China

Cuando más se celebra la “armonía”, más caos y antagonismo hay en la realidad.
China está escasamente bajo control: amenaza con explosionar

Existe pero no existe: el PC chino

Por Slavoj Žižek (*)
London Review of Books, 21/10/10
Tlaxcala, 11/12/10
Traducido por Alberto Loza Nehmad

Reseña del libro de Richard McGregor, “The Party: The Secret World of China’s Communist Rulers” (“El Partido: El mundo secreto de los gobernantes comunistas chinos”), Allen Lane, 302 págs., junio 2010.

El discurso de Khrushchev de 1956 que denunciaba los crímenes de estado de Stalin fue un acto político del cual, como su biógrafo William Taubman escribe, “el régimen soviético nunca se recuperó totalmente, y Khrushchev tampoco”. Aunque fue un acto evidentemente oportunista, evidentemente en él había más que oportunismo, un tipo de exceso negligente que no puede explicarse en términos de estrategia política.

El discurso socavó tanto el dogma del liderazgo infalible que la nomenklatura entera se hundió en una parálisis temporal. Cerca de una docena de delegados colapsaron durante el discurso y tuvieron que ser sacados para recibir ayuda médica; uno de ellos, Boleslaw Bierut, el secretario general del Partido Comunista polaco, de línea dura, murió de un ataque al corazón.

El escritor estalinista modelo Alexander Fadeyev llegó a pegarse un tiro unos pocos días después. El asunto no es que ellos fueran “comunistas honestos”: la mayoría de ellos eran manipuladores brutales sin ninguna ilusión en el régimen soviético. Lo que se quebró fue su ilusión “objetiva”, la figura del “gran Otro” como un trasfondo contra el cual ellos podían ejercer su brutalidad y su impulso por el poder. Habían desplazado su creencia sobre este Otro, el cual, a su vez, creía en nombre de ellos. Entonces se les desintegró su representante.

Khrushchev estaba apostando a que su (limitada) confesión fortalecería el movimiento comunista, y en el corto plazo tuvo razón: siempre se debería recordar que la era de Khrushchev fue el último período de auténtico entusiasmo comunista, de creencia en el proyecto comunista. Cuando durante su visita a EEUU en 1959 le dijo al secretario de agricultura de EEUU, “Sus nietos vivirán bajo el comunismo”, estaba afirmando la convicción de la nomenklatura soviética entera. Aún cuando Gorbachev intentó una confrontación más radical con el pasado (las rehabilitaciones incluyeron a Bukharin), Lenin permaneció incuestionable y Trotsky continuó sin existir.

Anuncios pidiendo empleos

Compárese estos eventos con la manera china de romper con el pasado maoísta. Como Richard McGregor muestra en The Party, las “reformas” de Deng Xiaoping procedieron de un modo radicalmente diferente. En la organización de la economía (y, hasta cierto punto, la cultura), lo que usualmente es percibido como “comunismo” fue abandonado y se abrieron las puertas a lo que, en Occidente, se llama “liberalización”: propiedad privada, la búsqueda de la ganancia, un estilo de vida basado en el individualismo hedonista, etc. El Partido mantenía su hegemonía no a través de la ortodoxia doctrinal (en el discurso oficial, la noción confuciana de la Sociedad Armoniosa reemplazó prácticamente a toda referencia al comunismo), sino asegurando el estatus del Partido Comunista como la única garantía de la estabilidad y prosperidad de China.

Una consecuencia de la necesidad del Partido de mantener la hegemonía es su cercano seguimiento y regulación de la manera en que la historia china es presentada, especialmente la de los últimos dos siglos.

La historia incesantemente reciclada por los medios y los libros de texto estatales es aquella de la humillación de China, que se supone empezó con las Guerras del Opio de mediados del siglo XIX y terminó solo con la victoria comunista de 1949. Ser un patriota es apoyar el gobierno del Partido Comunista.

