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Populismo y estrategia socialista
en Latinoamérica
Tras las huellas del “socialismo nacional”
Por José Luis Rojo
Socialismo o Barbarie, revista Nº
21, noviembre 2007
“La definición de Chávez por
el socialismo, teniendo en cuenta la historia política de
Venezuela y la coyuntura internacional, no puede ser
considerada bajo ningún punto de vista como una apuesta demagógica, sino como una
manifestación de intenciones
(…) La definición por el socialismo del presidente Chávez
implica un desafío,
cuyo
único juez será la historia”.1
La izquierda latinoamericana ha
venido cruzada en los últimos años por un debate
fundamental. Se trata de la querella acerca de qué ubicación
tener frente al surgimiento de fenómenos políticos como
los de Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Ollanta
Humala y otros en la región. Esta polémica se pone ahora
rojo vivo acerca de qué posición adoptar frente a los
movimientos que éstos encabezan, muy
en particular respecto del PSUV en Venezuela.2
Aunque ya hemos tratado estas
cuestiones, nos interesa volver sobre ellas desde un ángulo
más general, identificando el vínculo orgánico
que tiene esta temática respecto de los problemas de la revolución socialista en nuestra región. Esto es, la orientación
a darse respecto del PSUV no es, ni puede ser, un factor independiente del resto de la estrategia revolucionaria.
Esto es así porque, característicamente,
estos debates han actualizado –en las nuevas condiciones
del siglo XXI- algunos temas clásicos de la izquierda en el
siglo pasado frente a fenómenos como los de Perón, Vargas,
Cárdenas y otros líderes populistas de nuestro continente.
Pero lo paradójico del caso es
el hecho que a pesar del balance en última instancia
desastroso de estas experiencias, al que se llegó a
expensas de graves derrotas en cada país3, hay
una porción de esta misma izquierda –incluso de aquella
que se reivindica “trotskista”– que parece sufrir un
fenómeno de “amnesia” histórica.
Su tesis más general, bajo la
presión del fenómeno “nacionalista” emergente, es la
siguiente: en nuestro continente, el nuevo ciclo de luchas
habría vuelto a “confirmar” que no hay cómo poner en
pie una tradición socialista independiente si no se lo hace
desde el terreno mismo
del populismo. Sería un “paso obligado”, incluso inevitable
y aconsejado por los clásicos del marxismo
revolucionario.
Así, se afirma que “entendemos
que hoy no es posible colocarse fuera
del proceso y del sentimiento bolivariano que embarga a las
masas, a condición, como lo hacen sectores de la izquierda
doctrinaria y sectaria, de considerar a millones de
venezolanos sólo como gente engañada y aturdida por el «nacionalismo
burgués»4, al que se debería desenmascarar desde
afuera (...). Sólo desde el mismo corazón del proceso
bolivariano, abandonando toda externalidad y elitismo (...)
es posible pensar un proceso de radicalización socialista,
anticapitalista y de auto-organización democrática de
masas, que supere los límites actuales del capitalismo de
Estado en Venezuela” (“Populismo y estrategia socialista
en América Latina”, Jorge Sanmartino,
www.corrientepraxis.org.ar, 10-06-07). Como corolario, se
agrega: “es recomendable abandonar cierta política de la
externalidad, en la que se espera que un movimiento de masas
confundido y cautivo «despierte de su encantamiento» y
rompa políticamente con el populismo” (ídem).
Pero estas tesis que hoy se
“renuevan” no hacen más que remitir a viejas –o, más
bien, viejísimas– discusiones, que fueron bien conocidas
por las generaciones socialistas anteriores y que tuvieron
exponentes tanto en la región y el mundo colonial y
semicolonial. En Argentina, quizá el más conocido de los
provenientes de la tradición “trotskista” fue Jorge
Abelardo Ramos, pero se mencionar también a Rodolfo Puiggrós,
Jorge Enea Spilinbergo, Norberto Galasso, Victorio Codovilla
y tantos otros.
Se trata, ni más ni menos, que
de las tesis del “socialismo
nacional”5, que tenían y tienen una serie
de premisas, nuevamente explicitadas, que nunca han
demostrado que desde “adentro” del populismo podría
haber un camino más “eficaz” y “convincente” de
progreso socialista
que una orientación de independencia
política y de clase, de ruptura por izquierda con él.
Impulsar esa ruptura política
con el populismo en tanto movimiento o partido político estructurado no puede significar estar por “fuera” del proceso
de la lucha de
estas mismas masas, desentendernos de la evolución real de
su conciencia, ni que los trabajadores que desborden
por izquierda a estos gobiernos no vengan con sus propias
tradiciones culturales y políticas a ser valoradas
y/o resignificadas desde una identidad socialista.
En lo que sigue, dedicaremos
nuestros esfuerzos a este debate que reemerge. Nos
centraremos en la polémica con las corrientes que defienden
el camino del socialismo nacional como “vía regia” para
que la izquierda política logre “fuerza de masas”,
rescatando la tradición del socialismo revolucionario como
aporte en la lucha concreta por la defensa de la independencia
de la UNT del Estado
chavista y por la formación de un partido
obrero independiente en Venezuela.
Populismo y socialismo nacional
Un primer paso para nuestra crítica
pasa por recoger elementos de caracterización respecto del
emergente populismo
latinoamericano. Para esto, debemos partir de sus
antecedentes históricos; es decir, el del –por así
llamarlo– populismo
“clásico”, y el vínculo que estableció con él la
corriente del “socialismo nacional”.
Cuando hablamos del populismo
latinoamericano del siglo XX, nos estamos refiriendo a
gobiernos nacionalistas
burgueses que mayormente le dieron su impronta al
proceso político en la región entre las décadas del 30 y
el 60, aunque tuvieron manifestaciones tardías hasta
entrados los años 70. El contexto: la simultaneidad de una
aguda crisis de la economía mundial capitalista, una grave
crisis hegemónica en el seno del imperialismo –que terminó
dando lugar a las dos guerras mundiales– y el impacto de
la revolución rusa del 1917.
La combinación de estos
elementos dio marco al surgimiento de una serie de gobiernos
capitalistas “anormales”
que se caracterizaron por tomar en sus manos importantes
porciones del manejo de la economía nacional, por hacer
significativas concesiones a las masas trabajadoras y
populares y por instalarse como mediación
respecto de una eventual radicalización
de la clase trabajadora bajo el impacto que venía de la ex
URSS.
Como es conocido, al llegar a México
y observar el fenómeno, León Trotsky definió a este tipo
de gobiernos y formaciones estatales como “bonapartismo
sui generis”. Buscaba así dar cuenta de gobiernos de
países coloniales o semicoloniales que aparecían arbitrando
entre los intereses del imperialismo y de las clases no
poseedoras, en condiciones de una gran debilidad de las
burguesías nacionales,una
verdadera “clase ausente” reemplazada por este mismo
Estado, el cual, según una clásica definición del
historiador marxista argentino Milcíades Peña, se
terminaba comportando como “un grupo capitalista más”.
En este contexto, estos gobiernos
intentan ampliar sus
bases de sustentación social precisamente mediante la estatización de ramas enteras de la economía (capitalismo de
Estado), junto con el encuadramiento
político de las
mismas masas, que son llamadas a la movilización a partir
de hacerles una serie de concesiones.
Esta forma de “bonapartismo”,
explicaba Trotsky, contenía elementos bifrontes.
En determinadas circunstancias, podía mostrar su cara
“izquierdista”, en la medida en que se apoyara en las
masas para resistir al imperialismo, dando lugar a gobiernos
con variables grados de independencia
relativa respecto
de él. Sin embargo, esto no excluía que, en un giro de la
lucha de clases, pudiera dar lugar a su versión
“derechista”, transformándose en agentes de este mismo
imperialismo (y de medidas de “racionalización” económica
y “disciplinamiento” político) contra
los trabajadores.
