China

China en la crisis: cuatro aspectos de su actualidad

Por Rafael Poch (*)
Sin Permiso, 26/09/10

El pasado 16 de septiembre, nuestro amigo, el antiguo corresponsal del diario “La Vanguardia” en Pekín, Rafael Poch visitó Barcelona para ofrecer una conferencia en el CIDOB sobre la actualidad de China y su futuro como actor geopolítico en el escenario internacional. La conferencia se dio en el marco de unas jornadas sobre la emergencia de los BRIC y la consolidación de un escenario internacional post–unilateral organizadas por la Associació Cultural Roig en colaboración con la Fundació Pere Ardíaca. Rafael ha tenido la generosidad de enviar su texto a la redacción de Sin Permiso.

Buenas tardes:

En esta conferencia voy a ofrecer cuatro brochazos, sobre aspectos importantes de la actualidad china. Hablaré sobre: 1– Los méritos del buen gobierno de China, que explican cómo ese país está capeando la actual crisis financiera. 2– Los cambios en la leyenda sobre la superpotencia China que este dato aporta, cotejados con la realidad de la debilidad de China en la globalización. 3– El movimiento obrero en China, que a diferencia de la situación general en el mundo, tiene ciertas oportunidades en esta crisis. Y 4– Sobre el comportamiento mundial de China, en el pasado y el presente, dejando el futuro para los profesionales de ese ramo, me refiero a los adivinos.

I) Sobre los méritos y eficacia del “buen gobierno” de China, que continúan en la crisis.

En Occidente la crisis está creando algunos problemas sociales, pero en un país como China, inserto en un esquema exportador extraordinariamente dependiente de los humores de la economía global, una fuerte contracción de la demanda occidental crearía dilemas existenciales. De ahí se deriva la imperiosa necesidad de afirmar un modelo económico más endógeno, más basado en el potencial del mercado interno y menos en la exportación de productos de bajo valor añadido. Es una tarea enorme que precisa cambios colosales a todos los niveles, incluido cambios en la ideología y en el discurso.

El desmoronamiento del casino financiero, que en Occidente ha rehabilitado el keynesianismo, en China ha potenciado tendencias anti mercado y un nuevo apoyo a las empresas estatales, que han sido las principales receptoras del paquete anticrisis de medio billón de euros y de los créditos de casi un billón concedidos por los bancos, estrechamente controlados por el Estado. En algunos casos el giro a la izquierda en el discurso del Partido Comunista ha sido rampante.

Bo Xilai, el ex ministro de comercio hijo de un padre de la patria, era el niño bonito de los diplomáticos occidentales y de los ejecutivos de las multinacionales en Pekín. Tenía un impecable nivel de inglés, su hijo estudiaba en un colegio británico de elite y era capaz de distinguir un buen vino de Burdeos o de discutir una jugada de golf... Gente como él, miembro del Politburó desde 2007, le ponían rostro a una China neoliberal y capitalista. Y en eso fue nombrado jefe del partido en Chongqing, la metrópoli, sucia y currante, del curso medio del Yangtze. Al lado de Chongqing, ciudades como Pekín, Shanghai o Nanjing son como delicadas bailarinas del Bolshoi junto a un rudo minero de rostro tiznado. Otro mundo.

En Chongqing los dirigentes han acuñado un nuevo concepto, el llamado "PIB rojo" que describe, "un desarrollo económico que se orienta en las necesidades de las masas y no viene dictado por la codicia de las clases privilegiadas representadas por los 30 millones de millonarios", explica preocupado, Willy Lam, un conocido analista de derechas de Hong Kong.

En Chongqing, Bo Xilai ha promocionado la construcción de una gigantesca estatua de Mao, símbolo del igualitarismo, y su administración ha estipulado que por lo menos una tercera parte de las viviendas que se construyan en la ciudad deben ser asequibles para los obreros y campesinos. El jefe del partido adquirió fama por enviar mensajes con pasajes extraídos del Libro Rojo de Mao, a través de la red local de telefonía móvil con trece millones de abonados. Lam dice que, "en menos de dos años, Bo Xilai, ha citado frases y pensamientos de Mao en por lo menos treinta discursos". Hasta el presunto sucesor de Hu Jintao, Xi Jinping, ha pronunciado discursos rescatando el "servir al pueblo" y el "fortalecer el vínculo con las masas".

