Estados Unidos

La debacle de Obama

Las consecuencias políticas del estancamiento

Por Walden Bello (*)
Foreign Policy In Focus, 01/09/10
Sin Permiso, 05/09/10
Traducción de Ricardo Timón

Que me perdone T.S. Eliot, pero el mes más cruel no es abril, sino septiembre. Antes del 11 de septiembre de 2001 fue el 11 de septiembre de 1973, cuando el general Pinochet derrocó al gobierno de Allende e inauguró un régimen de 17 años de terror. Más recientemente, el 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers estalló y torpedeó a la economía global, convirtiendo lo que hasta entonces había sido una crisis de Wall Street en una experiencia casi mortal para el sistema financiero global.

Dos años después, la economía global sigue muy frágil. Los indicios de recuperación que unos políticos desesperados declaraban haber detectado a fines de 2009 y a comienzos del presente año han resultado espejismos. En Europa, 40 millones de personas están sin empleo, y los programas de austeridad impuestos a países muy endeudados como Grecia, España, Italia e Irlanda añadirán unos cuantos centenares de miles más al subsidio de desempleo. Alemania es la excepción de esta triste regla.

Aunque técnicamente los EEUU no están en recesión, la recuperación es una perspectiva lejana en la mayor economía del mundo, que se contrajo un 2,9% en 2009. Tal es el mensaje de la anémica tasa de crecimiento del segundo trimestre –un 1,6%— y de un desempleo real por encima del 9,6% de la tasa oficial, si se toma en cuenta a quienes han abandonado la búsqueda de empleo. Las empresas siguen absteniéndose de invertir, los bancos siguen sin prestar y los consumidores siguen negándose a gastar. Y a falta de un nuevo programa de estímulos, cuando se evaporen los 787 mil millones de dólares que Washington inyectó en la economía en 2009, está prácticamente asegurada la muy temida segunda zambullida en la recesión.

Que el consumidor norteamericano se abstenga de gastos, tiene consecuencias no sólo para la economía norteamericana, sino para el conjunto de la economía global. El gasto alimentado por deuda de los consumidores norteamericanos fue el motor de la economía globalizada precrisis, y nadie ha dado un paso al frente para substituirlos desde que empezó la crisis. El gasto de consumo en China, alimentado por un estímulo público de 585 mil millones de dólares, ha logrado invertir temporalmente las tendencias contractivas en ese país y en el Este asiático. También ha tenido cierto impacto en África y en América Latina. Pero no ha sido lo bastante fuerte como para sacar a EEUU y a Europa del estancamiento. Por lo demás, en ausencia de un nuevo paquete de estímulos en China, es más que factible la recaída en la recesión en el Este asiático.

¿Recortes o estímulos?

Entretanto, el debate en los círculos políticos occidentales los ha escindido en dos campos. Un grupo ve la amenaza de la deuda pública como un problema mayor que el del estancamiento, y rechaza más gastos en estímulo público. El otro grupo cree que el estancamiento es la mayor amenaza, y exige más estímulos para contrarrestarla. En la reunión de Toronto del G20, celebrada el pasado junio, se enfrentaron los dos campos. La alemana Angela Merkel abogaba por la austeridad, apuntando a la amenaza de quiebra que se cernía sobre algunas economías europeo–meridionales satélites de Alemania lastradas por la deuda, señaladamente Grecia. El presidente Obama, por otro lado, enfrentado a una resistentemente elevada tasa de desempleo, quería proseguir las políticas expansivas aun careciendo del poder político para sostenerlas.

Para los partidarios del gasto público, los antidéficit andan faltos de argumentos. En una época en que la mayor amenaza es la de la deflación, está fuera de lugar el temor a un gasto público generador de inflación. La idea de que se carga con deudas a las generaciones futuras es absurda, puesto que el mejor modo de beneficiar a los ciudadanos venideros es asegurarse de que heredan economías sanas y con crecimiento. Gastar ahora con déficit es el medio adecuado para lograr ese crecimiento. Además, la quiebra del Estado no es ninguna amenaza para países que, como los EEUU, toman prestado en monedas que están bajo su control, puesto que, en último término, pueden devolver sus deudas haciendo simplemente que su banco central imprima más dinero.

Tal vez el más elocuente abobado de los estímulos públicos sea Paul Krugman, el premio Nóbel que se ha convertido en la bestia negra de buena parte de la derecha. Para Krugman, el problema fue que los estímulos originarios no fueron lo bastante grandes. Ahora bien; ¿cuál es el volumen de los estímulos públicos adicionales necesarios y qué otras medidas puede tomar el gobierno? Sobre estas cuestiones, Krugman parece vacilar, acaso percatándose de que el keynesianismo tradicional tiene sus límites:"Nadie puede decir a ciencia cierta que estas medidas funcionarán a la perfección, pero es mejor intentar algo que pudiera no funcionar que poner excusas mientras los trabajadores sufren". La robusta alternativa a un mayor gasto financiado con déficit es "el estancamiento permanente y el desempleo elevado", dice Krugman.

