Revolución y socialismo
en el siglo XXI

 

Notas sobre la teoría de la revolución permanente a comienzos del siglo XXI - I

Crítica a la concepción de las revoluciones “socialistas objetivas” [1]

Por Roberto Sáenz
Socialismo o Barbarie (revista), Nº 17/18, noviembre 2004

“Las revoluciones burguesas como la del siglo XVIII avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan enseguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su periodo impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX se critican constantemente a si mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzar de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Aquí está Rodas, salta aquí”. [2]

El lanzamiento del marxismo revolucionario de cara al siglo XXI debe, necesariamente, pasar en limpio de manera crítica el recorrido anterior de la lucha del proletariado. [3] Por lo tanto, estas notas buscan aportar elementos de balance y de contexto para contribuir a poner en marcha esta empresa, a partir de las lecciones surgidas de la experiencia de la lucha de clases del siglo XX.

Buscamos trazar una cartografía de los problemas y posiciones centrales que jalonaron al marxismo revolucionario, principalmente en la segunda mitad del siglo pasado, como asimismo establecer elementos de delimitación respecto de esa rica experiencia, cruzada por expresiones y desvíos tanto crudamente oportunistas como sectarios.

Esto lo haremos polemizando con las distintas visiones e interpretaciones de las principales corrientes del movimiento trotskista del periodo, centrando, sobre todo, en los aspectos de balance y lecciones teóricas y estratégicas, y no tanto de su actuación política en sentido estricto.

Esta tarea, nada sencilla, por lo general, se acomete de manera puramente historicista y perdiendo de vista el único ángulo metodológico correcto: el que señalaba Marx cuando decía que, en definitiva “la clave de la anatomía del mono la daba el hombre”. O, como dice el gran historiador Immanuel Wallerstein, “sólo se puede narrar el pasado como es, no como era. Ya que el rememorar el pasado es un acto social del presente hecho por hombres del presente y que afecta al sistema social del presente. La ‘verdad‘ cambia porque la sociedad cambia. En un momento dado nada es sucesivo, todo es contemporáneo, incluso aquello que ya es pasado”. [4]

En estas condiciones, el marxismo revolucionario implica a cada paso una particular combinación de elementos clásicos y renovadores, pero a la hora del balance nunca se puede perder de vista que es un hecho material, como también señalaba Marx, que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y trasmiten el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. El peso de este factor hace más arduo el balance de la experiencia pasada.

En suma, lo que está en juego en este debate y a lo que queremos aportar es la propia Teoría de la Revolución de cara al siglo XXI, dando cuenta de la dinámica de clases de las revoluciones en la segunda posguerra y de los Estados a los que dieron lugar.

Los puntos en discusión

Queremos partir dejando establecidas las principales conclusiones teórico-programáticas de estos trabajos, a fin de facilitar el recorrido del lector:

a)  Que es elemento constitutivo esencial de la tradición del socialismo revolucionario que en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo de clase que valga: se trata de una revolución de la propia clase trabajadora, por intermedio de sus organismos de lucha, conciencia y partidos.

b)  Que las revoluciones de posguerra, en ausencia de la clase trabajadora como tal, de su conciencia socialista, organismos y partidos, constituyeron revoluciones democrático-nacionales, antiimperialistas y anticapitalistas, pero no obreras ni socialistas.

c)  Que las sociedades no capitalistas a las que dieron lugar no llegaron por tanto a configurar Estados obreros ni sociedades de transición al socialismo, en la medida en que esta transición fue bloqueada desde el principio por el poder encarnado por las capas pequeño burguesas burocráticas estalinistas, que no constituyeron verdaderas dictaduras proletarias.

d)  Que, sin embargo, esta circunstancia debía ser analizada desde el punto de vista de la base material de la Teoría de la Revolución Permanente, que parte del principio de tomar como unidad y totalidad (que no es abstracta uniformidad) a la economía mundial. Este criterio teórico y metodológico tendió a dejarse de lado tanto en las corrientes “antidefensistas” (que se negaban a defender la URSS) como en las del “trotskismo tradicional”, al menos en la mayoría de sus variantes. Ambos puntos de vista, en último análisis, perdían de vista el imperio –aun distorsionado– de la ley del valor, así como la continuidad del trabajo asalariado en las sociedades no capitalistas (y en la URSS, cuando todavía era un Estado obrero).

e)  Que en la segunda posguerra, la mayoría de las corrientes del movimiento trotskista se vieron, de un modo u otro, sometidas a una distorsión teórica, política y programática producto de las circunstancias específicas  [5] de la posguerra, como el boom económico capitalista-imperialista, los pactos de Yalta y Potsdam, la resolución de la hegemonía imperialista alrededor de los Estados Unidos y el desarrollo mundial del aparato estalinista. Entre las corrientes trotskistas, el llamado morenismo se distinguió por mantener una ubicación mayormente independiente de los aparatos, lo que, no obstante, no impidió que a la postre, bajo el peso acumulado de inmensas inercias teórico-programáticas y de concepción, terminara estallando a comienzos de los 90.

f)   Que la teoría-programa de la revolución permanente, aporte fundamental de León Trotsky a la tradición del marxismo revolucionario, en lo esencial, más allá de unilateralidades determinadas, se ha visto confirmada (por la negativa) en el sentido de la unidad de la economía mundial (base material de la Permanente) y del hecho de que la transformación de la revolución democrática en socialista, el cumplimiento consecuente de las tareas democráticas, la transformación socialista de las relaciones sociales después de la revolución y la revolución socialista internacional sólo pueden ser encarnadas por la clase trabajadora con sus organismos, conciencia y partidos.

g)  Que este aporte y contribución de Trotsky, junto con los aportes de los fundadores del marxismo, Marx y Engels, y las otras dos grandes espadas del marxismo revolucionario, Lenin y Rosa Luxemburgo, son lo esencial de la tradición que reivindicamos, que es imprescindible asumir de manera combinada de cara al necesario relanzamiento del marxismo revolucionario en el siglo XXI.

h)  Que este conjunto de lecciones históricas, lejos de desmentirla o atenuarla, no hacen más que reforzar la imprescindible necesidad de la construcción del partido revolucionario. Porque es un hecho de toda revolución el inevitable desarrollo desigual a nivel de la conciencia y la organización al interior de la clase trabajadora. Asimismo, a comienzos del siglo XXI, la evidente crisis de subjetividad socialista y de alternativas al capitalismo que aún atravesamos hacen más necesaria aún la acción organizada de los socialistas revolucionarios.

i)   Que estas conclusiones pretenden ser un aporte a la constitución de Socialismo o Barbarie como corriente o tendencia internacional hacia una nueva síntesis del marxismo revolucionario en el siglo XXI, que pelee por reabrir la perspectiva de la revolución socialista y por construir partidos revolucionarios socialistas de la clase trabajadora.

j)   Que, por último, esta elaboración implica una reivindicación histórica de la fundación de la IV Internacional y de la tradición del trotskismo y plantea la lucha por una nueva Internacional revolucionaria (o por una IV Internacional refundada) a la luz del balance de la experiencia de las revoluciones y del llamado “socialismo real”, buscando transformar estas duras derrotas en lecciones estratégicas para la clase obrera mundial.

La tradición socialista revolucionaria

A la hora de volver a desplegar la bandera del marxismo revolucionario de cara a los nuevos desafíos, se plantea poner en correspondencia la batalla actual con los revolucionarios que nos antecedieron. Tanto para el objetivo de constitución de una nueva corriente internacional como en la perspectiva mayor de un reagrupamiento revolucionario y de la formación de una nueva Internacional revolucionaria, [6] esta cuestión es fundamental.

De allí la pertinencia de la pregunta ¿qué tradición reivindicamos? Porque, como señalara Antonio Labriola, nunca se trata de un “salto al vacío”, de subirse al carro de modas pasajeras, [7] sino de una particular combinación, que recoge lo mejor de la experiencia acumulada y, al mismo tiempo, lejos de todo dogmatismo, intenta resignificarla y actualizarla a partir de los nuevos desafíos y desarrollos que coloca la lucha de clases. [8]

En nuestro caso, creemos que la mejor combinación de esta doble exigencia pasa por reivindicar la enorme actualidad de la auténtica tradición del marxismo revolucionario. Es decir, nos consideramos parte de una tradición mayor y más amplia que la compresión reduccionista habitual de las corrientes “trotskistas”: las tradiciones combinadas de Marx y Engels; de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.

¿A que nos referimos al hablar de “la tradición del marxismo revolucionario”? No creemos equivocarnos cuando señalamos que en el centro de sus concepciones está la comprensión de la revolución socialista como un emprendimiento de la propia clase trabajadora, como hemos dicho, por intermedio de su conciencia, organismos y partidos.

En gran medida, el simple planteamiento que Marx estampó como bandera de la I Internacional: “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, muchas veces olvidado por las corrientes del trotskismo que se asumen hoy como “ortodoxas”. [9] Planteamiento que establecía una delimitación de “principios” respecto de la tradición radical pero aún minoritaria y pequeño burguesa de los jacobinos en la revolución francesa.

Esto ha dado lugar históricamente a toda una discusión acerca de la tradición de origen del marxismo clásico. [10] Porque tanto Marx (en particular respecto de los jacobinos, como veremos más adelante) como Lenin, al reivindicar la tradición militante y combativa de corrientes pequeño burguesas como los populistas rusos (en ¿Qué Hacer?), no perdían nunca de vista que esta tradición remitía a sectores de clase no obreros, “sustituistas” o, si cabe, mesiánicos, a diferencia de lo que caracteriza a la revolución proletaria como “revolución de la inmensa mayoría, en interés de la inmensa mayoría”. También Karl Korsch recogió esta delimitación, pero para pasarse, equivocadamente, a posiciones “normativas” antileninistas, cuyos mentores hoy son Holloway, Bonefeld y la corriente autonomista en general.

