Crisis mundial

Bajo el espectro de la Gran Depresión (parte IV)

De la campaña mediática a la eficacia de
los rescates estatales

El debate sobre las perspectivas de la crisis

Por Roberto Sáenz [1]
Para Socialismo o Barbarie, 23/04/09

“La escala y la velocidad de la caída ha dejado a los pronosticadores económicos esforzándose por mantenerse a flote. En el último y más oscuro pronóstico oficial, la OCDE ha dicho esta semana que espera que la economía mundial caiga este año un 2.7%. Opina que en los países ricos el producto caerá más del 4%. Esta será de lejos la más profunda caída sincronizada desde los años ‘30” (The Economist, 02/04/09)

En las últimas semanas diversos analistas han señalado que se podría “estar ante un punto de inflexión en la crisis”. Barack Obama acaba de declarar que se estarían viendo “los primeros rayos de esperanza”. Parece haber comenzado una campaña político-mediática mundial donde todos dicen ver “signos de recuperación” en la dinámica de la crisis.

¿Cuál es la lógica detrás de estas afirmaciones? Amen de la evidente intencionalidad política, las bases “teóricas” de este operativo serían las siguientes:

En los últimos años, se ha puesto de moda una versión o teoría “subjetivista” de la economía política burguesa: se trata de una suerte de “racionalización” de los estados de ánimo de los mercados bursátiles.

Esta “conceptualización” reza que lo que dominaría en última instancia los altibajos de la economía serían las “expectativas”: Si ellas están para abajo, la economía cae; pero si se recuperan, la economía se recuperará. Así, el “estado de ánimo” de los “inversores” (y del público en general) sería el alfa y omega de la dinámica económica. Si hay “optimismo”, los inversores invertirían y el público en general compraría en vez de restringir sus gastos por temor al futuro. Eso llevaría a una inflexión ascendente de la actividad económica y financiera.

Por esos motivos, tras los multimillonarios paquetes de estímulo, estaríamos ahora en otra fase de la intervención de los estados: la de la recreación mediática de las expectativas. Hacen esto con la idea de que, si se insiste mucho en que “lo peor ya quedó atrás”, este aserto se transformará en la realidad: la psicología pasaría a ser el fundamento último de las relaciones económicas.

Existe sólo un “pequeño” problema: el globo de ensayo que se está armando no resiste el contraste con los hechos.

Not so fast boys (No tan rápido, chicos)

Primero, lo primero: la campaña mediática. Desde el punto de vista estrictamente “económico”, esta campaña se ha apoyado en él reciente rebote de la Bolsa de Wall Street (y en general, de las bolsas del resto del mundo). Hubo seis semanas seguidas de recuperación de la mayoría de las bolsas.[2]

Sin embargo, debería saberse que estos rebotes, en sí mismos, no quieren decir nada respecto de la dinámica más de conjunto de la crisis. ¡“Rebotes” como estos fueron característicos de la dinámica de la Gran Depresión de los años ’30!

En este sentido, la revista inglesa The Economist se ocupa de poner rápidamente las cosas en su lugar: “La recuperación de la recesión, cuando venga, va a ser lenta y dolorosa. El optimismo puede ser vendedor, pero hay muchas razones para temer que es prematuro”. (The Economist, 16-04-09)

Su análisis parte de dar cuenta de la recuperación bursátil: ha sido una trepada que hizo pasar el índice Dow Jones de la bolsa de Nueva York de alrededor de los 6.500 puntos hasta más de 8.000. Asimismo, “en los 14 días de operaciones hasta él 27 de marzo, él índice S&P 500 saltó el 21%, él más empinado rally desde 1938”. ¡De ahí el obvio festejo de los “mercados”!

Pero inmediatamente The Economist agrega: “Mientras los mercados estaban celebrando, el mercado de bonos corporativos marcó 35 bancarrotas, el más importante número en un solo mes desde la Depresión. La tasa de quebrantos está ahora en 7%, muy arriba desde el 1.5% de un año atrás, y las agencias de rating predicen que este índice va a alcanzar la friolera del 14.6% para el cuarto trimestre.” Luego se señala: “¿Qué es lo que explica esta dicotomía entre los precios de las acciones y los fundamentos [los datos de la economía real]? Los precios raramente caen en línea recta. Habitualmente rebotan, en la medida que los inversores toman ganancias. Entre 1930 y 1932, hubo cinco rallies [generales] del 20% o más, durante el más bajo mercado accionario en la historia”.[3]

En el mismo sentido, otra publicación plantea: “Las burbujas inmobiliarias y crediticias nunca se desinflaron simultáneamente a lo largo y ancho de todo el mundo. Estas burbujas –y los consecuentes desbalances en el comercio– tomaron prácticamente diez años para ser puestas en pié. Pensar que un rallie con bajo volumen –en niveles de precios de remate de las acciones– pueda constituir de alguna manera un nuevo mercado ascendente [el llamado Bull market], es ridículo… especialmente cuando los fundamentos siguen deteriorándose.” (The Financial Ninja, abril 2009)

Es síntesis: los altibajos bursátiles están expresando movimientos especulativos que no se condicen con la dinámica en el terreno de la economía real donde no parece haber indicadores que estén expresando alguna recuperación sostenida.

