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Una
polémica con el Secretariado Unificado (IV Internacional)
Tareas,
programa y estrategia para el actual momento histórico
Por
Marcelo Yunes
Socialismo o Barbarie (revista), Nº 17/18, noviembre 2004
Parte
esencial de la elaboración de cualquier organización política marxista
revolucionaria seria es intentar formular una periodización que ubique la
coyuntura particular que se vive en una perspectiva histórica más
amplia, a fin de definir las coordenadas básicas que enmarcan la vida política
del momento en cuestión. Este desafío, aunque requiere de un estudio
concienzudo de las tendencias operantes en la lucha de clases a diversos
niveles –económico, político, social, ideológico, etc.– no es ni
exclusiva ni fundamentalmente una tarea sólo intelectual o descriptiva,
sino que es impensable sin un marco de referencia teórico-político, sin
una matriz desde la cual comprender y concebir la realidad. Dialécticamente,
ese marco, que aporta el ángulo de enfoque del análisis, se ve a su vez
puesto a prueba a cada momento; exige reajustes y correcciones, es al
mismo tiempo un punto de partida y un resultado.
Algunos
de los mayores cimbronazos en la historia política del marxismo fueron y
son, justamente, expresión del estallido de una óptica que encuadra de
manera equivocada el panorama de la lucha de clases en su conjunto, su
horizonte y las tareas que plantea. Este error de perspectiva puede
deberse bien a vicios de origen, bien a un desacomodamiento del encuadre
como resultado de acontecimientos históricos que lo superan, bien a ambos
factores.
En
esta misma edición se pasa revista a algunos de los problemas y límites
fundamentales en las matrices teóricas del movimiento marxista
revolucionario y trotskista desde la posguerra. Lo que aquí intentaremos
es abordar un aspecto más acotado en el tiempo pero decisivo a la hora de
identificar nuestra ubicación como corriente marxista internacionalista:
una sucinta aproximación a la caracterización más general del período
histórico actual, sus rasgos distintivos y los desafíos que propone a
los marxistas. Por supuesto, los problemas y tareas del período histórico
tienen una traducción política y programática, que a su vez se expresará,
en el caso de los partidos que actúan en la arena de la lucha de clases
nacional y regional, en una práctica política que debe ser concordante
con la visión más global.
En
ese sentido, uno de los objetivos de este texto es no sólo aportar
nuestra comprensión –sin duda aproximativa y provisoria, pero con un
signo claramente definido– sino introducir una polémica sobre este tema
con una de las corrientes más importantes del marxismo revolucionario de
hoy, el Secretariado Unificado (SU) de la IV Internacional.[i]
Para ello, nos basaremos en sus elaboraciones políticas más recientes y
también, en la medida en que esa conceptualización asume consecuencias
teóricas y estratégicas, en algunos de los pasos políticos que han dado
algunas de las organizaciones pertenecientes a esa corriente, en
particular de dos de las más fuertes: la Liga Comunista Revolucionaria
(LCR) de Francia y Democracia Socialista (DS) de Brasil.
I.
Los antecedentes históricos de la actual periodización
Cabe
en primer lugar aclarar lo que no vamos a hacer: un análisis (ni
siquiera esquemático) de los procesos revolucionarios del siglo XX y sus
consecuencias. En lo que respecta a la segunda posguerra, los problemas teóricos
más gruesos están señalados en el texto de R. Sáenz en esta misma
edición. Nos limitaremos aquí a dar un contexto extremadamente resumido
y basado en algunas definiciones conceptuales generales antes de pasar, ya
en un nivel mayor de detalle, al período histórico abierto en 1989. La
utilidad de este repaso –que hará hincapié sólo en algunos elementos,
los que hacen al replanteo de problemas estratégicos y a la formulación
de nuevas tareas– se hará evidente más adelante.
Consideramos
que es posible efectuar un intento de periodización de la historia política
desde la época de la lucha de clases abierta, según Lenin, con el
estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 (la “época de guerras y
revoluciones”) considerando tres grandes ciclos. Como hemos dicho, del
tercero (1989 en adelante) nos ocuparemos luego.
De
la revolución rusa a la Segunda Guerra
El
primer ciclo de la lucha de clases de lo que varios historiadores
llamaron “el corto siglo XX” (1914-1989, por oposición al “largo
siglo XIX”, que abarca el período entre 1789 y 1914) sienta sus bases
generales con el inicio de la Primera Guerra Mundial, pero su “comienzo
político” no es otro que la revolución rusa de 1917, y se
extiende (con diversos momentos en su seno) hasta la Segunda Guerra
Mundial.
Lo
que nos interesa aquí no es, claro está, ofrecer un panorama del período,
sino señalar algunas de las coordenadas políticas y estratégicas que
dieron contexto a la elaboración teórica del marxismo revolucionario. En
primer lugar, se trata del período más “clásico”, en el
sentido del desencadenamiento de procesos revolucionarios que se
encuadraban dentro de los patrones teórico-políticos que los fundadores
del marxismo revolucionario del siglo XX –Lenin, Trotsky, Luxemburgo–
habían desarrollado a partir de la actualización de la genuina tradición
marxista del siglo XIX.
En
un planeta (y en particular una Europa) en plena convulsión e
inestabilidad social, política y económica, la tónica de las
revoluciones del período fue su profundo contenido socialista, de
autoorganización y autodeterminación de la clase trabajadora,
visible sobre todo en los levantamientos nacidos al influjo de la revolución
rusa de 1917 (Alemania, Hungría), pero también en la gran revolución de
los años 30, la española.
En
segundo lugar, la respuesta contrarrevolucionaria de las burguesías y el
imperialismo tenía como herramienta fundamental los regímenes de fuerza
basados en el enfrentamiento directo a las masas revolucionarias: el
fascismo y el bonapartismo. Con el retroceso y derrota de la primera
oleada revolucionaria (hasta 1923), y luego en la sucesión de derrotas
para la clase trabajadora que fue la década del 30, se afirmó como vía
de freno a la revolución un tipo de régimen político que se demostró
en ese momento más efectivo que la democracia burguesa tradicional.
Una de las marcas del período fue que ésta última sufriera un
debilitamiento tremendo como mediación entre el choque de la revolución
y la contrarrevolución. Quizá el caso más emblemático de este
deterioro de la democracia como forma institucional apta para encauzar la
vida política y social bajo el capitalismo en crisis haya sido el colapso
de la República de Weimar en Alemania (1823-1933).[ii]
Por
último, una coordenada fundamental operante en esta etapa es el hecho de
que la revolución socialista internacional, como horizonte estratégico,
como programa político, como “fantasma” actuante y amenaza real al
orden capitalista, siguió siendo, desde 1917 y hasta el
establecimiento del “nuevo orden mundial” resuelto en Yalta y Potsdam
al término de la Segunda Guerra, parte viva del mapa político.
El
período de la Guerra Fría
El
segundo ciclo de lucha de clases abarca el período entre 1945
y1989 (luego haremos mención de algunos de los hitos políticos que
marcan subperíodos). La “polarización” del mundo en dos grandes
bloques y la Guerra Fría (con su complemento, la “coexistencia pacífica”
y la división del mundo en esferas de influencia entre EEUU y la URSS)
marcan, en combinación con otros elementos que enseguida veremos, un
rasgo político esencial del período. Se trata de que, en el paradójico
marco del desarrollo de grandes procesos revolucionarios y
antiimperialistas, lo que tiene lugar es no obstante una salida de
escena de la revolución socialista mundial como perspectiva estratégica
y como ideología, tanto en el seno de las masas como en la lógica política
de la etapa.
Porque,
a diferencia del período signado por la revolución rusa, el período
post Yalta presenta una combinación de variables relacionadas con la
lucha de clases y la vida orgánica del capitalismo mundial que bloqueaba
o no favorecía el desarrollo de una contestación obrera y socialista.
Por un lado, el período llamado de los “treinta gloriosos” configuró
un marco global de estabilización y fortalecimiento de la economía
capitalista mundial, por lo menos hasta los años 70. En el terreno
político, el desarrollo del “Estado de bienestar”, sobre todo –pero
no exclusivamente– en los países adelantados, aportó la base material
para la reinstalación de la democracia burguesa como régimen político
“normal” y estable de la burguesía, contrapuesto al “sistema
político totalitario” del bloque soviético (operación hegemónica
cuyo influjo se deja sentir aun hoy).
Los
grandes movimientos sociales y políticos del período tuvieron por lo
general como uno de sus centros fundamentales la lucha contra la opresión
y explotación política y económica de la mayor parte de los países del
mundo, pertenecientes a la periferia colonial o ex colonial e imperial. Y
aunque esos movimientos lanzaron a la vida política a ingentes masas
populares y protagonizaron grandes revoluciones, retrospectivamente, no
puede dejar de advertirse que su impronta general era, ideológicamente,
de orden nacionalista y/o antiimperialista, no socialista, y socialmente,
populares y/o campesinas, sin protagonismo de la clase trabajadora como
tal (con la evidente excepción de la revolución boliviana de 1952) y
con la tremenda mediación de direcciones políticas no obreras sino
burocráticas y/o guerrilleras.
Este
límite de origen visible en el conjunto de los procesos revolucionarios
de todo el período en cuestión tuvo como una de sus expresiones la
afirmación de un orden social “alternativo” bajo una perspectiva
general de coexistencia con y subsistencia en el capitalismo global.
Subsumido bajo ese horizonte, el nudo de la estrategia político-social de
las grandes corrientes políticas del período –el estalinismo en sus
versiones soviética y maoísta, los partidos-ejército guerrilleros, los
movimientos nacionalistas burgueses del “Tercer Mundo”– no era la
extensión internacional de la revolución sino, por el contrario, la
consolidación de un fuerte Estado nacional como barrera y mediación
frente al imperialismo (en particular el de EEUU). Este estatismo,
cuyo contenido social iba desde el capitalismo keynesiano hasta las
sociedades burocráticas no capitalistas, y cuya forma política solía
tender a la dictadura de partido único, es lo que confusa y trágicamente
vino a operar, en el terreno político-ideológico, en nombre y como sucedáneo
de un “socialismo” cuyas auténticas premisas políticas orgánicas
estaban ausentes.
Las
excepciones a este curso general, sociales (el resurgimiento de las luchas
obreras, en particular después de 1968, en Europa y otras regiones) o políticas
(el internacionalismo revolucionario mal orientado pero honesto del Che
Guevara; el rol independiente de algunas de las fuerzas provenientes del
trotskismo), no alcanzaron a configurar una contratendencia global.
Incluso el manifiesto período de ascenso entre 1968 (simbolizado por el
Mayo francés) y 1975, en el que se sucedieron procesos como el del
movimiento obrero italiano a inicios de los 70, la resistencia a la guerra
de Vietnam, rebeliones en América Latina como el Cordobazo (1969) y las
Asambleas Populares en Bolivia (1971), no logró revertir el signo general
de la etapa.
Por
otra parte, conviene establecer una cierta separación entre los treinta años
transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra, por un lado, y el lapso
entre mediados de los 70 y 1989, por el otro. En verdad, ambos períodos
comparten la característica esencial ya mencionada, el alejamiento de la
perspectiva auténtica socialista de revolución internacional y
emancipación de la clase trabajadora. Sin embargo, en la segunda parte de
esta etapa aparecen elementos novedosos que deben tomarse en consideración.
