La crisis después
del G-20

Las deudas que ningún país podrá pagar

¿Regreso al patrón oro?

Por Carlos Rivas
Le Monde diplomatique, Año IV Nº 38
Edición Perú, julio 2010

¿Hacia dónde va la crisis financiera internacional?

La crisis económica que se inició en Estados Unidos a mediados de 2007 y sigue estremeciendo al mundo tuvo una primera fase de hundimiento bancario e industrial privado; una segunda en la que los gobiernos de los países desarrollados acudieron a salvar a la banca de la quiebra, generando ingentes déficits fiscales y trasladando el cataclismo a las finanzas públicas, y un tercer momento –el actual– en que la crisis ha pasado a ser monetaria. Dado que la gigantesca deuda que hoy acumulan esos países –con las excepciones de Alemania y China– resulta impagable, se marcha inexorablemente hacia una moratoria generalizada.

Desde el año 2007, cuando comenzó la actual crisis económica mundial, cuya raíz profunda es el agotamiento de las fuentes de hidrocarburos y que se manifestó con la explosión de la burbuja inmobiliaria junto a la especulación con derivados y bursátil, se han sucedido tres grandes fases. La primera fue el crack bancario–industrial privado (Lehman Brothers, General Motors, etc). La segunda fue la respuesta internacional de los distintos gobiernos de bajar las tasas de interés, imprimir dinero y expandir el crédito para salvar a la banca en su conjunto de la quiebra.

Así, el salvataje de la banca se logró a costa de generar importantes déficits fiscales, que fueron financiados con descomunales emisiones de bonos públicos. Es decir, por aumentos de la deuda externa. El resultado fue el pasaje del crack privado al público: Islandia, países bálticos, Dubai, Irlanda, Grecia, y en capilla, España, Portugal e Italia… por ahora. Tercer acto: como en última instancia el valor de fondo de una moneda depende de las exportaciones, y la cotización de corto plazo depende del flujo y reflujo de capitales en el país, el crack público y privado generó una crisis internacional de tal envergadura que para aumentar sus exportaciones todos los países recurrieron a medidas abiertas o encubiertas de devaluación de sus monedas, acompañadas de una importante especulación monetaria. La crisis se trocó entonces en monetaria.

Llegó en consecuencia la hora del cinismo: los políticos al servicio de la banca han decretado el ajuste bajo el pretexto de que “los gobiernos anteriores habían gastado de forma excesiva”, o “que se ha estado viviendo por encima de las posibilidades”, sin aclarar que los “gastos excesivos” fueron justamente el dinero dado a los banqueros y que son precisamente éstos quienes viven por encima de las posibilidades de cualquier país (ver Ramonet, pág. 3).

Sin embargo, hemos llegado a un interesante punto de inflexión, ya que estos ajustes son absolutamente inútiles para resolver la actual crisis. En efecto, históricamente el capitalismo ha salido de sus crisis periódicas a través de quiebras empresarias que, al destruir fuerzas productivas, actuaban como liberadoras de espacio para los nuevos productores y los que subsistían, y además, mediante el despido de trabajadores y las rebajas de sus salarios lograban elevar la productividad y la ganancia de las empresas.

Pero eso se reveló insuficiente cuando las crisis fueron de notoria envergadura, como la Primera Depresión de finales del siglo XIX o la Gran Depresión que estalló en 1929. En tales casos, la salida fue la guerra. La Primera Depresión fue acompañada por furibundas guerras colonialistas en África y Asia, que como no les alcanzaron a los trusts de aquella época para repartirse satisfactoriamente los mercados, llevaron a buena parte de la humanidad a la Primera Guerra Mundial. La Gran Depresión desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

¿Y ahora? ¿Acaso no basta con el actual ajustazo para que se recomponga rápidamente el virtuoso ciclo económico? No. Porque estos ajustes, si bien son feroces por sus efectos sobre las espaldas de los pueblos que los sufren, no resuelven el problema central: el fabuloso incremento de los déficits fiscales para salvar a los bancos de su quiebra y el estratosférico nivel a que han llegado las deudas externas de los países implicados para financiar sus déficits.