Sin tener nada que ver con un “regreso al maoísmo” o al “socialismo”, todo esto no es un adorno, ni un capricho, ni exclusivo del jefe de partido en Chongqing, sino algo serio, que de alguna forma ya adelantaron Hu Jintao y Wen Jiabao en los últimos años con su giro socialdemocratizante, por llamarlo de alguna manera. Es un síntoma de por donde va la cabeza de unos dirigentes pragmáticos que saben que el futuro es incierto y que están caminando, como se suele decir, sobre cáscaras de huevo.

–Lo más extraordinario de China es que la política anti crisis comenzó antes de la crisis. En 2002 ya estaba en marcha un cambio de rumbo de dirección keynesiana. ¿Por qué?; porque el sistema chino vio venir muchos de los problemas de la economía global, entre ellos el peligro de la extrema dependencia del país de la exportación, lo que la dejaba completamente expuesta a los bandazos de un brusca caída de la demanda, como ha ocurrido.

La crisis ha supuesto también una prueba para el control político de la economía. La mayoría de los observadores coincide en que ese control, que se creía mermado por el auge que la empresa privada registró en los últimos años, es más robusto de lo que se pensaba. Eso ha sido resultado de lecciones aprendidas en la crisis de 1998. Entre entonces y hoy:

• los ingresos del gobierno se doblaron (hasta alcanzar el 21% del PNB),

• los beneficios del sector público se multiplicaron por cuatro (hasta el 23% del PNB),

• los “malos créditos” de los bancos se redujeron un 75% y

• las reservas en divisas se multiplicaron por trece.

Para el año 2007, todo eso ya había incrementado la capacidad de intervención del gobierno, que respondió a la crisis de 2008 lanzando la consigna de gastar, gastar y gastar, y de reconducir hacia el mercado interno la menguante demanda exterior, una operación compleja que precisa créditos. Precisamente por eso, la clave ha sido, y es, el control político del crédito:

• Dos tercios de la banca está en manos del Estado y sus directivos son nombrados por el departamento de cuadros del Partido.

• Cuatro de los cinco jefes de los grandes bancos son miembros del Comité Central, así que las órdenes se cumplen.

El resultado es que los gobernadores de provincias compiten entre ellos por ver quien logra dar más créditos a través de los bancos de sus provincias, en estricta aplicación de la directiva del Politburó de facilitar el crédito. Como consecuencia, en el primer trimestre de 2009, los bancos chinos concedieron más créditos que en todo 2008.

La conclusión de todo esto es que mientras en Alemania oímos a la Canciller Merkel quejarse de que los bancos que están siendo rescatados con dinero público no dan créditos (y mucha gente si pregunta si no son ellos los que gobiernan a Merkel), China muestra una gobernabilidad mucho más efectiva de la situación. Como resultado, China mantiene su nivel de crecimiento anterior a la crisis y se ha convertido en el principal exportador mundial.

A partir de este dato se actualiza la leyenda de la superpotencia china.

II) Sobre la debilidad de China en la globalización y la evolución de la leyenda china al calor de la crisis

Refirámonos muy brevemente a la historia reciente de esa leyenda.

Lo de la superpotencia nos viene acompañando desde que las realidades sostenidas del crecimiento y vigor chinos se hicieron ineludibles, de tal forma que hubo que cambiar de discurso. Antes de la “superpotencia amenazante”, durante los años noventa, el discurso sobre China en medios como The Economist o el Financial Times –la Biblia en medios de comunicación– era diferente. Entonces lo que se decía era que el crecimiento chino era algo coyuntural y que pronto se desmoronaría como un castillo de naipes. No fue así, y desde finales de los noventa, la interesada y manipulada exageración sobre la superpotencia china, tomó el relevo a la embarazosa constatación de que un gran país en desarrollo salía adelante con recetas estatistas bien diferentes a las pregonadas por el consenso de Washington, un embarazo que en los noventa se solucionaba diciendo, “...pero no va a durar mucho”.

