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Los problemas del autonomismo
Por
Claudio Katz ,
01/05/05
Resumen:
El ascenso de nuevos gobiernos de centroizquierda en Sudamérica confirma
las dificultades de los movimientos sociales para proyectarse al plano político.
El autonomismo desconoce estas limitaciones porque idealiza la resistencia
popular espontánea. No registra que las asambleas y los piquetes en
Argentina fueron insuficientes para impedir la reconstitución del poder
de las clases dominantes. Tampoco nota que los agrupamientos de lucha
expresan peculiaridades nacionales y plantean demandas antiimperialistas.
El
autonomismo desvaloriza la estrategia, la conciencia y la organización
que necesitan los oprimidos para triunfar. Descalifica la confrontación
con los opresores en el terreno electoral e ignora las restricciones de la
democracia directa. No percibe que los precarizados forman parte de la
clase trabajadora, ni toma en cuenta las tradiciones comunes que asocian a
los excluidos con los incluidos.
Renunciar
a tomar el poder condujo en el pasado a muchos fracasos. El estado es un
referente de las demandas populares y solo podría extinguirse al cabo de
un larga transición socialista. Pero este proyecto requiere el manejo y
la transformación previa de esa institución. La multiplicación de
contrapoderes no evitará la negociación con el estado para obtener
conquistas populares.
El
autonomismo pierde de vista que las cooperativas no pueden prosperar como
islotes colectivistas porque son erosionadas por la competencia. La ilusión
de gestar una economía paralela al capitalismo se basa en ciertos casos
en un diagnóstico estancacionista y en otras vertientes alienta un
programa de autoproducción que conduciría al afianzamiento del
subdesarrollo.
Los
autonomistas eluden un balance de sus antecesores anarquistas. Desconocen
la centralidad del estado porque imaginan que el poder se encuentra
disperso. Al postular que el capital depende del trabajo no captan la
preeminencia de la ofensiva neoliberal y a veces recurren al uso
excluyente de categorías abstractas que obstaculizan la comprensión de
las funciones del estado.
El análisis del capitalismo contemporáneo exige apelar a los criterios
objetivos de investigación que el radicalismo subjetivo rechaza. Celebrar
la negatividad, cuestionar las definiciones y formular preguntas sin
respuestas obstruye esta indagación. La critica a la dominación es
compatible con la formulación de alternativas y reconocer ciertas
certezas es indispensable para avanzar en un proyecto socialista.
Los problemas del autonomismo
Desde
mediados de los 90 la prédica autonomista tiene buena recepción en América
Latina. Sus teóricos son atentamente escuchados y sus propuestas prácticas
despiertan gran interés. Pero este escenario ha comenzado a cambiar con
la aparición de nuevos gobiernos nacionalistas y de centroizquierda. El
ascenso de Lula,
Kirchner y Tabaré, el afianzamiento de Chávez, el resurgimiento de Fidel
y la gravitación de López Obrador modifican el cuadro que favoreció la
expansión de las tesis libertarias.
Los autonomistas rehuyen el
alineamiento político y el encuadramiento ideológico. Comparten
sensibilidades, actitudes y proyectos, pero no sostienen una doctrina común.
Difunden una crítica moral al capitalismo desde perspectivas anti-autoritarias
y rechazan toda forma de liderazgo y estatismo. Manejan un lenguaje
libertario y defienden la autoorganización, resaltando los valores
solidarios y comunitarios. Cuestionan la participación en ámbitos
institucionales y alientan la autogestión en el terreno económico.
Pero
los autonomistas conforman un conglomerado muy heterogéneo y carecen de
voceros reconocidos como exponentes comunes de esta visión. Para encarar
el debate hay que seleccionar algunos autores que expresan las tesis más
relevantes de esa corriente. Zibechi
sintetiza gran parte de estos planteos en el plano político, porque
identifica el proyecto autonomista con la práctica de varios movimientos
sociales de la región. Postula esta asociación en su análisis del zapatismo
mexicano, el MST brasileño, el indigenismo ecuatoriano, los cocaleros
bolivianos y los piqueteros argentinos
En
el plano teórico, Negri y Holloway
son dos pensadores que han ganado renombre como referentes del
autonomismo. La caracterización del estadio imperial del capitalismo que
plantea el primer autor y la propuesta de cambiar el mundo sin tomar el
poder que desarrolla el segundo sirven de fundamento para la acción de
muchas vertientes libertarias. Pero numerosas discusiones sobre las tesis
de ambos autores han girado exclusivamente en torno a concepciones
generales sin tomar en cuenta la aplicación política de esos enfoques. Cómo
este análisis desemboca en debates muy abstractos conviene invertir la
secuencia y revisar las caracterizaciones autonomistas de ciertas
sublevaciones y movimientos de lucha recientes en Latinoamérica.
El laboratorio argentino.
La sublevación popular del 2001-03 en Argentina fue una
experiencia particularmente relevante para los autonomistas porque
interpretaron que su proyecto comenzaba a plasmarse en los organismos
surgidos durante esa rebelión. Presentaron a las asambleas barriales y a
los piquetes como ejemplos de la nueva autoorganización emancipatoria y
extendieron esta valoración a los clubes de truque, las fábricas
recuperadas y los colectivos contraculturales.
Pero la irrupción de estos ensayos de construcción popular
no impidió que el viejo sistema político se reconstituyera en tiempo récord.
La recomposición burguesa debilitó a las asambleas y a los piquetes y
atenuó la expectativa en un desenvolvimiento imparable de la acción
popular. Las clases dominantes desactivaron la demanda democrática
inmediata (“Qué se vayan todos”) a través de un encauce
institucional que la revuelta no logró contrarrestar.
Los autonomistas no registran que los opresores aprovecharon
las limitaciones de una sublevación aguerrida, pero carente de organización,
liderazgo y conciencia popular. Más bien celebran estas dificultades como
un signo de frescura del levantamiento (“una fiesta sin programa, ni
objetivos” ).
Las asambleas surgieron cuándo el agrietamiento de las
instituciones transformó la propaganda neoliberal contra los políticos y
la representación, en una radicalizada movilización contra todo el régimen.
Canalizaron la participación popular en los momentos de mayor sublevación,
pero decayeron cuándo la clase dominante recuperó las riendas del
sistema. Muchos autonomistas omiten este balance, olvidando que los
oprimidos no pueden construir una alternativa emancipatoria si no
desarrollan un proyecto político propio. No le asignan relevancia a este
obstáculo, porque consideran que los movimientos sociales tienden a
construir una nueva sociedad bajo el impulso espontáneo de la rebelión.
Esta visión se extiende a la caracterización de los
piqueteros como gestores de formas paralelas de organización social.
Muchos autonomistas los observan como constructores de circuitos políticos
y económicos alternativos y por eso interpretan que los piqueteros “no
quieren ser obreros, ni ciudadanos”.
Pero la experiencia de los últimos años no corrobora esta
caracterización. Los piqueteros siempre buscaron confluir con el resto de
los oprimidos y generalizaron las marchas a los centros de las ciudad para
evitar su reclusión en localidades aisladas.
Es falso suponer que los piqueteros no quieren volver al
trabajo formal o que han construido su identidad en oposición a lo
operarios. Esta creencia choca con el sentido de las demandas y las
acciones de los desempleados. Siempre reclamaron subsidios de
supervivencia y reinserción laboral. En sus movilizaciones demandan
trabajo genuino y salarios dignos.
Durante la rebelión popular florecieron muchas variedades de
la organización económica propuesta por el autonomismo. De estas
opciones, los clubes de trueque fueron particularmente efímeros porque
retrotraían el comercio a formas primitivas. El trueque solo perduró
bajo el impacto coyuntural de la devaluación y a la emisión de monedas
provinciales y se diluyó con la reconstitución de la circulación de las
mercancías.
El fervor que despertaron otros emprendimientos también
tiende a disminuir bajo el efecto de la reactivación económica. La presión
competitiva del entorno capitalista afecta especialmente a los talleres
autogestionados. Algunos autonomistas perdieron de vista el carácter
defensivo de estos organismos, que emergieron con fines de supervivencia
en el cenit de la crisis. Como el principal objetivo de estas iniciativas
era conservar alguna fuente de ingresos en medio de la catástrofe
comenzaron a decaer al concluir la depresión.
Pero muchas panaderías, comedores y huertas persisten porque
fueron creaciones de la lucha popular. Se gestaron sin apoyo oficial y con
el sostén exclusivo de la comunidad. Ya forman parte de la tradición de
resistencia porque demostraron que los desocupados no son holgazanes y
seguramente podrían apuntalar el desarrollo de un programa popular de
recuperación económica. Pero no generan empleo en gran escala, ni
proveen ingresos al grueso de la población y esta limitación es ignorada
por muchos autonomistas.
