|
Referéndum y lucha contra el TLC
en Costa Rica
Neoliberalismo y reacción democrática
en Centroamérica
Comité
Central del Partido Socialista de las y los Trabajadores
(Costa Rica)
Prólogo
Este artículo se enmarca en la
relación de intercambio de experiencias, colaboración política
y publicación mutua entre el PST (CR) y la Corriente
Internacional Socialismo o Barbarie.
Ante la solicitud de los compañeros
de CI SoB de colaborar en su revista teórica, decidimos
colaborar con este articulo. Hemos querido darle un enfoque
tanto genético como estructural a nuestra exposición,
pensando que bastantes de los lectores probablemente es la
primera vez que lean sobre Centroamérica, y es por tanto
necesario un encuadre histórico de los distintos procesos
sociales en el área. Asimismo, hemos colocado bastantes
notas, para aclarar nombres, organizaciones y situaciones
que no tienen por qué ser conocidas por los lectores.
Creemos que este texto puede
colaborar en el debate actualísimo que recorre toda América
Latina sobre la caracterización y dinámica de los
presentes procesos de lucha de clases en el subcontinente.
1.
La necesidad de un punto de vista centroamericano para
analizar Costa Rica (marco histórico)
“Centroamérica
constituye una realidad cualitativamente distinta al resto
de América Latina. Por razones de unidad y extensión geográfica,
tradición histórica común que arranca de la colonia,
unidad cultural e idiomática, forma una sola nacionalidad
dividida en seis estados distintos, donde la tendencia a la
conformación de una sola nacionalidad es fuerte y
evidente”
(N. Moreno, 2003, p. 33) Igual opinión había esbozado el
comunista salvadoreño Miguel Mármol1:
“Nuestra tradición centroamericanista es un hecho, y
aunque la burguesía y los gringos siempre han atizado la
división, la verdad es que somos una sola nación, partida
en cinco pedazos” (Dalton, 2000, p. 422)
Nada más falso entonces que
interpretar la realidad de alguno de los seis países del área
sumando definiciones: “El
método adecuado es el contrario: se debe formular una
caracterización de conjunto sobre la situación en Centroamérica,
y partir de esa definición para señalar las diferencias de
país a país” (N. Moreno, 2003, p. 35)
Esta visión de totalidad, que
les ha servido a los marxistas centroamericanos como guía
metodológica y política para analizar la realidad de
nuestros países, está asentada sobre poderosas tendencias
económicas, sociales e históricas.
Mientras el proyecto bolivariano
de constituir una sola nacionalidad latinoamericana estaba
definitivamente derrotado a medidos de la década de 1820,
la Federación Centroamericana no es desmembrada hasta 1838.
Pero este desmembramiento contra
natura era permanentemente puesto en entredicho, sobre
todo por sectores centroamericanistas de los ejércitos
“nacionales”.2 Además de la revolución
liderada por el unionista Francisco Morazán, encontramos
que la guerra de liberación nacional contra los
filibusteros fue realizada por los cinco ejércitos
centroamericanos3; luego están los intentos del
general guatemalteco Rufino Barrios en 1873, y en 1895 el
general nicaragüense José Santos Zelaya llevó adelante
otro intento de reconstruir Centroamérica fundando la República
Mayor de Centroamérica. El último intento unionista
liderado por sectores de las capas medias y la oficialidad
fue tan tardío como 1921, con la instauración de la República
Tripartita (formada por Guatemala, Honduras y El Salvador).
Los múltiples intentos fallidos
del unionismo militar centroamericano tenían razones
sociales profundas para su fracaso: sólo una clase social
dispuesta a tomar medidas radicales como la liberación jurídica
y social de los pueblos originarios y los mestizos; la
liquidación de las oligarquías post coloniales y sobre
todo de la estructura latifundista del campo, a través de
una reforma agraria radical y la instauración de una
dictadura popular centralizada (jacobina) podía realizar el
sueño morazánico. Ese puesto estaba vacante en Centroamérica.
Si en los años 20 del siglo XX
el ejército y las capas medias habían agotado sus energías
unionistas, simultáneamente, otra clase social hacía su
entrada en la escena histórica: el pequeño pero
superexplotado y aguerrido proletariado centroamericano
desarrollaba sus primeras luchas y marcaba su impronta en la
lucha por la liberación social y nacional centroamericana.
El surgimiento de las luchas del proletariado cambiará la
mecánica de la revolución en el área; ya no sólo se
tratará de una lucha por la unidad centroamericana, sino de
una lucha anticapitalista y antiimperialista.4
El Ejército Defensor de la
Soberanía Nacional del general César Augusto Sandino tuvo
entre sus combatientes a los mejores revolucionarios del área;
entre ellos, al fundador del comunismo salvadoreño,
Farabundo Martí; al poeta hondureño Froylán Turcios; al
mexicano José de Paredes.
Antes de enrolarse en la
guerrilla sandinista, el salvadoreño Farabundo Martí fundó
en Guatemala, con delegados de Honduras, El Salvador y
Nicaragua, el Partido Comunista Centroamericano, rápidamente
disuelto por la represión. Asimismo, vemos a la salvadoreña
Graciela García como fundadora del PC hondureño y el PC
guatemalteco, al salvadoreño Miguel Mármol como fundador
del PC guatemalteco, al escritor hondureño Ramón Amaya
Amador militando en Honduras y en Guatemala, a los obreros
nicaragüenses participando en el ejército sandinista y en
la conducción de la huelga bananera de 1934 en Costa Rica.
El comunismo de la “época radical”5 no
reconoció fronteras nacionales.
La derrota del ascenso
revolucionario de 1928-1934 en el área terminará con la
masacre masiva de obreros y campesinos y sobre todo con la
liquidación física de su dirección revolucionaria, la
instauración de sanguinarias dictaduras militares como las
de Tiburcio Carías en Honduras, Hernández Martínez en El
Salvador y Somoza (viejo) en Nicaragua. Será una vuelta más
de tuerca en el proceso de balcanización de Centroamérica,
esta vez garantizándola manu militari.
Una nueva prueba de fuego para el
sistema de dominación imperialista y balcanizador será la
revolución guatemalteca de 1947-1954. Lamentablemente, la década
del 40 se había encargado de “estalinizar” a los otrora
radicales PCs centroamericanos, profundizando la crisis de
dirección revolucionaria en el área.
Durante diez años las masas
guatemaltecas lucharon a brazo partido contra los militares,
la oligarquía y el imperialismo, pero la dirección
nacionalista burguesa de Arbenz, apoyada por izquierda por
el Partido Guatemalteco del Trabajo (Comunista), boicoteó
la revolución, evitando como la peste radicalizar las
medidas para que la revolución “democrática” tomara un
carácter cada vez más antiimperialista y eventualmente
socialista, y sobre todo boicoteando la centroamericanización
del proceso revolucionario.
Después de derrotada la revolución
guatemalteca6, los comunistas no volverán nunca
a plantear la necesidad de un solo partido de los
revolucionarios centroamericanos, ni muchísimo menos la
necesidad de concebir la revolución centroamericana como
una sola.
A finales de los 70, de manera
bastante efímera, será una organización político-militar
la que se plantee esta estrategia. Según el historiador
Edgardo Rodríguez, entre 1975 y 1976 los militantes del
Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos “habían
realizado muchos análisis sobre la región en su conjunto,
en torno a la formación social, sobre el comportamiento de
las burguesías nacionales, tomaron conciencia de cómo
Estados Unidos aplicaba estrategias de carácter regional
(…) es así como ellos comienzan a tornear la idea de que
si las estrategias de la política norteamericana eran
regionales, entonces había que dar respuestas al mismo
nivel (…) Así se fue gestando la propuesta de un partido
centroamericano” (Rodríguez, 2005, p.164). Lamentablemente,
los errores foquistas y la estrategia esencialmente
militarista del PRTC hicieron que esta organización fuera rápidamente
diezmada y debilitada, abortando este proyecto.7
Fue el triunfo de la revolución
popular sandinista la que puso al rojo vivo la necesidad de
desarrollar una estrategia centroamericana y socialista para
la revolución. “Ni bien triunfó [la
revolución nicaragüense] el FSLN pudo extender su revolución
para voltear a las dictaduras de Honduras y El Salvador,
haciendo dos nuevas Nicaraguas. El FSLN se negó a hacerlo.