Por ejemplo, The Wall Street Journal (15/04/09) acaba de alertar que: “EEUU sigue lejos de la recuperación. Las ventas minoristas cayeron en marzo a medida que las pérdidas de empleos y las dificultades para acceder al crédito volvieron más cautelosos a los consumidores estadounidenses, moderando las esperanzas de una pronta recuperación económica. Aunque los problemas de crédito golpearon a las ventas de autos con particular fuerza, los declives se registraron en la mayoría de las categorías principales, desde electrodomésticos a muebles y vestuario. Las ventas minoristas totales descendieron 11% respecto a marzo del año pasado”.

Como es sabido, el gasto de los consumidores venía dando cuenta del 70% de la actividad económica de EEUU. Por eso mismo, no es casual la persistente deflación que vive el país: en un año a marzo último, los precios han caído un 0.4%, hecho que no ocurría desde agosto de 1955. También continuó en este mes la caída de la actividad industrial, que por sexto mes consecutivo retrocedió en un 1.5% acumulando un declive trimestral del 20%. Asimismo, el índice de ociosidad en la ocupación de la capacidad instalada está también en uno de sus peores niveles históricos: el 69,3%.

Sí para muestra bastara otro botón, está el ejemplo de cómo el gobierno de Obama viene administrando políticamente las expectativas en otro terreno estratégico: han montado una cínica campaña haciendo responsables a los trabajadores de General Motors y Chrysler por la situación de las empresas. Hacen esto mientras postergan adrede un hecho que tendrá un impacto tremendo cuando se anuncie: la prácticamente inevitable quiebra de ambos gigantes automotrices, lo que afectará de lleno la cadena de abastecimientos autopartistas.[4]

Y a no olvidar los índices de desocupación en EEUU: porque cuando hablamos de una eventual quiebra generalizada de la rama automotriz norteamericana –por más “administrada” que vaya a ser– estamos hablando de un universo que abarca a 3.000.000 de empleos. ¡Se verá entonces qué es más real para la economía: si la nueva “teorización” de las “expectativas”… o la materialidad de los testarudos hechos!

Una crisis histórica

En todo caso, contrastar estas afirmaciones con la realidad sirve como ejercicio intelectual para el esfuerzo de seguimiento de la crisis. Sobre todo, obra como disparador para intentar dar respuesta al interrogante acerca de cuál podría ser el alcance económico de la crisis.

Muchos insisten en que “se está frente a una recesión y no un acontecimiento depresivo”. En la medida que “no se tiene la bola de cristal”, no se podría hacer “ninguna previsión” so pena de “errar en los pronósticos”.

Se trata de un interrogante lícito, sobre todo cuando se está frente a un acontecimiento de tal complejidad como la actual crisis.

Sin embargo, a nuestro humilde modo de ver, no “jugarse” a algún tipo de pronóstico sobre la dinámica de la crisis, puede terminar desarmando políticamente en uno u otro sentido, para poder actuar en ella.

Es que los luchadores obreros, estudiantiles y populares –y más aun si somos militantes revolucionarios– no somos meros espectadores ni “comentaristas” de la crisis: estamos materialmente obligados a intervenir en ella.

Porque de lo que se trata es de que se está frente a una crisis histórica del capitalismo con muchos de los condimentos que pueden llegar a producir un giro de época, de período histórico. El hacer primar un criterio de tipo “metodológico” general (“los marxistas no tenemos la bola de cristal”) en detrimento de un análisis concreto de la totalidad concreta que está en desarrollo ante nuestros ojos, creemos que es un grave error de ubicación política.

En ese sentido, es ilustrativo el debate abierto en el Socialist Workers Party de Inglaterra, publicado en su revista teórica, International Socialism Nº 122, en marzo pasado:

“El cuidado de Chris Harman [dirigente del SWP inglés][5] refleja la preocupación por no repetir el cuento del lobo. Pero a veces llega el lobo. Y si no estamos preparados nos tomará por sorpresa. Las elites políticas y financieras todavía argumentan que nos enfrentaríamos a una crisis limitada en el tiempo. [Buscan] que los trabajadores se queden quietos. Millones de trabajadores compran ese argumento. A pesar del odio y la bronca, hay también una sensación de que la recesión es como una calamidad natural que viene, pasa y se va. Esta percepción alimenta resignación y pasividad y la conclusión de Harman –«no tenemos la bola de cristal»– no hace nada para desafiar la sensación de falta de poder y parálisis que aflige a muchos trabajadores, incluyendo a muchos activistas en relación a la recesión”. Y agregan: “estamos en el comienzo de una nueva época de caída global. Debemos entender que debemos actuar con velocidad, energía y decisión para ayudar a dirigir el curso histórico.”[6]

En otras palabras: subestimar el carácter histórico de la crisis, cualesquiera sean las desigualdades de todo tipo con que se está desarrollando, desarma estratégicamente y nos condenaría a quedar a la rastra de los acontecimientos.

