Socialismo desde abajo

 

Por Hal Draper

 

En la pelea por la restitución de la auténtica perspectiva del socialismo como obra consciente de las más amplias masas, publicamos un resumen del presente artículo, un profundo alegato a favor de la transformación social hecha de manera autodeterminada, desde abajo, por los explotados y oprimidos. El trabajo fue publicado por primera en la revista estudiantil Anvil en 1960 y posteriormente, en edición corregida y aumentada, en 1968.

En este texto, de gran valor educativo, se repasan las tradiciones del socialismo, fundamentalmente las del siglo XIX. Sin embargo, aunque queda fuera de evaluación la tradición más propiamente del marxismo revolucionario del siglo XX, inscribimos a ésta, a pesar de su diversidad, sus ambigüedades y sus contradicciones, dentro de la tradición del socialismo desde abajo. Y la reivindicamos frente a las "modas", como las actuales de John Holloway o Toni Negri, que recaen en una deriva semianarquista, tradición duramente criticada en este mismo trabajo.

 

Las dos almas del socialismo

 

La actual crisis del socialismo es una crisis del significado del socialismo.

Lo más cercano a un contenido común en los diversos "socialismos" es una negación: anticapitalismo. En cuanto a lo positivo, la variedad de ideas incompatibles y en conflicto que se llaman a sí mismas socialistas es más amplia que la gama de ideas dentro del mundo burgués. Incluso el anticapitalismo es cada vez menos un factor común. En un extremo del espectro, algunos partidos socialdemócratas casi han eliminado de sus programas cualquier reivindicación específicamente socialista, prometiendo mantener la empresa privada donde quiera que esto sea posible.

En otro lado de la escena mundial, están los Estados comunistas, cuya proclamación como socialistas está basada en una negación: la abolición del sistema del beneficio privado capitalista, y en el hecho de que la clase dominante no está formada por propietarios privados. Sin embargo, desde un punto de vista positivo, el sistema socioeconómico que ha reemplazado al capitalismo no sería reconocible para Karl Marx. El Estado posee los medios de producción, pero ¿quién posee al Estado? Ciertamente no las masas de trabajadores, que son explotados, sin libertad y desposeídos de todo control político y social. Una nueva clase dominante, los burócratas, domina sobre un sistema colectivista: un colectivismo burocrático. A no ser que estatización sea igualada mecánicamente con socialismo, ¿en qué sentido son "socialistas" estas sociedades?

Estos dos autodenominados socialismos son muy diferentes, pero tienen en común más de lo que creen. Ambas concepciones tienen sus raíces en la ambigua historia de la idea socialista.

Siempre ha habido diferentes "tipos de socialismo", que comúnmente han sido divididos en reformistas o revolucionarios, pacíficos o violentos, democráticos o autoritarios, etc. Estas divisiones existen, pero la fundamental es otra. A lo largo de la historia de las ideas y de los movimientos socialistas, la fundamental división se da entre socialismo desde arriba y socialismo desde abajo.

Lo que une a las muchas diferentes formas de socialismo desde arriba es la concepción de que el socialismo (o un razonable facsímil de él) debe ser otorgado como limosna a las masas agradecidas, de una forma u otra, por una élite dominante que, de hecho, no está sometida a su control. El corazón del socialismo desde abajo es su afirmación de que el socialismo solamente puede ser realizado a través de la autoemancipación de las masas activas en movimiento, llegando a él libremente, con sus propias manos, movilizadas desde abajo en una lucha para hacerse cargo de su propio destino, como actores (no simplemente como sujetos pacientes) de esta etapa de la historia. "La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos": éste es el primer párrafo de los estatutos escritos por Marx para la Primera Internacional, y éste es el primer principio del conjunto de su obra.

Convencido de que la actual crisis del socialismo solo puede comprenderse en los términos de esta gran división dentro de la tradición socialista, pasaremos a algunos ejemplos de las dos almas del socialismo.

 

Los primeros socialistas modernos

 

El socialismo moderno nació durante el más o menos medio siglo que va desde la gran Revolución Francesa hasta las revoluciones de 1848. También lo hizo la democracia moderna. Pero no nacieron unidos como hermanos siameses. Al comienzo, se movieron sobre líneas separadas. ¿Cuándo se cortaron ambas líneas por primera vez?