En el caso de El Salvador, apoyó a la Junta Militar
genocida junto con Fidel Castro. En el caso de Honduras, el
propio Daniel Ortega ha dicho con todo descaro: «Honduras
ha estado tranquila durante estos años desde que tomamos el
poder. No hemos dado bases a los miles de oponentes del
gobierno hondureño, que podríamos hacer con facilidad...»
(The New York Times, 10-4-83). Todos sabemos
cómo le devolvió el favor el imperialismo” (N. Moreno, 2002, p.12).
Ésa fue la gran tragedia que
terminó por estrangular el proceso revolucionario
centroamericano; cuanto más agudo era el proceso
revolucionario, más se esforzaba la dirección sandinista y
farabundista en balcanizar la revolución, en instaurar su
estrategia de “revolución en una sola provincia”.
Ocho heroicos años lucharon las
masas centroamericanas contra los “contras”, contra los
militares genocidas a quienes propinaban formidables
derrotas, pero lo que no pudieron derrotar fue la estrategia
contrarrevolucionaria del FSLN y el FMLN. La divisa estaba
clara “que Nicaragua no sea una nueva Cuba, que El
Salvador no sea una nueva Nicaragua”. Esta orientación se
impuso a “sangre y fuego”; los cadáveres de quienes se
oponían a esta orientación como el del Comandante
“Marcial” (Salvador Cayetano Carpio), son una de las páginas
más vergonzosas de la izquierda latinoamericana.8
Asfixiada por la presión militar
de la “contra” y las medidas fondomonetaristas del FSLN,
que supuestamente iban a construir “el socialismo con los
dólares del capitalismo”, en 1987, con los Acuerdos de
Esquipulas, se inicia el declive de la revolución
centroamericana.
Luego, en 1990, el sandinismo era
derrotado en las urnas por la Unión Nacional Opositora: las
masas nicaragüenses, hambreadas y desgastadas, con decenas
de miles de muertos a sus espaldas y decepcionadas por la
“piñata”9, habían votado por la
contrarrevolución; miles emigraban hacia Costa Rica y
Estados Unidos.
En 1992 se firmaban los Acuerdos
de Paz en El Salvador, y en 1996 la URNG también abandonaba
las armas. Las guerrillas se transformaban en partidos
socialdemócratas, en respetables miembros del Foro de San
Pablo, “de las montañas a los palacios” fue el programa
de vida de gente como Shafik Handal y Joaquín Villalobos.
Se calcula que la guerra en
Nicaragua, El Salvador y Guatemala dejó una cifra combinada
de 250.000 muertos aproximadamente, a lo que habría que
sumarle los desplazados y demás daños colaterales (como
dicen cínicamente los militares/empresarios para referirse
a la barbarie que produjo la guerra contrarrevolucionaria).
Así, cuando la paz de los cementerios fue instaurada y se
empezó a pagar en dinero contante y sonante a cuanto
revolucionario renegado aparecía, las oligarquías locales
profundizaron sus programas neoliberales de privatizaciones
de los servicios públicos y venta de las empresas del
Estado, de compactación del Estado, de desregulación
financiera y unificación aduanera. Es decir, a construir la
articulación del actual modelo capitalista en Centroamérica.10
2.
Algunas consideraciones generales sobre el modelo
capitalista centroamericano
Un elemento central para
comprender el capitalismo semicolonial centroamericano es
que éste, desde inicios del siglo XX, es un coto de caza
privado del imperialismo norteamericano. A eso habría que
agregarle que, militarmente, somos su patio trasero. Este
proceso, que aumentó considerablemente después de la mal
llamada “transición a la democracia” de los años 90,
dio un salto espectacular en los últimos años al iniciar
el siglo XXI.
Para señalar la profundización
de la dependencia externa, bastaría señalar que las
exportaciones estadounidenses a la región aumentaron entre
1996 y el 2001 en un 42%, totalizando 9.000 millones de dólares
en 2001, aproximadamente la misma cantidad que el total de
las exportaciones estadounidenses a Rusia, India e
Indonesia, y las importaciones de los países
centroamericanos totalizaron el mismo año unos 11.000
millones de dólares.
Pero como “el que no quiere
caldo recibe dos tazas”, vemos que entre 2001 y 2006 se
produjo en Centroamérica la más grande e histórica
penetración del capital imperialista estadounidense y
europeo, ya que “más de $10.000 millones se negociaron en
Centroamérica en los últimos cinco años, mediante las
fusiones y adquisiciones de empresas de diversos sectores”
(La Nación, 20-10-06). Los principales compradores de
empresas centroamericanas han sido las transnacionales
imperialistas de Estados Unidos y Europa.
Queremos, para no aburrir al
lector, señalar sólo dos ejemplos más, paradigmáticos de
esta penetración profunda del imperialismo: el caso de los
bancos y el de las cadenas de supermercados (se podrían señalar
también las industrias de bebidas o las plásticas).
Así, durante 2005, la segunda
transnacional más poderosa del mundo, General Electric, a
través de su división financiera Consumer Finance, adquirió
el 49,99% de las acciones (500 millones de dólares) del
grupo regional de capital nicaragüense BAC; en agosto de
2006 el transnacional banco inglés HSBC, el más grande de
Europa, compró el 100% de las acciones (1.770 millones de dólares)
del grupo financiero regional de capital panameño conocido
como Banistmo; en octubre y diciembre del 2006, Citigroup,
el banco más poderoso de Estados Unidos, compró el 100% de
las acciones de dos grupos financieros regionales, Banco Uno
y grupo Cuscatlán (500 y 1.510 millones de dólares,
respectivamente), el primero de capital nicaragüense y el
segundo de capital salvadoreño.
En 2005, para sobrevivir al TLC,
Carhco11 formalizó una “alianza estratégica”
con la poderosa transnacional estadounidense Wal-Mart, vendiéndole
inicialmente el 33,3% de sus acciones, y ya para marzo de
2006, esa transnacional incrementó su participación en
Carhco al 51%, controlando mayoritariamente el principal
negocio al detalle en Costa Rica y Centroamérica.
Como se ve, entre los elementos
que caracterizan el actual modelo capitalista
centroamericano está la absorción casi total de las economías-empresas
centroamericanas, y por supuesto el saqueo llano y simple12
de los recursos naturales.
En resumen, el actual modelo económico
centroamericano está basado en cuatro “sectores” básicos:
1) el turismo, que ya para 1998 constituía el 12,1% del PIB
en Costa Rica, el 11,8% en Nicaragua y 11,3% en Guatemala
(estas cifras han venido aumentando conforme se desarrollan
las medidas del CAFTA); 2) las maquiladoras de textiles y el
vestuario que dependen de la mano de obra barata y
que “han jugado un papel clave para impulsar al sector
exportador, [por ejemplo, de] las exportaciones ticas y
salvadoreñas, 60% son de empresas de zonas francas; en el
caso de Nicaragua representan el 40%, y en Honduras, 34%.
Guatemala es la nación que se muestra más rezagada, pues sólo
15% de sus ventas al exterior son de zona franca” (revista
Actualidad Económica, 9-10-04); 3) la agroindustria,
y 4) las manufacturas de piezas electrónicas y
prestación de servicios informáticos. A esos rubros habría
que agregarle las remesas familiares que,
aunque no constituyen un sector económico interno, son sin
embargo estratégicas para la región, pues Centroamérica
constituye una de las regiones del mundo más dependientes
de esa actividad.13
Es decir, no constituyen ningún
desarrollo de fuerzas productivas, pues no se incorpora
ninguna técnica
nueva, sino que sólo se absorben y reorganizan las empresas
ya existentes; además, se destruye-saquea la naturaleza, y los seres
humanos reciben más bajos salarios o bien son obligados
a inmigrar.
El modelo del capitalismo
centroamericano es una artificial economía de enclave
absolutamente alejada de las necesidades del desarrollo de
las fuerzas productivas centroamericanas. Queremos citar a
dos investigadores libres de toda sospecha del más rosado
“izquierdismo” para reforzar nuestros argumentos.
Víctor Bulmer-Thomas y Douglas
A. Kincaid, investigadores del proyecto Harvard-INCAE (es
decir, la más rancia tecnocracia neoliberal) sostienen que
“se hace difícil sostener que el sector textil y
vestuario sea un núcleo, puesto que el espectacular
crecimiento de este sector se debe a la producción de las
maquiladoras. Casi todos los insumos de la maquila son
importados, y sus exportaciones son altamente susceptibles a
las concesiones tributarias que hacen los códigos
arancelarios de Estados Unidos. Igualmente, la agroindustria
de alto valor agregado es una actividad que normalmente
opera relativamente aislada del mercado interno, en tanto
que el turismo –especialmente el ecoturismo– casi por
definición no constituye un núcleo, dado que para proteger
el medio ambiente debe evitar la concentración geográfica.