En ese sentido, la antigua revista burguesa The Economist está demostrando una percepción más fina de lo que está ocurriendo: “El historiador británico, Niall Ferguson acaba de hablar de una inminente “época de las rebeliones”. Mirando las causas de las rebeliones en el siglo XX, él concluye que tres factores hacen a la locación y el timing de los conflictos de largo alcance más o menos predecibles: desintegración étnica, volatibilidad económica extrema, y la declinación de los imperios. Las tres están muy presentes hoy. Antes que estas tesis sean desdeñadas, dos hechos deben ser recordados: primero, muy pocos en el mundo pre-1914 previeron el desastre que venía en camino; y segundo, en nuestros tiempos, muy pocos predijeron la profundidad del derretimiento financiero y económico que hoy está afligiendo al mundo”. (The Economist, cit.)

40% de posibilidades de Depresión

Economistas como el reciente Premio Nóbel Paul Krugman están hablando de la crisis como una “Gran Recesión”. Algunos en la izquierda están tomado este argumento a modo de ponerle un “techo” a la misma.

Para contrastar esta afirmación en su propio terreno burgués, apelaremos nuevamente a la revista The Economist. Es que se trata de una publicación “pro-bussines” de gran tradición y que no puede ser sospechada de “izquierdista”… De ahí el valor que tiene un trabajo especial recientemente editado, titulado “Suscitando las barricadas – Quién está en riesgo a medida que el desastre económico fomente levantamientos sociales”[7]. Este largo informe está dedicado al análisis de la eventualidad que la crisis dé lugar a un amplio vuelco en la lucha de clases mundial. Para esto auscultan primero los eventuales escenarios de evolución de la crisis misma como hecho material: concretamente, las posibilidades de que la economía mundial se deslice a otra Gran Depresión. Afirman que según sus previsiones este escenario tiene el 40% de las probabilidades.

El informe parte de señalar que su principal previsión (él 60% de las posibilidades) es que la crisis sea “corta”, que los estímulos fiscales funcionen y se observé una recuperación económica en el 2010. Esto confirmaría el escenario de “Gran Recesión” de Krugman.

En todo caso, lo sorprendente es el amplio margen que dejan a la eventualidad de que la crisis se transforme en una depresión mundial: el 40% restante. Por esto, la investigación de este “paper” está dedicada específicamente a los escenarios que pueden abrir ese 40% de las posibilidades.

El escenario “catastrófico” de The Economist está, a su vez, dividido en dos: (a) uno, en que el dólar no se desbarranque como moneda mundial (30% de posibilidades); (b) otro, con derrumbe del dólar (el 10% restante).

El informe se dedica a “auscultar” en qué medida (y en qué regiones del planeta) esto podría significar una grave “insurgencia social”. Es decir, la eventualidad de levantamientos populares “extraparlamentarios” como los llaman.[8]

El escenario de riesgo (a) (30%) lo describen así: “El estímulo [estatal] fracasa llevando a una continuada caída de las acciones, deflación y una contracción sostenida en las principales economías: la depresión persiste por algunos años. Esta sistemática caída en la actividad económica global está puntuada por ocasionales rallies que son tomados como «signos de recuperación» [como ya vimos, es lo que está ocurriendo en estos precisos momentos], pero rápidamente se disuelven en la medida que las tendencias de fondo de la crisis reafirman su continuidad. La economía global sufre así una depresión a lo largo de varios años caracterizada por bancarrotas y perdidas de puestos de trabajo. En un círculo vicioso, él peso del endeudamiento aumenta en términos reales en la medida que caen los valores y el ingreso. Los mercados emergentes orientados hacia las exportaciones sufren una prolongada caída en el comercio global”.(“Manning the barricades...”, cit.)

Respecto del escenario (b), de desastre total, se señala: “la caída de la confianza en el dólar lleva a su colapso. La caída económica trae aparejada el riesgo de levantamientos sociales y protestas violentas.” (“Manning the barricades...”, cit.)

En ambos escenarios, como definición de la característica principal de la crisis, señala los efectos contradictorios de la globalización como principal mecanismo de transmisión de la misma: “Una lección de la crisis es la enorme medida en que la globalización ha incrementado la interdependencia. Así, economías que a primera vista aparecían «a salvo», sufren más gravemente por el colapso de la demanda global y el comercio. Países exportadores como Alemania, Japón y China caen en esta categoría”.[9]

A partir de aquí se enumeran una serie de preocupaciones: La eventualidad de un estallido de la Unión Europea, como subproducto de las presiones sobre el euro de aquellos países más débiles que no soporten no producir devaluaciones respecto de esta moneda.[10] Inmediatamente se colocan las tensiones sobre el dólar como subproducto de una emisión monetaria (la llamada “cuantitative easing”) desbocada en ese país, los déficit fiscales masivos y un déficit sostenido en cuenta corriente. Respecto de los mercados emergentes, se insiste en las tensiones que vienen de la caída de las exportaciones, el retorno de los capitales hacia el centro del mundo (con el consecuente déficit de financiamiento): todas tensiones creadas por la escasez de divisas[11]. Estos son los elementos que hacen al escenario 30%.

En el escenario 10% todo se agudizaría más: se trataría del estallido liso y llano del euro y la pérdida de centralidad mundial del dólar. En estas condiciones, “los desbalances globales sería corregidos bruscamente mediante agudas oscilaciones monetarias implicando una reestructuración tal de la economía mundial que tomaría su tiempo y produciría fricciones profundas en el mercado de trabajo”. (“Manning the barricades...”, cit.)