En
el plano económico, se desata una crisis global cuyas raíces no
pretendemos dilucidar aquí; sólo dejaremos señalado que la explicación
pasa menos por las peculiaridades de la renta petrolera que por el
agotamiento de una forma de funcionar del capitalismo mundial. El
“Estado de bienestar” (él mismo un subproducto y un “tributo”
pagado a las masas por la burguesía para resguardar la estabilidad social
en la inmediata posguerra) se volvía una traba creciente para las
exigencias del orden del capital. Así se gestó la ofensiva
privatizadora, antiobrera y antiregulacionista encabezada por Reagan-Thatcher
durante los 80, y más en general la nueva fase de mundialización del
capital.
En
el otro “polo” político de la Guerra Fría, se desarrollaban cada vez
más abiertamente las tremendas contradicciones económicas de los estados
burocráticos del Este que desembocarían en el colapso (la URSS después
de la fallida perestroika de Gorbachov) o la adopción de medidas
abiertamente procapitalistas (la China de Deng Xiaoping desde 1978). Además,
durante la década del 80 no hubo revoluciones triunfantes y sí, en
cambio, un claro retroceso de los últimos procesos revolucionarios del
período precedente (Irán, Nicaragua). El auge del reaganismo-thatcherismo
en los 80 significó una década de derrotas en el movimiento obrero
internacional que preanunciaban un retroceso aún más profundo en la
relación de fuerzas durante casi todos los 90.
II. La fase abierta en
1989 y sus tendencias fundamentales
La
mundialización del capital: imperialismo, barbarie y la nueva clase
trabajadora
Aunque
pocos términos han sido más bastardeados y maltratados recientemente que
“globalización”, cabe considerar que se trata de un tema que generó
en su momento una amplia dentro de la izquierda marxista y no marxista.
Para enunciar la cuestión lo más someramente posible, digamos que parte
de las corrientes socialistas revolucionarias (entre ellas la nuestra y
también el SU) partió de la comprensión de que la “globalización”
o, para decirlo con un término que nos parece más preciso, mundialización,
configuraba un proceso de amplio alcance, que implica un cambio global
y radical del capitalismo. Esto es, una nueva fase del capitalismo
imperialista, que no era el mero producto de las modas de los 90 sino
un proceso estructural, orgánico, con transformaciones profundas y
variadas.[iii]
Por
su parte, otros sectores del marxismo revolucionario, de manera sumaria y
en cierto modo conservadora, rechazaban el concepto mismo de globalización
(cualquiera fuera el término que designara el contenido arriba
mencionado), considerándolo bien una mera política particular del
imperialismo (y que por ende podía ser adoptada o descartada a voluntad),
bien “más de lo mismo”, o una campaña puramente ideológica, o lisa
y llanamente un “mito”.[iv]
Ni
siquiera vamos a intentar resumir los lineamientos centrales de esa
elaboración –los interesados pueden remitirse al citado trabajo de R.
Ramírez–; sólo haremos mención aquí de una de sus hipótesis
centrales. Se trata del carácter mismo de la mundialización, comprendida
como una fase profundamente degenerativa del capitalismo, en la que
la lógica de reproducción del capital –esto es, la acumulación
capitalista– entra en un antagonismo cada vez más violento con la lógica
o proceso de reproducción de las sociedades humanas y de la vida misma
sobre la Tierra. La tendencia capitalista, discernible desde sus
comienzos, de hacer de las actividades “económicas” un campo autónomo
y con lógica propia se hace más aguda, y sus consecuencias sociales más
calamitosas. A pesar del inmenso desarrollo tecnológico, asistimos
asimismo a lo que Marx llamaba transformación de las fuerzas productivas
en destructivas, lo que incluye profundas tensiones militaristas. La
expansión incontrolada de la lógica del capital y de la dominación
imperialista genera tremendas contradicciones y desajustes a nivel de una
mayoría sustancial de la humanidad e incluso del propio equilibrio ecológico
y energético del planeta.
El
SU desde el comienzo de estas tendencias también planteó el carácter
novedoso del proceso de mundialización. Sin embargo, nuestras diferencias
son visibles en al menos dos problemas importantes. En primer lugar, la
innegable propensión a la barbarie del capitalismo imperialista en
esta fase, incluido el recurso a la guerra, se plantea de manera exagerada
y casi sin contrapesos, lo que conduce, como se verá luego, a
desequilibrios de orden político.
Y
en segundo lugar, en relación con el impacto de la globalización en la
clase trabajadora, también se hace una evaluación desbalanceada, donde
se pone el acento sólo o esencialmente en los elementos de destrucción
del movimiento obrero tradicional. En consecuencia, tanto los procesos objetivos
como los subjetivos de reconstitución y surgimiento de una nueva
clase trabajadora quedan muy relegados en el análisis y contribuyen a
darle un tinte unilateral a la caracterización del período histórico
presente.
Por
ejemplo, se visualiza como única contratendencia el fenómeno del
movimiento altermundialista y otros movimientos sociales. Esto, por
supuesto, no compensa la crisis de las formas tradicionales de
organización de la clase obrera, pero se pierden de vista como factor dinámico
del análisis los procesos de recomposición de la nueva clase
trabajadora tal como aparece hoy. Así, se sostiene que “la novedad
extraordinaria es que... el nuevo movimiento social aparece como la fuerza
motriz y de iniciativa que encarna el porvenir. Pero la derrota histórica
del movimiento obrero tradicional, bajo la dirección socialdemócrata y
estalinista, no se ha revertido. El movimiento sindical está lejos de
recuperar su posición de antaño” (François Vercammen, La
actualidad del movimiento en Europa, Inprecor 491, abril 2004).
O, en el mismo sentido, en el Informe al XV Congreso: “No hay que
olvidar que los asalariados están globalmente a la defensiva (...)
Lo que domina hoy, en una serie de países, es todavía la descomposición
del movimiento obrero tradicional, la desindicalización, el descenso en
los miembros de los partidos de la izquierda tradicional” (Informe
introductorio..., 2.4).
Dos
problemas aquí. Primero, la ya mencionada ausencia de toda mención a la nueva
(no “tradicional”) clase trabajadora. Inclusive, pelear por que el
movimiento sindical “recupere su posición de antaño” es una falsa
perspectiva, porque ese movimiento sindical probablemente nunca
volverá, o en todo caso lo hará como parte integrante de una nueva
reorganización de la clase. Y segundo, se desliza una visión un tanto economicista,
en la medida en que se mide la relación de fuerzas exclusivamente
por el motivo de las luchas, que normalmente tienen que ver,
efectivamente, con la defensa de las conquistas obreras del período
precedente, no con una ofensiva por conquistas nuevas. Pero, a decir
verdad, sería incongruente con las características de la mundialización
ya mencionadas esperar, incluso en condiciones “globalmente
ofensivas”, causales inmediatas de la lucha que no parezcan
“defensivas”. Por dar dos contraejemplos: por un lado, varios procesos
revolucionarios antiguos y recientes tuvieron motivos elementales, casi de
supervivencia; por el otro, la supuesta “ofensiva” por nuevas
conquistas –en particular en el período 1945-1968– se dio en el marco
de una estabilidad política general y una subordinación esencial de las
organizaciones obreras a los aparatos burocráticos.
La
caída del Muro de Berlín y el “neoliberalismo”
La
evaluación más general que hace el SU de la caída del estalinismo parte
de señalar a los hechos de 1989-1991 como un punto de inflexión con efectos
contradictorios a escalas temporales distintas. Así por ejemplo, en
la Carta a Alex Callinicos se afirma: “El
colapso de las dictaduras burocráticas (...) era necesario para limpiar
el panorama de las ruinas acumuladas y hacer posible un nuevo comienzo. En
la medida en que se inscribió en el contexto de la contrarreforma
liberal, significó también, en el corto plazo, un deterioro
del equilibrio de fuerzas en detrimento del movimiento obrero (...)
Este hecho presentó así consecuencias contradictorias: en el corto
plazo, abrió camino a una ofensiva imperialista; en el mediano
plazo, preparó el terreno para una reorganización de una izquierda
libre de la carga del stalinismo” (Carta..., 1). Esto es lo
que Bensaïd, en su libro Marx intempestivo, llamaba la
“discordancia de los tiempos” o “discordancia temporal”. Por
desgracia, luego veremos que esta evaluación aparentemente equilibrada se
desbalancea totalmente en un sentido “pesimista” a la hora de definir
la dinámica más general del período. Y en verdad, se acerca mucho más
a la percepción absolutamente descompensada y unilateral que hizo el SU
hasta al menos 1995, en la medida en que se refería a la caída del Muro
de Berlín como una derrota histórica.
En relación con las
consecuencias “a corto plazo”, los años 90 fueron sin duda, y en todo
sentido, la más reciente edad de oro del capitalismo, y el momento en que
logró instaurar, de un modo que se pretendió hacer ver como definitivo,
una arrolladora hegemonía social, política, ideológica y cultural.[v]
A escala mundial, representó una sucesión de derrotas y fragmentación
del movimiento obrero, en diversos terrenos. Primero, el de las relaciones
de producción directas y el régimen laboral, con una intensificación en
la explotación obrera, tanto en términos de lo que Marx llamaba plusvalía
absoluta (extensión lisa y llana de la jornada laboral) como relativa
(nuevas formas de organización del trabajo, introducción de nuevas
tecnologías, polivalencia funcional, aumento del ritmo de trabajo y la
productividad, etc.). Pero también la extensión de formas precarias de
contratación y la estabilización de una tasa estructural de desocupación
contribuyó a generar relaciones de fuerza claramente favorables a la
burguesía, que avanzó en la liquidación o limitación de derechos
adquiridos, formas de organización y “poder obrero” en las fábricas
y lugares de trabajo.
Este proceso ha sido
ampliamente descrito y analizado en el ámbito marxista, y no podemos
extendernos sobre él. En cuanto a la definición de las características negativas
de ese período, no tenemos mayores diferencias con el SU.[vi]
Sin embargo, es en algunos aspectos de la conceptualización donde
aparecen serios problemas.
Consideremos,
por ejemplo, una expresión representativa entre las muchas en las que el
SU se ha referido al período. En el documento Las resistencias a la
mundialización capitalista (2000), bajo el subtítulo “Balance de
la etapa”, se afirma: “Iniciado en los años 70 en Estados Unidos y el
Reino Unido bajo Reagan y Thatcher, el proyecto neoliberal no pudo
afirmar de manera efectiva sus ambiciones planetarias más que con la
desintegración del bloque soviético después de la caída del Muro de
Berlín en 1989 (...) Durante la última década del siglo, el nuevo orden
mundial se ha desplegado con fuerza en detrimento de la clase obrera y los
sectores populares” (Les résistances à la mondialisation
capitaliste, III, 18). Lo que cuestionamos aquí no es la descripción
general, sino el uso de la expresión “proyecto neoliberal”,
que excede, claro está, lo meramente semántico.
