El imperialismo
del siglo XXI

La IV Flota destruyó a «Imperio»

Por Atilio A. Borón (*)
ALAI, América Latina en Movimiento, 20/08/08

Sí; la IV Flota terminó por hundir a Imperio, el libro de Michael Hardt y Antonio Negri demostrando, una vez más, que las réplicas de la historia son impiadosas con las modas intelectuales que, en su tiempo, lucían como indiscutibles o inexpugnables. La nefasta tesis que proponían aquellos autores: pensar que existía un “imperio sin imperialismo” ha quedado sepultada por los hechos. Que en paz descanse.

Un poco de historia

Podría argumentarse: ¿y a quién le importa la muerte de un desvarío de dos intelectuales? Respuesta: a mucha gente y, especialmente, a las fuerzas sociales que luchan por la construcción de un mundo mejor, por una sociedad socialista. Para comprender mejor el porqué de esta respuesta conviene hacer un poco de historia. Precisamente cuando el neoliberalismo comenzó a sufrir los embates de una resistencia que a comienzos de nuestro siglo se extendía por las más diversas latitudes apareció el libro de Hardt y Negri.

De inmediato la obra fue saludada por toda la prensa imperialista mundial como el nuevo “Manifiesto Comunista” del siglo veintiuno; un manifiesto que, a diferencia de su predecesor escrito por Marx y Engels un siglo y medio antes, demostraba su sensatez al fulminar sin atenuantes a los dinosaurios que aún hablaban del imperialismo, creían que las transnacionales se apoyaban en la fortaleza de los estados nacionales y que éstos, lejos de estar en vías de extinción, se fortalecían en el capitalismo metropolitano mientras se debilitaban en la periferia del sistema.

Un curioso manifiesto comunista en cuyas páginas brillaban por su ausencia las contradicciones de clases, la dialéctica y la revolución, y que erigía como modelo de lucha contra el fantasmagórico imperio ... ¡al bueno de San Francisco de Asís! (de quien se decía que amansaba a lobos hambrientos con el sonido de su violín) y relegando al museo de los arcaísmos revolucionarios a figuras como el Che Guevara, Fidel, Lenin, Mao, y Ho Chi Mihn, entre tantos otros. Por varias razones que no viene al caso exponer aquí la influencia de estos disparates en las primeras reuniones del Foro Social Mundial de Porto Alegre fue enorme, y quienes objetábamos las tesis de Hardt y Negri debimos remar a contracorriente para lograr que se nos escuchara. Muchos de quienes impidieron un debate a fondo sobre este asunto terminaron siendo los representantes ideológicos de los anguiliformes gobiernos de centro–izquierda que, poco después, se afianzarían en la región.

No era fácil objetar los planteamientos de un pensador dueño de una trayectoria marxista tan dilatada como Toni Negri. Imperio, escrito conjuntamente con el estadounidense Michael Hardt –un profesor de Teoría Literaria de la Universidad de Duke– es un libro voluminoso, enrevesado y por momentos críptico (o confuso, si no se quiere ser tan benévolo) cuya tesis central: “el imperio no es imperialista” sonó como música celestial para los imperialistas No causó sorpresa, por lo tanto, el aluvión de elogios con que el libro fue recibido por el mundo “bienpensante” y la industria cultural del imperio: no es cosa de todos los días que dos autores que se autodenominan “comunistas” planteen una tesis tan grata y tan coherente con los deseos y los intereses de los imperialistas de todo el mundo, y muy especialmente con los de la “Roma americana”, al decir de José Martí, que aporta los fundamentos materiales, militares e ideológicos sobre los cuales reposa todo el imperialismo como sistema.