En otras palabras, lo que ocurriría es un desequilibrio mundial de inmensa magnitud así como la eventualidad de luchas populares que pongan en cuestión al capitalismo. Es decir, luchas sin antecedentes en décadas: “Una depresión que tome varios años, verá las fronteras de la globalización tiradas para atrás. Los dirigentes políticos de casi todos los países continuarán hablando de los «mercados abiertos». Pero los fracasos del mercado expuestos a cielo abierto por la crisis financiera, pondrían en cuestión algunas de las columnas vertebrales del capitalismo de libre mercado.” (“Manning the barricades...”, cit.)

Se trataría de un escenario de semejante ruptura del equilibrio mundial que, según The Economist, podría llevar a una ola de explosiones sociales, suscitando el “retorno de las barricadas” que avizora esta publicación y cuya memoria histórica no le permite olvidarse de episodios como los que se vivieron en Europa (y no sólo en ella) en los años 1830, 1848, 1870, 1917, 1936 y 1968…

Una crisis global, simultánea y sincronizada

Muchos en la izquierda se interrogan acerca si no se estará “exagerando” cuando se señala que la economía mundial podría deslizarse hacia una Gran Depresión. Aquí hay varias cuestiones en juego. Por un lado (como ya hemos visto) no son sólo los socialistas revolucionarios sino también publicaciones capitalistas serias e instituciones como el FMI y el Banco Mundial las que están dando por descontado que la crisis que estamos transitando ya es la más grave desde la II Guerra Mundial.[12]

En todo caso, el debate gira en torno si podrá emular a la crisis de los años ‘30 o incluso superarla: “Claramente, ésta es la más seria crisis económica desde 1930, y puede incluso superar ese período. Es global y sincronizada como nunca antes. En una economía global integrada, el derrumbe de la demanda en los países desarrollados está reactuando rápidamente sobre toda la cadena de abastecimientos, llevando a pérdidas de puestos de trabajo en todo el mundo. Nuestro índice de inestabilidad política sugiere que el juego recíproco de una aguda desestructuración económica sumada a la debilidad estructural anterior, ha llevado a un gran número de países a la categoría de “ampliamente riesgosos”. (“Manning the barricades...”, cit.)

Luego, se agrega: “pocos siguen estando tan confiados que una Depresión como la de los años ’30 no se repetirá. En algunos aspectos, la actual situación es incluso peor: es una crisis verdaderamente global, frente a la cual ningún país puede reclamar estar inmune. Importantes regiones del mundo estaban económicamente aisladas en los ’30. Las crisis serias antes de 1913 no tenían riesgo de rápido contagio, dada la carencia de una integración financiera internacional.” (“Manning the barricades...”, cit.). Y en el mismo sentido se insiste: “Las comparaciones con la Depresión caracterizan prácticamente todas las discusiones sobre la crisis económica global. En el comercio mundial, tal comparación, es especialmente clamorosa. El comercio declinó de manera alarmante a comienzos de los ’30: la demanda hizo implosión, los precios colapsaron y los gobiernos se embarcaron en una espiral proteccionista destructiva de aumento de tarifas y castigos. Hoy, el comercio se está contrayendo nuevamente, a una tasa nunca vista en la post-guerra: caerá 9% este año”. (The Economist, 26-03-09)

En el mismo sentido, los economistas Barry Eichengreen y Kevin H. O’Rourke salen a polemizar con Paúl Krugman.[13] Afirman que lo que está en marcha, es una depresión lisa y llana. Sin embargo, al mismo tiempo que dan cuenta que la dinámica de la crisis es más veloz que la de los ’30. También destacan, a diferencia de 1930, la “enérgica manera” en que se están moviendo los estados para cortar esa dinámica depresiva, aunque no se animan a arriesgar un pronóstico sobre la eficacia de esas intervenciones…

“Resumiendo, globalmente la dinámica es incluso peor que la de la Gran Depresión cuando tomamos como medida la producción industrial, las exportaciones y los valores bursátiles. Centrar la visión sólo en EEUU lleva a minimizar este hecho alarmante [que hay que medir mundialmente]. La caracterización de «Gran Recesión» [como la define Krugman] es demasiado optimista. Por su tamaño, este es un evento lisa y llanamente depresivo.”[14] Y agregan: “La buena noticia, desde ya, es que la respuesta política es muy diferente a la de 80 años atrás. La pregunta ahora es en que medida va a funcionar.”[15]

En síntesis: es un hecho que la intervención de los estados es hoy mucho más rápida que en los ’30.[16] Pero también es cierto que la globalidad, simultaneidad y sincronización de la crisis como hecho mundial, podría hacer el proceso tanto o más dramático que el curso seguido en la Gran Depresión del siglo pasado.

¡Claro que no puede haber certezas en ese sentido! A ese extremo, se trataría de mera “brujería”. Pero, como hemos dejando sentado más arriba, esto no implica que no deban hacerse previsiones. Para la acción política, es ineludible “jugarse” a un pronóstico o previsión. No se puede actuar sin prever.