Esto
merece aclaración, porque muchas veces, por mor de brevedad y en función
de la popularidad del término, se habla de “neoliberalismo” en el
sentido de referirse a las características más perversas, antisociales y
destructivas del capitalismo actual. Si sólo se tratara de eso, no habría
mucho para objetar. Pero en realidad, en todo el espectro de la izquierda
reformista y “neoreformista” (y en buena medida, como veremos en la
parte programática, también en el SU), el término
“neoliberalismo”, lejos de ser una vulgarización periodística del
concepto más preciso de capitalismo mundializado actual, pasa a
ser una subcategoría, una variante específica del género
“capitalista”, con lo que se desliza la idea de que es posible otro
tipo de capitalismo, no neoliberal, más “humano”, más
“civilizado”, con rostro humano. [vii]
De
hecho, la consigna oficial del Foro Social Mundial, “otro mundo es
posible”, expresa a la vez, con estudiada ambigüedad, el extendido
sentimiento de lo insoportable del funcionamiento del capitalismo actual y
la idea de “otra” forma de organización de la sociedad. Naturalmente,
el contenido efectivo y las vías de acceso a ese “otro mundo” quedan
convenientemente velados, pero la prédica y la práctica de las fuerzas
políticas hegemónicas en el FSM, en particular el PT brasileño en el
gobierno –anfitrión de hecho de dos de las tres reuniones realizadas
hasta ahora y de la próxima cita en Porto Alegre 2005– no dejan espacio
para la duda. El gobierno Lula es la demostración cabal de que cuando se
habla de “otro mundo” se excluye toda ruptura revolucionaria y toda
confrontación real con los capitalistas y el imperialismo en beneficio de
una gestión más “sensible”, “humanitaria” o “progresista”
del actual orden social capitalista y “neoliberal”... que no se separa
en nada esencial del “neoliberalismo”. Ya volveremos sobre esto.
Los
nuevos movimientos sociales, la nueva fase y la crisis de alternativa
socialista
Volviendo
a las características de los 90, el retroceso político e ideológico
condujo no sólo a un espíritu de desaliento y una ola de deserciones del
proyecto socialista o revolucionario (aunque los casos más flagrantes de
conversión al credo del libre mercado fueron protagonizados por ex
estalinistas) sino también a una crisis de alternativa socialista, que
se mantiene hasta hoy. No obstante, cabe señalar una importante
distinción. Durante el período triunfal de la ideología liberal, el
capitalismo aparecía no sólo como el único sino como el mejor de los
sistemas posibles. Hoy, el socialismo sigue sin ser considerado por las
masas como una alternativa presente, pero el consenso del orden
capitalista ha bajado drásticamente, especialmente en los países donde
fue mayor el impacto de las políticas “neoliberales”.
Precisamente,
el fin de la década del 90 marcan la pérdida creciente de legitimidad de
las políticas capitalistas clásicas y el comienzo de una recomposición
de sectores del movimiento obrero. Asimismo, hace su emergencia, a partir
de las movilizaciones en Seattle (1999), el movimiento “altermundialista”.
El peso de esta contestación internacional y de impacto masivo a la
globalización capitalista es tal que no es exagerado decir que cambia
el signo de los tiempos.
Así
parecen admitirlo también los documentos del SU: “El movimiento
altermundialista (...) marca una auténtica ruptura con el período
precedente (...) [y] refleja la existencia... de un proceso de
radicalización internacional que probablemente no ha hecho más que
comenzar (...) Tratamos aquí con lo que se podría llamar... una ‘experiencia
histórica constitutiva’: el marco de una experiencia política común
que da forma a la conciencia colectiva de una nueva generación
militante (...) Se vuelve posible renovar nuestra reflexión con una
base de referencia contemporánea, distinta de la de los años 70 (...)
Esta nueva fase de lucha a la que asistimos a nivel internacional permite replantear
las cuestiones políticas, pero en un contexto completamente diferente
del de los años 1960-1970” (Introducción a Las resistencias...,
febrero 2003). E incluso se habla de “un nuevo internacionalismo a una
escala sin precedentes. Sólo hay que comparar Florencia [reunión del
Foro Social Europeo en 2002] con las movilizaciones europeas más
importantes de los 60 (...) para tener una idea de la diferencia. (...)
[Hay una] pérdida de hegemonía de las organizaciones estalinistas y
socialdemócratas (...) [y un] cambio en las relaciones de fuerza entre
los aparatos reformistas y la izquierda revolucionaria” (Carta...,
capítulo 3, “Un panorama político transformado”).
Esta
entusiástica descripción, sin embargo, no conduce a admitir un cambio en
el contexto más general de la lucha de clases. En el fondo, “estos
factores no anulan las fuertes tendencias inauguradas a mediados de
los años 70” (Resolución..., I,1). Y aunque “se percibe
claramente una renovación internacionalista (...) esa renovación sigue
siendo tributaria de los retrocesos y derrotas anteriores [y] está
asimismo profundamente condicionada por la naturaleza del proceso de
mundialización capitalista en curso” (Las resistencias..., I,1).
Como
vemos, aunque se hable de la “discordancia de los tiempos” y de los
efectos contradictorios de la caída del estalinismo, en el fondo se
sigue dando peso decisivo a las consecuencias negativas. Por ejemplo,
en el Informe al XV Congreso se presenta la siguiente evaluación:
“El conjunto del movimiento obrero, incluyendo los revolucionarios, sigue
pagando los efectos de las derrotas del siglo pasado, en particular
los estragos causados por el estalinismo. La reconstrucción de una nueva
perspectiva revolucionaria llevará tiempo” (Informe introductorio...,
2.4). De esta manera, incluso el surgimiento de un movimiento
internacionalista a una escala que se estima (acaso con cierto
apresuramiento) superior a la de los 60 no es suficiente para que el SU
abandone su lectura “pesimista” y desequilibrada. Que se refiere tanto
a los efectos de la caída del Muro de Berlín como al actual momento histórico
en su conjunto, problema que más adelante profundizaremos.
Nuestra
percepción es claramente distinta, en el sentido de que creemos que a
partir del desarrollo del movimiento “altermundialista” (y, con mayor
motivo, tras las primeras experiencias revolucionarias del siglo XXI) es
posible hablar de una fase de la lucha de clases distinta en lo
esencial a la del período anterior. Esto no significa que parte de
los elementos que caracterizaron a aquella fase no sigan ejerciendo su
influencia –en general negativa– sobre el movimiento obrero y de
masas. Pero creemos que la dinámica del actual período opera según coordenadas
generales –políticas, ideológicas, sociales y de relaciones de
fuerza– que ya no son las de los 90 (y mucho menos, tributarias de
las derrotas desde “mediados de los 70”).
Así,
mucho más relevante que preocuparnos en advertir que el movimiento
altermundialista no cambia las relaciones de fuerza globales nos parece
tratar de identificar los nuevos problemas y desafíos que plantea. En ese
sentido, una intervención marxista revolucionaria en el seno del
movimiento debe partir de considerar su heterogeneidad ideológica y carácter
de clase “difuso”, producto de la debilidad de sus lazos orgánicos
con el movimiento obrero. Asimismo, resulta decisivo para diseñar políticas
y tácticas adecuadas reconocer la existencia de al menos tres alas: la
reformista, la “autonomista” (influenciada por Marcos-Holloway-Negri y
portadora de fuertes prejuicios antipartido) y la revolucionaria, sin duda
la más débil numéricamente.
Otro
elemento de análisis que tiene escasa proyección en los textos del SU es
el hecho de que los “movimientos sociales”, si bien tienen como punto
de encuentro los Foros regionales o mundiales, representan al menos en
parte y en algunos casos parte del proceso de recomposición de la nueva
clase trabajadora. Las organizaciones de desocupados, por ejemplo, de
tradición reciente pero importante en América Latina, así como el
proceso de fábricas recuperadas en Argentina, por ejemplo, encarnan una
dinámica y una lógica de clase distintas a las de otros movimientos de
origen menos social que “ideológico”, como ATTAC y muchas corrientes
ecologistas, ONGs, etc.
En
todo caso, un problema central en la batalla política e ideológica que
deben dar los marxistas revolucionarios en todos los movimientos pasa por
enfrentar lo que hemos llamado crisis de alternativa socialista al
capitalismo, esto es, el hecho de que la gran mayoría de los
luchadores y activistas no vean que se pueda ir más allá del
capitalismo. En parte, ése es el origen no sólo de la reconversión al
reformismo de muchos ex revolucionarios sino de la moda del
“contrapoder”, del “no-poder” y elucubraciones por el estilo. El
anticapitalismo honesto de miles de jóvenes y luchadores de vanguardia no
ha logrado tener una formulación positiva, que desde el punto de vista
marxista sólo puede ser el socialismo, ahora expurgado de la abominable
contaminación estalinista. Por eso, parte inseparable de la defensa de la
perspectiva socialista es la pelea por un perfil de clase que todavía
resulta en muchos casos poco definido. La importancia del clasismo no
obedece a un fetiche dogmático, sino a encarnar en un sujeto social
–aun con todas las mutaciones del movimiento obrero actual– el
horizonte político de la revolución socialista.
III. Revolución en el
siglo XXI: pelea estratégica y nuevos desafíos
Los
procesos revolucionarios en América Latina
Uno
de los elementos clave para la comprensión del nuevo momento político
abierto con el cambio de siglo remite no sólo al movimiento
“altermundialista” sino a algunas de las experiencias de la lucha de
clases más avanzadas de los últimos años que tuvieron lugar en América
Latina. El levantamiento indígena en Ecuador en 2000, el Argentinazo de
2001 y las rebeliones de febrero y octubre de 2003 en Bolivia no fueron
meras convulsiones coyunturales sino acontecimientos que comienzan a
expresar algunas de las tendencias de un nuevo ciclo de la lucha de
clases.
Consideramos
que estos y otros desarrollos, como las movilizaciones en Perú y la
situación política venezolana que tienen lugar en la región presentan,
por un lado, aspectos novedosos que deben estudiarse y ponerse en línea
con el bagaje teórico previo del marxismo revolucionario, pero a la vez
demuestran la vigencia de ciertas lecciones estratégicas que parecían
arrumbadas en el desván de los recuerdos. En ese sentido, los procesos
revolucionarios del nuevo siglo combinan elementos inéditos y clásicos,
lo cual es, en sí mismo, precisamente un rasgo clásico del análisis
marxista de las revoluciones.
La
relevancia y el peso político de la radicalización de las luchas en América
Latina es algo reconocido por el propio documento mundial del SU ya citado
de febrero de 2003. Desde sus mismas líneas iniciales, el texto postula
la existencia de una “nueva fase del movimiento obrero y social” que
“es la resultante de varios factores: [1] el desarrollo de
contradicciones internas al nuevo modo de acumulación capitalista
globalizado; [2] las resistancias sociales a la ofensiva de las clases
dominantes; [3] el surgimiento de una nueva ola de radicalización a través
de los movimientos antimundialización (...) [4] en América Latina, una
radicalización de campesinos, indígenas y jóvenes que modifica las
relaciones de fuerza(...)” (Résolution..., I, 1).[viii]
Lo
que llama la atención en esa descripción es la entidad y el orden de las
fuerzas sociales que estarían encabezando la “radicalización”.