La interminable sucesión de errores y confusiones que se desgranaban a lo largo del libro –salpicadas, es verdad, con alguna que otra observación más o menos razonable– fue objeto de numerosas críticas. Pensadores marxistas de las más diversas corrientes cuestionaron y refutaron esa obra.[1] Por nuestra parte, asumimos como una exigencia de la militancia anti–imperialista dedicar un tiempo precioso para escribir un pequeño libro destinado a rebatir las tesis centrales de Imperio y a tratar de contribuir a neutralizar la profunda confusión ideológica en que, a causa de las mismas, habían caído los movimientos de la alterglobalización.[2] Es que, en línea con el discurso predominante del neoliberalismo y bajo una retórica de izquierda el libro de Hardt y Negri contrariaba con una insoportable mezcla de ignorancia y soberbia toda la evidencia empírica arrojada por numerosos estudios sobre la dominación imperialista y sus consecuencias. Aparte de la disparatada tesis central: un imperio sin relaciones imperialistas de dominación, saqueo y explotación, también se afirmaba que el imperio carece de un centro, no tiene un “cuartel general” ni puesto de comando y tampoco se afianza sobre base territorial alguna; mucho menos puede decirse de que cuente con el respaldo de un estado–nación. Para Hardt y Negri el imperio es una benévola constelación de múltiples poderes sintetizados en un régimen global de soberanía, permanentemente jaqueada por una fantasmagórica “multitud”: una vaporosa o líquida, al decir de Zigmunt Bauman, agregación altamente inestable y cambiante de sujetos que, por una incomprensible paradoja, eran simultáneamente los verdaderos creadores del imperio y podían ser sus eventuales sepultureros si es que por un milagro lograban curarse de la esquizofrenia que los condujo a crear algo que los oprimía y que, a la vez, querían destruir.

Es por todo lo anterior que pocas imágenes podrían ser más del agrado del gobierno de Estados Unidos y las clases dominantes de ese país y sus aliados en todo el mundo que esta embellecida visión de sus cotidianas tropelías, crímenes, atropellos y el genocidio que lenta y silenciosamente practican día tras día por los cuatro rincones de la tierra, y muy especialmente en el Tercer Mundo. Pocas, también, podrían haber sido más oportunas en momentos en que Estados Unidos se había convertido en la potencia imperialista más agresiva y poderosa de la historia de la humanidad y en el estado nación imprescindible e irreemplazable para sostener con su formidable maquinaria militar, su enorme gravitación económico–financiera y el fenomenal poderío de su industria cultural (desde Hollywood hasta sus universidades, pasando por sus tanques de pensamiento y los medios de comunicación de masas y, last but not least, su control estratégico de la Internet, no compartido ni siquiera con la Unión Europea y Japón) toda la arquitectura del sistema imperialista mundial.

La IV Flota entra en escena

Ahora bien: si alguna prueba hacía falta para invalidar irreparablemente las tesis centrales de Imperio (y para convencer a los más remisos del carácter insanablemente erróneo de ese libro) la reactivación ordenada por el gobierno de Estados Unidos de la IV Flota aportó la evidencia necesaria para cerrar definitivamente el caso. Herido de muerte por la invasión y ocupación estadounidense de Irak, donde fue un estado–nación quien produjo el zarpazo que, a la vieja usanza imperialista, arrasaría con ese país para apoderarse de su riqueza petrolera y favorecer a “sus transnacionales”, Imperio sucumbió definitivamente ante la nueva iniciativa ordenada por el Departamento de Defensa en Abril del 2008.[3]

Desactivada desde 1950, la IV Flota (de Estados Unidos, no de un poder “global y abstracto” o de las Naciones Unidas, como Hardt y Negri nos inducirían a creer) fue sacada de su letargo con el mandato específico de patrullar la región y monitorear los acontecimientos que se puedan producir en el vasto espacio conformado por América Latina y el Caribe. No sólo se trata de controlar el litoral marítimo en el Atlántico y el Pacífico sino que también –se deslizó con llamativa imprudencia– podría inclusive navegar por los caudalosos ríos interiores del continente con el propósito de perseguir narcotraficantes, atrapar terroristas y desarrollar acciones humanitarias que hubieran provocado la envida de la madre Teresa de Calcuta. No hace falta ser demasiado perspicaz para caer en la cuenta que la penetración de la IV Flota por el Amazonas y su eventual estacionamiento en ese río le otorgaría un sólido respaldo militar a la pretensión norteamericana de convertir a esa región en un “patrimonio de la humanidad bajo supervisión de las Naciones Unidas.” Tampoco se requiere de demasiada imaginación para percatarse de lo que podría significar la navegación de la IV Flota por los grandes ríos sudamericanos (en soledad o con el auxilio de fuerzas locales aliadas al imperialismo) para maniatar y subyugar la que, en un trabajo reciente, Perry Anderson calificara como la región más rebelde y resistente al dominio neoliberal del planeta.

