México

Zapatismo sin revolución

Por Ricardo Napurí

 

Miguel Ángel Asturias, el gran escritor guatemalteco, fue uno de los primeros en afirmar que en muchos de los países latinoamericanos los hechos de la realidad superaban a los de la ficción. De su lado, tempranamente en 1928, el eminente socialista peruano José Carlos Mariátegui elevaba a los indígenas a la condición de sujetos revolucionarios y expresaba que las legítimas utopías podrían convertirse en fuerzas impulsoras de la revolución socialista. ¿La historia socio-política justificó estas afirmaciones?

 

La realidad latinoamericana pareciera darles algo de razón. Realidad y ficción, por ejemplo, parecen darse la mano en el México de hoy –supuestamente moderno, dependiente– e integrado al NAFTA que le ha sido impuesto por sus vecinos yanquis. Muy pocos fuera de México conocían de Chiapas y de sus problemas. Y los mexicanos –gobernantes o no– los creían “dormidos”.

Pero el 1° de enero de 1994 los campesinos-indígenas de la región se rebelaron en armas tomando como banderas el reclamo de reivindicaciones concretas e históricas, y con un NO al NAFTA, en el momento en que el presidente Salinas de Gortari firmaba el ingreso del país al bloque económico. ¿Indígenas de los más atrasados de México tomando y usando las armas para oponerse también a una iniciativa del amo imperialista? Por eso los politicólogos apurados los comenzaron a presentar como “los primeros guerrilleros antiglobalización del mundo”.

Los 200 muertos indígenas, consecuencia de la feroz represión militar, indicaron que el régimen del PRI –una dictadura encubierta con fachada democrática– no estaba dispuesta a escuchar nada ni a ceder al reclamo de los insurgentes. Obviamente esta era la decisión de la autoridad, pero la vida política diría otra cosa.

 

Siete años después

 

Si los desarmados 23 dirigentes zapatistas, encabezados por el subcomandante Marcos, pudieron iniciar la “marcha de la dignidad indígena” –a lo largo de la ruta que siguiera en sus combates el líder de la revolución mexicana, Emiliano Zapata– y después de dos semanas de tremenda adhesión popular llegar a Ciudad de México, es porque algo importante había ocurrido en el país. Era ya el 13 de marzo del 2001. Siete años después de la sublevación de enero de 1994.

Su arribo a la Capital ha sido caracterizado como un hecho histórico y como la culminación de una etapa. Si así fuera, ¿qué elementos la componen? El fundamental es el agotamiento y rechazo a la dictadura priísta de una mayoría popular e incluso de las capas medias y de la burguesía. En la crisis política, el partido opositor de derecha –el PAN– logró vencer en las últimas elecciones, imponiendo a su candidato Vicente Fox, ex presidente de la empresa Coca Cola de México y eficaz demagogo populista en su accionar político. En el camino quedó como tercera fuerza el PRD –que se reclama nacionalista socialdemócrata–, que fue perdiendo gran parte de su apoyo popular debido a sus inconsecuencias y su sometimiento a las políticas neoliberales. A lo que se sumó la gris personalidad de su líder y candidato presidencial, Cauthemoc Cárdenas, hijo del general-presidente  que se atrevió a radicalizar la reforma agraria y a nacionalizar el petróleo, en 1938.

 Cuando todavía no había asumido la presidencia, Vicente Fox dijo que en “quince minutos resuelvo el problema de Chiapas”. Es que su gobierno no podía permitirse que el problema de Chiapas entroncara con la escalada y ascenso de las luchas obreras, populares y estudiantiles, que resquebrajaban el precario equilibrio político en la coyuntura. Y esto agravado por no tener el PAN  mayoría parlamentaria, los dos tercios que se requiere para que el Parlamento apruebe el proyecto de ley que contiene las reivindicaciones indígenas.

 Por ello Bush y Fox apuestan a la “pacificación” de México, empezando por la solución del conflicto de Chiapas, a pesar de que sectores del PAN  y del PRI acusan a Fox de ceder ante los reclamos zapatistas. Los latifundistas e industriales de los estados sureños temen que la satisfacción de las reivindicaciones indígenas –de tierra y autonomía administrativa, entre otras– les haga perder sus privilegios y poder local.    