A nuestro entender, se trata de un tratamiento bastante superficial
de los procesos políticos del continente, que parecería asimilar a los
procesos ecuatoriano y boliviano con los “campesinos e indígenas” y
al Argentinazo con la “juventud”. Esta pintura evoca, es cierto, una
limitación real de esas experiencias en el sentido de la debilidad de la
intervención orgánica de la clase trabajadora, pero termina siendo una
simplificación inaceptable. Por dar dos casos que conocemos más de
cerca, el Argentinazo no fue en absoluto, ciertamente, una mera acción
“juvenil”, mientras que desconocer la presencia no directa, compleja,
pero real, del proletariado boliviano en la rebelión de octubre[ix]
conduciría a los marxistas revolucionarios a una total desorientación
política en ese país.[x]
También
es incorrecta la apreciación del lugar de las organizaciones marxistas
revolucionarias en el continente sudamericano. Si bien se intenta dar
cuenta de “la inestabilidad política y social” que conducirá a
“mayores enfrentamientos de clase”, se sostiene que “la paradoja que
debemos resolver es que esta radicalización se produce en una situación
de debilidad de la izquierda revolucionaria” (Résolution..., I,1).
Esta
consideración, a la que no se aporta un contexto apropiado, resulta
perogrullesca, vacía de contenido o sencillamente errónea. Si lo que se
busca señalar es que la izquierda revolucionaria carece de organizaciones
con implantación de masas o que sean vistas como alternativas políticas
presentes, eso es de una validez que excede largamente el momento y el
lugar en cuestión, y por lo tanto no agrega nada al análisis. El único
sentido diferencial posible para tal afirmación sería que la
“debilidad” tiene como punto de referencia al período anterior. Pero
en ese caso la evaluación es equivocada: la izquierda revolucionaria, que
había experimentado un tremendo retroceso y crisis a lo largo de los 90,
ha comenzado a recuperar posiciones y ganar influencia al nivel de la
vanguardia. Por supuesto, no al extremo de las divagaciones de ciertas
organizaciones del trotskismo que, en particular en Argentina, profirieron
juicios apresurados sobre una supuesta “influencia de masas” y hasta
“el problema del poder”. Pero es innegable que la ubicación de las
fuerzas de la izquierda revolucionaria es sustancialmente mejor que
en el inmediato período pasado. Hablar de “debilidad” en general, sin
cualificación ni contexto, sin establecer el sentido del movimiento de
las tendencias operantes en la región y su dinámica más reciente
implica abandonar una visión dialéctica del proceso en beneficio de un
derrotismo o escepticismo a priori.
Un
aspecto decisivo en el que se manifiesta la radicalización del proceso
político en América Latina es el hecho de que la mayoría de los
gobiernos recientemente electos se presentan como de
“centro-izquierda”, “progresistas”, “antineoliberales” y hasta
“antiimperialistas”. Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Kirchner en
Argentina, Gutiérrez en Ecuador, Mesa en Bolivia, la posible victoria del
Frente Amplio en Uruguay y la inestabilidad de Toledo en Perú expresan
tanto el hartazgo masivo con las recetas “neoliberales” como los límites
actuales de los procesos políticos y sociales que han favorecido este
recambio en el personal de gestión del capitalismo en esos países.
Es
aquí donde asoman serias diferencias con el SU en cuanto a la evaluación
de estos gobiernos. Sin duda, es preciso trascender la generalidad de
caracterizarlos como “burgueses” sin más, y es de esencial
importancia a la hora de la acción política discernir con la mayor
precisión posible sus elementos de continuidad y los de cambio en relación
con la oleada anterior de gobiernos “neoliberales” (Sánchez de Lozada,
Fernando Henrique Cardoso, la “rosca” venezolana, Menem, Fujimori,
Mahuad, blancos y colorados en Uruguay). Pero eso no implica llegar al
extremo de sugerir que algunos de estos gobiernos burgueses puedan abrir
la posibilidad de un rumbo anticapitalista. En efecto, se dice que
“la izquierda [¿Cuál? ¿No tiene ninguna determinación?] gana las
elecciones en varios países. Esa izquierda, el PT de Brasil o el
Movimiento Pachakutik en Ecuador, está mucho más ligada a los
movimientos sociales de lo que lo están las socialdemocracias europeas.
Deberá sin embargo elegir [choisir] entre la lógica del mercado, de
la mundialización liberal, y la de la satisfacción de las necesidades
sociales” (Introducción votada en el XV Congreso del SU,
febrero de 2003, al documento “Las resistencias a la mundialización
capitalista” de noviembre de 2000, capítulo “Los movimientos y las
perspectivas políticas”).
Esta
forma de concebir el proceso político y el carácter de los partidos
“de izquierda” que llegaron al gobierno en la región ha sido recurrente
en el historial político del SU, que supo mantener abierto el crédito de
“revolucionarios” a casi toda corriente que encabezara procesos políticos
y sociales de trascendencia. Desde el sandinismo hasta Gorbachov, de Tito
a Castro, el SU depositó esperanzas en que adoptasen un rumbo
revolucionario, por sí o por la “presión de las masas”. Pero la política
de fuerzas como el PT o el propio Chávez no es un enigma de final
abierto, ni se trata de “gobiernos en disputa”, de sexo indefinido.[xi]
Para los marxistas, e incluso para los analistas burgueses serios que venían
tomando nota de las señales políticas de Lula y el PT desde un año
antes del comienzo de la campaña electoral de 2002, estaba claro que no
se trataba de una cuestión de “elegir” un rumbo, sino que el
mantenimiento del compromiso con el capitalismo brasileño y la buena
relación con los agentes del poder imperialista jamás estuvo en
cuestión.
De
hecho, las últimas manifestaciones políticas del SU respecto del PT
incluso se ven obligadas a reconocer que el gobierno de Lula ha tomado
partido claramente por el statu quo capitalista contra los
trabajadores y campesinos brasileños. Así, se dice que “las presiones
de la administración estadounidense, combinadas con las de las
instituciones internacionales –FMI y Banco Mundial– apremian a los
gobiernos a reforzar las políticas de ajuste (...) El gobierno Lula ha
confirmado la continuidad de los compromisos del Estado brasileño con el
FMI. Es considerado incluso uno de sus mejores alumnos” (Informe...,
3.3).
Pero,
en primer lugar, esta constatación no conduce a la menor polémica pública
con DS y con dirigentes como Raúl Pont o el actual ministro nacional
Miguel Rossetto, que defienden abiertamente a Lula y su gestión de
gobierno. Y en segundo lugar, se mantiene la concepción de que hay
fuerzas políticas “antineoliberales” cuyo carácter político y de
clase gira en el vacío. En efecto, se siguen evitando las definiciones
cualitativas: “hay que notar la evolución negativa de las
corrientes o direcciones que se reclaman del “antiliberalismo” sin
reclamarse de una política anticapitalista (...) Esas corrientes, frente
a la cuestión del gobierno o del poder, tienen tendencia a adaptarse
a la lógica de la ‘gobernabilidad capitalista’. Es el caso del
gobierno de Lula en Brasil, de Lucio Gutiérrez en Ecuador (...) y de las
oscilaciones de Evo Morales en Bolivia” (Informe, 4.3, “Una
presión creciente sobre los PCs y otras corrientes
‘antiliberales’”).
Es
francamente especioso referirse a Lula como “tendiendo a adaptarse a la
gobernabilidad capitalista”. Primero, no se trata de una mera
“tendencia”, sino de un hecho consumado y anunciado como mínimo un
año antes, con las giras a EEUU y las garantías de Lula a lo más
granado del poder financiero internacional de que sus acreencias serían
puntualmente honradas (para no hablar de las múltiples señales que había
venido dando la dirección del PT en los años previos). Segundo, no es
una simple “adaptación” sino una sólida integración del PT y
su dirección, por un lado, a las normas y al juego institucional de la
democracia burguesa, y por el otro, a la continuidad de políticas
del Estado capitalista, incluyendo la inserción de Brasil en el
mercado mundial, la globalización y el sistema político internacional.
Ninguna referencia a discursos o medidas tibiamente reformistas o de
“expansión de la democracia” (como el Presupuesto Participativo, por
ejemplo) puede opacar esta ubicación esencial.
No
se trata de una discusión sociológica o académica. En el marco de la
nueva fase de la lucha de clases mundial abierta con el cambio de siglo, e
independientemente de cualquier diferencia alrededor de los ciclos históricos
anteriores, extraer las lecciones correctas de los primeros procesos
revolucionarios del nuevo siglo es de importancia trascendental para
los marxistas revolucionarios a la hora de redefinir las tareas y el
programa de la hora. En ese sentido, es sintomático que la lectura del SU
sobre esos procesos sea superficial y extremadamente indulgente en relación
con la “izquierda” reformista, cuando en realidad América Latina
viene siendo un banco de pruebas donde empiezan a templarse las espadas
estratégicas para el nuevo período.
La
relación entre partido y movimiento
Si
uno de los signos de la nueva fase política está dado por la emergencia
de movimientos sociales amplios de resistencia, uno de los problemas que
se plantearon y plantean con renovado vigor en el seno de la izquierda
revolucionaria es el tipo de relación que debe establecerse entre el
movimiento y los partidos políticos, así como el carácter mismo de éstos
últimos.
El
punto de vista del SU es en este aspecto paradigmático, y resulta, en
contraste con la vaguedad y la renuencia a asumir definiciones fuertes en
otros planos, curiosamente taxativo. Así, en el Informe sobre la
situación política internacional de febrero de este año, François
Ollivier afirma: “Nuestra política de unidad de acción (...) [e]
integración en las luchas de masas (...) supone asegurar la autonomía
de los movimientos de masas en relación con los partidos políticos para
preservar su unidad y eficacia. Debemos extraer, en este punto, las lecciones
de la experiencia argentina, en la que cada partido político,
incluyendo y sobre todo las organizaciones que se reclaman del trotskismo,
tiene su propia proyección en el movimiento de masas, en particular en el
movimiento piquetero, agravando así la división en el seno mismo de las
fuerzas populares” (Informe..., 6.1).
Aquí
se mezclan descripciones parciales con conclusiones abusivas o
unilaterales. Para aclarar rápidamente la referencia a Argentina, es
innegable que el aparatismo y la mezquindad de varias de las fuerzas de la
izquierda trotskista han sido un obstáculo para la progresión de y el
desarrollo organizativo y político de sectores del movimiento, e incluso
han colaborado a la decadencia de algunas de sus expresiones, como en el
caso de las asambleas populares. Perto es injusto y sectario no
reconocerlas como expresiones reales, con sus méritos y sus límites, de
la vanguardia luchadora. Sobre todo si se tioene en cuenta que el SU
–por ejemplo, por intermedio de Daniel Bensaïd en el foro Marxism 2003
en Londres– abrazó de manera apresurada y acrítica la figura de Luis
Zamora y su partido como la expresión política más genuina y cabal del
proceso del Argentinazo. Lo cual no sólo era equivocado en lo ideológico
–Zamora era y es fiel exponente de las ideas de Holloway y el zapatismo–
sino, lo que es aún más grave, en el terreno de la lucha social, dado
que su partido es, de toda la izquierda argentina, el más claramente
ajeno a los movimientos reales, a los luchadores y al proceso de
recomposición del movimiento obrero.
