la ganancia como motor de
la producción”.
Aquí, el tema es, una vez más, si en la URSS seguía imperando la ley
del valor y si, en este marco, seguían existiendo el trabajo asalariado y
el plusvalor. Nuestra respuesta es categóricamente afirmativa, más allá
de distorsiones parciales. Pero si estas leyes seguían imperando, cae por
su propio peso la pregunta de en manos de quién se acumula el
trabajo excedente. Y la respuesta debe ser concreta, como lo hace
Trotsky en los extraordinarios capítulos IX y XI de La revolución
traicionada:
“El hecho de que las
diferencias de salarios sean en la URSS no menores, sino más
considerables que en los países capitalistas, nos lleva a la conclusión
de que las acciones están repartidas desigualmente y que las rentas de
los ciudadanos se forman, a la vez que de un salario desigual, de partes
desiguales de los dividendos. Mientras que el peón no recibe sino b,
salario mínimo que en iguales condiciones recibiría también en una
empresa capitalista, el stajanovista y el funcionario reciben 2a más b,
3a más b y así sucesivamente, y b puede a su vez ser 2b, 3b, etc. En
otros términos, la diferencia de las rentas está determinada no por la
sola diferencia del rendimiento individual, sino por la apropiación
disimulada del trabajo ajeno. La minoría privilegiada de accionistas vive
a cuenta de la mayoría embaucada”.
Para nosotros,
efectivamente, seguía existiendo plusvalía, y la parte del león de
la acumulación quedaba en manos de la burocracia. El PTS pasa por
alto, al mejor estilo de Mandel, la existencia continuada de las
imposiciones de la ley del valor y del trabajo por un salario, y se
desliza hacia el disparate mandelista de que la producción en la URSS era
directamente de valores de uso. Como hemos visto, esto no es más que un
craso embellecimiento de la burocracia, que a su vez niega la continuidad
de mecanismos de explotación del trabajo.
Dice Naville: “(...) No
suprimiendo más que la forma mercancía clásica de las relaciones
capitalistas, el socialismo de Estado no elimina más que una forma
inferior del fetichismo social. Metamorfosea el capital en
‘acumulación socialista‘ y en fondos de inversión, pero no
suprimió el fetichismo del capital, que es presentado como productivo,
independientemente de toda relación social. Finalmente, al separar el
trabajo de toda relación social, hizo de este el fetiche perfecto (...)
Fetichizando el trabajo puro ... desviaron a golpes de nagaika a
los trabajadores soviéticos de la crítica de las relaciones sociales en
las que viven. Mitificaron el trabajo como la burguesía mitificó el
capital, y por las mismas razones: porque el trabajo vivo es la fuente
real del valor (de cambio y de uso) y que el trabajador (incluso el que
está sometido a la explotación mutua en el Estado sin capitalistas
privados) no debía aprender a criticar el modo de producción en el seno
del que produce y sigue siendo explotado”.
Como al PTS se le escapa
todo este ángulo, lógicamente continúa acumulando dislates: “La
elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo
puede, sobre esta base, introducirse como principio rector de la
vida económica”.
¿Desde cuándo la
“elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí mismo” es
la base de la perspectiva socialista y comunista de la transición?
Esto sólo puede calificarse como una adaptación teórica grosera al
estalinismo. Porque o se cree realmente que en la ex URSS la producción
era directamente de valores de uso o, peor aún, se introduce un concepto
que es una pura racionalización de la explotación del trabajo por
parte de la burocracia. Desde una perspectiva marxista, el criterio no
es “la elevación del rendimiento del trabajo como objetivo en sí
mismo”, sino el aumento de la satisfacción de las necesidades
humanas y la emancipación del trabajador de las imposiciones del trabajo
por necesidad, aumentando su tiempo libre.
Otra cuestión es que,
por supuesto, esto tiene como base material insoslayable la
necesidad del aumento del rendimiento del trabajo; no somos románticos al
respecto. Pero precisamente este “aumento del rendimiento del trabajo”
no puede ser perseguido como objetivo en sí mismo
, sino como condición de posibilidad de la emancipación del trabajo,
que es algo muy distinto.
De hecho, el objetivo de
la “elevación del rendimiento del trabajo” como condición para la
extracción de plusvalor a escala ampliada fue lo que se expresó en el
movimiento stajanovista de los años 30, alentado por Stalin y acerbamente
criticado por Trotsky en La revolución traicionada. Prueba
adicional de que se trata de un criterio no socialista, sino... estalinista.