Es que la revolución mexicana (1910-1920), que lograra una reforma agraria, primero con el presidente Obregón y después profundizada por el general Lázaro Cárdenas, no logró dar realmente la “tierra a quien la trabaja directamente”. La subsistencia del latifundismo en muchas regiones del país es la consecuencia del fracaso de esta reforma agraria. Pero también de cómo la burguesía capítalizó en su provecho la revolución de Villa y Zapata, liquidando de paso el agrarismo revolucionario que impulsaba Emiliano Zapata y su movimiento campesino.

 

“Zapata Vive, la lucha sigue”

 

El subcomandante Marcos, radicalizando su discurso en el camino hacia la Capital afirmó “que hay que voltear al país y ponerlo como debe estar”. Rápidamente lo acusaron de estar propiciando un cambio revolucionario, antisistema. Pero ya arribado diría que “llegamos con la cabeza bien en alto, no a tumbar al gobierno, no a derribar al sistema o romper con formas de pensar; sí a dialogar porque los indígenas merecemos un lugar digno al lado de todos los mexicanos”. Fox le respondería: “El triunfo de la democracia cancela todo argumento a favor del uso de las armas para reivindicar los derechos indígenas”.

“Vine a pedir justicia, libertad y democracia, y la aprobación de la ley sobre Derechos y Cultura Indígena”, diría después el líder del EZLN. Con estos conceptos exigió la realización del diálogo con el que se había comprometido el gobierno. No obstante los zapatistas exigieron que más allá de las promesas de Fox le fueran satisfechas las tres condiciones que exigían para regresar a la mesa del diálogo, a saber: a) el cumplimiento de los acuerdos de San Andrés, firmados por las partes, en 1996, incumplido por el presidente Zedillo; b) la liberación de todos los zapatistas actualmente en prisión, y c) el retiro del Ejército de las posiciones que ocupa en Chiapas.

El subcomandante Marcos había amenazado con abandonar la Capital si una delegación de dirigentes zapatistas no era recibido por el Parlamento, hecho que indicaría que el diálogo había sido roto, a pesar del multitudinario apoyo popular recibido en el mitin de la Plaza del Zócalo. Después consideró que era una buena señal que los parlamentarios recibieran y escucharan los alegatos de la delegación.

De su lado el gobierno, venciendo hasta ahora la resistencia de los adversarios del Acuerdo, ha cedido en dos cuestiones previas: el retiro de los retenes militares solicitados y la liberación de los presos zapatistas. Queda pendiente la discusión parlamentaria de la llamada Ley de Derechos y Cultura Indígena, proyecto que fuera remitido al Parlamento por el presidente Fox, apenas tres días después de haber asumido su cargo.

Aquí parece estar el problema. Los sectores resistentes del PAN y del PRI –que representan los intereses de latifundistas e industriales– afirman que la Ley les dará una gran libertad a los indígenas hasta el extremo de querer reclamar las tierras de sus antepasados que les fueran usurpadas a lo largo del tiempo; y hasta de abusar de la autonomía política y administración que logren en esas zonas.

Todo esto en el marco de una gran tensión política. El 75% de la población se manifiesta a favor de la paz y de que se les conceda lo fundamental que piden los zapatistas, entre ello tierra y autonomía política y administrativa. Por estos logros, los 23 dirigentes zapatistas, liderados por Marcos, abandonaron Ciudad de México el 30 de marzo, emprendiendo el regreso a Chiapas. Ante esto, el líder del EZLN exclamó: “nos vamos pero no con las manos vacías”. Mientras lo acompañaban los gritos de la multitud del Zócalo: “Zapata vive, la lucha sigue”.

 

Sub Marcos: algunas definiciones

 

Noan Chomsky, impresionado, emocionado y optimista, dijo que el contagio zapatista puede imprimir un giro al mundo. El premio Nobel José Saramago, que acompañó a los zapatistas a su arribo a la Capital y declarado simpatizante de su causa, sin embargo no tiene el mismo optimismo que Chomsky. Afirmó “que podría ser tan optimista como Chomsky si el movimiento zapatista, o similares –no necesariamente debe haber un zapatismo universal– expresaran una conciencia colectiva mundial de la situación en que nos encontramos respecto de algo fundamental en la vida de una sociedad: la cuestión del poder, quién lo tiene, para quién y para qué”.

