Después del Argentinazo

Por Aldo Andrés Romero

Miembro del Comité Central del Movimiento Al Socialismo

Integrante del Consejo de Redacción de Herramienta

 

El presente artículo es un aporte presentado por el compañero el 23 de diciembre. Pese a los cambios que siguieron ocurriendo, a partir de esa fecha, presenta elementos y aportes que son parte del análisis del proceso en curso.

 

El “estallido social” del que tanto se hablara finalmente se produjo. Los reclamos de comida ante los grandes supermercados derivaron en saqueos en diversos puntos del país, en un contexto marcado por un paro nacional de generalizado acatamiento, por la toma y quema parcial de la Intendencia de Córdoba por los trabajadores municipales, los paros y movilizaciones de los trabajadores estatales de la Provincia de Buenos Aires para bloquear el proyectado superajuste de Ruckauf, por el fracaso del consenso intentado en los locales de Caritas, donde el presidente y sus funcionarios fueron insultados por una manifestación de telefónicos. En una jugada desesperada e irresponsable, De la Rúa decreta el estado de sitio y desata, particularmente en Buenos Aires, un interminable cacerolazo, centenares de cortes de calles y espontáneas concentraciones en Plaza de Mayo y en el Congreso. La represión brutal, que ocasionó al menos 28 muertos, atiza la rebelión popular. Es así que se produjo un verdadero Argentinazo, que condujo directamente a la renuncia de Cavallo, la caída del Gobierno presidido por De la Rúa y, de manera “retardada”, la derogación del estado de sitio. En este sentido podemos afirmar que la movilización popular logró una victoria resonante, que a su vez genera condiciones más favorables para el desarrollo de la politización, movilización y organización de los sectores populares, en el contexto de una nueva situación política que posiblemente podamos denominar prerrevolucionaria. Esta caracterización deberá ser precisada, desarrollada y concretada analizando en detalle: a) la masividad y contundencia de la rebelión popular en las distintas regiones del país, b) el desarrollo desigual de sus diversos componentes (exigencia de alimentos y saqueos, acciones más o menos centralizadas de trabajadores estatales nacionales y provinciales, paro general, movilizaciones de comerciantes, cacerolazos y la pueblada en la ciudad de Buenos Aires, resistencia civil y lucha de calles, etcétera), c) el rol lamentable y/o la ausencia de las organizaciones tradicionales del movimiento obrero, d) la relativa debilidad o marginalidad de la intervención de la mayor parte de las organizaciones que componen el movimiento de piqueteros y desocupados, e) el desarrollo subjetivo de los protagonistas de la pueblada a partir del predominio de un marcado apoliticismo, f) las contradicciones, fricciones e incluso enfrentamientos entre los distintos partícipes del movimiento, que se expresaron en luchas de pobres contra pobres, acciones de vandalismo, y olas de pánico provocadas por las mismas fuerzas represivas para abrir paso a reclamos autoritarios, etcétera). 

 

 Al mismo tiempo, el traspaso del gobierno al PJ a través de maniobras parlamentarias que llevaron a la designación de Rodríguez Saá como presidente interino, encargado de una reorientación de la política económica y la convocatoria a elección de nuevos presidente y vice el 3 de marzo de 2002 abren una coyuntura de incierto desarrollo. La ruptura que a nivel del discurso provoca un presidente que proclama la suspensión del pago de la deuda externa, promete un millón de puestos de trabajo e introduce una “tercera moneda” que prometiendo reactivar la demanda prepara la devaluación de los salarios, así como la deliberada pretensión de contener y disolver el protagonismo ganado por los sectores populares mediante elecciones amañadas, tienen como telón de fondo la catástrofe económico-social, los dictados del capitalismo globalizado y la inexorable tendencia a descargar sobre las espaldas del pueblo el mayor peso de la crisis.