Afirmamos categóricamente
que el principio rector de la vida económica en la transición debe ser
vigilar por la tendencia creciente a acabar con la explotación. Y,
para esto, el aumento del rendimiento del trabajo es su condición
necesaria, pero no suficiente.
El embellecimiento del
estalinismo no se detiene allí: “La irracionalidad económica, la
anarquía de la producción, propia del capitalismo, tiene por base la
lucha entre capitales privados para apropiarse de la mayor cuota posible
de ganancia. La expropiación de la clase de los capitalistas privados
elimina la persecución de la ganancia como motor de la vida económica y,
con ello, permite el fin de la anarquía de la producción. La propiedad
estatal generalizada se constituye así en la condición necesaria para la
planificación económica, es decir, para la ‘introducción de la razón
en la esfera de las relaciones humanas‘ (...) no reconocer esto equivale
a quitarle el valor material que de por sí poseen la nacionalización
generalizada y la planificación económica como formas que se
desprenden de las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas,
antagónicas por ende con las relaciones de producción capitalista e indiscutiblemente
definitorias del carácter obrero y progresivo del Estado”.
Evidentemente, el PTS no
ha roto en verdad con un esquema objetivista, economicista, que le
da “valor material de por sí” a la “nacionalización generalizada y
la planificación económica”. Porque la nacionalización y planificación
son efectivamente formas que se desprenden de las necesidades del
desarrollo de las fuerzas productivas en esta época histórica
, pero es indispensable identificar en manos de qué clase o sector de
clase se encuentran, de manera efectiva, esas formas, es decir,
cuál es el contenido socio-político de la acumulación.
Consideremos
esta mirada crítica sobre el problema: “Lenin –mucho más enfáticamente
que Trotsky– realizó una importantísima distinción entre
nacionalización y socialización de los medios de producción (...) la
socialización necesita un proceso mucho más largo y difícil porque
significa poner bajo la administración de las masas esos medios de
producción. Por eso, en sí misma la nacionalización no es
una medida ‘socialista‘; cobra ese sentido como un momento en el
avance de la revolución hacia la socialización. En los 30, sin embargo,
Trotsky adoptó un enfoque abstracto al considerar a la
nacionalización ‘en sí’ como una relación socialista (...) La
nacionalización por el Estado proletario tiene sólo la capacidad
o la posibilidad de socialización (...) No se puede menospreciar
la importancia de esta nacionalización y de las potencialidades que
encierra; es el significado que tiene la revolución que expropia. Pero
en sí misma no decide el desarrollo posterior”. Aunque consideramos que
la postura de Trotsky mostraba cierto matiz respecto de este punto de
vista, el PTS, siguiendo al resto del trotskismo “tradicional” y después
de cerrada la experiencia de los Estados burocráticos, sigue sosteniendo
aun hoy este erróneo enfoque abstracto.
Porque, finalmente, lo que
el PTS, en su dogmatismo, se niega a reconocer, es que en la URSS
burocratizada se relanzó la explotación del trabajo, bajo una
forma distinta –aunque emparentada– a la del capitalismo: las formas
de “explotación mutua” desarrolladas en el texto precedente.
Pero para “descubrir” esto no hacía falta recurrir a Naville. Bastaba
con tener en cuenta las descripciones –no sistematizadas teóricamente,
es cierto– del propio Trotsky. “[Cuando Pravda dice que] ‘El
obrero no es en nuestro país un esclavo asalariado, un vendedor de la
mercancía-trabajo. Es un trabajador libre‘ (...) esta elocuente fórmula
no es sino una fanfarronada inadmisible. El paso de las fábricas al
Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero;
en los hechos, vive en la necesidad, trabajando cierto número de horas
por un salario (...) el nuevo Estado ha recurrido a los viejos métodos: al
desgaste de los nervios y los músculos de los trabajadores
(...) Trabajando por
piezas, viviendo en graves apuros, privado de la libertad de trasladarse,
soportando aun en la fabrica un terrible régimen policial, el obrero difícilmente
podría sentirse un ‘trabajador libre‘. El funcionario es para él un
jefe, el Estado, un amo. El trabajo libre es incompatible con la
existencia del Estado burocrático”.
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