Puede que Krugman lleve razón, pero la razón anda a la zaga de la ideología, de los intereses y de la política. A pesar de los elevados índices de desempleo, lo cierto es que los enemigos del Estado social, las fuerzas hostiles al déficit, llevan la iniciativa en tres países occidentales clave: en Gran Bretaña, en donde los conservadores ganaron con un programa de reducción del Estado; en Alemania, en donde la imagen de prodigalidad de unos griegos y unos españoles financiados con préstamos de los laboriosísimos alemanes fue el potente caballo a cuyos lomos cabalgó el partido de Merkel para mantenerse en el poder; y en los EEUU.

La debacle de Obama

A pesar del elevado desempleo, la perspectiva de los antidéficit ha ganado ascendencia en los EEUU por varias razones. En primer lugar, la posición antidéficit apela a sentimientos hostiles al Estado interventor, muy arraigados en la clase media norteamericana. En segundo lugar, Wall Street ha abrazado oportunistamente las políticas antidéficit para hacer descarrilar los esfuerzos regulatorios de Washington. El Estado interventor es el problema, chillan, no los grandes bancos. Tercero, y a no subestimar, es la reaparición de la influencia ideológica de los neoliberales doctrinarios, incluidos aquellos que, como dice Martin Wolf, "creen que un gran desplome purgaría los excesos del pasado, llevando así a unas economías y a unas sociedades más saneadas". Cuarto, la teoría económica del antidéficit tiene una base de masas, el movimiento del Tea Party. En cambio, la posición pro–estímulo público es defendida por intelectuales progresistas sin base social, o cuya base potencial está ya completamente desencantada con Obama.

Con todo, el triunfo de los halcones no estaba cantado. De acuerdo con Anatole Kaletsky, el comentarista económico del Times de Londres, no precisamente un simpatizante del progresismo, el auge de las fuerzas antidéficit viene de un error táctico de primer orden de Obama, añadido al fracaso de los progresistas a la hora de ofrecer una narración convincente de la crisis. La garrafal metedura de pata de Obama consistió en aceptar responsabilidades en la crisis con su gesto bipartidista, a diferencia de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que "se negaron a aceptar la menor culpa en materia de penurias económicas". Reagan y Thatcher dedicaron "los primeros años de su gobierno a convencer a los votantes de que el desastre económico era de la exclusiva responsabilidad de los anteriores gobiernos de centroizquierda, del sindicalismo militante y de las elites progresistas".

Pero todavía más problemática, dice Kaletsky, fue la narrativa de Obama, una narrativa contradictoria que cargó la culpa a los banqueros codiciosos al tiempo que sostenía que los bancos eran demasiado grandes para caer. "Con los bancos recuperándose de la crisis con mayores beneficios y más rápidamente de lo que se había dejado esperar a los votantes, sostiene en su libro Capitalism 4.0, "los políticos de todos los partidos han quedado marcados en el sentimiento público como hombres de paja de los mismos banqueros a los que trataban de echar las culpas". En efecto, el paquete de reformas financieras que los Demócratas aprobaron recientemente en el Congreso no puede sino reforzar esta percepción pública de estar cooptados o amedrentados por las gentes mismas a las que denuncian. Ese paquete carece de mordiente: de algún tipo de cláusula del tipo Glass–Steagall impidiendo que los bancos comerciales se doblen en bancos de inversión; prohibiendo el comercio con esos derivados financieros a los que Warren Buffett llamó "armas de destrucción masiva"; imponiendo una tasa a las transacciones financieras globales o Tasa Tobin, y límites estrictos a la remuneración de los ejecutivos, a pagos en efectivo, bonos y opciones de acciones.

Para Kaletsky, Obama debería haber pintado la crisis como una crisis producida "por la polarizada e hipersimplificada filosofía del fundamentalismo de mercado, no por debilidades de personalidad de banqueros y reguladores. Al ofrecer una caracterización sistemática así del origen de la crisis, los políticos podrían haberse atraído la imaginación pública con una narrativa pos–crisis, una perspectiva más dramática que la ofrecida por el linchamiento de los banqueros codiciosos". Pero con ayudas como la del secretario del Tesoro Tim Geithner y la del director del Consejo Económico Nacional Larry Summers, que no llegaron a romper completamente con el neoliberalismo, esa perspectiva sistemática estaba sencillamente descartada.