La cuarta actividad –piezas electrónicas y servicios
informáticos– es ciertamente un núcleo en Costa Rica,
donde INTEL se ha beneficiado de la preexistencia de una
industria de software y ha sido un factor en la aparición
de actividades secundarias” (Centroamérica 2020: hacia
un nuevo modelo de desarrollo regional. FLACSO, octubre
de 2001).
Conforme las medidas neoliberales
se fueron aplicando y las leyes y reformas impuestas por el
CAFTA han entrado en vigencia en Centroamérica, sus
resultados son cada vez más escalofriantes. Si antes de la
aplicación del TLC Honduras tenía un 80% de población
pobre, Nicaragua un 60%, Guatemala más del 57%, Panamá el
37% y Costa Rica el 23%, y el desempleo se había
incrementado a 20% de la población económicamente activa
(PEA) en Panamá, 11,3%, en Nicaragua, 6,8% en Costa Rica y
6,2% en El Salvador, los primeros datos arrojados a un año
de la implementación del CAFTA señalan que la dependencia
externa, la crisis agraria y el desempleo se profundizarán
en toda Centroamérica: “En
El Salvador y Honduras, países donde entró en vigencia el
TLC, las exportaciones agropecuarias a Estados Unidos
disminuyeron y las importaciones crecieron al nivel más
alto desde 1970. En Guatemala, que también tiene TLC, las
exportaciones se estancaron y las importaciones crecieron
como no lo hacían desde 1970” (La
Prensa Gráfica, 11-4-2007). E incluso “datos oficiales del Departamento de Comercio
de Estados Unidos muestran que el 2006 pasará a la historia
como el año más deficitario para Centroamérica en su
relación comercial con Estados Unidos en la última década”
(ANNCOL, “TLC cierra primer año con números
rojos para Centroamérica”, 7-7-2007).
No sólo
la producción agraria y la soberanía nacional retroceden décadas
con la aplicación del CAFTA, sino que son sobre todo las
condiciones de vida del pueblo trabajador las que son
pavorosamente reducidas. Recientemente, la prensa burguesa
hondureña reveló una noticia socialmente espeluznante: se
habían detectado 10 casos de lepra en Choluteca, al sur del
país, una enfermedad erradicada hace décadas en Centroamérica
y hace un siglo en Europa, y que producto de dos décadas de
recetas neoliberales ha vuelto ha aparecer. En resumen el
capitalismo semicolonial centroamericano no sólo es una
lepra para el pueblo trabajador, sino que también vuelto a
producirla nuevamente.
3. El carácter desigualmente desarrollado de Costa
Rica en el marco centroamericano: de la guerra civil al
neoliberalismo
“Aquí no puede haber anarquía, ni ha habido
anarquía o tendencia a la guerra contra la institución del
gobierno”-. Esta frase fue escrita por el famoso liberal
costarricense Pío Víquez y señalaba bastante bien la ideología
privilegiada que ha construido la oligarquía costarricense
desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Esta
ideología consiste en fundamentar “histórica” y
“filosóficamente” la “excepcionalidad”
costarricense, su carácter de otredad radical en relación
con el resto de Centroamérica (Costa Rica sería la
“Suiza centroamericana” en este discurso ideológico).
Los grupos oligárquicos y todos sus intelectuales a sueldo
han chorreado tinta para demostrar que la sociedad
costarricense estaría marcada por una incapacidad intrínseca
de transformación revolucionaria, que la haría desde la época
colonial diferente al resto de Centroamérica, y que los
problemas sociales y políticos siempre se solucionan “a
la tica”.14 Evidentemente, un examen histórico
medianamente riguroso echa por tierra ese cacareo ideológico,
pero lo que sí es importante señalar es que esa ideología
tendría por lo menos un elemento de lo real en que
apoyarse.
Creemos
que al realizar un análisis genético-estructural de
conjunto sobre la vida social en Centroamérica podríamos
decir que mientras que El Salvador, Guatemala, Honduras y
Nicaragua tienden a marcar en Centroamérica las tendencias
hacia la unidad, hacia la combinación y homologación del
proceso social, Costa Rica tiende a representar el polo
desigual del desarrollo, pero que en todo caso sería el
elemento desigual en el marco de un desarrollo de conjunto
que se despliega y concreta justamente a través de estas múltiples
y desiguales determinaciones.
Así, por
ejemplo, el ascenso revolucionario antidictatorial y
antioligárquico que recorrió Centroamérica, entre 1944 y
1954, en Costa Rica no concluyó con dictaduras gorilas tipo
Ubico, Somoza o Aguirre y Salinas, sino que la crisis orgánica
de dominación abierta en el país en 1943 se resolvió en
1948 con una guerra civil donde una vez que fueron
derrotados los sectores populares, la facción burguesa
vencedora en la guerra (el PLN) llevaría adelante una
“revolución pasiva”.15
El proceso que llevó a la guerra
civil de 1948 es clave para comprender a la Costa Rica de la
segunda mitad del siglo XX.16
Desde los años 30, los sectores populares costarricenses, liderados por el
Partido Comunista (más tarde conocido como Vanguardia
Popular-PVP) empujaban por un desmonte “por abajo” del
sistema oligárquico-imperialistas y habían conseguido
avanzar importantes posiciones (promulgación de la Ley de
Garantías Sociales, del Código de Trabajo, construcción
de una Central Sindical única de orientación comunista,
fuerte representación parlamentaria), hechos que hicieron
que Víctor Raúl Haya de la Torre se refiriera a la Costa
Rica de 1943 como “la Checoslovaquia de América”.
Los
comunistas costarricenses, aunque no eran parte del
gobierno, eran el principal sostén social del gobierno oligárquico
de Rafael Ángel Calderón Guardia.17 El PVP,
para lograr las leyes sociales de 1943, había concertado un
pacto con los republicanos (calderonistas) y la reaccionaria
Iglesia Católica, conocido como Pacto de la Victoria . Este
pacto con la oligarquía dejó maniatados a los comunistas
en la lucha contra el fraude electoral de 1948 (que
avalaron) y en la guerra civil.
En la
guerra se impuso por las armas una heterogénea alianza
entre el imperialismo gringo, otro sector de la oligarquía
(el ulatismo), sectores modernizantes de las capas medias
(Centro de Estudios para los Problemas Nacionales) y
combatientes de la Legión del Caribe representados por el
jefe militar de la “revolución”, José Figueres Ferrer
(Figueres personalmente representaba sectores de la pequeña
burguesía antioligárquica y antidictatorial, con fuertes
rasgos aventureros y militaristas).
Las dos
facciones de la burguesía en guerra pactan en Ochomogo el
fin de la guerra y el respeto a “fincas y haciendas”, así
como a las “garantías sociales”. Cuando los figueristas
toman el poder, disuelven la central obrera (CTCR) e
ilegalizan al PVP (la ilegalización durará 20 años), pero
no instauran una dictadura militar, sino que entregan el
poder a Ulate, que gobierna un par de años, y luego de
organizar en torno a Figueres el Partido Liberación
Nacional, gana las elecciones de 1953, desarrollando y
coherentizando la “revolución pasiva” que inició en la
Constituyente de 1948.
La modernización capitalista en
Costa Rica no vino “desde abajo” sino “desde
arriba”, encabezada e impulsada por un Estado de marcado
carácter corporativo, construido por Liberación Nacional,
con apoyo entusiasta de la CEPAL, como un “tapón de
seguridad” ante una nueva posible irrupción radical de
los sectores populares. Una vez que el calderonismo desistió
de sus asonadas militares (cuyo pico fue la invasión de
1955 apoyada por la dictadura de Somoza), el liberacionismo
se convirtió en el partido hegemónico, y los sectores oligárquicos
que quedaron fuera de él pasaron 30 años agrupándose,
unas veces sí y otras también, en distintos partidos que
le hacían la contienda a Liberación durante ese tiempo. No
fue sino hasta la mitad de la década del 80, cuando se
empezaba a impulsar el desmonte antinacional de las empresas
del Estado, que surge un nuevo partido de corte
privatizador: el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) que
reúne a los viejos sectores calderonistas y a la nueva
derecha tecnocrática.