Dice a este respecto Chris
Harman: “Décadas de experiencia de regímenes
nacionalistas radicales del tercer mundo, muestran cómo
funciona su lógica. Hay una fase de reformas radicales y de
choques con el imperialismo, y es necesario recordar cuánto más radicales
fueron las reformas llevadas adelante en Egipto o Argelia
tres o cuatro décadas atrás que aquellas en Venezuela o en
Bolivia hoy. Los más radicales nacionalistas luego retroceden
(...) o son removidos por colaboradores más moderados (como
fue el reemplazo de Ben Bella por Bumedien en Argelia en
1965). En el final resulta que aquel régimen que resistió
al imperialismo, llegado cierto punto, se transforma en él
más esmerado de sus aliados. Esta es una
lección que no debe ser olvidada en Latinoamérica”
(www.internationalsocialism.org.br).
En este marco, el conjunto
complejo de las determinaciones de los gobiernos populistas
y el hecho de que aparecieran resolviendo tareas democráticas
y nacionales pendientes (no llevadas a cabo en oportunidad
de las guerras de la independencia en el siglo XIX) desafió
al conjunto de las corrientes de la izquierda a posicionarse
frente a ellos. Desempolvando las históricamente
superadas “Tesis de Oriente” del IV Congreso de la
III Internacional (por ser previas
a la formulación de las Tesis sobre la Revolución
Permanente de Trotsky), sectores de la izquierda y el
movimiento trotskista asumieron posiciones capituladoras
frente fenómenos como los de Lázaro Cárdenas en México
(en la segunda mitad de los años 30), Juan Domingo Perón
en la Argentina (1945-55), Getulio Vargas en Brasil (sobre
todo, el “nacional-desarrollista” de la segunda
presidencia, 1950-54) o Paz Estenssoro en oportunidad de la
revolución boliviana de 1952 (en vida de Haya de la Torre,
el APRA fue un factor importantísimo de la vida política
del Perú, pero nunca pudo llegar al gobierno).
Nacionalizaciones petroleras y
mineras, reformas agrarias, concesión del voto universal y
el voto a la mujer; estatización de los ferrocarriles y
otras empresas, fueron algunas de las medidas que dieron
lugar a un arduo debate respecto de la verdadera naturaleza de estos gobiernos y cómo había que ubicarse
respecto de ellos, que dio lugar a posiciones extremadamente
oportunistas (y también totalmente sectarias).
Es precisamente en este contexto
que emergió el “socialismo nacional” como tradición
política. Se trató de la corriente que, desde la
izquierda, apostó por el apoyo político a estos gobiernos –aunque a veces se presentara
como “apoyo crítico”– y a las medidas
que se consideraban “progresivas” de éstos.6
Para ello, adoptaron estrategias como las del “frente
nacional” o “frente único antiimperialista” por el
cual, a lo largo de todo un período histórico, se
postulaba que la izquierda debía “marchar del brazo”
con estos gobiernos porque la clase trabajadora “no estaba
todavía madura” para una acción histórica
independiente. Sólo después de todo el curso de una
experiencia con la “revolución nacional” se podría
llegar a la “madurez” para la “etapa socialista” y
para la construcción de grandes partidos socialistas de
masas.
En la Argentina, quien mejor y más
versátilmente sintetizó –desde el trotskismo– estas
premisas fue, sin lugar a dudas, Jorge Abelardo Ramos. De
entre las múltiples “perlas” que se encuentran en su
frondosa literatura, se puede encontrar, bajo el sugestivo
subtítulo de “Personalismo y necesidad histórica”, la
siguiente: “A los países atrasados que luchan por su
liberación no les queda otro camino para compensar su
debilidad material frente al gigantesco enemigo que
reproducir a su modo idénticas leyes de guerra. La
centralización del poder deriva generalmente en el poder
personal. El «líder» y la «jefa espiritual de la Nación»
reflejaban esa necesidad
histórica (...) El proletariado seguía su propio
camino, que era el de su experiencia en una coalición con
los sectores burgueses y burocráticos del peronismo. Para
el partido obrero independiente no había sonado la hora.
El cretinismo intelectual observará con desprecio a las
masas «primitivas», pero una misma clase tiene ideas
diferentes en épocas distintas; las suplantará a medida
que las necesite. El proletariado no veía con urgencia la
necesidad de ser «independiente» del peronismo, por más
que le resultaran desagradables algunas figuras, algunos
favoritismos. Defendían lo esencial del régimen, su progresividad
global y la condición obrera dentro de el. El pequeño
burgués superficial, atiborrado de libros mal leídos, sólo
veía lo secundario. Después acusaría de «primitivismo»
al proletariado [Obsérvese que se trata literalmente del
mismo argumento del texto arriba citado. RS] (...). Bajo las
divisas del peronismo, enormes masas de hombres y mujeres
que sólo diez años atrás vivían en el atraso rural
hicieron su ingreso triunfal
a la política argentina. La dirección que abrazaron era enteramente correcta: no había ninguna otra capaz de defenderlos mejor”
(J. A. Ramos: Revolución
y contrarrevolución en la Argentina. Tomo
V: La era del bonapartismo, Buenos Aires, Plus Ultra,
1974, pp. 212-220).
Como se ve, en Ramos encontramos
muchos de los rasgos más burdamente deterministas,
objetivistas y economicistas que caracterizaron a la
matriz mayoritaria del trotskismo de la posguerra, tomada
–de manera teóricamente ilícita– de textos de Trotsky
como La revolución
traicionada, así como el uso totalmente abusivo,
tributario del aspecto más conservador de la filosofía
hegeliana de la historia, del concepto de necesidad.
Por otra parte, este pasaje (cuya
matriz conceptual se refleja en muchos otros similares)
revela motivos clásicos
del “socialismo nacional”, que hoy se reproducen acríticamente.
Desde la definición del supuesto
carácter “nacionalista revolucionario” de estos
gobiernos hasta el rendirse ante el hecho de que la ausencia
de una dirección alternativa a la del nacionalismo burgués
terminaría legitimándolo
históricamente, haciendo así inviable
toda critica de clase y revolucionaria. En esas condiciones,
cualquier intento en este sentido era acusado entonces –y
vuelve a serlo ahora, como vimos– como “desprecio hacia
las masas”, que tendrían sus “correctas” razones para
apoyar estos gobiernos.
El “socialismo nacional” es
inseparable del populismo como la sombra del cuerpo, y
fundamenta su ubicación seguidista
en que considera un operativo definitivamente
“externalista” la pelea por un curso independiente y
socialista para la clase obrera.
No hace falta recordar el
“final de la película” de este período: todos
estos gobiernos terminaron saliendo ignominiosamente de la
escena. El marco
capitalista en que operaron sus “reformas” quedó intacto,
lo que implicó que éstas quedaran rápidamente vaciadas de
contenido Hubo un patrón común: en oportunidad del golpe
de 1955 contra Perón, de 1964 contra Estenssoro, del mismo
año contra Joao Goulart, y otros, en ningún caso apelaron a la movilización
de las masas y entregaron el poder sin
resistencia a la reacción burguesa imperialista.
Tampoco, en ningún caso, los socialistas nacionales
lograron éxitos
constructivos dignos de mención. Y sin embargo, a pesar
de este balance lapidario, a comienzos del siglo XXI nos
volvemos a encontrar con esta corriente de pensamiento y
acción.
Economía política del populismo
Pasando ahora a los fundamentos
materiales del populismo, es sabido que consistió, básicamente,
en un capitalismo de
Estado. ¿Cómo definir ese capitalismo de Estado? Según
el ya citado Milcíades Peña, es ni más ni menos que el
Estado actuando como un capitalista más.
Es decir, se trata –en
determinadas circunstancias– del paso a manos del Estado
de la gestión directa de determinadas
ramas de la economía. No se trata de que toda
la economía vaya a ser estatizada7; las empresas
estatales conviven codo a codo con las privadas. Pero en
estos casos, el Estado tiene en sus manos una parte
proporcionalmente mayor de la economía que lo acostumbrado.
Lógicamente, esto ocurre en
determinadas circunstancias históricas, económicas y políticas:
en general, el “bonapartismo sui generis”, por su mismo
lugar particular de árbitro
y mediador, necesita de esta ampliación de su base de
sustentación económico-social que le dan las empresas
estatales.
Aquí cabe agregar dos elementos.
