África

La hambruna se extiende por Somalia

GuinGuinBali, 04/08/11

La ONU declaró que tres nuevas regiones de Somalia están bajo los dramáticos efectos de la hambruna, con lo que ahora son cinco las zonas del país cuyos habitantes están a merced de la inanición.

Las nuevas zonas han sido identificadas como el campamento de refugiados de Afgoye, la comunidad de desplazados de Mogadiscio, en los siete distritos de la ciudad, y los distritos de Balaad y Adale, según dio a conocer Naciones Unidas.

De acuerdo con la ONU, la situación actual representa “la más severa crisis humanitaria” en el mundo hoy en día y la peor de seguridad alimentaria desde la hambruna registrada en 1991-1992, en la misma Somalia.

Debido a la cruda y prolongada sequía, la peor en seis décadas, que afecta la región del llamado Cuerno de África, millones de hombres, mujeres y niños se han visto forzados a huir de un sitio a otro en busca de alimentos. Se estima que en total hay más de 11 millones de personas afectadas.

Solamente en el conocido como corredor de Afgoye hay más de 400 mil somalíes, y de acuerdo con el jefe en Somalia de la Unidad de Análisis de la ONU para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición, Grainne Molones, se trata del mayor campamento de desplazados del mundo.

Lo peor es que de acuerdo con el organismo la respuesta ante la crisis humanitaria sigue siendo “inadecuada”, y en consecuencia se prevé que en las próximas semanas la hambruna se expanda al resto de la regiones del sur de Somalia.

La distribución de alimentos se ha visto obstaculizada por los guerrilleros islámicos vinculados a la red terrorista al-Qaeda, que controlan la mayor parte de las zonas hambreadas del país.

Una cumbre que se iba a realizar a partir del próximo martes en Addis Abeba, capital de Etiopía, convocada por la Unión Africana ha sido pospuesta al menos dos semanas.

El cónclave iba a reunir a gobernantes africanos y representantes de organizaciones internacionales con la finalidad de recaudar fondos de emergencia para enfrentar la hambruna en Somalia.


Mucho más que una sequía

Por Observatorio Global de la Deuda
GuinGuinBali, 01/08/11

Según la FAO “la hambruna en Somalia ha provocado la muerte de decenas de miles de personas en los últimos meses y la situación podría agravarse”. Las causas de la hambruna en el Cuerno de África, y en Somalia en particular, no se limitan a la situación de grave sequía.

La especulación alimentaria, el control del negocio por parte de la agricultura industrializada y el acaparamiento de tierras juegan un triángulo desastroso para la población somalí. De este modo, las tierras en manos de muy pocas personas o, en el peor de los casos, de empresas o fondos de inversión extranjeros, se emplean para producir grano para los mercados internacionales en los cuales, gracias a la especulación con los alimentos, sus precios se disparan. Todo ello reduce a la población somalí a la pobreza y a la incapacidad de acceder a alimentos. Así, Somalia tiene una esperanza de vida de 50 años y tan sólo un 30% de la población tiene acceso al agua potable.

Además de la especulación financiera, ¿Quién debe a quién? también denuncia el endeudamiento ilegítimo acumulado a lo largo de décadas y, sobre todo, desde la dictadura de Siad Barre (1969-1991).

A este incremento de la deuda externa se sumó, entre 1981 y 1990, la puesta en marcha de toda una serie de políticas impulsadas por el FMI y el BM por el régimen de Siad Barre. Estas políticas supusieron privatizaciones y medidas de liberalización financiera, entre otras. Todas ellas de corte muy similar a las que hoy incluye el Pacto del Euro. Con estas medidas, la deuda pasó de poco más de 1.000 millones de dólares en 1981 a 2.300 millones en 1990.

Desde la caída del dictador Barre, el valor de la deuda externa de Somalia no se ha incrementado demasiado. Así, durante el período 1990–2009, la deuda ha pasado de 2.370 a 2.972 millones de dólares, ya que la comunidad internacional no mantenía relaciones financieras con el Estado somalí fallido (no le daban crédito). En estos años, el aumento de la deuda externa somalí se debió principalmente a intereses por impagos que se acumulan a la deuda pendiente (incluyendo principal e intereses del crédito). Desde 1991 el Gobierno de Somalia solo ha realizado un pago de servicio de deuda, en 1996 (2,7 millones de dólares), por lo que de facto se trata de un Estado en suspensión de pagos.

De este modo, en 2009 (último año del que hay datos) Somalia tenía una deuda externa de cerca de 3 mil millones de dólares que supone unos 255 dólares per cápita y se estima que significa más del 300% en relación a su PIB.

De la deuda externa somalí, 26,73 millones de euros son con el Estado español. Esta deuda corresponde toda a dos créditos FAD otorgados en 1987 y 1989 al régimen dictatorial de Mohamed Siad Barre. En ese momento Felipe González era el Presidente. Oficialmente los créditos se destinaron a transporte terrestre. No obstante, el su destino último fue para la venta de camiones y vehículos militares españoles a Somalia. Las empresas españolas que se beneficiaron de la operación en ambos casos fueron ENASA - PEGASO y FOCOEX, que en el momento de la concesión de los créditos eran 100% públicas.

