Revolución y socialismo
en el siglo XXI

 

Una polémica con el Secretariado Unificado (IV Internacional)

Tareas, programa y estrategia para el actual momento histórico

Por Marcelo Yunes
Socialismo o Barbarie (revista), Nº 17/18, noviembre 2004

Parte esencial de la elaboración de cualquier organización política marxista revolucionaria seria es intentar formular una periodización que ubique la coyuntura particular que se vive en una perspectiva histórica más amplia, a fin de definir las coordenadas básicas que enmarcan la vida política del momento en cuestión. Este desafío, aunque requiere de un estudio concienzudo de las tendencias operantes en la lucha de clases a diversos niveles –económico, político, social, ideológico, etc.– no es ni exclusiva ni fundamentalmente una tarea sólo intelectual o descriptiva, sino que es impensable sin un marco de referencia teórico-político, sin una matriz desde la cual comprender y concebir la realidad. Dialécticamente, ese marco, que aporta el ángulo de enfoque del análisis, se ve a su vez puesto a prueba a cada momento; exige reajustes y correcciones, es al mismo tiempo un punto de partida y un resultado.

Algunos de los mayores cimbronazos en la historia política del marxismo fueron y son, justamente, expresión del estallido de una óptica que encuadra de manera equivocada el panorama de la lucha de clases en su conjunto, su horizonte y las tareas que plantea. Este error de perspectiva puede deberse bien a vicios de origen, bien a un desacomodamiento del encuadre como resultado de acontecimientos históricos que lo superan, bien a ambos factores.

En esta misma edición se pasa revista a algunos de los problemas y límites fundamentales en las matrices teóricas del movimiento marxista revolucionario y trotskista desde la posguerra. Lo que aquí intentaremos es abordar un aspecto más acotado en el tiempo pero decisivo a la hora de identificar nuestra ubicación como corriente marxista internacionalista: una sucinta aproximación a la caracterización más general del período histórico actual, sus rasgos distintivos y los desafíos que propone a los marxistas. Por supuesto, los problemas y tareas del período histórico tienen una traducción política y programática, que a su vez se expresará, en el caso de los partidos que actúan en la arena de la lucha de clases nacional y regional, en una práctica política que debe ser concordante con la visión más global.

En ese sentido, uno de los objetivos de este texto es no sólo aportar nuestra comprensión –sin duda aproximativa y provisoria, pero con un signo claramente definido– sino introducir una polémica sobre este tema con una de las corrientes más importantes del marxismo revolucionario de hoy, el Secretariado Unificado (SU) de la IV Internacional.[i] Para ello, nos basaremos en sus elaboraciones políticas más recientes y también, en la medida en que esa conceptualización asume consecuencias teóricas y estratégicas, en algunos de los pasos políticos que han dado algunas de las organizaciones pertenecientes a esa corriente, en particular de dos de las más fuertes: la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de Francia y Democracia Socialista (DS) de Brasil.

I. Los antecedentes históricos de la actual periodización

Cabe en primer lugar aclarar lo que no vamos a hacer: un análisis (ni siquiera esquemático) de los procesos revolucionarios del siglo XX y sus consecuencias. En lo que respecta a la segunda posguerra, los problemas teóricos más gruesos están señalados en el texto de R. Sáenz en esta misma edición. Nos limitaremos aquí a dar un contexto extremadamente resumido y basado en algunas definiciones conceptuales generales antes de pasar, ya en un nivel mayor de detalle, al período histórico abierto en 1989. La utilidad de este repaso –que hará hincapié sólo en algunos elementos, los que hacen al replanteo de problemas estratégicos y a la formulación de nuevas tareas– se hará evidente más adelante.

Consideramos que es posible efectuar un intento de periodización de la historia política desde la época de la lucha de clases abierta, según Lenin, con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 (la “época de guerras y revoluciones”) considerando tres grandes ciclos. Como hemos dicho, del tercero (1989 en adelante) nos ocuparemos luego.

De la revolución rusa a la Segunda Guerra 

El primer ciclo de la lucha de clases de lo que varios historiadores llamaron “el corto siglo XX” (1914-1989, por oposición al “largo siglo XIX”, que abarca el período entre 1789 y 1914) sienta sus bases generales con el inicio de la Primera Guerra Mundial, pero su “comienzo político” no es otro que la revolución rusa de 1917, y se extiende (con diversos momentos en su seno) hasta la Segunda Guerra Mundial.

Lo que nos interesa aquí no es, claro está, ofrecer un panorama del período, sino señalar algunas de las coordenadas políticas y estratégicas que dieron contexto a la elaboración teórica del marxismo revolucionario. En primer lugar, se trata del período más “clásico”, en el sentido del desencadenamiento de procesos revolucionarios que se encuadraban dentro de los patrones teórico-políticos que los fundadores del marxismo revolucionario del siglo XX –Lenin, Trotsky, Luxemburgo– habían desarrollado a partir de la actualización de la genuina tradición marxista del siglo XIX.

En un planeta (y en particular una Europa) en plena convulsión e inestabilidad social, política y económica, la tónica de las revoluciones del período fue su profundo contenido socialista, de autoorganización y autodeterminación de la clase trabajadora, visible sobre todo en los levantamientos nacidos al influjo de la revolución rusa de 1917 (Alemania, Hungría), pero también en la gran revolución de los años 30, la española.

En segundo lugar, la respuesta contrarrevolucionaria de las burguesías y el imperialismo tenía como herramienta fundamental los regímenes de fuerza basados en el enfrentamiento directo a las masas revolucionarias: el fascismo y el bonapartismo. Con el retroceso y derrota de la primera oleada revolucionaria (hasta 1923), y luego en la sucesión de derrotas para la clase trabajadora que fue la década del 30, se afirmó como vía de freno a la revolución un tipo de régimen político que se demostró en ese momento más efectivo que la democracia burguesa tradicional. Una de las marcas del período fue que ésta última sufriera un debilitamiento tremendo como mediación entre el choque de la revolución y la contrarrevolución. Quizá el caso más emblemático de este deterioro de la democracia como forma institucional apta para encauzar la vida política y social bajo el capitalismo en crisis haya sido el colapso de la República de Weimar en Alemania (1823-1933).[ii]

Por último, una coordenada fundamental operante en esta etapa es el hecho de que la revolución socialista internacional, como horizonte estratégico, como programa político, como “fantasma” actuante y amenaza real al orden capitalista, siguió siendo, desde 1917 y hasta el establecimiento del “nuevo orden mundial” resuelto en Yalta y Potsdam al término de la Segunda Guerra, parte viva del mapa político.

El período de la Guerra Fría

El segundo ciclo de lucha de clases abarca el período entre 1945 y1989 (luego haremos mención de algunos de los hitos políticos que marcan subperíodos). La “polarización” del mundo en dos grandes bloques y la Guerra Fría (con su complemento, la “coexistencia pacífica” y la división del mundo en esferas de influencia entre EEUU y la URSS) marcan, en combinación con otros elementos que enseguida veremos, un rasgo político esencial del período. Se trata de que, en el paradójico marco del desarrollo de grandes procesos revolucionarios y antiimperialistas, lo que tiene lugar es no obstante una salida de escena de la revolución socialista mundial como perspectiva estratégica y como ideología, tanto en el seno de las masas como en la lógica política de la etapa.

Porque, a diferencia del período signado por la revolución rusa, el período post Yalta presenta una combinación de variables relacionadas con la lucha de clases y la vida orgánica del capitalismo mundial que bloqueaba o no favorecía el desarrollo de una contestación obrera y socialista. Por un lado, el período llamado de los “treinta gloriosos” configuró un marco global de estabilización y fortalecimiento de la economía capitalista mundial, por lo menos hasta los años 70. En el terreno político, el desarrollo del “Estado de bienestar”, sobre todo –pero no exclusivamente– en los países adelantados, aportó la base material para la reinstalación de la democracia burguesa como régimen político “normal” y estable de la burguesía, contrapuesto al “sistema político totalitario” del bloque soviético (operación hegemónica cuyo influjo se deja sentir aun hoy).

Los grandes movimientos sociales y políticos del período tuvieron por lo general como uno de sus centros fundamentales la lucha contra la opresión y explotación política y económica de la mayor parte de los países del mundo, pertenecientes a la periferia colonial o ex colonial e imperial. Y aunque esos movimientos lanzaron a la vida política a ingentes masas populares y protagonizaron grandes revoluciones, retrospectivamente, no puede dejar de advertirse que su impronta general era, ideológicamente, de orden nacionalista y/o antiimperialista, no socialista, y socialmente, populares y/o campesinas, sin protagonismo de la clase trabajadora como tal (con la evidente excepción de la revolución boliviana de 1952) y con la tremenda mediación de direcciones políticas no obreras sino burocráticas y/o guerrilleras.

Este límite de origen visible en el conjunto de los procesos revolucionarios de todo el período en cuestión tuvo como una de sus expresiones la afirmación de un orden social “alternativo” bajo una perspectiva general de coexistencia con y subsistencia en el capitalismo global. Subsumido bajo ese horizonte, el nudo de la estrategia político-social de las grandes corrientes políticas del período –el estalinismo en sus versiones soviética y maoísta, los partidos-ejército guerrilleros, los movimientos nacionalistas burgueses del “Tercer Mundo”– no era la extensión internacional de la revolución sino, por el contrario, la consolidación de un fuerte Estado nacional como barrera y mediación frente al imperialismo (en particular el de EEUU). Este estatismo, cuyo contenido social iba desde el capitalismo keynesiano hasta las sociedades burocráticas no capitalistas, y cuya forma política solía tender a la dictadura de partido único, es lo que confusa y trágicamente vino a operar, en el terreno político-ideológico, en nombre y como sucedáneo de un “socialismo” cuyas auténticas premisas políticas orgánicas estaban ausentes.

Las excepciones a este curso general, sociales (el resurgimiento de las luchas obreras, en particular después de 1968, en Europa y otras regiones) o políticas (el internacionalismo revolucionario mal orientado pero honesto del Che Guevara; el rol independiente de algunas de las fuerzas provenientes del trotskismo), no alcanzaron a configurar una contratendencia global. Incluso el manifiesto período de ascenso entre 1968 (simbolizado por el Mayo francés) y 1975, en el que se sucedieron procesos como el del movimiento obrero italiano a inicios de los 70, la resistencia a la guerra de Vietnam, rebeliones en América Latina como el Cordobazo (1969) y las Asambleas Populares en Bolivia (1971), no logró revertir el signo general de la etapa.

Por otra parte, conviene establecer una cierta separación entre los treinta años transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra, por un lado, y el lapso entre mediados de los 70 y 1989, por el otro. En verdad, ambos períodos comparten la característica esencial ya mencionada, el alejamiento de la perspectiva auténtica socialista de revolución internacional y emancipación de la clase trabajadora. Sin embargo, en la segunda parte de esta etapa aparecen elementos novedosos que deben tomarse en consideración.