Las empresas recuperadas constituyen otro logro mayor de la
rebelión. Libraron una dura batalla contra los jueces, gobiernos y ex
propietarios que intentaron desalojarlas o asfixiarlas económicamente.
Sobrevivieron a la represión, a los atropellos judiciales y al ahogo
financiero, ilustrando como se pueden gestionar las empresas sin la
presencia de los patrones.
Pero ciertos autonomistas olvidan que estas compañías
operan en un reducido segmento del universo laboral y no deben ser
idealizadas. Omiten las dificultades creadas por la presión del gobierno
para convertirlas en pequeñas firmas capitalistas. Las empresas
recuperadas pueden desarrollarse y apuntalar un proyecto emancipatorio.
Pero es equivocado concebirlas como islotes libertarios dentro del
universo capitalista.
El imaginario regional.
Los autonomistas extienden su visión romántica de la rebelión
de Argentina al conjunto de los movimientos sociales de Latinoamérica.
Con esta proyección frecuentemente ignoran las dificultades de esas
organizaciones para trasladar sus reivindicaciones al plano político.
Los autonomistas eluden discutir porque los representantes de
las clases dominantes se apropian del esfuerzo de muchos movimientos
populares. No asignan importancia a los escollos que afrontan los
indigenistas de Ecuador, los asentados de Brasil o los cocaleros de
Bolivia frente a las traiciones, giros neoliberales y agresiones
derechistas de los gobiernos surgidos de sus revueltas. Difunden una
imagen idílica de los movimientos sociales, suponiendo que estos
agrupamientos avanzan saltando todos los obstáculos.
Los autonomistas confían en la suficiencia de la lucha
social y descalifican la
necesidad de un proyecto político socialista de los oprimidos. Consideran
que la experiencia acumulada en la acción popular conduce a la maduración
espontánea de los sentimientos anticapitalistas de la población.
Pero si fuera tan sencillo el MST de Brasil no se vería
obligado a lidiar con la decepción creada por Lula y los piqueteros no se
habrían fracturado frente a las maniobras de cooptación que instrumenta
Kirchner. Tampoco el zapatismo se vería obligado a intervenir en la
crisis desatada por el intento de proscripción de Lopez Obrador.
La imagen autonomista del zapatismo como un emergente espontáneo
de la lucha indigenista no toma en cuenta la intensa preparación de una
fuerza, que tardó diez años en salir a la superficie con acciones
guerrilleras que exigían entrenamiento y trabajo político previo. Los
zapatistas han reclamado el reconocimiento legal de los derechos de los
pueblos indígenas, enfrentando el cerco represivo y desenmascarando las
trampas del gobierno.
En ningún caso la experiencia o la identidad forjada en la
lucha han bastado para resolver dilemas políticos de Latinoamérica. Las
repuestas no surgen de la dinámica auto-generada por cada movimiento.
Para hacer frente al aceitado dispositivo de dominación que manejan los
opresores, las organizaciones populares necesitan apuntalar la conciencia
antiliberal, antiimperialista y anticapitalista de los oprimidos. Los
capitalistas acumulan siglos de experiencia en engaños y represión y ese
adiestramiento no puede simplemente contrarrestado con la acción espontánea
desde abajo.
Identidades, naciones y conciencia.
Al presentar a las Madres de Plaza de Mayo, los piqueteros,
los asentados, los indigenistas y los zapatistas como expresiones de un
mismo proyecto, algunos autonomistas recurren a una homogenización
forzada.
Olvidan que el contexto, las tradiciones y las demandas en juego
diferencian la acción de estos agrupamientos.
La presentación de los piqueteros como “zapatistas
urbanos” es por ejemplo equivocada, ya que reclamar trabajo genuino no
es lo mismo que bregar por el reconocimiento de los derechos indígenas.
Ambas reivindicaciones se distinguen a su vez de la exigencia de justicia
contra la impunidad o del pedido de tierras para el cultivo cooperativo.
En un sentido general todas las demandas populares presentan aspectos
semejantes y aristas convergentes, pero al mismo tiempo expresan la
historia específica de cada país y responden a condiciones políticas
muy diferenciadas.
El autonomismo reivindica correctamente el uso de la acción
directa como un rasgo de los nuevos agrupamientos de lucha. Pero no
observa que complementan la utilización de este recurso con legítimas
negociaciones y maniobras. Estos movimientos valoran el sentido de
comunidad y apuntalan los principios de solidaridad, pero esta conducta se
encuentra incorporada a todas las acciones colectivas de las clases
oprimidas. Lo novedoso solamente radica en como se renueva esa tradición.
Todos los integrantes de los movimientos sociales detentan la
misma condición de explotados u oprimidos por el capitalismo. Pero no
comparten una identidad común. Esta pertenencia –que deriva de la forma
en que se conciben a sí mismos- es un producto singular de cada lucha y
emerge de la resistencia contra determinados atropellos (pérdida del
empleo, carencia de tierra, humillación étnica). En estas movilizaciones
se generan articulaciones sociales también peculiares (desocupado,
asentado, indio, víctima de la represión) que el autonomismo amalgama
bajo un denominador común.
Cada movimiento social presenta una vinculación con
tradiciones nacionales que el autonomismo tiende también a soslayar. No
logran reconocer estas peculiaridades porque frecuentemente estiman que
“la lucha anticapitalista no se
puede abordar en términos nacionales”.
Algunos incluso consideran que “el capitalismo aprendió a superar las
fronteras nacionales” o que es “estúpido” concebir la resistencia
con los moldes de la “izquierda localista”.
Este enfoque conduce a al transnacionalismo abstracto. Algunos teóricos
incluso suponen que la expansión global del capital ha instaurado enlaces
mundiales entre los oprimidos y que las reivindicaciones nacionales de la
periferia son obsoletas.
Esta visión choca con el sesgo antiimperialista que
caracteriza a las demandas de todos los movimientos de lucha en América
Latina. Este cariz es particularmente visible en una región que padece
los dramáticos efectos de la dependencia comercial, las transferencias
financieras hacia el exterior, el subdesarrollo industrial y la depredación
de los recursos naturales.
Al desconectar la resistencia popular de sus raíces
nacionales se tiende a ver “luchas horizontales” y uniformes dónde
predomina la heterogeneidad. Si las turbulencias sociales de los últimos
años han sido tan desiguales y discontinuas es porque se ajustan a la
historia singular de cada pueblo y reflejan la intensidad regional
diferente de cada crisis capitalista.
Esta diversidad realza la relevancia de las cuestiones políticas
que muchos autonomistas diluyen en la lucha social.
Olvidan que los proyectos de emancipación no brotan espontáneamente,
sino que requieren programas específicos, enlaces entre reivindicaciones
mínimas y máximas y estrategias de poder frente a las grandes crisis.
Esta necesidad volvió a verificarse en las rebeliones que
condujeron a la caída de los presidentes neoliberales en Argentina,
Ecuador, Bolivia o Perú, sin
generar un reemplazo popular. La construcción de esa alternativa exige
conciencia política y maduración ideológica de las clases dominadas,
porque los valores de solidaridad que emergen en la acción reivindicativa
no alcanzan para derrotar a los opresores. Estos sentimientos de cooperación
quedan sujetos al vaivén de la lucha y coexisten con presiones opuestas
hacia la adaptación conformista.
Por eso los avances en la organización popular surgidos de
la movilización social no perduran espontáneamente durante los reflujos.
En esos períodos coexisten las secuelas de la resistencia con su
neutralización. Si los trabajadores no desarrollan una política
socialista ambos procesos perduran sin amenazar la supervivencia del
capitalismo.
Eventos, fetichismo, historia.
Algunas corrientes autonomistas proponen introducir una nueva
“antipolítica de eventos” en las formas de intervención de los
oprimidos. Apuestan a que el propio curso de los hechos alumbre un rumbo
de emancipación.
Pero esta propuesta convoca a la improvisación para enfrentar a un
adversario que cotidianamente perfecciona sus mecanismos de su dominación.
Este culto al espontaneismo contradice los propios llamados
autonomistas a la participación. Por un lado auspician mayor
involucramiento y reflexión popular, pero por otra parte estiman que la
propia acción es suficiente para gestar resultados favorables para los
dominados.