Rosa Luxemburgo, que en muchos aspectos expresó una continuidad directa –lo que no significa siempre en sintonía con las circunstancias de tiempo y lugar– con el pensamiento de Marx, decía acerca de la revolución proletaria: “En todas las luchas de clases del pasado, llevadas adelante en interés de las minorías, y en la cual, para usar las palabras de Marx, ‘todos los desarrollos tomaron lugar en oposición a las grandes masas del pueblo‘, una de las condiciones esenciales de la acción fue la ignorancia de estas masas con relación a los objetivos reales de la lucha, su contenido material, y sus límites. Esta discrepancia era, en los hechos, la base histórica específica del ‘rol de liderazgo‘ de la burguesía ‘iluminista‘, correspondiente con el rol de las masas como seguidores dóciles. (...) La lucha de clases del proletariado es ‘la más profunda‘ de todas las acciones históricas hasta nuestros días; ella abarca el conjunto de todas las capas del pueblo y, desde el momento en que la sociedad deviene dividida en clases, es el primer movimiento acorde con el real interés de las masas. Esto es porque la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista, tal como en los períodos anteriores la ignorancia de las masas era la condición para la acción de las clases dominantes”. [11]

Es decir, se establece una clara diferenciación entre la naturaleza y mecánica de la revolución burguesa y la de la revolución proletaria, que en la posguerra muchas corrientes, bajo la presión de acontecimientos originales, terminaron perdiendo de vista.

Al mismo tiempo, la mala experiencia del siglo XX ha dado lugar a la actual emergencia de corrientes que postulan una comprensión simplista de la clase como un “en sí”, una “totalidad” que se podría autodeterminar sin vanguardias, sin partido, espontáneamente. [12]

Opinamos lo contrario: la lucha de tendencias políticas, la construcción de partidos y organismos de la clase trabajadora, la pelea de programas y concepciones –en particular, sobre las vías y condiciones para la lucha por la destrucción del Estado burgués y la toma del poder por los trabajadores–, son connaturales a la lucha de clases obrera y revolucionaria. Y por tanto, sin ellas no hay verdadero proceso de autodeterminación de los trabajadores. Es más: hacen al contenido intangible de la democracia del proletariado y son incluso más decisivas (si se quiere) en las condiciones de comienzos del siglo XXI marcadas por una evidente crisis de subjetividad de los trabajadores y de alternativa socialista.

Esto es lo que se vive hoy en el proceso del Argentinazo, así como en Bolivia luego de la rebelión de octubre y en el movimiento anticapitalista en Europa, procesos todavía “híbridos” desde el punto de vista social y casi carentes de verdadera radicalización política y socialista.

Porque la pelea del marxismo revolucionario consistió siempre en una lucha en dos frentes, tanto contra las tendencias burocráticas, sustituistas y oportunistas al interior del movimiento obrero como contra las espontaneístas, economicistas y anarquistas/autonomistas falsamente “izquierdistas”.

En sentido amplio, consideramos parte de la tradición que defendemos a lo mejor de la experiencia militante del marxismo que encarnó el proyecto –comprometiendo en ello su vida entera– de la unión entre la teoría y la práctica y el compromiso activista en el seno de la clase obrera, de sus luchas y vicisitudes históricas. Es por eso que nuestra ubicación metodológica e histórica parte de asumir que nuestra tradición y patrimonio abarcan globalmente a las mejores expresiones de este marxismo militante: Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, [13] así como a los logros y puntos más altos de la I, II, III (en sus cuatro primeros congresos) y IV Internacionales. Por supuesto, cada una encarnó un momento histórico particular y dejó lecciones específicas. En este sentido, Trotsky fue la última y una de las más grandes espadas de toda esta tradición. Sin embargo, su contemporaneidad con Lenin y Rosa Luxemburgo y las lecciones combinadas que dejaron los tres es algo que el movimiento trotskista, sobre todo latinoamericano, ha desestimado a menudo. Lecciones combinadas, decimos, porque Trotsky encarna al gran estratega de la revolución proletaria; mientras que Lenin es insuperable a la hora de la política revolucionaria y la construcción del partido y Rosa aporta la impronta propiamente socialista de la lucha del proletariado. Y este cuerpo integral, en general, no ha sido abordado como tal en el movimiento trotskista.

Las corrientes trotskistas de la posguerra

Esta misma ubicación implica, evidentemente, una crítica al abordaje del marxismo revolucionario de nuestra propia corriente histórica de origen, el morenismo, [14] así como a la mayoría de las corrientes que se inscribieron e inscriben en la vertiente del trotskismo “tradicional”. Corrientes que, bajo el chaleco de fuerza del estalinismo, tendieron a perder el contenido socialista revolucionario de pelea por la autodeterminación socialista de los trabajadores. [15]

En la posguerra, el movimiento trotskista estuvo jalonado por un sinnúmero de expresiones. En los artículos que estamos presentando pasaremos revista críticamente a las más significativas. Al mismo tiempo, estos trabajos buscan establecer una clara delimitación y crítica de aquellas corrientes que hoy, a 15 años de la caída del Muro de Berlín y de la ex URSS, siguen sin sacar una sola conclusión de fondo acerca de la experiencia histórica de los “Estados obreros” en el siglo XX. Esta actitud es muy característica del trotskismo latinoamericano, tanto de los partidos y corrientes que provienen del tronco morenista (PSTU brasileño, MST y PTS de Argentina), como al PO argentino, cuyo dirigente histórico es Jorge Altamira. No pretendemos aquí hacer “profesión de fe” de definiciones que hoy tienen un valor sobre todo histórico, pero sí llamar la atención sobre las lecciones programáticas y políticas de la inmensa y frustrada experiencia histórica de la clase trabajadora del siglo XX para el relanzamiento de la lucha de clases socialista en el siglo XXI.

Al mismo tiempo se deben identificar, con más fuerza aún, las características oportunistas, centristas y/o capituladoras de corrientes básicamente europeas como el SU (cuyos partidos más fuertes son la LCR francesa y Democracia Socialista de Brasil), que siguen siendo una escuela de adaptación teórica y política a las modas intelectuales y los aparatos burocráticos de turno, y que dieron un salto con la participación de uno de sus dirigentes, Miguel Rossetto, en el gobierno burgués de Lula. [16]

No se trata de considerar a todos, de manera ahistórica, como “centristas” o capituladores. Desde el punto de vista histórico, ya hemos dejado sentado que el morenismo constituyó una de las expresiones más progresivas con un curso político general independiente de los aparatos. Pero es indiscutible que el propio morenismo terminó estallando bajo el peso acumulado de enormes problemas e inercias teórico-programáticas que no lograron pasar la prueba y que, en sentido estricto, es un hecho que esta corriente como tal ha dejado de existir. Por otra parte, es un hecho que existen aspectos y elementos valiosos de continuidad de la tradición socialista revolucionaria en otras corrientes de la posguerra.

En última instancia, el lanzamiento del socialismo revolucionario como alternativa para el siglo XXI obliga a pararse críticamente respecto del conjunto de las corrientes y tradiciones que jalonaron al movimiento trotskista en la segunda mitad del siglo XX, incluyendo nuestra propia corriente histórica de origen.

En este marco, es una obligación dejar establecidos elementos de un balance del recorrido o trayectoria anterior del movimiento trotskista, siempre teniendo presente el carácter de notas o de “cartografía” de los problemas que tienen estos textos.

Las revoluciones de la segunda posguerra: ni obreras ni socialistas

“Está insuficientemente apreciado que, desde temprano, Marx y Engels, habitualmente establecieron su objetivo político no en términos del cambio deseable en el sistema social (socialismo), sino en términos de cambio en el poder de clase (dominio proletario). Los dos no pueden ser asumidos como sinónimos. El objetivo de dominio proletario, seguramente, es comúnmente asumido como socialismo o comunismo, como la forma social correspondiente. Pero, por el contrario, no se da automáticamente. Marx y Engels tomaban como su objetivo mayor no la aspiración a cierto tipo de sociedad futura, sino la posición de una clase social como la representante de los intereses de la humanidad; no una abstracta ideología del cambio (ideas socialistas), sino una condicionada perspectiva de clase, que ellos llamaban punto de vista proletario”. [17]

Se combinan, desde el punto de vista teórico, dos cuestiones: el análisis critico de las revoluciones de posguerra y su devenir, por un lado; por el otro, el análisis crítico de aquellas sociedades donde fue expropiado el capitalismo, única manera de poder hacer “sustancial la teoría de la revolución permanente de cara al siglo XXI. Por supuesto, contamos con la ventaja de la mirada retrospectiva para sacar de la experiencia viva de la lucha de clases lecciones estratégicas hacia el siglo XXI. [18]

Estas lecciones estratégicas indican que las formaciones sociales inestables que surgieron como subproducto de las revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas de la posguerra sólo podían ser momentos transitorios, pasibles de ser reabsorbidos en última instancia por el capitalismo mundial, en la medida en que no dieron lugar a revoluciones verdaderamente obreras y socialistas. Mucho menos a Estados obreros o sociedades efectivamente en transición al socialismo en una perspectiva de revolución mundial, lo que explica su actual y completa desaparición. [19]