“¡Fuera de mi camino, camarada!”

Cuando la historia es usada para los propósitos de legitimación, no puede apoyar ninguna autocrítica sustantiva. Los chinos aprendieron la lección del fracaso de Gorbachev: el reconocimiento total de los “crímenes fundadores” se trae abajo todo el sistema: ellos deben ser negados.

Es cierto que algunos “excesos” y “errores” maoístas fueron denunciados (el Gran Salto Adelante y la extendida hambruna que le siguió; la Revolución Cultural), y la evaluación del rol de Mao que hace Deng (70 por ciento positivo y 30 por ciento negativo) está entronizada en el discurso oficial.

Pero la evaluación de Deng funciona como una conclusión formal que hace superflua cualesquiera discusión o elaboración adicionales. Mao puede ser 30 por ciento malo pero continúa siendo celebrado como el padre fundador de la nación, con su cuerpo en un mausoleo y su imagen en todos los billetes.

En un caso de negación fetichista, todos saben que Mao cometió errores y causó inmensos sufrimientos pero su imagen permanece mágicamente impoluta. De este modo, los comunistas chinos pueden conservar la torta a la vez que se la comen: la liberalización económica está combinada con la continuación del gobierno del Partido.

¿Cómo funciona esto en la práctica? ¿Cómo se combina la hegemonía del Partido con el moderno aparato del estado necesario para regular una economía en explosión? ¿Qué realidad institucional sostiene el eslogan oficial de que un buen desempeño de la bolsa de valores (altos retornos a la inversión) es la manera de luchar por el socialismo? Lo que tenemos en China no es simplemente una combinación de una economía capitalista privada y un poder político comunista. De una u otra manera el estado y el Partido poseen la mayoría de las compañías de China, especialmente las grandes: es el Partido mismo quien demanda que ellas se desempeñen bien en el mercado.

Trabajadores migrantes del campo
a la ciudad

Para resolver esta evidente contradicción Deng inventó un sistema dual único. “Como organización, el partido se sitúa fuera y por encima de la ley”, He Weifang, profesor de derecho de Beijing, le dice a McGregor: “Debería tener una identidad legal, en otras palabras, una persona a quien demandar, pero ni siquiera está registrado como una organización. El Partido existe por completo fuera del sistema legal”.

“Parecería difícil —escribe Mc Gregor— ocultar una organización tan grande como el Partido Comunista Chino, pero éste cultiva con cuidado su papel detrás del escenario. Los grandes departamentos partidarios que controlan al personal y los medios, mantienen un expreso perfil bajo. Los comités partidarios (conocidos como “pequeños grupos líderes”) que guían y dictan la política a los ministerios, que a su vez tienen el trabajo de ejecutarla, trabajan fuera de vista. La composición de todos estos comités y en muchos casos aún su existencia, raramente es mencionada en los medios, controlados por el estado, y menos aún cualquier discusión sobre cómo llegan a sus decisiones.

Una anécdota de la era de Deng Xiao Ping ilustra lo extraño de la jerarquía del Partido. Deng aún estaba vivo, aunque retirado del puesto de secretario general, cuando uno de los más altos miembros de la nomenklatura fue purgado. La razón oficial era que, en una entrevista con un periodista extranjero, él había divulgado un secreto de estado: a saber, que Deng era aún la autoridad suprema y estaba efectivamente tomando todas las decisiones. En realidad todos sabían que Deng aún movía todos los hilos, solo que esto nunca se afirmaba oficialmente. El secreto no era simplemente un secreto: se anunciaba a sí mismo como un secreto. Así, actualmente, no es que se suponga que la gente no sabe que una estructura partidaria oculta actúa en la sombra de las agencias del estado: se supone que la gente es completamente consciente de que tal red oculta existe.