Por
otra parte, la alternativa de la “autonomía” dista de ser un aporte
real al problema de una relación sana entre partidos y movimientos, y
representa de hecho una mala solución. En el fondo, el imperativo de
“autonomía” a secas sólo abona la postura de los sectores más
atrasados y despolitizados del movimiento, que se quejan de la
influencia de los “partidos políticos” y pretenden encorsetar el
movimiento en marcos reivindicativos estrechos. Reemplazar el aparatismo
sectario por la renuncia a la lucha política stricto sensu en aras
de la autonomía –por otra parte imposible– es quizá menos antipático
y más acorde a los sentimientos (y prejuicios) de la base de los
movimientos, pero no ayuda a que éstos avancen en el sentido de tomar
definiciones políticas globales. Y la pelea contra estos prejuicios,
claro está, no tiene por qué implicar en absoluto la transformación mecánica
de los movimientos en partidos o en meras colaterales de éstos.[xii]
La
izquierda revolucionaria tiene que enfrentar el problema del rechazo a los
partidos, que reconoce diversos orígenes. François Vercammen, del Comité
Internacional del SU, enumera algunas: “el profundo descrédito de la
vida política institucional y su degradación por parte de los medios, la
connivencia entre las cúpulas de ciertas grandes organizaciones del
movimiento y los partidos tradicionales, la política de subsidios a las
ONGs, el sectarismo de las organizaciones revolucionarias...” (La
actualidad del movimiento en Europa, febrero 2004). El inconveniente
es que el “sectarismo” no se superará mediante la línea de menor
resistencia que propone el SU, que “resuelve” el problema de la
relación entre partido y movimientos de la manera más simple: queda prohibido
al partido hacer nada que se pueda interpretarse como violación a la
sacrosanta autonomía de los movimientos, a la que se pone por encima
de toda consideración política y/o de clase.
Probablemente,
en el caso de la LCR francesa, hay una adaptación acrítica a la
tradición de su propio movimiento obrero. Es sintomático que los compañeros
citen, en sus polémicas con el SWP, por ejemplo, la Carta de Amiens
(declaración de la CGT francesa de 1906 en la que se declara
independiente de todos los partidos, incluidos los socialistas) como
respaldo a su postura “respetuosa de la autonomía de los
movimientos”. Pero esta postura plantea dos problemas. En primer lugar,
la tradición marxista revolucionaria sobre la relación entre
organizaciones de masas y partidos no ha sido nunca la de alentar
su “independencia política” sin más y en general, sino en todo caso
la de su independencia respecto de los partidos burgueses. Los
marxistas siempre han batallado por que las organizaciones obreras y de
masas asuman definiciones políticas, y esto incluye
inevitablemente la pelea por el derecho de las organizaciones políticas
de la clase obrera a presentar sus propuestas e intentar que los
organismos de masas las adopten. Esto no implica avasallar nada, sino
lograr que las visiones globales sobre el conjunto de los problemas
implicados (y eso es lo que representan los partidos) sean debatidas por
las masas trabajadoras de la manera más franca y democrática posible.
Por supuesto, siempre existe el peligro de que tal o cual partido trate de
imponer su punto de vista de manera antidemocrática. Pero esgrimir contra
él talismanes históricos u organizativos es inútil o malintencionado,
ya que cortar de cuajo la participación formal de los partidos sólo
servirá para que alguna de las diversas corrientes que se reclaman
“antipartido” o “antipolíticas” hegemonice el movimiento... para
su propia política, que suele no ser de independencia de clase ni
mucho menos revolucionaria.
En
el fondo, esta mirada que cede terreno a prejuicios muchas veces reales
(pero otras inexistentes) tiene su refracción específica también en la
concepción misma de qué clase de partido debe construirse. No vamos a
referirnos aquí a esa cuestión en toda su entidad; sólo dejaremos señalado
que consideramos que existe coherencia lógica entre el “autonomismo”
mal entendido y la idea general de la construcción de partidos “amplios
sin delimitación estratégica”, es decir, no definidos entre reforma y
revolución. A decir verdad, esta última propuesta no es explícitamente
defendida por la mayoría del SU, sino por algunos sectores y dirigentes
como el escocés Murray Smith. Sin duda, Smith comete el error metodológico
de dar validez de principio general a la experiencia del SSP, el Partido
Socialista Escocés, sin aportar sustento teórico o fáctico para
semejante extrapolación: No obstante, en último análisis Smith no hace
más que llevar hasta el extremo lógico la evaluación del SU sobre los
grandes problemas estratégicos en el terreno de la teoría del partido
revolucionario. Y aunque el SU no asuma la perspectiva de Smith como válida
para Francia (donde las tensiones de la construcción de la LCR operan
seguramente como contrapeso), veremos luego que la práctica constructiva
puesta en marcha en Brasil no se desvía demasiado de la “amplitud
estratégicamente no delimitada”. En el mismo sentido, en diversos
documentos se hace hincapié en la tarea de construir “partidos
anticapitalistas amplios”, cuya definición estratégica es
deliberadamente vaga.[xiii]
Renovación
del debate estratégico
Desde
el punto de vista político, sin duda una de las consecuencias de mayor
alcance del “giro de Seattle” y la radicalización de las luchas en América
Latina es el regreso, bien que bajo nuevas formas y condiciones, de los
problemas de estrategia política. En particular, vuelve al plano ideológico
la lucha entre reformistas y revolucionarios, que recoge elementos nuevos
pero que retoma también definiciones muy clásicas. Crecientemente, el
debate sobre reforma o revolución sale de la literatura marginal y las
capillas de secta para instalarse en el primer plano político dentro de
una vanguardia masiva.
En
principio, el SU pareciera tomar nota de esta cuestión crucial. Por
ejemplo, en el curso de su discusión con el SWP inglés, aun señalando
contradicciones y límites, se admite que “el debate estratégico que
había estado en su lecho de muerte en las dos últimas décadas se vuelve
a retomar. Para decirlo brevemente: ¿quién vencerá, el socialismo o la
barbarie? La pregunta es más pertinente que nunca” (Carta...,
capítulo 1, “Sobre la periodización de la actual etapa”).
Sin
embargo, en otros textos el alcance de este regreso queda completamente
relativizado: “Sobre algunas cuestiones estratégicas... el desarrollo
del movimiento altermundialista ya permite renovar la reflexión sobre la
base de una nueva experiencia histórica. Pero esta radicalización no va
al mismo ritmo con el regreso de otras cuestiones estratégicas (...) la
cuestión del poder y de las vías para conquistarlo está fuera
del terreno de los debates que atraviesan a los movimientos” (Informe...,
capítulo “Los movimientos y las perspectivas políticas).
Esto
es un error, incluso considerando que el debate en el seno de los
movimientos en Europa no es el mismo que en la vanguardia
latinoamericana, acaso menos ideológica, pero más radical y de mayor
extensión y raigambre social. De hecho, una de las corrientes principales
actuantes en el movimiento altermundialista es la que hemos denominado
“autonomismo”, algunos de cuyos principales referentes son el
Subcomandante Marcos y John Holloway. Pues bien, si hay algo que
caracteriza el pensamiento de ambos es precisamente su abordaje explícito
al problema del poder, al que dan una solución aparentemente distinta
tanto a la del reformismo como a la de los marxistas revolucionarios. La
idea de “cambiar el mundo sin tomar el poder” es ni más ni menos que
un pensamiento y una orientación estratégicas, del mismo modo que
lo es afirmar que “otro mundo es posible”... sin revolución, a través
de tal o cual mecanismo institucional (la “democracia participativa”)
o económico (la tasa Tobin y la reducción de la deuda del Tercer Mundo).
En
el fondo, y a pesar de las reales diferencias teóricas, la práctica política
de reformistas y autonomistas tiende a converger estratégicamente en
el sentido de la adaptación a las instituciones y el Estado vigentes.
El parloteo sobre el “contrapoder” y sobre la constitución de
“nuevas lógicas sociales” no en reemplazo de la del Estado y
la sociedad capitalista sino en sus intersticios –como teorizan
Marcos, Holloway y corrientes como la Aníbal Verón en el movimiento
piquetero argentino– conduce invariablemente al establecimiento de
formas de “convivencia” con el Estado capitalista que resultan en la
práctica indistinguibles del reformismo clásico.
En
todo caso, tanto el neoreformismo como el autonomismo tienen un
pensamiento estratégico bien definido. Y como los procesos
revolucionarios del nuevo siglo contribuyen a poner sobre la mesa “la
cuestión del poder y de las vías para conquistarlo”, es por tanto una
tarea indelegable de los marxistas revolucionarios tallar en la discusión.
También aquí, la concepción equivocada del SU sobre lo que debe ser la
“autonomía política” de los movimientos, que ya hemos mencionado, es
un obstáculo para que en ese debate estratégico que ya existe se
plantee el punto de vista marxista de la necesidad de una revolución
contra el Estado y las demás instituciones burguesas.
Nuevamente,
es en América Latina donde las coordenadas de debate estratégico se
ponen más a la orden del día. La versión definitiva de la resolución
“Una nueva situación mundial”, del XV Congreso del SU, señala:
“Esta polarización extrema de la lucha de clases exacerba las
relaciones y los debates en el seno de la izquierda en América Latina
sobre la estrategia a adoptar”. Esto está en franca contradicción con
la afirmación precedente sobre que la cuestión del poder está “fuera
del terreno de los debates”. De lo que se trata, más bien, es de que el
SU adopta una postura que se aparta de las formulaciones clásicas del
marxismo revolucionario: “El prejuicio [parti pris]
unilateral de ‘reforma o revolución’ cede hoy el paso a la urgencia
de combinar reforma y revolución para ‘transformar el orden
establecido’, como proponía Rosa Luxemburgo” (Una nueva situación
mundial, V,3).
Más
adelante veremos cuál es el sentido profundo del rechazo visceral a
considerar la coordenada político-ideológica que separa reforma y
revolución como una divisoria estratégica relevante para hacer política
hoy. Sólo dejaremos sentado aquí que discrepamos totalmente con esta
interpretación del pensamiento de Rosa Luxemburgo, como si su trabajo
pionero Reforma o revolución no hubiera dejado claro que la
eventual “combinación” de reforma y revolución (siendo que, por otra
parte, la postura marxista clásica es que las reformas son sólo el subproducto
de la lucha revolucionaria) en ningún caso puede considerarse una
difuminación de la frontera entre dos estrategias irreconciliables en las
que se jugaba, y se juega, la “razón de ser” del proyecto socialista
revolucionario.