La leyenda actual, la del siglo XXI, podríamos decir, tiene que ver con la obsesión por buscar enemigos y amenazas que tiene un sistema fundamentalmente agresivo y belicista.

China tenía todos los números para ser declarada “siguiente enemigo”. Recodemos que su embajada en Belgrado recibió un misil que entró “por error” por el balcón del despacho del embajador, en el inicio de la “guerra humanitaria” de Kósovo, en 1999. Que luego un avión espía americano se metió en el espacio aéreo chino y acabó retenido en Hainan. Y recordemos también los artículos que los ideólogos de la “seguridad nacional” de Estados Unidos dedicaban a China en el cambio de siglo. Afortunadamente para China apareció Bin Laden y en 2001 la “guerra contra el terrorismo” canalizó todo eso hacia otro enemigo. Evidentemente, los avances y posiciones imperiales en Asia Central y Afganistán, también tienen algo que ver con China, más exactamente con tomar posiciones entre Rusia y China junto a la primera zona energética del mundo, pero la situación podría haber sido mucho peor...

En cualquier caso, en el momento actual la leyenda afirma que mientras la crisis hace estragos en la potencia occidental la superpotencia china está avanzando aun más posiciones en la globalización. Ese discurso afirma lo siguiente:

• Que China ha superado a Alemania como primer exportador mundial.

• Que su PIB ya es el segundo del mundo, por delante de Japón.

• Que tres bancos chinos ocupan los primeros puestos mundiales en capitalización.

• Y que las empresas chinas están aprovechando la crisis y sus fabulosas reservas de divisas de 2,3 billones de dólares, las mayores del mundo, para comprarlo todo. Es lo que ilustra el titular de la revista “Fortune” de noviembre del año pasado: “Los chinos se van de compras, ¿está su empresa, o su país, en la lista?”.

Todo es verdad menos lo último, pero incluso lo que es verdad hay que saber leerlo.

China es una gran potencia exportadora, pero su posición en la globalización , por más que pueda mejorar con la crisis (toda propaganda se basa en algún momento real) sigue siendo muy débil, y no parece que la crisis vaya a alterar ese problema fundamental. Veamos algunos datos significativos que nos ofrece Peter Nolan (1):

El capitalismo actual se caracteriza por un vivo proceso de concentración empresarial y tecnológico: empresas grandes que se comen a las más pequeñas y controlan los mercados. La crisis ha sido aprovechada para incrementar ese proceso, mediante fusiones y adquisiciones. En 2007–2008 se produjeron 169 operaciones de concentración empresarial, pero las empresas chinas –ni las de los países en desarrollo en general– no figuran en ninguna de ellas.

En el grupo de las 1400 empresas más punteras, las de Estados Unidos, Japón y Europa forman el 80%. Es verdad que China tiene las mayores reservas de divisas, pero:

1.– si esos 2,3 billones se reparten per cápita, resultan 1800 dólares (Corea, 5600$ per capita, Japón 8400$),

2.– sólo las diez principales empresas de Estados Unidos ya superan en capital de mercado esa suma, y

3.–Los 500 principales administradores de activos, de los que el 96% pertenecen a empresas de la tríada (EE.UU, UE, Japon), manejan 64 billones de dólares, es decir 27 veces más del capital de la reserva china.

En la construcción de empresas globales, China está en pañales. Hay algunas empresas que han logrado determinados nichos en el mercado global (Huawei telecom/ Haier Linea Blanca/Lenovo ordenadores personales), pero son excepciones y en nichos no estratégicos. Huawei, seguramente la más notable de ellas podría acabar fusionándose con alguna empresa occidental mayor...

Los bancos chinos son grandes, pero tampoco están en el mundo: no figura ni un sólo banco chino entre los 50 principales por su presencia mundial.

• Esa realidad contrasta mucho con el ruido que se hace cuando una empresa china, sea en Estados Unidos, en Rusia o Kazajstán, pretende hacerse con una empresa local. Leyendo la prensa mucha gente puede tener la sensación de que los chinos se nos van a comer. Hasta la entrada de China en África, –donde ha invertido 7800 millones en un año (2009) una cantidad moderada y en países relativamente abandonados por la tríada por su ruina o peligrosidad– es objeto de leyendas sobre “el nuevo colonialista”. Eso nos lleva al aparato de propaganda.