A partir del naufragio de la Revolución Francesa crecieron diferentes tipos de socialismo. Consideraremos tres de los más importantes a la luz de nuestra pregunta.

1) Babeuf. El primer movimiento socialista moderno fue dirigido en la última fase de la Revolución Francesa por Babeuf ("la Conjura de los Iguales"), concebido como una continuación del jacobinismo revolucionario, con el añadido de un objetivo social más consistente: una sociedad de igualdad comunista. Es ésta la primera ocasión en la era moderna en la que la idea socialista se une a la idea de un movimiento popular, una combinación de enorme importancia.

¿Cuál es exactamente la relación que en cada caso se concibe entre esta idea socialista y este movimiento popular? 

Los seguidores de Babeuf entienden esa relación de la siguiente forma: el movimiento de masas popular ha fracasado; parece que el pueblo ha vuelto la espalda a la revolución. Sin embargo, el pueblo sufre y necesita el comunismo, nosotros lo sabemos. La voluntad revolucionaria del pueblo ha sido derrotada por una conspiración de la derecha: necesitamos una conspiración de la izquierda para llevar a cabo la voluntad revolucionaria. Debemos, por tanto, tomar el poder. Pero el pueblo ya no está preparado para ello. Por tanto, es necesario que nosotros tomemos el poder en su nombre. Esto exige una dictadura temporal, que en verdad es de una minoría. Pero sería una dictadura educativa, con el propósito de crear las condiciones que harían posible el control democrático en el futuro (en este sentido son demócratas). No sería una dictadura del pueblo, como lo era la Comuna; se trata, francamente, de una dictadura sobre el pueblo, con muy buenas intenciones.

Durante algo más de los 50 años siguientes, la concepción de la dictadura educativa sobre el pueblo permaneció como el programa de la izquierda revolucionaria: a través de las tres B (Babeuf, Buonarroti y Blanqui) y, con la palabrería anarquista añadida de Bakunin. El nuevo orden será donado al sufriente pueblo por la banda revolucionaria. Este típico socialismo desde arriba es la primera y más primitiva forma de socialismo revolucionario, pero todavía hay admiradores de Castro y de Mao que creen que es la última palabra en revolucionarismo.

2) Saint Simon. Saliendo del período revolucionario, una mente brillante tomó un rumbo totalmente diferente. Lo que empujó a Saint Simon era su repulsión a la revolución, al desorden y a los disturbios. Lo que le fascinaban eran las potencialidades de la industria y de la ciencia.

Su visión no tenía nada que ver con algo parecido a la igualdad, la justicia, la libertad, los derechos del hombre o pasiones semejantes: a él le interesaban solamente la modernización, la industrialización y la planificación, divorciadas de las anteriores consideraciones. Quienes llevarían esto a cabo eran las oligarquías de hombres de negocios, científicos, tecnólogos y dirigentes. Cuando no apelaba a tales sectores, Saint Simon pedía a Napoleón o a su sucesor Luis XVIII que implementasen proyectos de una dictadura real. Sus proyectos cambiaban, pero todos ellos eran completamente autoritarios, hasta la última ordenanza planificada. Racista sistemático e imperialista militante, era un rabioso enemigo de la misma idea de igualdad y libertad, a las que odiaba como descendientes de la Revolución Francesa.

¿Cuál era entonces la relación que él establecía entre la idea de sociedad planificada y el movimiento popular? El pueblo, el movimiento, podría ser útil como ariete -puesto en ciertas manos-. La última concepción de Saint Simon fue un movimiento desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba. Pero el poder y la capacidad de control debían permanecer donde siempre han estado: arriba.

3) Los utópicos. Un tercer tipo de socialismo que se produjo en la generación post-revolucionaria fue el de los socialistas utópicos de verdad: Robert Owen, Charles Fourier, Etienne Cabet, etc. Ellos diseñaron una ideal colonia comunal, salida hecha y derecha del cerebro del líder, para que fuese financiada por los ricos filántropos bajo la protección del poder benevolente.

