Rebelión en Egipto
y el mundo árabe

Un movimiento profundamente laico

Por Marcelo Cantelmi
Enviado especial a Egipto
Clarín, 06/02/11

El Cairo.– Irán se equivoca con intención cuando reivindica esta rebelión hoy en Egipto o antes en Túnez como un movimiento islámico. Lo hace para curarse en salud, porque el gobierno autoritario persa ya tuvo su ración de protesta civil hace menos de dos años y sabe que este levantamiento libertario puede ser el combustible para que se encienda nuevamente.

Pero también se equivoca el establishment egipcio, y en general el liderazgo de Occidente, por no aprovechar el profundo sentido laico de este movimiento democrático que estalló en la estela del alzamiento que derrocó a la tiranía tunecina de Ben Alí.

Ni allí ni aquí estos movimientos sociales espontáneos enarbolaron la jihad, la guerra santa ultraislámica o se exhortó a construir una nación regida por la sharía. Ni siquiera han proliferado slogans antinorteamericanos o antiisraelíes.

Egipto es un país mayoritariamente musulmán y es común en la Plaza de la Liberación, centro de esta protesta histórica, que la gente rece según el rito de esa religión varias veces al día. Pero es notable observar que cuando culmina la oración, vuelven a la pelea demandando principios laicos.

Ayer hubo un encuentro entre musulmanes y cristianos durante una misa en la plaza en la que los creyentes de ambas religiones defendieron la necesidad de construir una república real con diferentes tipos de fe en su sociedad y sin restricción a la libertad de nadie.

Es probable también que eso sea lo que más preocupe a los factores de poder, que ven que en este temblor político que se esparce por la región, lo que se quiere cuestionar es la distribución de la renta y el lugar de la población en la discusión de los asuntos públicos. El fundamentalismo suele atascar en un callejón esos debates, por eso se lo combate muchas veces sólo desde la retórica. Este cambio incluso golpea la geopolítica regional. ¿Qué se podría discutir eventualmente sobre el destino del pendiente Estado Palestino si Israel tiene a su alrededor un puñado de legítimas democracias que demanden que se respete el derecho de ese pueblo? Una definición de revolución, es cuando la gente, las masas, efectivamente inciden en el curso de la historia. Y eso es lo que está sucediendo en Egipto. A esa fuerza, se le opone otra que intenta dirigir la energía a una vía que no termine afectando los enormes intereses estratégicos y económicos en juego. Las negociaciones de estas horas, con la participación del gobierno y de la oposición tenue de Egipto, incluido los Hermanos Musulmanes, tiene claramente ese propósito. Por eso no renuncia Hosni Mubarak. El dictador es el palo en la rueda de una locomotora que pretenden quitar cuando haya acuerdo en la superestructura sobre dónde poner los rieles.

Los Hermanos Musulmanes son una organización que Mubarak prohibió, aunque dejó actuar para exhibir lo malo que sobrevendría si él no estuviera. Pero, además de esa ingenuidad, ese partido islámico oportunista, que representa a 20% del electorado, ha acompañado por años las políticas del régimen de represión de la población. Estuvo primero decididamente contra este movimiento, pero luego se sumó cuando advirtió que podría ser imparable.

El desprestigio, justamente, del ulstraislamismo que generó gobiernos de características reaccionarias como en Irán; movimientos represivos de la libertad individual como en Afganistán o Pakistán; o se asoció con monarquías oscurantistas como en Arabia Saudita, está en la base del reflujo que se advierte en su fuerza política. Es un dato nuevo y de enorme riqueza porque demuele la idea de que existe una tercera posición benevolente entre democracia y dictadura, entre libertad o tiranía.

Pero hay además un aspecto que sobrevuela estas discusiones. En Egipto, desde hace más de una década, pero muy claramente en el último lustro, se amplificó la brecha entre ricos y pobres.