Con esta iniciativa Estados Unidos, el centro indiscutido del imperio y el locus donde reside su cuartel general, viene a completar por los mares y ríos lo que ya había sido parcialmente obtenido mediante el emplazamiento en nuestra geografía de una serie de bases y “misiones militares” y por su predominio aéreo y del espacio exterior, especialmente en el terreno satelital: el control integral de lo que los expertos en geopolítica de Estados Unidos llaman la gran isla americana. Gracias al Plan Colombia (y en menor medida al Plan Puebla–Panamá) y a las numerosas bases militares con que cuenta en la región Washington detenta un decisivo y monopólico control territorial que se extiende desde México, en el Norte y llega hasta la Triple Frontera, con la Base Mariscal Estigarribia en Paraguay, e inclusive hasta la propia Tierra del Fuego, en el extremo Sur de la Argentina en donde también hay personal militar norteamericano. [4]

Una nota producida hace pocos meses por Stella Calloni consigna que en Tierra del Fuego el gobierno de esa provincia argentina emitió un decreto cediendo tierras “para la instalación de una base estadounidense que se supone realizará ‘estudios nucleares con fines pacíficos’ ”. Esta decisión del gobierno provincial se apoya en una ley aprobada en 1998 por la Cámara de Diputados de la Nación, durante la presidencia de Carlos S. Menem, en cuyos anexos se contempla que ‘podrán realizarse explosiones nucleares subterráneas con fines pacíficos’. El decreto del ejecutivo fueguino autoriza la instalación de una base del Sistema Internacional de Vigilancia para la Prevención y Prohibición de Ensayos y Explosiones Nucleares ... y habilita para ‘los integrantes de esta base el libre tránsito por la provincia, si así lo requieren para sus estudios’.” Por último anota Calloni que existe el peligroso antecedente de la “inmunidad total” que el Paraguay otorgara, en 2005, a las tropas estadounidenses radicadas en ese país” y que motivara la condena unánime de los organismos defensores de los derechos humanos en toda América Latina. [5]

Resumiendo: en la actualidad el control que Estados Unidos detenta del espacio aéreo latinoamericano es absoluto e inexpugnable, habida cuenta de su enorme superioridad tecnológica que, entre otras cosas, le permitió organizar y ayudar a ejecutar, paso a paso, la enigmática “operación rescate” de Ingrid Betancourt y los otros “rehenes de oro” que tenían en su poder las FARC.[6] A lo anterior debe sumársele su presencia territorial y, ahora, agregársele el dominio de los mares, con lo cual el círculo se cierra sobre América Latina y el Caribe. Círculo que se estrecha cada vez más para los cuatro gobiernos que en nuestra región están librando una batalla diaria y sin cuartel contra el imperialismo: Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Misiones manifiestas y latentes

Una versión “candorosa” de la misión de la IV Flota (apta para el consumo de las buenas almas incapaces de reconocer la maldad) la brindó hace pocas semanas el Almirante James Stavridis. En una nota, reproducida en los principales periódicos de América Latina, este militar sostiene que “el restablecimiento de la IV Flota” es un reconocimiento a la “excelente cooperación, amistad y mutuo interés en las Américas entre nuestra armada y las armadas de toda la región.” Después de asegurar que “no hay naves permanentemente asignadas a la IV Flota … y no tendrá ningún buque portaaviones asignado” destacó que entre las principales operaciones marítimas que podrían llevarse a cabo con las armadas de la región se incluyen, (llamativamente en primer lugar) “la asistencia humanitaria …, el apoyo a las operaciones de paz, la asistencia en las situaciones de desastres y las operaciones de auxilio, en las operaciones antinarcóticos y …en las de cooperación regional y de entrenamiento inter–operacional.”[7]

Es evidente que el lenguaje empleado por Stavridis no por casualidad tiene la suficiente ambigüedad como para ocultar las verdaderas intenciones que se ocultan detrás de tan significativa decisión. ¿Es concebible pensar que Estados Unidos va a reactivar la IV Flota para ofrecer “asistencia humanitaria” a América Latina y el Caribe? Esto no lo puede creer nadie, porque para eso no hace falta una flota naval y además porque semejante arranque de altruismo jamás ha figurado en la agenda de la política exterior estadounidense. Esta sigue fiel al viejo dictum de John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, cuando dijera que ese país “no tiene amistades permanentes sino intereses permanentes.”