El PUSC y Liberación
construyeron un bipartidismo que duró hasta 2002 y se
encargó de aplicar la agenda privatizadora. En 2002, con el
surgimiento del PAC y la posterior destrucción del PUSC
(que veremos más adelante) se acabó el bipartidismo.
Lo modernización autoritaria y
corporativa del capitalismo costarricense fue relativamente
exitosa. Creó verdaderas conquistas sociales: empresas
estatales como el Instituto Costarricense de Electricidad
(ICE), la Refinadora Costarricense de Petróleo (RECOPE), el
Instituto Nacional de Seguros (INS), universidades a
distancia (UNED), tecnológicas (ITEC) o con fuerte perfil
para estudiantes de zona rural (UNA).
Este sistema empieza a hacer agua
desde mediados de los 70 hasta los 80, cuando las cúpulas
liberacionistas y calderonistas intuyen que no hay
posibilidad de un desarrollo sostenido y se empiezan a
dedicar al saqueo llano y simple del Estado para lograr
mejoras en su acumulación como facción de clase.18
Este proceso local se combina con el inicio de la crisis crónica
de la economía capitalista inaugurado por la debacle de
1973-1974, que a la vez estaba enmarcada en la crisis de
dominación y de hegemonía del capitalismo mundial de
1968-1979; evidentemente, esta crisis tenía una expresión
específica en Centroamérica.
El estallido de la revolución
popular sandinista en 1979 va a ser el elemento clave para
comprender el nacimiento y desarrollo de la Costa Rica
neoliberal, que constituía el proyecto de un sector del
imperialismo y la oligarquía tica para darle salida a la
crisis de acumulación y legitimidad del modelo instaurado
en 1948, pero que era sólo un elemento (más bien marginal)
en medio del proyecto más general (estratégico) del
imperialismo para recuperar la hegemonía del área. Los años
80 serán los del ascenso revolucionario en toda el área,
del cual Costa Rica constituía uno de los puntos más
atrasados. Los 80 serán también el inicio del fin del
Estado corporativo y cepalino de la II República.
4.
La Costa Rica neoliberal. Del “bunker democrático” al
“paraíso exportador”
La revolución popular sandinista
y las guerras de liberación social y nacional en El
Salvador y Guatemala eran sólo los puntos más altos, la
vanguardia del ascenso revolucionario general que conmovió
el área entre 1979 y 1990. Pero la contraparte de este
ascenso, los polos reaccionarios de esta situación política,
los constituían Costa Rica y Honduras.
El imperialismo, además de la
estrategia de balcanizar el proceso revolucionario para
poder mejor enfrentarlo, usó una estrategia de tenazas para
asfixiar a la revolución sandinista. Por un lado estaba el
polo militar, el bunker representado por Honduras, donde
estaba instalada la base militar de Palmerola y los
“contras” hacían uso indiscriminado del territorio; por
otro lado, estaba el polo “democrático”, Costa Rica.
El rol de Costa Rica era
presentarse como una alternativa a la Nicaragua sandinista,
una alternativa de “democracia y capitalismo que sí
funcionan”. Evidentemente, como había una fuerte crisis
capitalista en Costa Rica, los gringos construyeron a punta
de subsidios su “bunker democrático” en los años 80.
Durante la administración Monge, Costa Rica recibía todos
los días un millón de dólares para que la economía se
mantuviera a flote y mostrara al mundo su “éxito”. No
es por casualidad que se entregó el premio Nobel de la Paz
de 1987 al entonces presidente de Costa Rica, Oscar Arias Sánchez.
Así, el imperialismo recompensaba a su peón de la zona, al
arquitecto de la estrategia para desmontar la revolución
nicaragüense: “pasar
a los sandinistas por las urnas, no por las armas”.
El otro aspecto de la política
para construir el “bunker democrático” costarricense
era iniciar los experimentos con el modelo neoliberal, hacer
que Costa Rica se “enganchara” en el proceso de
mundialización del capital. Así, en los años 80, se aplicó
bajo supervisión directa de los asesores norteamericanos el
“modelo de promoción de las exportaciones” y los planes
de ajustes.
El
capitalista que mejor explica cómo surge el modelo
neoliberal en Costa Rica es Richar Beck Hemicke19,
cuando contó en la ceremonia de graduación del 2002 en el
INCAE: “En esos años críticos,
apareció en Costa Rica una persona con mucha visión y
dinamismo y con una bolsa muy profunda (como se suele decir
para los que tienen mucho dinero). Esta persona se llama
Daniel Chaij, y había sido nombrado director de la Agencia
Internacional de Desarrollo (AID) en Costa Rica. Dan, como
familiarmente lo llamábamos, tuvo una idea brillante, pero
no sabía cómo o con quién desarrollarla: crear un
organismo privado para fomentar las inversiones extranjeras
en proyectos de exportación, para así insertarnos en una
economía global de verdad. Dan me contactó y, con algunos
compañeros, celebramos reuniones semanales durante casi un
año, hasta que logramos concebir un plan y una
institución que AID financiaría con un donativo de $ 11
millones para 1983. Así nació la Coalición de Iniciativas
para el Desarrollo (CINDE), que hasta el día de hoy ha
promovido inversiones por más de US$ 1.750 millones y
exportaciones anuales por más de US$ 1.500 millones” (semanario
Universidad, 31-7-03). “Más claro no canta un
gallo”: fue la AID la que creó, financió y desarrolló
el actual modelo económico del país, lo que explica en últimas
su relativo éxito (sobre todo para los exportadores y las
capas medias altas). Este modelo será el que terminará
profundizándose si se aplican las medidas del CAFTA.
Como “el diablo le paga mal a
quien bien le sirve”, una vez que Centroamérica estuvo
“pacificada” el imperialismo exigió un aumento
acelerado en la aplicación de los programas
fondomonetaristas en Costa Rica.
Los gobiernos del socialcristiano
Calderón y el liberacionista Figueres (ambos, hijos de los
viejos caudillos que se enfrentaron en la guerra civil)
fueron años de profundas transformaciones. Entre ambos se
encargaron de “compactar el Estado”: despidieron
empleados, vendieron empresas del Estado (FERTICA, CEMPASA,
Correos), vaciaron el CNP, reventaron a los campesinos a
través de proyectos de “modernización agrícola” y
apertura comercial, y, sobre todo desmantelaron la
resistencia obrera y popular. Figueres, en 199,5 aplasta una
poderosa huelga docente de dos meses y logra modificar el régimen
de pensiones del magisterio. Es el pico de la situación
reaccionaria en el país.
Desbrozado el camino, el modelo
neoliberal se siguió aplicando y ha conducido lenta pero
sostenidamente a la reducción y destrucción de la
agricultura tradicional y a la conversión del país en una
nación de maquila (textil, dispositivos médicos, electrónica
y otros de valor agregado), servicios como el turismo
(principalmente ecoturismo) y agroindustria (banano, naranja
y otros productos como flores, tallos y plantas, como
helechos).
5.
El ciclo de la lucha de clases del 2000 al 2006. El
ascenso del movimiento popular y las contradicciones
interburguesas
En 1998 ingresó a la Presidencia
de la República el socialcristiano Miguel Ángel Rodríguez,
que tras ser presidente de Costa Rica entre 1998 y 2002 será
también secretario general de la OEA, luego reo común
acusado por cargos de corrupción y ahora ciudadano libre y
conferencista para la Editorial Planeta.
El objetivo del gobierno de Rodríguez
era claro: privatizar el ICE y fomentar el mercado
financiero a través de la mal llamada Ley de Protección al
Trabajador. Aunque muchos de estos proyectos habían sido
pactados con la izquierda reformista20 y algunas
burocracias sindicales durante la Concertación Nacional de
1998… no le salió el plan al gobierno.
Durante el año 2000 se produjo
una inflexión en la lucha de clases de Costa Rica. Los años
de frustración y humillación producto del ajuste
neoliberal finalmente llegaron a tope, y durante 6 semanas
hubo poderosas movilizaciones populares, cortes de rutas y
enfrentamientos callejeros que evitaron la aprobación del
“Combo del ICE”.21 Primero fueron los
trabajadores del ICE, luego estudiantes universitarios, de
secundaria y finalmente todos los sectores populares. Fue un
claro proceso de centralidad política de la clase obrera,
acaudillando tras de sí a todos los oprimidos, que hizo
cimbrar todo el orden establecido. Las masas entraron de
manera independiente, por lo menos al inicio de la lucha, y
lograron un triunfo distorsionado.22
Cambió así la correlación de
fuerzas, y el gobierno de Rodríguez no pudo más que dejar
que el tiempo pasara. “Privatización” se había
convertido en una palabra maldita para el pueblo trabajador.