En el plano económico, se desata una crisis global cuyas raíces no pretendemos dilucidar aquí; sólo dejaremos señalado que la explicación pasa menos por las peculiaridades de la renta petrolera que por el agotamiento de una forma de funcionar del capitalismo mundial. El “Estado de bienestar” (él mismo un subproducto y un “tributo” pagado a las masas por la burguesía para resguardar la estabilidad social en la inmediata posguerra) se volvía una traba creciente para las exigencias del orden del capital. Así se gestó la ofensiva privatizadora, antiobrera y antiregulacionista encabezada por Reagan-Thatcher durante los 80, y más en general la nueva fase de mundialización del capital.

En el otro “polo” político de la Guerra Fría, se desarrollaban cada vez más abiertamente las tremendas contradicciones económicas de los estados burocráticos del Este que desembocarían en el colapso (la URSS después de la fallida perestroika de Gorbachov) o la adopción de medidas abiertamente procapitalistas (la China de Deng Xiaoping desde 1978). Además, durante la década del 80 no hubo revoluciones triunfantes y sí, en cambio, un claro retroceso de los últimos procesos revolucionarios del período precedente (Irán, Nicaragua). El auge del reaganismo-thatcherismo en los 80 significó una década de derrotas en el movimiento obrero internacional que preanunciaban un retroceso aún más profundo en la relación de fuerzas durante casi todos los 90.

II. La fase abierta en 1989 y sus tendencias fundamentales

La mundialización del capital: imperialismo, barbarie y la nueva clase trabajadora

Aunque pocos términos han sido más bastardeados y maltratados recientemente que “globalización”, cabe considerar que se trata de un tema que generó en su momento una amplia dentro de la izquierda marxista y no marxista. Para enunciar la cuestión lo más someramente posible, digamos que parte de las corrientes socialistas revolucionarias (entre ellas la nuestra y también el SU) partió de la comprensión de que la “globalización” o, para decirlo con un término que nos parece más preciso, mundialización, configuraba un proceso de amplio alcance, que implica un cambio global y radical del capitalismo. Esto es, una nueva fase del capitalismo imperialista, que no era el mero producto de las modas de los 90 sino un proceso estructural, orgánico, con transformaciones profundas y variadas.[iii]

Por su parte, otros sectores del marxismo revolucionario, de manera sumaria y en cierto modo conservadora, rechazaban el concepto mismo de globalización (cualquiera fuera el término que designara el contenido arriba mencionado), considerándolo bien una mera política particular del imperialismo (y que por ende podía ser adoptada o descartada a voluntad), bien “más de lo mismo”, o una campaña puramente ideológica, o lisa y llanamente un “mito”.[iv]

Ni siquiera vamos a intentar resumir los lineamientos centrales de esa elaboración –los interesados pueden remitirse al citado trabajo de R. Ramírez–; sólo haremos mención aquí de una de sus hipótesis centrales. Se trata del carácter mismo de la mundialización, comprendida como una fase profundamente degenerativa del capitalismo, en la que la lógica de reproducción del capital –esto es, la acumulación capitalista– entra en un antagonismo cada vez más violento con la lógica o proceso de reproducción de las sociedades humanas y de la vida misma sobre la Tierra. La tendencia capitalista, discernible desde sus comienzos, de hacer de las actividades “económicas” un campo autónomo y con lógica propia se hace más aguda, y sus consecuencias sociales más calamitosas. A pesar del inmenso desarrollo tecnológico, asistimos asimismo a lo que Marx llamaba transformación de las fuerzas productivas en destructivas, lo que incluye profundas tensiones militaristas. La expansión incontrolada de la lógica del capital y de la dominación imperialista genera tremendas contradicciones y desajustes a nivel de una mayoría sustancial de la humanidad e incluso del propio equilibrio ecológico y energético del planeta.

El SU desde el comienzo de estas tendencias también planteó el carácter novedoso del proceso de mundialización. Sin embargo, nuestras diferencias son visibles en al menos dos problemas importantes. En primer lugar, la innegable propensión a la barbarie del capitalismo imperialista en esta fase, incluido el recurso a la guerra, se plantea de manera exagerada y casi sin contrapesos, lo que conduce, como se verá luego, a desequilibrios de orden político.

Y en segundo lugar, en relación con el impacto de la globalización en la clase trabajadora, también se hace una evaluación desbalanceada, donde se pone el acento sólo o esencialmente en los elementos de destrucción del movimiento obrero tradicional. En consecuencia, tanto los procesos objetivos como los subjetivos de reconstitución y surgimiento de una nueva clase trabajadora quedan muy relegados en el análisis y contribuyen a darle un tinte unilateral a la caracterización del período histórico presente.

Por ejemplo, se visualiza como única contratendencia el fenómeno del movimiento altermundialista y otros movimientos sociales. Esto, por supuesto, no compensa la crisis de las formas tradicionales de organización de la clase obrera, pero se pierden de vista como factor dinámico del análisis los procesos de recomposición de la nueva clase trabajadora tal como aparece hoy. Así, se sostiene que “la novedad extraordinaria es que... el nuevo movimiento social aparece como la fuerza motriz y de iniciativa que encarna el porvenir. Pero la derrota histórica del movimiento obrero tradicional, bajo la dirección socialdemócrata y estalinista, no se ha revertido. El movimiento sindical está lejos de recuperar su posición de antaño” (François Vercammen, La actualidad del movimiento en Europa, Inprecor 491, abril 2004). O, en el mismo sentido, en el Informe al XV Congreso: “No hay que olvidar que los asalariados están globalmente a la defensiva (...) Lo que domina hoy, en una serie de países, es todavía la descomposición del movimiento obrero tradicional, la desindicalización, el descenso en los miembros de los partidos de la izquierda tradicional” (Informe introductorio..., 2.4).

Dos problemas aquí. Primero, la ya mencionada ausencia de toda mención a la nueva (no “tradicional”) clase trabajadora. Inclusive, pelear por que el movimiento sindical “recupere su posición de antaño” es una falsa perspectiva, porque ese movimiento sindical probablemente nunca volverá, o en todo caso lo hará como parte integrante de una nueva reorganización de la clase. Y segundo, se desliza una visión un tanto economicista, en la medida en que se mide la relación de fuerzas exclusivamente por el motivo de las luchas, que normalmente tienen que ver, efectivamente, con la defensa de las conquistas obreras del período precedente, no con una ofensiva por conquistas nuevas. Pero, a decir verdad, sería incongruente con las características de la mundialización ya mencionadas esperar, incluso en condiciones “globalmente ofensivas”, causales inmediatas de la lucha que no parezcan “defensivas”. Por dar dos contraejemplos: por un lado, varios procesos revolucionarios antiguos y recientes tuvieron motivos elementales, casi de supervivencia; por el otro, la supuesta “ofensiva” por nuevas conquistas –en particular en el período 1945-1968– se dio en el marco de una estabilidad política general y una subordinación esencial de las organizaciones obreras a los aparatos burocráticos.

La caída del Muro de Berlín y el “neoliberalismo” 

La evaluación más general que hace el SU de la caída del estalinismo parte de señalar a los hechos de 1989-1991 como un punto de inflexión con efectos contradictorios a escalas temporales distintas. Así por ejemplo, en la Carta a Alex Callinicos se afirma: “El colapso de las dictaduras burocráticas (...) era necesario para limpiar el panorama de las ruinas acumuladas y hacer posible un nuevo comienzo. En la medida en que se inscribió en el contexto de la contrarreforma liberal, significó también, en el corto plazo, un deterioro del equilibrio de fuerzas en detrimento del movimiento obrero (...) Este hecho presentó así consecuencias contradictorias: en el corto plazo, abrió camino a una ofensiva imperialista; en el mediano plazo, preparó el terreno para una reorganización de una izquierda libre de la carga del stalinismo” (Carta..., 1). Esto es lo que Bensaïd, en su libro Marx intempestivo, llamaba la “discordancia de los tiempos” o “discordancia temporal”. Por desgracia, luego veremos que esta evaluación aparentemente equilibrada se desbalancea totalmente en un sentido “pesimista” a la hora de definir la dinámica más general del período. Y en verdad, se acerca mucho más a la percepción absolutamente descompensada y unilateral que hizo el SU hasta al menos 1995, en la medida en que se refería a la caída del Muro de Berlín como una derrota histórica.

En relación con las consecuencias “a corto plazo”, los años 90 fueron sin duda, y en todo sentido, la más reciente edad de oro del capitalismo, y el momento en que logró instaurar, de un modo que se pretendió hacer ver como definitivo, una arrolladora hegemonía social, política, ideológica y cultural.[v] A escala mundial, representó una sucesión de derrotas y fragmentación del movimiento obrero, en diversos terrenos. Primero, el de las relaciones de producción directas y el régimen laboral, con una intensificación en la explotación obrera, tanto en términos de lo que Marx llamaba plusvalía absoluta (extensión lisa y llana de la jornada laboral) como relativa (nuevas formas de organización del trabajo, introducción de nuevas tecnologías, polivalencia funcional, aumento del ritmo de trabajo y la productividad, etc.). Pero también la extensión de formas precarias de contratación y la estabilización de una tasa estructural de desocupación contribuyó a generar relaciones de fuerza claramente favorables a la burguesía, que avanzó en la liquidación o limitación de derechos adquiridos, formas de organización y “poder obrero” en las fábricas y lugares de trabajo.

Este proceso ha sido ampliamente descrito y analizado en el ámbito marxista, y no podemos extendernos sobre él. En cuanto a la definición de las características negativas de ese período, no tenemos mayores diferencias con el SU.[vi] Sin embargo, es en algunos aspectos de la conceptualización donde aparecen serios problemas.

Consideremos, por ejemplo, una expresión representativa entre las muchas en las que el SU se ha referido al período. En el documento Las resistencias a la mundialización capitalista (2000), bajo el subtítulo “Balance de la etapa”, se afirma: “Iniciado en los años 70 en Estados Unidos y el Reino Unido bajo Reagan y Thatcher, el proyecto neoliberal no pudo afirmar de manera efectiva sus ambiciones planetarias más que con la desintegración del bloque soviético después de la caída del Muro de Berlín en 1989 (...) Durante la última década del siglo, el nuevo orden mundial se ha desplegado con fuerza en detrimento de la clase obrera y los sectores populares” (Les résistances à la mondialisation capitaliste, III, 18). Lo que cuestionamos aquí no es la descripción general, sino el uso de la expresión “proyecto neoliberal”, que excede, claro está, lo meramente semántico.