El autonomismo desconoce que los trabajadores necesitan tácticas
y programas para desenvolver un camino anticapitalista. Estos recursos son
imprescindibles para caracterizar situaciones, clarificar relaciones de
fuerza, detectar eslabones débiles, evaluar crisis y actuar en coyunturas
revolucionarias. Esta política socialista es también un instrumento para
contrarrestar el repliegue individualista que promueve el neoliberalismo.
Acciones de este tipo permitirían desenvolver una praxis
emancipatoria frente a la alienación que recrea el capitalismo. Holloway
subraya acertadamente que el fetichismo generado por este sistema no solo
encubre la explotación, sino que también desata reacciones liberadoras
de los oprimidos. Pero reduce estas resistencias a conductas
antimercantiles espontáneas (“el niño que se olvida de pagar “) o a
expresiones básicas de la rebelión (“el trabajador que resiste”).
Omite que a partir de estos comportamientos resulta posible experimentar
solo formas efímeras de liberación. Para desembarazarse de la tiranía
capitalista, los explotados necesitan ir más allá de la
“antifetichización constante” que subraya Holloway y deben incorporar
una práctica política socialista.
Muchos autonomistas ponderan más los ensayos de vida
comunitaria que la actividad política sistemática. Valoran las vivencias
del presente y prestan poca atención a las lecciones de cada lucha. Por
eso desestiman la historia y hasta postulan la inutilidad de la memoria
popular.
Holloway
teoriza esta hostilidad al identificar la historia con “discusiones
interminables y aburridas” o con una “coartada para no pensar”.
Incluso convoca a “escupir la historia para pensar el presente” y
propone “no hacer monumentos”. Llama a “destrozar los monstruos que
hemos creado”, argumentando que la “revolución nos toca a nosotros y
no a los muertos o a quiénes no han nacido”. ¿Pero “escupir la
historia” no es contradictorio con reivindicar el emblema zapatista, que
sintetiza un siglo de luchas campesinas ?
Holloway observa el pasado como una abyección sin notar que
esa fobia conduce a sepultar todas las tradiciones de los oprimidos. Si
las clases populares pierden las huellas de su resistencia quedan sin
historia y son atrapadas por el universo ideológico de los dominadores.
Los explotados necesitan recordar sus victorias y derrotas porque el
presentismo absoluto conduce a eternizar al capitalismo. Si “escupen su
historia” destruyen la herencia que los habilita para afrontar los desafíos
actuales.
Excluidos e incluidos.
La tajante separación entre incluidos y excluidos es otro
ejemplo de una descalificación de tradiciones de lucha, en este caso
compartidas por ambos sectores. Muchos autonomistas identifican al primer
conglomerado con posturas conservadoras y al segundo con actitudes
liberadoras. En la Argentina este contraste apareció por ejemplo en la
descripción de los piqueteros como “indios de la sociedad
industrial”, que se rebelan frente a la pasividad de los trabajadores
ocupados.
Esta visión observa fracturas dónde hay continuidades
porque el método del piquete (cortar la ruta, barricadas) proviene de las
huelgas y fue aplicado por dirigentes de los desocupados con gran
experiencia sindical. Ese adiestramiento explica porqué surgió un
movimiento tan pujante de desempleados organizados y porque los sindicatos
retoman el piquete en su actual lucha salarial. Los desempleados,
precarizados y obreros industriales comparten una historia de movilización,
que no desapareció con la pérdida del empleo o la informalización.
Muchos autonomistas tienden a reivindicar a los excluidos de
Latinoamérica como sujeto social diferenciado de la clase trabajadora.
Algunos realzan esta distinción porque interpretan que la izquierda
despreció a los campesinos y a los desocupados.
Otros consideran que “la rebelión desde los márgenes” se desenvuelve
con estilos muy diferentes al movimiento obrero clásico.
El punto de partida de esta evaluación es subrayar como la
desindustrialización modifica la configuración clasista de la región,
desplazando los conflictos hacia áreas rurales o urbano-marginales. Los
autonomistas también resaltan el despertar de los pueblos indígenas y la
irrupción de una nueva generación desplazada del trabajo formal.
Estas caracterizaciones registran adecuadamente los brutales
cambios que provocó la apertura importadora, la capitalización del agro,
la amputación de numerosas industrias y el retroceso en el mercado
mundial. Pero del reconocimiento de estas transformaciones no se deduce la
vigencia de un cambio radical de protagonistas en la batalla social. Los
autonomistas no observan que el mapa de la resistencia en Latinoamérica
es muy diverso y diferenciado. La gravitación rural en las regiones
andinas coexiste con la preeminencia de los asalariados urbanos en el Cono
Sur y con la presencia relevante de los empleados públicos en todos los
países.
Lo más significativo de este proceso es la mixtura de
tradiciones entre sujetos sociales que comparten sus métodos de lucha. Al
resaltar el papel de los excluidos en desmedro de los trabajadores
formales se diluye esta multiplicidad y convergencia.
Muchos autonomistas utilizan el término de excluido para
describir la situación de los desocupados y asalariados informales. Pero
también recurren a esta denominación para clasificar a los precarizados
fuera de la clase trabajadora. Esta visión implícitamente reduce el
proletariado a los obreros industriales. Olvida que los informales forman
parte de una clase social explotada a la que pertenecen todos los
asalariados que viven de su trabajo. Al visualizar a los excluidos como
sujetos sociales diferenciados se tiende a minimizar sus afinidades con el
conjunto de la población laboriosa.
Esa separación diluye además la gravitación que tienen los
trabajadores ocupados en los sectores más estratégicos de la economía.
Las acciones de este segmento golpean más frontalmente los cimientos de
la dominación, porque afectan directamente las ganancias vitales de los
capitalistas. En cambio otras resistencias populares que tienen menor
impacto sobre esos resortes pueden ser neutralizadas con mayor facilidad.
Por eso las huelgas en el transporte, los bancos o en ciertas fábricas
tienen efectos superiores a las protestas de los desempleados o los
trabajadores informales. Esta distinción difiere en cada época y país,
pero constituye un rasgo clave del capitalismo. Por eso la derrota de las
clases dominantes exige una participación decisiva de la clase
trabajadora ocupada.
Los autonomistas magnifican el papel de los excluidos en
desmedro de los asalariados tradicionales, porque atribuyen mayor peso a
las relaciones de dominación que a las formas de explotación. Pierden de
vista que el centro neurálgico de la reproducción capitalista se ubica
en la extracción de plusvalía. Por esta razón tienden a retomar ciertas
nociones del posindustrialismo e interpretan el repliegue del movimiento
obrero tradicional como un síntoma de la declinación estructural del
trabajo. Olvidan que cualquiera sea la deslocalización o los cambios en
el proceso laboral, sin asalariados explotados el capitalismo dejaría de
existir y en ese escenario perderían sentido todos los debates que ha
planteado el autonomismo.
Democracia, horizontalidad, elecciones.
La defensa de la lucha social en desmedro de la acción política
induce a muchos autonomistas a promover la expansión de un
“antipoder” exterior al marco institucional burgués. Pregonan
construir esa alternativa por medio de la democracia directa, con métodos
horizontales y evitando todo tipo de jerarquías. Pero no presentan
evidencias de la instrumentación de estas propuestas, ni toman en cuenta
los obstáculos que enfrentan esos mecanismos.
Estas dificultades han sido por ejemplo reconocidas por
muchos militantes
autonomistas que participaron en las asambleas barriales de Argentina. Allí
se verificó que la ausencia de normas deliberativas, la falta de
criterios para adoptar decisiones por mayoría son tan nocivas como la
prescindencia de la delegación.
Es indudable que la autoorganización cumple un rol decisivo
en cualquier irrupción popular, pero la experiencia indica que esa
intervención decae en los períodos de reflujo. Por eso resulta necesaria
la organización popular estable, continua y apuntalada por formas de
representación indirecta. Solo a pequeña escala local pueden soslayarse
esas mediaciones.
El
funcionamiento de la economía contemporánea y la complejidad de las
disyuntivas políticas que afronta la sociedad actual exigen recurrir a la
delegación y al uso de instrumentos legislativos. Las distintas formas de
la democracia directa que propone el autonomismo solo podrían contribuir
de manera complementaria a la organización de la sociedad en un proceso
de construcción socialista.
El autonomismo contrapone la ampliación de las formas
comunales a las instituciones del régimen burgués. Por eso habitualmente
se opone a participar en las elecciones, concurre a desgano a ciertos
comicios y solo interviene explícitamente cuándo percibe una grave
amenaza derechista.