Owen (en muchos sentidos el mejor del lote) era tan categórico como cualquiera de ellos: "Este gran cambio... debería y podría ser realizado por los ricos y los poderosos. No hay otros para hacerlo... para los pobres, oponerse a los ricos y a los poderosos es un derroche de tiempo, talento y dinero". Evidentemente, Owen estaba en contra del "odio de clases", de la lucha de clases. De los muchos que así lo han creído, pocos han escrito con tanta franqueza que el propósito de este "socialismo" es "gobernar o tratar a toda la sociedad como el más avanzado de los médicos gobierna y trata a sus pacientes en el manicomio mejor organizado", con "paciencia y bondad" para los desgraciados que "han llegado a esa situación a causa de la irracionalidad y la injusticia del actual sistema social, sumamente irracional".

Para estos socialistas utópicos, ¿cuál era la relación entre la idea socialista y el movimiento popular? Este último era el rebaño que debía ser guardado por el buen pastor. No debe suponerse que el socialismo desde arriba implica necesariamente intenciones cruelmente despóticas.

 

El aporte de Marx

 

El utopismo era elitista y antidemocrático en lo esencial porque era utópico, esto es, porque pretendía imponer un modelo prefabricado, inventando un plan que debería ser aplicado. Sobre todo, era inherente a él la hostilidad hacia la idea de transformar la sociedad desde abajo, por medio de la inquietante intervención de las masas en busca de su liberación, incluso en aquellos casos en los que aceptaba recurrir al movimiento de masas como instrumento de presión sobre las cúpulas. En el movimiento socialista, tal y como se desarrolló antes de Marx, la línea de la idea socialista nunca se intersecó con la línea de la democracia desde abajo.

Esta intersección, esta síntesis, fue la gran contribución de Marx: en comparación con ella, todo el contenido de El Capital es secundario. Lo que él unió fue socialismo revolucionario con democracia revolucionaria. Este es el corazón del marxismo. El Manifiesto Comunista de 1848 expresa la autoconciencia del primer movimiento (en palabras de Engels) "cuya idea era desde el primer momento que la emancipación de los trabajadores debería ser obra de los trabajadores mismos".

En notas manuscritas hechas en 1844, rechazó el existente "comunismo vulgar", que negaba la personalidad humana, y aspiraba a un comunismo que sería un "humanismo totalmente desarrollado". En 1845, él y su amigo Engels elaboraron una argumentación contra el elitismo de una corriente socialista representada por Bruno Bauer. En 1846 organizaron a los "comunistas democráticos alemanes" en el exilio de Bruselas, y Engels escribió: "en nuestra época, democracia y comunismo son la misma cosa. Solamente el proletariado será capaz de fraternizar realmente, bajo la bandera de la democracia comunista...".

Al elaborar el primer punto de vista que unía la nueva idea comunista con las nuevas aspiraciones democráticas, entraron en conflicto con las sectas comunistas existentes, como la de Weitling, que soñaban en una dictadura mesiánica. Antes de unirse al grupo que se convertiría en la Liga Comunista (para la que escribirían el Manifiesto Comunista), exigían que la organización dejara de ser una élite conspirativa del viejo tipo y se transformase en un abierto grupo de propaganda, que "todo aquello que lleva a un autoritarismo supersticioso sea eliminado de los estatutos", que el comité dirigente fuese elegido por el conjunto de los miembros, contra la tradición de "decisiones desde arriba". Ganaron a la Liga para su nuevo enfoque, y en el periódico editado en 1847, pocos meses antes del Manifiesto Comunista, el grupo anunció: “No nos encontramos entre esos comunistas que aspiran a destruir la libertad personal, que desean convertir el mundo en un enorme cuartel o en un gigantesco asilo. Es verdad que existen algunos comunistas que, de forma simplista, se niegan a tolerar la libertad personal, porque consideran que es un obstáculo a la completa armonía. Pero nosotros no tenemos ninguna intención de cambiar libertad por igualdad. Estamos convencidos... de que en ningún orden social podrá asegurarse la libertad personal tanto como en una sociedad basada sobre la propiedad comunal... Pongámonos a trabajar para establecer un estado democrático en el que cada partido podría ganar, hablando o por escrito, a la mayoría para sus ideas”.

