Palestina

Una visita al campo de concentración de Gaza

El nazismo del siglo XXI

Por Agustín Velloso (*)
Tlaxcala, 07/08/08

1. Noticias de la entrada a la Franja de Gaza en julio de 2008

Cuando uno se aproxima al puesto fronterizo de Erez para entrar en Gaza desde el norte de Palestina, o sea lo que ahora es Israel, advierte inmediatamente un campo de concentración incluso si nunca antes ha visto los que permanecen convertidos en museos y centros educativos o los que aparecen en documentales y fotografías.

Hace unos años la misma zona se asemejaba más a un puesto fronterizo entre dos países enemistados. Una ametralladora pesada instalada en un promontorio, manejada por un soldado perteneciente al ejército de ocupación israelí, apuntaba hacia el lado palestino. Un grupo de soldados con actitud desganada controlaba el paso de una zona a otra en una garita de mala muerte, mientras otros grupos observaban desde sus puestos listos para cualquier eventualidad. Más adelante, tras caminar un rato por una especie de tierra de nadie, aparecía otra garita desvencijada, donde unos soldados palestinos controlaban el paso. Al fondo, varios taxis esperaban para llevar al viajero a su destino.

El paso era incómodo, desagradable y atemorizador, además de que los israelíes hacían lo posible para que un mero trámite fuese un castigo, pero hoy es aún peor. Por supuesto que los palestinos que tenían permiso para trabajar en Israel como mano de obra barata padecían ya entonces a diario el racismo y la arbitrariedad de los soldados de ocupación israelíes. Éstos les hacían pasar buena parte de la madrugada en colas interminables a las que fueron añadiendo diversos elementos de deshumanización, como corredores aptos solamente para el paso de ganado, cacheos y otros procedimientos de registro denigrantes, mecanismos electrónicos pagados por los propios controlados, exclusión arbitraria de personas fichadas, imposición de cierres, etc.

Hoy no queda nada de aquello porque, salvo casos contados con los dedos de una mano, lisa y llanamente ya no hay paso para los palestinos. Punto final. En la lógica sionista no basta con no darles permiso para pasar a Israel por el norte y el este, donde miles perdieron sus tierras y casas cuando fueron expulsados en 1948, sino que tampoco les dejan salir por el sur, sencillamente cruzando la frontera con Egipto, ni por el oeste, puesto que a través del mar Mediterráneo lo tienen prohibido, ni por el aire porque está igualmente prohibido, a pesar de que no tienen ni barcos ni aviones para hacerlo y de que el aeropuerto –pagado casi por completo con dinero español– fue destruido por las bombas de la aviación israelí.

Un zeppelín militar de inocente color blanco se mece lentamente en el aire por encima del muro que rodea Gaza, controlando que ningún infeliz se mueva más allá de lo establecido por los guardianes del campo o realice algún movimiento sospechoso.

El muro de hormigón armado impresiona por su altura, grosor e inacabable longitud, pero más aún porque muestra que a pesar de los juicios de Nuremberg y la Declaración Universal de Derechos Humanos, que presagiaban una nueva era para el mundo libre de crímenes de guerra y contra la humanidad, hoy hay cemento de sobra para que Israel construya un campo de concentración en la Franja de Gaza (38 kilómetros de largo por 12 de ancho en su parte más extensa) en el que encierra a un millón y medio de personas, mientras que éstas no lo pueden obtener para construir sus casas porque Israel lo impide mediante el bloqueo al que somete al campo.

Varios militares o agentes de policía de paisano con una más que mediana metralleta en ristre, procuran dejar bien claro con sus paseos rasantes alrededor de la decena escasa de personas que esperan bajo un sol de justicia frente a una garita en mitad del descampado que rodea la zona edificada, que es mejor que no se muevan de su sitio. Al cabo de un largo rato de espera, a través de megafonía, la soldado que está instalada en la garita blindada les da el paso al recinto.