Esto merece aclaración, porque muchas veces, por mor de brevedad y en función de la popularidad del término, se habla de “neoliberalismo” en el sentido de referirse a las características más perversas, antisociales y destructivas del capitalismo actual. Si sólo se tratara de eso, no habría mucho para objetar. Pero en realidad, en todo el espectro de la izquierda reformista y “neoreformista” (y en buena medida, como veremos en la parte programática, también en el SU), el término “neoliberalismo”, lejos de ser una vulgarización periodística del concepto más preciso de capitalismo mundializado actual, pasa a ser una subcategoría, una variante específica del género “capitalista”, con lo que se desliza la idea de que es posible otro tipo de capitalismo, no neoliberal, más “humano”, más “civilizado”, con rostro humano. [vii]

De hecho, la consigna oficial del Foro Social Mundial, “otro mundo es posible”, expresa a la vez, con estudiada ambigüedad, el extendido sentimiento de lo insoportable del funcionamiento del capitalismo actual y la idea de “otra” forma de organización de la sociedad. Naturalmente, el contenido efectivo y las vías de acceso a ese “otro mundo” quedan convenientemente velados, pero la prédica y la práctica de las fuerzas políticas hegemónicas en el FSM, en particular el PT brasileño en el gobierno –anfitrión de hecho de dos de las tres reuniones realizadas hasta ahora y de la próxima cita en Porto Alegre 2005– no dejan espacio para la duda. El gobierno Lula es la demostración cabal de que cuando se habla de “otro mundo” se excluye toda ruptura revolucionaria y toda confrontación real con los capitalistas y el imperialismo en beneficio de una gestión más “sensible”, “humanitaria” o “progresista” del actual orden social capitalista y “neoliberal”... que no se separa en nada esencial del “neoliberalismo”. Ya volveremos sobre esto.

Los nuevos movimientos sociales, la nueva fase y la crisis de alternativa socialista

Volviendo a las características de los 90, el retroceso político e ideológico condujo no sólo a un espíritu de desaliento y una ola de deserciones del proyecto socialista o revolucionario (aunque los casos más flagrantes de conversión al credo del libre mercado fueron protagonizados por ex estalinistas) sino también a una crisis de alternativa socialista, que se mantiene hasta hoy. No obstante, cabe señalar una importante distinción. Durante el período triunfal de la ideología liberal, el capitalismo aparecía no sólo como el único sino como el mejor de los sistemas posibles. Hoy, el socialismo sigue sin ser considerado por las masas como una alternativa presente, pero el consenso del orden capitalista ha bajado drásticamente, especialmente en los países donde fue mayor el impacto de las políticas “neoliberales”.

Precisamente, el fin de la década del 90 marcan la pérdida creciente de legitimidad de las políticas capitalistas clásicas y el comienzo de una recomposición de sectores del movimiento obrero. Asimismo, hace su emergencia, a partir de las movilizaciones en Seattle (1999), el movimiento “altermundialista”. El peso de esta contestación internacional y de impacto masivo a la globalización capitalista es tal que no es exagerado decir que cambia el signo de los tiempos.

Así parecen admitirlo también los documentos del SU: “El movimiento altermundialista (...) marca una auténtica ruptura con el período precedente (...) [y] refleja la existencia... de un proceso de radicalización internacional que probablemente no ha hecho más que comenzar (...) Tratamos aquí con lo que se podría llamar... una ‘experiencia histórica constitutiva’: el marco de una experiencia política común que da forma a la conciencia colectiva de una nueva generación militante (...) Se vuelve posible renovar nuestra reflexión con una base de referencia contemporánea, distinta de la de los años 70 (...) Esta nueva fase de lucha a la que asistimos a nivel internacional permite replantear las cuestiones políticas, pero en un contexto completamente diferente del de los años 1960-1970” (Introducción a Las resistencias..., febrero 2003). E incluso se habla de “un nuevo internacionalismo a una escala sin precedentes. Sólo hay que comparar Florencia [reunión del Foro Social Europeo en 2002] con las movilizaciones europeas más importantes de los 60 (...) para tener una idea de la diferencia. (...) [Hay una] pérdida de hegemonía de las organizaciones estalinistas y socialdemócratas (...) [y un] cambio en las relaciones de fuerza entre los aparatos reformistas y la izquierda revolucionaria” (Carta..., capítulo 3, “Un panorama político transformado”).

Esta entusiástica descripción, sin embargo, no conduce a admitir un cambio en el contexto más general de la lucha de clases. En el fondo, “estos factores no anulan las fuertes tendencias inauguradas a mediados de los años 70” (Resolución..., I,1). Y aunque “se percibe claramente una renovación internacionalista (...) esa renovación sigue siendo tributaria de los retrocesos y derrotas anteriores [y] está asimismo profundamente condicionada por la naturaleza del proceso de mundialización capitalista en curso” (Las resistencias..., I,1).

Como vemos, aunque se hable de la “discordancia de los tiempos” y de los efectos contradictorios de la caída del estalinismo, en el fondo se sigue dando peso decisivo a las consecuencias negativas. Por ejemplo, en el Informe al XV Congreso se presenta la siguiente evaluación: “El conjunto del movimiento obrero, incluyendo los revolucionarios, sigue pagando los efectos de las derrotas del siglo pasado, en particular los estragos causados por el estalinismo. La reconstrucción de una nueva perspectiva revolucionaria llevará tiempo” (Informe introductorio..., 2.4). De esta manera, incluso el surgimiento de un movimiento internacionalista a una escala que se estima (acaso con cierto apresuramiento) superior a la de los 60 no es suficiente para que el SU abandone su lectura “pesimista” y desequilibrada. Que se refiere tanto a los efectos de la caída del Muro de Berlín como al actual momento histórico en su conjunto, problema que más adelante profundizaremos.

Nuestra percepción es claramente distinta, en el sentido de que creemos que a partir del desarrollo del movimiento “altermundialista” (y, con mayor motivo, tras las primeras experiencias revolucionarias del siglo XXI) es posible hablar de una fase de la lucha de clases distinta en lo esencial a la del período anterior. Esto no significa que parte de los elementos que caracterizaron a aquella fase no sigan ejerciendo su influencia –en general negativa– sobre el movimiento obrero y de masas. Pero creemos que la dinámica del actual período opera según coordenadas generales –políticas, ideológicas, sociales y de relaciones de fuerza– que ya no son las de los 90 (y mucho menos, tributarias de las derrotas desde “mediados de los 70”).

Así, mucho más relevante que preocuparnos en advertir que el movimiento altermundialista no cambia las relaciones de fuerza globales nos parece tratar de identificar los nuevos problemas y desafíos que plantea. En ese sentido, una intervención marxista revolucionaria en el seno del movimiento debe partir de considerar su heterogeneidad ideológica y carácter de clase “difuso”, producto de la debilidad de sus lazos orgánicos con el movimiento obrero. Asimismo, resulta decisivo para diseñar políticas y tácticas adecuadas reconocer la existencia de al menos tres alas: la reformista, la “autonomista” (influenciada por Marcos-Holloway-Negri y portadora de fuertes prejuicios antipartido) y la revolucionaria, sin duda la más débil numéricamente.

Otro elemento de análisis que tiene escasa proyección en los textos del SU es el hecho de que los “movimientos sociales”, si bien tienen como punto de encuentro los Foros regionales o mundiales, representan al menos en parte y en algunos casos parte del proceso de recomposición de la nueva clase trabajadora. Las organizaciones de desocupados, por ejemplo, de tradición reciente pero importante en América Latina, así como el proceso de fábricas recuperadas en Argentina, por ejemplo, encarnan una dinámica y una lógica de clase distintas a las de otros movimientos de origen menos social que “ideológico”, como ATTAC y muchas corrientes ecologistas, ONGs, etc.

En todo caso, un problema central en la batalla política e ideológica que deben dar los marxistas revolucionarios en todos los movimientos pasa por enfrentar lo que hemos llamado crisis de alternativa socialista al capitalismo, esto es, el hecho de que la gran mayoría de los luchadores y activistas no vean que se pueda ir más allá del capitalismo. En parte, ése es el origen no sólo de la reconversión al reformismo de muchos ex revolucionarios sino de la moda del “contrapoder”, del “no-poder” y elucubraciones por el estilo. El anticapitalismo honesto de miles de jóvenes y luchadores de vanguardia no ha logrado tener una formulación positiva, que desde el punto de vista marxista sólo puede ser el socialismo, ahora expurgado de la abominable contaminación estalinista. Por eso, parte inseparable de la defensa de la perspectiva socialista es la pelea por un perfil de clase que todavía resulta en muchos casos poco definido. La importancia del clasismo no obedece a un fetiche dogmático, sino a encarnar en un sujeto social –aun con todas las mutaciones del movimiento obrero actual– el horizonte político de la revolución socialista.

III. Revolución en el siglo XXI: pelea estratégica y nuevos desafíos

Los procesos revolucionarios en América Latina

Uno de los elementos clave para la comprensión del nuevo momento político abierto con el cambio de siglo remite no sólo al movimiento “altermundialista” sino a algunas de las experiencias de la lucha de clases más avanzadas de los últimos años que tuvieron lugar en América Latina. El levantamiento indígena en Ecuador en 2000, el Argentinazo de 2001 y las rebeliones de febrero y octubre de 2003 en Bolivia no fueron meras convulsiones coyunturales sino acontecimientos que comienzan a expresar algunas de las tendencias de un nuevo ciclo de la lucha de clases.

Consideramos que estos y otros desarrollos, como las movilizaciones en Perú y la situación política venezolana que tienen lugar en la región presentan, por un lado, aspectos novedosos que deben estudiarse y ponerse en línea con el bagaje teórico previo del marxismo revolucionario, pero a la vez demuestran la vigencia de ciertas lecciones estratégicas que parecían arrumbadas en el desván de los recuerdos. En ese sentido, los procesos revolucionarios del nuevo siglo combinan elementos inéditos y clásicos, lo cual es, en sí mismo, precisamente un rasgo clásico del análisis marxista de las revoluciones.