A nuestro modo de ver, para eso debemos partir de un hecho indudable: que nunca en los últimos 80 años la economía mundial ha estado tan cerca de una nueva y catastrófica Gran Depresión!

En todo caso, hay como un choque de dos tendencias que van en sentido contrario.

Por un lado, está la rápida y masiva intervención estatal (enseguida veremos sus alcances, pero también sus estrictos límites). Pero, por el otro, no se puede desconocer que la velocidad de propagación de la crisis ha superado todas las previsiones, y que esto tiene que ver con la “reversibilidad” de las tendencias de la globalización. La globalidad, simultaneidad y sincronización de la crisis no ha hecho más que profundizarla, llevándola a adquirir características históricas: “Kei-Mu Yi, una economista de la Reserva Federal de Philadelphia, argumenta que el comercio internacional esta cayendo tan rápido y tan uniformemente alrededor del mundo en gran medida debido al crecimiento de la «especialización vertical», o de las cadenas globales de abastecimientos. Esto contribuyó a la rápida expansión del comercio en los últimos años. Ahora está sumando a la tasa de derrumbe económico.” (The Economist, 26-03-09)

Un mundo a imagen y semejanza

En él marxismo hay una teoría de la crisis pero no, mecánicamente, del derrumbe-colapso del sistema. Precisando mejor: Marx establece categóricamente una tendencia a una recurrencia de crisis cada vez más graves que acercan al sistema –de manera asintótica– a la «gran crisis final». Pero se trata de una crisis que nunca se saldará de manera «definitiva» sin la intervención de la clase obrera (es el socialismo o la barbarie), que no tiene un punto de llegada «lógico». Se trata por el contrario de un proceso históricamente determinado por la interrelación entre las leyes económicas y la lucha de clases: la necesaria imbricación de los factores objetivos y subjetivos. En ese sentido, valen los extraordinarios textos de León Trotsky de la década del 20 acerca de cómo abordar la crisis capitalista como una totalidad concreta, donde necesariamente se superponen economía, relaciones entre estados y lucha de clases.

Precisamente, es un hecho cierto que para apreciar la dinámica y profundidad de la crisis necesariamente debe entrar la consideración acerca de la eventual eficacia de la intervención de los estados para mediatizar el desarrollo de la crisis: “La necesidad de las nacionalizaciones y, en general, de las «intervenciones» de los estados en la economía –tanto en la Gran Depresión como ahora– indican que el capital privado está en una situación en que ya es incapaz de garantizar «libremente» –por cuenta propia y en forma directa– su giro «normal», la «reproducción» del capitalismo”. (Claudio Testa, “¿Cómo y por qué interviene el estado (burgués)?”, Socialismo o Barbarie, periódico Nº 147, 19/03/09)

En todo caso, la crisis ha roto en gran medida el “automatismo” que caracteriza, en términos generales, la reproducción económica bajo el capitalismo. Superada la crisis, el automatismo volverá.[17]

Pero ahora, la crisis exige la intervención político-subjetiva del estado en alguno de los puntos del sistema de reproducción. Si eso hoy no se hace, la crisis en lo inmediato tendería a profundizarse, posiblemente a extremos catastróficos.

Sin embargo, aquí se presenta un problema estructural grave. En el centro de la crisis está la tendencia generalizada a la baja de la tasa de ganancia del capital. Esa es la esencia global de la crisis, que está detrás de los variados fenómenos económicos y financieros particulares y concretos en que se expresa. El problema consiste en que los “salvatajes” del estado son, al mismo tiempo, una traba para que actúen plenamente lo que Marx llamaba las “causas” o “influencias que contrarrestan y neutralizan” esa tendencia al descenso de las ganancias, y que a la larga pueden reestablecer la indispensable “rentabilidad”. (El Capital III, cap. XIV)

Entre esas “causas contrarrestantes” que tienden a reestablecer una mejor tasa de ganancia está, por ejemplo, la desvalorización de los capitales, que se expresa en la perdida de valor de las empresas y, principalmente, en la bancarrota de buen número de ellas. En ese sentido, para dar un ejemplo, desde el punto de vista de los mecanismos económicos “puros” del capitalismo, hubiera sido mejor que Bush y Obama dejasen quebrar a todos los bancos, entidades financieras y empresas en problemas. A la larga, los sobrevivientes verían reestablecida su “rentabilidad”. Pero, en lo inmediato, esa hecatombe hubiese tenido consecuencias políticas, sociales y geopolíticas inconmensurables. Habría podido darse una explosión, que además no se hubiese contenido dentro de las fronteras de EEUU.

Sin haber leído a Marx, esa contradicción se expresa en los furiosos debates en el seno de la burguesía, sus administradores y políticos sobre la conveniencia o no de “salvar” tales o cuales bancos y/o empresas –por ejemplo, la General Motors y demás automotrices– o dejarlas quebrar para “sanear” la industria (es decir, recuperar a mediano plazo la rentabilidad).