Ajuste cruel e inútil

El núcleo del mercado de la deuda pública son los bonos de 10 años de duración. Esto significa que el grueso de la deuda externa de los distintos países se renueva dentro de ese plazo. Así, el volumen mayor de la deuda de Japón, Alemania y Francia está concentrado en torno a los 7 años. Otros tienen problemas más serios aún. Tal es el caso de Estados Unidos, cuya deuda, mayoritaria y peligrosamente, se ubica en torno a los 5 años. O el de España, a la que durante este año le vence casi el 18% de su deuda externa pública total, frente al 12% de Grecia con su deuda “semirreestructurada–semidefaulteada”.

En consecuencia, si tomamos el rendimiento de los bonos, vemos cómo éste se va elevando desde el caso de Japón, que posee el bono con el tipo de interés más barato (1,25%) de la lista, hasta llegar al de Grecia (5,11%), que es el más caro. Esta radiografía nos permite ver, hoy, a quién le cuesta más y a quién menos manejar su deuda externa.

La capacidad que tiene un país de pagar un bono depende de su aptitud para generar riqueza, recaudar impuestos, poseer un endeudamiento bajo y que éste no esté concentrado en pocos años. Bajo esta óptica, al analizar a los países clave se evidencia que su capacidad de repago –exceptuando a China y Alemania– es imposible de lograr. Sus deudas son impagables.

El actual ajuste europeo, consistente en la reducción de beneficios sociales (como las ayudas por hijos) y de los salarios de los empleados públicos, el aumento de la edad para jubilarse, la disminución del costo del despido de trabajadores, la ampliación de los contratos temporales, no cierra. Financieramente es un engaño: el ratio de los intereses a pagar es mayor que el ratio del ajuste. Dejemos el caso testigo de Grecia, con la mayor deuda pública y déficit fiscal de Europa –hasta el presidente del Deutsche Bank ha dicho que ese país “probablemente tendrá que reestructurar su deuda”–.Vayamos a la otra punta de Europa: Gran Bretaña, que tiene el mejor perfil de vencimientos, cuyo promedio es de 13 años. Con un déficit fiscal de 156.000 millones de libras (y que podría ser mayor), que es el equivalente al 11% de su Producto Interior Bruto (PIB), tiene que abonar en los próximos cinco años 70.000 millones de libras de intereses solamente, como ha dicho públicamente su primer ministro David Cameron (1). Teniendo presente que el rendimiento de los bonos es del 3,58%, la cifra implica que habrá que renovar alrededor de 2,5 billones de dólares. O sea que para los próximos cinco años el Reino Unido tiene un flujo de vencimientos peor que el de España. Hoy el ajuste es de 6.200 millones de libras, lo que no significa nada frente a los 70.000 millones de libras de intereses. Incluso llevando el ajuste a la faraónica suma de 70.000 millones de libras en cinco años, para el 2015 el capital adeudado sería exactamente el mismo de hoy.

Es evidente que las deudas de los países son impagables y que se marcha hacia una moratoria generalizada.

Ahí está el ejemplo de Hungría, rápidamente acallado por el mundo financiero y que pondría en evidencia lo que sostiene este artículo. En 2006 su déficit fiscal era del 9,3% del PIB; en 2008, para evitar su default, el país recibió un préstamo de 24.000 millones de dólares. Ajuste tras ajuste, oficialmente su deuda externa es hoy, con el 80% del PIB, similar a la de Portugal (86%). Y su déficit fiscal, supuestamente del 4%, fue denunciado como falso por las nuevas autoridades magiares, quienes proclamaron que el país estaba por quebrar, ante el pavor de los mercados financieros, y al otro día debieron desmentirlo.