Nuevos desafíos y responsabilidades. Reagrupamiento y
nueva Internacional
Como
reconocen varios documentos oficiales del SU, la nueva fase política
inaugurada desde 1999-2000 abre nuevos e inmensos desafíos y
oportunidades para el marxismo revolucionario.[xiv]
Esto no es una frase hecha, sino que admite una constatación a la luz de
la ubicación que han logrado diversas fuerzas y corrientes de la
izquierda revolucionaria, en particular la de origen trotskista, en
algunos de los procesos políticos y sociales más importantes de los últimos
años. Las rebeliones en América Latina (a pesar de la inexplicable
caracterización de “debilidad” de la izquierda revolucionaria en la
región que hace el Documento Mundial del XV Congreso del SU, ya citado) y
el movimiento antiguerra en Europa, así como algunos procesos electorales
en ese y otros continentes, muestran una ubicación en varios casos
importante del marxismo revolucionario, muy distinta a la marginalidad
absoluta a la que lo condenaron los 90. Es en este nuevo contexto de
empezar a asumir responsabilidades reales en sectores por lo general de
vanguardia pero con una proyección política potencialmente de masas que
se reabre la cuestión del reagrupamiento de los marxistas revolucionarios
y la perspectiva de la lucha por una nueva internacional revolucionaria,
junto con otros niveles de coordinación internacional para la acción y
el debate (los movimientos y redes globales, foros, etc.).
La
discusión involucra el problema de los objetivos, de los actores y del método
(esto es, el quién, el cómo y el para qué). Y en todos estos planos
asoman posiciones del SU que entendemos ambiguas o equivocadas. El debate
tiene aquí una relevancia difícil de exagerar, porque se trata de cómo
definir la intervención de los marxistas revolucionarios en un proceso inédito
desde hacía décadas: la conformación de una práctica internacionalista
real y de incidencia política efectiva, si bien a diferentes niveles.
Consideremos
el nivel de los movimientos y de sus expresiones organizadas como los
Foros Sociales. Aquí, el SU plantea una falsa dicotomía que deja fuera
de cuadro el problema principal. Se habla de “participar plenamente en
la reorganización del movimiento popular. No se trata de cultivar el
‘propio perfil’, como señalaba Marx a propósito de los sectarios,
sino que corresponde que cada corriente, en vez de defender ‘su
trotskismo’ o ‘su identidad’ defienda un programa que muestre que
los revolucionarios no tienen ‘intereses distintos a los de su
clase’” (Informe introductorio..., febrero 2003, 4.1). Así
expresado, esto es insuficiente y además un malentendido. Por supuesto,
existen sectas para las que no hay nada más importante que demostrarle al
universo su propia singularidad y la perversión de los demás. Pero es
inaceptable simplificar las tareas del marxismo revolucionario a no caer
en la tentación y librarse del mal del sectarismo, junto con esgrimir el
“programa” que los muestre como los portavoces más consecuentes de
los intereses de la clase obrera.
Los
compañeros del SU no pueden disolver las cuestiones políticas y tácticas
de la intervención en los movimientos mediante el mero recurso al
Manifiesto Comunista (de donde se tomó la definición citada del rol de
los revolucionarios). Los Foros Sociales no son sólo “un lugar de
convergencia antiliberal, anticapitalista, antiguerra; la demostración práctica
de que se puede resistir a la mundialización capitalista” (Informe
sobre la situación internacional, febrero 2004, 5.1): son también, y
cada vez más, una arena de lucha política y estratégica. Su
forma de funcionamiento basada en el consenso y su programa exigen por
parte de la izquierda revolucionaria –a la que, por otra parte, los
sectores reformistas buscan excluir de los Foros y de sus decisiones–
una política común que vaya más allá de la simple enunciación
propagandística.
No
alcanza con asistir a eventos como el de Mumbay (Bombay) 2004, o el próximo
Foro Social Mundial en Porto Alegre 2005, con un programa que demuestre
que no los revolucionarios no defienden “intereses distintos a los de su
clase”. Es decisivo enfrentar al neoreformismo y a la “izquierda
gubernamental” –que hoy está en el poder en países decisivos de América
Latina, por ejemplo, en primer lugar– y su tentativa de transformar los
Foros Mundiales en eventos diplomáticos donde se trata de lo humano y lo
divino, donde no se resuelven campañas concretas y donde, hoy, se
maquilla la política posibilista de gobiernos como el de Lula, que
justamente no representan ninguna “resistencia a la mundialización
capitalista”. La visión del SU sobre los Foros, muy poco crítica
en relación con este y otros problemas, implica eludir la cuestión de cómo,
con quiénes y sobre qué ejes los marxistas revolucionarios debemos
pelear políticamente en los Foros.[xv]
Esta
propensión a la ausencia de toda diferenciación política con
reformistas de todo pelaje (¡que no es lo mismo que afirmar sectariamente
el “propio perfil”!) no debiera sorprender cuando se observan otros
potenciales socios del SU para “reagrupamientos pluralistas de
izquierda, anticapitalistas y antiimperialistas”, es decir, un estadio
políticamente más elevado que los Foros Sociales. Así, por ejemplo, se
mencionan a un mismo nivel las Conferencias de la Izquierda
Anticapitalista en Europa –en las que las corrientes revolucionarias o
“radicales” tienen un peso decisivo– y el Foro de San Pablo,
cuya pérdida de impulso se deplora (Rol y tareas de la IV
Internacional, XV Congreso, febrero 2003, 8.3). Recordemos que en el
Foro de San Pablo, inspirado por el PT brasileño, el PRD mexicano y el
castro-estalinismo latinoamericano, la nota dominante fue en todo momento,
más allá de los discursos, coherente con la estrategia de todos ellos de
alianza con la burguesía “nacional y progresista” de la región y
totalmente comprometida con el mantenimiento del statu quo
capitalista. ¡Y estos especímenes son mencionados nada menos que en el
capítulo titulado “Hacia una nueva internacional revolucionaria de
masas” del documento de orientación del XV Congreso!
Es
un error garrafal por parte de una corriente revolucionaria generar
expectativas en un ámbito que, por otra parte, ni siquiera expresa un
punto de agrupamiento de sectores reales de la vanguardia o de
organizaciones sociales (como sí lo son los Foros), sino meros encuentros
diplomáticos del neoreformismo latinoamericano. En cierto modo, un error
de apreciación de este tipo se cometió con Rifondazione Comunista (PRC)
de Italia, en el sentido de alentar esperanzas no en el PRC como
organización sino en las cualidades izquierdistas de Fausto Bertinotti.[xvi]
Justamente,
en lo que hace a la necesidad de esa “nueva internacional revolucionaria
de masas” se plantea, de manera legítima, la cuestión de su origen y
carácter: ¿se tratará de la renovación de la IV fundada por Trotsky,
de una V con otros atributos; se definirá como antineoliberal,
anticapitalista, revolucionaria..? En nuestra opinión, la cuestión del
“número” debería quedar abierta en la medida en que no
aparezcan aún interlocutores efectivos producto de ascensos o procesos
revolucionarios.[xvii]
No
obstante, corresponde efectuar algunas consideraciones. En primer lugar,
nos parece evidente que una nueva internacional no puede ser un mero foro
antineoliberal expandido; en ese sentido, no cabe suponer que los Foros de
Porto Alegre representen ningún “embrión” de Internacional, ni por
sus componentes, ni por su programa, ni por su proyección estratégica.[xviii]
Y en segundo lugar, ya en el terreno del reagrupamiento entre los
revolucionarios, y aunque el SU esgrima la necesidad de delimitarse de las
sectas estériles, decir que “la unidad de los revolucionarios sobre la
base la sola referencia a la revolución socialista no tiene
funcionalidad política” (Informe introductorio..., 4.4) es
tirar el niño junto el agua sucia, y abre la puerta al vale todo en el
plano estratégico.
Seguramente,
la mera declamación de principios ultrarrevolucionarios, por sí sola, no
resuelve nada. El problema reside en que en realidad lo que para el SU
“no tiene funcionalidad política” no es la referencia sectaria
a la revolución socialista, sino toda referencia a ella. Y eso es
el resultado de una ubicación equivocada de las tareas del período histórico,
del programa y de la relevancia actual del acervo estratégico clásico
del marxismo revolucionario. A esto nos referiremos en los capítulos que
siguen.
IV. Una comprensión
equivocada de la etapa y sus consecuencias programáticas
Antes
de entrar en materia, cabe efectuar dos aclaraciones. La primera se
relaciona con la importancia que le atribuimos al debate con el SU sobre
los problemas de periodización de la lucha de clases, en la medida en
que, como ya enunciáramos al comienzo, se trata de una corriente histórica
que ha mantenido una elaboración sistemática –independientemente de
cualquier juicio de valor– sobre política internacional. Esto resulta a
la vez un mérito en sí mismo y una ventaja a la hora de plantear la polémica
sobre bases comunes, dado que incluso para disentir es imprescindible
partir de cierto “marco común” general. Que en este caso no es otro
que la comprensión de la necesidad misma de hacer una periodización, que
en cierta medida operará como determinación fuerte en el plano del análisis,
la estrategia y el programa. Este criterio metodológico parece y es
elemental para un marxista, pero nos vemos en la obligación de recordarlo
frente a la realidad de otras corrientes que carecen de él.[xix]
La
segunda aclaración, también de orden metodológico, es dejar en claro
que el núcleo de toda esta polémica con el SU no consiste
esencialmente en nuestras diferencias en nuestra percepción de las relaciones
de fuerza internacionales. Centrar la discusión en ese problema corre
el riesgo de transformar la discusión en un intercambio de hipótesis
indemostradas y previsiones acaso aventuradas. Por otra parte, resultaría
fatuo y hasta ridículo que, desde nuestra ubicación doblemente limitada
(primero, por escribir desde los márgenes y no desde el centro del mundo
capitalista, y segundo, por hacerlo como parte de una corriente sin peso
de masas ni consolidada) pretendamos erigirnos en los poseedores del
“verdadero” análisis. Con esta elemental cautela, mantenemos nuestras
críticas al SU con respecto a su periodización de la lucha de clases.
Sin
embargo, el nudo de la cuestión es otro. En primer lugar, la mirada del
SU sobre el actual período resulta convenientemente funcional a una
estrategia y un programa que se chocan con las necesidades del presente.
[xx] Aquí ya no se trata de
especulación teórica o histórica, sino que existe un laboratorio vivo
de la lucha de clases que pone a prueba análisis y políticas, como se
vio y se ve en Brasil, en Bolivia, en el movimiento altermundialista, en
el Argentinazo, etc. Y en segundo lugar, aun si el SU tuviera razón
contra nosotros, su repliegue programático sería injustificado y
peligroso, como luego desarrollaremos.
Una
periodización desenfocada
Ya
hemos señalado cómo el SU insiste en que vivimos bajo el influjo de una
etapa de derrotas históricas para el movimiento obrero iniciada hacia
mediados de los 70. Seguramente, parte de ese largo período reviste
varias de las características que describen los documentos oficiales. Sin
embargo, consideramos que mantener sin cambios el signo general de un período
de 30 años en el que se han dado acontecimientos histórico-mundiales de
enorme significación resulta poco convincente. Máxime cuando se
reconocen modificaciones “parciales” a ese panorama tan negativo, que
son a su vez relativizadas conforme a un dudoso método de “sumas y
restas” que roza la arbitrariedad.