 

La crisis plantea y planteará agudas confrontaciones, pero es altamente improbable un desenlace más o menos rápido de la crisis misma. El movimiento obrero y popular deberá recorrer un largo y difícil camino hasta colocarse en condiciones que le permitan objetiva y subjetivamente postular una alternativa revolucionaria. Al mismo tiempo, la lucha entre diversas fracciones burguesas y el desgaste de los partidos tradicionales ilustran que la burguesía parece estar lejos de conformar un nuevo “bloque dominante” capaz de reemplazar al que actualmente agoniza. Los dos factores antes señalados permiten prever una cierta “cronificación” de la inestabilidad. Estamos ante una verdadera crisis orgánica, en términos de Gramsci, y, en este marco, la irrupción masiva de millones de nuevos protagonistas a la vida política introduce un ingrediente más de explosividad e inestabilidad, con la posibilidad de bruscos giros a izquierda y derecha. Este es el contexto en que deberemos actuar los socialistas revolucionarios.

 

 Para intervenir en la crisis es preciso proponer y corregir constantemente, según el desarrollo de los acontecimientos y las enseñanzas de la lucha de clases, un programa transicional que deberemos llevar a (y reelaborar con) las masas como respuestas eficaces ante la catástrofe nacional y el populismo discursivo del nuevo gobierno. Katz propuso trabajar en torno de tres ejes (* No pago de la deuda, * Aumento de los salarios y las jubilaciones junto a la implementación transitoria de un seguro al desocupado, financiado con los pagos de intereses de la deuda e impuestos al patrimonio, a las empresas privatizadas o a las rentas financieras, * Control directo de los bancos y las empresas que comandan la economía, incluyendo la reestatización de las compañías privatizadas bajo control democrático de los trabajadores y usuarios) articulados no desde la ilusoria óptica de la “humanización del capital”, sino de la transformación socialista. Luis Becerra y Andrés Méndez propusieron también elementos para una salida anticapitalista en la revista Herramienta 17. Estos y otros aportes constituyen un punto de partida que debe ser retrabajado ajustándolo al contexto nacido del Argentinazo. Junto con lo anterior, debemos avanzar propuestas de acción y organización flexibles y permanentemente ajustadas con el desarrollo de los acontecimientos, atentos al desarrollo de los diversos movimientos sociales. El centro de nuestra actividad estará puesto en la intervención desde abajo con estas proposiciones, entendiendo que una parte fundamental de esta intervención es la “paciente explicación” de la política y perspectiva revolucionaria del socialismo a través de sus concretas propuestas y la propagandización de la necesidad de luchar por la transformación socialista en el país y Latinoamérica.

 

Para enfrentar los desafíos del momento y desarrollar la intervención antes señalada, resulta impostergable también articular una política hacia el conjunto de la izquierda y las próximas elecciones. Debemos denunciar tanto la criminal parábola del gobierno radical como la velocidad y el descaro con que el peronismo se instaló en su lugar, así como la impúdica manipulación con la cual buscan asegurar su triunfo en marzo. Si esta denuncia coincide con una evolución en el mismo sentido de los protagonistas del Argentinazo, podría articularse una fuerte campaña contra el circo electoral. Pero debemos también prepararnos para impulsar una intervención electoral conjunta de la izquierda política, en base a un acuerdo mínimo de medidas anticapitalistas, que contribuya a dar una expresión y protagonismo político a millones de jóvenes y trabajadores.  En uno u otro caso, para impulsar esta batalla política es preciso reconocer y valorar el lugar privilegiado que, independientemente de las debilidades de su organización, tiene Luis Zamora. Creo que sería sectario desconocer por más tiempo su capacidad de diálogo con sectores de la vanguardia y las masas, así como el contenido revolucionario de sus posiciones generales. Su presencia en las calles y la intervención en la Asamblea Legislativa confirman y refuerzan esta caracterización.

 

Por último, pero no en importancia, debemos reforzar la denuncia de la colonización imperialista del país así como también de la “Cruzada” guerrera lanzada por Bush y su impacto sobre Latinoamérica y el país, luchando en contra de todo envío de militares a Afganistán, contra la intervención yanqui en Colombia, contra la realización de maniobras e instalación de bases imperialistas en nuestro país. En otro plano, la repercusión de los recientes acontecimientos facilita y exige una actividad orientada a establecer lazos de cooperación y solidaridad con organizaciones sociales y fuerzas de izquierda a nivel  internacional y continental.

      

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