El Manifiesto Comunista, resultado de estas discusiones, proclamó que el primer objetivo de la revolución era "ganar la batalla de la democracia". Cuando, dos años más tarde y después del declive de las revoluciones de 1848, la Liga Comunista se rompió, estaba una vez más en conflicto con el "comunismo vulgar", que quería sustituir con determinadas bandas de revolucionarios al movimiento de masas real de una clase trabajadora consciente. Marx les dijo: “La minoría... convierte a la mera voluntad en la fuerza motor de la revolución, en vez de las relaciones reales. Allá donde nosotros decimos a los trabajadores: ‘Tendréis que pasar por quince, veinte o cincuenta años de guerras civiles e internacionales, no solo para cambiar las condiciones existentes, sino también para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política’, vosotros, por vuestra parte, decís a los trabajadores: ‘Debemos alcanzar el poder en seguida, o, en caso contrario, irnos a dormir’ ”.

"Cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política": éste es el programa de Marx para el movimiento obrero, en contra tanto de aquellos que dicen que los trabajadores pueden tomar el poder cualquier domingo como de los que dicen que nunca podrán hacerlo. Así nació el marxismo, en lucha autoconsciente contra los abogados de la dictadura educativa, de los dictadores salvadores, de los revolucionarios elitistas, de los comunistas autoritarios, de los bienhechores filantrópicos y de los liberales burgueses. Este era el marxismo de Marx, no las monstruosas caricaturas que, con tal etiqueta, predican los profesores del establishment, que se estremecen con el irreconciliable espíritu de oposición revolucionaria al statu quo capitalista existente en Marx, y también los estalinistas y neoestalinistas, que tienen que ocultar que Marx declaró la guerra a todos los de su género.

El corazón de la teoría es la siguiente proposición: que existe una mayoría social con interés y motivos para cambiar el sistema, y que la intención del socialismo puede ser la educación y la movilización de esta masa mayoritaria. La clase explotada, la clase obrera, es, en definitiva, la fuerza motriz de la revolución. Por tanto, un socialismo desde abajo es posible, sobre la base de una teoría que ve las potencialidades revolucionarias en las amplias masas, incluso si parecen atrasadas en determinado momento y lugar. El Capital, al fin y al cabo, no es otra cosa que la demostración de la base económica de esta perspectiva.

Solo una teoría del socialismo obrero de este tipo hace posible la fusión del socialismo revolucionario con la democracia revolucionaria. No estamos ahora argumentando nuestro convencimiento de que esta creencia está justificada, sino únicamente insistiendo en la alternativa: todos los socialistas o pretendidos reformadores que la repudian están obligados a asumir algún tipo de socialismo desde arriba, ya sea reformista, utópico, burocrático, estalinista, maoísta o castrista. Y así lo hacen.

 

El mito del carácter "libertario" del anarquismo

 

Uno de los más profundos autoritarios en la historia del radicalismo no es otro que el "padre del anarquismo", Proudhon, cuyo nombre es periódicamente revivido como ejemplo de gran "libertario", a causa de su frecuente repetición de la palabra libertad y de sus invocaciones a la "revolución desde abajo".

No es posible disculpar su violenta oposición no solo al sindicalismo y al derecho de huelga (hasta apoyando el quiebre de la huelga por la policía), sino incluso a las ideas de derecho a voto, sufragio universal, soberanía popular y a la misma idea de constitución ("Toda esta democracia me asquea... Daría cualquier cosa por arremeter contra esta turba con mi puño cerrado"). Las características de su sociedad ideal incluyen la supresión de todos los demás grupos, la prohibición de cualquier reunión de más de 20 personas y de cualquier prensa libre, así como de cualquier tipo de elecciones; en las mismas notas, pensaba para el futuro en una "inquisición general" y en la condena de "algunos millones de personas" a trabajos forzados, "una vez hecha la revolución".

Detrás de todo esto estaba un feroz desprecio para las masas populares, fundamento necesario del socialismo desde arriba, de la misma forma que el marxismo sentaba sus bases en el sentimiento opuesto. Las masas están corrompidas y desahuciadas ("Yo adoro a la humanidad, pero escupo a los hombres"). Son "únicamente salvajes... a quienes es nuestro deber civilizar, sin convertirles en nuestros soberanos", escribe a un amigo, al que reprende con desprecio: "Tú todavía crees en el pueblo". El progreso, para él, puede llegar únicamente por la autoridad de una élite que toma la precaución de no dar al pueblo la soberanía.