Pero en estos casos no sostiene a los candidatos del movimiento social,
sino a los exponentes del “mal menor” del mismo régimen opresor. Este
antielectoralismo desconoce el rol que juegan los comicios en el
adiestramiento para la creación futura de una verdadera democracia en un
gobierno de los trabajadores.
Holloway
tiene razón al denunciar que bajo el capitalismo la igualdad ciudadana
formal encubre la desigualdad social real. Pero constatar esta contradicción
constituye apenas un punto de partida. La dominación que ejercen los
banqueros y empresarios no desaparece, ni se debilita ignorando el impacto
que tienen las elecciones sobre la mayoría popular. En casi todos los países
de Europa y América la población se encuentra capturada por los
mecanismos de la dominación burguesa. Por eso en lugar de ignorar este
efecto conviene buscar caminos para emancipar a los oprimidos de esa
influencia.
Con su abstención los autonomistas permiten a las clases
dominantes maniobrar sin contrincantes. Esta deserción es particularmente
contraproducente en Latinoamérica, porque aquí los opresores se han
desembarazado de las dictaduras ineptas y utilizan las elecciones para
encubrir la desigualdad social, descomprimir las rebeliones y reemplazar a
los presidentes.
El impacto creado por los nuevos gobiernos nacionalistas y de
centroizquierda ilustra como el abandono de la arena electoral tiene
significativas consecuencias dentro de las propias filas autonomistas. El
efecto de estas administraciones se verifica incluso en las figuras más
emblemáticas del autonomismo. Mientras que Holloway cuestiona a los
nuevos mandatarios, Negri elogia al presidente argentino y Hardt al
brasileño.
También en la Argentina los autonomistas se han dividido: algunos
observan a Kirchner como exponente de la rebelión del 2001 y otros como
su enterrador.
Hermandad o militancia.
Ciertos autores autonomistas contraponen la organización
blanda y flexible de los movimientos sociales con la estructura
verticalista que observan en la izquierda radical. Establecen un
contrapunto entre el rol integrador de las comunidades cristianas de base
y la despreocupación de la izquierda militante por los vínculos
personales. Rescatan el papel de los afectos y atribuyen mayor relevancia
a la hermandad entre los individuos que la solidaridad de clase entre los
oprimidos.
Pero este contraste describe una oposición entre dos
esteriotipos: el militante autoritario versus el activista sensible. Ubica
al dogmatismo en la izquierda y a la solidaridad en los movimientos
sociales, situando las convicciones ideológicas en el primer campo y los
impulsos éticos en el segundo. Este esquema de tipos ideales no se
verifican en ningún lado. Ni los militantes de izquierda son tan
calculadores, ni los autogestionarios son tan amigables. Reflexiones
racionales y motivaciones éticas se combinan siempre en los dos grupos
porque participan en la resistencia de los oprimidos.
Recuperar la dimensión afectiva de la lucha social
constituye una preocupación central de todos los autores autonomistas.
Abogan por retomar la preeminencia de la mirada introspectiva, pero
centrando la expectativa de esta transformación en el desarrollo de pequeñas
comunidades independizadas del entorno capitalista. Los autonomistas
convocan acertadamente a cambiar la subjetividad de los individuos sin
resignarse a esperar la maduración del “hombre nuevo socialista”.
Pero no toman en cuenta las dificultades para consumar esa mutación en
colectividades insertas dentro del capitalismo.
Algunos autonomistas son particularmente críticos con la
izquierda radical porque le atribuyen la pretensión de imponer
forzosamente sus ideas a los movimientos sociales. Objetan el
autoritarismo que observan en muchas organizaciones. Pero también suponen
que sus propias ideas convergen naturalmente con la idiosincracia popular.
Olvidan que no existen concepciones instintivamente amoldadas a los
habitantes de cada comunidad. Lo que habitualmente emerge como el
“sentido común” es solo una ideología de la clase dominante, tan
hostil al socialismo como al proyecto libertario.
Otros objetores de la izquierda radical cuestionan la
concepción leninista de construir sólidas organizaciones políticas
orientadas a promover la conciencia socialista. Consideran que esta
estrategia desprecia la capacidad autoempancipatoria de los trabajadores y
también conduce al totalitarismo stalinista.
Esta apreciación distorsiona la tesis de Lenin que proponía
construir organizaciones estables para facilitar el salto de la lucha
social hacia la acción política de los trabajadores. El líder
bolchevique también enfatizaba el rol de este agrupamiento para
confrontar con poderosos enemigos. En las condiciones de lucha clandestina
contra el zarismo promovía la organización rigurosa, pero nunca auspició
un modelo universal de acción revolucionaria. Siempre alentó la adaptación
de las formas de organización a la realidad política cambiante
(profesionalidad en ciertos períodos y flexibilidad en otros).
Presentar a Lenin como un precursor de masacres es una
caricatura liberal. Si se interpreta que cualquier disciplina desemboca en
el terror habría que objetar toda forma de estructuración colectiva,
incluyendo las que adoptan los movimientos sociales que aprueban los
autonomistas.
Reconocer esta importancia de la organización no implica
ignorar que la autoproclamación y el culto al partido son deformaciones aún
vigentes de muchos agrupamientos de izquierda. Este vanguardismo sustituye
con recetas preconcebidas el proceso de construcción de una alternativa
socialista. Pero el paternalismo no es un defecto exclusivo de la
izquierda, sino un rasgo habitual en formaciones políticas de distinta
extracción. La peculiaridad de los militantes socialistas es su
compromiso con la lucha por construir una sociedad sin explotadores, ni
explotados. La hostilidad hacia la izquierda radical de los autonomistas
que comparten este objetivo emancipatorio carece de justificación.
Como no tomar el poder.
“Cambiar el mundo sin tomar el poder” es el proyecto
estratégico de muchos autonomistas. ¿Pero cómo se elude al estado? ¿Cómo
se evita al referente de cualquier demanda popular ? El estado puede ser
combatido o reformado, pero nunca ignorado. Todos los reclamos de los
movimientos sociales están dirigidos a esa institución. Los zapatistas
demandan al Congreso una legislación para los pueblos indígenas, los
piqueteros exigen al Ministerio de Trabajo subsidios de desempleo y el MST
plantea al Parlamento la expropiación de tierras para legalizar los
asentamientos. En los países desarrollados los inmigrantes “sin
papeles” reclaman derechos de ciudadanía (Francia) y los ocupantes de
viviendas piden una legislación social (Gran Bretaña). Estas últimas
demandas son particularmente “estatalistas”.
Algunos movimientos logran imponer sus peticiones y otros sólo
consiguen conmover a la sociedad. Pero el resultado de las exigencias en
juego se mide por las respuestas obtenidas del estado. ¿Habría que
modificar el destinatario de estas exigencias ? ¿Correspondería dirigir
las reivindicaciones a otras instituciones? El autonomismo no brinda
respuestas y algunos autores explícitamente declaran su desconocimiento
de caminos alternativos.
Pero esta ignorancia no es un problema menor. En las batallas
por el poder se juega el destino de millones de individuos. Son
confrontaciones dramáticas que implican grandes sacrificios. Los aciertos
se premian con grandes conquistas y los fracasos se pagan con sangre,
dolor y frustración. Por eso convendría invertir el interrogante
autonomista y preguntarse por las consecuencias de no tomar el poder. Si
el capitalismo es responsable de tantas catástrofes bélicas,
padecimientos sociales y sufrimientos cotidianos es porque muchos
movimientos revolucionarios renunciaron al poder. Aceptaron la continuidad
del sistema burgués o delegaron el gobierno en políticos que
reconstruyeron ese régimen.
Holloway
alerta contra cualquier forma de poder porque interpreta que su ejercicio
reproduce la opresión. Pero no toma en cuenta que eludir el manejo del
estado conduce a preservar el status quo y a consolidar las penurias de
los desposeídos. Si se quiere cambiar el mundo no basta con rechazar al
estado. Hay que buscar estrategias para extinguirlo progresivamente al
cabo de un proceso de transición socialista y esta transformación
necesariamente debería comenzar por el establecimiento de un nuevo estado
administrado por la mayoría popular.
La propuesta de cambiar el mundo sin tomar el poder
descalifica un camino sin indicar otro. Por eso transmite una amarga
sensación de impotencia. Reivindica la insubordinación y la rebeldía,
pero nunca sugiere cómo triunfar en la dura batalla contra la opresión.
Reformistas y revolucionarios.
Prescindir del estado para transformar la sociedad es un
proyecto particularmente irrealizable en Latinoamérica. Sin la mediación
estatal no habría forma de suspender los pagos de la deuda externa,
aumentar los gastos sociales, redistribuir los ingresos, introducir
impuestos progresivos, modificar los convenios arancelarios o recuperar la
propiedad pública de las empresas estratégicas.