Primero, que este movimiento “estatizante”, mediado por
el otorgamiento de una serie de concesiones a las masas, de
ninguna manera significa por
sí mismo un cuestionamiento al capitalismo como tal. Dentro de las empresas
estatales –con “infracciones” aquí y allá– sigue
funcionando la ley del valor-trabajo. Un ejemplo es la
propia PDVSA, en la cual el gobierno chavista se apresuró a
desmontar el control
obrero puesto en pie luego del paro-sabotaje y, hoy, ni
siquiera se aviene a actualizar el convenio laboral con sus
trabajadores.
Es decir, la estatización no
resuelve por sí un curso anticapitalista. Como dijimos,
expropiar a la burguesía es una medida político-social
(liquidar a la clase explotadora y dominante) con
consecuencias económico-estructurales; no lo inverso.
Por otra parte, si en los países
semicoloniales se considerase que en general toda medida de
estatización de empresas imperialistas tiene a
priori un carácter “progresivo”8 en lo
que hace a los grados de independencia del país respecto de
los centros imperialistas, de aquí no se sigue que esta “progresividad” pueda ser evaluada abstractamente.
Su carácter debe ser analizado de manera concreta,
porque no todas las
estatizaciones son iguales.
No es de extrañar que esta
cuestión diese lugar a una histórica polémica de Milcíades
Peña con Rodolfo Puiggrós respecto del carácter de la
estatización de los ferrocarriles ingleses bajo Perón
(para Peña, no se había tratado más que de una
“historia de hierros viejos”).
Cabe aquí otra consideración metodológica
de importancia. El argumento de los socialistas nacionales
para justificar toda nacionalización “sin importar en qué
condiciones económicas” –por ejemplo, con jugosas
indemnizaciones y configurando un negocio mayormente improductivo–
era que en estas “nacionalizaciones” lo decisivo no
estaba en su valor “económico-productivo”, sino en el
hecho de que el país había “comprado soberanía”.9
Pero es evidente que el uso improductivo de los dineros y
reservas del país, a la postre, no pueden significar una
mayor soberanía, sino un mayor sometimiento
a la economía mundial capitalista.
Muy agudamente, contra los
representantes del “socialismo nacional” de su época,
señalaba Peña que “desde el punto de vista general
histórico, la circunstancia de que países
semicoloniales como la Argentina nacionalicen inversiones
imperialistas constituye un paso adelante en el camino de su
emancipación nacional (...). Pero juicios tan generales, que sustituyen lo
concreto por lo abstracto, son particularmente estériles
y ayudan bien poco a ubicar la realidad estudiada. Se
necesita otro método
para apreciar el significado de los acontecimientos
contemporáneos, los cuales requieren un enfoque
concreto,
implacablemente concreto” (La
clase dirigente argentina frente al imperialismo, Buenos
Aires, Fichas, 1973).
Porque “no se trata de saber
si, en general, es
progresiva [una nacionalización] cuando se estudia la
nacionalización de inversiones imperialistas en un país
dependiente; es preciso plantear el problema en términos concretos:
esta nacionalización
tuvo un sentido anticapitalista, aquella
nacionalización sirvió al imperialismo, etc. Por el
contrario, los apologistas de las nacionalizaciones plantean
el problema abstractamente, desde el punto de vista del año 3000” (ídem).
Esto es, “en sí misma, la nacionalización de inversiones imperialistas no
tiene un contenido ni pro ni antiimperialista, y en cada caso debe ser estudiada por
sus propios méritos. En ningún caso la nacionalización
de una o varias empresas puede, por
sí sola, independizar a un país del imperialismo. Pero
las nacionalizaciones, si son impulsadas por la lucha revolucionaria
contra el imperialismo –o si se trata de un proceso
revolucionario a raíz de una nacionalización resistida por
el imperialismo– asestan un golpe tremendo a la propiedad
privada capitalista. En este
caso, las nacionalizaciones constituyen medidas
de transición que, sin liquidar el dominio
imperialista, le asestan un serio golpe. Que determinen o no
el fin de la explotación imperialista depende de que el
proceso avance o no
hacia el socialismo. Si esto no
ocurre, las nacionalización queda como un
episodio más de la relación entre el imperialismo y el
país dependiente, dando a las clases dominantes de este un
margen más o menos amplio que el que tenían antes para
partir sus ganancias con el imperialismo. De esto último a
la descolonización media la más amplia distancia
imaginable, como lo prueban las experiencias del petróleo
en México e Irán” (ídem).
Peña continúa su razonamiento
citando el argumento de un “socialista nacional”: “Es
completamente falso (…) peronismo- restar valor a las
nacionalizaciones porque ellas hayan sido con pago y
afectasen a empresas que habían dejado de ser lucrativas
para el imperialismo. En el futuro (…) se olvidarán los
aspectos secundarios del proceso de nacionalizaciones y sólo
se tendrá en cuenta el hecho decisivo de las
nacionalizaciones mismas”. En la cita transcripta, retoma
Peña, “se encuentran netamente acusados los dos vicios
fundamentales del oportunismo llamado marxista [y que tan bien describen a nuestros
“socialistas nacionales” del siglo XXI. RS]: la adoración de los hechos consumados y el olvido de los intereses y de la acción independiente del proletariado”
(ídem).
Hay en verdad poco que agregar a
esta brillante exposición, que pinta de cuerpo entero y en
todo lo que tiene de esencial
el tipo de posición que estamos criticando.10 Porque
es precisamente ese enfoque “implacablemente concreto”
el que se necesita para analizar las “nacionalizaciones”
chavistas o la resultante final de la “nacionalización”
del gas en Bolivia.
Nacionalización ésta última
que, según el mismísimo ex ministro Solís Rada,
inicialmente a cargo de ejecutarla, ha
resultado una cáscara vacía, que representa sólo un
aumento de la renta que ingresa anualmente al Estado por los
hidrocarburos... y no mucho más.11
Un reciente y muy serio informe
acerca de la marcha de la economía venezolana plantea un
panorama similar en ese país: “En los seis meses pasados,
el gobierno decidió acelerar su ofensiva en pos de su meta
anunciada del «socialismo del siglo XXI», nacionalizando
la gigantesca compañía de telecomunicaciones CANTV y
algunas empresas de generación eléctrica (sector que ya
estaba en manos del Estado en más de un 80%). También
adquirió la condición de accionista mayoritaria en las
empresas mixtas de riesgo compartido con las compañías
petroleras extranjeras en la cuenca del Orinoco. Es
importante, sin embargo, asignarle a estos cambios su justo
valor. La energía eléctrica y las telecomunicaciones
eran servicios públicos estatales hasta los 90. A esas
empresas se les indemnizaron
plenamente sus bienes (...). En el sector petrolero
(...) las reservas de crudo pesado venezolanas (...) están
consideradas actualmente entre las más grandes del mundo,
de modo que las empresas extranjeras cuentan con grandes
incentivos para seguir participando (...). En
definitiva, las medidas del gobierno venezolano tendientes a
aumentar la participación del Estado en la economía no
han implicado ninguna nacionalización a gran escala, ni
planificación estatal, y han tenido el buen cuidado de no
asumir funciones administrativas que superen su capacidad
actual (...). El gobierno ni siquiera ha incrementado la
participación del sector público en la economía. El gasto
del gobierno central asciende al 30% del PBI, muy
por debajo de países capitalistas como Francia (49%) o
Suecia (52%)” (“La economía venezolana en tiempos de Chávez”,
Mark Weisbrot y Luis Sandoval, Center for Economic and
Policy Research).
En resumen, se ha tratado en
ambos casos de estatizaciones
plenamente burguesas –“debidamente”
indemnizadas– y de ninguna manera en escala masiva; y en
el caso de Venezuela, en un país con gran tradición de
peso estatal en la economía.12 Pero nuestros
nuevos “socialistas nacionales” están muy lejos del método
marxista –y científico en general– de ver las cosas tal
como son: en tanto “apologistas” de las medidas de
Chávez y Evo Morales, no dudan en lanzarse al apoyo de
cuanta medida supuestamente “progresiva” tomen éstos.