“Los ministros son simplemente los directivos superiores o los directivos generales: como yo lo seré algún día... Cuando nosotros seamos los amos, la religión será la que nosotros queramos que sea, y lo mismo ocurrirá con la educación, la filosofía, la justicia, la administración y el gobierno”.

La historia es similar en lo que respeta al segundo "padre del anarquismo", Bakunin, cuyos planes para la dictadura y la supresión del control democrático son mejor conocidos que los de Proudhon.

La razón básica es la misma: el anarquismo no está relacionado con la creación del control democrático desde abajo, sino solamente con la destrucción de la "autoridad" sobre los individuos, incluyendo la autoridad de la más extremadamente democrática regulación de la sociedad que sea posible imaginar. Esto ha sido dejado claro por autorizados autores anarquistas como George Woodcock: "Incluso allá donde la democracia es posible, el anarquista no podría apoyarla... Los anarquistas no abogan por la libertad política, sino por liberarse de toda política".

El anarquismo es, por principio, violentamente antidemocrático, ya que una autoridad idealmente democrática sigue siendo autoridad. Su ilimitada libertad de cada incontrolado individuo es indistinguible del ilimitado despotismo de tal individuo, tanto en la teoría como en la práctica.

 

Lassalle y el socialismo de Estado

 

Fernando Lassalle es el prototipo del socialista de Estado, es decir, alguien que se propone conseguir el socialismo como un don del Estado existente. El Estado, decía Lassalle a los trabajadores, es algo que "puede realizar por cada uno de nosotros aquellas cosas que ninguno podría conseguir por sí mismo". Marx enseñaba exactamente lo opuesto: que la clase obrera debe conseguir su emancipación por sí misma, y abolir en ese proceso el Estado existente. Eduard Bernstein tenía razón cuando decía que Lassalle "creó un verdadero culto al Estado".

Lassalle organizó este primer movimiento socialista alemán como su dictadura personal. Abordó su construcción desde el primer momento como la de un movimiento de masas desde abajo para conseguir un socialismo desde arriba (recordemos el ariete de Saint Simon). El objetivo era convencer al kaiser Bismarck para que diese concesiones, particularmente el sufragio universal, sobre cuya base un movimiento parlamentario dirigido por Lassalle podría llegar a ser un aliado de masas del Estado bismarckiano en una coalición contra la burguesía liberal. Con este fin, Lassalle intentó realmente negociar con el Canciller de Hierro. Lassalle envió a Bismarck los estatutos dictatoriales de su organización, presentados como "la constitución de mi reino, que quizá envidiaréis".

Marx comprendió perfectamente la naturaleza del lassalleanismo. Llamó a Lassalle, en la cara, "bonapartista", y escribió que "su actitud es la del futuro dictador de los obreros". A la tendencia de Lassalle la denominaba "socialismo del gobierno real prusiano", denunciando su "alianza con los opositores absolutistas y feudales contra la burguesía".

"En vez del proceso revolucionario de transformación de la sociedad", escribe Marx, Lassalle se imagina la llegada del socialismo "desde la «ayuda estatal» otorgada a las sociedades cooperativistas de productores, creadas por el Estado, no por los trabajadores". Marx ridiculiza esto: "En lo que concierne a las actuales cooperativas, sólo tienen valor en la medida que son creaciones independientes de los trabajadores y no protegidas por el Estado o por la burguesía". Esta es una clásica exposición del significado de la palabra independiente como la piedra de toque del socialismo desde abajo contra el socialismo de Estado.

 

El modelo fabiano

 

El rasgo que une a todo este espectro, a pesar de todas sus diferencias, es la concepción del socialismo como un mero equivalente a la intervención del Estado en la economía y en la vida social. "Staat, greif zu!", pedía Lassalle ("Estado, ¡hazte cargo de las cosas!"). Este es el socialismo de todo este grupo.

Por esto Schumpeter está en lo cierto cuando observa que el equivalente británico del socialismo de Estado alemán es el fabianismo, el socialismo de Sidney Webb. Los fabianos (más exactamente, los webbianos) son, en la historia de la idea socialista, la corriente socialista moderna que se desarrolla de forma más completamente divorciada del marxismo, la más ajena a él. Era un reformismo socialdemócrata casi químicamente puro, particularmente antes del ascenso del movimiento de masas obrero y socialista en Gran Bretaña, que ellos no quisieron y que no ayudaron a construir (a pesar de un extendido mito que dice lo contrario).