En resumen, los paquetes estatales han servido para mediatizar una dinámica que hubiera sido, lisa y llanamente, una “bomba nuclear” político-social. Pero, al hacer eso, también mediatizan los mecanismos “automáticos” de recuperación de la tasa de ganancia –la famosa “rentabilidad”– que consisten, entre otros, en la destrucción masiva de capital y la destrucción masiva de empleos. Dicho de otra manera: las mismas “contratendencias” del automatismo capitalista en la crisis –las citadas “causas contrarrestantes” de Marx– llevarían eventualmente a bancarrotas descomunales que política, social e incluso económicamente serían insostenibles.

La contradicción entre economía y política sería tal (en el sentido de una eventual explosión social) que el capitalismo no la podría tolerar.

En este sentido, Chris Harman tenía razón cuando, en un texto previo al desencadenamiento de la crisis, señalaba: “La intervención del Estado siempre ha tenido una doble repercusión. Previene que los primeros síntomas de la crisis se desarrollen hacia un colapso económico liso y llano. Pero también obstruye la capacidad de algunos capitales de reestablecer sus ganancias a expensas de los otros”.[18] Es decir, impide duraderamente el reestablecimiento pleno de la tasa de ganancia por la vía de la necesaria reducción de la composición orgánica del capital mediante los quebrantos (la destrucción de capitales con sus consecuencias a nivel del empleo).[19]

Retomando nuestro argumento sobre el problema de la intervención del estado: se trata, entonces, de un hecho de importancia y que hay que tomar en cuenta. No todos los días los principales estados imperialistas (empezando por EEUU) salen a “inyectar” la friolera de 5 billones de dólares para revivir la economía, lo que estaría significando la “creación” de dos o tres puntos de crecimiento del PBI en los países centrales.[20]

Como venimos señalando, esto tiene alcances pero también límites. No se trata sólo de la cuestión teórica acerca de la eficacia del estado frente a la “inexorable” acción de las leyes económicas (a las que puede mediatizar y/o contrarrestar pero no anular). Existe también el interrogante de cuales serán los resultados concretos de las medidas tomadas para ponerle un piso a la crisis.

Esto es algo que no se puede saber aún con plena certeza. Sin embargo, las perspectivas no parecen ser muy halagüeñas: “Es indudable la significación económica real que 1929 (en EEUU) el gasto del estado federal representaba sólo el 2,5% del PBI mientras en el 2007 alcanzaba alrededor del 20%. Debido que la inversión del estado está determinada por decisiones políticas –y, como tales, opuestas a los cálculos de ganancia–, el gasto gubernamental puede parar una caída económica.

Cuanto mayor sea este gasto, más alto será el ‘piso’ de la crisis. Pero este supuesto parte de asumir que el estado como tal no esté en bancarrota [o que no vaya a la quiebra como producto de los rescates multimillonarios]”. Y luego se agrega respecto de la actual situación en Inglaterra: “La deuda estatal debe ser financiada como cualquier otra. Los inversores privados pueden «perder la fe» en la capacidad de Gran Bretaña para pagar. Hay en estos momentos signos de deterioro de la libra esterlina. En 1976, la combinación de recesión, inflación, una clase obrera combativa, y un alto gasto gubernamental, generaron una súbita pérdida de confianza y produjeron una corrida contra la libra. El posterior rescate del FMI vino a un costo enorme: recorte de salarios, degradación de las empresas públicas, duplicación del desempleo.”[21]. En definitiva, la capacidad de intervención económica de los estados en las crisis no puede ser “infinita”: tiene límites que habrá que ver cómo se expresan en cada caso.

Remedios nacionales para problemas multinacionales

Pero sigamos pasando del terreno conceptual al análisis concreto de la evolución de la crisis. A modo de ejemplo están los magros resultados de la última reunión del G-20. La declaración final habla de los billones que están siendo inyectados a la economía… Pero lo que el texto no dice es que no se trata de un plan mundial coordinado entre las potencias capitalistas, sino de la suma anárquica de los planes nacionales de cada país. Es un “sálvese quien pueda”, un “rompecabezas” que inevitablemente le resta mucha eficacia. Se trata de la eterna anarquía económica del capitalismo, dilapidadora de fuerzas productivas, que ya Marx y Engels denunciaran en su momento.

Esta no-coordinación mundial efectiva ante la crisis, es la que ocasiona temores de que vayan aumentando las presiones y tendencias proteccionistas. Es decir, que las fronteras nacionales se estén tomando su revancha frente a las tendencias globalizadoras imperantes en las últimas décadas: “Otro problema creciente es el proteccionismo. Después de 1929, el comercio internacional cayó las dos terceras partes y el desempleo mundial se cuadruplico, en la medida que fueron levantadas barreras proteccionistas a todo lo largo del planeta. La razón es simple: el capitalismo es un sistema competitivo en el cual los intereses de largo plazo del sistema global necesariamente chocan con los «cortos» intereses de los grupos capitalistas [enfrentados unos contra otros]”[22].