Hay también otro aspecto de gran
importancia en lo que hace a la economía política del
populismo: el surgimiento, favorecido desde el gobierno, de
una nueva burguesía al amparo de los negocios con el Estado (mala sucedánea
de la mítica “burguesía nacional”). En el caso del
peronismo de los 40 del siglo pasado, fue la llamada burguesía
“cupera”. En la Venezuela actual, se trata de la
“boli-burguesía” (burguesía bolivariana), que ahora
hace sus primeras armas políticas dentro del PSUV.
En declaraciones a la revista The
Economist, señalaba al respecto Muller Rojas (general
del ejército ya jubilado, hasta hace poco jefe de gabinete
de Chávez y miembro del ala izquierda del chavismo):
“Algunos de los discursos de Chávez son para
la tribuna. Le daré un ejemplo: el ataque
contra la burguesía”. Como muestra de esta demagogia,
Muller se refiere a los bancos,
que son “la expresión mas extrema de la burguesía”,
pero a la vez “el sector más favorecido de la economía desde que Chávez llega al poder en
1999”(citado
por La Nación, 11 de agosto de 2007).
Aquí aparece otro rasgo clásico.
La única burguesía nacional “realmente existente” no
ha sido otra que el propio capitalismo de Estado. Porque,
como ya hemos señalado, el nacionalismo burgués termina
representando a una clase, en el fondo, políticamente ausente. Y en las condiciones del siglo XXI, esta
“ausencia” no es sólo política: es estrictamente material dada la inextricable relación de los grupos capitalistas
de origen “nacional” con los monopolios multinacionales.
Esto no niega, sin embargo, que
los gobiernos nacionalistas burgueses hayan creado -al
amparo de los negocios del Estado– una capa
burguesa específicamente enriquecida bajo su tutela, y
que goza de las mieles de la corruptela estatal. En todo
caso, prácticamente a esta capa se reduce toda la
“burguesía nacional”.
Esta definición nos lleva a toda
la literatura existente respecto del balance histórico de
las experiencias populistas, que señala sus límites
orgánicos en tanto que proyecto de desarrollo
nacional, que tienen que ver con la no
ruptura con el capitalismo.
En este sentido, y a pesar de sus
ilusiones chavistas, el investigador Atilio Borón plantea
respecto del balance del populismo algunos aspectos de
manera muy aguda. Señala que los nuevos gobiernos
centroizquierdistas de la región proclaman con ciego
entusiasmo (desde el punto de vista del balance histórico)
su confianza en culminar
exitosamente su marcha hacia el desarrollo transitando
por una ruta que fue clausurada
hace mucho tiempo. Pese a la abrumadora evidencia, el mito del desarrollo
capitalista nacional y su premisa, la existencia de una
burguesía nacional, seguiría ejerciendo una enfermiza (e
interesada) atracción en la dirigencia “progresista”
latinoamericana.
Señala Borón: “Raúl Zimbechi
(...) cita una categórica afirmación de Samir Amin
diciendo que ya no hay
más una burguesía nacional (si es que alguna vez la
hubo). Afirmación un tanto excesiva, pero que contiene
importantes elementos de verdad. Algunos países de las metrópolis
capitalistas todavía se caracterizan por la presencia de
ciertos conglomerados empresariales equivalentes a una «burguesía
nacional». Con relación a la Argentina, el último intento
de burguesía nacional que hubo fue Perón. No creo que haya actualmente una burguesía nacional en la Argentina.
Existe una burguesía compradora que imagina su
enriquecimiento como proyecto, en el marco del capitalismo
global tal como es, sin ambición alguna de modificar los términos de este capitalismo
(...). El peronismo trató de insuflarle los bríos
necesarios para cumplir con su supuesta «misión histórica»
a esa clase; en realidad, un movimiento heteróclito de empresarios sin ninguna visión de
conjunto ni proyecto nacional” (Atilio Borón, “El
mito del desarrollo capitalista nacional en la nueva
coyuntura política”, Argenpress).
Pero si a mediados del siglo
pasado, la “burguesía nacional” Argentina no era más
que un “movimiento heteróclito de empresarios sin ninguna
visión de conjunto ni proyecto nacional”, ¿qué margen
para cosa superior puede quedar para el mundo de hoy, el del
capitalismo mundializado?
Una pista la podemos tener con el
interesante el análisis del proyecto del Banco del Sur que
presenta Eric Toussaint, insospechado de ser crítico del
chavismo. Comenta que “el texto redactado entre Argentina
y Venezuela (el 29 de marzo del 2007) tiene elementos que
provocan a la vez sorpresa
y rechazo (...). El diagnóstico de partida incluye
elementos perfectamente compatibles
con la visión neoliberal –la visión del Banco
Mundial (...)– sobre las causas de las debilidades de
Latinoamérica. El texto pone en evidencia que «el escaso
desarrollo de los mercados financieros» es la causa
principal de los problemas. Las consideraciones generales
precisan que es «necesario promover la constitución
de empresas multinacionales de capital regional», sin
especificar que sean públicas, privadas o mixtas” (E.
Toussaint, “Sobre las circunstancias que afectan la creación
del Banco del Sur”, Correspondencia de Prensa).
El proclamado Banco del Sur no
sería entonces un instrumento para ir más allá del
capitalismo, sino para darles mayores
márgenes de maniobra a los gobiernos de la región para
la promoción de las
“multilatinas” (sucedáneo moderno de la burguesía
nacional). Aunque rompa en mil pedazos las ilusiones y los
corazones de nuestros socialistas nacionales... ¡es hasta
aquí donde puede llegar todo el “anticapitalismo” del
que el gobierno chavista es capaz!
La naturaleza del gobierno de Chávez
Si la economía política del
populismo queda desdibujada en nuestros autores; si sus
bases de sustentación material quedan sin análisis
critico, a lo que llegamos es a una definición
idealista respecto del carácter social
mismo del gobierno chavista. Claro que con la excusa “dialéctica”
de dar una definición “dinámica”…
Porque la justa apelación a la
necesidad de realizar análisis dinámicos y no mecánicos
de los fenómenos sociales no puede significar perder el
terreno de su análisis social
y material. Este es un recurso permanente de nuestros
autores, que, lejos de permitirles superar los efectivos límites
economicistas y deterministas que han tenido diversas
versiones del marxismo en el siglo XX –incluidos muchos
trotskistas–, no representa mas que una
fuga
hacia el idealismo en el análisis social.
Ya hemos visto su rechazo a
caracterizar al gobierno de Chávez “sólo como burgués”.
Pero ahora se da un paso mas: se trataría de un gobierno carente
de toda posible definición social precisa en la medida
en que, tratándose de un fenómeno político-social “dinámico”,
tiene las puertas abiertas para ir más allá del
capitalismo. Lamentablemente, incluso Claudio Katz
(intelectual marxista argentino conocido y respetado en las
filas de la izquierda), los acompaña en esta perspectiva.
Al barajar los posibles caminos que se abren en el curso político
del chavismo, observa: “El peligro más grande es que
estos gobiernos nacionalistas radicales, estoy especialmente
pensando en Chávez, terminen afianzando desde el estado un
nuevo capitalismo (...) revirtiendo el proceso de
radicalización. Por supuesto, hay una cuarta posibilidad, que es por la que apostamos todos nosotros, que es que en vez de una involución se
produzca una radicalización;
ésta sería la
perspectiva cubana. Esto sería que estos movimientos
nacionalistas radicales rompan con la estructura del estado burgués y se orienten hacia un
desarrollo y transición socialista. Hacia
este proceso tenemos que apuntar nosotros, y este
proceso es el que tenemos que alentar nosotros” (Alternativa
Socialista 459).
Con esta perspectiva al mejor
estilo Ernest Mandel en mente, todo lo que queda por hacer
sería entonces “empujar” para que Chávez dé el paso
de expropiar a los capitalistas, renunciando así a la pelea
por una perspectiva independiente.
Es realmente una desazón
observar el retorno en el siglo XXI de uno de los lugares
comunes más trágicos
y recurrentes de parte fundamental del movimiento
trotskista del siglo XX, que se la pasó prendiéndole
velas a las direcciones pequeño
burguesas, burguesas o burocráticas para que
“avancen” hacia el socialismo auténtico. Que esta
tragedia retorna como farsa, lo podemos ver en el análisis
de esta serie de definiciones.