Los autonomistas eluden esta conclusión y también soslayan
el rol central que cumple el estado en la organización de la dominación
capitalista y en la desorganización de la resistencia popular. Las clases
opresoras son plenamente concientes de la centralidad del estado y no
conciben resignar su control de ese aparato, porque saben que sus
privilegios dependen de ese manejo. Jamás lo entregarán a quiénes
postulan olvidarse de esa institución. Incluso los neoliberales coinciden
con este acérrimo estatismo. Nunca desguazaron a esa institución, sino
que modificaron sus funciones para multiplicar los subsidios a los
empresarios en desmedro de los gastos sociales.
Holloway
descalifica cualquier estrategia de transformación social que incluya al
estado y por eso considera equivalentes los más variados programas de
cambio, reforma, reemplazo o destrucción de esa institución. No observa
ninguna diferencia entre la estrategia postulada por los reformistas (Bernstein)
y el proyecto planteado por los revolucionarios (Luxemburgo). ¿Pero es lo
mismo convalidar que desafiar al sistema burgués? ¿Es equivalente
perpetuar a ese régimen que promover su erradicación ?
Durante un siglo la socialdemocracia ha reforzado el estado
capitalista, mientras que los revolucionarios lucharon contra ese
organismo (Luxemburgo, Gramsci) y lograron sustituirlo (Lenin) aunque sin
poder avanzar en su disolución (Trotsky). Si estas diferencias son
irrelevantes: ¿Cuáles son las discrepancias significativas en la acción
política ?
Los dos bandos que Holloway considera idénticamente
estatistas jamás coincidieron en el rumbo elegido para obtener las
reformas que inaugurarían un sendero de mayores conquistas. Mientras que
los reformistas postulan la negociación institucional, los
revolucionarios apuestan a la movilización popular. Las consecuencias de
estas divergencias son abismales.
Los revolucionarios impulsan las demandas populares con métodos
anticapitalistas para enlazar las reivindicaciones sociales básicas con
un proyecto socialista, que podría comenzar a aplicarse bajo el impacto
de grandes crisis. Esta alternativa, que no figura en ningún proyecto
reformista (y tampoco en el horizonte autonomista), es la brújula de
cualquier intento serio de cambiar la sociedad.
Contrapoderes en la sociedad civil.
Los autonomistas rechazan tomar el poder, pero no objetan
acechar paulatinamente al estado a través de ciertos organismos de
autoorganización popular que definen de forma muy vaga. Proponen forjar
“contrapoderes territoriales” para comenzar a erigir una nueva
sociedad, a fin de estimular un “antipoder” opuesto a las
estructurales estatales.
Pero cualquiera sea la modalidad concreta que adopten esas
organizaciones siempre actuarían dentro del sistema capitalista y se verían
obligadas a negociar con los funcionarios que tanto cuestionan. Y en ese
momento trastabillaría la expectativa de eludir al estado.
Lo que nunca aclaran los autonomistas es cómo convalidarían
las conquistas que se materializan en leyes, decretos o disposiciones
oficiales. Todos los militantes involucrados en la lucha conocen por
experiencia la inconveniencia de despreciar estos logros que la clase
dominante otorga concesiones bajo la presión popular.
El autonomismo radical cuestiona con acertada severidad la
adaptación de la centroizquierda al status quo. Objeta los compromisos de
Lula, Kirchner o Tabaré con el establishment. Pero no registra que su
propuesta de gestar contrapoderes enfrentaría los mismos problemas. Tarde
o temprano, la autogestión y los bolsones de resistencia territorial
deberían definir si preservan o derrocan al capitalismo. La
centroizquierda no considera esa posibilidad y el autonomismo evita
abordarla. Si se mantiene fiel a su principio de no tomar el poder, dejará
al estado en manos de los opresores y su proyecto encontrará un techo
infranqueable.
Esta disyuntiva es muy conocida por todos los movimientos
revolucionarios que alguna vez desafiaron seriamente a la clase dominante.
Su dilema nunca fue conquistar o no el estado sino encontrar la vía para
concretar ese objetivo. Muchas veces el debate sobre las ventajas y
desventajas de tomar el poder disimula la persistencia de esa dificultad.
Al declarar la inexistencia del problema muchos autonomistas
tienden a reproducir la práctica reformista con lenguaje contestatario.
Por renunciar a un proyecto de poder terminan cooptados por las
instituciones del régimen.
Los socialdemócratas proponen modificar paulatinamente el
capitalismo sin remover los pilares económicos (propiedad) y políticos
(estado) de ese régimen social. Los autonomistas auspician desenvolver
este mismo cambio fuera de esas instituciones. Pero en ambos casos se
concibe -dentro o fuera del estado- un largo proceso de mutación del
capitalismo.
Cambiar el mundo sin tomar el poder presupone que el rodeo de
las instituciones estatales permitirá construir de a poco una sociedad
alternativa. ¿Pero cómo se evitaría en ese tránsito la contaminación
con el medio ambiente capitalista ? ¿Cómo se neutralizarían los efectos
corrosivos del dinero, la competencia y el individualismo?
El proyecto autonomista tiene puntos de contacto con el
programa liberal de apuntalar la sociedad civil frente al estado. Pero su
planteo va más allá de una segmentación entre ambas esferas porque
incluye la posibilidad de construir universos separados. Lo que no se
explica es de qué manera podría desenvolverse dentro del capitalismo una
sociedad civil sin policías, jueces, recaudadores o legisladores. Al
prescindir de una propuesta de transición socialista el modelo
autonomista carece de viabilidad.
La economía paralela.
¿Cómo se avanzaría en el plano económico hacia la
construcción de la nueva sociedad sin tomar el poder? Quiénes no rehuyen
esta indagación refugiándose en consideraciones filosóficas sugieren
tres posibilidades: consejos autogestionados, cooperativas y
autoproducción.
El primer camino plantea sustituir simultáneamente al
capitalismo y al mercado. Pero los defensores de este proyecto no indican
la forma de concretar este salto hacia las comunidades libertarias. Es
evidente que un cambio histórico de ese alcance exigiría eslabones
intermedios.
Especialmente la extinción del mercado requeriría un curso
previo de progresiva socialización, porque eliminar la propiedad privada
de los medios de producción y los mecanismos de contratación-despido de
la fuerza de trabajo, no implica sepultar abruptamente toda forma de
compra-venta. A diferencia del capitalismo (y al igual que el estado) el
mercado no puede abolirse. Solo cabe crear las condiciones para su
paulatina desaparición.
La segunda propuesta autonomista es la expansión de las
cooperativas. Pero el desarrollo de
estas entidades enfrenta el serio obstáculo de la competencia con las
grandes empresas. Esta concurrencia empuja a las cooperativas a aceptar
los criterios financieros de los acreedores, las normas laborales de los
gobiernos y las formas gerenciales del neoliberalismo. ¿Cómo evitar ese
sometimiento a las reglas de la explotación y el beneficio ? Los teóricos
autonomistas no ofrecen respuestas, porque desconocen que las
cooperativas sólo podrían florecer en un cuadro de protección de la
rivalidad devastadora que imponen las grandes empresas. Y ese escenario
solo podría gestarse en una sociedad poscapitalista.
El
proyecto de expandir islotes económicos colectivistas dentro del universo capitalista nunca prosperó.
Desde los falansterios hasta los kibutzim y las comunidades rurales
contestatarias, todos los experimentos de economía solidaria han aportado
ideas sobre la organización futura de la sociedad, pero no soluciones al
desempleo, la explotación y la miseria.
La tercera alternativa autonomista es gestar modelos de
autoproducción y autoabastecimiento local. Se plantea superar la escisión
entre productores y consumidores recurriendo a formas de gestión
“antieconómicas” que reduzcan el ritmo del desarrollo, adaptando
ciertos patrones de funcionamiento precapitalistas.
Esta visión idealiza el atraso y disocia el subdesarrollo
industrial de la miseria. Por eso postula el trueque en lugar de la
expansión fabril, la pequeña producción en reemplazo de la obra pública
y el autoconsumo en sustitución del poder adquisitivo creciente. Esta
opción autonomista afianzaría el subconsumo de la población rural y la
regresión de los trabajadores urbanos a formas perimidas de economía
natural.
El programa de autoproducción olvida que el desequilibrio
ecológico y la alienación del consumo son consecuencias del capitalismo
y no del crecimiento excesivo. Estos flagelos podrían corregirse
racionalizando la producción con mecanismos de planificación democrática.