Desde entonces hasta 2007 los
sectores populares no han dejado de luchar contra el modelo
neoliberal y contra la inconsecuencia de las direcciones
mayoritarias del movimiento sindical y popular, que teniendo
en varias ocasiones posibilidades de derrotar al
neoliberalismo en las calles, siempre le han dado un segundo
respiro.
En octubre de 2001 se anunciaba
la intención del gobierno yanqui de Bush de comenzar las
negociaciones para concretar el TLC. En septiembre de 2002
se realizaron las primeras rondas de negociación. En mayo
del 2005 estaba firmado y aprobado en toda Centroamérica,
menos en Nicaragua y Costa Rica. En diciembre del 2005
faltaba exclusivamente Costa Rica.
¿Qué explica este atraso en la
aprobación del TLC, atraso que se ha extendido hasta el
referéndum de octubre de 2007?
En primer lugar, la grandiosa
manifestación de fuerza del pueblo trabajador y su oposición
al TLC explican el atraso, pero además hay otros elementos.
Uno de ellos es el tiempo que
tardó la burguesía tica en cerrar el “síndrome del
Combo”. Si Rodríguez no pudo terminar de gobernar, el
gobierno de Pacheco surgió y se produjo bajo el signo de la
ilegitimidad y el miedo a que se volviera a producir una
movilización como la del 2000.
Pacheco gana en medio de una
fuerte crisis de legitimidad-desmoronamiento del
bipartidismo, del que el surgimiento del Partido Acción
Ciudadana (socialdemócrata) es un ejemplo, así como el
Movimiento Libertario (derecha neoliberal ortodoxa). Hay que
sumar, además, un amplio abstencionismo, descrédito de
instituciones fundamentales como la Asamblea Legislativa,
falta de apoyo de la dirección histórica del
socialcristianismo a su candidatura, etc.
Pacheco permanentemente se debatía
entre su obligación de avanzar en los proyectos
fondomonetaristas y el miedo a una nueva irrupción de furia
popular. Si declaraba en el 2002 que “vender activos está
fuera de toda posibilidad, porque el pueblo no quiere” (La
Nación, 15-12-02) en mayo de 2003, ante la presión del
procónsul norteamericano Robert Zoellick, acepta la
incorporación de la apertura de las telecomunicaciones en
el TLC.
Luego condiciona el envío del
TLC a la Asamblea Legislativa a la aprobación de un plan de
reordenamiento fiscal. El plan sufre el boicot de la
oligarquía y del Movimiento Libertario, por un lado, y por
otro, de los trabajadores del ICE y del magisterio, que en
2003 desplegaron sendas huelgas contra el desfinanciamiento
estatal y los recortes de pensiones respectivamente. Las
huelgas hacen caer a los ministros de Educación y de
Hacienda.
Todo el gobierno de Pacheco
estuvo marcado por la entrada y salida de personal político,
nadie daba pie con bola, y la crisis del régimen se
profundizó cuando en marzo de 2003 apoyó con frases
bastante brutas la invasión a Irak, lo que desató
numerosas movilizaciones.
Luego, dos ex presidentes
socialcristianos, Calderón y Rodríguez, cayeron presos por
sendos escándalos: Caja-Fischel el primero, ICE-Alcatel el
segundo, y se produjo otro ciclo de movilizaciones.
En 2004, la lucha contra la
transnacional RITEVE movilizó a los pequeños propietarios
de taxis, furgones, talleres de autos, campesinos y
estudiantes. Los sectores más avanzados, sobre todo el
movimiento estudiantil, dirigido por la extrema izquierda,
planteaba que ésa debería ser la batalla para quebrar al
neoliberalismo, pero el Movimiento Cívico Nacional (la
dirección de la lucha) negocia con el gobierno, desmontando
el proceso de lucha. Pese a las pequeñas concesiones nada
sustanciales que hace Pacheco, sufre los ataques constantes
de la oligarquía, escudada en el periódico La Nación,
y de toda la tecnocracia neoliberal.
Finalmente, como el pacto
Movimiento Libertario-empresarios no le dejó pasar el plan
fiscal, el gobierno atrasó el envío del TLC al parlamento,
convocando a una Junta de Notables que hace importantes críticas
al TLC. Ya casi al final del gobierno (finales de 2005),
Pacheco envía el tratado al parlamento.
Para el 2005, la campaña contra
el TLC había subido de manera ascendente su resonancia. No
solamente sectores de la izquierda revolucionaria habían
tomado protagonismo, particularmente dentro del movimiento
estudiantil y algunos pequeños sindicatos, sino que la política
fundamental del periodo fue “Huelga general para derrotar
al TLC”. Incluso elementos importantes de la burocracia
sindical tenían que hacer suya esta política, aunque fuera
de los dientes para afuera. Decir otra cosa era estar a
favor del TLC, dentro de la conciencia del movimiento de
masas.
Obviamente, esta política debía
ser controlada, fundamentalmente porque la burguesía, tanto
opositora como favorable al TLC, no puede tolerar un
movimiento de esa envergadura, que obviamente no sólo haría
temblar al Estado burgués, sino que lo pondría en abierto
entredicho. Este proceso de castración política contó con
el apoyo de los infaltables del gobierno: la burocracia
sindical y el reformismo, como veremos más adelante.
6.
¿Por qué la resistencia al TLC? El daño social del
neoliberalismo
Queremos señalar al lector
algunos datos para mostrar la magnitud de la transformación
que produjo el modelo neoliberal aplicado por dos décadas
en el país y los que implicaría el CAFTA. Estos datos son
necesarios para comprender el por qué de tanta y tan
variada resistencia en Costa Rica a la aplicación del TLC.
a)
Concentración capitalista en el campo
Si en los 80 el grueso de la
dieta promedio de los costarricenses (frijoles, arroz, papa,
maíz, sorgo) era producido en el país por pequeños y
medianos productores (que fueron la base social de apoyo de
la larga estabilidad de la II República), ya para el 2000
el grueso de los productos agrarios básicos para la
alimentación eran importados del extranjero. Los productos
acabados de las transnacionales alimenticias invadieron el
país.
En 1980, Costa Rica producía
75.300 toneladas de maíz; en el 2000, esa cifra había
disminuido a 23.300 toneladas, lo cual significó una
reducción porcentual del 69,1%. La producción de frijol
pasó de 34.300 toneladas en 1980 a 12.685 toneladas en
2002, lo que representó una reducción del 63% (Centroamérica
en cifras 1980-2000,
FLACSO 2002) A partir de 2004, el país importa 132.000
toneladas métricas de arroz para abastecer el mercado
interno.
Si
en 1989 el PIB agrícola de Costa Rica representaba el 19,6%
del total, para 2005 ese porcentaje había descendido al 9,5
%. La producción bruta agrícola pasó del 19,1% en 2004 al
18,8% en 2005, perdiendo peso dentro de la producción bruta
nacional.
Estas
cifras catastróficas, con miles de casos de quiebras de
pequeños productores, hicieron que todo un sector de esta
pequeña y mediana burguesía papera, cebollera e inclusive
arrocera vieran con hostilidad los proyectos de “apertura
comercial”23 y en específico el proyecto del
TLC. En el caso de los arroceros, vemos grandes burgueses
opuestos al TLC. Recientemente, los paperos cambiaron su
posición y ahora apoyan el TLC. Obviamente la posición de
los arroceros se basa en que el TLC implica su desaparición
como sector empresarial.
b) Concentración de capitales exportadores
El
modelo neoliberal tendió a desarticular el tejido interno
de la economía costarricense y “volcarlo hacia fuera”,
hacia la exportación de productos no tradicionales y de
productos de maquila de medina tecnología. Así, aunque los
números exportadores y macroeconómicos del país hacen que
los propagandistas del régimen se deshagan en halagos al
modelo, los números muestran que el país vive un
crecimiento económico con concentración de riqueza y
capacidad productiva, y sobre todo con aumento de la
desigualdad social.
Así, por ejemplo, el Producto
Interno Bruto (PIB) creció el 7,9% en 2006 y en 2005 había
crecido al 5,9%; las exportaciones crecieron en 2006 un 17%
respecto de 2005, llegando a 8.198 millones de dólares. Si
a lo anterior se le suma el turismo y otros servicios, la
cifra llega a los 10.000 millones de dólares; la inversión
extranjera fue de 1.400 millones de dólares y las reservas
monetarias alcanzaron más de 3.000 millones de dólares. Pero,
como señalan los mismos sicofantes del FMI, “este
fenómeno se produce porque el PIB de Costa Rica está
distorsionado hacia arriba por las inversiones realizadas
por la multinacional estadounidense INTEL” (Bulmer,
Víctor y Kincaid, Douglas, cit.).