Esta política, por lo tanto, poco tiene de novedosa. La Doctrina Monroe, formulada en 1823 –¡es decir, un año antes de la batalla de Ayacucho que complementaría la primera etapa de la lucha por la independencia de nuestros pueblos!– apuntaba en esa dirección y reafirmaba el “interés permanente” de Estados Unidos por controlar y dominar América Latina. Tal como lo señala el historiador Horacio López, a fines del siglo XIX un oficial de la Armada estadounidense, Alfred Thayer Mahan, perfeccionaría en el plano de la geopolítica las recomendaciones que se desprenden de la Doctrina Monroe.[8] La preocupación de Mahan surgió como respuesta ante la problemática planteada por la guerra Hispano–americana que culminó, en el Caribe, con la incorporación de Cuba y Puerto Rico a su hegemonía (si bien bajo diferentes condiciones) y la estrategia que Estados Unidos debía poner en práctica para asegurar su indisputado predominio en el Caribe, definido a partir de entonces como el Mare Nostrum estadounidense. Contrariando las interpretaciones dominantes en su tiempo Mahan sostiene que la extensión del poder continental de Estados Unidos pasaba por el control global de los océanos y de las líneas de comunicaciones marítimas, lo que exigía la conformación de una poderosa flota militar y mercante. A partir de estas premisas Mahan, observa López, planteó la necesidad de construir un canal en Centroamérica para resolver, en caso de conflictos, el rápido traslado de la flota de guerra estadounidense de una costa a la otra dado que la travesía por el estrecho de Magallanes insumía, en esa época, más de sesenta días de navegación.. Una vez que se construyera el canal, se suscitaría el problema de su defensa para evitar que cayera en manos enemigas. López cita al sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel quien afirma que “como una manera de asegurar la defensa del futuro canal, Mahan recomendó que antes de construirlo Estados Unidos debía adquirir Hawai y controlar militarmente las cuatro rutas marítimas caribeñas al noreste del canal: el Paso de Yucatán (entre Cuba y México); el Paso de los Vientos (la principal ruta norteamericana de acceso al canal entre Cuba y Haití); el Paso de la Mona (entre Puerto Rico y la República Dominicana) y el Paso de Anegada (cerca de St. Thomas en las aguas orientales de Puerto Rico). Mahan recomendó a las élites norteamericanas la construcción de bases navales en estas zonas como paso previo a la construcción de un canal y como paso indispensable para transformar a los Estados Unidos en una superpotencia.” [9]

Si se examina el itinerario de la política exterior de ese país se podrá comprobar que las recomendaciones de Mahan no cayeron en saco roto: Estados Unidos se apoderó de Cuba y Puerto Rico e, indirectamente, de las pequeñas naciones del Caribe y Centroamérica; hizo lo propio con el archipiélago de Hawai en 1898 y al poco tiempo se apropió de las Filipinas, las Islas Marianas y otras posesiones en el Pacífico Occidental. Todo este esfuerzo se vio coronado con la cuidadosamente planeada secesión de la norteña provincia colombiana de Panamá, en 1903, y la firma de un tratado que permitiría la construcción del Canal, que sería inaugurado en 1914.[10] En esa oportunidad las autoridades “independientes” de Panamá concedieron a Estados Unidos los derechos a perpetuidad del canal y una amplia zona de 8 kilómetros a cada lado del mismo a cambio de una suma de 10 millones de dólares y una renta anual de 250 000 dólares. Esta situación sería modificada gracias al Tratado Torrijos–Carter, firmado en 1977, y que devolvería el Canal a la soberanía panameña el 31 de Diciembre de 1999.

De esta somera descripción surge con bastante claridad la coherencia de la política exterior de la Casa Blanca hacia América Latina, el rol importantísimo jugado por la Armada y, en consecuencia, la muy fundada sospecha que la reactivación de la IV Flota está llamada a jugar un papel mucho más importante que el anunciado en la propaganda oficial. En otras palabras, que su misión verdadera poco tiene que ver con la manifiestamente declarada.