Lo que necesita la sociedad es progreso racional y no una “antieconomía”
precapitalista que sumergiría a los pueblos en el sopor medieval. Ya
algunas experiencias de “regreso a la naturaleza” (Camboya) provocaron
traumas que perdurarán durante décadas en la memoria de sus víctimas.
Diagnóstico
estancacionista.
La expectativa de gestar comunidades autogobernadas en el
curso de una larga coexistencia con el capital se inspira en ciertos diagnósticos
estancacionistas. Algunos autores
estiman que el capitalismo no podrá neutralizar la expansión de la
autogestión porque atraviesa una mutación semejante a la registrada
durante la transición de la Antiguedad al Feudalismo. Este proceso se
caracterizó por una prolongada decadencia del mundo clásico y abrió múltiples
rumbos de evolución. El proyecto de construir bolsones de contrapoder se
apoya en esta analogía e identifica al capitalismo actual con la regresión
desindustrializadora (“ya no se volverán a instalar fábricas”) y la
degradación absoluta del trabajo (“solo acepta el trabajo esclavo de
las maquilas”).
Pero esta imagen contradice el convulsivo dinamismo que
caracteriza al capitalismo. La comparación con la Antiguedad es
inadecuada porque la expansión territorial desbordada, el estancamiento
agrario, la baja productividad del trabajo y el derroche de una casta
dominante no son rasgos predominantes de la economía contemporánea. A
diferencia del modo de producción esclavista, el capitalismo soporta
crisis cíclicas y desarrollos descontrolados, pero no la paralización
absoluta de las fuerzas productivas. Enfrenta complejas contradicciones y
no un agónico deterioro. El estancacionismo confunde paralización con
polarización productiva y equipara las desigualdades con el freno de la
acumulación.
Esta visión difiere del típico catastrofismo porque
presupone el languidecimiento y no el simple estallido del capitalismo. En
lugar de subrayar el impacto terminal de una crisis financiera terminal o
de guerras interimperialistas diagnostica una declinante quietud. Resalta
la decadencia sin pronosticar la explosión del modo de producción
actual. Por eso sugiere que esta regresión abre espacios para la
germinación de la autogestión y las cooperativas.
Pero esta imagen
de parálisis comparte con la teoría del derrumbe la caracterización del
capitalismo actual como un sistema que diluye el crecimiento y la innovación.
No observa que la sobreproducción persiste como forma predominante de la
crisis porque junto a la polarización de los ingresos se expanden la
productividad y los mercados.
Ni siquiera la “fuga del capital hacia las finanzas” que
subrayan varios
autonomistas implica depresión lineal, ya que la lógica de
la competencia obliga a recrear formas cambiantes de expropiación y
acumulación de plusvalía. Por eso una regresión industrial absoluta es
poco concebible bajo el capitalismo.
La tesis del languidecimiento explica las dificultades del
autonomismo para intervenir en la vida política, porque cualquier
estrategia o táctica debe tomar en cuenta la variabilidad de las
coyunturas económicas. Si en lugar de registrar estas alteraciones periódicas
del ciclo se percibe la vigencia de un inmutable estancamiento, no hay
forma de actuar en el escenario de cada país. Esa visión empuja hacia el
mesianismo y aleja a los autonomistas de un proyecto anticapitalista
efectivo.
El antecedente anarquista.
Muchos autonomistas reconocen su afinidad con el anarquismo,
reivindican esa tradición y consideran obsoletas las viejas diferencias
con el marxismo. Pero como no trazan un
balance de esa corriente tampoco registran los errores de sus precursores.
Los anarquistas no pudieron sostener en forma consecuente
durante los siglos XIX y XX su rechazo a cualquier contacto con el estado.
Por eso terminaron negociando -especialmente en el terreno sindical- con
la principal institución de la clase dominante. Tampoco lograron explicar
cómo se podría eliminar abruptamente la opresión estatal y sus
experimentos comunitarios no fueron exitosos. Este fracaso fue muy notorio
en los ensayos colectivistas de España durante los años 30.
El autonomismo no reflexiona sobre estas dificultades y también
retoma el abstencionismo electoral que los anarquistas debieron suspender
en los momentos críticos. En esas circunstancias asumieron
responsabilidades directas de gobierno (Frente Popular español) y
justificaron el desvío del proyecto antiestatalista por la
excepcionalidad de la amenaza fascista. Pero omitieron que justamente en
las coyunturas anormales se verifica la coherencia de un principio.
El anarquismo
objetaba el liderazgo y alentaba la organización horizontal. Sin embargo
recurrió a la aceptación pragmática de estructuras sindicales y políticas
sólidas (anarco-sindicalistas) y forjó agrupaciones jerarquizadas y
secretas (Bakunin). El autonomismo reproduce esta contradicción. Por un
lado prescinde formalmente de la delegación, pero por otra parte aprueba
la conducción carismática que ejercen los dirigentes de muchos
movimientos sociales.
Otro punto de contacto es la reivindicación indiferenciada
de la acción de los oprimidos. Ambas corrientes desconocen la gravitación
estratégica de los sectores asalariados ocupados en actividades neurálgicas.
Entre 1864 y 1937 el anarquismo se identificó con el proletariado, pero
nunca reconoció la centralidad de la batalla contra los grandes bancos y
empresas.
En el siglo XIX el anarquismo se nutría de artesanos y
campesinos y en la primera mitad del siglo pasado se apoyó en la clase
obrera. En las últimas décadas logró cierto predicamento entre los
estudiantes y los desocupados. A este último sector se dirigen
actualmente los autonomistas como Negri que alaban el éxodo, el nomadismo
y el mestizaje, apostando al desarrollo de nuevas identidades creadas
fuera del mundo del trabajo asalariado.
Los autonomistas comparten la diferenciación interna entre
vertientes radicales y conservadoras que signó la evolución teórica de
sus precursores. En su madurez estos antecesores terminaron fracturados
entre pensadores anarco-capitalistas próximos al liberalismo y
social-anarquistas vinculados a la resistencia popular. Ciertos rasgos de
esta misma distinción se observa actualmente en el autonomismo que es una
corriente de libertarios comprometidos con la lucha social, pero que
cuenta también expresiones divorciadas de esta raíz y asociadas a
pensadores cercanos al liberalismo antiestatistas.
Las principales
corrientes actuales del autonomismo recogen la herencia cooperativista del
anarquismo. Se encuentran muy distanciados de la tradición
insurreccionalista de sus precursores, porque especialmente en Latinoamérica
el ocaso del foquismo ha provocado una declinación general de las
tendencias putchistas.
Los autonomistas suelen referirse con mucha frecuencia al
“fracaso del socialismo estatalista”, pero hablan muy poco del balance
del anarquismo. Se olvidan que esta corriente no logró participar en un
proceso revolucionario clave (nacimiento de la URSS), careció de
viabilidad como proyecto (España en 1930-40) y tampoco pudo reconstruir
su movimiento (entre 1968 y el ascenso neoliberal).
El autonomismo contemporáneo no retoma a Prohudon o Bakunin.
Su indefinición teórica dificulta evaluar cuáles serían los puntos de
convergencia actuales con el marxismo. Es muy aventurado caracterizar que
las viejas diferencias perdieron sentido. Existen terrenos de coincidencia
en la acción y también afinidad de objetivos emancipatorios. Pero lo
importante es registrar que tipo de aproximación se verifica en la práctica
política. Y en el caso latinoamericano las divergencias no son menores.
Las contradicciones del
operaísmo.
Tanto Negri como Holloway desarrollan la tesis de la
corriente operaísta que desde los años 70 postuló dos conceptos: la
primacía de la lucha de clases en el análisis social y la creciente
dependencia del capital hacia el trabajo. Particularmente Holloway resalta
la vulnerabilidad de los opresores frente a la insubordinación popular y
describe como los explotadores se encuentran acorralados por la rebeldía
obrera. Su conocida proclama resume esta visión: “ellos dependen de
nosotros, porque la opresión es frágil y nosotros somos todopoderosos”.
Utilizando el mismo esquema analítico Negri
atribuye la aparición del
keyenesianismo y el surgimiento de la globalización a la lucha de la
clase obrera. Interpreta cada cambio del paradigma capitalista como una
adaptación de la burguesía a la insurgencia popular. Por eso considera
que la acción del proletariado determinó el pasaje del liberalismo al
estado de bienestar, del fordismo al posfordismo y de los estados
nacionales al imperio.