Independientemente de si quebró o está al borde de hacerlo, lo realmente importante es que Hungría ha dejado al desnudo lo evidente: su ajuste no funcionó. Está igual o peor que antes del mismo. Y esto sucede en momentos en que nos encontramos internacionalmente con las tasas centrales de interés más bajas de los últimos tiempos: ¡0,1% en Japón, 0,25% en Estados Unidos o 1% en Europa!

Si las tasas de interés volvieran a un nivel no demasiado alto, como el de antes de la crisis, en que estaban entre el 4% y el 5%, eso significaría un aumento de entre 400% y 500%. En ese caso la Gran Depresión de la década de 1930, que desembocó en la Segunda Guerra Mundial, sería una nimiedad en comparación con lo que ocurriría.

Pero aunque no se produzca ese escenario, de todos modos la economía mundial se encamina hacia un embudo. Hoy, la tasa de rendimiento anual de los bonos es superior a la tasa de crecimiento de la economía y a la del ajuste, y éste, al generar más recesión–deflación, determina que habrá menos dinero aún para poder pagar.

Además, el rendimiento que están teniendo los bonos de deuda pública se está acercando al de la privada, con lo que las deudas estatales están absorbiendo el crédito mundial, dejando a las empresas privadas sin financiación. El pequeño detalle es que las deudas privadas, en promedio, duplican a las públicas en los países desarrollados.

EEUU: el corazón de las tinieblas

El corazón del sistema, Estados Unidos, ofrece un panorama aun más desolador. En el terreno fiscal, como anuncian sus máximas autoridades, en los próximos nueve años acumulará un déficit de nueve billones de dólares. Un billón por año. El déficit actual es de 1,6 billones de dólares. No queda claro que este pronóstico se cumpla, puesto que sólo en dos años la deuda pública estadounidense habrá superado el PIB, y prácticamente en los próximos cinco años deberán refinanciarse siete billones de dólares, algo más de la mitad de su deuda total. ¿Quién podrá financiar 5.300 millones de dólares por cada día laborable?

Antes de 2009, todos los países del mundo suscribían sin dudar las emisiones de deuda de Estados Unidos. Pero como en ese año Washington cuadruplicó su emisión en relación con el año anterior, China, India y Rusia redujeron sus tenencias y compraron oro con los fondos de ese recorte. El total de las reservas monetarias mundiales asciende a unos siete u ocho billones de dólares; de esa suma, China posee alrededor de 2,5 billones, y Japón, un billón: aunque, milagrosamente, ambas potencias asiáticas decidieran invertir todas sus reservas en Estados Unidos, apenas lograrían cubrir con esa inmensa fortuna la mitad de la deuda de ese país que vence en los próximos cinco años.

Dado que América Latina y África están excluidas para jugar un papel en este ámbito, y que Europa, en pleno ajuste, está muy limitada, sólo quedan tres actores capaces de financiar el déficit de Estados Unidos: los especulativos hedge funds, los bancos de inversión y otros similares, y los países asiáticos. Pero el apoyo de los hedge funds y los bancos a los Estados es un verdadero abrazo de oso, como ha quedado demostrado, por ejemplo, con las experiencias de George Soros en relación con Gran Bretaña, Malasia y otros países, o la de Goldman Sachs con Grecia, o el ensañamiento que todos ellos practican actualmente con España. Así, las nuevas víctimas pueden ser encabezadas mañana por Estados Unidos.

Queda el tercer actor, Oriente, pero paradójicamente, el meridiano de la crisis en breve se trasladará desde Europa al Este asiático.