Sabemos por experiencia los problemas definicionales con que tropieza quien pretenda descifrar el significado de “seguridad regional”, “terrorismo” y “narcotráfico” cuando estas expresiones son propuestas en los discursos o documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos. Cualquiera que se oponga a los designios imperiales puede ser fulminado con la calificación de terrorista o narcotraficante o, más fácil todavía, como “cómplice” de aquellos. El argumento de la lucha contra el narcotráfico no sólo es falso; es cómico. Afganistán y Colombia, dos países en donde la presencia norteamericana es abrumadora (podría decirse inclusive que, sobre todo en el primer caso, son países “ocupados” militarmente por Washington) no por casualidad registran en los últimos años una vigorosa expansión de los cultivos de amapola y coca y, además, el tráfico de sustancias prohibidas, algo insólito que ocurra bajo la celosa mirada de quienes ahora se arrogan la responsabilidad de combatir al narcotráfico en América Latina. Un estudio reciente concluye que la invasión y ocupación de Afganistán desde Octubre del 2001 “no destruyó la economía de la droga en ese país. Peor aún, Afganistán ha vuelto a convertirse en el mayor productor mundial de opio … y el cultivo de la amapola se ha extendido por todas las provincias del país y su cosecha aporta el 92 % del opio producido en todo el mundo y aproximadamente el 90 % de toda la heroína consumida.” Y en lo tocante al caso colombiano los autores sostienen que “a pesar de años de campañas de erradicación la producción y el suministro de drogas ilegales permanecieron estables en la región.” [11] El Informe de la Organización de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC) de 2008 revela que en 2007 la cosecha de amapola en Afganistán fue la mayor desde que se llevan registros estadísticos y que la producción de opio se duplicó entre 2005 y 2007. También se señala que en ese país también se verifica una impetuosa expansión del cultivo de marihuana.[12] Y en Colombia se estima que en el último año la superficie sembrada con coca se incrementó en un 27 por ciento, pese a las campañas de fumigación, la presencia de tropas norteamericanas y las políticas de “combate” al narcotráfico diseñadas por el gobierno colombiano mancomunadamente con la Casa Blanca. Ante la contundencia de estos hechos, ¿quién podría ser tan ingenuo como para creer que la IV Flota levaría anclas para perseguir narcotraficantes cuando bajo la protección de las tropas norteamericanas el cultivo y el tráfico de estupefacientes floreció en Afganistán y Colombia? Lo que la experiencia sugiere es que casi con seguridad una de sus principales misiones será organizar el tráfico de drogas de modo tal que lo recaudado termine canalizándose hacia la banca norteamericana encargada de lavar el dinero mal habido.

El pretexto de la lucha antiterrorista contra el radicalismo islámico es tan poco persuasivo como el anterior: salvo los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, ocurrida en Buenos Aires a comienzos de los años noventa (y cuya génesis, responsables y ejecutores aún se encuentran en las sombras por la pasmosa ineficacia, o corrupta complicidad, de algunos funcionarios del estado argentino en sus diferentes ramas) no existe en la región actividad alguna comprobada de células vinculadas a Al Qaeda u otra organización similar. La lucha contra el terrorismo internacional debería librarse en Washington, pues allí se encuentran sus principales responsables: la escandalosa protección oficial brindada al terrorista probado y confeso Luis Posada Carriles y la no menos escandalosa detención, en condiciones inhumanas que no se le aplican ni al más desalmado criminal, de los cinco jóvenes cubanos que se infiltraron en las organizaciones terroristas basadas en Miami le quitan por completo la más mínima pretensión de verosimilitud al proclamado objetivo de la Casa Blanca de combatir al terrorismo.[13] En cuanto a las intenciones humanitarias de la IV Flota no dejan de ser un simple pretexto para encubrir sus verdaderas e inconfesables intenciones: posicionarse en la región para estar prestas a intervenir ni bien lo exijan los imperativos de la coyuntura.[14]