La relevancia y el peso político de la radicalización de las luchas en América Latina es algo reconocido por el propio documento mundial del SU ya citado de febrero de 2003. Desde sus mismas líneas iniciales, el texto postula la existencia de una “nueva fase del movimiento obrero y social” que “es la resultante de varios factores: [1] el desarrollo de contradicciones internas al nuevo modo de acumulación capitalista globalizado; [2] las resistancias sociales a la ofensiva de las clases dominantes; [3] el surgimiento de una nueva ola de radicalización a través de los movimientos antimundialización (...) [4] en América Latina, una radicalización de campesinos, indígenas y jóvenes que modifica las relaciones de fuerza(...)” (Résolution..., I, 1).[viii]

Lo que llama la atención en esa descripción es la entidad y el orden de las fuerzas sociales que estarían encabezando la “radicalización”. A nuestro entender, se trata de un tratamiento bastante superficial de los procesos políticos del continente, que parecería asimilar a los procesos ecuatoriano y boliviano con los “campesinos e indígenas” y al Argentinazo con la “juventud”. Esta pintura evoca, es cierto, una limitación real de esas experiencias en el sentido de la debilidad de la intervención orgánica de la clase trabajadora, pero termina siendo una simplificación inaceptable. Por dar dos casos que conocemos más de cerca, el Argentinazo no fue en absoluto, ciertamente, una mera acción “juvenil”, mientras que desconocer la presencia no directa, compleja, pero real, del proletariado boliviano en la rebelión de octubre[ix] conduciría a los marxistas revolucionarios a una total desorientación política en ese país.[x]

También es incorrecta la apreciación del lugar de las organizaciones marxistas revolucionarias en el continente sudamericano. Si bien se intenta dar cuenta de “la inestabilidad política y social” que conducirá a “mayores enfrentamientos de clase”, se sostiene que “la paradoja que debemos resolver es que esta radicalización se produce en una situación de debilidad de la izquierda revolucionaria” (Résolution..., I,1).

Esta consideración, a la que no se aporta un contexto apropiado, resulta perogrullesca, vacía de contenido o sencillamente errónea. Si lo que se busca señalar es que la izquierda revolucionaria carece de organizaciones con implantación de masas o que sean vistas como alternativas políticas presentes, eso es de una validez que excede largamente el momento y el lugar en cuestión, y por lo tanto no agrega nada al análisis. El único sentido diferencial posible para tal afirmación sería que la “debilidad” tiene como punto de referencia al período anterior. Pero en ese caso la evaluación es equivocada: la izquierda revolucionaria, que había experimentado un tremendo retroceso y crisis a lo largo de los 90, ha comenzado a recuperar posiciones y ganar influencia al nivel de la vanguardia. Por supuesto, no al extremo de las divagaciones de ciertas organizaciones del trotskismo que, en particular en Argentina, profirieron juicios apresurados sobre una supuesta “influencia de masas” y hasta “el problema del poder”. Pero es innegable que la ubicación de las fuerzas de la izquierda revolucionaria es sustancialmente mejor que en el inmediato período pasado. Hablar de “debilidad” en general, sin cualificación ni contexto, sin establecer el sentido del movimiento de las tendencias operantes en la región y su dinámica más reciente implica abandonar una visión dialéctica del proceso en beneficio de un derrotismo o escepticismo a priori.

Un aspecto decisivo en el que se manifiesta la radicalización del proceso político en América Latina es el hecho de que la mayoría de los gobiernos recientemente electos se presentan como de “centro-izquierda”, “progresistas”, “antineoliberales” y hasta “antiimperialistas”. Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina, Gutiérrez en Ecuador, Mesa en Bolivia, la posible victoria del Frente Amplio en Uruguay y la inestabilidad de Toledo en Perú expresan tanto el hartazgo masivo con las recetas “neoliberales” como los límites actuales de los procesos políticos y sociales que han favorecido este recambio en el personal de gestión del capitalismo en esos países.

Es aquí donde asoman serias diferencias con el SU en cuanto a la evaluación de estos gobiernos. Sin duda, es preciso trascender la generalidad de caracterizarlos como “burgueses” sin más, y es de esencial importancia a la hora de la acción política discernir con la mayor precisión posible sus elementos de continuidad y los de cambio en relación con la oleada anterior de gobiernos “neoliberales” (Sánchez de Lozada, Fernando Henrique Cardoso, la “rosca” venezolana, Menem, Fujimori, Mahuad, blancos y colorados en Uruguay). Pero eso no implica llegar al extremo de sugerir que algunos de estos gobiernos burgueses puedan abrir la posibilidad de un rumbo anticapitalista. En efecto, se dice que “la izquierda [¿Cuál? ¿No tiene ninguna determinación?] gana las elecciones en varios países. Esa izquierda, el PT de Brasil o el Movimiento Pachakutik en Ecuador, está mucho más ligada a los movimientos sociales de lo que lo están las socialdemocracias europeas. Deberá sin embargo elegir [choisir] entre la lógica del mercado, de la mundialización liberal, y la de la satisfacción de las necesidades sociales” (Introducción votada en el XV Congreso del SU, febrero de 2003, al documento “Las resistencias a la mundialización capitalista” de noviembre de 2000, capítulo “Los movimientos y las perspectivas políticas”).

Esta forma de concebir el proceso político y el carácter de los partidos “de izquierda” que llegaron al gobierno en la región ha sido recurrente en el historial político del SU, que supo mantener abierto el crédito de “revolucionarios” a casi toda corriente que encabezara procesos políticos y sociales de trascendencia. Desde el sandinismo hasta Gorbachov, de Tito a Castro, el SU depositó esperanzas en que adoptasen un rumbo revolucionario, por sí o por la “presión de las masas”. Pero la política de fuerzas como el PT o el propio Chávez no es un enigma de final abierto, ni se trata de “gobiernos en disputa”, de sexo indefinido.[xi] Para los marxistas, e incluso para los analistas burgueses serios que venían tomando nota de las señales políticas de Lula y el PT desde un año antes del comienzo de la campaña electoral de 2002, estaba claro que no se trataba de una cuestión de “elegir” un rumbo, sino que el mantenimiento del compromiso con el capitalismo brasileño y la buena relación con los agentes del poder imperialista jamás estuvo en cuestión.

De hecho, las últimas manifestaciones políticas del SU respecto del PT incluso se ven obligadas a reconocer que el gobierno de Lula ha tomado partido claramente por el statu quo capitalista contra los trabajadores y campesinos brasileños. Así, se dice que “las presiones de la administración estadounidense, combinadas con las de las instituciones internacionales –FMI y Banco Mundial– apremian a los gobiernos a reforzar las políticas de ajuste (...) El gobierno Lula ha confirmado la continuidad de los compromisos del Estado brasileño con el FMI. Es considerado incluso uno de sus mejores alumnos” (Informe..., 3.3).

Pero, en primer lugar, esta constatación no conduce a la menor polémica pública con DS y con dirigentes como Raúl Pont o el actual ministro nacional Miguel Rossetto, que defienden abiertamente a Lula y su gestión de gobierno. Y en segundo lugar, se mantiene la concepción de que hay fuerzas políticas “antineoliberales” cuyo carácter político y de clase gira en el vacío. En efecto, se siguen evitando las definiciones cualitativas: “hay que notar la evolución negativa de las corrientes o direcciones que se reclaman del “antiliberalismo” sin reclamarse de una política anticapitalista (...) Esas corrientes, frente a la cuestión del gobierno o del poder, tienen tendencia a adaptarse a la lógica de la ‘gobernabilidad capitalista’. Es el caso del gobierno de Lula en Brasil, de Lucio Gutiérrez en Ecuador (...) y de las oscilaciones de Evo Morales en Bolivia” (Informe, 4.3, “Una presión creciente sobre los PCs y otras corrientes ‘antiliberales’”).

Es francamente especioso referirse a Lula como “tendiendo a adaptarse a la gobernabilidad capitalista”. Primero, no se trata de una mera “tendencia”, sino de un hecho consumado y anunciado como mínimo un año antes, con las giras a EEUU y las garantías de Lula a lo más granado del poder financiero internacional de que sus acreencias serían puntualmente honradas (para no hablar de las múltiples señales que había venido dando la dirección del PT en los años previos). Segundo, no es una simple “adaptación” sino una sólida integración del PT y su dirección, por un lado, a las normas y al juego institucional de la democracia burguesa, y por el otro, a la continuidad de políticas del Estado capitalista, incluyendo la inserción de Brasil en el mercado mundial, la globalización y el sistema político internacional. Ninguna referencia a discursos o medidas tibiamente reformistas o de “expansión de la democracia” (como el Presupuesto Participativo, por ejemplo) puede opacar esta ubicación esencial.

No se trata de una discusión sociológica o académica. En el marco de la nueva fase de la lucha de clases mundial abierta con el cambio de siglo, e independientemente de cualquier diferencia alrededor de los ciclos históricos anteriores, extraer las lecciones correctas de los primeros procesos revolucionarios del nuevo siglo es de importancia trascendental para los marxistas revolucionarios a la hora de redefinir las tareas y el programa de la hora. En ese sentido, es sintomático que la lectura del SU sobre esos procesos sea superficial y extremadamente indulgente en relación con la “izquierda” reformista, cuando en realidad América Latina viene siendo un banco de pruebas donde empiezan a templarse las espadas estratégicas para el nuevo período.

La relación entre partido y movimiento 

Si uno de los signos de la nueva fase política está dado por la emergencia de movimientos sociales amplios de resistencia, uno de los problemas que se plantearon y plantean con renovado vigor en el seno de la izquierda revolucionaria es el tipo de relación que debe establecerse entre el movimiento y los partidos políticos, así como el carácter mismo de éstos últimos.

El punto de vista del SU es en este aspecto paradigmático, y resulta, en contraste con la vaguedad y la renuencia a asumir definiciones fuertes en otros planos, curiosamente taxativo. Así, en el Informe sobre la situación política internacional de febrero de este año, François Ollivier afirma: “Nuestra política de unidad de acción (...) [e] integración en las luchas de masas (...) supone asegurar la autonomía de los movimientos de masas en relación con los partidos políticos para preservar su unidad y eficacia. Debemos extraer, en este punto, las lecciones de la experiencia argentina, en la que cada partido político, incluyendo y sobre todo las organizaciones que se reclaman del trotskismo, tiene su propia proyección en el movimiento de masas, en particular en el movimiento piquetero, agravando así la división en el seno mismo de las fuerzas populares” (Informe..., 6.1).

Aquí se mezclan descripciones parciales con conclusiones abusivas o unilaterales. Para aclarar rápidamente la referencia a Argentina, es innegable que el aparatismo y la mezquindad de varias de las fuerzas de la izquierda trotskista han sido un obstáculo para la progresión de y el desarrollo organizativo y político de sectores del movimiento, e incluso han colaborado a la decadencia de algunas de sus expresiones, como en el caso de las asambleas populares. Perto es injusto y sectario no reconocerlas como expresiones reales, con sus méritos y sus límites, de la vanguardia luchadora. Sobre todo si se tioene en cuenta que el SU –por ejemplo, por intermedio de Daniel Bensaïd en el foro Marxism 2003 en Londres– abrazó de manera apresurada y acrítica la figura de Luis Zamora y su partido como la expresión política más genuina y cabal del proceso del Argentinazo. Lo cual no sólo era equivocado en lo ideológico –Zamora era y es fiel exponente de las ideas de Holloway y el zapatismo– sino, lo que es aún más grave, en el terreno de la lucha social, dado que su partido es, de toda la izquierda argentina, el más claramente ajeno a los movimientos reales, a los luchadores y al proceso de recomposición del movimiento obrero.