Por el contrario, representaron revoluciones encabezadas por direcciones pequeño burguesas y/o burocráticas, necesaria e históricamente inestables y no asimilables –mediante el uso de esquemas mecánicos y/o sociológicos– a revoluciones que sólo podían ser “obreras o burguesas”. [20] El propio Trotsky, en La revolución permanente, plantea un elemento de abordaje metodológico que aparece como contradictorio con otros aspectos mas deterministas de su elaboración: “En 1906, Lenin dio a conocer el artículo de Kautsky sobre las fuerzas motrices de la revolución rusa, acompañándolo de un prefacio suyo (...) Tanto Lenin como yo expresamos una solidaridad completa con el análisis de Kautsky. A la pregunta de Plejánov de si nuestra revolución era burguesa o socialista, Kautsky contestaba en el sentido de que no era ya burguesa ni era aún socialista, esto es, que representaba una forma transitoria de la una a la otra. Lenin escribía, a este propósito, en su prefacio: ‘por su carácter, nuestra revolución, ¿es burguesa o socialista? Es esta una forma rutinaria de plantear la cuestión (...) No se puede plantear así, no es la manera marxista de plantearla. La revolución en Rusia no es burguesa, pues la burguesía no se cuenta entre las fuerzas motoras del actual movimiento revolucionario ruso. Y la revolución rusa no es tampoco socialista‘ ”. [21]

Volviendo a las revoluciones de posguerra, se trató de procesos específicos que, en un sentido general, parecieron entrar en la “excepcionalidad” que había señalado Trotsky en el Programa de Transición:

“¿Es posible la creación de un gobierno de las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia anterior nos muestra, como ya hemos dicho, que esto es, como mínimo, sumamente improbable. Sin embargo, no se puede negar categóricamente, por anticipado, la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de circunstancias completamente excepcionales (guerra, derrota, crack financiero, presión revolucionaria de las masas, etc.) los partidos pequeño burgueses, incluyendo a los estalinistas, puedan ir más lejos de lo que ellos mismos quieran en la vía de la ruptura con la burguesía. En cualquier caso, una cosa es indudable: aunque esta variante, sumamente improbable, se realizara alguna vez en alguna parte, y el ‘gobierno obrero y campesino‘, en el sentido arriba mencionado, se estableciera de hecho, representaría meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”. [22]

Porque en un sentido esto fue lo que pasó en la posguerra en China, Yugoslavia, Cuba y Vietnam, así como en los países del llamado Glacis (aunque en este caso sin revolución, sino completamente “desde arriba”). Trotsky, que tenia presente el criterio metodológico más algebraico y menos sociológico de Lenin, dejó abierta esta posibilidad teórica, que pareció ser, finalmente, la norma de las revoluciones triunfantes en la posguerra. [23]

Pero el inmenso problema que la gran mayoría del trotskismo no tuvo en cuenta residió en que no representaron “meramente un corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado”, sino que el congelamiento, desvío e imposibilidad del desarrollo de la revolución en tanto que revolución socialista, se hizo permanente. Por lo tanto, resultaron ser revoluciones abortadas desde el punto de vista obrero y socialista, que no consumaron verdaderas dictaduras del proletariado ni lograron abrir un verdadero proceso de transición al socialismo, en ausencia total y completa de la clase obrera en el centro del proceso y de la tendencia a la disolución del Estado y del trabajo asalariado.[24]  Porque si no sobrevenía“la verdadera dictadura del proletariado”, cambiaba globalmente la previsión hecha por Trotsky. De ahí el carácter específico del proceso de las revoluciones de la posguerra, que nunca fue realmente explicado por el movimiento trotskista.

Porque, en suma, se trató de procesos que fueron más allá (con direcciones burocráticas pequeño burguesas y de base campesina, o de las clases medias y la intelectualidad urbana) en un camino de ruptura con la burguesía en condiciones particulares, pero que no alcanzaron a constituirse en Estados obreros, configurando un modo de apropiación y unas formaciones sociales bastardas, que terminaron volviendo al capitalismo. Esto es, la “excepcionalidad” se resolvió de una manera específica, que no llegaron a comprender las corrientes del trotskismo “tradicional” en la posguerra. Esta y no otra es la conclusión que muestra la experiencia histórica.

Desde el ángulo teórico, estos procesos mostraron un alcance histórico de estas clases y capas pequeño burguesas mayor a lo previsto por la hipótesis más probable de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y por el curso histórico anterior. Esto es, mostraron un rol relativamente independiente más amplio al previsto por la teoría como síntesis de la experiencia anterior, donde la pequeño burguesía radicalizada fue el instrumento de la burguesía en la revolución francesa de 1789, o pura impotencia en las revoluciones de 1830 y 1848, cuando la burguesía ya no planteaba llevar adelante sus tareas de manera revolucionaria.

Esta conclusión no conduce a romper el marco teórico del marxismo, sino a enriquecerlo a partir de nuevos desarrollos históricos ciertamente inesperados y muy complejos, conservando por otra parte coordenadas teóricas básicas, como la concepción clásica marxista de que las clases históricamente orgánicas son la burguesía y el proletariado. Porque las capas o clases pequeño burguesas a las que nos estamos refiriendo no alcanzaron a configurar un rol históricamente dirigente ni lograron establecer una sociedad “a su imagen y semejanza”, sino que las formaciones sociales a las que dieron origen fueron tributarias, en último análisis, del capitalismo mundial, y absorbidas por él en unas décadas.

Surgió así, de manera no orgánica y transitoria, un “tercer actor” que se montó sobre el congelamiento de la dinámica permanente de la revolución para darle su impronta a estas sociedades por algunas décadas: estas capas pequeño burguesas burocráticas que no llegan a ser una clase en el sentido histórico-orgánico del termino, sino que constituían, como decía el propio Trotsky, “más que una mera burocracia, pero menos que una clase orgánica”.

El centro del problema es que en ningún caso se efectivizó realmente el tránsito de la revolución democrática a la socialista, fondo histórico y núcleo de la teoría de la revolución permanente, que plantea como condición para que esto ocurra que la clase trabajadora hegemonice el proceso como sujeto consciente. Del mismo modo, tampoco se abrió realmente un proceso de transición al socialismo.[25]  Veamos:

“(...) la llamada revolución de febrero entendida como democrática no es nuestra revolución, así como tampoco lo fueron las revoluciones anticapitalistas de la segunda posguerra. Nuestra intervención en ellas, en cualquier caso, parte de la comprensión de la teoría de la revolución permanente, es decir, de la apuesta histórica a su transformación en verdaderas revoluciones socialistas (...) Trotsky dice que la revolución democrático-burguesa, además de la conquista de libertades democráticas, comprende dos tareas fundamentales: la liberación nacional y la solución al problema agrario. Ambas tareas, no resueltas por la burguesía, sobre todo en los países atrasados, sólo pueden ser llevadas a cabo consecuentemente por el proletariado y su dirección revolucionaria (...) Si tomamos los casos de México (en los años 30), Bolivia (en los 50), Perú o Chile (en los 60 y 70), por citar algunos, ni la expropiación de las empresas imperialistas ni la reforma agraria significaron la realización de la revolución democrático burguesa en el sentido de la teoría de la revolución permanente. Lo mismo puede decirse de los movimientos de liberación nacional, que libraron verdaderas guerras revolucionarias contra la dominación colonial, pero que sólo alcanzaron una independencia relativa para volver luego a ser países dependientes o semicoloniales. Todos estos casos confirman la vigencia de la teoría de la revolución permanente precisamente porque demuestran la incapacidad histórico-orgánica de la burguesía ‘nacional‘ y también de la pequeño burguesía para culminar la revolución democrático burguesa.

“Trotsky no niega la existencia de la revolución democrático burguesa o democrática. Lo que dice es que solo puede ser llevada consecuentemente a cabo por un sujeto revolucionario: el proletariado y su partido. A partir de esto, la integra en un proceso permanente, que se combina con la revolución socialista, cuyas tareas hacen a la transición al socialismo.

“Volviendo a Moreno, al afirmar que en la época actual lo que hay son ‘dos tipos distintos de revolución socialista‘: la inconsciente, de febrero, dirigida o capitalizada por los partidos reformistas; y la consciente, de octubre, dirigida por los partidos trotskistas (...) se asume erróneamente que la revolución democrático burguesa o democrática seria un cierto tipo de revolución socialista. Con esto desaparece la revolución democrática como tal, es decir, no se reconoce como distinta a la revolución socialista. Este reconocimiento, sin embargo, es fundamental para la política revolucionaría (...) Al asumirlos como un tipo de revolución socialista, no solo se incurre en un error de reconocimiento, sino que de hecho se niega el rol histórico del único sujeto político-social capaz de garantizar el tránsito de la revolución democrática a la revolución socialista (...) Lo cierto es que esta transformación nunca se concretó en las revoluciones de la segunda posguerra (...) [y] si bien puede decirse que realizaron a su modo las tareas democráticas, en ningún caso significaron el inicio de la revolución socialista (...) Su resultado, más allá de la realización de ciertas tareas democráticas y de la propia expropiación de la burguesía, no significó, en ningún caso, el tránsito hacia la revolución socialista o el inicio de la transición al socialismo, sino más bien, como está dicho, la constitución de nuevos Estados burocráticos.

