El 26 de septiembre,  contra la Cumbre Mundial del FMI en Praga

 

¡Globalizar las luchas!

 

La globalización del capital ha significado una transformación mundial en las más diversas dimensiones de la vida humana. Se ha dado en primer lugar en la esfera de la economía; pero también ha ido produciendo una vasta transformación a nivel de la política, del sistema mundial de estados, de la ciencia y la cultura, y, asimismo, de las relaciones del hombre con la naturaleza.

Al globalizarse, el capital logró colocarse en una posición más ventajosa para someter y explotar a las masas trabajadores y a los países atrasados, encerrados en el estrecho marco de los países y estados nacionales. El capital globalizado, al ubicarse en un plano internacional, ha podido ir batiéndolos y reconquistando buena parte del terreno perdido en las luchas y revoluciones del siglo XX.

Al mismo tiempo que, paradójicamente, el capital se ha ido haciendo cada vez más “internacionalista” (en el sentido de que la producción, las finanzas, la técnica y las formas de explotación operan cada vez más a nivel mundial), los trabajadores y los pueblos sometidos y explotados han ido resistiendo, pero principalmente en los marcos de cada país. Pero ahora comienza a apuntar la extensión de esa resistencia al plano internacional.

Mientras los capitales y las riquezas del planeta se concentran en manos de unos pocos grupos financieros y transnacionales que desde sus sedes en EE.UU., la UE y Japón dominan el conjunto de las finanzas, la producción y el comercio mundiales; mientras que, a nivel político, un puñado de estados imperialistas, con los “organismos internacionales” a su servicio (OMC, FMI, Banco Mundial, ONU, etc.), deciden sobre el destino de 5.000 millones de seres humanos, aparece como cada vez más necesaria una respuesta de lucha a ese mismo nivel, internacional.

 

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Sin quererlo, es la misma globalización del capital la que está contribuyendo, a abonar en la conciencia de las masas las semillas para que surjan y se desarrollen movilizaciones internacionales de los explotados y las víctimas de esta transformación mundial.

Día a día, a las masas se les predica el triunfo de la globalización. Se les enseña que hoy todo se decide a nivel mundial. Se las quiere convencer de que, por eso, no hay otra alternativa que someterse a las exigencias de la “competitividad” internacional y, en el caso de los países atrasados, acatar las órdenes del FMI y el Banco Mundial.

Simultáneamente, comienza a verse con  más claridad que, con la alabada globalización, cientos de millones de seres humanos van quedando excluidos del proceso productivo; que la fragmentación y precarización del trabajo se impone como norma mundial; que los países “atrasados” se ven sometidos a una nueva colonización que los transforma prácticamente en virreinatos del FMI, el Banco Mundial y la OMC, que etnias y pueblos enteros quedan excluidos y/o destruidos cultural y hasta físicamente; que al convertirse en mercancía todo producto y actividad humana (la educación, la ciencia, el arte, la cultura...) la alienación de todos los aspectos de la vida llega a los extremos más intolerables; y que, finalmente, la destrucción de la naturaleza por la anarquía de la producción capitalista pone en peligro la sobrevivencia de la especie...

 

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Empieza a tomarse un cierto grado de conciencia de esos hechos. Esto ha contribuido a que comiencen a expresarse propuestas y acciones para elevar la lucha a un nivel internacional.

El proceso mundial de resistencia al capitalismo y a las consecuencias de la globalización se viene manifestando de las formas más variadas.

Hay una doble multiplicidad. Primero, de los actores en lucha (obreros de Corea, camioneros de Francia, personal de servicios de la UPS y otras empresas en EE.UU., estatales de muchos países, estudiantes de la UNAM, indígenas de Ecuador y Chiapas, campesinos del MST de Brasil y de los movimientos agrarios de la India, ecologistas radicales, movimientos de género, etc.). En segundo lugar, de sus reivindicaciones. Son muy diferentes, pero tienen sin embargo una raíz común: la lucha contra algunas de las consecuencias de la globalización capitalista.

Y en esos mismos procesos se están advirtiendo cambios progresivos. Aunque en ellos intervienen organizaciones burocráticas tradicionales, partidos y sindicatos, también se están desarrollando al mismo tiempo importantes experiencias de autoorganización y autodeterminación, de democracia y de una mayor independencia de los aparatos.

En este proceso, también han surgido distintas formas de organización y coordinación internacional que en su momento posibilitaron las acciones de Seattle y Washington, y que ahora están preparando el Día de Acción Global contra el Capitalismo, para el 26 de septiembre.

Entre esas diferentes iniciativas, podemos mencionar la AGP (Acción Global de los Pueblos), que coordina movimientos de base de distintos países, especialmente de Europa, Asia y EE.UU. y Canadá. Se define a sí misma no como una “organización”, sino como un “instrumento de comunicación y coordinación de las luchas”, planteando un programa expresamente anticapitalista. Asimismo, el pasado mes de junio, se han reunido en Praga, distintas organizaciones de países europeos y de EE.UU. que constituyeron la INPEG (Iniciativa contra la Globalización Económica) para organizar las acciones alternativas en esa ciudad de la cumbre del FMI.

 

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La lucha internacional anticapitalista se replantea, entonces, en este nuevo siglo, no ya como un imperativo “moral” o “ideológico”, sino como una necesidad real, una exigencia que surge de las condiciones inmediatas de la vida y los problemas de los trabajadores y las masas, y de la situación en que se están desarrollando las distintas luchas en cada país.