Este es un ejemplo claro de como la mayoría de la deuda externa somalí se puede declarar como deuda ilegítima, de opresión, ya que estos créditos sirvieron para mantener o fortalecer al régimen dictatorial y represor de Somalia.

Además, desde 2008, el Gobierno ha seguido gastando dinero con fines militares en Somalia mediante la operación Atalanta de la UE. Esta ha sido la costosa misión militar para proteger un puñado de barcos pesqueros españoles durante su expolio de la pesca somalí. Solo en 2010 el Gobierno gastó 82,3 millones de euros en esta misión, a los que habría que añadir 2,7 millones para la formación de militares somalíes (misión EUTM-Somalia).

En este contexto, la FAO ha pedido 1.100 millones de dólares para hacer frente a la hambruna que sufre el país. El Gobierno español ha prometido 25 millones de euros, algo menos de la deuda que le reclama a Somalia.


El hambre, un genocidio programado

Por José Naranjo
GuinGuinBali, 03/08/11

Estos días me he acordado mucho del padre Ángel Olaran, quien no necesita que nadie, ningún organismo internacional, declare la situación de hambruna para ponerse en marcha. Porque él sabe que hambre, hambruna, emergencia alimentaria, pobreza, miseria, no son sino palabras, matices, categorías creadas para definir una sola cosa, que en este mundo nuestro hay millones de personas, muchos de ellos niños, que no tienen nada qué comer ni fuerzas para ir a buscarlo. Esa es la única realidad que esconde tanta palabra..

Con escepticismo debe estar observando el padre Olaran todo este revuelo que se ha montado con Somalia. Para él, "la miseria extrema de los países del Tercer Mundo es el producto de un sistema internacional criminal, de la agresividad política, económica y religiosa de Occidente". Y que lo que llamamos cooperación y solidaridad no son sino migajas para lavar la conciencia. "Primero deberíamos hablar de Justicia para luego hablar de solidaridad", dice. "Si no se acaba con la pobreza es porque no interesa hacerlo. El hambre es un genocidio programado, tolerado" (del libro “Ángeles de Wukro”, de la periodista Mayte Pérez Báez)

Y quien lo dice no es un burócrata sentado en un despacho analizando estadísticas y porcentajes. Lo dice alguien que lleva 40 años en África pegado, más pegado imposible, a quienes nada tienen. En su última etapa ha estado viviendo en la región de Tigray, una de las más pobres de Etiopía, lejos de los focos y los flashes de las cámaras, donde ha puesto en marcha un proyecto integral de lucha contra la pobreza que incluye orfanatos, escuelas, atención al SIDA, desarrollo rural, etc. Proyectos que, con escasos medios, han cambiado la vida a miles de personas.

"¿Que aquí pueden morir 150.000 niños, como advierte Unicef? ¿Y a quién le importa eso? Como si muere un millón y medio. Es algo que no le va a quitar el sueño a nadie. Son cifras frías, estadísticas que hablan de criaturas desconocidas, sin nombres ni rostro", asegura Olaran, quien añade que "en 2007, 37 millones de personas murieron en el mundo por mala alimentación, unas 100.000 personas cada día, de los que unos 29.000 eran niños". O sea, tres niños por segundo. "Y para alimentar a un niño basta con 40 céntimos de euro al día".

Y la Iglesia, institución a la que pertenece, tampoco escapa a sus críticas. "La Iglesia se ha separado de la calle y está centrada en libros escritos hace cientos de años, en lugar de estar en los hechos. El Papa Juan Pablo II dijo que tenía una opción preferencial por los pobres, pero yo no vi esa opción por ningún lado. Fue solo una frase bonita. ¿Cómo se puede decir esto y la Iglesia seguir refugiada en su propio poder, en sus riquezas? ¿Qué hemos hecho con el mensaje de Jesús? El poder de la Iglesia debería ser su mensaje y no tantas riquezas".

Estos días me he acordado mucho del padre Olaran, a quien conocí hace unos meses en España. Y lo imagino en Wukro, con sus niños, alucinando un poco con todo este revuelo de Somalia, porque, en el fondo, él sabe, como sabemos todos, que el hambre no va a acabarse con unos cientos de toneladas de comida. O con un fogonazo informativo de quince días. Él sabe que cuando se vayan los periodistas y pase el interés, todos miraremos hacia otra parte y él seguirá allí, igual que los últimos 40 años, reclamando a Occidente que pida perdón a África y le devuelva todo lo que le ha robado y le sigue robando.


Somalia: los porqués del hambre

Por Esther Vivas (*)
El País, 30/07/11

Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos. contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.

La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por solo citar algunos casos.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas?

Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.

En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos.) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea.) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.

La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.

El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.

La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: "El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución".

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la "soberanía alimentaria", y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una "democracia real, ya" en la agricultura y la alimentación.


* Esther Vivas, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, es autora de “Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos”.