Los fabianos, procedentes expresamente de la clase media, no querían construir un movimiento de masas en ningún sentido, y menos un movimiento de masas fabiano. Se consideraban como una pequeña élite de consejeros que influirían a los reales líderes tanto en la esfera conservadora como en la liberal, guiando el desarrollo social hacia sus objetivos colectivistas con la "inevitabilidad del gradualismo". Ya que su concepción del socialismo se limitaba a la intervención del Estado (nacional o municipal), y que su teoría decía que el propio capitalismo estaba siendo colectivizado rápidamente día a día, su función era simplemente la de acelerar el proceso.

Estas caracterizaciones bastan para darnos todo el sabor del colectivismo webbiano, del fabianismo. Era completamente dirigista, tecnocrático, elitista, autoritario, "planificacionista". Para Webb la política era casi un sinónimo de la manipulación de resortes. Una publicación fabiana escribió que ellos pretendían ser "los jesuitas del socialismo". Su evangelio era orden y eficacia. El pueblo, que debería ser tratado bondadosamente, sólo tenía capacidad para ser dirigido por expertos competentes. La lucha de clases, la revolución y los disturbios populares eran perjudiciales. En Fabianism and the Empire, el imperialismo era alabado y aceptado. Si alguna vez el movimiento socialista desarrolló su propio colectivismo burocrático, fue en esta ocasión. Tanto Sidney y Beatrice Webb como Bernard Shaw -el trío dirigente- se convirtieron en defensores por principio del totalitarismo estalinista de los años 30.

En las décadas anteriores al final del siglo en que nació el fabianismo, aparece otra figura, antítesis de Webb, la principal personalidad del socialismo revolucionario en este período: el poeta y artista William Morris, que llegó a ser socialista y marxista poco antes de los cincuenta años. Los escritos de Morris sobre el socialismo alientan por todos sus poros el espíritu del socialismo desde abajo. Esto es tal vez más claro en sus profundos ataques al fabianismo (por las razones justas); en su aversión al "marxismo" propio del dictatorial H. M. Hyndman, versión británica de Lassalle; en su denuncia del socialismo de Estado y en su repugnancia a la utopía burocrática colectivista de Bellamy, Looking Backward (que le incitó a hacer la siguiente consideración: "Si ellos me alistasen a un régimen de trabajadores, yo me resistiría con uñas y dientes").

Los escritos socialistas de Morris están impregnados por su énfasis, para el presente, en la lucha de clases desde abajo; en cuanto al futuro socialista, su obra News from Nowhere fue escrita como una antítesis directa del libro de Bellamy. Nos advierte: “Los individuos no pueden descargar los asuntos de la vida sobre las espaldas de una abstracción llamada Estado, sino que deben hacerles frente en asociación consciente con los demás... La diversidad de la vida es un objetivo del verdadero comunismo tanto como lo sea la igualdad de condiciones, y... ninguna cosa excepto la unión de éstas podrá conducirnos a la verdadera libertad”.

"Incluso algunos socialistas –escribió- son capaces de confundir la maquinaria cooperativa, hacia la que la vida moderna tiende, con la esencia del socialismo mismo". Esto implica "el peligro de que la comunidad degenere en burocracia". Por tanto, él expresaba su temor a una futura "burocracia colectivista". Reaccionando violentamente contra el socialismo de Estado y contra el reformismo, cae en el antiparlamentarismo pero no en la trampa anarquista: “El pueblo tendrá que implicarse en la administración, y en ocasiones existirán diferentes opiniones... ¿Qué hacer entonces? ¿Quién debe ceder? Nuestros amigos anarquistas dicen que eso no debe hacerse por mayoría; en ese caso, deberá hacerlo una minoría. ¿Y por qué? ¿Hay algún derecho divino en una minoría?".

Esta crítica apunta al corazón del anarquismo mucho más profundamente que la opinión común de que el inconveniente del anarquismo es su hiperidealismo.

William Morris contra Sidney Webb: ésta es una forma de resumir esta historia.