Se trata de una nave industrial de una altura inusual con aire acondicionado y varias garitas en su interior, de las que sobran todas menos una porque no hay tráfico de personas que las haga necesarias. Se produce una nueva espera que tiene su lógica a pesar de la inexistencia de movimiento.

En la mentalidad sionista es esencial que todo el que no colabore con el sistema pague por ello. Ni siquiera hace falta ser un enemigo declarado del mismo. En este caso, los visitantes vienen de un Estado con buenas relaciones de todo tipo con Israel, o sea, el Reino de España, muestran sus documentos en regla, van completamente desarmados, disponen de la coordinación previa por parte del consulado español en Jerusalén con las autoridades israelíes, tienen billete de avión de vuelta a su país, dinero para su mantenimiento y un objetivo humanitario declarado que cumplir que dura exactamente tres días con sus correspondientes noches.

La razón de que la policía de fronteras israelí en Erez haga pasar un mal rato a los extranjeros, es que a los sionistas no les hace mucha ilusión la llegada de testigos al campo de concentración, pues eso y no otra cosa son los extranjeros que llegan a Erez con intención de pasar adelante (los israelíes tienen prohibido el paso). Puede que le nieguen a uno la entrada, para lo que no hace falta una justificación razonable. Basta por ejemplo con manifestar alguna solidaridad con los palestinos, ser un activista por los derechos humanos, estar en una lista negra, tener apellidos de origen árabe o que resulten sospechosos, etc.

Se trata de desanimar a los visitantes como sea. Si la vista del muro, las metralletas peripatéticas y la espera bajo el sol no lo consiguen (obviamente, pues nadie va hasta allí para disfrutar del ambiente), entonces se les somete a interrogatorio. El interrogador habla sentado por megafonía tras un cristal blindado y el interrogado lo hace de pie frente a la garita.

Es importante que el individuo se sienta incómodo, asustado, culpable, desorientado y sobre todo impotente ante el funcionamiento del campo. Contra lo que puede parecer a primera vista existe una lógica en ese funcionamiento, aunque no sea una lógica humana por así decir. El fin es poner nervioso al entrevistado, que se equivoque en alguna respuesta. A veces las preguntas se repiten una y otra vez y cuando el fallo sucede entonces aumentan la presión y consiguen que la persona cometa nuevos errores y que les facilite así una excusa para que no la dejen pasar: un dato sospechoso a juicio de los soldados, una mala contestación fruto de la presión, una contradicción tras varias respuestas a la misma pregunta, etc.

Nadie se dirige a los visitantes ni se les informa del procedimiento a seguir. Pasa el tiempo, no se mueve nada. Uno decide por fin acercarse a la garita, pero es devuelto al grupo. No entra ni sale absolutamente nadie, no hay nada de actividad salvo el paseo enérgico de los soldados con sus metralletas.

Por fin, llaman para que se acerquen de uno en uno. Las preguntas varían de lo razonable a lo cómico: ¿qué va a hacer en Gaza? ¿ha estado antes en Israel? ¿habla ruso? ¿tiene carné de conducir? ¿cuántos pasaportes tiene? ¿cómo se llama su jefe? Desde el elevado piso superior cámaras y personal de vigilancia graban y observan a los visitantes sin ser vistos. Posteriormente hay que pasar de uno en uno a través de un estrecho torno de barras metálicas que se puede bloquear a voluntad del personal de servicio, una o dos puertas blindadas más que se abren por control remoto y –siempre bajo cámaras de vigilancia– se abandona el recinto para ingresar en un corredor metálico y cruzar definitivamente el muro de hormigón hacia el lado palestino.

El cruce de Gaza a Israel es igual salvo que se añade una parada de algunos segundos en una especie de cámara anti–explosivos que se ajusta al cuerpo como un ataúd y en la que hay que colocarse en un lugar concreto con las piernas abiertas y los brazos en alto y separados. Una especie de cinta o cinturón vertical electrónico da una vuelta completa alrededor del cuerpo tantas veces como sea necesario para dejar satisfecho al soldado que está en el piso superior de que la persona no supone ninguna amenaza.