Por otra parte, la alternativa de la “autonomía” dista de ser un aporte real al problema de una relación sana entre partidos y movimientos, y representa de hecho una mala solución. En el fondo, el imperativo de “autonomía” a secas sólo abona la postura de los sectores más atrasados y despolitizados del movimiento, que se quejan de la influencia de los “partidos políticos” y pretenden encorsetar el movimiento en marcos reivindicativos estrechos. Reemplazar el aparatismo sectario por la renuncia a la lucha política stricto sensu en aras de la autonomía –por otra parte imposible– es quizá menos antipático y más acorde a los sentimientos (y prejuicios) de la base de los movimientos, pero no ayuda a que éstos avancen en el sentido de tomar definiciones políticas globales. Y la pelea contra estos prejuicios, claro está, no tiene por qué implicar en absoluto la transformación mecánica de los movimientos en partidos o en meras colaterales de éstos.[xii]

La izquierda revolucionaria tiene que enfrentar el problema del rechazo a los partidos, que reconoce diversos orígenes. François Vercammen, del Comité Internacional del SU, enumera algunas: “el profundo descrédito de la vida política institucional y su degradación por parte de los medios, la connivencia entre las cúpulas de ciertas grandes organizaciones del movimiento y los partidos tradicionales, la política de subsidios a las ONGs, el sectarismo de las organizaciones revolucionarias...” (La actualidad del movimiento en Europa, febrero 2004). El inconveniente es que el “sectarismo” no se superará mediante la línea de menor resistencia que propone el SU, que “resuelve” el problema de la relación entre partido y movimientos de la manera más simple: queda prohibido al partido hacer nada que se pueda interpretarse como violación a la sacrosanta autonomía de los movimientos, a la que se pone por encima de toda consideración política y/o de clase.

Probablemente, en el caso de la LCR francesa, hay una adaptación acrítica a la tradición de su propio movimiento obrero. Es sintomático que los compañeros citen, en sus polémicas con el SWP, por ejemplo, la Carta de Amiens (declaración de la CGT francesa de 1906 en la que se declara independiente de todos los partidos, incluidos los socialistas) como respaldo a su postura “respetuosa de la autonomía de los movimientos”. Pero esta postura plantea dos problemas. En primer lugar, la tradición marxista revolucionaria sobre la relación entre organizaciones de masas y partidos no ha sido nunca la de alentar su “independencia política” sin más y en general, sino en todo caso la de su independencia respecto de los partidos burgueses. Los marxistas siempre han batallado por que las organizaciones obreras y de masas asuman definiciones políticas, y esto incluye inevitablemente la pelea por el derecho de las organizaciones políticas de la clase obrera a presentar sus propuestas e intentar que los organismos de masas las adopten. Esto no implica avasallar nada, sino lograr que las visiones globales sobre el conjunto de los problemas implicados (y eso es lo que representan los partidos) sean debatidas por las masas trabajadoras de la manera más franca y democrática posible. Por supuesto, siempre existe el peligro de que tal o cual partido trate de imponer su punto de vista de manera antidemocrática. Pero esgrimir contra él talismanes históricos u organizativos es inútil o malintencionado, ya que cortar de cuajo la participación formal de los partidos sólo servirá para que alguna de las diversas corrientes que se reclaman “antipartido” o “antipolíticas” hegemonice el movimiento... para su propia política, que suele no ser de independencia de clase ni mucho menos revolucionaria.

En el fondo, esta mirada que cede terreno a prejuicios muchas veces reales (pero otras inexistentes) tiene su refracción específica también en la concepción misma de qué clase de partido debe construirse. No vamos a referirnos aquí a esa cuestión en toda su entidad; sólo dejaremos señalado que consideramos que existe coherencia lógica entre el “autonomismo” mal entendido y la idea general de la construcción de partidos “amplios sin delimitación estratégica”, es decir, no definidos entre reforma y revolución. A decir verdad, esta última propuesta no es explícitamente defendida por la mayoría del SU, sino por algunos sectores y dirigentes como el escocés Murray Smith. Sin duda, Smith comete el error metodológico de dar validez de principio general a la experiencia del SSP, el Partido Socialista Escocés, sin aportar sustento teórico o fáctico para semejante extrapolación: No obstante, en último análisis Smith no hace más que llevar hasta el extremo lógico la evaluación del SU sobre los grandes problemas estratégicos en el terreno de la teoría del partido revolucionario. Y aunque el SU no asuma la perspectiva de Smith como válida para Francia (donde las tensiones de la construcción de la LCR operan seguramente como contrapeso), veremos luego que la práctica constructiva puesta en marcha en Brasil no se desvía demasiado de la “amplitud estratégicamente no delimitada”. En el mismo sentido, en diversos documentos se hace hincapié en la tarea de construir “partidos anticapitalistas amplios”, cuya definición estratégica es deliberadamente vaga.[xiii]

Renovación del debate estratégico

Desde el punto de vista político, sin duda una de las consecuencias de mayor alcance del “giro de Seattle” y la radicalización de las luchas en América Latina es el regreso, bien que bajo nuevas formas y condiciones, de los problemas de estrategia política. En particular, vuelve al plano ideológico la lucha entre reformistas y revolucionarios, que recoge elementos nuevos pero que retoma también definiciones muy clásicas. Crecientemente, el debate sobre reforma o revolución sale de la literatura marginal y las capillas de secta para instalarse en el primer plano político dentro de una vanguardia masiva.

En principio, el SU pareciera tomar nota de esta cuestión crucial. Por ejemplo, en el curso de su discusión con el SWP inglés, aun señalando contradicciones y límites, se admite que “el debate estratégico que había estado en su lecho de muerte en las dos últimas décadas se vuelve a retomar. Para decirlo brevemente: ¿quién vencerá, el socialismo o la barbarie? La pregunta es más pertinente que nunca” (Carta..., capítulo 1, “Sobre la periodización de la actual etapa”).

Sin embargo, en otros textos el alcance de este regreso queda completamente relativizado: “Sobre algunas cuestiones estratégicas... el desarrollo del movimiento altermundialista ya permite renovar la reflexión sobre la base de una nueva experiencia histórica. Pero esta radicalización no va al mismo ritmo con el regreso de otras cuestiones estratégicas (...) la cuestión del poder y de las vías para conquistarlo está fuera del terreno de los debates que atraviesan a los movimientos” (Informe..., capítulo “Los movimientos y las perspectivas políticas).

Esto es un error, incluso considerando que el debate en el seno de los movimientos en Europa no es el mismo que en la vanguardia latinoamericana, acaso menos ideológica, pero más radical y de mayor extensión y raigambre social. De hecho, una de las corrientes principales actuantes en el movimiento altermundialista es la que hemos denominado “autonomismo”, algunos de cuyos principales referentes son el Subcomandante Marcos y John Holloway. Pues bien, si hay algo que caracteriza el pensamiento de ambos es precisamente su abordaje explícito al problema del poder, al que dan una solución aparentemente distinta tanto a la del reformismo como a la de los marxistas revolucionarios. La idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder” es ni más ni menos que un pensamiento y una orientación estratégicas, del mismo modo que lo es afirmar que “otro mundo es posible”... sin revolución, a través de tal o cual mecanismo institucional (la “democracia participativa”) o económico (la tasa Tobin y la reducción de la deuda del Tercer Mundo).

En el fondo, y a pesar de las reales diferencias teóricas, la práctica política de reformistas y autonomistas tiende a converger estratégicamente en el sentido de la adaptación a las instituciones y el Estado vigentes. El parloteo sobre el “contrapoder” y sobre la constitución de “nuevas lógicas sociales” no en reemplazo de la del Estado y la sociedad capitalista sino en sus intersticios –como teorizan Marcos, Holloway y corrientes como la Aníbal Verón en el movimiento piquetero argentino– conduce invariablemente al establecimiento de formas de “convivencia” con el Estado capitalista que resultan en la práctica indistinguibles del reformismo clásico.

En todo caso, tanto el neoreformismo como el autonomismo tienen un pensamiento estratégico bien definido. Y como los procesos revolucionarios del nuevo siglo contribuyen a poner sobre la mesa “la cuestión del poder y de las vías para conquistarlo”, es por tanto una tarea indelegable de los marxistas revolucionarios tallar en la discusión. También aquí, la concepción equivocada del SU sobre lo que debe ser la “autonomía política” de los movimientos, que ya hemos mencionado, es un obstáculo para que en ese debate estratégico que ya existe se plantee el punto de vista marxista de la necesidad de una revolución contra el Estado y las demás instituciones burguesas.

Nuevamente, es en América Latina donde las coordenadas de debate estratégico se ponen más a la orden del día. La versión definitiva de la resolución “Una nueva situación mundial”, del XV Congreso del SU, señala: “Esta polarización extrema de la lucha de clases exacerba las relaciones y los debates en el seno de la izquierda en América Latina sobre la estrategia a adoptar”. Esto está en franca contradicción con la afirmación precedente sobre que la cuestión del poder está “fuera del terreno de los debates”. De lo que se trata, más bien, es de que el SU adopta una postura que se aparta de las formulaciones clásicas del marxismo revolucionario: “El prejuicio [parti pris] unilateral de ‘reforma o revolución’ cede hoy el paso a la urgencia de combinar reforma y revolución para ‘transformar el orden establecido’, como proponía Rosa Luxemburgo” (Una nueva situación mundial, V,3).

Más adelante veremos cuál es el sentido profundo del rechazo visceral a considerar la coordenada político-ideológica que separa reforma y revolución como una divisoria estratégica relevante para hacer política hoy. Sólo dejaremos sentado aquí que discrepamos totalmente con esta interpretación del pensamiento de Rosa Luxemburgo, como si su trabajo pionero Reforma o revolución no hubiera dejado claro que la eventual “combinación” de reforma y revolución (siendo que, por otra parte, la postura marxista clásica es que las reformas son sólo el subproducto de la lucha revolucionaria) en ningún caso puede considerarse una difuminación de la frontera entre dos estrategias irreconciliables en las que se jugaba, y se juega, la “razón de ser” del proyecto socialista revolucionario.