“¿Cómo definir al gobierno de
Chávez? La opinión de que es el representante político de
la burguesía nacional aparece al alcance de la mano (...).
Sin embargo, el populismo chavista nunca representó a esa
burguesía. (...) Cisneros, Polar (...) toda la burguesía
local, muy débil y asociada con los bancos y empresas
extranjeras (...) fueron los promotores del golpe (...) La
nueva burguesía en formación es hoy en la economía
totalmente secundaria (...). Definirlo como bonapartismo no
es hacerlo de manera despectiva (...). Este concepto puede
servir para remarcar el
carácter independiente respecto de alguna clase social
particular (...). Se trata de un cuerpo de funcionarios
sostenido por un líder en el poder, que gobierna un país
capitalista y dependiente, pero cuya dinámica
política esta aún abierta.
(...) Aquí el bonapartismo no expresa la intención de la
burguesía nacional de conseguir cierta independencia
respecto al capital financiero. Ya hemos visto que la clase
capitalista nativa ha estado y permanece aún en el mismo
campo político que el capital extranjero (...). Hoy Chávez
representa a las capas populares mas explotadas (...) ¿Es
entonces un gobierno pequeño burgués? (...) Intentar dar
definiciones sociológicas precisas no parece lo más
productivo y suelen deslizar una metafísica
social más que una dinámica política. La definición
del gobierno de Chávez como populista
tiene ciertas ventajas, en primer lugar mostrar su ambigüedad,
sentido abierto y elementos contradictorios en su interior.
Es un populismo de izquierda, que gobierna bajo un estado
capitalista, pero de excepción,
porque lo hace frente a la oposición política de todas las
fracciones capitalistas relevantes. Su composición y su retórica
(...) impiden, por
ahora, una caracterización
definitiva (...).
Es la dinámica política la que pudo explicar mejor las
revoluciones de posguerra como la cubana o la nicaragüense,
que las definiciones sociológicas. El caso de Cuba es
paradigmático (...). El contenido social del Movimiento 26
de julio (...) fue radicalmente modificado al calor del
proceso revolucionario, que llevó a los lideres del
movimiento nacional y democrático y prominentemente
populista a adoptar un contenido crecientemente
antiimperialista y anticapitalista, confirmando
su dinámica permanentista”(Jorge Sanmartino, “¿Gracias, por hoy paso?”).
Este conjunto de definiciones
tienen por efecto desarmar
estratégicamente a la hora de la ubicación frente al
gobierno chavista. Con la caracterización de que su curso
político estaría tan “abierto”, lo que se hace es crear
ilusiones respecto de su posible evolución anticapitalista.
En el mismo sentido, se dice en la revista Movimiento
Nº 6: “La política del imperialismo es la «reacción en
toda la línea» (...). Por esto, la tendencia es al aumento
de la polarización (...) ésta impulsará a las masas para profundizar
las medidas, como ya sucedió en Cuba en 1960. O surgen
gobiernos que van en ese sentido, o serán suplantados por
el movimiento o por nuevos procesos”. El objetivismo
desenfrenado de estas previsiones hace caso omiso olímpicamente
no sólo de la experiencia histórica reciente –que
muestra que justamente el imperialismo “aprendió la lección”
de Cuba y Vietnam– sino de la realidad política presente.
El panorama internacional y latinoamericano es mucho más
complejo que un Bush enloquecido empujando a Chávez –o a
“los nuevos procesos”– a repetir lo que “ya sucedió
en Cuba en 1960”.
Así, la ilusión se repite una y otra vez, como esperando que se reitere el
curso de varias de las revoluciones anticapitalistas –pero
no socialistas– de la posguerra. Pero nuestros autores
parecen olvidarse de las circunstancias específicas que
dieron marco a ese periodo histórico. No sólo el hecho de
que la humanidad salía de la mayor conmoción de su
historia; a la vez, a nuestro modo de ver, estaba el factor
de que en la posguerra existió un punto de apoyo
fundamental para los grupos pequeño burgueses-burocráticos
que encabezaron revoluciones como la china o la cubana, que
fue la ex URSS burocratizada; elemento ausente hoy.
En el caso de una evolución
anticapitalista en la Venezuela de hoy, ¿cuál sería el
punto de apoyo social
para que una burocracia de Estado como la chavista no sea barrida por las masas
movilizadas? ¿Qué pasos podría dar que no sean mal vistos
por todos los “gobiernos amigos” (desde el castrismo
hasta Ahmadinejad o Putin)?
Preguntas que, en su renovado sustituismo
de clase13 que vuelve a esperar una revolución
“socialista” de la mano de direcciones ajenas a la clase
obrera, sin ella y contra ella–, nuestros críticos ni se
plantean. Una falta total de balance de la experiencia histórica
del siglo pasado, que para colmo pierde de vista incluso el
carácter –señalado por todos los analistas serios– tardío,
limitado o mezquino del nacionalismo chavista. Porque
si, ideológicamente, Chávez puede parece a la
“izquierda”, la “radicalidad” de sus
“nacionalizaciones” lo muestra muy por detrás de los
gobiernos nacionalistas burgueses del siglo pasado.
La otra cuestión que interesa
aquí es desmontar los fundamentos “teóricos”
subyacentes a este retornado “sustituismo socialista”.
Porque, como ya hemos visto en el punto anterior, se trata
del capitalismo de
Estado como tal que actúa “como un capitalista más”
–como “clase capitalista nacional”– y no de que el
gobierno nacionalista burgués haya representado alguna vez
a una inexistente
burguesía nacional con vocación de real independencia.
A nadie se le ocurriría decir
que el de Perón no fue un gobierno “nacionalista burgués”.
Y sin embargo, se caracterizó punto por punto, al menos en
su período “clásico”, por casi exactamente los
mismos rasgos que aquí se le atribuyen a Chávez en lo que hace a
su relación con la burguesía. ¿O es que acaso Perón no
tenía enfrente también a lo más granado no sólo del
imperialismo y la oligarquía, sino de la burguesía
industrial? ¿O acaso no es verdad que expresaba básicamente
el cuerpo de oficiales del golpe del 3 de junio de 1943, y
no ninguna fracción específica de la burguesía que buscara
“conseguir cierta autonomía”, cuando es sabido que ésta,
a partir de determinado momento, se alineó en bloque con el
bando “aliadófilo”? ¿Acaso estos elementos fueron en
menoscabo del carácter nacionalista burgués de Perón, que
sólo estaba rodeado por un sector patronal raquítico
y “heteróclito”, como lo define Borón?
En este mismo sentido, Peña señalaba
que “el Estado argentino –como el de todos los países
atrasados– goza de una apreciable independencia
con respecto a las clases dominantes (...) La debilidad
relativa de la burguesía nacional que necesita del Estado
permanentemente (...), genera una hipertrofia
de la maquinaria estatal, conglomerado
social diferenciado con intereses propios. Parafraseando una caracterización
de Trotsky sobre el Estado zarista, puede afirmarse que en
la Argentina, en el juego de las fuerzas sociales, el equilibrio pende del poder gubernamental mucho más de lo que se conoce en la historia del desarrollo
capitalista clásico”. Y agrega: “Como producto de todos
estos factores y presiones, en la medida en que el Estado no
se limita «simplemente» a realizar la política de la
burguesía nacional, o del imperialismo, o de algún
sector de ambos; en la medida en que se afianzan el
intervensionismo estatal y el dirigismo económico, el
Estado se comporta frente a las metrópolis como
un grupo burgués más, que necesita del capital
financiero internacional para ampliar sus bases de
sustentación y forcejea con él para obtener una mayor
participación en la plusvalía extraída”(Milcíades Peña, La
clase dirigente argentina frente al imperialismo, cit.).
En definitiva, como hemos
destacado y como está demostrado históricamente, el
nacionalismo burgués era y es un fenómeno político
que representa una clase burguesa “nacional” que, en
realidad, a todos los efectos prácticos (desde el punto de
vista no material, sino político), está ausente.14
A esto debemos agregar un
elemento más: el abandono de toda definición social en beneficio de una puramente “política”. Un operativo a
lo Ernesto Laclau, porque es bajo esta inspiración
intelectual que se apela a la caracterización del gobierno
chavista como “populista”, destacando su “ambigüedad,
sentido abierto y elementos contradictorios a su interior”
en reemplazo de toda
definición social.