Hacia una estrategia progresista

La derecha tiene ahora la iniciativa y es probable que gane las elecciones de mitad de mandato en noviembre. Logrará vincular a Obama y a los Demócratas a tal punto a la crisis, que la gente olvidará que esa crisis estalló durante el reinado del fundamentalista de mercado George Bush. Pero con su primitiva teoría económica, es harto improbable que los halcones fiscales y los miembros del Tea Party logren articular una alternativa a lo que han caricaturizado como "socialismo" de Obama. Permitir que la economía explote sólo para ser ideológicamente correcto invitará a un repudio todavía mayor a una población económicamente insegura.

Mas los progresistas no deberían conformarse con el evidente callejón sin salida al que lleva la teoría económica del Tea Party. Deberían tratar de entender qué es lo que ha llevado al fracaso del desleído keynesianismo de Obama. Más allá del error táctico de asumir responsabilidades en la crisis, en vez de proponer una agresiva narrativa antineoliberal para explicarla, el problema central de Obama y su equipo es el fracaso en punto a inspirar una alternativa al neoliberalismo.

Los elementos técnicos de una solución progresista a la crisis han sido perfilados por keynesianos y otros economiustas progresistas: unos estímulos públicos mucho mayores, regulación más estricta de los bancos, políticas monetarias laxas, más impuestos a los ricos, reconstrucción de la infraestructura nacional, una política industrial favorecedora de industrias verdes, control de los movimientos de los capitales especulativos, controles sobre la inversión exterior, una moneda global y un nuevo banco central global.

La administración Obama ha buscado poner por obra alguna de estas medidas. Pero debido a su querencia por el bipartidismo, a los vínculos con las elites económicas de algunos de sus miembros más prominentes y a la incapacidad de tecnócratas clave como Summers y Geithner para romper con el paradigma neoliberal, no consiguió presentar esas medidas como elementos de un programa de reforma social de mayor alcance, concebido para democratizar el control y la gestión de la economía.

La lección que los progresistas tienen que sacar del punto muerto al que ha llegado la política económica de Obama es que l gestión tecnocrática no basta. Las iniciativas keynesianas deben ser parte de una visión y de un programa de mayor alcance. Tal estrategia debería tener tres puntos clave: toma de decisiones democráticas a todos los niveles de la economía, desde la empresa hasta la planificación macroeconómica, primero; segundo, mayor igualdad en la distribución de la riqueza y el ingreso para poder lidiar con unas tasas más bajas de crecimiento, dimanantes de restricciones económicas y medioambientales; y tercero, una ética más cooperativa, no más competitiva, en la producción, la distribución y el consumo.

Porque un programa así no puede ser simplemente servido desde arriba por una elite tecnocrática, como ha sido costumbre en esta administración, uno de cuyos errores de bulto ha sido permitir que se esfumara el movimiento de masas que la llevó al poder. Hay que reclutar a la gente en la construcción de la nueva economía, y aquí los progresistas tienen mucho que aprender del movimiento del Tea Party con el que, quieras que no, tendrán que competir en una lucha a vida o muerte por las bases sociales de los EEUU.

La naturaleza tiene horror al vacío

Krugman pronostica que los resultados más probables en noviembre "paralizarán la política durante los años venideros". Pero la naturaleza tiene horror al vacío, y el común fracaso de los tecnócratas keynesianos y de los fundamentalistas de mercado en punto a lidiar con los problemas y los miedos de los desempleados, de los que están a pique de serlo y de la muchedumbre de personas que están económicamente sobre el alambre engendrará con toda probabilidad fuerzas sociales fundadas en esos miedos y problemas.

Un fracaso de la izquierda a la hora de llenar creativamente ese espacio dará inevitablemente alas a una revigorizada derecha con menos prejuicios en materia de intervención estatal, una derecha que podría perfectamente combinar iniciativas tecnocráticas keynesianas con un programa social y cultural tan populista como reaccionario. Hay una palabra para este tipo de régimen: fascismo. Como nos recuerda Roger Bootle, autor de The Trouble with Markets, millones de alemanes se desilusionaron con el capitalismo de libre mercado durante la Gran Depresión. Pero el fracaso de la izquierda en punto a ofrecer una alternativa viable la hizo vulnerable a la retórica del partido que, una vez en el poder, combinó medidas de tipo keynesiano de reanimación de la economía –que lograron situar el desempleo por debajo del 3%— con un programa social y cultural devastadoramente contrarrevolucionario.

¿Fascismo en los EEUU? No resulta tan implausible como pudiera pensarse...


(*) Walden Bello es miembro del parlamento filipino, presidente de la Freedom from Debt Coalition y analista veterano en el Focus on the Global South, radicado en Bangkok. Es autor de “The Food Wars”.