“Desde esta constatación histórica, el eje fundamental de la teoría de la Revolución Permanente, es decir, el proceso de transformación de la revolución democrático burguesa en revolución socialista a partir de la acción del sujeto social, el proletariado, y del sujeto político, el partido comunista revolucionario (...) sigue siendo esencialmente válido (...). Lo cierto es que durante el último medio siglo hubo grandes revoluciones democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas, pero también que ninguna de esas revoluciones fue una revolución socialista como tal”.[26] 

A diferencia de las revoluciones burguesas y su mecánica “objetiva”, la revolución socialista debe ser un proceso consciente: esto es, una revolución encarnada realmente por la clase trabajadora y a la que es connatural la participación consciente y autodeterminada de las más amplias masas. El propio Trotsky había sostenido que “a diferencia del capitalismo, el socialismo no  se construye mecánicamente, sino más bien de manera consciente“. Esta es una de las diferencias más grandes con la revolución burguesa, que podía basarse en el automatismo del desarrollo económico. Esto es, en una separación históricamente específica entre economía y política que no había sido característica de ninguna formación social histórica anterior y que tampoco lo es de la transición socialista, donde ambas instancias vuelven a fusionarse.

Desde su propia perspectiva, Trotsky decía muy ilustrativamente:

“Después de una profunda revolución democrática que libera a los campesinos de la servidumbre y les da la tierra, la contrarrevolución feudal es generalmente imposible. La monarquía derrocada puede reasumir el poder y rodearse de fantasmas medievales. Pero ya es impotente para restablecer la economía feudal. Una vez liberadas de los frenos feudales, las relaciones burguesas se desarrollan automáticamente. No hay fuerza externa que pueda controlarlas; tienen que cavarse su propia fosa, habiendo creado previamente su propio sepulturero.

“Muy distinto es el desarrollo de las relaciones socialistas. La revolución proletaria no sólo libera las fuerzas productivas de los frenos de la propiedad privada; también las pone a disposición directa del Estado que ella misma crea. Mientras que después de la revolución el Estado burgués se limita al rol de policía, dejando el mercado librado a sus propias leyes, el Estado obrero asume un rol directo de economista y organizador. En el primer caso, el reemplazo de un régimen por otro no ejerce más que una influencia indirecta y superficial sobre la economía de mercado. Por el contrario, la sustitución de un gobierno obrero por uno burgués o pequeño burgués llevaría inevitablemente a la liquidación del comienzo de la planificación, y en consecuencia a la restauración de la propiedad privada. A diferencia del capitalismo, el socialismo no se construye mecánicamente, sino conscientemente. El avance hacia el socialismo es inseparable del poder estatal que desea el socialismo o se ve obligado a desearlo. El socialismo recién puede adquirir un carácter inconmovible en una etapa muy avanzada de su desarrollo, cuando sus fuerzas productivas hayan superado de lejos las del capitalismo, cuando se satisfagan abundantemente las necesidades de cada individuo y de todos los hombres y el estado haya desaparecido completamente, diluyéndose en la sociedad”. [27]

Más allá de que es evidente que aquí Trotsky se refiere de hecho a la burocracia como “obligada a desear el socialismo”, cosa que, a la postre, no se demostró así, desde el punto de vista teórico el abordaje retiene toda su validez en la medida en que, efectivamente, el tránsito del “reino de la necesidad al reino de la libertad” sólo puede ser un proceso asumido conscientemente.

Desde otro ángulo, el historiador inglés Perry Anderson desarrolla esta misma idea en su importante trabajo El Estado absolutista:

“Todos los modos de producción de las sociedades anteriores al capitalismo extraen plustrabajo de los productores inmediatos mediante la coerción extraeconómica. El capitalismo es el primer modo de producción de la historia en el que los medios por los que se extrae el excedente del productor directo son ‘puramente‘ económicos en su forma: el contrato de trabajo, el intercambio igual entre agentes libres que reproduce, cada hora y cada día, la desigualdad y la opresión. Todos los modos de producción anteriores operan a través de sanciones extraeconómicas: de parentesco, consuetudinarias, religiosas, legales o políticas. En principio, por tanto, siempre es imposible interpretar estas sanciones como algo separado de las relaciones económicas. Las ‘superestructuras‘ del parentesco, la religión, la familia, el derecho o el estado entran necesariamente en la estructura constitutiva del modo de producción de las formaciones sociales precapitalistas. Todas ellas intervienen directamente en el nexo ‘interno‘ de extracción del excedente, mientras que en las formaciones sociales capitalistas –las primeras de la historia que separan la economía como un orden formalmente autosuficiente– proporcionan sus precondiciones ‘externas‘. En consecuencia, los modos de producción precapitalistas no pueden definirse excepto por sus superestructuras políticas, legales e ideológicas, ya que son ellas que las que determinan el tipo de coerción extraeconómica que les es específica. Las formas exactas de dependencia jurídica, de propiedad y de soberanía que caracterizan a las formaciones sociales precapitalistas, lejos de ser meros epifenómenos accesorios y contingentes, componen, por el contrario, los rasgos fundamentales del modo de producción dominante dentro de ellas”. [28]

En nuestra opinión, este criterio es igualmente aplicable a la transición y sirve para comprender por qué la democracia de los trabajadores es connatural a la transición socialista y a la formación social transicional. [29] Esto es, entran como componente esencial de las propias relaciones de producción transicionales: en el caso de la revolución socialista (tal como en las formaciones económico-sociales anteriores al capitalismo), no hay, entonces, “automatismo” que valga: la elevación de las masas con respecto a sus tareas y métodos es una condición histórica indispensable para la acción socialista.

Para comprender esto, “tal vez un primer problema a superar es la idea –corriente en la Cuarta Internacional– de que caracterizar la dictadura del proletariado por sus formas políticas constituye un error de tipo ‘superestructural‘ (o no materialista) (...). Cuando Lenin definió a la política de la dictadura del proletariado como ‘economía concentrada‘ (...) quiso decir (...) que lo esencial de la dictadura era la lucha por nuevas relaciones de producción, y en esto no hay una gota de ‘superestructuralismo‘ (...) o sea, la clase obrera organizada como clase dominante (...) se define por una política estatal que ataca las relaciones de producción burguesas y lucha por las relaciones de producción socialistas; por eso, es él transito a la abolición de las clases (...) De lo anterior se desprende que en la dictadura del proletariado la política juega un rol distinto al que desempeña en el capitalismo, donde las relaciones de producción se reproducen ‘automáticamente‘. La misma expresión ‘dictadura del proletariado‘ hace referencia no a determinada relación de producción que le sea específica, sino a la acción política transformadora –nacional e internacional– ejercida a través de la violencia organizada en Estado. Todo el peso está ubicado en lo político, porque no existe automatismo económico que garantice la transición hacia el socialismo; si se pierde el control político, el proceso (...) se invierte y se crean las condiciones de la restauración del capitalismo. La tesis central de la dictadura del proletariado podríamos enunciarla así: no existe transición al socialismo por fuera de la aplicación consciente de un programa revolucionario (...) Esta tesis (programática, en nuestra opinión) esta en consonancia con la teoría de Trotsky sobre la revolución permanente, en el sentido que la transformación socialista se caracteriza por ser un proceso esencialmente político”. [30]

Esta es la norma que Trotsky “transgredió” al pasar de una fundamentación político-social del Estado obrero (fines de los 20 y comienzo de los 30) a una económico-social promediando los 30. [31]

Pero esto trajo una enorme complicación metodológica para la teoría de la revolución en Trotsky: sus dos elaboraciones teórico-programáticas principales (la teoría de la revolución permanente y la del Estado obrero degenerado) terminan asentadas, de hecho, sobre premisas diferentes. Esto podía ser admisible en virtud de circunstancias históricas bien determinadas (“no enterrar una revolución aún viva” [32] ), pero introduciendo una fuerte tensión –en el límite, no dialéctica sino mecánica– entre los elementos de determinación objetivos y los subjetivos respecto de la dinámica de la revolución social. Así, se constituyó un tremendo factor de confusión teórica y metodológica en el trotskismo de posguerra; y sus efectos se perciben aun hoy, dando lugar al fenómeno del “objetivismo” que cruzó a la mayoría del trotskismo en la segunda mitad del siglo XX. [33] En la medida en que su teoría de la revolución estaba parada sobre los sujetos políticos y sociales, mientras que la teoría del Estado obrero degenerado se apoyaba sobre una determinación económico-social “objetiva” (y no sobre la clase obrera ejerciendo de manera efectiva el poder político), se introducía una dualidad de principios metodológicos de graves consecuencias.[34] 

Se dio lugar en el movimiento trotskista a una mirada objetivista, en el sentido de concebir Estados obreros como obtenidos por el milagro cristiano de la multiplicación de los panes, por intermedio de direcciones “empíricamente revolucionarias” y una burocracia estalinista “obligada por el peso de las circunstancias a cumplir un papel revolucionario”... De esta visión fueron tributarias, cada cual a su manera, prácticamente todas las ramas del tronco trotskista en la posguerra. Por otra parte, las distintas variantes subjetivistas que aparecieron en escena tampoco configuraron una alternativa ante este desbarranque.