Porque si bien esos rasgos políticos
están efectivamente presentes en el chavismo, que se trata
de un fenómeno dinámico, ambiguo, abierto y contradictorio
–aunque presenta hoy, aclaremos, un sesgo
reaccionario de
encuadramiento y cercenamiento de la independencia de las
masas, en especial de la clase obrera– es un operativo
metodológicamente espurio
e idealista perder de vista las “columnas
vertebrales” sociales y las bases de sustentación
material que el gobierno de Chávez tiene y no puede dejar
de tener, en sus concretas circunstancias de tiempo y lugar.
El carácter social global del gobierno bolivariano deviene, insistimos, del
hecho de que manda sobre columnas vertebrales
del sistema capitalista, que son bien tangibles y nada
“ideales”: la intocada propiedad
privada –que la nueva reforma constitucional viene a
ratificar– y el propio aparato de Estado capitalista, así esté “reformado” por la
incorporación de un “quinto poder” popular.
En síntesis, por más definición
“dinámica” que se quiera y corresponda hacer, el carácter
nacionalista burgués del gobierno chapista es inocultable e
inescindible del conjunto
total de las relaciones sociales del país, no
de si expresa a tal o cual sector burgués.
Fetichismo, conciencia y
transformación social
Como ya señalamos, las tesis
“socialistas nacionales” partían de la premisa del
apoyo “crítico” a Cárdenas, Perón, Paz Estenssoro,
Velasco Alvarado e incluso el “trabalhismo” de Vargas y
Goulart en el Brasil. Estrtagias que terminaron en
bancarrotas.
Sin embargo, a comienzos del
siglo XXI se las retorna con el argumento de que de no habría
cómo construir “corrientes de masas” sino “desde el
seno mismo” del chavismo. Es por esto mismo que la crítica
marxista a las formaciones populistas, “recurrentes a lo
largo de la historia del siglo XX y con fuerza en algunos países
en la actualidad”, es a su vez cuestionada por
–supuestamente– encarnar una “racionalización
positivista” que evaluaría el comportamiento de las masas
populares como una constante “desviación” o
“deformación” de los objetivos clasistas.
Lamentablemente, por más
“positivista” que se considere esta valoración, no por
ello deja de tener su innegable
parte de verdad, hasta de Perogrullo. Porque si los
objetivos populares no hubieran sido “desviados”, otra
hubiera sido la historia contemporánea de nuestro
continente.
En todo caso, lo que nos interesa
aquí es la fundamentacion “teórica” de los “nuevos
socialistas nacionales”. Esto es, la critica a la
irrevocable “externalidad” que supondría el concepto de
“falsa conciencia” al atribuírselo a la experiencia
populista en general y a la del chavismo en particular; se
trataría, como vimos, de una muestra de “aristocratismo
político” (es decir, de “elitismo”).
Según nuestros autores, los
“sectarios” no comprenden que la conciencia de las masas
bolivarianas es verdadera
en la medida en que, en las actuales circunstancias
concretas en Venezuela, al no haber ninguna alternativa
socialista real al propio Chávez, el “chavismo” de las
masas estaría totalmente “justificado”.
En este contexto, se afirma que
la base para representar al populismo como una desviación es en parte la definición de ideología como “falsa
conciencia”, definición que nuestros autores consideran
“arqueológica”. En su reemplazo, se propone lo
siguiente: “Lo que nos interesa [son las] consecuencias
derivadas de la conciencia
posible, aquella
que puede situarse y se vuelve concreta para todo grupo
social en una
coyuntura histórica, mas que la conciencia posible lukacsiana sobre las posibilidades históricas generales. En ese caso, lo que es «falso» o «verdadero»
no puede ser definido de manera externa,
sin comprender el campo de las opciones posibles
determinadas por la historia pasada y la coyuntura política
(...). El caso de Venezuela parece óptimo para ejemplificar
el contenido preciso de una conciencia posible
(...) En esas condiciones emergió lo que había sido una
tradición política venezolana, un liderazgo militar de
características plebeyas que, mediante métodos
antiinstitucionales, logró captar el apoyo popular porque
abrazó demandas nacionales, antiimperialistas, agrarias e
indigenistas en una oposición polarizada al viejo sistema
de partidos. No hay
aquí «desvío» alguno de una perspectiva proletaria
socialista, porque en
las circunstancias concretas no había una opción de
este tipo que estuviera disponible. No fue la izquierda histórica,
muy debilitada, sino un liderazgo populista sin apoyo
empresario ni político, salvo de algunos sectores militares
y de izquierda, el que lanzó un desafío al régimen de
partidos” (Jorge Sanmartino, “Populismo y estrategia
socialista en América Latina”, en www.mst.org.ar).
Naturalmente, lo que aquí se
pierde en un no muy sutil lenguaje posibilista
es sencillamente la consideración de los intereses
históricos de los trabajadores. Estos intereses son materialmente tales independientemente
del hecho que la clase trabajadora tenga a mano o no una
alternativa revolucionaria socialista real.
Aquí se mezclan elementos de órdenes distintos; en un plano, el punto de
referencia no es el mero hecho “político” de si las
masas tienen una alternativa a Chávez (el terreno de la representación
no anula ni puede anular lo representado,
es decir, los intereses materiales históricos), sino el análisis
marxista acerca de la verdadera naturaleza
de clase del populismo y sus políticas.
Claro que, bajo una inspiración
laclauiana como la que en definitiva expresan nuestros
autores, este terreno material
y objetivo del análisis no sólo está perdido, sino
que es expresamente negado:
“Debería estar claro que por «populismo» no entendemos
un tipo de movimiento –identificable con una base
social especial o con una determinada orientación ideológica–,
sino una lógica política.
Todos los intentos por encontrar lo que es específico
en el populismo (...) son, como hemos visto, esencialmente
erróneos” (Ernesto Laclau, La
razón populista, Buenos Aires, FCE, 2007, p. 150).
O, dicho en una meridianamente
clara traducción política concreta: “La opción de masas
frente a la constitución de un campo de oposición
delimitado entre un bloque institucional, caracterizado como
corrupto y vendido al FMI y el imperialismo, y otro, que se
presentó abrazando una causa nacional, operó en el sentido
de conciencia posible
que explica el apoyo masivo del pueblo pobre a Chávez. Una
oposición a dicho liderazgo en nombre de un socialismo
materialmente inexistente
reproduce ese tipo de cortocircuito entre la doctrina y la
conciencia posible de un movimiento real, que se traduce en
una incomprensión
de la historia y una apelación al recurso teórico del «irracionalismo»”
(J. Sanmartino, cit.).
Lo que aquí queda fuera de foco
y no resiste el menor análisis es que si toda conciencia concreta es una mezcla de
elementos verdaderos y falsos (como sostenía Gramsci),
esto mismo opera en la cabeza de las amplias masas
populistas venezolanas. Es decir, éstas identifican bien
los elementos “antiimperialistas” de los regímenes
populistas (efectivamente distintos de los regímenes
burgueses tradicionales) como el de Chávez. Pero a la vez
tienen falsas ilusiones de que de la mano de un Chávez (o un Evo Morales) se
pueda llegar a una solución verdadera,
integral e histórica de sus demandas. No hay cómo
perder de vista que junto con el terreno de las
“representaciones” se debe analizar el contenido
material mismo de los fenómenos sociales.
Esto explícitamente no
es así para nuestros autores: “Hemos visto hasta aquí
cómo se fue relativizando
hasta desaparecer, en el terreno epistemológico, ese corte imaginario entre una infraestructura económica y sus «reflejos»
en la conciencia o en la superestructura de la sociedad. Si
esta metáfora puede ser útil metafóricamente, se vuelve inservible
para una composición histórica
real. Si, como dice Marx, se toma conciencia de las
condiciones sociales de existencia en el terreno propio de
la lucha ideológica, ella constituye un factor de
existencia material y un componente tan real como los
tornillos y las tuercas del mundo material. Así llegamos al
papel activo de las significaciones discursivas en la constitución
de la realidad social y cambiamos
radicalmente la perspectiva sobre lo «racional» y lo «irracional»
y sobre el papel de la ideología” (J. Sanmartino, ídem).