The New York Times marcó la importancia de esa desigualdad como razón de la furia en la calle. Es un proceso que se ha venido agravando por el modelo de privatizaciones que puso en marcha el régimen y que permitió que naciera una nueva élite de multimillonarios que dejaron las ciudades muy descuidadas para vivir en barrios cerrados, seguros y de estilo europeo. En Egipto 60% de sus 80 millones de habitantes son jóvenes que tienen en su mayoría el futuro cancelado. Quieren votar para rescatarlo. Si esa demanda se traiciona, ahí sí, cualquier cosa puede suceder.


Relatos de batalla y resistencia en El Cairo,
el corazón de la rebelión

Por Marcelo Cantelmi
Enviado especial a Egipto
Clarín, 06/02/11

Jóvenes egipcios nos contaron cómo viven su gesta contra el régimen de Mubarak. Pasaron días y noches defendiendo la Plaza Liberación. Patotas del gobierno los atacaron. Aquí narran sus deseos de cambios y sus esperanzas.

“Ellos comenzaron a tirar piedras y molotov. Y nosotros les gritábamos paz paz, no violencia. No sabíamos qué hacer”. Tarek Shalaby es un grandote de 26 años, diseñador de webs que ríe al recordar ese absurdo mientras se acomoda en cuclillas en la puerta de la carpa, bautizada “Freedom motel”, en la que se instaló hace siete días en la plaza de la Liberación, en El Cairo.

La anécdota viene del miércoles, del primer ataque de la ofensiva de casi tres días lanzada por los hombres enviados por el gobierno para intentar conquistar el lugar. “ Matamos dos o tres, no sé, era gente que se había infiltrado aquí”, dirá luego bajando compungido la voz del español que usa aprendido en Valencia.

La rebelión de casi 12 días que Tarek llama revolución tuvo esos extremos de ingenuidad y horror . Esa gente que murió adentro eran individuos, posiblemente policías, quienes al ser reconocidos eran tomados por la gente y en el mejor de los casos entregados al ejército. “Pero sucedía que más de una vez venían muchos, los rodeaban enfurecidos y los comenzaban a trompear y patear. Y eran diez o doce pateando al mismo tiempo. Y claro, eso los mataba”.

Tarek llegó allí dos días después de que el gobierno lanzó la policía contra los militantes en una acción que dejó una montaña de 125 muertos. Se solidarizó y armó su carpa en uno de los laterales de la plaza, donde funciona un campamento apiñado en el que se ven pocas barbas y gorros islámicos y muchas mujeres sin velo y con jeans apretados.

Ahí están los socialistas, los cristianos, los que no creen o no creen tanto.

Los musulmanes más firmes, la religión mayoritaria en Egipto, armaron su propio camping del otro lado. Allá no se ven mujeres ni siquiera muy cubiertas. Los hombres oran y viven compartiendo el mismo objetivo; que caiga el gobierno.

“Aquí todos odiamos a Hosni Mubarak” , aclara Tarek que está en su carpa acompañado por una hermosa morocha de cabello corto y ojos como faros.

Aquí y allá se ven unas postas sanitarias muy improvisados con cantidad de medicamentos para heridas, vendajes y desinfectantes, todo para curar a los artilleros que van al frente a lanzar las piedras y sufren el contraataque. Cada uno de esos puestos es atendido por dos médicos.

En la mañana del sábado, después de la gigantesca movilización del viernes, el lugar está muy poblado y tiene el aspecto de un Woodstock trasplantado a ese páramo árabe y parecería como si la gente descansara en ese instante luego de un espectacular concierto. En esa clave, los relatos de las batallas y la resistencia ahí adentro que cuenta Tarek y otros de los habitantes de la Plaza como Ahmed, o Silvine o Ahman a este enviado, parecen, a su vez, parte de un libro de leyendas.

“Se nos venían encima, y nos organizamos rápidamente, pusimos chapas, las alzamos como una barrera, con eso nos escudábamos y armamos un frente de combate”, relató. “Un chico árabe inglés al lado mío esquivaba piedras y escribía desde el celular en twitter lo que iba ocurriendo. Ni yo lo podía creer”, comenta.

“Nos dividimos, una parte rompía las veredas y hacía cascotes chicos. Otros los ponían en cestos y otros los llevaban a la línea del frente. Por ahí se pusieron los médicos también para recoger a los heridos”.