Contrariando las piadosas declaraciones de Stavridis un comunicado oficial del Departamento de Defensa de Estados Unidos manifestó que IV Flota contará con toda clase de navíos, submarinos y aviones, y que su apostadero (Mayport, en el estado de Florida) es una base naval que cuenta con un vasto arsenal nuclear. Según ese comunicado el objetivo perseguido por la reactivación de la IV Flota fue “responder al creciente papel de las fuerzas de mar en el área de operaciones del Comando Sur (de Estados Unidos) y demostrar el compromiso de Washington con sus socios regionales”.[15] No es necesario extremar demasiado la imaginación para saber quienes califican como “socios regionales” y quienes, como Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, son considerados como los “enemigos globales” que desestabilizan la región y atentan contra la “seguridad marítima” de la región. La declaración oficial del Pentágono no podría haber sido más vaga: esta fuerza tendría a su cargo varias misiones, en un rango que va desde “operaciones contingentes, la lucha contra el “narco–terrorismo” hasta ciertas actividades relacionadas con la seguridad en el teatro de operaciones. Como puede observarse, la IV Flota tiene un mandato para hacer prácticamente cualquier cosa, y no es casual que su reactivación haya coincidido con el bombardeo por parte de la Fuerza Aérea de Colombia de un campamento de las FARC precariamente instalado en territorio ecuatoriano y a pocos kilómetros de la frontera, operación ésta que, al igual que la “liberación” de los quince rehenes en poder de la FARC, no hubiera sido posible sin el apoyo informático y satelital de Estados Unidos. Tampoco es casual que tenga lugar cuando los esfuerzos por desestabilizar a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia pusieron en evidencia sus limitaciones y los gobernantes de esos países lograron, al menos hasta ahora superar, todos los obstáculos y acechanzas interpuestas por la Casa Blanca y sus lugartenientes en la región. La aplastante victoria de Evo Morales en el reciente referendo revocatorio del 10 de Agosto debe haber sumido en la desesperación a muchos en Washington y en la Media Luna de Bolivia.

Para resumir: lo cierto es que el Pentágono contempla dotar a la IV Flota con un equipamiento similar al que cuentan la Quinta Flota, que opera en el Golfo Pérsico, y la Sexta, estacionada en el Mediterráneo. Declaraciones posteriores del Pentágono admitieron que al menos un portaaviones y varios submarinos formarán parte de la flota encargada de patrullar en aguas latinoamericanas. En ese mismo cable originado en Washington –y publicado por La Nación bajo la firma de su corresponsal en esa ciudad Hugo Alconada Mon– se dice que “dentro de la órbita del Comando Sur operan hoy 11 barcos, un número que podría aumentar en el futuro. Qué tipo de naves se desplegarán "es cuestión del momento, de las misiones específicas" … (p)ero los primeros indicios apuntan al flamante portaaviones George H. W. Bush, que estará operativo desde fines de este año, como posible corazón de la IV Flota.” [16]

Según el mismo enviado a Washington, “el almirante Gary Roughead, gestor intelectual del renacimiento de la unidad” tiene como meta “asegurar la seguridad en este mundo globalizado”. Interrogado sobre el significado de esa expresión Roughead se limitó a decir que la IV Flota podrá estar “lista en todo momento para todo desafío. Por eso somos una Armada global”. Si se recuerda la extraordinaria amplitud que la nueva doctrina estratégica norteamericana anunciada en Septiembre de 2002 –la guerra infinita y global contra el “terrorismo” y el hecho de que la paranoia oficial reinante en Washington considere como “terrorista” a todo aquel que resiste las agresiones del imperialismo– pocas dudas caben acerca del papel real que habrá de desempeñar la IV Flota: ser un elemento de chantaje y disuasión para los gobiernos de la región que se opongan a los imperialistas y un significativo apoyo “extramuros” para sus aliados entre las clases dominantes locales. [17]

El documento del Comando Sur de Estados Unidos denominado US Southern Command Strategy: 2016 Partnership for the Americas es calificado por el especialista en relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlian como “el plan más ambicioso que haya concebido en años una agencia oficial estadounidense respecto a la región.” [18] Según este documento en la nueva conformación de la política estadounidense hacia nuestra región no desempeñan papel alguno ni los tradicionales instrumentos de predominio militar, como la Junta Interamericana de Defensa o el ya difunto Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, pasado a mejor vida luego de la Guerra de Las Malvinas en 1982; ni tampoco organismos multilaterales como la OEA o las Naciones Unidas. Señala asimismo que “las instancias políticas internas (los Departamentos de Estado, Justicia y Tesoro) de interacción con el hemisferio se han evaporado en el documento. El Comando Sur anuncia su papel y proyección en el área para los siguientes diez años como lo haría un procónsul continental.” Y esto pese a que en la región “ni existen tiranos con armas de destrucción masiva, ni hay formas de terrorismo transnacional de alcance global.” [19] La militarización de la política internacional es una de las consecuencias de la nueva doctrina estratégica anunciada al mundo en Septiembre de 2002 y ratificada ahora por el Pentágono a través de su instrumento regional: el Comando Sur. Nótese que el reverso de esta concepción que militariza la escena internacional es la criminalización de la protesta social en el plano doméstico, hacia lo que apunta la ya referida legislación antiterrorista aprobada, bajo la fuerte presión estadounidense, en casi todos los países del área. Y para combatir en ambos terrenos, el internacional y el nacional, el imperio apela a la eficacia disuasiva de las armas. Ese y no otro es el papel real que la IV Flota está llamada a cumplir en América Latina y el Caribe.[20]