Es un procedimiento tan impresionante como estúpido, ya que los soldados saben perfectamente de antemano quiénes son los visitantes y qué hacen en Gaza, ya que han entrado con la documentación revisada previamente por las autoridades españolas e israelíes, eso sin contar con que no ha habido jamás casos de ciudadanos europeos en misión oficial o humanitaria que hayan atacado al cuarto ejército más poderoso del mundo.

2. Sonrisas de alegría al entrar en Gaza desolada

Una vez se ha conseguido pasar a Gaza se experimenta una sensación de alegría. Aunque se entra en un campo de concentración, cuyo control tienen los sionistas, resulta reconfortante no verlos por unos días, algo de lo que no se libran los visitantes a Cisjordania debido a los más de 500 puestos de control esparcidos por el territorio y a las incursiones diarias a ciudades y pueblos palestinos bajo la ocupación.

La humillación que se les inflige al dejar patente que si se cruza  el mar de punta a punta no es para visitar la “única democracia en Oriente Medio”, sino para pasar de largo cuanto antes y estar junto a sus víctimas, los internos, compartiendo por unos días la durísima vida que se les impone, produce ciertamente mucha satisfacción.

También se conforta el espíritu al comprobar que han pasado muchos años desde el inicio del proyecto sionista y que tanta represión, castigo e injusticia contra los palestinos, no han conseguido que desaparezcan ni que el resto del mundo los culpabilice por resistir o los desprecie por considerarlos seres inferiores como hacen los sionistas.

El aspecto de desolación que ofrece la vista al dejar el corredor techado es máximo. Restos de construcciones destruidas o parcialmente derrumbadas, amasijos de hierros, montículos de escombros, silencio, arena, polvo por doquier y una temperatura asfixiante. De pronto aparece un grupo de palestinos que se ofrecen a transportar el equipaje a mano o en sus espaldas a cambio de unas monedas. Aún quedan 500 metros a pleno sol para llegar al puesto palestino. Es la distancia de seguridad impuesta por Israel y que explica la presencia de los restos que salpican la explanada que se extiende hasta el horizonte rota únicamente por el muro imponente: los israelíes destruyen todo lo que consideran contrario a sus intereses y que perturba sus propósitos.

Son miles las casas y edificios palestinos arrasados, en ocasiones con sus habitantes dentro, para dejar un terreno expedito para las operaciones militares, para despejarlo por las omnipresentes razones de seguridad, para que los colonos no tengan que soportar la presencia de palestinos a su alrededor, principalmente para que éstos sepan que su vida y sus bienes no valen nada, que están por completo a disposición de los sionistas, seres superiores, miembros del pueblo elegido por Dios, a quienes se debe satisfacer por encima de todo y de todos: Israel über alles.

El Comité Israelí Contra la Demolición de Casas (ICAHD por sus siglas en inglés) anunció el 11 de octubre de 2007 que el gobierno israelí ha demolido más de 18.000 casas palestinas desde que empezó la ocupación de Cisjordania y Gaza en 1967. Añade que pueblos enteros de beduinos han sido arrasados varias veces debido a que sus habitantes los reconstruyen mal que bien cuando se marchan las excavadoras sionistas y los soldados que les dan protección. Concluye que “las políticas israelíes están diseñadas para limitar el número de palestinos viviendo en áreas que se destinan para las colonias o en sus alrededores.”

Amnistía Internacional recuerda en su página web el 11 de marzo pasado: “Las autoridades israelíes llevan muchos años aplicando una política de demolición de casas discriminatoria, permitiendo, por un lado, que se construyan decenas de asentamientos israelíes en el territorio palestino ocupado, en flagrante violación del derecho internacional, al tiempo que confisca las tierras palestinas, niega a la población palestina el permiso para edificar y destruye sus casas. La tierra desocupada a menudo se utiliza para levantar asentamientos israelíes ilegales. El derecho internacional prohíbe a las potencias ocupantes levantar asentamientos para sus propios ciudadanos y ciudadanas en los territorios que ocupan.”