Sin embargo, en esta
conceptualización –que, insistimos, sigue al milímetro
la elaboración de Ernesto Laclau y su reciente obra La
razón populista– hay un gravísimo problema teórico.
Si los fenómenos histórico-sociales, económicos y políticos
son, efectivamente, fenómenos totales,
donde no se puede escindir el terreno de su desarrollo
material y de sus formas de representación
“superestructurales”, es –sin embargo– una operación
de cuño idealista
–y metodológicamente espuria– independizar a tal
punto las “significaciones discursivas” de su terreno
real y el significado material en el cual operan que
terminan haciendo –en palabras de Laclau– del
nombre, el fundamento de la cosa.
No exageramos: “no
hay nada en la materialidad de las partes particulares
que predetermine a
una u otra a funcionar como totalidad (...). La principal
consecuencia ontológica del descubrimiento freudiano del
inconsciente es que la categoría de representación no
reproduce simplemente, en un nivel secundario, una plenitud
que la precede (...) sino que, por el contrario, la representación es el nivel absolutamente primario de constitución de la objetividad”
(Laclau, cit., pp. 147-148).15
Sin duda, la categoría de
“representación” no puede reproducir mecánicamente o
como mero “reflejo” lo que se está representando,
porque es una construcción activa. Pero esto no puede implicar que, en un burdo operativo de
fuga de la realidad, el orden de la “representación”
pase a ser el “fundante”, desplazando el terreno de las
relaciones sociales económico-materiales, determinantes
efectivamente en última, aunque no mecánica, instancia del
orden de las representaciones.
Dicho de otra forma, al presentar
la mera ideología como “hacedora
de la realidad social”, epistemológica mente se pierde la
primacía del orden de determinación
material y objetiva de las cosas y relaciones sociales y
se puede “crear un mundo” sin importar en qué
circunstancias o sobre la base de qué intereses sociales.
Con lo cual, adicionalmente, la mirada sobre el populismo se
hace necesariamente acrítica
desde el punto de vista de la aprehensión misma de la
conciencia popular.
Por otra parte, el rechazo de
hecho en el análisis teórico de la clásica categoría
marxista del “fetichismo” se hace en beneficio de una
perspectiva claramente empirista en cuanto al análisis de la conciencia. Porque desde Marx
quedó establecido que es connatural
a la sociedad de explotación que las relaciones
sociales se presenten de una manera que no
es la de su orden de determinación real.
Por ejemplo, y según el clásico
caso del fetichismo de la mercancía, es el dinero
el que aparece como hacedor
de la riqueza como tal, y no el trabajo humano. O, lo que es
lo mismo, las cosas aparecen como sujeto
del proceso social y las personas como meras “cosas”; es
decir, como objetos pasivos
del metabolismo social. Pero el efecto “fetiche” de las
relaciones sociales del capitalismo –que les da su
particular “opacidad”– desde luego está presente en
las masas populistas, y no podría dejar de estarlo, más
allá de que en ningún caso podría tratarse de un efecto
de fetichización tan absoluto que no pudiera ser sometido a
crítica.16
En el fondo, negar el
omnipresente mecanismo
de fetichización de las relaciones sociales bajo el
capitalismo (aunque se trate del hasta ahora “colorido”
capitalismo de Estado chavista) sólo puede estar al
servicio de embellecer
este régimen y dejarlo a salvo de la necesaria crítica
marxista. Porque, como decía Trotsky, “en política, el
que juzga por denominaciones y etiquetas y no por los hechos
sociales está perdido”.
El retorno del estatismo
Nuestros autores dan un paso más
en su adscripción a los motivos clásicos del “socialismo
nacional”. Afirman que, en el contexto de las características
histórico-particulares de las formaciones sociales
latinoamericanas, no puede desconocerse el carácter de rol agente
que han tenido el aparato estatal y el propio Chávez en
llevar el proceso bolivariano hacia adelante. Sobre todo,
destacan la singular relación de éste con las masas
bolivarianas mismas como núcleo de “transformaciones
positivas”.
Por ejemplo: “Este liderazgo unipersonal y carismático ha
desempeñado un papel medular,
sin el cual no hubiesen sido posibles los cambios políticos
de estos años. Sin la capacidad comunicativa y pedagógica
de Chávez, difícilmente se hubiese dado la movilización e
incorporación de amplios sectores excluidos del país”
(J. Sanmartino, ídem).
Este rol, visto como
“eficiente” por parte del Estado y redescubierto en el
proceso concreto venezolano, es otra de las marcas
de identidad de la tradición “socialista nacional”. En ausencia
de la tan mentada burguesía nacional como sujeto de los
cambios sociales a llevar a cabo, pero también
–supuestamente– de una clase trabajadora
“independiente” capaz de encarar las tareas de la
“revolución nacional”, aparece el sucedáneo
que encandiló y lo sigue haciendo a muchos representantes
de esta tradición: el sagrado Estado –asumido también,
de manera muy característica, como “vacuo” o
“neutral”– hace su reentrada en el “marxismo” del
siglo XXI.
“La clase trabajadora, aunque
ha crecido como fuerza gravitante en el proceso
revolucionario (...) no
ha jugado un papel ni centralizador ni de vanguardia.
Esto puede estar asociado tanto al tipo de formación social
basada en una economía de explotación petrolera, con una
clase obrera precarizada y cuentapropista, como en la
tradición política del país o en las características
particulares del proceso. Sea como fuere, la formación de
un partido obrero hoy no iría mas allá de la reunión de
un reducido sector sindical clasista desconectado
de las comunidades y movimientos populares más dinámicos
(...). En Venezuela no
hay indicios de que el proletariado sea el centralizador
de las aspiraciones antiimperialistas, agrarias y democráticas
de las masas, ni que
se encamine a la formación de su propio partido” (J.
Sanmartino, “¿Gracias, por hoy paso? Venezuela, la
izquierda socialista y el PSUV”, Revista
de América Nº2).17
Lo irónico de este “análisis-justificación”
no es sólo que opera como cerrada negativa a pelear por una
estrategia obrera en el proceso venezolano, sino que los
campeones del “realismo” y lo “posible”, con tal de
consolidar sus “verdades redescubiertas”, se
permiten pasar por alto los hechos, los tozudos hechos,
que van en sentido opuesto a esta denigración de la clase
trabajadora y su potencial político-social.
Veamos algunos ejemplos. Un autor
abiertamente chavista plantea que “la aluvional
afiliación y organización en UNT regionales y zonales, en
menos de tres años, la convirtió en la
más importante organización de masas y de vanguardia del
proceso político venezolano. Después de las Fuerzas
Armadas, es la más
importante estructura nacional con fuerza territorial
que existe en el país” (Modesto Guerrero, “El desafío
del socialismo a través del PSUV”,
www.argenpress.org.ar). Y una cronista venezolana cuenta:
“Viendo que su proyecto de partido (el PSUV) no termina de
arrancar, y que los trabajadores siguen reclamando aumento
de salarios, Chávez lanza un «huesito»: la jornada de 6
horas diarias (...). Podemos arriesgarnos a decir que esta
medida trata de neutralizar a los trabajadores, el
único sector que se moviliza de manera continua”. Y
luego se agrega un proceso de enorme importancia, por
incipiente que sea: “Está hoy, en la cabeza de cada vez más
trabajadores, la idea de formar un
partido de clase, independiente del gobierno, que
realmente defienda los intereses de los trabajadores y los
pobres y que permita organizarse para construir un
verdadero socialismo” (Flor Beltrán en
www.socialismo-o-barbarie.com).
Estas descripciones y
definiciones permiten comprender –de manera mucho más
cabal que las elucubraciones de nuestros autores sobre la
impotencia e insignificancia de la clase obrera– por
qué Chávez está obsesionado con liquidar la UNT y todo
atisbo de organización obrera independiente.