Así, si al crecimiento de 2005
le excluimos los enclaves productivos exportadores (Intel,
zonas francas y otros), realmente la economía nacional sólo
creció el 3,8%, es decir, el otro 2,1% corresponde a
aquellos sectores. Igual fenómeno o más profundo se debió
presentar en 2006.
Queremos mostrar cómo este
crecimiento se produce en medio de la economía de enclave
de las zonas francas; es decir, está concentrado en pocas
empresas transnacionales y no garantiza un encadenamiento
productivo que aumente o mejora la industrialización del país,
ni el empleo bien pago o algo parecido, sino que es un
crecimiento concentrado y focalizado en las zonas francas y
deslocalizado del resto del aparato productivo nacional.
Si para 1991 las exportaciones de
las zonas francas representaban solamente el 7,3% de ese
rubro, para 2005 ya alcanzaban el 52,4 %, constituyéndose
en la rama mayoritaria de la exportación.
En 2004, 20 grandes empresas
exportadoras representaban el 48% del total de las
exportaciones. De esas 20 grandes exportadoras, solamente una
empresa era costarricense (Liga Agrícola Industrial
de
la Caña-LAICA).24 Por otra parte, esas 20
grandes exportadoras, incluyendo a la empresa nacional,
solamente empleaban 24.352 trabajadores, de una población
económicamente activa (PEA) de 1.676.661
personas, es decir, apenas el 1,45%.
En 2005, el 3% de las empresas
exportadoras concentraban el 60% de las exportaciones, y
para el año 2006 el 2,1% (36 compañías) concentraban el
mismo 60%. “Sólo
23 de las 50 principales exportadoras del país tienen algún
grado de vinculación con empresas locales a través del
programa Costa Rica Provee, de la Promotora de Comercio
Exterior... Esa cifra representa apenas el 1% del total de
las compañías exportadoras” (semanario El Financiero.
10-10-05).
c)
Aumento de la desigualdad social
Una de las frases más trilladas
y más repetidas por la oligarquía tica y sus medios de
desinformación, es la “idea” de que la
“excepcionalidad” costarricense estaría sustentada por
una tendencia a la “igualdad” económica que viene desde
la época colonial25 y se ha mantenido invariable
por décadas.
Pero esta ideología se sostiene
sobre un suelo falso. Los datos más significativos muestran
el proceso sostenido hacia la desigualdad social, que ha
terminado por agrietar una sociedad que durante mucho tiempo
estuvo relativamente integrada.
El XII Informe del Estado de la
Nación26 informa que el coeficiente Gini, que
mide la desigualdad social, pasó de 0,358 en 1988 a 0,475
en 2004. Eso “significa que Costa Rica pasó de tener
niveles de desigualdad cercanos a los de los países
europeos a rangos más cercanos a los de otras naciones
latinoamericanas, que se destacan entre las más desiguales
del mundo” (La Nación, 14-11-06). Asimismo, la
inversión social pública por persona se redujo en un 6,3%
entre 2003 y 2005. También disminuyó la remuneración real
promedio de los ocupados: en 2004 bajó al 5,8%, y en 2005
en un 3,7%; sumados, producen una reducción del 9,5% en dos
años.
Por otra parte, según Rolando
Araya, dirigente burgués de una facción del Partido
Liberación Nacional (PLN), el porcentaje de la masa
salarial con respecto al PIB ha disminuido brutalmente:
“En los albores de la globalización... rondaba el 50% en
Costa Rica. Esto significa que la suma de lo pagado en
salarios era la mitad de la producción total. En 2001, esa
cantidad había descendido al 28,37%, y en 2005, todavía más,
al 27,14%” (La Nación, 30-12-06). Si en 1984 el 20% más
rico de la población tenía un ingreso 11 veces mayor que
el 20% más pobre, en 2004 esa diferencia llegó a 20 veces
más.
El otro elemento fundamental para
comprender el “éxito” del capitalismo de enclave tico
es que un importante fragmento de dicha riqueza está extraída
de la superexplotación de la clase obrera inmigrante, sobre
todo nicaragüense27, la cual no sólo está
despojada de cualquier derecho sindical, sino que sufre la
discriminación xenófoba de los medios de comunicación y
las capas medias y bajas, que los culpan de todos los males
sociales del país.
La comunidad trabajadora nicaragüense
se encuentra concentrada mayoritariamente en las barriadas
pobres en el Valle Central y el norte del país, que no
tienen acceso a los servicios públicos básicos ni a
fuentes de empleo digno y estable. Estas barriadas, que han
producido algunas puebladas, son regularmente utilizadas por
la policía para realizar algunos de sus entrenamientos, lo
que convierte a estas poblaciones en “semi-guetos”.
d) No
se quiere perder más conquistas
Entonces, podemos ver que
mientras en el resto de Centroamérica los sectores
populares no veían en el TLC una amenaza, sino una
oportunidad para que llegara más trabajo y más remesas
(ilusión que está empezando e disiparse rápidamente), en
Costa Rica, a través de una propaganda tenaz de las
organizaciones sindicales, populares, de izquierda y de la
sana sospecha popular, el TLC se identificó con la
profundización del neoliberalismo, con el aumento de la
desigualdad social y el desmonte definitivo de las
conquistas sociales materializadas en las empresas del
Estado corporativo.
La aprobación del TLC representa
para los sectores populares ticos el remate del ICE (empresa
de telefonía fija y celular, así como de energía eléctrica
y geotérmica e Internet) y del INS (seguros) y el fin de lo
que los ticos llaman el “modelo solidario”. En Costa
Rica, estas empresas (así como el Puerto del Caribe y la
Refinadora de Petróleo) siguen siendo propiedad del Estado;
las transnacionales y la oligarquía tica, desde los años
90 han intentado una y otra vez echarle mano a estos
negocios, sin lograrlo todavía y encontrando siempre la
obstinada resistencia de los trabajadores eléctricos y de
seguros, que han resistido a brazo partido la apertura.
Para hacerse una idea del negocio
que se “están perdiendo” los capitalistas, bastaría
decir que los activos del ICE son aproximadamente de 2.400
millones de dólares, que representan el 28% de todos los
activos del sector financiero nacional, y sus ventas en 2002
fueron de 752 millones de dólares, ubicándose en el
ranking de las mayores 500 empresas de América Latina. Los
rubros más rentables como las redes privadas, Internet,
telefonía celular (que son los rubros que abre a la
competencia el TLC y significan el 70% de la facturación
del ICE), son más caros y sirven para subsidiar la telefonía
en el hogar, la rural, los teléfonos públicos en las
provincias rurales, la electrificación en el campo, etc.
El
Instituto Nacional de Seguros (INS)28 es un poco
más pequeño: la empresa tuvo en 2003 utilidades de 20.000 millones de colones,
pero esas utilidades son utilizadas en un conjunto de obras
sociales: mantenimiento del cuerpo de bomberos,
mantenimiento de fideicomiso agropecuario; mantenimiento de
Comisión Nacional de Emergencia; ayudas sociales al Consejo
de Seguridad Vial; ayudas a programas de salud, educación,
deporte y cultura.
Evidentemente, los 12 000
trabajadores del ICE y los 2.000 del INS saben que la
apertura significa despidos masivos, pérdida de la
estabilidad laboral y sus conquistas salariales. El resto de
los trabajadores del Estado: hospitalarios, petroquímicos,
muelles, etc., ven también en el TLC despidos y precariedad
laboral.
De la misma forma, a los medianos
y pequeños productores de carne de cerdo o pollo, de arroz,
papas y legumbres el TLC les parece el fin de los magros
subsidios, el desmonte de la debilitada red de protección
(CNP, créditos agrarios, etc.) y la profundización de la
quiebra-estafa de la modernización agrícola neoliberal.29
Sobre todo, los jóvenes
estudiantes de secundaria y universitarios ven en el TLC la
profundización del proceso de privatización del sistema
educativo, el aumento de la elitización del acceso a la
educación30, la ausencia de trabajos para los
profesionales y la consolidación de un modelo que lo único
que promete son los trabajos precarios e inestables en los
call centers, en las empresas de comida rápida, en las
maquilas, la agroindustria o las grandes cadenas hoteleras.