 

La fachada "revisionista"

 

Eduard Bernstein, el teórico del "revisionismo" socialdemócrata, recibe su impulso del fabianismo, por el que fue fuertemente influido en su exilio londinense. No inventó la política reformista en 1896: simplemente, se convirtió en su portavoz teórico. El dirigente de la burocracia del partido prefería menos teoría: "No se dice, se hace", le dijo a Bernstein, queriendo decir que la política de la socialdemocracia alemana había sido vaciada de contenido marxista mucho tiempo antes de que sus teóricos reflejasen la transformación.

Los fabianos no habían tenido que molestarse en poner pretextos, pero en Alemania no era posible destruir el marxismo con un ataque frontal. La regresión a un socialismo desde arriba fue presentada como una "modernización", una "revisión".

Esencialmente, al igual que los fabianos, el "revisionismo" encontró su socialismo en la inevitable colectivización del propio capitalismo; vio el movimiento hacia el socialismo como la suma de las tendencias colectivistas inherentes al capitalismo; apuntó a la "autosocialización" del capitalismo desde arriba, por medio de las instituciones del estado existente. La ecuación "estatización=socialismo" no fue una invención del estalinismo, sino que fue sistematizada por la corriente socialista de Estado, fabiana y revisionista del reformismo socialdemócrata.

La transformación del socialismo en un colectivismo burocrático está ya implícita en el ataque de Bernstein a la democracia obrera. Denunciando la idea del control obrero en la industria, procede a redefinir la democracia. Rechaza que sea "el gobierno del pueblo", proponiendo la definición negativa de "ausencia de gobierno de clase". Así, la misma noción de democracia obrera como un sine qua non del socialismo es arrojada a la basura, de forma tan eficaz como lo hace la más inteligente de las redefiniciones corrientes en las academias comunistas. Incluso la libertad política y las instituciones representativas se pierden en la redefinición, un resultado teórico que es aún más impresionante por no ser Bernstein personalmente antidemocrático, como lo eran Lassalle o Shaw. Es la teoría del socialismo desde arriba lo que impone estas formulaciones. Bernstein es el dirigente socialdemócrata que teorizó no solamente la ecuación "estatización=socialismo", sino también la disyunción entre socialismo y democracia obrera.

Fue apropiado, por tanto, que Bernstein llegase a la conclusión de que la hostilidad de Marx al Estado era "anarquista", y que Lassalle tenía razón al confiar en el Estado para el inicio del socialismo. "El cuerpo administrativo del futuro próximo sólo puede diferenciarse del Estado actual en cuestión de grado", escribe Bernstein; el hecho de "extinguirse el Estado" no es otra cosa que utopía, incluso bajo el socialismo. El, por el contrario, era muy práctico; por ejemplo, cuando el no extinguido Estado del kaiser se arrojó a la pelea imperialista por las colonias, Bernstein inmediatamente se declaró en favor del imperialismo y de la "responsabilidad del hombre blanco": "Solamente puede reconocerse un derecho condicional de los salvajes a la tierra que ocupan; la civilización superior puede, en el fondo, proclamar un más alto derecho".

La visión de Bernstein no era roja, sino rosácea: la lucha de clases se mitiga convirtiéndose en armonía, y un Estado benefactor transforma pausadamente a la burguesía en burócratas bondadosos. No ocurrió esto: cuando la bernsteinianizada socialdemocracia primeramente abatió a la izquierda revolucionaria en 1919 y, después, reinstaló en el poder a la empedernida burguesía y a los militares, ayudó a arrojar Alemania en los brazos de los fascistas.

Si Bernstein era el teórico de la identificación del colectivismo burocrático y el socialismo, fue su oponente de izquierda en el movimiento alemán quien llegó a ser el principal portavoz en la Segunda Internacional de un socialismo desde abajo democrático revolucionario. Se trata de Rosa Luxemburgo, quien puso tan enfáticamente su confianza y su esperanza en la lucha espontánea de una clase trabajadora libre que los forjadores de mitos inventaron para ella una "teoría de la espontaneidad" que ella nunca tuvo, una teoría en la que "espontaneidad" se contrapone a "dirección".

Dentro de su propio movimiento, ella luchó duramente contra los elitistas "revolucionarios" que redescubrían la teoría de la dictadura educativa sobre los trabajadores (redescubierta en cada generación como si fuera el verdadero "último grito"), y escribió: "Sin la voluntad consciente y sin la acción consciente de la mayoría del proletariado no puede haber socialismo... Nunca asumiremos la autoridad gubernamental si no es a través de la clara y no ambigua voluntad de la gran mayoría de la clase obrera alemana". Recordemos su famoso aforismo: "Los errores cometidos por un genuino movimiento obrero revolucionario son mucho más fructíferos y valiosos que la infalibilidad del mejor Comité Central".