Pero este enfoque choca con todas las interpretaciones del
neoliberalismo que acertadamente subrayan lo contrario: la ofensiva del
capital sobre el trabajo. Es evidente que desde la irrupción thatcherista
las clases dominantes recuperaron la iniciativa y propinaron
significativos golpes a los asalariados. Aunque este proceso no ha sido
uniforme y enfrenta serias resistencias (especialmente en América
Latina), es un completamente desacertado evaluar que “somos
todopoderosos”. Incluso en un sentido alegórico la frase sugiere todo
lo contrario a lo que realmente sucede. La burguesía -a escala global- no
se encuentra de ninguna manera abrumada por ofensivas populares.
Es cierto que el keyensianismo fue en gran medida un
resultado de las demandas sociales de posguerra. Pero el neoliberalismo
refleja un proceso opuesto de arremetida patronal. Los capitalistas
recuperaron confianza con el debilitamiento de los sindicatos, el reflujo
de la clase obrera y la crisis del proyecto socialista.
La visión operaísta olvida que el principio básico del
capitalismo es la vigencia de un sistema de explotación, basado en la
propiedad privada de los medios de producción. En este régimen ellos no
dependen de nosotros. Al contrario, los empresarios tienen la facultad de
contratar y despedir trabajadores bajo las reglas compulsivas del mercado
laboral. Dentro del capitalismo la lucha obrera puede limitar pero no
revertir esta dominación. Ni siquiera en los períodos de mayor
insubordinación popular los trabajadores pierden su condición de
explotados.
Explicar la dinámica
del capital partiendo exclusivamente de la resistencia obrera conduce a
dificultades teóricas y empíricas insuperables. El enfoque operaísta
nunca logra establecer demostraciones consistentes de la dependencia del
capital hacia el trabajo. Un ejemplo de estos problemas es la explicación
autonomista de la “fuga del dinero hacia las finanzas” bajo el impacto
de la insubordinación obrera.
Este tipo de escapatorias solo se verifica en situaciones
excepcionalmente caóticas o revolucionarias. Ninguna transformación
financiera contemporánea -desregulación, globalización o gestión
accionaria- ha sido producto de sublevaciones populares. Estos cambios se
concretaron en condiciones de ofensiva neoliberal y no bajo la presión
del “poder del trabajo”.
La huida sostenida del capital hacia las finanzas ni siquiera
puede concebirse en términos hipotéticos, porque en esa eventualidad se
agotaría la extracción de plusvalía que sostiene al sistema. La fuga
del capital es una noción vaga y exenta de fechas. Sugiere, además, una
escapatoria que es inmune a las fluctuaciones cíclicas de la acumulación
y por lo tanto alude a situaciones inexistentes e improbables.
Multipoder y derivación.
Ciertas vertientes del autonomismo se nutrieron de la crítica
al estatismo socialdemócrata. En oposición a la confianza en la
plasticidad del estado para favorecer el progreso y la igualdad remarcaron
que esta institución se encuentra “inmersa en relaciones sociales
capitalistas” que impiden esa deseable evolución.
También demostraron la inconsistencia de las expectativas keyensianas en
un retorno al estado de bienestar y la incoherencia de venerar un estado
social europeo, que atraviesa una significativa mutación hacia el
neoliberalismo.
Pero en su afán por resaltar los límites de la autonomía
estatal, Holloway se desliza hacia el otro extremo y desconoce que las
clases dominantes controlan la sociedad, porque cuentan con una institución
que les permite no solo someter a los oprimidos, sino también
cohesionarse, ordenar la reproducción y acotar sus rivalidades.
El estado no se limita a operar dentro de ciertas relaciones
sociales. También actúa separándose parcialmente de ese universo a través
del manejo cotidiano del poder por parte de una burocracia, cuya expansión
consagra la fractura estable del estado con el conjunto de la sociedad.
Los teóricos autonomistas proponen cambiar la sociedad sin
tomar el poder porque desconocen que el dominio burgués se concentra en
ciertas áreas que aseguran la reproducción del capital. Consideran que
el poder se encuentra diseminado en múltiples geografías, imprecisos
espacios y lugares no identificables. Esta ausencia de
localización conduce a otros teóricos a invalidar la teoría del
imperialismo.
Pero si el poder se encuentra tan fragmentado: ¿Por qué
predomina un ordenamiento geopolítico jerarquizado a escala global ? Es
evidente que las fuerzas miliares que sostienen a este edificio se
condensan en estructuras centralizadas. No es muy compatible suponer, por
un lado, que el “poder está en todas partes y en ninguna” y
reconocer, por otra parte, la presencia mundial dominante del Pentágono.
Es evidente que las clases explotadoras gobiernan a través de estados
gigantescos y no mediante dispersos micropoderes.
La visión autonomista
del estado que postula Holloway recoge también ciertas tesis de la
concepción derivacionista que utilizaron algunos marxistas en los años
70 para refutar al reformismo. Se proponían extender al estado el patrón
de estudio que se aplica al análisis de la acumulación, recurriendo a
una investigación basada en la lógica del capital.
Esta concepción contribuyó a esclarecer ciertas
especificidades capitalistas del estado, pero olvidó que el nivel de
abstracción utilizado por Marx para indagar el capital en general, no
puede proyectarse directamente al estudio del estado. Esta institución
fue la premisa histórica del modo de producción vigente, permitió
desenvolver la acumulación primitiva y su origen se remonta -al igual que
la propiedad privada- a la escisión clasista de la sociedad. El estado
surgió como aparato administrativo para monopolizar el ejercicio de la
violencia dentro de ciertas fronteras y se consolidó en la competencia
militar por el dominio de esos territorios. La visión derivacionista no
toma en cuenta este origen estatal previo al afianzamiento del capitalismo
y por eso no logra esclarecer las funciones concretas de esa institución.
Al identificarla con el capital, asemeja dos objetos de análisis que no
comparten el mismo nivel de abstracción.
Holloway se apoya en teorías del multipoder y la derivación
para ilustrar la imposibilidad de cualquier transformación social
centrada en el estado. Sugiere que la sólida
imbricación entre esta institución y la sociedad inviabiliza el
proyecto de transformar inicialmente al primer organismo para revolucionar
luego al segundo. Propugna en cambio desenvolver el antipoder desde la
sociedad para anular las potestades del estado.
Pero optar por una u otra secuencia no es indistinto. Un
proceso anticapitalista exige controlar al estado para eliminar, renovar y
crear las instituciones que permitan una transformación socialista. Este
proyecto no puede iniciarse desde cualquier lado. La centralidad que tiene
el estado para la dominación de la burguesía obliga a desactivar primero
esa fuente de opresión. Sin reemplazar un estado por otro no hay forma de
cambiar la sociedad.
Es por otra parte falso que esta estrategia conduzca a
perpetuar al estado. La meta socialista es justamente la opuesta: disolver
esa estructura opresiva a medida que se construye la nueva sociedad.
Ciertos anticipos de este proyecto tienden a aparecer durante los períodos
revolucionarios en las formas de autoadministración popular. En estas
etapas se quiebra la distancia que separa al conjunto de la sociedad
movilizada de un aparato históricamente elitista y hostil a la
participación popular.
Este rumbo emancipatorio requiere prioridades y etapas que
son desconocidas por quiénes declaran que “cualquier estado reproduce
la opresión capitalista”. Es
cierto que la triple secuencia del proyecto socialista –destruir el
viejo estado y construir otro para comenzar a disolverlo- no pudo hasta
ahora ponerse en práctica. Pero esta limitación también afecta al
planteo autonomista y no invalida el proyecto de una sociedad
poscapitalista.
Regulación y subjetivismo.
Los autores autonomistas comparten ciertos fundamentos teóricos
pero no coinciden en definiciones filosóficas o políticas. Especialmente
en los últimos años se observa una significativa escisión entre el
radicalismo subjetivo de Holloway y el regulacionismo posindustrialista de
Negri. El primer autor cuestiona la evolución teórica del segundo y
objeta el abandono del principio de insubordinación, la introducción de
criterios de clasificación y el deslizamiento hacia una visión
antihumanista, que etiqueta el pensamiento y renuncia al análisis crítico.
Efectivamente Negri dejó de lado el énfasis en la lucha de
clases, pero este abandono derivó de su intento de clarificar ciertas
transformaciones del capitalismo contemporáneo (globalización,
transnacionalización, informatización). Los errores de esta investigación
no provienen de una despreocupación por el conflicto entre el capital y
el trabajo, sino de la adopción de conceptos posindustrialistas. En lugar
de criticar estos fundamentos Holloway arremete contra los criterios de
clasificación, olvidando que estos criterios son indispensables para
cualquier estudio del capitalismo actual.