Japón y China

Desde 1988, Japón logró financiar su déficit fiscal a través de la emisión de deuda a tasas bajísimas, incluso al cero por ciento, pero ello implicó llevar esa deuda a límites inmanejables, una economía en deflación constante y una inestabilidad política que provocó continuos cambios de jefes de Gobierno (en menos de cuatro años se sucedieron Junichiro Koizumi, Shinzo Abe, Yasuo Fukuda, Taro Aso, Yukio Hatoyama, y ahora Naoto Kan). La fórmula japonesa de incrementar la deuda pública como mecanismo de financiación de los permanentes déficits presupuestarios, apostando a la multiplicación de las exportaciones para resolver el estancamiento, ha fracasado.

Las exportaciones no consiguieron sanear la economía, ni ayer, cuando los vientos eran extremadamente favorables en el mercado mundial, ni mucho menos hoy, cuando la crisis internacional, que ya se perfila como depresión, achica los mercados compradores. Como consecuencia, Japón no puede simultáneamente hacer frente a su descomunal deuda pública y estimular su economía. En verdad, Tokio ha venido practicando una metodología que fue muy común en Argentina en tiempos de la convertibilidad: en vez de emitir moneda, emitir bonos. Pero ese camino ha llegado a su final.

Todo indica que en breve la deuda dejará de estar en manos de los grandes conglomerados japoneses, los viejos zaibatsu [grupo de empresas de gran magnitud, con participaciones cruzadas en su accionariado y presencia en casi todos los sectores de la economía] (Mitsui, Mitsubishi, Sumitomo, Sawa, Fuyo, etc.), reciclados en keiretsu [coalición de empresas con un núcleo central de fuerte poder financiero y de desarrollo de negocios, rodeado de un conjunto de organizaciones menores que gozan de mucha autonomía y hasta pueden no pertenecer a una misma sociedad] y pasará a depender del mercado mundial para financiarla. Las corporaciones japonesas convertían la deuda pública en una suerte de deuda interna: el país se endeudaba en yenes al 1,25% e invertía sus reservas en bonos estadounidenses que pagaban el 3,26% de interés en dólares. Pero ahora no será posible pagar tan solo el 1,25% de interés por una deuda que duplica el PIB del país y está concentrada en siete años. La cuestión, entonces, no es si Japón podrá ayudar a Estados Unidos, sino quién y a qué precio podrá comprar deuda japonesa.

China, en cambio, con reservas por 2,5 billones de dólares y un déficit fiscal equivalente al 3,5% de su PIB, no siente la presión de los mercados internacionales, puesto que debido a su gigantesco ahorro interno (40% del PIB) tiene poca necesidad de buscar financiamiento externo. Ése es el problema de muchas empresas transnacionales radicadas allí, pero no del Estado chino. Sus dificultades son otras, por ahora, aunque la deuda privada se convertirá en un problema más adelante.

Después de que en el primer trimestre de 2009 la economía china se hundiera, la política fiscal proactiva y la monetaria notablemente expansiva fueron los mecanismos mediante los cuales Beijing buscó sortear la crisis derivada de la caída de sus exportaciones por la recesión mundial. Entre 2009 y 2010 inyectó nada menos que 2,4 billones de dólares para expandir el crédito, equivalentes al 50% de su PIB. Pero buena parte de ese dinero fue a parar a la especulación bursátil–inmobiliaria, generando una burbuja que el gobierno chino está intentando desactivar (2).

Para ello ha apelado al aumento del encaje bancario (el porcentaje de los depósitos que los bancos no pueden prestar), sacando así liquidez del mercado, lo que ya ha hecho tres veces en lo que va del año. Por otro lado, ha endurecido los requisitos para la adquisición de una segunda vivienda, incrementado los intereses de esas operaciones y restringiendo el crédito a las constructoras. No obstante, la especulación continúa.

Los otros dos problemas que afronta China son la conflictividad social en ascenso y la sobreproducción de determinados sectores industriales. Las huelgas, manifestaciones y otros conflictos actuales son el resultado de la creciente brecha en los ingresos. Por una parte, la existente entre el campesinado, que aún representa el 40% de la población, y los trabajadores urbanos. Por otra, la que se abre entre pobres y ricos: en 2007 el 10% de los chinos más ricos percibían 23 veces más que el 10% más pobre, lo que significa que ese abismo se agrandó 7,3 veces con respecto a 1988 (3).