Si se compara con España, 18.000 viviendas para unos 4 millones de palestinos dan unas 180.000 para unos 40. ¿Se quedarían los españoles quietos ante la destrucción ilegal de este patrimonio y ante sus inhumanas consecuencias: otras tantas familias a la calle y en la pobreza?

Los que con poco conocimiento y menos conciencia se refieren a los palestinos como extremistas y terroristas, harían bien en reflexionar sobre el hecho de que esa destrucción viene acompañada de miles de muertos palestinos a manos del ejército israelí de ocupación, de miles de secuestrados palestinos en cárceles de Israel, de millones de euros en pérdidas palestinas a causa de los continuos ataques, bloqueos, robos y un sinnúmero de acciones violentas por parte de Israel contra personas indefensas y abandonadas por la comunidad internacional, más preocupada por el velo y otras manifestaciones de lo que consideran extremismo musulmán que por la ley internacional.

Hoy, con el beneplácito y el dinero de la “comunidad internacional” (eufemismo para referirse al grupo de estados cómplices del terrorismo de Israel), el paso de Erez se ha convertido en la entrada a un campo de concentración en pleno siglo XXI. Para ello no ha hecho falta renunciar al Proceso de Paz entre Israel y los palestinos, que ya ha cumplido 15 años, ni a la Carta Universal de los Derechos Humanos, que ya tiene 60, ni deshacerse de las Naciones Unidas (ONU).

¿Quizás ocurre esto porque han pasado tantos años desde su establecimiento, sus miembros han olvidado que se destinó “a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana” (Preámbulo de la Carta)? ¿Quizás porque el mundo se enfrenta a la amenaza del terrorismo islamista? Claro que no, es que los campos de concentración sionistas en el siglo XXI, a diferencia de los nazis del siglo XX, cuesta mucho ocultarlos a Internet y a Aljazeera.

Hoy resulta más difícil llevar a cabo la expulsión étnica y el genocidio de un pueblo. La expulsión de una población ha de hacerse por medio de la “transferencia voluntaria” y el genocidio ha de aparecer bajo la forma de una “guerra civil” en los territorios. Es preciso cortar los medios de vida a los palestinos para que abandonen la tierra donde se les asfixia  y es preciso enfrentar a unos con otros para que las balas proporcionadas por Estados Unidos sean disparadas por los propios palestinos.

Cualquier acción por parte de Israel que contribuya a esos objetivos ha de darse a conocer al mundo como una acción de salvaguarda de la paz, de defensa de la seguridad de Israel, de lucha contra el terrorismo, de fortalecimiento del proceso de paz. Joseph Goebbels no podría hacerlo mejor.

Ha bastado con que Israel, uno de los países más delincuentes del mundo, con el apoyo incondicional de Estados Unidos, el principal delincuente, desarrolle sus políticas sionistas, para que un millón y medio de palestinos –la mitad de la población de la Franja es menor de edad– se vean privados de sus derechos humanos y se conviertan sin comerlo ni beberlo en internos de un campo de concentración a merced de sus carceleros. Donde impera Israel no existe la ley humanitaria internacional, la protección a la infancia, el derecho a la salud, a la alimentación, a la educación, a la justicia, a la vida misma.

3. El nazismo revive en Israel con el apoyo de la comunidad internacional

Mientras en Europa y Estados Unidos valientes defensores de los derechos de la mujer disponen de los periódicos más influyentes y los programas de televisión de mayor audiencia para clamar contra el uso del velo por parte de las mujeres musulmanas, no se les escucha clamar contra el Estado que niega el paso de medicamentos y suministros hospitalarios necesarios a la Franja, con la consecuencia de que algunas parturientas y sus hijos mueren durante el parto y otras dan a luz en el mismo puesto control en condiciones inapropiadas porque no son autorizadas a salir de Gaza.