Nuevos desafíos y responsabilidades. Reagrupamiento y nueva Internacional

Como reconocen varios documentos oficiales del SU, la nueva fase política inaugurada desde 1999-2000 abre nuevos e inmensos desafíos y oportunidades para el marxismo revolucionario.[xiv] Esto no es una frase hecha, sino que admite una constatación a la luz de la ubicación que han logrado diversas fuerzas y corrientes de la izquierda revolucionaria, en particular la de origen trotskista, en algunos de los procesos políticos y sociales más importantes de los últimos años. Las rebeliones en América Latina (a pesar de la inexplicable caracterización de “debilidad” de la izquierda revolucionaria en la región que hace el Documento Mundial del XV Congreso del SU, ya citado) y el movimiento antiguerra en Europa, así como algunos procesos electorales en ese y otros continentes, muestran una ubicación en varios casos importante del marxismo revolucionario, muy distinta a la marginalidad absoluta a la que lo condenaron los 90. Es en este nuevo contexto de empezar a asumir responsabilidades reales en sectores por lo general de vanguardia pero con una proyección política potencialmente de masas que se reabre la cuestión del reagrupamiento de los marxistas revolucionarios y la perspectiva de la lucha por una nueva internacional revolucionaria, junto con otros niveles de coordinación internacional para la acción y el debate (los movimientos y redes globales, foros, etc.).

La discusión involucra el problema de los objetivos, de los actores y del método (esto es, el quién, el cómo y el para qué). Y en todos estos planos asoman posiciones del SU que entendemos ambiguas o equivocadas. El debate tiene aquí una relevancia difícil de exagerar, porque se trata de cómo definir la intervención de los marxistas revolucionarios en un proceso inédito desde hacía décadas: la conformación de una práctica internacionalista real y de incidencia política efectiva, si bien a diferentes niveles.

Consideremos el nivel de los movimientos y de sus expresiones organizadas como los Foros Sociales. Aquí, el SU plantea una falsa dicotomía que deja fuera de cuadro el problema principal. Se habla de “participar plenamente en la reorganización del movimiento popular. No se trata de cultivar el ‘propio perfil’, como señalaba Marx a propósito de los sectarios, sino que corresponde que cada corriente, en vez de defender ‘su trotskismo’ o ‘su identidad’ defienda un programa que muestre que los revolucionarios no tienen ‘intereses distintos a los de su clase’” (Informe introductorio..., febrero 2003, 4.1). Así expresado, esto es insuficiente y además un malentendido. Por supuesto, existen sectas para las que no hay nada más importante que demostrarle al universo su propia singularidad y la perversión de los demás. Pero es inaceptable simplificar las tareas del marxismo revolucionario a no caer en la tentación y librarse del mal del sectarismo, junto con esgrimir el “programa” que los muestre como los portavoces más consecuentes de los intereses de la clase obrera.

Los compañeros del SU no pueden disolver las cuestiones políticas y tácticas de la intervención en los movimientos mediante el mero recurso al Manifiesto Comunista (de donde se tomó la definición citada del rol de los revolucionarios). Los Foros Sociales no son sólo “un lugar de convergencia antiliberal, anticapitalista, antiguerra; la demostración práctica de que se puede resistir a la mundialización capitalista” (Informe sobre la situación internacional, febrero 2004, 5.1): son también, y cada vez más, una arena de lucha política y estratégica. Su forma de funcionamiento basada en el consenso y su programa exigen por parte de la izquierda revolucionaria –a la que, por otra parte, los sectores reformistas buscan excluir de los Foros y de sus decisiones– una política común que vaya más allá de la simple enunciación propagandística.

No alcanza con asistir a eventos como el de Mumbay (Bombay) 2004, o el próximo Foro Social Mundial en Porto Alegre 2005, con un programa que demuestre que no los revolucionarios no defienden “intereses distintos a los de su clase”. Es decisivo enfrentar al neoreformismo y a la “izquierda gubernamental” –que hoy está en el poder en países decisivos de América Latina, por ejemplo, en primer lugar– y su tentativa de transformar los Foros Mundiales en eventos diplomáticos donde se trata de lo humano y lo divino, donde no se resuelven campañas concretas y donde, hoy, se maquilla la política posibilista de gobiernos como el de Lula, que justamente no representan ninguna “resistencia a la mundialización capitalista”. La visión del SU sobre los Foros, muy poco crítica en relación con este y otros problemas, implica eludir la cuestión de cómo, con quiénes y sobre qué ejes los marxistas revolucionarios debemos pelear políticamente en los Foros.[xv]

Esta propensión a la ausencia de toda diferenciación política con reformistas de todo pelaje (¡que no es lo mismo que afirmar sectariamente el “propio perfil”!) no debiera sorprender cuando se observan otros potenciales socios del SU para “reagrupamientos pluralistas de izquierda, anticapitalistas y antiimperialistas”, es decir, un estadio políticamente más elevado que los Foros Sociales. Así, por ejemplo, se mencionan a un mismo nivel las Conferencias de la Izquierda Anticapitalista en Europa –en las que las corrientes revolucionarias o “radicales” tienen un peso decisivo– y el Foro de San Pablo, cuya pérdida de impulso se deplora (Rol y tareas de la IV Internacional, XV Congreso, febrero 2003, 8.3). Recordemos que en el Foro de San Pablo, inspirado por el PT brasileño, el PRD mexicano y el castro-estalinismo latinoamericano, la nota dominante fue en todo momento, más allá de los discursos, coherente con la estrategia de todos ellos de alianza con la burguesía “nacional y progresista” de la región y totalmente comprometida con el mantenimiento del statu quo capitalista. ¡Y estos especímenes son mencionados nada menos que en el capítulo titulado “Hacia una nueva internacional revolucionaria de masas” del documento de orientación del XV Congreso!

Es un error garrafal por parte de una corriente revolucionaria generar expectativas en un ámbito que, por otra parte, ni siquiera expresa un punto de agrupamiento de sectores reales de la vanguardia o de organizaciones sociales (como sí lo son los Foros), sino meros encuentros diplomáticos del neoreformismo latinoamericano. En cierto modo, un error de apreciación de este tipo se cometió con Rifondazione Comunista (PRC) de Italia, en el sentido de alentar esperanzas no en el PRC como organización sino en las cualidades izquierdistas de Fausto Bertinotti.[xvi]

Justamente, en lo que hace a la necesidad de esa “nueva internacional revolucionaria de masas” se plantea, de manera legítima, la cuestión de su origen y carácter: ¿se tratará de la renovación de la IV fundada por Trotsky, de una V con otros atributos; se definirá como antineoliberal, anticapitalista, revolucionaria..? En nuestra opinión, la cuestión del “número” debería quedar abierta en la medida en que no aparezcan aún interlocutores efectivos producto de ascensos o procesos revolucionarios.[xvii]

No obstante, corresponde efectuar algunas consideraciones. En primer lugar, nos parece evidente que una nueva internacional no puede ser un mero foro antineoliberal expandido; en ese sentido, no cabe suponer que los Foros de Porto Alegre representen ningún “embrión” de Internacional, ni por sus componentes, ni por su programa, ni por su proyección estratégica.[xviii] Y en segundo lugar, ya en el terreno del reagrupamiento entre los revolucionarios, y aunque el SU esgrima la necesidad de delimitarse de las sectas estériles, decir que “la unidad de los revolucionarios sobre la base la sola referencia a la revolución socialista no tiene funcionalidad política” (Informe introductorio..., 4.4) es tirar el niño junto el agua sucia, y abre la puerta al vale todo en el plano estratégico.

Seguramente, la mera declamación de principios ultrarrevolucionarios, por sí sola, no resuelve nada. El problema reside en que en realidad lo que para el SU “no tiene funcionalidad política” no es la referencia sectaria a la revolución socialista, sino toda referencia a ella. Y eso es el resultado de una ubicación equivocada de las tareas del período histórico, del programa y de la relevancia actual del acervo estratégico clásico del marxismo revolucionario. A esto nos referiremos en los capítulos que siguen.

IV. Una comprensión equivocada de la etapa y sus consecuencias programáticas

Antes de entrar en materia, cabe efectuar dos aclaraciones. La primera se relaciona con la importancia que le atribuimos al debate con el SU sobre los problemas de periodización de la lucha de clases, en la medida en que, como ya enunciáramos al comienzo, se trata de una corriente histórica que ha mantenido una elaboración sistemática –independientemente de cualquier juicio de valor– sobre política internacional. Esto resulta a la vez un mérito en sí mismo y una ventaja a la hora de plantear la polémica sobre bases comunes, dado que incluso para disentir es imprescindible partir de cierto “marco común” general. Que en este caso no es otro que la comprensión de la necesidad misma de hacer una periodización, que en cierta medida operará como determinación fuerte en el plano del análisis, la estrategia y el programa. Este criterio metodológico parece y es elemental para un marxista, pero nos vemos en la obligación de recordarlo frente a la realidad de otras corrientes que carecen de él.[xix]

La segunda aclaración, también de orden metodológico, es dejar en claro que el núcleo de toda esta polémica con el SU no consiste esencialmente en nuestras diferencias en nuestra percepción de las relaciones de fuerza internacionales. Centrar la discusión en ese problema corre el riesgo de transformar la discusión en un intercambio de hipótesis indemostradas y previsiones acaso aventuradas. Por otra parte, resultaría fatuo y hasta ridículo que, desde nuestra ubicación doblemente limitada (primero, por escribir desde los márgenes y no desde el centro del mundo capitalista, y segundo, por hacerlo como parte de una corriente sin peso de masas ni consolidada) pretendamos erigirnos en los poseedores del “verdadero” análisis. Con esta elemental cautela, mantenemos nuestras críticas al SU con respecto a su periodización de la lucha de clases.

Sin embargo, el nudo de la cuestión es otro. En primer lugar, la mirada del SU sobre el actual período resulta convenientemente funcional a una estrategia y un programa que se chocan con las necesidades del presente. [xx] Aquí ya no se trata de especulación teórica o histórica, sino que existe un laboratorio vivo de la lucha de clases que pone a prueba análisis y políticas, como se vio y se ve en Brasil, en Bolivia, en el movimiento altermundialista, en el Argentinazo, etc. Y en segundo lugar, aun si el SU tuviera razón contra nosotros, su repliegue programático sería injustificado y peligroso, como luego desarrollaremos.

Una periodización desenfocada

Ya hemos señalado cómo el SU insiste en que vivimos bajo el influjo de una etapa de derrotas históricas para el movimiento obrero iniciada hacia mediados de los 70. Seguramente, parte de ese largo período reviste varias de las características que describen los documentos oficiales. Sin embargo, consideramos que mantener sin cambios el signo general de un período de 30 años en el que se han dado acontecimientos histórico-mundiales de enorme significación resulta poco convincente. Máxime cuando se reconocen modificaciones “parciales” a ese panorama tan negativo, que son a su vez relativizadas conforme a un dudoso método de “sumas y restas” que roza la arbitrariedad.