Nos vemos obligados entonces a insistir en nuestra crítica a “(...) las versiones puramente deterministas de la historia y muy especialmente de las ilusiones deterministas de la marcha hacia el comunismo. Nos parece evidente, a esta altura de la experiencia histórica, que la acumulación de ‘condiciones materiales‘ u ‘objetivas‘, no alcanza para avanzar hacia la emancipación social. Por el contrario, el peso de las determinaciones opera juntamente con posibilidades y ocasiones (en las que cabe el azar) y las decisiones de los hombres, y de este complejo juego surge el devenir histórico. Por lo tanto, la transición al socialismo y el comunismo no se desarrollarán en virtud de algún automatismo socio-económico, sino mediante la lucha de clases y la revolución”. [35]

Volviendo a la analogía con la revolución francesa, recordemos que los jacobinos cumplieron las tareas revolucionarias de la burguesía, pero lo hicieron pegando no sólo sobre el flanco derecho sino también sobre el izquierdo, llevando a la guillotina a los verdaderos dirigentes de los sans-coulottes e impidiendo su organización independiente. No casualmente, Cristian Rakovsky señalaba a este respecto: “Lo que juega el papel más serio en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que les separa completamente de las masas de obreros y pequeño burgueses, es, además de la liquidación de todos los elementos de la izquierda, comenzando por los enragés, los heberistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, es la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos (...) todas estas medidas tuvieron por resultado reforzar el poder de la burocracia y matar la iniciativa popular. Así, el régimen de Robespierre, en lugar de impulsar la actividad revolucionaria de las masas –ya oprimidas por la crisis económica y, ante todo, por la crisis alimenticia– agravó el mal y facilitó el trabajo de las fuerzas antidemocráticas”. [36]

De haber sabido reconocer este criterio tan elemental, seguramente muchos de los dirigentes trotskistas de la posguerra no hubieran hecho seguidismo a burócratas como Tito, Mao, Ho Chi Mihn o Castro. Sin esta “actividad revolucionaria de las masas”, la segunda mitad del siglo XX ha demostrado que puede haber distintos tipos de revoluciones que incluso tomen a su cargo y resuelvan de manera parcial y deformada tareas democráticas y nacionales. [37] Pero estas revoluciones de ninguna manera lograron adquirir una verdadera dinámica de clase y socialista, en la medida en que, insistimos, no fue la clase trabajadora la que estuvo en el centro, mediante sus organismos de autodeterminación y poder, así como tampoco estuvo presente el partido revolucionario y la lucha de tendencias entre diversas corrientes obreras y populares.

El caso de la revolución china de 1949

Veamos un ejemplo histórico: el caso de la revolución china, que adquiere una relevancia mayor en virtud de los extraordinarios análisis legados por León Trotsky acerca de este proceso. [38]

Una primera característica a señalar es el ínfimo peso del Partido Comunista Chino (PCCH) en los sectores de trabajadores asalariados, dado que esa organización era prácticamente inexistente en los centros industriales del país, todos en áreas controladas por el Kuomintang (partido nacionalista).

En un trabajo relativamente reciente sobre el tema, se dice: “La revolución china que triunfó el 1º de octubre de 1949 fue una revolución antiimperialista y antiburguesa, pero de ninguna manera una revolución socialista. La política aventurera de la Internacional Comunista (...) había llevado a las derrotas catastróficas de la segunda revolución china –la revolución obrera de 1926-7– (...). Diezmado por las derrotas, el PC tuvo que elegir entre replegarse con la clase obrera en las ciudades, como aconsejaban Trotsky y la Oposición de Izquierda, o refugiarse en el campo, entre las organizaciones campesinas. La opción elegida fue la segunda (...) [lo] que traería aparejado el predominio que el campesinado estaba tomando dentro del partido. La preocupación sobre la pérdida del carácter obrero del partido se manifestó no sólo en sectores de la dirección regional partidaria y los cuadros ligados a las fábricas –a los que se llamo ‘fracción del trabajo real‘–, sino también en importantes sectores dentro de la propia dirección del PCCH (...) El PCCH, que decía representar al movimiento obrero, se transformó así en un aparato político-militar injertado en medio del campesinado: un partido-ejército” [39]

Trotsky ya había alertado brillantemente sobre esto en sus escritos sobre China. En “Guerra campesina en China y el proletariado” (1932) planteaba su preocupación acerca de que la milicia campesina y la guerra que se estaba desarrollando en el campo (socialmente pequeño burguesa) no podían sustituir la lucha de los trabajadores en las ciudades, so pena de terminar enfrentando estas milicias con los propios obreros:

“El movimiento campesino ha creado sus propios ejércitos, ha tomado grandes territorios y ha instalado sus propias instituciones. En la posibilidad de un mayor éxito –y todos nosotros, desde ya, apasionadamente deseamos ese éxito– el movimiento va a vincularse con los centros urbanos e industriales y, por este hecho, va a encontrarse cara a cara con la clase trabajadora. ¿Cuál va a ser la naturaleza de este encuentro? ¿Es seguro que el carácter del mismo será pacífico y amigable? [40]

Trotsky, como se ve, no cuestionaba el apoyo a la guerra campesina, sino la estrategia del PC de construirse entre los campesinos y no entre los trabajadores. Y aunque los dirigentes se llamaran comunistas, el ejército campesino “rojo”, esto para nada cambiaba el problema de la naturaleza social de estas organizaciones, ya que se dejaba a la clase obrera urbana a merced del nacionalismo de Chiang-Kai-Shek y de la ocupación imperialista japonesa. [41]

“Entre los dirigentes comunistas de los destacamentos rojos indudablemente hay muchos intelectuales y semiintelectuales desclasados que no han pasado por la escuela de la lucha proletaria. Por dos o tres años vivieron vidas de comandantes y comisarios partisanos; lucharon en batallas, tomaron territorios, etc. Absorbieron el espíritu de su medio. Mientras tanto, la mayoría de la base de los destacamentos rojos consisten en campesinos que asumen el nombre de comunistas con toda honestidad y sinceridad, pero que en la realidad siguen siendo revolucionarios pobres o pequeños propietarios pobres. En política, el que juzga por denominaciones y etiquetas y no por los hechos sociales está perdido”. [42]

Incluso va más lejos en la caracterización social y política de la capa dirigente del movimiento campesino, la misma que dirigió la revolución de 1949, sustituyendo en ella al proletariado: “Es una cosa cuando un Partido Comunista, firmemente asentado en la base del proletariado urbano (...) lidera la guerra campesina. Pero es un hecho diferente cuando algunos miles o incluso decenas de miles de revolucionarios (...) asumen el liderazgo de la guerra campesina sin tener un serio apoyo de parte del proletariado. Esta es precisamente la situación de China (...) El estrato de comando del “Ejército Rojo” chino ha tenido sin duda éxito en obtener el hábito del comando. En ausencia de un fuerte partido revolucionario y organizaciones de masas del proletariado, el control sobre el estrato de comando es virtualmente imposible. Los comandos y comisarios aparecen como absolutamente dueños de la situación e incluso al ocupar ciudades están en condiciones de mirar desde arriba a los obreros”. [43]

Se trata de un análisis muy educativo respecto del rol de sujetos sociales y políticos no obreros en la revolución, mas allá de que Trotsky, como norma, descartaba que las capas pequeño burguesas y campesinas pudieran cumplir un rol siquiera relativamente independiente. [44] Porque la brecha que Trotsky identificara ya en 1932 entre el PCCH y la clase obrera china cruzó todo el proceso revolucionario y la revolución misma y jamás llegó a cerrarse, lo que afectó, a nuestro entender, la naturaleza misma de la revolución del 1949, la más importante de todo el siglo XX luego de la rusa.

Porque “es innegable que la revolución de octubre del 1949 fue un gran triunfo de las masas campesinas, pero ni el sujeto ni la dinámica que tomó pueden permitirnos calificarla, como se hizo durante años, de ‘obrera y socialista‘. Por empezar, no sólo el movimiento obrero estuvo completamente ausente, sino que el divorcio de años debido a la orientación política del PCCH lo había hecho indiferente a la lucha protagonizada por el partido y el campesinado. Para continuar, las propias masas campesinas que llevaron al PCCH al poder no tenían otro objetivo (...) que la reforma agraria. Más aún, las organizaciones independientes del campesinado habían desaparecido hacia décadas (...) todas las organizaciones campesinas eran total y absolutamente dependientes del partido (...) La democracia obrera, es decir, el proletariado moviéndose conscientemente con sus organizaciones independientes (...) no sólo brilló por su ausencia, sino que en las instancias en las que pudo aparecer fue aplastada”. [45]

Esta evaluación se puede confirmar hoy en multitud de trabajos y ensayos. Por ejemplo, en un artículo reciente de Roland Lew (especialista en países del Este), leemos: “Es asombroso el contraste entre el dinamismo de los distintos componentes de la sociedad y la inercia política que, fuera del circulo de las élites, persiste hasta hoy (...) el maoísmo no sólo fue dictatorial y antidemocrático, sino que desde el comienzo fragmentó consciente y metódicamente el mundo social, en especial su componente obrero; en contra de lo que proclamaba el régimen –al igual que el de Stalin– era profundamente ‘despolitizador‘. Así perpetuó e incluso acentuó las tendencias antidemocráticas que ya existían cuando accedió al poder”. [46]

Algo muy parecido llegó a anticipar Trotsky en el texto arriba citado, refiriéndose a cómo el PCCH había pasado a tener una base social campesina: “Los narodnikis rusos solían acusar a los marxistas de Rusia de ‘ignorar‘ a los campesinos (...) A esto, los marxistas respondían ‘levantaremos y organizaremos a los obreros avanzados, y por intermedio de los trabajadores levantaremos a los campesinos‘. Los estalinistas chinos han actuado de una manera completamente distinta. Durante la revolución de 1925-1927 subordinaron directa e inmediatamente los intereses de los trabajadores y campesinos a los intereses de la burguesía nacional. En los años de la contrarrevolución, se pasaron del proletariado al campesinado, esto es, tomaron el rol que había sido llenado en Rusia por los socialrevolucionarios, cuando éstos eran aún un partido revolucionario”.[47] 

Esta conceptualización no pretende abonar un “normativismo” ante los procesos revolucionarios. Los marxistas tenemos siempre la obligación de intervenir en las revoluciones tal como son. Pero tienen asimismo otra obligación tan importante como la anterior: no adaptarse a ellas tal cual son, como ocurrió con muchas de las corrientes trotskistas de la posguerra, sobre todo con el pablo-mandelismo.