Rosa Luxemburgo contra Eduard Bernstein: tal es el capítulo alemán de esta historia.

 

¿De qué lado estás?

 

Desde el punto de vista de los intelectuales que tienen elección de qué papel jugar en la lucha social, la perspectiva del socialismo desde abajo ha sido históricamente poco atractiva. Incluso dentro del movimiento socialista, ha tenido pocos partidarios consistentes y no muchos más de inconsistentes. Fuera del movimiento socialista, naturalmente, la línea típica es que tales ideas son visionarias, impracticables, irrealistas, "utópicas"; tal vez idealistas, pero quijotescas. Las masas populares son congénitamente estúpidas, corruptas, apáticas y generalmente inútiles; los cambios progresistas deben proceder de "gente superior", semejantes -por casualidad- al intelectual que expresa estos sentimientos. Todo esto se traduce teóricamente a una ley de hierro de la oligarquía o a una ley de lata del elitismo, de una manera u otra implicando una teoría cruda de la inevitabilidad del cambio únicamente desde arriba.

Sin pretender repasar en unas pocas palabras los argumentos a favor y en contra de esta omnipresente opinión, podemos notar el papel social que juega. En tiempos "normales", cuando las masas no están en movimiento, la teoría simplemente requiere señalar esto con desprecio, mientras que toda la historia de revolución y de las sublevaciones sociales es simplemente descalificada como obsoleta. Pero los repetidos disturbios sociales y sublevaciones revolucionarias, definidos precisamente por la intrusión en la historia de las antes inactivas masas, son exactamente tan "normales" en la historia como los intermedios períodos de conservadurismo. Cuando el teórico elitista tiene que abandonar, por consiguiente, la postura de científico observador que se limitaba a predecir que la masa de la gente continuará siempre en reposo, cuando se le enfrenta la realidad opuesta de unas masas revolucionarias intentando subvertir la estructura de poder, entonces es típico que no tiene reparos en pasar a otra senda muy diferente: la denuncia de la intervención de las masas como mala en sí misma.

Se argumenta que las masas populares están demasiado atrasadas para controlar la sociedad y su gobierno ¿Pero qué se deduce de eso? ¿Cómo consigue un pueblo o una clase capacitarse para gobernar en su propio nombre?

Únicamente por medio de la lucha para conseguirlo. Únicamente librando su lucha contra la opresión: la opresión ejercida por aquellos que les dicen que no están capacitados para gobernar. Únicamente luchando por el poder democrático se educarán a sí mismos y se alzarán hasta el nivel en el que serán capaces de ejercer este poder. Nunca ha habido otro camino para ninguna clase.

Desde el comienzo de la sociedad ha existido un sinfín de teorías que "prueban" que la tiranía es inevitable y que la libertad en democracia es imposible; no hay otra ideología más conveniente para una clase dominante y para sus intelectuales lacayos. Se trata de predicciones autosatisfechas, ya que ellas solamente son ciertas mientras son tomadas como ciertas. En último análisis, el único camino de demostrar su falsedad es la lucha misma. Esta lucha desde abajo nunca ha sido detenida por las teorías desde arriba, y ha cambiado el mundo una y otra vez.

Escoger cualquiera de las formas del socialismo desde arriba es mirar hacia atrás, al viejo mundo, a la "vieja mierda". Escoger el camino del socialismo desde abajo es afirmar el comienzo de un nuevo mundo. Los demócratas revolucionarios partidarios del socialismo desde abajo han sido siempre una minoría, pero el abismo entre la perspectiva elitista y la perspectiva de vanguardia es crucial, como hemos visto en el caso de Debs. Tanto para él como para Marx y Luxemburgo, la función de la vanguardia revolucionaria es impulsar a la masa mayoritaria a autocapacitarse para tomar el poder en su propio nombre, a través de sus propias luchas. No se trata de negar la importancia decisiva de las minorías, sino de establecer una relación diferente entre la minoría avanzada y las más atrasadas masas.

 

 

Sumario