El aparato de propaganda chino ha mejorado mucho. La televisión china tiene emisiones globales en chino, inglés y español. Si en los noventa la tele global se reducía prácticamente a la CNN y la BBC, sin apenas diferencia en momentos de gran premura propagandística, como la guerra de Yugoslavia o Irak, ahora existe Al Jazira, y teles rusas y chinas globales. Se ha mejorado algo (muchos chinos, fuera de China ven esas emisiones de Pekín), pero el desequilibrio es patente y los “menús” informativos siguen determinados por el mundo anglosajón. Es inimaginable que la CCTV, la tele china, determine los menús informativos, lo que es noticia y lo que no lo es, en Australia, en el Golfo Pérsico, en África o en Europa.

• Las inversiones directas en el extranjero del conjunto de los BRIC, sumados, (Brasil, Rusia, India y China), representan menos que las de Holanda. El monto total de las inversiones que China realiza en el extranjero es inferior al realizado por Rusia, Brasil o Singapur. En 2009 su monto de inversiones FDI en los países desarrollados ascendió a 17.500 millones, es decir menos de un 5% de lo que China recibe en inversiones, procedentes en su mayoría de la tríada y de Asia Oriental. Es decir: las transnacionales están muy metidas en China, pero las empresas chinas NO existen en el mundo desarrollado.

La realidad es que China sigue siendo un país en desarrollo y la prueba es que con una población que supera en 300 millones a los 1000 millones de los países más ricos, su PIB es una quinta parte, y sus exportaciones una décima parte, del PIB de aquellos. Así que la conclusión sigue siendo la de que el éxito de China es el de una hábil administración de su debilidad en la globalización. Si hay que quedarse con una simple imagen, la afirmación de que China es taller mundial de productos de escaso valor añadido y que cambia millones de pares de zapatos por un solo Boeing 747, es más realista que lo de “próxima e inminente superpotencia”.

Por su condición de país en desarrollo, por su debilidad en la globalización y por los costes humanos y en medio ambiente que acarrean, todos estos éxitos de crecimiento deben ser considerados éxitos en la crisis, más que victorias en un proceso que conduciría inevitablemente hacia el estatuto de superpotencia. Me parece que esa es la visión sobria que el propio grupo dirigente chino tiene de la situación.

El año pasado, en Munich, el Ministro de exteriores chino, Yang Jiechi recordó lo obvio: que, "las ciudades como Pekín y Shanghai no representan al conjunto de China", donde hay "muchas zonas rurales y remotas muy pobres, con 135 millones de chinos viviendo con menos de un dólar diario (el 18% de los 750 millones que hay en el mundo en esa categoría), 400 millones (más del 30% de la población) que viven con menos de dos dólares diarios, y 10 millones sin acceso a electricidad".

Muy pocos países han logrado en el último medio siglo salir del agujero del subdesarrollo e ingresar en el club de los más desarrollados. La lista se limita a Corea del Sur, la isla de Taiwán y poco más. Si China puede realizar esa gesta, es algo que queda para el futuro y que desconocemos. Yang dijo que para que China alcance una "modernización verdadera", "deberán pasar una docena de generaciones".

III) Sobre el movimiento obrero en China

El imperativo de desarrollar el mercado interno tiene enormes implicaciones sociales, porque la mejora de las condiciones generales de vida de los de abajo y el aumento de sus ingresos salariales, son condiciones ineludibles para afirmar un crecimiento más endógeno, más basado en el consumo nacional, y menos dependiente de la turbulenta economía global. Ese es el sentido general de invertir en la sociedad, de disminuir los gastos en educación para los más pobres, de liberar de impuestos a los campesinos y de organizar un sistema de seguridad social y atención médica que cubrirá al 100% de la sociedad en el año 2020, comenzando por los más débiles y desprotegidos; ancianos, mujeres embarazadas, niños... Cuando estalló la crisis, todo eso –una tarea colosal– ya estaba en marcha. No conozco ningún otro país que en los seis o siete años anteriores a la crisis, estuviera en esa clave preventiva y, digamos, avisada, sobre lo que podía venir.