Tomemos por ejemplo, la ya citada Carta a Alex Callinicos de Bensaïd, Crémieux, Duval y Sabado (diciembre 2002): “...ahora se están abriendo nuevos horizontes para la izquierda revolucionaria –el contraste con los siniestros años 80 es evidente– pero en un contexto en el que la espiral de derrotas no se ha quebrado: las huelgas de 1995 no frenaron la privatización de France Telecom y las reformas neoliberales de Alain Juppé; la intifada ha crecido, pero de hecho el estado sionista ha reocupado los territorios palestinos; el movimiento antiguerra se ha desarrollado, pero en diez años EE.UU. y la OTAN intervinieron en el Golfo Pérsico, los Balcanes y Afganistán; las crisis se acumulan en América Latina (Bolivia, Paraguay, Venezuela, Ecuador, Colombia) y Lula ganó las elecciones presidenciales en Brasil, pero el PT multiplica las garantías ‘preventivas’ en beneficio de las instituciones financieras internacionales; la izquierda revolucionaria europea ha logrado por primera vez resultados electorales significativos, pero Le Pen pasó a la segunda ronda en las elecciones presidenciales francesas y la extrema derecha avanza en Austria, Holanda e Italia.

“Estamos presenciando, entonces, una fuerte resistencia política y social y una polarización de las relaciones de clase (...). Sin embargo, el contexto global sigue siendo desfavorable para las clases populares. Las oleadas de resistencia de mediados y fines de los 90 aún no han logrado revertir la fuerte tendencia a la ofensiva neoliberal de las últimas décadas”.

Hemos citado in extenso porque resulta palmaria la incongruencia de ciertas comparaciones. Algunas, de hecho, ponen en un mismo plano elementos no equiparables: ¿acaso pesan más las “garantías” del PT que la crisis social y política global de toda Sudamérica? En todo caso, no es extraño que con este modo tan peculiar de ponderar las relaciones de fuerza el balance dé siempre negativo. De hecho, en el fondo el pesimismo histórico que trasuntan los análisis del SU reconoce como matriz una mirada con rasgos economicistas, poco política.[xxi] Es de allí que deviene esta periodización a nuestro juicio anacrónica, que desbroza el camino a toda una serie de consecuencias de orden estratégico.

Sin duda, no faltan en la literatura del SU referencias a los aspectos que han cambiado positivamente en el último lustro. Por ejemplo, se afirma que “hemos entrado en una fase mundial de radicalización comparable en amplitud, aunque el contexto es completamente diferente, a la fase de radicalización de los años 1960/1970” (Introducción..., “La amplitud del giro en curso”). Inclusive en cierto modo se sugiere que, a diferencia de lo afirmado en la Resolución, el período actual no pertenece a la misma etapa inaugurada en los 70: “Estamos hoy en una situación transitoria entre el fin de toda una fase histórica del movimiento obrero y el surgimiento de un nuevo ciclo. Esta transición está marcada por el fin del estalinismo, la transformación social-liberal de la socialdemocracia y el surgimiento de nuevas fuerzas políticas y sociales, proceso que está apenas en sus comienzos” (Informe introductorio..., 3.1). Asimismo, se reconoce el marco diferente entre el XIV Congreso (1995), signado por la restauración capitalista en el Este y las derrotas en América Latina, y el Congreso de 2003, “un nuevo contexto político e ideológico, favorable a la politización (...) Hay hoy (...) resistencias y polarización” (Idem, introducción). Y, finalmente, “El viraje en la situación mundial ha roto el sentimiento de impotencia política y el fatalismo en los medios militantes (...) La clase obrera se encuentra todavía a la defensiva y en una posición de debilidad, pero la izquierda radical se levanta y retoma la iniciativa política en una escala amplia” (Rol y tareas..., 1.3).

Sin embargo, al mismo tiempo que se señala la transición, se subraya que las tendencias dominantes siguen siendo las de las derrotas del período anterior, y que la reorganización y reconstrucción del movimiento obrero y las fuerzas revolucionarias se medirá en términos de décadas. Se admite que la resistencia y las luchas de los movimientos sociales aportan “elementos clave de reorganización... pero no se encuentran todavía en situación de crear las condiciones para modificar en profundidad las relaciones de fuerza en el seno del mundo del trabajo (...) Se abren espacios (...) pero las fuerzas radicales todavía encuentran dificultades para ocuparlos de manera plena. Seguimos pagando el precio de las derrotas del siglo pasado, la reconstrucción es larga” (Informe sobre..., 5.2). Casi la misma formulación se advertía en el XV Congreso: “El fin de los años 90 ha visto modificaciones en las relaciones de fuerzas entre las clases (...) El movimiento antiglobalización es una expresión parcial de esta evolución (...) Sin embargo, esas modificaciones no invierten las tendencias a largo plazo iniciadas hace más de veinte años. La ofensiva liberal persiste (...) Estos retrocesos sociales... nos recuerdan el estado actual de las relaciones de fuerza” (Informe introductorio..., 2.1, 2.2 y 2.3). Y, en el mismo sentido: “La mutación histórica del movimiento social no se encuentra sino en su fase inicial. Ante nosotros se encuentra un largo período de reconstrucción (...) Es largo y difícil el recorrido que se abre entre el momento presente –en el que la reorganización del movimiento obrero comienza– y la etapa ulterior, cuando el cambio cualitativo de la relación de fuerzas entre las clases relanzará batallas ofensivas a nivel internacional, creando el clima ideológico y político propicio a la perspectiva socialista” (Rol y tareas..., 1.3).

Resulta muy significativa aquí la admisión implícita de que, como tendremos que atravesar un “largo y difícil período de reconstrucción” hasta la “etapa ulterior”, que recién entonces será “propicia a la perspectiva socialista”, en realidad el socialismo como perspectiva está absolutamente fuera del horizonte político del presente. Como vemos, se siguen acumulando premisas para la nueva ubicación programática y estratégica que luego examinaremos más en detalle.

Hay una acentuación a nuestro juicio excesiva de los elementos de continuidad de la fase actual con el período de derrotas precedente, a la vez que se minimizan o relativizan las contratendencias, que no habrían hecho más que empezar a recorrer un largo camino. Esta ubicación exageradamente defensiva resulta, a su vez, una justificación para una práctica política que, como hemos señalado en relación con la actividad del SU en los movimientos, y en particular en los Foros Sociales, adquiere rasgos propagandistas y poco proclives a la lucha política.

El conjunto de las variables de análisis presentes en los textos del SU puede ser interpretada conforme a la misma clave. Pongamos el caso del imperialismo. Por supuesto, no tiene sentido adscribir a los pseudoanálisis “optimistas” –a los que es tan afecto cierto trotskismo latinoamericano– que convierten a EEUU en un tigre de papel. Pero el SU sobreenfatiza las capacidades militares del imperialismo (sobre todo el yanqui), al punto de adoptar sin matices ni reservas la controvertida categoría de “mundialización armada” (tomada de Claude Serfati) y de anunciar recurrentemente el estallido de la “Cuarta Guerra Mundial”. En contraste, si bien se hace mención de las contradicciones políticas y la crisis de hegemonía ideológica de EEUU, la ponderación de estos factores queda absolutamente desequilibrada en favor de una potencia estadounidense casi todopoderosa.

Curiosamente, esa concepción que pone como uno de los centros del análisis del imperialismo el plano de la supremacía militar se combina con una teoría más “opaca” de la dominación imperialista, adelantada por Daniel Bensaïd. Según él, “desde el fin de la Guerra Fría, las apuestas mezcladas de los conflictos impiden cualquier aproximación maniquea en términos de buenos y malos” (Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren, 2001).

Esto resulta sorprendente, porque un rasgo peculiar del imperialismo actual es que el ejercicio de su dominación adopta formas crecientemente “transparentes”, menos veladas y con una justificación ideológica cada vez más lábil (lo que explica, entre otras cosas, el debilitamiento de la hegemonía yanqui en el terreno ideológico). No obstante, para Bensaïd, “no estamos más en la era de las guerras de liberación y de intereses relativamente simples entre dominadores y dominados. De ello resulta un entrecruzamiento de intereses y una rápida reversibilidad en las posiciones (...) Todavía no poseemos las claves de la morfogénesis del universo político estratégico que ha comenzado” (Idem). Los ejemplos de Bensaïd (la Guerra del Golfo, los Balcanes, incluso Malvinas) no parecen muy a propósito para ilustrar su punto de vista. Y la idea de que en el conflicto entre Irán e Iraq se imponía el “derrotismo revolucionario frente a estas dos formas de despotismo” es simplemente absurda. Recordemos: el derrotismo (es decir, defender la derrota del propio país como mal menor) había sido la postura levantada por Lenin y el ala revolucionaria de la II Internacional durante la I Guerra Mundial, que era una guerra interimperialista. Proponer el derrotismo en una guerra entre dos países oprimidos por el imperialismo (que azuzó alternativamente a uno y otro bando) es un dislate: la única y evidente postura revolucionaria es el llamado a la paz inmediata y a la detención de la guerra fratricida. Que los gobiernos sean “despóticos” o no, no hace a la cuestión.

Citamos este caso porque ilustra bien la tendencia del SU a pasar por alto, en casos de guerra, el factor de la relación entre imperialismo y país dominado en beneficio del factor del régimen político. Un ejemplo es el enfoque equivocado de la LCR cuando la agresión de EEUU a Afganistán después del atentado a las Torres Gemelas: en vez de poner el centro en el rechazo a la invasión, se sostuvo la ambigua postura “ni Bush ni talibán”. Es paradójico que una corriente que alerta (incluso de manera exagerada) contra el militarismo estadounidense, llegado el momento de oponérsele termina poniendo un signo igual entre los “promotores de la Cuarta Guerra Mundial” y el régimen “despótico” de uno de los países más atrasados del mundo.

Un retroceso en las definiciones programáticas que abre la puerta al reformismo

Un tema que ha causado bastante revuelo en la extrema izquierda mundial fue la reciente decisión de la LCR de abjurar de la “fórmula” de dictadura del proletariado. Por supuesto, la verdadera discusión no versa sobre si viejos conceptos deben o no sufrir una adaptación de forma, sino sobre el sentido general de lo que significa sostener una política y un programa revolucionarios en el siglo XXI.[xxii] Por eso, aunque mucho menos espectacular que el “abandono de la dictadura proletaria”, resulta acaso más revelador el deslizamiento programático que se advierte en los documentos oficiales del SU. En nuestra opinión, se está verificando un peligroso retroceso, tanto más cuanto que se apoya no sólo en una visión que creemos unilateral del período histórico actual, sino, lo que es más grave, en un enfoque metodológico equivocado.

Hay dos elementos que están prácticamente ausentes del programa, o que reciben un tratamiento por completo formal, de observación meramente ritual: el punto de vista de clase como criterio guía y la referencia a la revolución socialista como marco ordenador estratégico.