El gobierno y otros órganos del estado, “que ostensiblemente se comportan en gran medida como lo hacen en otros países”, están al centro del escenario: el Ministerio de Finanzas propone el presupuesto, las cortes emiten veredictos, las universidades enseñan y otorgan grados, los sacerdotes conducen los rituales. Así, por un lado, tenemos el sistema legal, el gobierno, la asamblea nacional elegida, la judicatura, el imperio de la ley, etc. Pero, por otro lado (como indica el término oficial “Liderazgo del Partido y el estado”: el “Partido” siempre va por delante), tenemos al Partido, que es omnipresente pero que siempre está en el trasfondo.

El otorgamiento del Premio Nobel a Lio Xiaobo fue un reconocimiento de las tensiones y antagonismos que subyacen en la historia del éxito chino, pero también un recordatorio de que la simple transformación de China en una democracia parlamentaria, probablemente, tanto podría agravar estos antagonismos como resolverlos.

Hay, por supuesto, muchos estados, algunos inclusive formalmente democráticos, en los que un círculo semisecreto controla el gobierno; en la Sudáfrica del apartheid, por ejemplo, era el Broederbond. Lo que hace único al caso chino es que esta duplicación del poder entre los reinos de lo público y lo privado está ella misma institucionalizada.

Protesta de trabajadores migrantes por salarios impagos

Las nominaciones a los puestos claves —en el Partido y los órganos del Partido, pero también en las compañías más grandes— son hechas primero por un cuerpo partidario, el Departamento de Organización Central, cuyo cuartel general en Beijing no tiene un teléfono listado ni un aviso con su nombre en la calle. Sus decisiones, una vez hechas, son pasadas a los órganos legales —asambleas estatales, directorios de empresas— los que entonces pasan por el ritual de confirmarlas por votos. El mismo procedimiento doble —primero el Partido, luego el estado— está establecido para todo nivel, inclusive la política económica, que primero es debatida por el Partido, y sus decisiones son luego implementadas por los cuerpos gubernamentales.

La brecha entre Partido y estado es de lo más obvia en la lucha anticorrupción: Cuando hay sospechas de que algún alto funcionario está involucrado en actos de corrupción, la Comisión Central para la Inspección Disciplinaria, un órgano del Partido, investiga las acusaciones sin las restricciones de las delicadezas legales: los sospechosos pueden ser secuestrados, sujetos a interrogatorios severos y retenidos hasta por seis meses.

El veredicto finalmente alcanzado dependerá no solo de los hechos sino también de complejas negociaciones detrás de bambalinas entre diferentes camarillas del Partido, y si el funcionario es hallado culpable, solo entonces es entregado a los cuerpos legales estatales. Pero para esta etapa todo ya está decidido y el juicio es una formalidad: solo la sentencia es (a veces) negociable.

La ironía es que el Partido mismo, con su funcionamiento oculto al escrutinio público, es la fuente en última instancia de corrupción. El círculo interior, compuesto de los funcionarios más altos del Partido y el estado así como jefes de la industria, se comunica vía una red telefónica exclusiva, la “Máquina Roja”; tener uno de sus no listados números es una señal clara de estatus. Un viceministro le dice a McGregor que “más de la mitad de las llamadas que él recibía en su ‘máquina roja’ eran pedidos de favores de funcionarios principales del Partido, del tipo de: “Puede usted darle a mi hijo, hija, sobrina, sobrino, primo o buen amigo, un trabajo?”.

En el congreso del Partido, que tiene lugar cada ocho años más o menos, el nuevo ejecutivo central (los nueve miembros del Comité Permanente del Politburó) es presentado como un hecho consumado. El procedimiento de selección involucra complejas negociaciones detrás de bambalinas; los delegados a la asamblea, a quienes no se les dice por adelantado a quién se irá a presentar, son formalmente invitados a emitir su voto por esa selección, pero invariablemente le dan su aprobación unánime. La figura más poderosa en el Partido como regla (pero no siempre) asume tres títulos: presidente de la república, secretario general del Partido y presidente de la Comisión Militar Central (la cabeza de las fuerzas armadas).