Otros con casi el mismo optimismo que Chomsky dicen que hay en lucha dos proyectos de Nación: uno el  neoliberal; otro, en el que se inscriben los zapatistas, alternativo al neoliberal. Es decir, de un capitalismo igualitario, distributivo, humanizado. Quienes se ubican en esta corriente han tomado a los zapatistas como “modelo” a imitar. Pero Saramago, que no es revolucionario ni socialista, ubica mejor el problema: si no se arrebata el poder a los capitalistas que hoy lo tienen, no se puede hablar de modelo alternativo.

La entrevista que le hizo García Márquez al líder zapatista (Clarín 25-03-01) es significativa en los temas que abordó el entrevistado y tiene  el  valor de ser casi las últimas reflexiones de Marcos antes de retornar a Chiapas; y realizadas a un hombre que dice que respeta y admira.

 Le dijo que la estructura del EZLN es militar, que por tanto se hicieron dentro de un ejército; que sin embargo la realidad “les está proponiendo dejar de ser un ejército” (sin decir en cual dirección). Pero sí que su movimiento no tiene futuro si el futuro es el militar; que “si el EZLN se perpetuara como una estructura armada va al fracaso”. Marcos critica a las organizaciones político-militares de las décadas del 60 y 70 porque “sustituyen el lugar de la gente, de la sociedad civil, del pueblo”. En esto en general tiene razón. Sostiene que aquéllos en tanto grupos de iluminados pretenden desplazar a ese otro grupo de poder, tomar el poder y decidir por la sociedad.

“El mundo –dice–, y en concreto la sociedad mexicana, está compuesto de diferentes y la relación se tiene que construir entre diferentes con base en el respeto, la tolerancia, cosas que no aparecen en ninguno de los discursos de las organizaciones político-militares de las décadas del 60 y 70” ( Estos “diferentes” son las clases sociales antagónicas). Al señalar los vicios de la izquierda latinoamericana revolucionaria, destaca que uno de ellos es el olvido de los pueblos indios; y otro es el de los grupos  minoritarios, como son los homosexuales, las lesbianas, los transexuales (Cierto. A veces más que olvido es desconocimiento de ambos problemas)

Pero para Marcos su deslinde de cuentas es con lo que considera son las posiciones de la “izquierda revolucionaria latinoamericana”, entendida por él como la izquierda foquista y guerrillera. Pero al tratar el tema obvia referirse a la revolución cubana y sus planteamientos. Raro esto porque Castro y el Che Guevara han dicho –claro que para nosotros equivocadamente– que la revolución cubana fue una revolución campesina. Y el último machacó fuerte sobre la idea  del “hombre nuevo”, en una línea de fuerte contenido moral, un tema predilecto en la prédica de Marcos.

Más aun extraña en el Sub –que según lo que se conoce de él sería un intelectual culto y bien informado– que no debata, aunque no se reclame ser marxista o socialista, con lo que algunos de éstos han afirmado sistemáticamente y con autoridad sobre el problema indígena y campesino en América Latina, para el caso entre otros, los peruanos Mariátegui y Varcárcel, desde la década del 20 del siglo pasado. Esta escuela de pensamiento y de acción política (Mariátegui además de un intelectual fue el fundador del Partido Socialista y de la Central de los trabajadores peruanos) en su proclamado indigenismo desarrolló posiciones acerca de un indigenismo comunal, apoyado en la existencia de las comunidades indígenas y campesinas, sobrevivientes del pasado.