Obviamente, estos sectores se cuentan dentro de los más
fuertes opositores al TLC.
Una
encuesta de opinión realizada por la Escuela de Matemática
de Universidad de Costa Rica, en julio del año en curso,
que buscaba medir la intención de voto para el referéndum
del 7 de Octubre mostró que “analizando la intención de voto se observa a las personas de 55 años
o más como el grupo que más favorece el TLC (31,6% a favor
y 21,6% en contra), en tanto que en todos los otros grupos
la relación se invierte. Todos estos grupos se manifiestan
contra el TLC en una mayor proporción que a favor del TLC.
Cabe mencionar que los jóvenes de entre 18 y 24 están en
una relación de 2 a 1 en contra del TLC (21,2% a favor,
43,3 en contra)” (Jorge Poltronieri, “Proyecto
de Investigación Estructuras de la Opinión Pública.
Encuesta sobre el TLC con EE.UU.” 10-7-07). Asimismo, la
encuesta mostró que “los
maestros y profesores se muestran como el grupo que menos
apoya el TLC, pues el 18,4% está a favor del TLC, en tanto
que 50,0% lo rechaza”.
Hay
que decir, sin embargo, que otra encuesta realizada por la
Escuela de Estadística de la misma universidad arrojó
resultados contradictorios en relación con la encuesta
anterior, señalando que el 50% de los encuestados estaba
por el Sí, mientras que el 38% estaba por el No. Desde el
PST creemos, sin dejarnos apabullar por los datos y
“tomando con pinzas” los resultados de la segunda
encuesta, que refleja más adecuadamente la actual relación
de fuerzas al respecto del referendo.
7.
El segundo gobierno de Arias: el “efecto CAFTA” y el
“choque de trenes”
Se llega a las elecciones de
febrero del 2006 con la oligarquía decepcionada con
Pacheco, a quien veían como un monigote incapaz de
enfrentar a los sindicatos31, y sintiendo que el
tiempo se le iba, venía desde hace tiempo preparando a su
“as bajo la manga”.
A través de un pacto entre
liberacionistas y socialcristianos, tuercen la Constitución
y permiten a través de una resolución de la Sala Cuarta32
la reelección presidencial. Esta reelección tenía nombre:
Oscar Arias Sánchez.
La
oligarquía y las transnacionales yanquis rápidamente
cerraron filas alrededor del PLN. Este partido acaparó el
88% de las contribuciones privadas, aunque en las elecciones
había 13 partidos más, de los cuales 10 eran alternativas
claramente burguesas.
Se
calcula que durante cuatro años los burgueses ticos,
centroamericanos y las transnacionales invirtieron 4.200
millones de colones (8 millones de dólares) en el PLN, sólo
el día de las elecciones proyectaban gastar 300 millones de
colones (600.000 dólares).
El
operativo que realizó la oligarquía para que su
"hombre fuerte" regresara a la presidencia fue
largo, sostenido y costoso. Primero, lograron que la Sala
Cuarta modificara la Constitución para permitir la reelección,
gastaron una millonada de dinero en un año de campaña,
desbarataron al PUSC, compraron o recibieron el apoyo
entusiasta de las empresas encuestadoras y los principales
medios de prensa… y apenas pudieron ganar.
Arias
alcanzó el 40,92% (664.551 votos); el PAC, 39,80% (646.361
votos); lejos, el Movimiento Libertario con 8,5% (138.000
votos), seguido por el PUSC con 3,6% (unos 58.000 votos),
Unión para el Cambio con 2,5% (41.000 votos) y Unión
Nacional con 1,6% (25.000 votos). La oligarquía y el
imperialismo esperaban un triunfo arrollador por decenas de
puntos, pero apenas lograron ganar por 18.000 votos, un 1,12
% de margen.
A
eso habría que sumarle la fuerte abstención, que alcanzó
a 900.000 personas (es decir, 34,1% del padrón, superando
en más de 300.000 personas a cualquiera de los dos partidos
mayoritarios, tanto el PLN como el PAC), y las acusaciones
de que se había producido un “fraude electoral”.33
Es
decir, la polarización social, el “síndrome del combo”
no se había diluido, y a eso se le sumaba el “efecto
CAFTA”. El órgano del capital financiero norteamericano The
Wall Street Journal
sentenciaba con gran preocupación al analizar las
elecciones ticas: “El rechazo de América Latina a la influencia económica de Estados
Unidos parece haber echado raíces en Costa Rica, una de las
democracias más antiguas y uno de los aliados más cercanos
a Washington en la región. La situación podría fortalecer
la mano de los detractores de los tratados de libre comercio
en EE.UU. (…) En las elecciones presidenciales del país
centroamericano realizadas el domingo, los electores
propulsaron la candidatura de Ottón Solís, un oponente del
tratado de libre comercio con EE.UU., a un empate virtual
con el favorito Oscar Arias” (“Sorpresa electoral en
Costa Rica complica aprobación de pactos de libre
comercio” 8-2-06)
Y
es que desde noviembre del 2005 se estaba produciendo en los
hechos un acuerdo entre el PAC, sectores de la dirección
sindical de la ANEP, del FIT-ICE, de la Iglesia Católica,
del Frente Amplio y del activismo y la intelectualidad
universitaria para impulsar un “bloque sin principios”
bajo la consigna “cualquiera menos Arias”, que en los
hechos era un guiño para que todo el movimiento popular
apoyara la candidatura de Ottón Solís. Campaña que,
desafortunadamente fue asumida por el movimiento de masas
como forma de rechazo al TLC, pero cuyo mayor “logro”
fue otorgarle un importante capital político y prestigio a
Solís y al PAC.
Más
allá de la incidencia electoral, lo que había en el fondo
era una necesidad de garantizar que la oposición al TLC
fuera conducida por la oposición burguesa en conjunto con
las distintas burocracias sindicales, intentando una
renegociación del tratado34 y que se evitara un
enfrentamiento de gran envergadura, como el que representaba
la posible convocatoria a una huelga general.
Tal
fue el cuadro que dejaron las elecciones de 2006: el
“efecto CAFTA”, el desmonte del bipartidismo clásico y
el surgimiento de una alternativa burguesa que tenía que
recurrir al discurso antineoliberal para ganarse espacio35,
levantando las ilusiones de importantes sectores de la
población. De hecho, el gobierno de Arias fue recibido el
mismo día que asumía el poder con una significativa
movilización popular (unas 15.000 personas). Algo inédito
en Costa Rica para una asunción de poder.
El
gobierno de Arias demostró rápidamente para qué lo habían
puesto en el poder. Con mucha habilidad política, centralizó
los órganos de decisión ministerial, aumentó el rol de
los sistemas de seguridad y recompuso la
“ingobernabilidad” que le había legado Pacheco, a través
de una serie de pactos puntuales y bilaterales con los otros
partidos de derecha (PUSC, ML, evangélicos, Unión
Nacional), y desató una fuerte ofensiva sobre la clase
trabajadora apoyándose en la Sala Cuarta, cercenado uno
tras otro segmentos de las convenciones colectivas, además
de represiones selectivas sobre algunos sectores radicales.
La
Sala Cuarta viene jugando desde el inicio del gobierno de
Arias un rol clave dentro del entramado de instituciones con
las que gobierna la oligarquía. La Sala Constitucional se
ha cargado de contenido bonapartista, jugando un rol
reaccionario y antiobrero, realizando el trabajo sucio que
el gobierno está impedido de hacer a través de decretos.
Pero,
pese a las medidas draconianas de Arias y la Sala Cuarta, el
“efecto CAFTA” y la bronca social seguía subiendo. El 23 y 24 de octubre del
2006, las organizaciones sindicales y populares vuelven a
salir a la calle; la política de “paz social democrática”
no estaba aún inserta dentro del movimiento de masas, el
creciente pacto entre PAC y Gobierno todavía no calaba
dentro del movimiento de masas y las distintas burocracias
sindicales y campesinas todavía sentían la presión del
movimiento de masas por movilizarse. En este marco, la
Coordinadora Nacional organizó un simulacro de paro
nacional de 48 horas con movilizaciones y cortes de ruta en
todo el país. La “olla a presión” se calentó más
cuando finalmente en diciembre del 2006, usando una mayoría
mecánica de 38 votos en la Asamblea Legislativa, el
gobierno pudo finalmente aprobar el TLC en la comisión de
asuntos internacionales. Ahora sólo se necesitaba el debate
en el plenario.