Por último, agotado el mecanismo de seguir inyectando crédito, el impacto del estímulo estatal tiende a acabarse antes de que la inversión del sector privado pueda reemplazarlo por completo. La razón central reside en que la inversión realizada por el gobierno en activos fijos, que permitió compensar la reducción de las exportaciones, significó también agregar una capacidad excesiva de producción en el sector industrial. De tal forma que se encuentra pendiente de resolución la sobreproducción en los sectores del acero, aluminio, vidrio, química, construcción de barcos y extracción de aceite de soja (4). Además, la sobreproducción señalada se acentuará tanto si la burbuja se desactiva como si estalla, porque en ambos casos disminuiría el consumo.

En consecuencia, dado que el ajuste en la Unión Europea significa menos exportaciones para China, las posibilidades de reactivación se encuentran en el mercado interno, hacia donde tendrá que volcar sus reservas. De tal modo, entre la burbuja inmobiliaria, la caída de las exportaciones, el conflicto social y político en aumento y la sobreproducción industrial, China más que ayudar a comprar deuda estadounidense deberá emplear sus reservas en resolver la crisis que tiene a sus puertas.

El futuro próximo

¿Hacia dónde va la crisis? En primer lugar, a una reestructuración, moratorias y defaults abiertos o encubiertos de la deuda externa de los países desarrollados. En segundo término, a rupturas de las zonas monetarias, y como tercer aspecto a un nuevo sistema monetario basado en el patrón oro. El capital financiero opera de la misma manera en todos los terrenos, tanto social, económico, político o militar: dividir por abajo y controlar mediante la centralización por arriba.

Esto implica que es posible que el mercado mundial se fragmente más de lo que está, por ejemplo en la Unión Europea con la salida de algunos países de la zona euro, o por las guerras neocoloniales en ciernes. Pero eso no significaría más que su regionalización aparente.

La Gran Depresión de los años treinta estuvo acompañada por la creación de zonas monetarias bien definidas, como las de la libra esterlina o el dólar. La existencia de varios patrones monetarios que reinaban en sus respectivas áreas y sin posibilidad de convertibilidad en otras no sería actualmente viable de forma constante. Tal vez podría darse sólo durante un breve lapso. El dólar, el yuan, el yen y el euro necesitan ser convertibles rápidamente, porque ésa es la imperiosa necesidad de las filiales de las 1.000 multinacionales (banca e industria) que manejan el mundo. Se trata de una necesidad inmanente a la división del trabajo intraindustrial de una misma empresa o contable–cambiaria de un mismo banco entre sus sucursales.

La convertibilidad entre las grandes monedas en un mundo multipolar como el actual, de crisis internacional, donde las devaluaciones se suceden intermitentemente, donde el refugio en la calidad de los bonos de Estados Unidos resulta cada vez más dudoso, donde de manera inédita aumentan las tasas de rendimiento de los bonos y el precio del oro con deflación en vez de bajar, sube, tiene una sola salida: el regreso al patrón oro. Y eso sucederá más tarde o más temprano; de forma más o menos camuflada en distintas variantes; sea de manera directa, en la que cada moneda equivale a una cantidad determinada de oro, a través de derechos especiales de giro respaldados en oro o en otras modalidades. Por lo pronto, lo cierto es que una onza de oro, a valor constante de la década de 1980, tendría que costar unos 2.200 dólares en lugar de los actuales 1.200 dólares.


(*) Investigador del Instituto IGE, Buenos Aires.

Notas:

1 Agencia EFE, 7–6–10.

2 Sobre el mecanismo de esta especulación, ver Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Bs. As., septiembre de 2009.

3 Pueblo en Línea, 28–5–10.

4 Agencia Xinhua, 25–4–10.