Tomemos
por ejemplo, la ya citada Carta a Alex Callinicos de Bensaïd, Crémieux,
Duval y Sabado (diciembre 2002): “...ahora
se están abriendo nuevos horizontes para la izquierda revolucionaria
–el contraste con los siniestros años 80 es evidente– pero en un
contexto en el que la espiral de derrotas no se ha quebrado: las huelgas
de 1995 no frenaron la privatización de France Telecom y las reformas
neoliberales de Alain Juppé; la intifada ha crecido, pero de hecho el
estado sionista ha reocupado los territorios palestinos; el movimiento
antiguerra se ha desarrollado, pero en diez años EE.UU. y la OTAN
intervinieron en el Golfo Pérsico, los Balcanes y Afganistán; las crisis
se acumulan en América Latina (Bolivia, Paraguay, Venezuela, Ecuador,
Colombia) y Lula ganó las elecciones presidenciales en Brasil, pero el PT
multiplica las garantías ‘preventivas’ en beneficio de las
instituciones financieras internacionales; la izquierda revolucionaria
europea ha logrado por primera vez resultados electorales significativos,
pero Le Pen pasó a la segunda ronda en las elecciones presidenciales
francesas y la extrema derecha avanza en Austria, Holanda e Italia.
“Estamos
presenciando, entonces, una fuerte resistencia política y social y una
polarización de las relaciones de clase (...). Sin embargo, el contexto
global sigue siendo desfavorable para las clases populares. Las oleadas de
resistencia de mediados y fines de los 90 aún no han logrado revertir la
fuerte tendencia a la ofensiva neoliberal de las últimas décadas”.
Hemos
citado in extenso porque resulta palmaria la incongruencia de
ciertas comparaciones. Algunas, de hecho, ponen en un mismo plano
elementos no equiparables: ¿acaso pesan más las “garantías” del PT
que la crisis social y política global de toda Sudamérica? En todo caso,
no es extraño que con este modo tan peculiar de ponderar las relaciones
de fuerza el balance dé siempre negativo. De hecho, en el fondo el pesimismo
histórico que trasuntan los análisis del SU reconoce como matriz una
mirada con rasgos economicistas, poco política.[xxi]
Es de allí que deviene esta periodización a nuestro juicio anacrónica,
que desbroza el camino a toda una serie de consecuencias de orden estratégico.
Sin
duda, no faltan en la literatura del SU referencias a los aspectos que han
cambiado positivamente en el último lustro. Por ejemplo, se afirma que
“hemos entrado en una fase mundial de radicalización comparable en
amplitud, aunque el contexto es completamente diferente, a la fase de
radicalización de los años 1960/1970” (Introducción..., “La
amplitud del giro en curso”). Inclusive en cierto modo se sugiere que, a
diferencia de lo afirmado en la Resolución, el período actual no
pertenece a la misma etapa inaugurada en los 70: “Estamos hoy en una
situación transitoria entre el fin de toda una fase histórica del
movimiento obrero y el surgimiento de un nuevo ciclo. Esta transición
está marcada por el fin del estalinismo, la transformación
social-liberal de la socialdemocracia y el surgimiento de nuevas fuerzas
políticas y sociales, proceso que está apenas en sus comienzos” (Informe
introductorio..., 3.1). Asimismo, se reconoce el marco diferente entre
el XIV Congreso (1995), signado por la restauración capitalista en el
Este y las derrotas en América Latina, y el Congreso de 2003, “un nuevo
contexto político e ideológico, favorable a la politización (...) Hay
hoy (...) resistencias y polarización” (Idem, introducción). Y,
finalmente, “El viraje en la situación mundial ha roto el sentimiento
de impotencia política y el fatalismo en los medios militantes (...) La
clase obrera se encuentra todavía a la defensiva y en una posición de
debilidad, pero la izquierda radical se levanta y retoma la iniciativa política
en una escala amplia” (Rol y tareas..., 1.3).
Sin
embargo, al mismo tiempo que se señala la transición, se subraya que las
tendencias dominantes siguen siendo las de las derrotas del período
anterior, y que la reorganización y reconstrucción del movimiento
obrero y las fuerzas revolucionarias se medirá en términos de décadas.
Se admite que la resistencia y las luchas de los movimientos sociales
aportan “elementos clave de reorganización... pero no se encuentran
todavía en situación de crear las condiciones para modificar en
profundidad las relaciones de fuerza en el seno del mundo del trabajo
(...) Se abren espacios (...) pero las fuerzas radicales todavía
encuentran dificultades para ocuparlos de manera plena. Seguimos
pagando el precio de las derrotas del siglo pasado, la reconstrucción es
larga” (Informe sobre..., 5.2). Casi la misma formulación se
advertía en el XV Congreso: “El fin de los años 90 ha visto modificaciones
en las relaciones de fuerzas entre las clases (...) El movimiento
antiglobalización es una expresión parcial de esta evolución (...) Sin
embargo, esas modificaciones no invierten las tendencias a largo
plazo iniciadas hace más de veinte años. La ofensiva liberal persiste
(...) Estos retrocesos sociales... nos recuerdan el estado actual de las
relaciones de fuerza” (Informe introductorio..., 2.1, 2.2 y 2.3).
Y, en el mismo sentido: “La mutación histórica del movimiento social
no se encuentra sino en su fase inicial. Ante nosotros se encuentra un
largo período de reconstrucción (...) Es largo y difícil el
recorrido que se abre entre el momento presente –en el que la
reorganización del movimiento obrero comienza– y la etapa ulterior,
cuando el cambio cualitativo de la relación de fuerzas entre las clases relanzará
batallas ofensivas a nivel internacional, creando el clima ideológico
y político propicio a la perspectiva socialista” (Rol y tareas...,
1.3).
Resulta
muy significativa aquí la admisión implícita de que, como tendremos que
atravesar un “largo y difícil período de reconstrucción” hasta la
“etapa ulterior”, que recién entonces será “propicia a la
perspectiva socialista”, en realidad el socialismo como perspectiva
está absolutamente fuera del horizonte político del presente. Como
vemos, se siguen acumulando premisas para la nueva ubicación programática
y estratégica que luego examinaremos más en detalle.
Hay
una acentuación a nuestro juicio excesiva de los elementos de continuidad
de la fase actual con el período de derrotas precedente, a la vez que se
minimizan o relativizan las contratendencias, que no habrían hecho más
que empezar a recorrer un largo camino. Esta ubicación exageradamente
defensiva resulta, a su vez, una justificación para una práctica política
que, como hemos señalado en relación con la actividad del SU en los
movimientos, y en particular en los Foros Sociales, adquiere rasgos
propagandistas y poco proclives a la lucha política.
El
conjunto de las variables de análisis presentes en los textos del SU
puede ser interpretada conforme a la misma clave. Pongamos el caso del
imperialismo. Por supuesto, no tiene sentido adscribir a los pseudoanálisis
“optimistas” –a los que es tan afecto cierto trotskismo
latinoamericano– que convierten a EEUU en un tigre de papel. Pero el SU sobreenfatiza
las capacidades militares del imperialismo (sobre todo el yanqui), al
punto de adoptar sin matices ni reservas la controvertida categoría de
“mundialización armada” (tomada de Claude Serfati) y de anunciar
recurrentemente el estallido de la “Cuarta Guerra Mundial”. En
contraste, si bien se hace mención de las contradicciones políticas y la
crisis de hegemonía ideológica de EEUU, la ponderación de estos
factores queda absolutamente desequilibrada en favor de una potencia
estadounidense casi todopoderosa.
Curiosamente,
esa concepción que pone como uno de los centros del análisis del
imperialismo el plano de la supremacía militar se combina con una teoría
más “opaca” de la dominación imperialista, adelantada por Daniel
Bensaïd. Según él, “desde el fin de la Guerra Fría, las apuestas
mezcladas de los conflictos impiden cualquier aproximación maniquea en términos
de buenos y malos” (Teoremas de la resistencia a los tiempos que
corren, 2001).
Esto
resulta sorprendente, porque un rasgo peculiar del imperialismo actual es
que el ejercicio de su dominación adopta formas crecientemente
“transparentes”, menos veladas y con una justificación ideológica
cada vez más lábil (lo que explica, entre otras cosas, el debilitamiento
de la hegemonía yanqui en el terreno ideológico). No obstante, para
Bensaïd, “no estamos más en la era de las guerras de liberación y de
intereses relativamente simples entre dominadores y dominados. De ello
resulta un entrecruzamiento de intereses y una rápida reversibilidad en
las posiciones (...) Todavía no poseemos las claves de la morfogénesis
del universo político estratégico que ha comenzado” (Idem). Los
ejemplos de Bensaïd (la Guerra del Golfo, los Balcanes, incluso Malvinas)
no parecen muy a propósito para ilustrar su punto de vista. Y la idea de
que en el conflicto entre Irán e Iraq se imponía el “derrotismo
revolucionario frente a estas dos formas de despotismo” es simplemente
absurda. Recordemos: el derrotismo (es decir, defender la derrota del
propio país como mal menor) había sido la postura levantada por Lenin y
el ala revolucionaria de la II Internacional durante la I Guerra Mundial,
que era una guerra interimperialista. Proponer el derrotismo en una guerra
entre dos países oprimidos por el imperialismo (que azuzó
alternativamente a uno y otro bando) es un dislate: la única y evidente
postura revolucionaria es el llamado a la paz inmediata y a la detención
de la guerra fratricida. Que los gobiernos sean “despóticos” o no, no
hace a la cuestión.
Citamos
este caso porque ilustra bien la tendencia del SU a pasar por alto, en
casos de guerra, el factor de la relación entre imperialismo y país
dominado en beneficio del factor del régimen político. Un
ejemplo es el enfoque equivocado de la LCR cuando la agresión de EEUU a
Afganistán después del atentado a las Torres Gemelas: en vez de poner el
centro en el rechazo a la invasión, se sostuvo la ambigua postura “ni
Bush ni talibán”. Es paradójico que una corriente que alerta (incluso
de manera exagerada) contra el militarismo estadounidense, llegado el
momento de oponérsele termina poniendo un signo igual entre los
“promotores de la Cuarta Guerra Mundial” y el régimen “despótico”
de uno de los países más atrasados del mundo.
Un
retroceso en las definiciones programáticas que abre la puerta al
reformismo
Un
tema que ha causado bastante revuelo en la extrema izquierda mundial fue
la reciente decisión de la LCR de abjurar de la “fórmula” de
dictadura del proletariado. Por supuesto, la verdadera discusión no versa
sobre si viejos conceptos deben o no sufrir una adaptación de forma, sino
sobre el sentido general de lo que significa sostener una política y un
programa revolucionarios en el siglo XXI.[xxii]
Por eso, aunque mucho menos espectacular que el “abandono de la
dictadura proletaria”, resulta acaso más revelador el deslizamiento
programático que se advierte en los documentos oficiales del SU. En
nuestra opinión, se está verificando un peligroso retroceso, tanto más
cuanto que se apoya no sólo en una visión que creemos unilateral del período
histórico actual, sino, lo que es más grave, en un enfoque metodológico
equivocado.
Hay
dos elementos que están prácticamente ausentes del programa,
o que reciben un tratamiento por completo formal, de observación
meramente ritual: el punto de vista de clase como criterio guía y
la referencia a la revolución socialista como marco ordenador
estratégico.
Consideremos,
por ejemplo, el documento Las resistencias a la mundialización
capitalista (noviembre de 2000). Allí, a la hora de definir los ejes
programáticos para la “convergencia de las resistencias al orden
neoliberal”, se propone el siguiente esquema:
“Debe
reafirmarse el objetivo de la igualdad social frente al crecimiento
de las desigualdades y la pobreza que favorece el capitalismo contemporáneo.