Efectivamente, si estas tendencias a cuidar cada uno su “quintita” (su economía “nacional”) se profundizan, se pueden multiplicar exponencialmente los riesgos depresivos. De ahí que los gobiernos imperialistas ensayen una puesta en escena “global” con las reuniones del G-20 (de paso se “coopta” a los gobiernos de los países “emergentes”, para hacerlos corresponsables de la crisis). Un ejemplo de estas tendencias depresivas es lo que ocurre con la flota mercante mundial: “Como huéspedes no queridos que no van a partir, 453 barcos-container, el 11% de la capacidad mundial, están fondeados en la entrada de Hong Kong, Singapur y otros puertos del sudeste asiático”.[23]

Pero hay otro elemento más, expresado en la polémica en el G-20 entre profundizar los “paquetes fiscales” o impulsar una “mayor regulación internacional”. En última instancia, esto tiene que ver concretamente con el temor europeo continental de que la emisión desenfrenada en EEUU genere una inflación mundial, vía la devaluación del dólar, que opere como un mecanismo de traslado de la crisis de EEUU a Europa y el resto del mundo.

Para colmo, la Unión Europea no puede recurrir al mismo expediente: emitir ilimitadamente euros. Si lo hiciese, debilitaría el euro frente a la que sigue siendo la moneda de reserva y comercio, el dólar, lo que incrementaría la carga de su deuda en vez de deprimirla.

Esta polémica EEUU-Unión Europea mostró otro problema colocado por la crisis: que está en cuestión toda la configuración de la economía mundial de los últimos 30 años. Una configuración que no va más, entre otras cosas porque EEUU no puede seguir actuando como el “comprador de última instancia” de todo lo que se produce mundialmente, ni China tampoco se anima a seguir financiándolo…[24]

Concretamente: el régimen de acumulación (o modo de regulación) capitalista neoliberal –impuesto como “solución” a la crisis de los ‘70–, se vino abajo y nadie puede saber, hoy por hoy, qué configuración lo reemplazará. Este es un elemento más que atestigua la profundidad histórica de los acontecimientos en curso, así como los estrictos límites que tienen los estados imperialistas para hacer un mundo a su imagen y semejanza a partir de la intervención estatal en la economía.[25]

En definitiva: estamos frente a una crisis histórica. Sobre la base de condiciones materiales bien determinadas, sus posibles resultados están abiertos: dependerán de que se produzca un salto histórico en la lucha de clases mundial. “Piedras tiradas contra las ventanas de los bancos en Edimburgo, trabajadores secuestrando ejecutivos en Francia, pago retroactivo de un impuesto del 90% a empresarios en Washington, y en estos momentos disturbios en Londres ante la llegada de los líderes del G-20. Un cambio oceánico en las actitudes sociales -que puede tener profundos efectos en la política y la economía– está en marcha”. (The Economist, 02-04-09)


[1] Con la colaboración de  José Luis Funes y Roberto Ramírez.

[2] En realidad, aquí cabe una precisión que tiene que ver con que, en el mundo de la economía capitalista, junto con la economía real (producción, mercancías y dinero), tienen su lugar los fenómenos ficticios (relativos a títulos y acciones). Nos explicamos: el único “fundamento” o sostén propiamente “económico” del optimismo de las últimas semana tiene que ver con la serie de medidas de rescate bancario y contable tomadas por Timothy Geithner que –a priori– le asegurarían a los bancos que su inconmensurable cartera de activos tóxicos no figuren como pasivos. El plan de rescate consiste en pagar los llamados “activos tóxicos” (por los que nadie en su sano juicio invertiría un solo centavo) a su valor nominal. Se trata de la mayor estafa de la historia, porque el plan de Geithner significa que el estado les reconoce a los bancos un enorme porcentaje del valor nominal de estos “activos”. Esto es tan así, que incluso antes de que estos “activos” salgan a subasta, se les ha permitido a los bancos, contabilizarlos a su valor nominal en la medida que tendrían esta garantía de parte del Estado. Está claro, entonces, por qué mecanismos el problema del quebranto de la banca norteamericana habría “dejado de existir”: como por arte de magia, lo que son pérdidas varias veces billonarias dejarían de ser tales y, por tanto, los bancos volverían a ser “saludables”, las bolsas volverían a ir para arriba y en el mundo de Obama “retornaría” el “American dream” (sueño americano). No necesitamos aclarar que esto no soluciona el problema de fondo, sino que traslada su carga al estado y de allí a las espaldas de los contribuyentes y los trabajadores de EEUU. ¡Es simplemente la socialización de las pérdidas de los banqueros!

[3] En el mismo sentido señala que la consultora ‘Capital Economics’ afirma que “su índice de recuperación sugiere que la probabilidad que la recesión en EEUU haya terminado es menor que el 10%”…

[4] Por ejemplo, no ha trascendido mucho que Visteon, una autopartista de la Ford, tiene dos de sus tres plantas de Inglaterra ocupadas por sus trabajadores. En el caso de EEUU, en la rama autopartista, no ha sido casual que días atrás el gobierno haya habilitado líneas de crédito para sostener los pagos de las terminales a sus proveedores.

[5] Se trata de un compañero que respetamos. Esto más allá de la impresión de que el SWP inglés parece estar mal ubicado respecto del desarrollo de la crisis y a la orientación frente a la misma. De ahí el debate que parece haberse desatado en sus filas y que está reflejado en la última edición de su revista internacional.

[6] Neil Faulkner, “From bubble to black hole: the neoliberal implosion”. Internacional Socialism, N° 122. Una errónea posición similar es la que asumió en nuestro país el compañero Claudio Katz, al definir –contra una masa de evidencias en sentido contrario– que la crisis en curso se parecía más a la de los años ’70 que a los ’30 del siglo pasado...