En este contexto, hay sectores de luchadores que cuestionan al neoliberalismo y ahora hasta la globalización. Pero pueden ser conducidos a la ilusión de querer “humanizar” al capitalismo. Si están cayendo en esa ilusión, es porque esos compañeros no ven una alternativa socialista al capitalismo. Esto se debe principalmente a que, para ellos, “socialismo” es lo que fracasó en la Unión Soviética, China, Cuba y los países del Este...

De esto se aprovechan muchas fuerzas políticas y corrientes ideológicas. Desde muy distintas posiciones, se critica al “neoliberalismo”, a la globalización y a los “excesos” del capitalismo “salvaje”, predicando como salida un capitalismo “humanizado”. Esto se está haciendo hoy desde la Iglesia (con el Papa, reconvertido de anticomunista a “antiliberal”), desde los aparatos políticos y sindicales (socialdemócratas de “izquierda”, stalinistas “reciclados”, etc.) e incluso desde sectores burgueses perjudicados por la globalización o por la hegemonía yanqui en ese proceso, sectores que existen no sólo en el “tercer mundo” sino incluso en las metrópolis imperialistas.

No puede haber dos capitalismos, uno “humano” y otro “salvaje”, porque para el capital no cuenta el hombre, sino la explotación del hombre, de su fuerza de trabajo, para lograr la máxima ganancia. Y el desdichado que no logre ser explotado por el capital, queda desempleado y excluido. “Humanizarse” significaría explotar menos al trabajador e incluir a los parias sin trabajo. El sector del capital que llevase esto a la práctica, quedaría fuera de combate en la guerra implacable del mercado, donde los capitalistas se devoran unos a otros.

Como subproducto de las luchas revolucionarias y de los trabajadores, en el siglo XX se lograron, en los marcos de los estados nacionales, ciertas conquistas y “reformas” que “regulan” y ponen límites a la explotación capitalista. El capital se globaliza, entre otros motivos, para saltarse esas barreras colocando todo por encima, en el plano de la “competitividad” internacional. No es casual, entonces, que el capitalismo haya desembocado finalmente en este estadio de la globalización. Es que, mientras el motor de la economía y la política mundiales sea la extracción e incremento de ganancia, la humanidad y la naturaleza estarán supeditadas a ello. No se trata, entonces, de ponerle frenos “democráticos” a este proceso de robo del trabajo obrero, exclusión de las masas sin empleo y depredación de la naturaleza, sino de abolirlo. No se trata de “racionalizar” el mercado, sino de someter la producción a las necesidades de la humanidad y a la supervivencia de la vida en la Tierra. Y eso se llama “socialismo”.

No se podrá luchar consecuentemente contra la globalización, las políticas neoliberales y los “organismos internacionales”, sino se contrapone al capitalismo un proyecto alternativo de sociedad. El socialismo nada tiene que ver con las caricaturas burocráticas, totalitarias y estatistas que usurparon su nombre y fracasaron en el siglo XX. Socialismo es lo opuesto: es el poder democrático de los trabajadores autoorganizados sin burócratas que decidan por ellos, es el poder de la sociedad y no del estado. Los rasgos de autoorganización de los actuales movimientos van objetivamente en ese sentido. El socialismo significaría potenciar esas características, para construir una democracia de productores y consumidores que administre mundialmente la propiedad social de las fábricas y la tierra, y las haga producir para satisfacer las necesidades de la humanidad sin destruir la naturaleza.

El objetivo de desarrollar un gran movimiento internacionalista capaz de dar una batalla consecuente contra el FMI, la OMC y la globalización, está entonces ligado a la tarea de explicar pacientemente a sus activistas lo utópico de querer “humanizar” al capital y la alternativa de otro sistema posible: el socialismo.

¡El capitalismo no puede “humanizarse”! ¡El único sistema humano será el socialismo!

 

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En esta situación, la convocatoria del Día de Acción Global contra el Capitalismo para el 26 de septiembre se presenta como un jalón importante. Desde Nuevo Curso, llamamos a la unidad de acción y a autoorganizarnos en todos los países para hacer una gran jornada.

En Seattle y Washington, miles de manifestantes le movieron la alfombra a los organismos mundiales, la OMC, el FMI y el Banco Mundial. De allí se sacó el compromiso mundial de realizar una protesta que supere la de Seattle, cuando se reúna del 26 al 28 en Praga la 55º Cumbre Anual del FMI y el BM. Los jóvenes de los distintos países, al igual que los trabajadores, los desempleados y excluidos tienen que integrarse a esta jornada de protesta. Así no estén de cuerpo presente en Praga, tenemos que ser parte de esta movilización internacionalista en cualquier país donde estemos.

Convocamos especialmente a desarrollar las más amplias iniciativas independientes. Iniciativas que surjan del libre debate, autodeterminación y autoorganización de los trabajadores y trabajadoras, de los jóvenes, de los desempleados y los sectores populares, para que ese día, en las calles del mundo, suene un rotundo ¡No! Al capitalismo, que al mismo tiempo señale el camino hacia otra sociedad.

¡Globalizar las luchas!

¡Que la resistencia de los trabajadores y los pueblos sea tan transnacional como el capital!

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