La igualdad entre hombres y mujeres es, en este terreno, un test
importante. La garantía de los derechos universales, empezando por el
salario mínimo, es el punto de partida concreto sobre el que debe
apoyarse todo progreso social. El sistema impositivo debe ser, en una
sociedad democrática, el medio para redistribuir la riqueza y alimentar
los fondos sociales. Los sectores de las agriculturas tradicionales deben
recibir los medios para estabilizarse y progresar (infraestructura, créditos,
precios garantizados). Se trata en cada oportunidad de dar prioridad a la
igualdad por sobre la búsqueda de lo rentabilidad capitalista.
“La
economía mundial debe reorganizarse sobre bases racionales. El
fanatismo del librecambio debe abandonarse en beneficio de la afirmación
del derecho de los países a decidir [maîtriser] su inserción
en el mercado mundial y a organizar formas de cooperación regional”
(Las resistencias..., III, 21).
Después
de estos sorprendentes “ejes programáticos” se hace mención de la
anulación de la deuda, a utilizar “de manera socialista” los avances
de la productividad, reducir la jornada de trabajo, administrar los
servicios públicos “más cerca de los ciudadanos” y la nacionalización
de bancos y las empresas de transporte y energía. Todo el punto programático
finaliza con un acertijo: “Se trata de oponer al modelo de crecimiento
capitalista una concepción alternativa de desarrollo que tenga como sus
objetivos prioritarios responder a las necesidades sociales de las mayorías”.
Parafraseando a Oscar Wilde, se trata de una “concepción alternativa”
que no se atreve a decir su nombre...
Resulta
paradójico que una de las (pocas) críticas del SU al FSM sea
precisamente la de exigir una definición sobre cuál es el “otro mundo
posible”, cuando en su propio programa el socialismo está
sencillamente ausente, reemplazado por menciones enigmáticas, elipsis
y sobreentendidos. Un ejemplo palmario de este juego del escondite con las
definiciones es la críptica afirmación de que “la economía mundial [¡nada
menos!] debe reorganizarse sobre bases racionales”. ¿Cuáles,
exactamente? ¿Socialistas o capitalistas “no neoliberales”?
En
verdad, ese breve apartado (del que no hemos omitido nada esencial)
resulta tan revelador en lo que dice como en lo que no dice. Porque además
de la significativa omisión de casi cualquier referencia al socialismo
y a la clase trabajadora y del ordenamiento errático de las
propuestas, que carece de un encadenamiento lógico e incurre en la
enumeración caótica, lo que se defiende presenta muchas aristas problemáticas.
Veamos
algunas de ellas. El sistema impositivo es, efectivamente, un medio de distribución
de la riqueza. Pero es un medio que deja incólume el fundamento del orden
social capitalista, basado en la propiedad de los medios de producción.
Es por eso que limitar el reclamo a la “redistribución” es la
coartada perfecta del reformismo en todo el mundo para evitar
definiciones en sentido anticapitalista.[xxiii]
En
cuanto al impulso a las formas de agricultura tradicional, no se dice una
palabra sobre qué hacer con la agroindustria capitalista: ¿hay
coexistencia, reemplazo, o qué? La respuesta, en todo caso, habrá que
buscarla en Brasil, donde el ministro Miguel Rossetto, militante de la
sección brasileña del SU, no halla ningún inconveniente en dar aliento,
desde un gobierno burgués por donde se lo mire, a las “agriculturas
tradicionales”, sin el menor perjuicio para las multinacionales del
agrobusiness.
Ni
hablar de la insólita defensa del derecho de los países (¿y los
pueblos?) a decidir “su inserción en el mercado mundial” y
“organizar formas de cooperación regional”. ¡Esto puede ser parte
del reclamo de cualquier burguesía, pero no un “eje programático” de
los socialistas revolucionarios, que debieran ir un poco más allá de
exigir el derecho a elegir qué modalidad de capitalismo van a adoptar sus
países! En América Latina, por ejemplo, ¿significa esto que el SU
luchará codo a codo con los sectores burgueses que alientan un Mercosur
perfectamente capitalista, y que no cuestiona en absoluto la hegemonía
imperialista sobre la región?
A
decir verdad, una lectura atenta del programa en cuestión da la impresión
de parecerse más a las enunciaciones generales de los partidos socialdemócratas
de fines del siglo XIX que a una corriente que, en el siglo XXI, haya
sacado lecciones clave como el rol de la democracia burguesa y sus
instituciones en la construcción de la hegemonía ideológica del orden
capitalista. Por el contrario, todas las alusiones van en el sentido de
asumir las consignas democráticas sin la menor reserva marxista, al punto
que casi relevan los motivos ligados a la clase trabajadora.
Inclusive,
se llega a una especie de teorización en el sentido de cierta
“incompatibilidad estructural” entre las características del
capitalismo de hoy y las formas democráticas.[xxiv]
Se afirma, por caso, que “el rechazo del actual orden mercantil presenta
hoy un alcance más democrático que socialista. Pero esta exigencia
democrática afirma también una dimensión ciudadana e igualitaria tanto
más progresista cuanto que la mundialización neoliberal tiende a
vaciar de todo contenido la misma democracia burguesa (...) No es
tanto la soberanía nacional lo que está aquí en cuestión, sino la
soberanía democrática y popular (...) La mundialización capitaalista
cuestiona la posibillidad misma de hacer elecciones políticas (...) En
ese contexto, la exigencia democrática ciudadana, aun elemental, adquiere
una nueva dinámica subversiva” (Las resistencias..., 2, 14).
Que
esta ubicación no es fruto de una coyuntura se ve demostrado por el
informe al XV Congreso. Allí, como “hecho nuevo del período”, se señala
que se puede integrar las reivindicaciones de las luchas inmediatas con
“cuestiones estratégicas y programáticas que determinan las grandes líneas
de un programa de urgencia democrático y social anticapitalista”. ¿En
qué consisten esas “grandes líneas programáticas”? Veamos: “la
exigencia de democracia a todos los niveles (...), una lógica de
las necesidades sociales que sustituya a la de la ganancia capitalista
(...) una defensa de los derechos elementales. Se puede buscar apoyo
incluso en la Declaración universal de los derechos del hombre contra la
lógica liberal que recuestiona esos derechos básicos. Esto pasa por una
nueva reflexión sobre la cuestión de la soberanía nacional en los países
dominados (...) En las luchas por el empleo, no hay que dudar, aun
cuando sea en el terreno de la propaganda, en adelantar la necesidad
de una irrupción en la propiedad privada para frenar los despidos y
retomar, contra las privatizaciones, todas las perspectivas de apropiación
pública y social” (Informe introductorio, 4.2).
Una
vez más el mismo patrón: el plano de clase y socialista del programa
queda totalmente desdibujado en beneficio de un claro predominio de motivos
democráticos desprovistos de connotación anticapitalista, salvo
cuando se intenta deslizar que la democracia (a secas, sin determinación
clasista) adquiere per se, “objetivamente”, esa connotación.
En contraste, los motivos anticapitalistas aparecen raleados,
desjerarquizados y confinados al “terreno de la propaganda”.
El
único atisbo de crítica a la panacea democrática aparece en el
documento Rol y tareas de la IV Internacional, al hacer referencia
a un programa transicional para América Latina: “la cuestión de la
democracia política, de reapropiación de los derechos confiscados, tanto
como el carácter, alcance y límites de una orientación de democracia
participativa a nivel local o municipal” (Rol y tareas...,
7.3). Aquí, en verdad, el tono general es de asumir sin más un programa
de “democracia política” (¿burguesa, obrera, popular..? Misterio),
pero al menos parecería haber “límites”. No obstante, al no hacerse ningún
balance serio (ni de ninguna otra clase) de la lamentable
experiencia de gestión de DS en Porto Alegre con el Presupuesto
Participativo, toda discusión sobre los “límites” permanece en
el plano de la abstracción, y lo que queda como residuo práctico es el
programa de democracia “pura”.
Lo
que vuelve realmente grave este curso político es que es el propio SU el
que considera imprescindible una renovación, al punto de hablar de
“refundar el programa de transición”. De hecho, se afirma que “el
nuevo período histórico... exigirá una verdadera refundación
programática (...) Ese programa ha de incorporar el balance crítico
de 150 años del movimiento obrero (...) Se trata de un verdadero desafío
en la medida en que la lucha política... no cesa y que toda organización
activista tiene necesidad... de ofrecer sus respuestas inmediatas” (Rol
y tareas..., 7.1).
Pero
también aquí, a la hora del “debate programático-estratégico que
envuelve al conjunto de los problemas de la lucha por el socialismo”, el
primer punto para la discusión es “formular un programa
universal sobre las necesidades sociales y los derechos humanos a
partir de la crisis ecológica mundial, de la regresión social
generalizada, de la extrema pobreza de la mayoría de la humanidad y de
las desigualdades sociales en el mundo del trabajo” (Rol y tareas...,
7.2). Nuevamente, estamos en presencia de un retroceso en toda la línea
desde las posturas programáticas clásicas del marxismo revolucionario,
en las que las coordenadas de clase cumplen un papel esencial.
Lo
objetable es que, a despecho de los aires “renovadores”, la supuesta
“refundación programática” no tiene ninguna densidad estratégica:
es una declaración de buenas intenciones, verdades generales y defensa de
derechos, insistimos, al mejor estilo de la vieja socialdemocracia. En
este sentido, es un serio error metodológico acomodar el programa histórico
a las características de un determinado período, especialmente si éste
es de retroceso, como supone el SU. El texto citado mezcla los planos del
programa general y de un balance de siglo y medio con las “respuestas
inmediatas”. Incluso si la periodización que propone el SU fuera
correcta y estuviéramos frente a un “largo período de reconstrucción”
en el que la idea de revolución socialista quedará confinada a la
propaganda, es peligroso y confuso mezclar la dimensión política de
la etapa presente con las definiciones programáticas centrales y las
lecciones estratégicas que representan el núcleo del acervo teórico-político
del marxismo revolucionario.
Esta
operación, además de espuria en lo metodológico, alimenta los riesgos
de perder todo parámetro político y toda brújula estratégica, como
enseguida veremos. En verdad, el tipo de “renovación programática”
que propone el SU sólo podría justificar su alcance si se apoyara en una
evaluación comprehensiva y exhaustiva de la experiencia histórica que
demuestre, sin lugar a dudas, que las coordenadas que tradicionalmente habían
marcado hasta aquí las fronteras programáticas y estratégicas ya no
están vigentes y deben ser reemplazadas. Se trata de una conclusión
que el SU sugiere de manera velada, pero que no se atreve a anunciar a
plena luz. Por supuesto, una investigación semejante debería extremar
los recaudos metodológicos, teniendo en cuenta que los reformistas y
renegados de todas las épocas se propusieron muchas veces invalidar el
punto de vista revolucionario por “anacrónico” o “poco realista
para los tiempos que corren”.
Pero
precisamente tales recaudos están ausentes en el análisis del SU, que
tememos que mezcla las dimensiones temporales y le |