Claro que para nuestros autores
resulta altamente conveniente afirmar que el proletariado
“no da indicios” de transformarse en el sujeto
centralizador del proceso de la lucha. Así, se justifican
dos cosas: la renuncia a la apuesta estratégica por esta
perspectiva, y la conclusión de que ese rol debe ser
cubierto por otro
actor social. Aquí es donde asoman Chávez y el Estado
chapista, que en esta concepción pasan a concebirse como
“agentes transformadores” o “performativos”, como
los propulsores de “transformaciones” sociales. Que en este
operativo político-ideológico se arrojen por la borda los
fundamentos de la concepción marxista del Estado es lo de
menos…
Así, en un verdadero panegírico
que rivaliza con las peores obsecuencias de la prensa
chapista, se insiste una y otra vez en que Chávez es “indiscutible
motor de un proceso de cambios políticos y sociales, que no
hubieran tenido eco sin un movimiento popular dispuesto a
entablar la lucha, pero
que difícilmente lo hubiera realizado sin liderazgo político”.
Queda claro que para nuestros autores el énfasis
está puesto en el segundo factor: no el “movimiento
popular”, sino el “liderazgo político”.
Una vez más, el afán de
ensalzar al líder providencial no se toma la molestia de
constatar los hechos más llanos, conocidos y demostrados. A
saber, que Chávez estaba derrocado y “renunciado” en
oportunidad del golpe del 11 de abril del 2002; que fue reinstalado
por una acción independiente de las masas populares, que Chávez jamás
alentó (¡igual que Perón en 1955!); que el quiebre
del paro-sabotaje patronal en PDVSA y la industria en
general fue a instancias, fundamentalmente, de un histórico
ingreso a escena de la clase obrera industrial.
Al respecto, y recogiendo
testimonios de estas gestas, se señala: “En las primeras horas del golpe las mayorías populares
estaban expectantes, pero en la noche del 11 y del 12 se
convencen que las principales destinatarias del golpe eran ellas:
la caza de brujas en los barrios populares, asesinatos y
allanamientos convencieron a los trabajadores y el pueblo
que la cosa era contra
ellos. El 13 abril cientos de miles salen a las calles.
Fue una acción con muchos elementos de espontaneidad,
no por que no hubiese organizaciones sino porque no
fue centralizada ni convocada por nadie; cientos de
dirigentes anónimos saliendo a defender las libertades
democráticas. No fue Chávez el que llamó a la resistencia, ni las destacadas
figuras del gobierno; fueron
las organizaciones independientes, de los círculos
bolivarianos, de los medios alternativos las que empezaron a
reaccionar, y llegaron a copar las calles y a presionar a
todo un sector del ejército que «recobró» su lealtad a
Chávez. La acción del 13 de abril fue una verdadera rebelión
popular contra el intento de cercenar las libertades democráticas,
una acción histórica
independiente de las masas que comenzó a cambiar la
relación de fuerzas y abrir un profundo proceso
revolucionario en el país” (Francisco
Torres, “Venezuela en el ciclo de las rebeliones
latinoamericanas”. Periódico Socialismo
o barbarie 73).
Y respecto del “paro-sabotaje”, se agrega: “Si la
reacción burguesa e imperialista vuelve a intentar una
contrarrevolución, es por la política del gobierno. Fue Chávez
quien, ante el cadáver insepulto de la contrarrevolución,
se apuró en resucitarlo
y darle el aire que las masas le habían sacado. El mismo día
de recobrar su cargo, el 14 de abril, llamó a la «reconciliación»
y abrió canales de negociación con los golpistas: en
primer lugar, consagrando la impunidad; segundo, abandonando
el cambio de la gerencia de la petrolera PDVSA; tercero,
nombró un nuevo ministro de Economía afín a los sectores
contrarrevolucionarios. Toda esta política dio nuevos bríos
a los sectores golpistas” (Ídem).
Pero en este contexto de más y más concesiones, la
patronal se vuelve a envalentonar y lanza el paro-sabotaje:
“El paro tomaba de rehén a la clase trabajadora,
chantajeando al gobierno para forzar su renuncia. Pero la
burguesía y el imperialismo jugaron al aprendiz de brujo y
terminaron por meter en escena a quien querían tener de rehén.
La clase trabajadora venezolana empezó a organizarse y a recuperar las
empresas. La tripulación de los barcos deponía a los
capitanes y desbloqueaba los canales de navegación. Las
destilerías volvían a producir. A
partir de enero, la clase obrera venezolana comienza a
controlar PDVSA y a ponerla a trabajar y a producir bajo su
control, en forma totalmente independiente.
A medida que los obreros tomaban el control de las plantas,
un sector de la gerencia operativa empezaba a quebrarse y
aceleraba la puesta en funcionamiento” (ídem).
Fueron estos hechos, a
instancias de las masas y no del “indiscutible” rol
de Chávez, los que radicalizaron
el proceso en curso en Venezuela. Y esta radicalización
claramente ahora intenta ser reabsorbida
con el lanzamiento del PSUV y los ataques a la autonomía de
la UNT.
Sin embargo, nuestros autores
insisten en su visión de un papel del Estado burgués con
elementos “performativos”: la “dialéctica de
liderazgo y masas movilizadas que se identifican y responden
a iniciativas
populares impulsadas desde el Estado (...) sólo es
posible comprenderla bajo otro concepto que el de una
dicotomización entre el arriba manipulador y el abajo
desorganizado”; se trataría de una “interpelación
desde arriba e iniciativas tomadas desde abajo que
constituyen un terreno de subjetivación política
cualitativamente diferente al tipo de movilización
clientelar del pasado” (J: Sanmartino, cit.).
Más allá de que la movilización
bolivariana tiene sus mecanismos específicos, éstos de
todos modos incluyen
un fuerte componente clientelar; aunque no se trate sólo de
eso. Esos mecanismos clientelares siguen
teniendo un peso innegable, como surge de cualquier
testimonio que no sea meramente apologético; negar esta
realidad sólo puede estar al servicio del embellecimiento
del chavismo. Por otra parte, es obvio que Chávez ha
levantado en diferentes momentos banderas y reivindicaciones
populares que son las que explican en parte su poder de
movilización, lo que, claro está, lo distingue de los
mecanismos de la AD y el COPEI. Pero esto no es ninguna
novedad histórica: ha sido así con todos
los populismos.
De todos modos, lo más problemático
de la definición citada reside en otro lugar. Y es el hecho
que se conciba al Estado como un agente
de cambios más allá de todo limite, soslayándose la
necesidad de poner en pie un movimiento de la clase
trabajadora independiente
del chavismo, sin lo cual, a nuestro modo de ver, no se podrá
avanzar en un curso efectivamente anticapitalista y menos
todavía socialista.
No se trata sólo de que –con más
instinto que nuestros autores– inmediatamente después del
doble proceso de derrota del golpe y del paro sabotaje, Chávez
buscara mecanismos para inhibir
el curso independiente de las masas, y en eso sigue hoy. En
un sentido más profundo, lo que está sobre el tapete es el
problema teórico más general de concebir la posibilidad de
que un Estado burgués adopte un curso “antiburgués”.
Así, se pierden completamente de vista parámetros estructurales, que hacen al carácter
mismo del Estado y que imposibilitan la “transmutación”
que esperan nuestros autores.
A saber: la continuidad de la
gran propiedad privada –y de un capitalismo de Estado que no significa que la economía está en manos de los trabajadores–;
la existencia de unas Fuerzas Armadas, que por muy
“bolivarianas” que se proclamen, no
son milicias populares sino el mantenimiento del
monopolio de la fuerza por parte de un Estado que,
evidentemente, sigue siendo burgués; la continuidad y
reforzamiento del mecanismo plebiscitario y de las
instituciones de “representación” que, por más
“participativas” que se califiquen, de ninguna manera
constituyen organismos
de poder de las masas.
El Estado populista burgués
chavista se podrá “reformar” todo lo que se quiera...
pero lo que evidentemente nunca podrá ser es el
“semi-estado de los obreros armados” al que se refería
Lenin; es decir, basado en sus propios organismos de
representación y violencia organizada contra la clase
capitalista.
Sin embargo, se insi |