WikiLeaks

Ya no hay duda, a EEUU no le importa la injusticia
en el Medio Oriente

Por Robert Fisk
The Independent, 30/11/10
La Jornada, 01/12/10
Traducción de Gabriela Fonseca

Llegué a la más reciente historia de escándalo de la diplomacia estadounidense con el más profundo cinismo. Y este martes, entre el polvo que dejaron en El Cairo las elecciones al Parlamento egipcio –la acostumbrada mezcla de farsa y fraude, pero al menos mejor que la estrategia de conmoción y pavor–, rebusqué entre varios miles de reportes diplomáticos estadounidenses con algo parecido a la desesperanza absoluta. Después de todo, ¿acaso no se atribuye al presidente egipcio, Hosni Mubarak, haber afirmado que “uno se puede olvidar de la democracia”?

No es que los diplomáticos estadounidenses no entiendan a Medio Oriente: simplemente han perdido de vista la injusticia. Enormes cantidades de textos diplomáticos prueban que la columna vetebral de la política de Washington hacia la región es alinearse con Israel, que su principal objetivo es alentar a los árabes a unirse a la alianza estadounidense–israelí contra Irán, y que el eje de la política estadounidense durante años y años ha sido domar/amedrentar/ aplastar/ oprimir y, finalmente, destruir el poderío iraní.

No hay alusión alguna (al menos en lo revelado hasta ahora) a los ilegales asentamientos judíos en Cisjordania, a los “puestos de control externos” ni a los “colonos” extremistas que han salpicado como viruela la Cisjordania palestina; en suma: ninguna referencia al vasto sistema ilegal de despojo de tierra que está en el corazón de la guerra israelí–palestina. Increíblemente, toda clase de dignos diplomáticos estadounidenses se arrodillan y humillan ante las demandas israelíes –muchos son, al parecer, fervientes partidarios de Israel–, mientras los jefes del Mossad y de la inteligencia militar israelí hacen su lista de encargos a sus benefactores.

Hay un pasaje maravilloso en los cables, cuando el primer ministro israelí, Benjamin Netayahu, explica a una delegación del Congreso estadounidense, el pasado 28 de abril, que “un Estado palestino debe ser desmilitarizado, sin control sobre su espacio aéreo y su campo electromagnético (sic), y sin la facultad de celebrar tratados o de controlar su frontera”. Bueno, digamos adiós, entonces, al Estado palestino “viable” (en palabras de lord Blair de Isfahan) que se supone queremos. Y al parecer los chicos y chicas del Congreso estadounidense no dijeron nada.

Repasamos los archivos de Wikilieaks en The New York Times en busca de la mejor frase. Tenemos la convicción del rey saudita Abdullah, vía su embajador en Washington (diestro en el manejo de la prensa), de que Estados Unidos debe “cortar la cabeza a la serpiente”, o sea Irán, Ajmadineyad, las instalaciones nucleares iraníes o lo que sea.

Pero los sauditas siempre amenazan con cortarle la cabeza a la víbora en boga. En 1982 Yasser Arafat prometió cortar el brazo izquierdo de Israel tras la invasión a Líbano, a lo que Menahem Begin respondió que él le cortaría el brazo derecho a Arafat. Y supongo que cuando los famosos archivos de Wikileaks nos revelan que los diplomáticos estadounidenses llaman “serpientes de visa” a los indeseables que la solicitan, no queda más que concluir que los reptiles tienen mucha demanda.

El problema es que, por décadas, los potentados de Medio Oriente han amenazado con cortarles la cabeza a serpientes, víboras, ratas e insectos iraníes –epíteto éste que era uno de los favoritos de Saddam Hussein, quien para ello usó el insecticida que le proporcionó Estados Unidos, como bien sabemos–, en tanto líderes israelíes han llamado a los palestinos “cucarachas” (Rafael Eitan); a los palestinos, “cocodrilos” (Ehud Barak) y “bestias de tres patas” (Begin).

Debo admitir que lloré de risa cuando leí el solemne reporte diplomático estadounidense desde Bahrein según el cual el rey Hamad –o “su alteza suprema, el rey Hamad”, como insiste que se le llame en su dictadura sunita sobre una población de mayoría chiíta, en un reino con una superficie ligeramente mayor a la isla de Wight– advirtió que el peligro de permitir que avance el programa nuclear iraní “es mayor que el peligro de detenerlo”.

El magnífico periodista palestino Marwan Bishara tuvo razón cuando afirmó el pasado fin de semana que estos documentos diplomáticos estadounidenses eran de mayor interés para los antropólogos que para los politólogos, pues documentan las desviaciones de pensamiento que existen cuando se trata de Medio Oriente. Si el rey Abdulá (me refiero a la tambaleante versión saudita, no al bragado reyecito de Jordania) en verdad llamó “Hitler” a Ajmadineyad y un asesor de Sarkozy tildó a Irán de “Estado fascista”, ello sólo demuestra que el Departamento de Estado aún está obsesionado con la Segunda Guerra Mundial.