El periódico israelí Haaretz publica en su edición de Internet del 4 de abril de 2008 la siguiente declaración de la Organización Mundial de la Salud (OMS): “Israel ha negado el paso a más enfermos palestinos en busca de tratamiento desde que Hamas se hizo con el control de la Franja y varios mueren innecesariamente cada mes.”

Según cifras de la OMS, 1627 pacientes de Gaza han visto denegadas sus solicitudes de tratamiento en 2007, es decir, ha habido un aumento respecto de los aproximadamente 470 que fueron rechazados en 2006.

A fecha de hoy (4 de agosto de 2008) 225 enfermos palestinos han muerto en Gaza desde que se inició el bloqueo, bien porque no han podido disponer de los suministros médicos necesarios al estar limitada al máximo su importación, bien porque no se les ha permitido viajar a hospitales de Cisjordania, Israel y Egipto en busca del tratamiento que no existe en Gaza.

El pasado día uno de agosto murió un niño de tres meses, Ahmed Abu Amra, que sufría una enfermedad cardiaca, porque a sus padres se les denegó el permiso para facilitarle tratamiento en Israel. Otros cuatro adultos fallecieron en las mismas 24 horas, nuevamente porque Israel no les dio permiso para tratarse fuera de la Franja los cánceres que tenían. Si se compara esta cifra con la que habría en España de darse las mismas condiciones, pongamos un bloqueo por parte de Francia, resulta que unos 7.000 españoles habrían fallecido.

Entonces ¿quién pensaría en Francia como la patria de la liberté, égalité y fraternité? ¿quién diría que Francia, con un nivel de vida superior, una imagen democrática, moderna, laica, de progreso científico y social puede someter impunemente a España a un bloqueo semejante ante los ojos del mundo? No obstante, Israel se las arregla para aparecer en la escena internacional no como el Estado terrorista que es, sino como el único país democrático y el más avanzado de Oriente Medio.

Los que en Europa ayudan a Israel promoviendo esa imagen falsa son, faltaría más, demócratas de pata negra e incluso progresistas e izquierdistas de toda la vida. Son o han sido presidentes de gobierno, ministros, defensores del pueblo, directores de medios de comunicación, presidentes del Parlamento Europeo, secretarios generales de la OTAN, altos representantes para la política exterior y de seguridad  común de la Unión Europea, enviados especiales del Cuarteto en Oriente Medio en nombre de la ONU, la UE, los Estados Unidos y Rusia, altos funcionarios y diplomáticos.

Alguien preguntará: ¿pero no hay cierta mejora por la reciente tregua entre Israel y Hamas? La organización israelí Médicos por los Derechos Humanos (PFHR por sus siglas en inglés) respondió el pasado 6 de julio que: “a pesar del acuerdo entre Israel y Hamas (en vigor desde el 21 de junio de 2008) no ha habido mejoras en la política israelí hacia los pacientes de Gaza, la cual incluso parece haber empeorado. A los impedimentos que impone el servicio general de seguridad a las personas que quieren salir de Gaza para recibir tratamiento médico, los pacientes se enfrentan a mayores dificultades burocráticas impuestas por el ejército, lo que les impide disfrutar de su derecho a la salud.”

Las carencias a causa del bloqueo van más allá de los suministros médicos y alcanzan a la alimentación, al agua, a los materiales de construcción, a los repuestos de productos básicos, a la energía, a materiales educativos, en definitiva, a cualquier sector que se quiera observar.

El Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente, más conocido por sus siglas en inglés, UNRWA, recibe apenas el 56 por ciento de los recursos que necesita para atender a los refugiados y por ello les aporta el 60 por ciento de la dieta diaria, la cual no supera las recomendaciones occidentales en cuanto a la alimentación de las personas.