¿De donde partió ese reflejo? En primer lugar, como he dicho, del precedente sentado en 1998 por la crisis asiática y el creciente desorden financiero en Estados Unidos –de la misma naturaleza que el de nuestro ladrillo y del que nadie con responsabilidades ejecutivas parecía consciente. En segundo lugar, del impacto de la crisis del Sars, el brote de neumonía atípica del 2003, que evidenció que una simple crisis sanitaria –que no llegó a mayores– podía hacer tambalear el crecimiento y trastocar toda la economía debido a la ausencia de socialismo, de redes sanitarias y de seguridad social. Fueron alarmas que hicieron tomar conciencia de la insostenibilidad de un crecimiento desigual y desequilibrado. Toda esta reflexión social tiene grandes consecuencias para la clase obrera china y abre oportunidades institucionales al movimiento obrero allá.

Recordemos brevemente de lo que estamos hablando cuando decimos “clase obrera china”:

En primer lugar estamos hablando del colectivo laboral mayor del mundo, cuyos salarios humor y condiciones materiales de vida, determinan mucho. Lo que ha pasado en el mundo del trabajo en los últimos veinte o treinta años, no se entiende sin el ingreso en la economía capitalista de los trabajadores del bloque del Este, la India y China. Ese aporte duplicó el número de la mano de obra global (pasamos de 1460 millones de obreros a más de 2900 millones). Muchos más trabajadores compitiendo por el mismo capital alteraron la correlación global entre capital y trabajo. La explotación, vía salarios–basura, deslocalización, etc, recibió nuevas oportunidades, que, como vemos por doquier, se están aprovechando muy bien.

China responde de la mitad de ese incremento global de mano de obra. Las condiciones de trabajo de su clase obrera repercuten en el escenario global, tanto en otros países en desarrollo (el caso del textil mexicano es conocido: los mexicanos perdieron segmentos enteros del mercado americano que tienen allí al lado y del que forman parte, vía el NAFTA) como en los países centrales. Por eso, que las autoridades chinas estén interesadas, por razones de la sostenibilidad general de su economía y de su régimen, en la mejora de las condiciones sociales, tiene gran relevancia fuera de China, en el mundo entero.

También la evolución demográfica del país, con una tendencia hacia el envejecimiento poblacional bastante dinámica, y las mejoras fiscales en el campo, apoyan indirectamente ese vector de mejora, porque tienden a secar para las empresas más explotadoras la hasta ahora inagotable fuente de mano de obra rural y es un factor de subidas salariales. Muchos obreros pueden pensárselo más a la hora de aceptar determinadas condiciones de trabajo, y de hecho, los sectores más explotadores de la manufactura vienen sufriendo desde 2007/2008 problemas de escasez de mano de obra.

Hay que decir que la voluntad tecnocrática de los dirigentes de Pekín es importante, pero se ve mermada y relativizada por su limitada capacidad para hacer cumplir sus decisiones y directivas; por ejemplo la relativa cobertura que el gobierno central ha prestado a la última ola de huelgas, o una nueva legislación sobre convenios colectivos y representación sindical en las empresas (2). Gobiernos provinciales y locales –muchas veces estrechamente dependientes de intereses empresariales– pueden convertir en papel mojado esas directivas.

El escenario ideal sería que China llegara a una situación como la de Vietnam, donde existe el derecho de huelga y donde los tribunales (que en China dependen del poder local, lo que merma su independencia, un problema gravísimo) suelen dar la razón a los obreros en las disputas laborales. Habrá que ver....