Queda claro, que el EZLN a través de sus principales planteamientos, y por su conducta política, no se postula, como lo pretenden algunos de sus apologistas, a ser otro modelo, otra alternativa real de Nación. Y como explícitamente rechazan la idea de intentar conducir un frente de los trabajadores y oprimidos en México; y menos luchar por arrebatarle el poder a la burguesía y su gobierno, no se reclaman revolucionarios socialistas. No han dicho que su meta estratégica sea el socialismo. Por eso Saramago afirma: “Los zapatistas sí tienen ideas que no se limitan a la selva Lacandona, Chiapas o México. Pueden trascender sobre todo en el marco de los pueblos indígenas de América Latina ...El zapatismo puede favorecer con su ejemplo la aparición de movimientos similares en otros países, que no busque la conquista del poder político convirtiéndose en nuevos partidos que reproducirían el sistema en la misma dirección”.

Es muy temprano aún para cerrar una caracterización de la ideología, política y programa del EZLN, todavía no suficientemente desarrollados por ellos. Aunque muchos de sus dichos, por boca sobre todo de Marcos, y el carácter de su lucha reivindicativa y en defensa de los derechos indígenas, los ubican como una de las corrientes que cree que es posible por vía de reformas humanizar al capitalismo.

A continuación veremos si en las vastas, contradictorias y complejas luchas de los campesinos e indígenas de América Latina, el zapatismo puede ser un modelo a imitar como afirman sus más fervientes seguidores.

 

El problema indígena es campesino y agrario

 

La experiencia socio-política de América Latina señala, desde la gran revolución indígena de Tupac Amaru y los Catari, en 1850-70, que al tener como centro la lucha por la tierra y sus derechos democráticos –y como mayorías unas veces y otras como minorías explotadas y oprimidas– el problema es campesino, en tanto era esta clase social la que pugnaba por liberarse de sus opresores. Es decir, que los llamados indígenas, sus núcleos más olvidados, más atrasados y postergados, no tienen posibilidad alguna de liberarse si no es integrando sus luchas a las de su clase, cuyos movimientos y direcciones deben asumir como propias sus reivindicaciones.

Sin tener que remontarnos al pasado lejano –a la época pre-capitalista, que sin embargo deja mucha enseñanzas valiosas–, a lo largo del 2000 las tendencias del campesinado han sido en algunos países a diferenciarse y organizarse como un sector específico con intereses sociales propios, que se manifiesta en la emergencia de vigorosos movimientos, muchos de los cuales lograron alcanzar un nivel considerable de desarrollo, ejerciendo una profunda influencia sobre sus respectivas sociedades.

Por tanto estas movilizaciones campesinas no son un fenómeno nuevo en América Latina. En muchos países, particularmente en aquellos donde la población indígena formaba la parte más numerosa del campesinado, se registraron rebeliones más o menos importantes en todos los períodos de la historia poscolonial. Así el movimiento campesino que motorizó la revolución mexicana podría caber –como afirma el sociólogo Aníbal Quijano– bajo la denominación de “agrarismo revolucionario”.

Saltando etapas, desde mediados del 2000, se asiste al desarrollo de movimientos campesinos generalizados, duraderos, que sobrepasan el localismo, desarrollando formas de conciencia social más acordes con la situación social de esos momentos, recreando constantemente sus formas organizativas. Sin profundizar el análisis tenemos en Colombia, a partir de 1948, año del asesinato del líder del liberalismo de izquierda Jorge Eliécer Gaitán, levantamientos campesinos locales, muchos de ellos tomando la forma de bandolerismo político. En Bolivia, en 1952, el partido de gobierno (MNR) no tuvo otra alternativa que legalizar las conquistas logradas por el campesinado indígena, fuertemente apoyado por los obreros revolucionarios, pero tratando de reglamentar y canalizar el proceso desatado por la revolución obrero-popular. El MNR logró entonces la división entre milicias obreras, y las milicias y sindicatos campesinos.