Por el contrario, se trata de buscar defender siempre el ángulo de clase y socialista en un movimiento de lucha dado –como, por ejemplo, el debate actual acerca del programa y la política para los movimientos piqueteros en Argentina-, sin perder jamás de vista que el eje estratégico debe partir de la construcción de los socialistas revolucionarios en el propio seno de la clase trabajadora, para desde allí combatir por su hegemonía política sobre el conjunto de los explotados y oprimidos.

En resumen: la intervención de los socialistas revolucionarios debe hacerse desde la perspectiva de la pelea para que adquieran esa dinámica de clase y socialista, lo que de ninguna manera se puede lograr “objetivamente”.

Esta no es una discusión meramente histórica. A comienzos del siglo XXI, asistimos al surgimiento de nuevos movimientos de lucha y procesos revolucionarios, como en el cono sur latinoamericano, que aún son ”híbridos” desde el punto de vista de clase y donde se sigue viviendo una crisis de “subjetividad” y/o de conciencia socialista. Bajo esas condiciones, el rol de los revolucionarios socialistas pasa evidentemente por batallar en su seno por que adquieran este carácter más de clase y socialista, o, lo que es lo mismo, por el ingreso de la clase trabajadora como sujeto consciente en el centro de esos procesos. Y esto sigue siendo un inmenso problema presente.

Que esto no se sucede de manera “objetiva” ha sido demostrado una vez más, si hacía falta, por la experiencia viva y reciente del Argentinazo. Porque la progresión clasista y socialista de los procesos revolucionarios no puede tener lugar como resultado de una mecánica social o automatismo político de una clase obrera “muda” (como es la concepción de tantas corrientes “ortodoxas”): se debe tratar de un proceso cada vez más consciente, más democrático y con una centralidad cada vez mayor de los trabajadores. [48]

Los distintos tipos de revoluciones y la especificidad de la segunda posguerra

La definición “ortodoxa” de las revoluciones de posguerra se basó en una interpretación tan difundida como errada de la teoría de la revolución permanente: la creencia que en el siglo XX habría un solo tipo de revolución: la “obrera y socialista”.[49]  Esto es un grave error. En ninguna parte Trotsky había planteado un solo tipo de revolución, sino que llevar a término de manera consecuente las revoluciones democráticas, agraria, nacional o antiimperialista pasaba por la realización de la revolución proletaria, lo que es otra cosa muy distinta.

Este fue el caso, por ejemplo, de la revolución rusa, en cuyo seno se combinaron en una unidad la revolución proletaria de las ciudades, la revolución agraria en el campo e incluso la revolución nacional a nivel de las distintas nacionalidades que formaban parte del imperio ruso.

Lo novedoso del siglo XX es la actualidad de la revolución proletaria, es decir, la posibilidad de que sea la clase trabajadora la que dé su impronta al conjunto de estas revoluciones y la que, ejerciendo su hegemonía, las consume de manera efectiva. Este fue el patrón de todas las revoluciones que se dieron en torno a la revolución rusa y en los 20 años posteriores, triunfantes (sólo la rusa, a la postre) o derrotadas (todas las demás: la alemana, la húngara, la española...).

Lo que debe ser señalado es que luego de la Segunda Guerra Mundial, el patrón cambió: la clase obrera no pudo imprimir su sello a los acontecimientos, y donde podría haberlo hecho fue derrotada merced a los oficios del estalinismo (Francia, Italia y en cierta medida Japón). Así, quedó planteado el problema para el conjunto del movimiento revolucionario.

Corrientes como Socialismo Internacional, orientada por Tony Cliff, ante la ausencia de la clase trabajadora y la conducción burocrática y pequeño burguesa de las revoluciones de posguerra, plantearon la hipótesis de que se trataría de revoluciones burguesas. Pero a nuestro entender, en pleno siglo XX, siendo que la burguesía había dejado de ser revolucionaria a escala mundial ya en el siglo XIX, esto implicaba una evidente falta de perspectiva histórica. El razonamiento de Cliff y su corriente era que si bien esto era válido al nivel mundial, no tenía que serlo necesariamente a escala de países determinados. Pero si se parte de la totalidad que es la economía mundial capitalista, el argumento parece poco sólido.

¿Qué nos queda, entonces? Que precisamente por una combinación específica, históricamente determinada de circunstancias, revoluciones democráticas antiimperialistas y agrarias se resolvieron parcialmente como revoluciones anticapitalistas, pero, en ausencia de la centralidad de la clase obrera, no como revoluciones socialistas. Porque, reiteramos, la connotación propiamente socialista de la revolución pasa por que de manera efectiva la clase trabajadora le dé su sello al proceso.

Sin embargo, es atendible la idea de que, en virtud del desarrollo desigual y combinado, no podía descartarse que una clase terminara desarrollando las tareas de otra. Este fue el caso de las tareas de la revolución democrática burguesa, llevadas a término de manera consecuente no por la burguesía sino por la clase trabajadora en la Revolución Rusa. O, en el caso de la Revolución Francesa, con la pequeño burguesía radicalizada de los jacobinos desbrozando el camino al desarrollo burgués. Se podría concebir entonces –como dijo el trotskismo tradicional– que, en la segunda posguerra, las capas pequeño burguesas dirigidas por los partidos-ejército llevaron a término las tareas de la revolución proletaria, al expropiar a la burguesía. [50]

Pero es aquí donde se pierde de vista que la expropiación en sí todavía no es una tarea propiamente socialista, sino que depende del sentido de la evolución ulterior. Esto es, del desarrollo de una verdadera tendencia a la socialización de la producción.

Porque aquí, precisamente, hay un enorme problema que hace propiamente a la revolución proletaria: no se trata sólo de cuáles son las tareas, sino de cómo (los medios) y quién (el sujeto) las lleva a cabo. [51] Esta fue la ubicación de Trotsky respecto de la industrialización acelerada y la colectivización forzosa del campo, o ante la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia. La definición de Trotsky había sido “revolución complementaria”, lo que, visto retrospectivamente, resultó en definitiva erróneo. Pero su ubicación metodológica mantiene sin embargo, toda su validez, porque aun considerando esas medidas eventualmente como “progresivas”, dejaba sentado que al ser ejecutadas por la burocracia estalinista, no por la clase trabajadora ejerciendo la democracia obrera, la realización de esas tareas resultaba totalmente distorsionada.

En un trabajo sobre la corriente morenista, O. Garmendia explica que “Trotsky no pretendió prescribir un curso obligatorio a los acontecimientos históricos (...) analizó los casos en los que fuerzas burocráticas (...) se vieron obligadas a ‘ir más allá‘ de los límites que originalmente se proponían, sin por esto modificar su teoría (...) la invasión de la URSS a Polonia y Finlandia en los 30 dio ocasión a Trotsky de analizar transformaciones de las relaciones de propiedad provocadas por la burocracia (...) Pero una expropiación no significa por sí misma la revolución socialista, ni garantiza las conquistas revolucionarias, ni siquiera las conquistas democráticas (...) Esta fue la posición con la que Trotsky enfrentó las capitulaciones ante el estalinismo de muchos militantes de la Oposición de Izquierda –como Preobrajensky– que asignaban un valor revolucionario y socialista objetivo a la colectivización de Stalin (...) Finalmente, en polémica con una fracción del partido norteamericano, vuelve sobre el significado de las expropiaciones de la burocracia en Polonia diciendo: ‘La estatización de los medios de producción es, como dijimos, una medida progresiva. Pero su progresividad es relativa; su peso específico depende de la suma de todos los otros factores (...) engendrar ilusiones con respecto a la posibilidad de reemplazar a la revolución proletaria con maniobras burocráticas. El mal sobrepasa con mucho al contenido progresivo de las reformas estalinistas en Polonia. Para que la propiedad nacionalizada en las áreas ocupadas, así como en la URSS, se convierta en la base de un desarrollo genuinamente progresivo, esto es, socialista, es necesario derribar a la burocracia de Moscú. En consecuencia, nuestro programa retiene toda su validez‘. Como vemos, Trotsky consideraba que su programa seguía vigente a pesar de las expropiaciones porque éstas, de por sí, no garantizan el desarrollo socialista. Lo mismo podemos decir con respecto a las revoluciones de la posguerra (...) si bien expropiaron, no por ello garantizaron que el proceso de la revolución democrática se dirigiese hacia la revolución socialista”. [52]

Como señalara el propio Trotsky, existe una dialéctica entre las tareas y el sujeto que las lleva a cabo, donde no todo viene determinado por el contenido objetivo de esas tareas, sino también por quién y cómo las lleva adelante. En relación con este problema, la Oposición rusa se dividió en dos alas: la de dirigentes como Preobrajensky [53] que, al ver que la burocracia supuestamente aplicaba el programa de la Oposición de Izquierda, capitularon a Stalin; y otra que tendía a plantear que la manera de llevar adelante estas medidas, más que una “revolución complementaria”, significaban el comienzo de la consumación de una “contrarrevolución” social, que llevaba a la pérdida del carácter obrero del Estado. Es el caso de Christian Rakovsky, que a partir de este giro de la burocracia estalinista va a terminar definiendo a la URSS como “Estado burocrático con restos proletarios comunistas”.