Finalmente, hay otro factor muy importante que es la presión de los propios obreros, legalista, o, cuando esa vía falla, explosiva, que puede determinar mucho el proceso futuro. En China hay dos clases obreras, la antigua y atípica, producto de la industrialización maoísta, que tuvo puestos de trabajo vitalicios, pensiones, y redes de vivienda y sanidad, en gran parte desmantelada en los años noventa, y la de origen campesino–emigrante, que alimenta la manufactura para la exportación, una clase obrera “clásica” en el sentido de Marx, cuya situación, salvando todas las distancias, podría compararse con la de nuestros emigrantes extranjeros. Estos dos ejércitos laborales están unidos por una reclamación de legalidad que deja fuera de juego a las autoridades, porque ellas mismas hablan de gobernar de acuerdo a la ley. Para las autoridades el norte no es la justicia social sino la estabilidad, y reprimen de la forma más feroz cualquier intento de organización obrera autónoma. Los obreros lo saben y renuncian a ello, pero su protesta es muy viva.

Contra la idea tópica que se tiene de ellos, los chinos son muy rebeldes, y sus exigencias de derechos y salarios más altos están creciendo. En China hubo huelgas, en el Shanghai de 1957 y en 1976. En el año 2000 se produjo la movilización más potente desde Tiananmen (1989): fue una revuelta de jubilados, parados y trabajadores del sector estatal del Noreste (Dongbei), un bastión de la primera de las dos clases obreras citadas... El potencial para la protesta va a más, pero siempre de forma aislada, sin organización que supere a una empresa (una estrategia consciente para no provocar la represión) y apoyándose en el discurso oficial sobre la legalidad. El resultado es un sutil tira y afloja, pero la actividad va a más:

En 2008 se registraron 127.000 protestas y tumultos sociales que implicaron a 12 millones de ciudadanos (en 2005, fueron 87.000). En 467 casos esa protesta incluyó el asalto a sedes del gobierno, en 615 casos ataques a la policía y en otros 110 casos destrozos e incendios de vehículos. Muchos de estos desórdenes son obreros. Estos datos muestran una sociedad viva y reactiva, con cuya ira el gobierno debe contar a la hora de tomar decisiones que afectan a la gobernabilidad. Llegamos así a un aspecto crucial, el último, para comprender el comportamiento internacional de China que es el de su potencial de caos interno como factor disuasorio de aventuras exteriores de tipo imperial.

IV) Sobre el comportamiento mundial de China en el pasado y en el presente

Pese a todo lo dicho sobre la leyenda de su potencia y la debilidad de su posición en la globalización, es obvio que China crece, en economía y en poder ¿Cómo administra esa nueva fuerza? La perspectiva histórica la explicó muy bien Giovanni Arrighi, siguiendo a Fernand Braudel y toda una serie de historiadores japoneses, en su “Adam Smith in Beijing”, que me dio la idea esencial que defiendo en mi libro (3).

En primer lugar la relativa escasez de conflictividad exterior de China y su entorno hoy y ayer. En el ayer vemos: Dos guerras con Japón provocadas por este, alguna incursión en Birmania, guerras de afianzamiento de las fronteras –como las sangrientas en Xinjiang y contra los pueblos de la estepa en el XVIII y XIX– y poca cosa mas. En la época moderna, estando amenazada por la superpotencia, la guerra de Corea, la guerra fronteriza con India de octubre de 1962, provocada por ésta, los incidentes fronterizos con la URSS durante la Revolución Cultural –que ni siquiera los generales soviéticos implicados sabían explicar en Moscú– y, como excepción, la invasión de Vietnam, esta sí, una vergonzosa operación de castigo de la que los chinos salieron trasquilados...

Hoy constatamos un papel moderado, prudente y pacificador en los dos escenarios más calientes que China tiene en su entorno inmediato: el de la península coreana y el de Taiwán, ambos vinculados a la guerra fría y los impulsos agresivos de Estados Unidos. También vemos moderación en gastos militares (150.000 millones de dólares) y en la doctrina nuclear que rige un arsenal discreto (su tamaño es comparable al británico) y que apenas se ha renovado desde los años ochenta.

Volviendo a la historia, constatamos un desinterés histórico por el comercio de larga distancia y por el dominio y conquista exterior, factores de imperialismo. En lugar de eso domina una tradición de imperio tributario claramente dominante de su entorno asiático, basado en valores confucianos compartidos con Asia Oriental, e interesado en la armonía de su entorno y que arroja un resultado de 500 años de relativa paz, en franco contraste con el estado de cosas en la historia europea, con potencias en permanente competencia y guerra, que practican cambiantes alianzas entre ellas para impedir el dominio continental de una sola.