Actualmente constatamos grados diversos de organización y conciencia política y de clase en movimientos campesinos como en Ecuador donde los campesinos indígenas, manteniendo sus comunidades, están fuertemente organizados en sindicatos, como la CONAIE, que se han convertido en una fuerza social de avanzada, tanto que han sido gravitantes en la caída de los presidentes Bucaram y Mahuad; y hasta compartieron brevemente el poder en alianza con militares nacionalistas. El MST de Brasil tiene un proceso muy singular y avanzado de organización. Lucha por una reforma agraria pero levantan consignas democráticas que lo enfrentan al gobierno, ahora de Cardoso. El movimiento campesino boliviano a través de la central campesina, la CSUTCB, va retomando sus tradiciones anteriores, siendo su combate la defensa de los productores de hoja de coca. Bolivia es un país de fuerte tradición de alianzas y frentes de los explotados a través de la COB. En estos y otros casos, entre ellos el peruano liderado por Hugo Blanco, de los valles cuzqueños de la Convención y Lares, los campesinos-indígenas llegaron a organizarse en sindicatos, que encabezando la ocupación de tierras se convirtieron en órganos de poder local y regional.

Pero la suerte de los movimientos campesinos depende enteramente de lo que ocurra en la sociedad en su conjunto, ya que solos, con sus propios medios, no son capaces de obtener una modificación de la situación global y difícilmente garantizar hasta el final sus intereses de clase. El balance  del conjunto de las experiencias campesinas –muy diferentes entre sí–, la modificación de la situación en el campo a través de una reforma agraria radical y de otras conquistas democráticas, impone que el camino a seguir es el de una revolución político-social profunda.

Si esto es cierto –más con la ferocidad casi genocida de los efectos de la mundialización– el sino del próximo futuro no es otro que el fortalecimiento y la ampliación de los movimientos campesinos; y su más intensa participación como un efectivo sostén social en la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad.

Si el EZLN consuma sus incipientes logros actuales y si lograra convertirse en la fuerza dirigente de todo el campesinado mexicano –lo que no es ahora– podría ser, efectivamente, un factor que, por vía de ejemplo, puede ayudar a dinamizar las luchas campesinas e indígenas en nuestro continente. Pero para que ello ocurra debería integrarse concretamente a los procesos en ascenso que tienen a los campesinos como una de sus fuerzas de punta, y los zapatistas, con modestia, tendrán que aceptar que muchos de aquéllos son más avanzados, entre otras razones, por su grado de politización clasista y por su lucha contra los regímenes y gobiernos del sistema.

El camino no está despejado para el zapatismo y para el EZLN. Ante todo deberá liberarse de las tenazas que le ha tendido el gobierno del PAN, al haber conseguido hasta ahora encuadrar al grupo guerrillero armado en los marcos de la discusión de la Ley Indígena. Ello no garantiza nada en nuestros países donde las clases dominantes hacen con la Ley lo que les viene en gana. Si hay acuerdo en una Ley común, los zapatistas seguramente conocen que su aplicación hasta las últimas consecuencias depende de que la correlación de fuerzas políticas le sea favorable. Y lo saben, porque fueron escuchados y se convirtieron en un factor real de presión al poder cuando osaron levantarse en armas.

El sub Marcos ha dicho reiteradamente que su movimiento quiere aportar a la construcción de un Estado nacional en México más justo y más solidario. Más claro: democratizar al podrido régimen de su país. Afirma que para ello deberán dejar de ser un ejército, por lo tanto desarmarse y abandonar la lucha guerrillera “para hacer política”. Pero que este quehacer político no es tomar el poder. “No es tomar el poder por las armas, pero tampoco por la vía electoral o por otra vía, putchista, etc.” (Declaraciones a Ignacio Ramonet, desde México).

¿Conocerá  Marcos que en el terreno de la lucha de clases no hay mucho que inventar? La acción política para luchar por un capitalismo “más humano” es una ingenuidad del tamaño de Marte. No estamos en condiciones de darle lecciones a nadie, pero hemos actuado y reflexionado sobre el problema. En el momento en que Marcos, supuestamente en nombre de los zapatistas, afirma que lograrán la liberación de los indígenas sin luchar por el poder recordamos que si Mariátegui elevaba a los indígenas-campesinos a la condición de sujetos revolucionarios, era pensando que su liberación definitiva del yugo del capitalismo y sus agentes se lograría en cuanto aquéllos integraren un gran frente o alianza  con los obreros y demás oprimidos en la perspectiva de la revolución socialista. O sea luchando a cada paso y en cada minuto por arrebatar el poder a los enemigos de clase.

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