Las escuelas están tan masificadas que tienen que ofrecer dos turnos escolares cada día para no dejar a ningún niño sin enseñanza básica. Unos alumnos empiezan a las 8 de la mañana y salen a mediodía y otros entran a esa hora y salen a las 4 de la tarde. No hay lugar ni medios para actividades extraescolares, deportivas, ni de otro tipo.

Como los medios son insuficientes, se produce un colapso educativo y no hay forma de que la insuficiente educación que reciben los jóvenes les prepare para ser ciudadanos capaces de contribuir al progreso material y moral de la sociedad. No solamente no estarán bien capacitados en el terreno de las habilidades básicas, sino que la enseñanza que reciben en el ámbito moral y político es tan negativa que no permite abrigar esperanzas de que consideren las relaciones pacíficas entre naciones, la democracia, los derechos humanos, etc., como las opciones adecuadas para guiar su conducta de adultos.

John Ging, el director de la UNRWA, respondió el 23 de julio pasado a una pregunta que le formulé en su oficina de la sede central en Gaza  sobre lo que hacen al respecto dos de los más significados cargos políticos citados anteriormente: “He invitado a Solana y a Blair para que vengan a Gaza y conozcan personalmente la situación de los refugiados, pero han desestimado la invitación”.

La penosa situación de un millón y medio de palestinos encerrados en 360 kilómetros cuadrados, donde son privados de sus derechos humanos, no resulta suficiente para mover las conciencias de los máximos responsables políticos occidentales y –como mínimo– dar un paso tan sencillo como el de retirar su apoyo a la política genocida de Israel en los territorios palestinos ocupados. Bastaría incluso con empezar por exigirle que respete la libre circulación de personas (categoría de momento aplicable a los palestinos) si no hacia Israel, por lo menos hacia el resto del mundo por tierra, mar y aire.

A John Ging parece hervirle la sangre cuando a continuación recuerda que la UNRWA dispone de 10.000 empleados y 200 millones de dólares para clínicas, escuelas y hogares, pero que Israel no permite ni siquiera que la agencia desarrolle su labor humanitaria al mantenerlos bloqueados. Él es diplomático y únicamente puede presentar esas y otras cifras y decir que Solana y Blair no le responden a sus llamadas. Los que no lo son pueden decir sin temor a equivocarse que las acciones de Israel son propias de un Estado nazi y que la falta de acciones por parte de los dos altísimos representantes y otros altísimos cómplices, los hacen también responsables por omisión del estado inhumano en que se mantiene a los palestinos.

John Ging es un irlandés valiente en su actuación y claro en su discurso. No deja marchar al visitante sin que se lleve una idea precisa de lo que ocurre en la Franja de Gaza y sobre todo de por qué ocurre. “El problema es un asunto de justicia, no de distribución de paquetes de comida y medicinas a gente necesitada. Al no haber un sistema mediante el cual Israel responda de sus acciones, no existe la justicia”.

De sus palabras se deduce inmediatamente que la responsabilidad recae no sólo en Israel, sino en la comunidad internacional, que no hace uso de la abundante legislación existente para terminar con una situación en la que ciudadanos corrientes, la mitad de ellos niños, son víctimas de las violaciones de las leyes internacionales.

La consecuencia natural de esta situación inacabable de violaciones de derechos fundamentales sin opción de obtener justicia, anuncia, es un creciente sentimiento de desesperación y violencia entre las víctimas.  No hay que olvidar, recuerda, que los palestinos han escogido el camino de las conversaciones, han votado democrática y limpiamente, han optado por la tregua y, sin embargo, su situación no cambia como no sea a peor.

Ging concluye con un pronóstico que cualquier persona que no acepte el racismo y el imperialismo de Israel y los que le apoyan, comparte sin problema alguno: “las políticas de Israel están incrementando la hostilidad de los palestinos quizás hasta un punto de no retorno. Además, los palestinos no van a marcharse, están ahí y la demografía lo confirma.”