[7] “Manning the barricades – Who's at risk as deepening economic distress foments social unrest”, Economist Intelligence Unit, March 2009.

[8] “Definimos disturbios o levantamientos sociales o políticos como aquellos eventos o desarrollos donde se coloca un serio cuestionamiento extraparlamentario o extra institucional a los gobiernos o al sistema político existente”. “Manning the barricades…”, cit.

[9] “Manning the barricades...”, cit. Como es sabido, las caídas en las exportaciones, importaciones y producto industrial en estos tres países –más allá de las desigualdades que también hay entre ellos– vienen siendo muy graves.

[10] Amén de las dificultades en España, Grecia e Irlanda, el eje del problema está en Europa del Este: la región se (re)construyó con enormes desequilibrios. Si hay que acusar a alguien es a Greenspan por la baja de los intereses en 2001. Eso significó una enorme liquidez y un inmenso boom de crédito. Esas medidas crearon un gran “crecimiento” económico en Europa oriental. Sin embargo, la producción no creció al mismo ritmo, la inflación se disparó y ahora estos países están bajo la amenaza cierta de bancarrota. Esto podría quebrar a los bancos de países como Austria, expuestos en el Este por 300.000 millones de dólares. No es casual que la The Economist tema el surgimiento de cierta nostalgia por el pasado “comunista” en esos países…

[11] Este es el motivo de los renovados bríos que el G-20 pretendió infundirle al FMI, que fue prácticamente la única medida real e importante de la reunión. Mientras cada uno de los países “centrales” se ocupa de sus propios problemas sin coordinación real con los otros, se ha encargado al FMI que “cuide la retaguardia”, los “patios traseros” de la economía mundial. Especialmente, que siga de cerca la crisis de los países del Este europeo.

[12] En este sentido, cabe una acotación respecto a la magnitud que hoy tiene la crisis. Se trata del índice de bancarrotas, un dato que refleja eso. Hay que recordar que, entre la Segunda Guerra Mundial y los años ’70, no hubo quiebras de importancia en EEUU, con excepción de los ferrocarriles. Aunque sorprenda, tampoco durante la crisis de los años ’70 fueron muy importantes: sólo dos bancarrotas de corporaciones. Por eso sorprende que algunos no logren ver aún la profundidad de la crisis, cuando monumentos históricos del capitalismo norteamericano –más representativos que la Estatua de la Libertad– están al borde del abismo, como son los casos de General Motors o el banco Citi, por citar sólo dos ejemplos...

[13] Barry Eichengreen es profesor de teoría económica y ciencia política en la Universidad de California, Berkeley, y antiguo asesor del Fondo Monetario Internacional. Kevin H. O'Rourke es profesor de teoría económica en el Trinity College de Dublín.

[14] Barry Eichengreen & Kevin H. O’Rourke, "A Tale of Two Depressions" (Historia de dos depresiones), 06/04/09 ( www.voxeu.org ). Versión en español en www.socialismo-o-barbarie.org (edición del 19/04/09).

[15] Estos analistas presentan una serie de gráficos comparados muy interesantes entre los años ’30 y la dinámica actual de la crisis, gráficos que aquí no podemos reproducir, pero que pueden verse en los sitios mencionados.

[16] Hoover (presidente de EEUU 1929-33) había tomado unas tímidas medidas en ese sentido. Pero hubo que esperar a Roosevelt (presidente 1933-45) para que la burguesía yanqui se dotara de una orientación más coherente frente a la crisis.

[17] Señalamos esto en términos muy generales, porque históricamente el capitalismo ha ido sumando, en su configuración, elementos de “capitalismo de estado” . Con el neoliberalismo parecieron “eclipsarse”, en parte. Hoy están retornando con fuerza, vía las “estatizaciones” parciales para rescatar la mismísima propiedad privada.

[18] “The rate of profit and the world today” (La tasa de ganancia y el mundo de hoy), Chris Harman, Internacional Socialism Nº 115, verano 2007.

[19] Es sabido que la salida de la Gran Depresión sólo se logró mediante la purga gigantesca (destrucción masiva de capitales) que significó la Segunda Guerra Mundial.

[20] Se trata, claro está, de un “crecimiento” que al menos contrarrestaría en esa medida la caída del producto de estos países.

[21] Neil Faulkner, ídem.

[22] Neil Faulkner, ídem.

[23] The Economist, 26-03-09. Hay que señalar que, según informes referidos a la industria naviera y al comercio internacional, al parecer no será hasta el año 2015 que se recuperará la utilización de la flota mundial mercante. Si éste no es un dato histórico, ¿cuál podría serlo…?

[24] En este sentido va la propuesta recientemente de China de reemplazar el dólar como moneda mundial.

[25] Aquí deben dejarse anotados los resultados no intencionales que puede tener una acción. Ésta es otra “ley” que debe ser tenida en cuenta a la hora evaluar la mecánica del conjunto social. Decimos esto por el eventual impacto hiperinflacionario de los crecientes déficits fiscales y la emisión monetaria sin límite alguno.