Por
el mismo sistema de negociación y aprobación del TLC (que
no se puede volver a negociar, que no se puede modificar,
que tiene carácter pétreo sobre la Constitución, que sólo
se puede decir sí o no al mismo) hacía que –como dijo el
Presidente a.i. del Tribunal Supremo de Elecciones, Luis
Antonio Sobrado–,
pareciera que el
“país era una
sola línea con trenes en dirección
contraria y renuentes a frenar”
(La
Nación,
15-04-07)
En diciembre de 2006, ante la
bravuconada autoritaria de Arias, el mismísimo PAC, que había
hecho todos los esfuerzos por mantener la oposición al TLC
en el marco del Parlamento, llama a movilizarse. Este
llamado del PAC a la calle es el inicio de un proceso que en
unos pocos meses, a través de una maniobra espectacular de
la burguesía opositora y el gobierno en primera instancia,
pero que se convierte rápidamente en un pacto
de no agresión, logra expropiar el proceso de ascenso
popular que se había venido produciendo de manera sostenida
desde el 2000. Obviamente, el llamado del PAC buscaba
posicionar al movimiento de masas detrás de él, en su política,
que ya para este momento era claramente el referendo.
8.
El referéndum y la expropiación política del movimiento
popular
En
diciembre del 2006 se formó el Frente Nacional de Apoyo en
contra del TLC, que constituye una especie de frente popular
en el que sectores burgueses (PAC, los ex presidentes
Rodrigo Carazo y Luis Alberto Monge, el empresario arrocero
Oscar Campos, Rolando Araya, del frente liberacionista
contra el TLC, el rector del Instituto Tecnológico y otras
personalidades) que antes estaban detrás, básicamente
asesorando a algunas organizaciones sindicales burocráticas
o asociaciones campesinas, se incorporaron como miembros
activos a la lucha en contra del TLC para ponerse al frente
del movimiento, pero también para desmovilizarlo o bien
conducirlo por la vía pacífica e institucional en caso de
que se produjeran movilizaciones callejeras.
Era
tan claro ese objetivo que el ministro de la Presidencia,
Rodrigo Arias, declaró: “Estamos clarísimos que
se pueden dar manifestaciones... Ojalá que el PAC encabece
las manifestaciones, porque eso nos daría tranquilidad de
que van a ser pacíficas. Pero si se afecta la legalidad del
país y empiezan a hacer bloqueos, vamos a actuar de forma
respetuosa, pero fuerte” (La Nación, 28-1-07).
El
FNA, poco a poco, con el visto bueno de un buen grupo de
direcciones sindicales como el FIT-ICE y la ANEP, terminó
copando el lugar de “oposición legítima” al TLC y
desplazando de su rol a la Coordinadora Nacional.
El
26 de febrero de 2007 se convoca a una gran marcha nacional:
centenares de miles de costarricenses de todos los sectores
se movilizan bajo el liderazgo de los figurones burgueses
del FNA. La marcha “cívica” y “patriótica” tenía
como uno de sus ejes que no se produjera ninguna manifestación
clasista o independiente, y tenía elementos de llamado a la
unidad nacional. Ésta fue la primera parte de la expropiación
política.
El
clasismo, la izquierda, el movimiento estudiantil y las
organizaciones sindicales que llevaban más de cinco años
de campaña sistemática contra el TLC veían cómo en dos
meses eran desplazados de la conducción del movimiento por
la burguesía opositora al TLC, y variaba la consigna
combativa “huelga general contra el TLC” por una
consigna típicamente diseñada para un proceso de reacción
democrática: “Exigimos un referéndum decisorio”.
EL
PLN y el PAC, enfrentados sobre la línea “TLC sí o
no”, veían más allá que las mismas direcciones de los
trabajadores y demarcaron la verdadera línea que preocupa
realmente a la burguesía: “lucha independiente y masiva
del pueblo sí o no”. Ambos respondieron categóricamente
NO.
La
orientación del referéndum ya se venía barajando en las
direcciones sindicales del magisterio, y José Miguel
Corrales un político salido de Liberación Nacional, fue el
primero en plantear ante el Tribunal Supremo de Elecciones
la posibilidad de llevar el expediente del TLC a referéndum.
Finalmente, frente a la movilización del 26 de febrero y la
creación del frente burgués representado por el FNA, el régimen
cede el referéndum.
Por
cierto, el TSE no cede el referéndum que pedía Corrales y
los sindicatos docentes, que implicaba recolección de
132.000 firmas de adhesión, sino que decretó un referéndum
“en frío”, funcional por donde se lo viera al gobierno
de Arias.
Cuando
el TSE anuncia la realización del referéndum, se genera
una especie de “unidad nacional democrática” en torno a
la defensa de las bondades de este mecanismo: el gobierno de
Arias, la embajada gringa, el PAC, el FNA, la izquierda
reformista agrupada en el Frente Amplio, la burocracia
sindical... todos cantan loas al referéndum36 y
a la excepcionalidad democrática costarricense. La
expropiación política estaba realizada.
El
gobierno y la oposición burguesa habían colocado en los
marcos del régimen la lucha y el debate político sobre el
TLC, pues la discusión pasó de cómo realizar mejor la
huelga general a cómo garantizar un referéndum más democrático.
Así, la oligarquía y el imperialismo hacían una concesión
democrática general parcial, pero a costa de liquidar lo
fundamental: el proceso de lucha callejera y la influencia
de las corrientes clasistas e independientes de la burguesía.
Por eso, el referéndum del 7 de octubre tiene poco de
triunfo distorsionado y mucho de trampa reaccionaria.
9. Epílogo y conclusiones
Al
concluir este artículo ha arrancado el proceso electoral
hacia el 7 de octubre. Se ha lanzado oficialmente la campaña
por el No, liderada por Eugenio Trejos37 y la
Junta Patriótica, mientras la campaña por el Sí la dirige
el ex megaministro de Arias y reconocido empresario Alfredo
Volio.
El
gobierno ha sacado ventaja política del referéndum: no sólo
aprovechó la gigantesca maquinaria de propaganda que le había
legado el Ministerio de Comercio Exterior (Comex), sino que
también el propio aparato clientelar del Estado se ha
puesto al servicio de ganar el referéndum.
El
amedrentamiento de los trabajadores de las zonas francas y
de la población pobre que recibe ayuda de los programas
sociales es sistemático, así como el fantasma del dinero
venido de Caracas, La Habana, Managua o Kinshasa, aunque a
vista y paciencia de todo el mundo la embajada yanqui
orienta y asesora la campaña por el Sí. “Miente, miente,
miente, que algo queda” ha sido la estrategia de
comunicación de la oligarquía y el imperialismo.
Además,
el gobierno ha mantenido dentro del parlamento la Agenda
Complementaria del TLC, 13 proyectos complementarios al TLC
que buscan adecuar las leyes nacionales a las leyes del
Tratado y que perfectamente pueden ser vistas como el
verdadero contenido del mismo (allí está la apertura del
ICE, del INS, la UPOV 91, entre otros). Es decir, el
gobierno se reserva el derecho de eventualmente aprobar un
“TLC sin TLC” aunque pierda el referéndum. Éste es
otro de los elementos del pacto entre el PAC y el gobierno,
ya que la Agenda de Implementación no está contemplada
dentro del referendo, por lo que todavía existían
posibilidades de movilizaciones para detenerla. Estas
posibilidades ahora ya no existen y será luego del
referendo que se decida el futuro de estas leyes.
Recientemente,
usando su nueva espada antipopular la Sala Cuarta y el
gobierno de Arias, pese a los contundentes argumentos jurídicos
de una serie de intelectuales y juristas de Universidad de
Costa Rica sobre la inconstitucionalidad del TLC, logró
imponer una resolución que afirmara el carácter
constitucional del CAFTA y por lo tanto la vía libre al
referéndum amañado y fraudulento, hecho a la medida del
gobierno.
La
otra parte de la tenaza es el llamado lastimero del PAC, el
Frente Amplio y el FNA a mantenerse respetuosos de la Sala y
de las “maniobras escandalosas” del gobierno para
garantizar la victoria en el referéndum.
Así
Ottón Solís, jefe del PAC,
dijo que “aceptamos esa decisión [la de la Sala
IV] que no compartimos” (La Nación,
6-7-07). En ese mismo sentido se pronunció el Frente
Nacional de Apoyo, por boca de Eugenio Trejos, quien
declaró que “vivimos en un Estado social de derecho y
acatamos los fallos de la Sala” (La Nación,
4-7-07)
De
|