¿Cómo se explica eso? Mucho tiene que ver con la propia complicación de mantener China estable. Si un gobernante tiene grandes problemas y debe dedicar enormes energías y atención a la gobernabilidad interna de su país, su predisposición hacia la aventura y agresividad exterior es necesariamente reducida. Ese es el caso de la historia de China, país de revueltas, muy vulnerable a catástrofes naturales (es crónica la simultaneidad de sequía e inundación en un mismo año), con una capacidad de caos sin parangón, como nos sugiere su historia moderna. La serie de poco más de un siglo es impresionante:

Desde la revuelta Tai Ping (la mayor guerra civil de la historia con 50 millones de muertos en el XIX), hasta las grandes hambrunas del cambio de siglo. De ahí a la quiebra imperial, la disolución y fragmentación nacional de los señores de la guerra, la invasión extranjera, la guerra, la guerra civil y la revolución. Desde entonces el gran salto adelante (la mayor hambruna del siglo XX que el voluntarismo político agravó), la revolución cultural, la actual degradación medioambiental...

No creo que haya en el mundo un país con tal potencial y concentración de caos, lo que explica con creces la prudencia de China y su obsesión por la estabilidad, interna, y, por extensión, externa. Porque lo externo es visto como algo subordinado a lo interno, al problema de la gobernabilidad. Es cierto que la viva y creciente dependencia china de recursos energéticos exteriores es un factor nuevo que altera el histórico desinterés chino por el comercio de larga distancia (aquí hay terreno de debate sobre las consecuencias que ello puede tener en el comportamiento mundial de China, pero el hecho es que este país no construye el instrumento tradicional para la salvaguardia de rutas comerciales: poderosos recursos militares aeronavales), pero, en general, creo que tenemos argumentos razonables para pensar en un papel paliativo de China de puertas afuera, en el caos que anuncia el inquietante siglo XXI. Muchas gracias.


(*) Rafael Poch es el actual corresponsal en Berlín del diario barcelonés “La Vanguardia”. Ha sido anteriormente corresponsal de ese mismo diario en el Moscú de Yeltsin (1985–2002) y, luego, entre 2002 y 2008, en Pekín. La editorial crítica de Barcelona ha publicado dos libros de Poch, dos soberbios testimonios, tan analíticamente lúcidos como literariamente lucidos, de su paso por Moscú (“La gran transición. Rusia 1985–2002”, 2004) y por Pekín (“La Actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en gestación”, 2009.

Notas:

1) En la última New Left Review. Nolan es un observador competente que en un libro de 1995, China's Rise, Russia's Fall: Politics, Economics and Planning in the Transition from Stalinism, defendió correctamente la superioridad de la vía china con respecto a la rusa, algo obvio pero que nadie quería ver entonces por no contradecir a las biblias mediáticas y académicas, que entonces afirmaban lo muy bien que iban las cosas en Moscú y lo poco que iba a durar el crecimiento chino.

2) La crisis hizo que la aplicación de esas leyes, “se paralizara en ciertas zonas”, dice Qiao Jian, del Instituto chino de relaciones laborales. Los casos de salarios impagados aumentaron sensiblemente, pero también aumentaron notablemente los pleitos interpuestos por los obreros ante el Tribunal Supremo: 295.000 en 2008, con un incremento del 90% con respecto al año anterior. Fueron 318.000 en 2009 y 207.000 en los primeros ocho meses de 2010. El relativo apoyo del gobierno a la presión obrera quedó patente en unas declaraciones del primer ministro Wen Jiabao sobre los “bajos salarios” en las empresas en huelga, y en el hecho de que diarios como China Daily denunciaran “la frecuente violación de los legítimos derechos de los trabajadores” e incluso publicaran artículos de Anita Chan, una buena especialista laborista del movimiento obrero chino.

3) La actualidad de China. Un mundo en crisis, una sociedad en gestación. (Barcelona, Editorial Critica, 2009).