Holloway extrema la defensa de las tesis operaístas y
convoca a fijar la mirada en los ámbitos de la insubordinación popular.
Pero cuánto más se compenetra en esta esfera, más inconvenientes
encuentra para explicar la realidad económica, social y política
contemporánea. Proclama que “los oprimidos son todopoderosos” pero no
aclara las causas de semejante ímpetu. Para esclarecer la realidad actual
hay que recorrer un camino inverso de análisis del funcionamiento y las
crisis del capitalismo.
Frente al giro conservador que induce el regulacionismo de
Negri, Holloway se mantiene en un campo radical. Pero sus planteos son políticamente
nebulosas y teóricamente vagos. No logra clarificar los problemas que
aborda porque rechaza categóricamente cualquier separación conceptual
entre la esfera objetiva y subjetiva. No capta que esta delimitación
tiene propósitos analíticos y no conduce a diluir la gravitación del
sujeto. Al contrario, permite estudiar el desenvolvimiento de los
individuos desde ángulos diversos. La distinción entre las dimensiones
objetivas y subjetivas es metodológica y cumple el mismo papel que
separar las indagaciones abstractas de las concretas o las investigaciones
empíricas de las lógicas.
Es cierto que la lucha de clases ocupa un lugar central en el
análisis social, pero es equivocado obviar el marco de esa confrontación.
La batalla entre opresores y oprimidos no se auto-explica. Para
comprenderla hay que desentrañar -con el auxilio de criterios objetivos-
las peculiaridades de cada contexto capitalista. Si Marx consideraba que
la plusvalía y no la lucha de clases constituía su principal
descubrimiento es porque asignaba gran relevancia a esta forma de indagación.
La mirada centrada en el grito no alcanza para ilustrar en qué
condiciones se desenvuelven las rebeliones. Esa clarificación exige
considerar la coyuntura económica, la fuerza social de los trabajadores,
el grado de militancia y el nivel conciencia de los explotados. Analizando
la totalidad de estos procesos se explica porqué la lucha de clases
adopta mayor o menor intensidad en cada circunstancias. Como el
subjetivismo extremo no registra estos vaivenes, tiende a quedar
petrificado por la impresión de crisis perpetuas y sublevaciones
inagotables.
Aceptar la introducción de componentes objetivos en el análisis
social no implica recrear el cientificismo o el funcionalismo. Holloway
asocia la utilización de esos criterios con el “encarcelamiento del
sujeto” y el “eclipse de la acción humana”, sin notar como
contribuyen a evaluar el papel de las estructuras que condicionan la práctica
humana. Cuándo se desconoce estos determinantes, el desarrollo de los
acontecimientos parece signado por la contingencia y las explicaciones
pierden sentido histórico.
Holloway acierta al recordar que la investigación en las
ciencias sociales no se desenvuelve en entornos artificiales y que en esta
área el sujeto se encuentra directamente involucrado con su objeto de
estudio. Pero aunque la sociedad no sea un laboratorio experimental
conforma un marco que limita las posibilidades de acción de los
individuos. Si se ignora este condicionamiento histórico-social resurge
la ilusión en el libre albedrío.
Negatividad y escape.
Holloway
defiende el cuestionamiento negativo como único criterio válido para
analizar la resistencia a la dominación. Considera que cualquier
enunciación positiva malogra la carga crítica de esa indagación. Pero
esta postura le impide notar que un planteo positivo se encuentra
potencialmente presente en toda reflexión. La autogestión es un ejemplo
de estas alternativas dentro del propio enfoque autonomista. Aquí se
evidencia como la crítica no es incompatible con la enunciación de
cursos de acción.
Holloway identifica el criterio de negatividad con la rebelión.
Por eso postula que el pensamiento revolucionario nace de la ira y percibe
correctamente que en la reacción contra la injusticia fermentan los
proyectos emancipatorios. Pero confunde el punto de partida con la
maduración de esa opción. El grito solo inaugura la posibilidad de una
alternativa. No asegura su desenvolvimiento, ni su realización.
El temor a que una formulación positiva diluya la indignación
contra la opresión fue históricamente desmentido por todos los
pensadores revolucionarios, que partiendo de una experiencia rebelde
desarrollaron una praxis complementaria de teoría y acción.
No es cierto que “cuánto más estudiamos más disipa
nuestra negatividad”. Al contrario una práctica
sin correlato reflexivo tiende a desgastar las energías críticas, porque
el grito en sí mismo no alumbra una concepción renovadora, ni orienta un
curso anticapitalista.
La imagen que presenta Holloway de “la revolución como una
fuga” no es solo una figura poética. Representa una forma de encarar
las encrucijadas sociales soslayando la política. Este escape conduce a
sustituir los dilemas tácticos o estratégicos por reflexiones filosóficas.
Holloway argumenta que su aporte es teórico, pero extrema tanto el
divorcio de esa reflexión con la aplicación política y la verificación
histórica, que termina exponiendo un pensamiento completamente abstracto.
La figura de la huida es celebrada por muchos autonomistas.
Esa reivindicación coincide con la fascinación por los marginados, que
son frecuentemente vistos como artífices de la nueva sociedad.
Para Negri
los desertores, los refugiados y los nómades conforman una multitud que
reemplaza al proletariado, al pueblo y a los explotados como sujeto social
transformador. Pero al sugerir que la emancipación emergerá de ese
exilio su peregrinación liberadora termina excluyendo al grueso de la
sociedad.
Preguntas y respuestas.
Entre los autonomistas es muy corriente reivindicar la duda
como un gesto virtuoso y presentar el interrogante eterno como un mérito.
Olvidan que nadie está obligado a salir del anonimato si estima que sus
ideas no maduraron y también omiten que los interlocutores de cualquier
intervención siempre esperan escuchar algo relevante, incomprendido o
ignorado.
De esa forma progresa el pensamiento desde hace varios siglos
y si los autonomistas ocupan cierto espacio en el debate social contemporáneo
es porque también ofrecen caracterizaciones y propuestas. No se limitan a
“preguntar caminando”. Difunden un proyecto de autogestión,
construcción de cooperativas y organización horizontal.
La enfática defensa de la incertidumbre es una reacción
contra el dogmatismo que caracterizó (y aún predomina) en varias
corrientes de la izquierda. Esta rigidez es contraproducente y conduce a
la mera repetición de modelos preestablecidos. Pero este escollo que no
se supera anunciando la total ignorancia de rumbos emancipatorios. Con ese
tipo de mensajes se avala la creencia neoliberal en la ausencia de
alternativas al régimen actual.
Es cierto que las respuestas sin preguntas de los
doctrinarios generan simples reiteraciones. Pero las preguntas sin
respuestas sólo crean nuevos enigmas. De la pura incógnita no emerge el
diálogo, ni el cruce de argumentos. La falta total de certezas impide
desarrollar conceptos y en lugar de estimular la creatividad o el espíritu
rebelde conduce al descreimiento agnóstico.
Las definiciones no son etiquetas, ni obstruyen la rebelión.
Son instrumentos para esclarecer ideas y ordenar nociones. La fobia contra
esta organización del pensamiento es tan nociva como el reduccionismo que
cuestiona Holloway. El conocimiento científico y el uso de criterios analíticos
objetivos no son resabios del “ultraracionalismo de la izquierda“.
Son instrumentos para comprender la realidad y permiten dilucidar ciertas
verdades que no surgen de la experiencia inmediata.
Reconocer la importancia de ciertas respuestas no implica
aceptar un destino teleológico. Este fantasma preocupa a muchos
autonomistas que equiparan la defensa de un proyecto emancipatorio con la
confianza en un devenir predeterminado de la historia. No registran que
ambas posturas son completamente diferentes, porque la primera resalta y
la segunda desconoce el protagonismo de los sujetos.
El temor a las actitudes teleológicas conduce a otros
autonomistas a rechazar los criterios de reflexión histórica y observar
el curso de los acontecimientos como una sucesión de contingencias.
Semejante indeterminismo contradice incluso la percepción de las
cooperativas o la democracia directa como organizaciones adaptadas al
mundo actual. Si el desenvolvimiento histórico fuera un caos dominado por
el azar no tendría sentido empeñarse en la lucha por ningún proyecto.
Los autonomistas que buscan cambiar el mundo y erradicar la
explotación podrían comenzar a observar con más atención las
propuestas renovadoras del socialismo. En la elaboración de estos
proyectos se procesan las respuestas que necesitan los oprimidos para
triunfar.
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