Me encanta el sorprendente reporte de un visitante a la embajada estadounidense en Ankara, quien dijo a diplomáticos que el líder espiritual iraní, Ali Jamenei, se está muriendo de leucemia. No porque el pobre tipo padezca cáncer –no es así–, sino porque ésas son las mismas estupideces que se han pregonado sobre los líderes recalcitrantes de Medio Oriente durante muchos años. Recuerdo los días en que “fuentes diplomáticas”, tanto estadounidenses como británicas, insistían en que Kadafi se moría de cáncer, en que Jomeini agonizaba de cáncer (mucho antes que muriera), o bien, que el ayatola ya había muerto, o que el asesino palestino a sueldo Abu Nidal estaba muriéndose de cáncer, 20 años antes de que lo asesinara Saddam Hussein. También en Irlanda del Norte espías bisoños decían que el líder de los protestantes vanguardistas, William Craig, se moría de cáncer. Y por supuesto, siguió vivo, al igual que el horrible Kadafi, cuya enfermera ucraniana es considerada “voluptuosa” según reportes estadounidenses. Claro que lo es; ¿acaso no todas las mujeres rubias son “voluptuosas” en esa clase de descripciones?

Una de las más interesantes reflexiones –convenientemente pasada por alto por casi todos los diarios propicios a Wikileaks– venía en un despacho referente a una reunión entre una delegación del Senado estadounidense y el presidente sirio Bashar Assad, ocurrida a principios de este año.

Assad dijo a sus invitados que si bien Estados Unidos tiene un “enorme aparato de información”, carecía de habilidad para analizar esa información apropiadamente. “Si bien nosotros carecemos de sus capacidades de inteligencia –señaló en forma más bien siniestra–, logramos combatir a los extremistas porque tenemos mejores analistas. A ustedes les gusta disparar a los terroristas: sofocar sus redes es mucho más efectivo.” Assad concluyó que Irán es el país más importante de la región, seguido por Turquía y la propia Siria. Pobre Israel, ni siquiera logró entrar en la terna.

Desde luego, el presidente Hamid Karzai de Afganistán está “poseído por la paranoia”, como lo están todos en ese país, incluidos los miembros de la OTAN y en especial Estados Unidos. Y, naturalmente, el presidente de Yemen simula ante su pueblo acabar con agentes de Al Qaeda cuando todos sabemos que los verdaderos culpables son los guerreros del general David Petraeus. Los líderes musulmanes se atribuyen constantemente el crédito por la muerte de otros musulmanes asesinados por el poderío militar estadounidense.

No debemos ser demasiado cínicos. Me encantó el reporte diplomático estadounidense (fechado en El Cairo, claro, no en Tel Aviv), de que Netanyahu es “elegante y encantador, pero nunca cumple sus promesas”. ¿Acaso no puede decirse lo mismo de la mitad de los líderes árabes?

Después viene el oscuro y aterrador reporte sobre una reunión entre Andrew Shapiro, el “secretario de Estado asistente para la Oficina Política y Militar de Estados Unidos”, y algunos matones israelíes, celebrada hace exactamente un año. Israel no lograba proteger sus avionetas Cessna Caravan y sus aviones no tripulados Raven cuando sobrevolaban el sur de Líbano (Hezbolá se sentirá halagado por esta revelación), admitió el Mossad. El agente israelí “J5”, el coronel Shimon Arad, pontifica sobre los peligros de Hezbolastán y Hamastán, así como sobre el “estancamiento político interno” –que no existía entonces, pero hoy sí– y el hecho de que Líbano sea un “territorio militar volátil”, susceptible a influencias como las de Siria, Irán y Arabia Saudita.

Y claro, aunque el coronel Arad no las menciona, también a las influencias de Estados Unidos, Israel, Francia, Gran Bretaña y Turquía. Shapiro habló de ofrecer “una alternativa a Hezbolá” –¿quizá la policía de Costa Rica?– y sugirió que el ejército libanés saldría en defensa de Hezbolá (improbable, dadas las circunstancias).

No tiene desperdicio la negación que hace el general Amos Gilad del reporte Goldstone, sobre las atrocidades cometidas en Gaza entre 2008 y 2009. Afirma que las críticas a Israel en el documento “carecen de fundamento” porque el ejército israelí hizo llamadas telefónicas a 300 mil hogares en Gaza antes de la operación, “para prevenir la muerte de civiles”. Al parecer, el pobre Shapiro se quedó mudo. Eso habría significado que la quinta parte de la población palestina en Gaza recibió una llamada telefónica, incluidos bebés y menores de edad, y aun así fueron asesinados mil 300 palestinos, la mayoría civiles.

Desde luego, la Autoridad Nacional Palestina del pusilánime Mahmoud Abbas no quiso tomar el control de este campo de masacre una vez que los israelíes “ganaron”, alternativa que Israel ofreció con conocimiento de Estados Unidos. Israel no ganó; ni siquiera encontró a su soldado secuestrado en los túneles de Gaza.

Hay un momento simbólico, cuando el jeque Mohamed bin Zayed Nahyan de Abu Dhabi –quien no debe ser comparado con su hermano Califa, descrito como “distante y sin carisma”– manifiesta su preocupación por Irán ante el embajador estadounidense, Richard Olsen, quien sugiere que el jeque tiene “una visión estratégica de la región que es curiosamente similar a la de los israelíes”. Claro que la tiene. Sólo hace falta ponerlos en fila.

Todos estos reyes, emires y generales rezarán en sus mezquitas doradas mientras compran cada vez más armas estadounidenses para defenderse del “Hitler” de Teherán, quien, supongo, es mejor que el “Hitler del Tigris” de 2003, o el Mussolini del Nilo de 1956. Se encomendarán a Dios para que los salve el poderío de Estados Unidos e Israel. Estoy impaciente por conocer el siguiente episodio de esta fantasía.