4. De Yabalia a Rafah: destrucción, muerte y resistencia

Un taxi lleva a los visitantes hasta el campo de refugiados de Yabalia, cuna de la Intifada que empezó el 7 de diciembre de 1987. Tras callejear un rato por algunos barrios del campo, que están saturados de viviendas precarias, que carecen de infraestructuras y equipamientos de saneamiento, transporte, educativos y de otro tipo, llegan al hospital Al Awda, que quizás algo irónicamente significa El Retorno. Allí les recibe personal directivo, que les informa de la situación sanitaria de la Franja en general y acerca del hospital en particular.

Es mejor abstenerse de visitar la sala donde se guardan las fotografías de los heridos, mutilados y muertos por los ataques del ejército de ocupación israelí, a no ser que se tenga un interés profesional que lo justifique o que se desee intensamente ser testigo –al menos mediante documentos gráficos– de la barbarie de la que es capaz el “ejército más moral del mundo”, según la tradición hagiográfica de los israelíes.

Miles de palestinos con mutilaciones horribles, heridas inimaginables, cuerpos quemados e inválidos de por vida desmienten la versión de los gobernantes israelíes en espera de que sean citados a declarar por un tribunal encargado de juzgar los crímenes contra la humanidad que se han cometido en Palestina, Líbano y otros países.

Ese día no habrá escasez de testigos a la vista de la cifra de víctimas causadas por los ataques israelíes: 12.261 palestinos han resultado heridos por el ejército de ocupación israelí solamente desde que empezó la Intifada de Al Aqsa el 29 de septiembre de 2000 hasta mayo de 2008. Para obtener el total de víctimas del sionismo, cifra muy superior, habría que añadir las víctimas de la primera Intifada y las de anteriores agresiones en forma de ataques concretos y de guerras. Una vez más, en España la cifra correspondiente asciende a 122.610 personas solamente en los últimos siete años.

El Centro Palestino de Derechos Humanos, PCHR por sus siglas en inglés, tiene su sede en la ciudad de Gaza, es una entidad consultiva del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas y miembro de la Comisión Internacional de Juristas con sede en Ginebra. Ofrece abundante información sobre la larga lista de violaciones de derechos humanos por parte de Israel en los Territorios Ocupados que abarcan el uso de la tortura, la detención arbitraria, la destrucción de propiedad palestina, los ataques a los equipos médicos, las ejecuciones extra judiciales, los ataques a civiles no implicados en hostilidades, etc., etc.

Mientras el visitante intenta asimilar una catarata de datos sangrientos, se ve incapaz de responder a la pregunta ¿qué tiene que ver la supuestamente sacrosanta seguridad de los israelíes con el derecho a la salud de los palestinos?

Basam Naim, ministro de Sanidad del gobierno de Hamas, recibe a los visitantes en su despacho, donde les informa de los problemas causados por el bloqueo internacional al sistema de salud. No obstante,  la información más interesante para unos extranjeros que no son especialistas en cuestiones sanitarias tiene que ver con la política antes que con la medicina. Por ello aclara a los visitantes la confusión que existe en Occidente sobre la situación de la Franja de Gaza.

No es correcto considerar que Gaza es una prisión, como algunos advierten en Europa, sino que es un campo de concentración, porque los internos en prisiones europeas reciben suficiente alimentación, cuidados médicos adecuados, están libres de ataques militares y no se les impide el ejercicio de otros derechos como el de la educación por ejemplo. Todo esto tiene lugar en la Gaza ocupada por Israel. Con otras palabras, el fin del campo es la limpieza étnica, no solamente encerrar a los palestinos.

Añade otra reflexión importante: la comunidad internacional, no solamente Israel, es también responsable de la situación. Por rechazar los resultados de las elecciones de 2006, que fueron limpias según constataron los observadores internacionales, y además por permitir que Israel viole continua y gravemente la ley internacional. Tiene razón en su acusación el ministro porque según la ley con la que se ha dotado esa comunidad, cada país tiene la obligación de cumplirla y hacer que los demás miembros la cumplan. Es decir, no basta con no violar la ley, sino que hay que impedírselo al que lo hace.