En su famoso intercambio de cartas con Preobrajensky acerca de la revolución china, Trotsky ilustra un aspecto teórico-metodológico central de la teoría de la revolución permanente: “¿Cómo caracterizar una revolución? ¿Por la clase que la dirige o por su contenido social? Hay una trampa teórica subyacente al contraponer la primera a la última en forma tan general. El período jacobino de la revolución francesa fue, por supuesto, el periodo de la dictadura pequeño burguesa, en el cual, además, la pequeño burguesía, en armonía total con su ‘naturaleza sociológica‘, abrió el camino para la gran burguesía. La revolución de noviembre en Alemania fue el comienzo de la revolución proletaria, pero fue detenida en sus primeros pasos por la dirección pequeño burguesa, y sólo logró unas pocas cuestiones que no fueron cumplidas por la revolución burguesa. ¿Cómo llamamos a la revolución de noviembre: burguesa o proletaria? Ambas respuestas son incorrectas. El lugar de la revolución de octubre será restablecido cuando definamos la mecánica de esta revolución y determinemos sus resultados. No habrá contradicción en este caso entre la mecánica (poniendo bajo este nombre, por supuesto, no sólo la fuerza motriz sino también la dirección) y los resultados: ambos poseen un carácter ‘sociológicamente‘ indeterminado (...). El quid de la cuestión reside precisamente en el hecho de que aunque la mecánica política de la revolución depende en ultima instancia de una base económica (no sólo nacional sino internacional), no puede, sin embargo, deducirse con una lógica abstracta de esta base económica (...). Por esta razón, en lo que concierne al contenido social, es necesario decir: ‘esperar y ver‘ ”.

Esto valía para Preobrajenzky, que negaba por anticipado que la revolución china pudiera devenir de revolución democrático-burguesa en revolución socialista. Pero metodológicamente vale también a la inversa: no es posible hablar de revoluciones “objetivamente” socialistas (deducción “con una lógica abstracta de esta base económica”) aun en ausencia de la clase trabajadora como sujeto consciente: quién y cómo consuma la tarea de la expropiación hace al carácter mismo de la revolución.

Este es , creemos, el criterio válido para las revoluciones de posguerra. [54] En ellas, el cómo y el quién de las expropiaciones fue lo que decidió el destino ulterior de éstas. Al no estar al servicio de un mayor grado de organización y emancipación de la clase trabajadora (proceso de transición al socialismo), sino acabar en la tremenda bancarrota que conocemos, el contenido “objetivo” obrero y socialista (no es deducible de, ni reducible a, una lógica economicista abstracta), quedó irremediablemente cuestionado.[55] 

Esto es lo que explica que en el caso de Stalin en la Segunda Guerra Mundial, de las expropiaciones en el Este de Europa y de la gesta de la revolución china de 1949, estas medidas y acciones se hayan llevado a cabo en términos de discurso nacional o nacionalista y no de clase. Esto obedece a una lógica profunda, porque, evidentemente, apuntaba a borrar conscientemente el protagonismo y la impronta de la propia clase trabajadora. A este respecto dice R. Lew: “(...) durante mucho tiempo –desde la década del 30– se subestimó la importancia e incluso la preeminencia de la dimensión nacionalista en la motivación del régimen de Pekín y en la historia del comunismo chino. Sin embargo, más que el comunismo que le servía de ropaje ideológico, es esta dimensión nacionalista la que explica la trayectoria del PCCH (...) El PCCH es nacionalista dado que su objeto esencial es, para emplear una consigna usada en los años 20, ‘salvar a la nación‘ de los imperialismos depredadores, protegerla y asimismo reconstruir su unidad (...). Esta prioridad nacionalista –incluso en su dimensión antiimperialista– (...) supone un pragmatismo muy alejado de la ideología comunista (...) El resto, gran parte de los nuevos temas emancipadores extraídos del socialismo occidental (la democracia, el poder del pueblo, etc.), se tornaba progresivamente secundario, incluso una verdadera molestia; de allí la eliminación precoz, vigorosa y reiterada de las minorías más sensibles (...) apegadas a la significación revolucionaria de la emancipación popular”. [56]

Y Ernest Mandel se ve obligado a describir una situación similar (aunque en ese caso fue sin revolución) en los países del Este europeo: “Pero por el carácter extremadamente limitado de la movilización de las masas en los (...) países del Glacis, por la pasividad e incluso la apatía mayoritaria de los trabajadores de esos países, imprevista por nuestro movimiento (...) la burocracia soviética de hecho subordinó la asimilación estructural de su glacis a la destrucción de la posibilidad de desarrollo autónomo del movimiento obrero”. [57]

Esto refuerza la necesidad de dejar establecido un criterio clásico del marxismo revolucionario, confirmado por la experiencia de las revoluciones de la segunda posguerra: toda conquista económico-social de los trabajadores, en principio tiene un valor en sí misma, pero el criterio definitivo de evaluación de las conquistas en este terreno debe ponerse en correspondencia con el continuo y progresivo proceso de organización independiente y desarrollo de la conciencia del proletariado: éste es el criterio principal. Porque se ha visto demasiadas veces en los procesos revolucionarios en Occidente y en las revoluciones de posguerra cómo la burguesía –y aun las burocracias– ceden conquistas y/o concesiones económico-sociales parciales a costa de liquidar lo fundamental, el proceso de organización independiente.

El propio Mandel, que integraba la mayoría pablista de la IV Internacional, consignaba lo siguiente en un documento de hace ya 50 años: “a) Yugoslavia y China son países muy atrasados, donde el proletariado es poco numeroso y con débil tradición marxista, habiendo pasado por dos décadas de postración, bajo una dictadura reaccionaria (...). b) La lucha revolucionaria tuvo su centro de gravedad en el campo y tomó la forma de una centralización militar por los PC de los levantamientos de los campesinos pobres (...). c) La victoria revolucionaria se adquirió por la conquista militar de las ciudades (...) por un conjunto de razones históricas, no se produjo ningún levantamiento [revolucionario] (...). d) Por todas estas razones, la victoria revolucionaria pudo obtenerse sin que los PC rompan completamente con una táctica oportunista y se delimiten públicamente del Kremlin”. [58]

Es, en suma, un criterio metodológico marxista revolucionario elemental que, en último análisis, la nacionalización de los medios de producción en ningún caso puede ser analizada solamente en sí misma, sino que debe ponerse en correspondencia con el proceso real de la transición y la revolución mundial. Este es el criterio de Trotsky incluso para el caso de las estatizaciones en Polonia en ocasión de su ocupación en 1939 por parte del ejército estalinista. Y es el mismo criterio que Rosa Luxemburgo había esgrimido en su famosa discusión con Karl Kautsky a propósito de la huelga de masas: “La concepción marxista consiste precisamente en la consideración de la masa y de su conciencia como los factores determinantes de todas las acciones políticas de la socialdemocracia. En el espíritu de esta concepción, también las huelgas de masas políticas –como toda la lucha por el derecho al sufragio– no son finalmente otra cosa que un medio de esclarecimiento de clase y de organización de capas más amplias del proletariado”. [59]

Porque “(...) Cualquier activista sindical sabe muy bien que el ‘resultado específico‘ bajo la forma de una conquista material no es ni puede ser de ningún modo el único punto de vista decisivo en una lucha económica, que las organizaciones gremiales en Europa occidental a cada paso se encuentran en la forzosa situación de emprender la lucha aun con escasas perspectivas de ‘resultados específicos‘ (...) Estas huelgas ‘carentes de éxito‘ no sólo no han fracasado en su objetivo sino que son una condición vital, directa, para defender el nivel de vida de los trabajadores, para mantener vivo el ímpetu de lucha de las masas de trabajadores (...) es conocido en general que además del ‘resultado específico‘ en conquistas materiales, y aun sin este resultado, el efecto quizá más importante de las huelgas en Europa occidental consiste en servir de puntos de partida para la organización sindical”. [60] Es decir que el criterio principal para la evaluación de las conquistas es siempre que den lugar a un progreso en el terreno de la conciencia y la organización.[61] 

Es por eso que, en definitiva, en lo que hace a la revolución socialista no hay sustituismo que valga: si no hay presencia real de la clase trabajadora con su conciencia, organizaciones y partidos, no hay revolución socialista. La clase obrera, en este tipo histórico de revolución, es insustituible.

Y como decía el propio Trotsky, en el carácter de las revoluciones opera una dialéctica que no admite definiciones a priori: quedan “sociológicamente indeterminadas” en función de su mecánica social y política real. Es por ello que resulta imprescindible bregar por que de manera efectiva las revoluciones o procesos democráticos y/o antiimperialistas generales –como los que, por ejemplo, están en marcha hoy en América Latina– se transformen en revoluciones obreras y socialistas.

Pero esto es lo que abre paso a la superación de cierto criterio objetivista, mecanicista o determinista de diversas corrientes trotskistas (¡pero no de Trotsky!). Y es, asimismo, el fundamento último que da lugar a toda la densidad del pensamiento de Lenin (en el fondo relegado en la tradición habitual de las corrientes trotskistas) referido a la absolutamente imprescindible construcción del partido revolucionario, así como al problema de la superación de la crisis de subjetividad socialista y de conciencia. Como hemos dicho, procesos como el Argentinazo o el Octubre boliviano plantean estos problemas, de modo que la reflexión sobre estos elementos de balance histórico que estamos señalando se hace hoy más pertinente que antes y no menos.