Los últimos dos títulos son mucho más importantes que el primero. El Ejército Popular de Liberación es una entidad completamente politizada, siguiendo el lema de Mao de que “el Partido manda al fusil”. En los estados burgueses se supone que el ejército es apolítico, una fuerza neutral que protege el orden constitucional; para los comunistas chinos tal ejército despolitizado sería la mayor amenaza imaginable, dado que el ejército es su garantía de que el estado permanecerá subordinado al Partido. Para que funcione, tal estructura tiene que basarse en un delicado equilibrio entre la fuerza y el protocolo. Debido a que el Partido actúa fuera de la ley, un conjunto complejo de reglas no escritas gobierna cómo se espera que se sigan las decisiones del Partido.

La noción del Partido–estado no puede describir bien las complejidades del comunismo del siglo XX: siempre hay una brecha entre Partido y estado, y el Partido funciona como el doble borroso del estado. Los disidentes piden una nueva política de distanciamiento del estado, pero ellos no reconocen que el Partido es esa distancia: esta distancia representa una desconfianza fundamental en el estado, sus órganos y mecanismos, como si tuvieran que ser controlados, mantenidos bajo control, en todo momento. Un verdadero comunista del siglo XX nunca acepta completamente al estado: acepta la necesidad de un agente, inmune a la ley, que tiene el poder de supervisar las actividades del estado.

Por supuesto este modelo será criticado como no democrático. La preferencia ético política por un modelo democrático en el que los partidos están formalmente al menos subordinados a los mecanismos del estado, cae en la trampa de la “ficción democrática”. Ignora el hecho de que en una sociedad “libre”, la dominación y el sometimiento se encuentran en la “apolítica” esfera económica de la propiedad y el poder gerencial.

La distancia del Partido de los aparatos del estado y su capacidad de actuar sin constreñimientos legales, permiten una única posibilidad: la actividad “ilegal” puede ser realizada no solamente en el interés del mercado, sino, a veces, también en el interés de los trabajadores. Por ejemplo, cuando la crisis financiera de 2008 golpeó a China, la reacción instintiva de los bancos chinos fue seguir el cauto enfoque de los bancos occidentales de cortar radicalmente los créditos a las compañías deseosas de expandirse. Informalmente (ninguna ley legitimó esto) el Partido simplemente ordenó a los bancos que soltaran el crédito, y así tuvieron éxito (hasta ahora) en sostener el crecimiento de la economía china.

Para tomar otro ejemplo, los gobiernos occidentales se quejan de que sus industrias no pueden competir con los chinos en producir tecnologías ecológicas, porque las compañías chinas consiguen apoyo financiero de su gobierno. ¿Pero qué hay de malo en esto? ¿Por qué Occidente simplemente no sigue a China y hace lo mismo?

Pero China no es ningún Singapur (tampoco lo es, para tal caso, Singapur): no es un país estable con un régimen autoritario que garantiza la armonía y mantiene el capitalismo bajo control. Cada año, miles de rebeliones de trabajadores, granjeros y minorías, tienen que ser sofocadas por la policía y el ejército.

No sorprende que la propaganda oficial insista obsesivamente en la noción de la sociedad armoniosa: este exceso mismo da testimonio de lo opuesto, de la amenaza de caos y desorden.

Se debería tener en mente la regla básica de la hermenéutica estalinista: dado que los medios oficiales no informan abiertamente sobre los problemas, la manera más confiable de detectarlos es buscar los excesos compensatorios de la propaganda estatal: cuando más se celebra la “armonía”, más caos y antagonismo hay en la realidad. China está escasamente bajo control. Amenaza con explosionar.


(*) Slavoj Žižek, filósofo y psicoanalista nacido en Liubliana, Eslovenia, 1949. Su obra trata de integrar el marxismo con el pensamiento de Lacan.