En cuanto a los detalles concretos de la actividad médica corriente bajo el bloqueo, el ministro presenta un ejemplo que basta para poner de manifiesto la crueldad de sus responsables. Suena el teléfono en un centro hospitalario de guardia una noche cualquiera: ha habido un ataque con misiles en el campo de refugiados de Khan Younis, en la mitad sur de la Franja y hay que evacuar a los heridos al hospital. El equipo médico no puede acudir al lugar del suceso porque la ambulancia no tiene combustible para llegar hasta allí.

Uno tiene la tentación, que resiste, de señalar que quizás se puede considerar una mejora respecto al pasado. Habida cuenta de que el ejército de ocupación israelí ha atacado en diversas ocasiones a los equipos médicos que acuden a auxiliar a los heridos, es mejor que se queden en sus bases. Se trata de graves violaciones calificadas como crímenes de guerra por la 4ª Convención de Ginebra de 1949, relativa a la protección de civiles en tiempos de guerra. Según el PCHR, varios miembros del personal médico de Gaza han resultado muertos por disparos de metralleta, de artillería y por misiles realizados por militares del ejército israelí.

Todos los médicos, generales y especialistas, se ven afectados por el bloqueo, ya que no se les permite actualizar sus conocimientos mediante estancias en centros extranjeros y tampoco recibir publicaciones internacionales en la Franja, que de todos modos serían demasiado caras para sus bolsillos. Lo peor es que la comunidad internacional no sólo no pone fin a esta situación, sino que ni siquiera envía equipos de especialistas durante un tiempo a la Franja, para que traten los casos más difíciles: algunos tipos de cáncer, enfermedades cardiacas, ortopedias complicadas, etc.

Aunque la salud no es el único sector social perjudicado gravemente por el bloqueo, ilustra muy bien, sin necesidad de recorrer uno a uno los demás sectores que también se ven afectados, que en realidad Israel no se defiende de los palestinos, sino que quiere acabar con ellos con la excusa de protegerse.

La salud es el primer derecho fundamental sin el cual los demás no puede disfrutarse. Si los palestinos no comen lo suficiente, si no se les permite tratar las enfermedades adecuadamente, si las depuradoras de agua no funcionan porque no hay combustible ni repuestos, si las aguas residuales corren libremente hasta el mar y se filtran por doquier al no poder ser tratadas por la misma razón, si las condiciones sanitarias se deterioran, la vida se convierte en una lucha por la supervivencia.

Los israelíes castigan cruelmente a los palestinos por el mero hecho de ser palestinos. Se trata de que acepten que no tienen futuro alguno y finalmente que emigren “voluntariamente” a otros lugares donde la vida no sea tan peligrosa y difícil.

Sólo el arraigado racismo sionista puede explicar que Israel se empeñe en martirizar a millones de palestinos que viven desde hace siglos en la tierra de sus ancestros para que la abandonen y así poder apropiársela. Es cierto que mueren miles, que millones sufren, que el mundo consiente cuando no anima las políticas israelíes, pero es suficiente con realizar una visita al hospital Al Awda o a cualquier otro para comprobar que decenas de niños palestinos nacen todos los días, centenares cada mes.

La alta tasa de natalidad y la resistencia sostenida a través de los años hacen que Israel, además de ser un Estado terrorista, sea también un Estado sin futuro. Desde su establecimiento hasta la actualidad ha sido gobernado por colonialistas racistas, a su vez sostenidos por los votos de sus habitantes y con la cooperación de otros estados imperialistas.

Es mucho lo que han conseguido los sionistas a sangre y fuego en los 60 años de la existencia de Israel, pero no se acercan a su objetivo: un Estado judío solamente para los judíos. Resulta que no sólo es un Estado ilegal e inmoral, es inviable también.


(*) Agustín Velloso es profesor de Ciencias de la Educación de la UNED en Madrid.