Consideremos, por ejemplo, el documento Las resistencias a la mundialización capitalista (noviembre de 2000). Allí, a la hora de definir los ejes programáticos para la “convergencia de las resistencias al orden neoliberal”, se propone el siguiente esquema:

“Debe reafirmarse el objetivo de la igualdad social frente al crecimiento de las desigualdades y la pobreza que favorece el capitalismo contemporáneo. La igualdad entre hombres y mujeres es, en este terreno, un test importante. La garantía de los derechos universales, empezando por el salario mínimo, es el punto de partida concreto sobre el que debe apoyarse todo progreso social. El sistema impositivo debe ser, en una sociedad democrática, el medio para redistribuir la riqueza y alimentar los fondos sociales. Los sectores de las agriculturas tradicionales deben recibir los medios para estabilizarse y progresar (infraestructura, créditos, precios garantizados). Se trata en cada oportunidad de dar prioridad a la igualdad por sobre la búsqueda de lo rentabilidad capitalista.

La economía mundial debe reorganizarse sobre bases racionales. El fanatismo del librecambio debe abandonarse en beneficio de la afirmación del derecho de los países a decidir [maîtriser] su inserción en el mercado mundial y a organizar formas de cooperación regional” (Las resistencias..., III, 21).

Después de estos sorprendentes “ejes programáticos” se hace mención de la anulación de la deuda, a utilizar “de manera socialista” los avances de la productividad, reducir la jornada de trabajo, administrar los servicios públicos “más cerca de los ciudadanos” y la nacionalización de bancos y las empresas de transporte y energía. Todo el punto programático finaliza con un acertijo: “Se trata de oponer al modelo de crecimiento capitalista una concepción alternativa de desarrollo que tenga como sus objetivos prioritarios responder a las necesidades sociales de las mayorías”. Parafraseando a Oscar Wilde, se trata de una “concepción alternativa” que no se atreve a decir su nombre...

Resulta paradójico que una de las (pocas) críticas del SU al FSM sea precisamente la de exigir una definición sobre cuál es el “otro mundo posible”, cuando en su propio programa el socialismo está sencillamente ausente, reemplazado por menciones enigmáticas, elipsis y sobreentendidos. Un ejemplo palmario de este juego del escondite con las definiciones es la críptica afirmación de que “la economía mundial [¡nada menos!] debe reorganizarse sobre bases racionales”. ¿Cuáles, exactamente? ¿Socialistas o capitalistas “no neoliberales”?

En verdad, ese breve apartado (del que no hemos omitido nada esencial) resulta tan revelador en lo que dice como en lo que no dice. Porque además de la significativa omisión de casi cualquier referencia al socialismo y a la clase trabajadora y del ordenamiento errático de las propuestas, que carece de un encadenamiento lógico e incurre en la enumeración caótica, lo que se defiende presenta muchas aristas problemáticas.

Veamos algunas de ellas. El sistema impositivo es, efectivamente, un medio de distribución de la riqueza. Pero es un medio que deja incólume el fundamento del orden social capitalista, basado en la propiedad de los medios de producción. Es por eso que limitar el reclamo a la “redistribución” es la coartada perfecta del reformismo en todo el mundo para evitar definiciones en sentido anticapitalista.[xxiii]

En cuanto al impulso a las formas de agricultura tradicional, no se dice una palabra sobre qué hacer con la agroindustria capitalista: ¿hay coexistencia, reemplazo, o qué? La respuesta, en todo caso, habrá que buscarla en Brasil, donde el ministro Miguel Rossetto, militante de la sección brasileña del SU, no halla ningún inconveniente en dar aliento, desde un gobierno burgués por donde se lo mire, a las “agriculturas tradicionales”, sin el menor perjuicio para las multinacionales del agrobusiness.

Ni hablar de la insólita defensa del derecho de los países (¿y los pueblos?) a decidir “su inserción en el mercado mundial” y “organizar formas de cooperación regional”. ¡Esto puede ser parte del reclamo de cualquier burguesía, pero no un “eje programático” de los socialistas revolucionarios, que debieran ir un poco más allá de exigir el derecho a elegir qué modalidad de capitalismo van a adoptar sus países! En América Latina, por ejemplo, ¿significa esto que el SU luchará codo a codo con los sectores burgueses que alientan un Mercosur perfectamente capitalista, y que no cuestiona en absoluto la hegemonía imperialista sobre la región?

A decir verdad, una lectura atenta del programa en cuestión da la impresión de parecerse más a las enunciaciones generales de los partidos socialdemócratas de fines del siglo XIX que a una corriente que, en el siglo XXI, haya sacado lecciones clave como el rol de la democracia burguesa y sus instituciones en la construcción de la hegemonía ideológica del orden capitalista. Por el contrario, todas las alusiones van en el sentido de asumir las consignas democráticas sin la menor reserva marxista, al punto que casi relevan los motivos ligados a la clase trabajadora.

Inclusive, se llega a una especie de teorización en el sentido de cierta “incompatibilidad estructural” entre las características del capitalismo de hoy y las formas democráticas.[xxiv] Se afirma, por caso, que “el rechazo del actual orden mercantil presenta hoy un alcance más democrático que socialista. Pero esta exigencia democrática afirma también una dimensión ciudadana e igualitaria tanto más progresista cuanto que la mundialización neoliberal tiende a vaciar de todo contenido la misma democracia burguesa (...) No es tanto la soberanía nacional lo que está aquí en cuestión, sino la soberanía democrática y popular (...) La mundialización capitaalista cuestiona la posibillidad misma de hacer elecciones políticas (...) En ese contexto, la exigencia democrática ciudadana, aun elemental, adquiere una nueva dinámica subversiva” (Las resistencias..., 2, 14).

Que esta ubicación no es fruto de una coyuntura se ve demostrado por el informe al XV Congreso. Allí, como “hecho nuevo del período”, se señala que se puede integrar las reivindicaciones de las luchas inmediatas con “cuestiones estratégicas y programáticas que determinan las grandes líneas de un programa de urgencia democrático y social anticapitalista”. ¿En qué consisten esas “grandes líneas programáticas”? Veamos: “la exigencia de democracia a todos los niveles (...), una lógica de las necesidades sociales que sustituya a la de la ganancia capitalista (...) una defensa de los derechos elementales. Se puede buscar apoyo incluso en la Declaración universal de los derechos del hombre contra la lógica liberal que recuestiona esos derechos básicos. Esto pasa por una nueva reflexión sobre la cuestión de la soberanía nacional en los países dominados (...) En las luchas por el empleo, no hay que dudar, aun cuando sea en el terreno de la propaganda, en adelantar la necesidad de una irrupción en la propiedad privada para frenar los despidos y retomar, contra las privatizaciones, todas las perspectivas de apropiación pública y social” (Informe introductorio, 4.2).

Una vez más el mismo patrón: el plano de clase y socialista del programa queda totalmente desdibujado en beneficio de un claro predominio de motivos democráticos desprovistos de connotación anticapitalista, salvo cuando se intenta deslizar que la democracia (a secas, sin determinación clasista) adquiere per se, “objetivamente”, esa connotación. En contraste, los motivos anticapitalistas aparecen raleados, desjerarquizados y confinados al “terreno de la propaganda”.

El único atisbo de crítica a la panacea democrática aparece en el documento Rol y tareas de la IV Internacional, al hacer referencia a un programa transicional para América Latina: “la cuestión de la democracia política, de reapropiación de los derechos confiscados, tanto como el carácter, alcance y límites de una orientación de democracia participativa a nivel local o municipal” (Rol y tareas..., 7.3). Aquí, en verdad, el tono general es de asumir sin más un programa de “democracia política” (¿burguesa, obrera, popular..? Misterio), pero al menos parecería haber “límites”. No obstante, al no hacerse ningún balance serio (ni de ninguna otra clase) de la lamentable experiencia de gestión de DS en Porto Alegre con el Presupuesto Participativo, toda discusión sobre los “límites” permanece en el plano de la abstracción, y lo que queda como residuo práctico es el programa de democracia “pura”.

Lo que vuelve realmente grave este curso político es que es el propio SU el que considera imprescindible una renovación, al punto de hablar de “refundar el programa de transición”. De hecho, se afirma que “el nuevo período histórico... exigirá una verdadera refundación programática (...) Ese programa ha de incorporar el balance crítico de 150 años del movimiento obrero (...) Se trata de un verdadero desafío en la medida en que la lucha política... no cesa y que toda organización activista tiene necesidad... de ofrecer sus respuestas inmediatas” (Rol y tareas..., 7.1).

Pero también aquí, a la hora del “debate programático-estratégico que envuelve al conjunto de los problemas de la lucha por el socialismo”, el primer punto para la discusión es “formular un programa universal sobre las necesidades sociales y los derechos humanos a partir de la crisis ecológica mundial, de la regresión social generalizada, de la extrema pobreza de la mayoría de la humanidad y de las desigualdades sociales en el mundo del trabajo” (Rol y tareas..., 7.2). Nuevamente, estamos en presencia de un retroceso en toda la línea desde las posturas programáticas clásicas del marxismo revolucionario, en las que las coordenadas de clase cumplen un papel esencial.

Lo objetable es que, a despecho de los aires “renovadores”, la supuesta “refundación programática” no tiene ninguna densidad estratégica: es una declaración de buenas intenciones, verdades generales y defensa de derechos, insistimos, al mejor estilo de la vieja socialdemocracia. En este sentido, es un serio error metodológico acomodar el programa histórico a las características de un determinado período, especialmente si éste es de retroceso, como supone el SU. El texto citado mezcla los planos del programa general y de un balance de siglo y medio con las “respuestas inmediatas”. Incluso si la periodización que propone el SU fuera correcta y estuviéramos frente a un “largo período de reconstrucción” en el que la idea de revolución socialista quedará confinada a la propaganda, es peligroso y confuso mezclar la dimensión política de la etapa presente con las definiciones programáticas centrales y las lecciones estratégicas que representan el núcleo del acervo teórico-político del marxismo revolucionario.

Esta operación, además de espuria en lo metodológico, alimenta los riesgos de perder todo parámetro político y toda brújula estratégica, como enseguida veremos. En verdad, el tipo de “renovación programática” que propone el SU sólo podría justificar su alcance si se apoyara en una evaluación comprehensiva y exhaustiva de la experiencia histórica que demuestre, sin lugar a dudas, que las coordenadas que tradicionalmente habían marcado hasta aquí las fronteras programáticas y estratégicas ya no están vigentes y deben ser reemplazadas. Se trata de una conclusión que el SU sugiere de manera velada, pero que no se atreve a anunciar a plena luz. Por supuesto, una investigación semejante debería extremar los recaudos metodológicos, teniendo en cuenta que los reformistas y renegados de todas las épocas se propusieron muchas veces invalidar el punto de vista revolucionario por “anacrónico” o “poco realista para los tiempos que corren”.

Pero precisamente tales recaudos están ausentes en el análisis del SU, que tememos que mezcla las dimensiones temporales y le