La peor batalla fue en la madrugada entre el miércoles y el jueves. “Tardamos cinco horas esa noche en empujar a los invasores hasta más allá del museo de El Cairo y los puentes, porque había tipos de ellos en los techos de los edificios tirándonos desde las alturas. El ejército estaba pero siempre deja que nos matemos hasta que comenzamos a ganar nosotros y entonces ahí si interviene para parar la lucha”.

Tarek tiene un brazo quemado . Le estalló una molotov que le lanzó la tropa enemiga. “Me caí, quede atontado, alguien que no conozco me alzó y me salvó la vida, el fantástico cabrón”.

Esa organización en la batalla es en el momento, después nadie dirige nada en ninguna parte y así lo confirman también los militantes del partido de los Hermanos Musulmanes en sus carpas levantadas al otro lado.

“Cada uno está haciendo algo y funciona. Es una forma de anarquía”, explica Tarek y luego le buscará comparaciones a este momento con la primavera democrática de los ‘80 en América latina y hasta suponerle algún parecido, dice, con los inicios de la Revolución Cubana.

En la plaza es fácil advertir quiénes son los guerreros. En uno de los caminos, protegiéndose de la llovizna caminan Omara Rasidi y su amigo Mortaz. Hablan poco, pero tienen el cuerpo forrado de heridas, Mortaz, con un ojo cubierto. El otro, la cabeza dominada por una venda. “ El régimen no nos quiere” , dice uno. Y sus cuerpos no los desmienten. Tienen marcas de los golpes de piedras, de balines de la policía del primer día de represión y cortes en los choque a trompadas con los oficialistas.

Abel Fatah Sahn tiene diez hijos y su amigo Amai Awari, once. Los dos son miembros de los Hermanos Musulmanes y acampan en su sector en la otra parte de la plaza. “Vivimos a cien kilómetros de aquí”, dicen en árabe traducido por un compañero que habla un poco de inglés. Abel lleva una larga casaca blanca y un turbante del mismo color alrededor de la cabeza. Tanto ha rezado que se le ven dos callos en la frente que los musulmanes apoyan en el piso en el momento de hincarse en la oración. Su amigo tiene ropas comunes. Han dejado a sus hijos con sus mujeres y se vinieron con lo puesto. “Estamos aquí por nuestro Dios”, exclaman.

“Aquí es un lugar para la mezquita y la iglesia. Queremos todos los que hemos venido a pedir, un gobierno honesto y un gobierno honesto no tiene que ser solo islamita, tiene que ser honesto”, dice uno y otro apoya.

Cerca de ahí camina Ahmed. Tiene 23 años, es bajito y acaba de terminar la carrera de publicidad en la universidad de El Cairo. En su nariz lleva unas cicatrices y granos de una infección que le produjo una herida mal curada de una pedrada en la cabeza.

Ha cumplido una semana viviendo en esa plaza y afirma que no se irá hasta que caiga Mubarak.

“Esto empezó en Facebook. Hace seis meses que veníamos intercambiando, hablando del régimen de lo que no queremos y de lo que queremos”. “Era todo clandestino.

En Egipto no se puede hablar , es como vivir en una prisión. Por eso se usan mucho las redes sociales”, relata.

Ahmed nos habla en inglés caminando por una calle interna del parque, que tiene pequeñas montañas de piedras acumuladas por si es necesario repeler un ataque. Hay una cada 20 metros. El está con un compañero de la facultad y se los ve a ambos agotados. Vienen de beber agua en un vertedero que armaron todos con los caños del servicio público. Por eso ahí hay un enorme lodazal debido a que el chorro no puede cerrarse.

“Hablábamos pero no nos animábamos. Salíamos de la Universidad con estas ideas hasta que estalló Túnez”, dice y abre los brazos como señalando algo enorme. “ Túnez nos lanzó, ahí salimos a la plaza . Queremos igualdad, justicia y ley”, recita con fuerza al igual que todos los otros aquí, como si hasta se atrevieran a renombrar el lema clásico de la Revolución Francesa.