Respecto del rol imprescindible del partido revolucionario, decíamos recientemente: “[El] carácter fetichizado, ‘invertido‘, deformado de las relaciones sociales en la sociedad (...) [hace que no esté] dado a los trabajadores adquirir una conciencia clara y profunda acerca de las circunstancias de su explotación y opresión más que mediante una elaboración, un proceso en el que intervienen las tradiciones de lucha heredadas de generaciones anteriores, su propia acción ‘espontánea‘, los elementos de aprendizaje que vienen o se acumulan como experiencia y –en el límite– un absolutamente necesario metabolismo con la organización revolucionaria, sin la cual no se puede obtener del todo la conciencia política socialista”. [62]

La burocracia: ¿capa o clase?

En el análisis de la dinámica de clase de las revoluciones de posguerra hay un núcleo teórico, del que hay que dar cuenta explícitamente, que entrelaza la teoría de la revolución (tareas y sujetos), con la valoración del carácter de las sociedades no capitalistas que jalonaron la segunda mitad del siglo XX.

En este marco, dos aspectos de enrome importancia requieren una explicación teórica fundamentada. El primero refiere al carácter de la burocracia de la ex URSS y demás países donde se expropió al capital; el segundo, a la forma que asumieron las relaciones sociales de producción luego de la estatización generalizada de los medios de producción.

Comenzando por el primer aspecto, recordemos que Trotsky ordena la teoría de la revolución permanente alrededor de la comprensión de que a partir del siglo XX sólo la clase trabajadora podía tomar a su cargo y hegemonizar la resolución íntegra de las tareas burguesas pendientes, y que la dinámica de este proceso apuntaría a colocar la cuestión de su propio poder: la revolución democrática devenía en socialista. Junto con esto, para Trotsky el otro gran sector oprimido, los campesinos y las capas pequeño burguesas en general, tenían un gran papel que cumplir en la revolución, pero no podían tener un rol político independiente.

De lo anterior se desprendió que la mayoría de las corrientes del trotskismo consideraron de manera objetivista al resultado de las revoluciones de posguerra como Estados obreros. Esto, a pesar de la total ausencia de la acción conciente y autoorganizada de la clase trabajadora en esos procesos. Lógicamente, y si la concepción de Trotsky era correcta y las capas pequeño burguesas no podían desarrollar ningún rol independiente, por limitado que fuera, éstas no podían ser más que instrumentos de una mecánica objetiva: el establecimiento de nuevos “Estados obreros deformados”, de los cuales esas capas no serían, en última instancia, más que meras excrecencias burocráticas, grupos sociales parásitos. El pablo-mandelismo fue el que llevó este enfoque más lejos, al punto de la capitulación total a estas direcciones burocráticas, embellecidas como “empíricamente revolucionarias” y socialmente “obreras”.

A nuestro entender, las cosas fueron completamente diferentes. Estas capas pequeño burguesas o burocráticas (campesinado, capas medias, intelligentsia, burocracias), en condiciones muy determinadas y específicas, y por un período histórico relativamente corto, cumplieron un papel más destacado de lo previsto (en el marco de sociedades que expropiaron a los capitalistas). Pero estos procesos, que potencialmente podrían haber iniciado una transición al socialismo, precisamente debido a la ausencia de la clase trabajadora fueron abortados desde su mismo comienzo.

Sobre la base de auténticas revoluciones populares, estos sectores pequeño burgueses aparecieron realizando tareas democráticas, antiimperialistas e incluso la expropiación; pero en ausencia de la clase trabajadora en el centro del proceso y de manera consciente (el cómo y el quién), en ausencia de verdaderas revoluciones obreras y socialistas, la “resolución” de estas tareas fue muy relativa. De hecho, esas direcciones y esa base social del proceso sólo podían, en última instancia, llevar a esas sociedades a un callejón sin salida, en el marco de la continua presión del capitalismo imperialista a nivel mundial, restableciendo así mecanismos y relaciones de opresión y explotación. [63]

Pero, en verdad, la teoría de la revolución permanente de Trotsky no quedó desmentida en este sentido fundamental, porque, a diferencia de la conceptualización de Nahuel Moreno,  [64] la tarea de los socialistas revolucionarios no queda reducida a factores puramente agregados como la democracia obrera o la revolución mundial, considerados como elementos aislados, externos a la mecánica real de la revolución. Porque, en verdad, era incorrecto estimar que en la posguerra la revolución había avanzado “cientos de kilómetros más” de lo que Trotsky había previsto, sino más bien al contrario: cientos de kilómetros menos, y no llegaron a adquirir, en ningún caso, un carácter socialista. De hecho, prácticamente toda la tarea de la revolución socialista y la transición quedó pendiente, en la medida en que se trató de revoluciones sin socialismo.[65]  

Esto conducía inmediatamente a un debate respecto de la naturaleza misma de la burocracia: ¿capa o clase?. Y, en consecuencia, sobre el alcance de su acción “independiente”. Porque se afirmaba que si en los países donde se había expropiado al capitalismo en la posguerra no se habían constituido verdaderamente Estados obreros, no quedaba más que rendirse ante la evidencia de que la burocracia se habría constituido en una “nueva clase explotadora orgánica”.

Las teorizaciones del “capitalismo de Estado” o del “colectivismo burocrático” fueron las que llevaron esto más lejos, cada una a su manera: para los “capitalistas de Estado”, la burocracia se había constituido en una nueva clase capitalista “sui generis”; para los “colectivistas burocráticos”, se trataba de una nueva clase sin antecedentes históricos ni vínculos en la sociedad de origen, como surgida de un repollo. Incluso, para esta última corriente en la URSS existía “servidumbre feudal” y la clase trabajadora “no era un proletariado” en el sentido moderno del término, aunque por otra parte nunca se explicó de manera marxista sobre la base de qué perspectivas históricas habría ocurrido este desastre. [66]

Nuestra posición es muy distinta, mucho más emparentada con los análisis clásicos de Trotsky, quien fue el primero en plantear que la burocracia de la URSS era más que una mera burocracia, en la medida en que estaba al frente de un inmenso Estado sin que existiera una clase verdaderamente propietaria (hecho que ocurrió en todos los países donde se expropió al capital en la posguerra). Pero, al mismo tiempo, como resultado del contexto capitalista internacional y del carácter no orgánico y parásito de su usufructo de la propiedad estatizada y su apropiación del sobre producto social, era menos que una clase orgánica.

Desde el punto de vista teórico, “para un análisis concreto de la degeneración de la URSS es insuficiente un enfoque economista-mecanicista de la problemática del Estado ‘soviético‘ y del Estado en general. Los análisis mecánicos en términos de estructura y superestructura (...) se revelan particularmente inútiles para comprender lo ocurrido en la URSS. Se requiere retomar (...) lo esbozado por Marx y Engels. Las formas políticas de la sociedad que tienen sus raíces en determinadas relaciones sociales, condicionadas por el desarrollo de las fuerzas productivas, tienen una tendencia a la autonomía y una innegable capacidad de reacción sobre las relaciones sociales y económicas, que pueden ser, y de hecho son, afectadas por la producción política de la clase o casta que controla el poder del Estado” [67]

En este marco, cabe recordar el brillante trabajo de Christian Rakovsky, Los peligros profesionales del poder, donde destaca que lo que había comenzado como diferenciación funcional de quienes asumían funciones gubernamentales se había convertido en una diferenciación social, con marcadas desigualdades materiales. Estos nuevos privilegiados, decía, “no sólo objetiva, sino también subjetivamente; no sólo material, sino también moralmente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera (...) No se trata de casos aislados (...) sino más bien de una nueva categoría social”. [68]

En 1930, luego de comprobar que se había desarrollado aún más “la rapacidad, la irresponsabilidad, el despotismo del aparato, cuyo reverso es el embrutecimiento, la humillación y la privación de los derechos de las clases trabajadoras”, escribió: “Bajo nuestros ojos se ha formado y sigue formándose una gran clase de gobernantes con sus propias divisiones internas, que crece mediante la cooptación”. [69]

Trotsky, que cita explícitamente a Rakovsky en La revolución traicionada (1935) desarrolla este análisis y señala la originalidad del fenómeno: “Bajo ningún otro régimen la burocracia alcanza semejante independencia (...) La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y dominio (...) la burocracia de la URSS asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado a una burguesía nacional. En este sentido, no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética (...) el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado ‘pertenece‘, en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria”. [70]

Al mismo tiempo, Trotsky puso extremo cuidado en precisar que la burocracia continuaba “sin tener derechos particulares en materia de propiedad (...) Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una parte inmensa de la renta nacional es un hecho de parasitismo social”. [71]

En particular, Trotsky polemizó contra quienes definían a la burocracia como una “nueva clase explotadora” en ascenso, impuesta tanto en la URSS como en los países fascistas. Puntualizó las evidentes diferencias entre la burocracia fascista y la estalinista, y explicó, con relación a esta última, que por poderosa o incontrolada que fuere, estaba lejos de consolidarse como una clase explotadora orgánica. De aquí se derivaban rasgos tan característicos como las frecuentes convulsiones intestinas, la necesidad de gobernar con métodos totalitarios y sus tendencias a la restauración del capitalismo. La definición de Trotsky es, entonces, dialéctica, porque es dinámica: “siendo más que una simple burocracia, la casta privilegiada omnipotente que maneja Rusia no constituye una nueva clase explotadora orgánica, y valorada a escala mundial tiende a convertirse en un órgano de la burguesía mundial. [72]

El desarrollo de la lucha de clases hacia el final del siglo XX terminó demostrando que este era el único análisis de clase correcto. En circunstancias históricas muy determinadas, y a la cabeza, inicialmente, de procesos revolucionarios populares reales, esta capa o casta pequeño burguesa había cumplido un rol dirigente relati