Un debate terminado, una confusión menos

Como decíamos al principio, la puesta en funcionamiento de la IV Flota liquidó el debate en torno a la naturaleza del imperio. Tal como lo plantea el marxismo, las controversias teóricas y políticas no se resuelven con ingeniosos juegos de lenguaje o encendidas pirotecnias verbales sino en la vida práctica de pueblos y naciones. Y el debate sobre el libro de Hardt y Negri ya se acabó: el primer golpe mortal lo había propinado la Guerra de Irak, que desde el principio demostró claramente ser una clásica guerra imperialista de anexión lanzada para apropiarse del petróleo iraquí. Y el tiro de gracia lo acaba de descerrajar la decisión de reactivar la IV Flota. Para estudiar seriamente el imperialismo Hardt y Negri deberían haberse inspirado en la actitud de V. I. Lenin –un autor por quien no ocultan su menosprecio– cuando se propuso investigar la naturaleza del imperialismo a comienzos del siglo veinte: leer toda la literatura relevante producida por los intelectuales de la burguesía imperialista. En lugar de ello Hardt y Negri se regodearon transitando por los inconsecuentes meandros de la filosofía posmoderna francesa mientras el imperio verdadero –no el que ellos alucinaban– desfilaba ante sus dilatadas pupilas sin tener la menor conciencia de ello. Su desconocimiento de la densa literatura imperialista producida por la derecha norteamericana desde Reagan hasta nuestros días es imperdonable. Si hubieran tenido la curiosidad propia del espíritu científico y se hubiesen asomado a leer algo, aunque sea lo que escribía uno de los voceros más caracterizados del pensamiento imperialista norteamericano y principal columnista de asuntos internacionales del New York Times, Thomas Friedman, se habrían proporcionado un baño de sobriedad y probablemente dado cuenta de que algo no funcionaba demasiado bien en su teoría. [21] Poco antes de la aparición de Imperio Friedman escribió una nota en la que decía, sin tapujo alguno, que “la mano invisible del mercado global nunca opera sin el puño invisible. Y el puño invisible que mantiene al mundo seguro para el florecimiento de las tecnologías del Silicon Valley se llama Ejército de Estados Unidos, Armada de Estados Unidos, Fuerza Aérea de Estados Unidos y Cuerpo de Marines de Estados Unidos (con la ayuda, incidentalmente, de instituciones globales como las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. … Por eso cuando un ejecutivo dice cosas tales como ‘No somos una compañía estadounidense. Somos IBM–US, o IBM–Canadá, o IBM–Australia, o IBM–China” les digo: ¿ Ah sí ? Bueno, entonces la próxima vez que tengan un problema en China llamen a Li Peng para que le ayude. Y la próxima vez que el Congreso liquide una base militar en Asia –y usted dice que no le afecta porque no le preocupa lo que hace Washington– llame a la Armada de Microsoft para que le asegure las rutas marítimas de Asia. Y la próxima vez que un novato congresista republicano quiera cerrar más embajadas estadounidenses llame a America–On–Line cuando pierda su pasaporte.”[22]

Este es el “imperio realmente existente”, el “sheriff solitario” del que habla Huntington, con la omnipresencia de los estados metropolitanos, y sobre todo del estado fundamental para la preservación de la estructura imperialista mundial: Estados Unidos; con la proliferación de grandes empresas “nacionales” con proyección global respaldadas por sus estados (los mismos que en su cándida ensoñación Hardt y Negri creían desaparecidos) y con el decisivo componente militar que caracteriza a esta época –donde los pueblos supuestamente estarían cosechando los dividendos de la “paz mundial”, una vez implosionada la antigua URSS, causante del equilibrio del terror atómico de los años de la Guerra Fría– en la cual, paradojalmente, florece la doctrina de la “guerra infinita”, interminable y contra todos proclamada por George W. Bush.

Si algo bueno puede surgir de la desafortunada noticia de la activación de la IV Flota es que la misma nos permite dejar atrás la alucinada visión sintetizada en Imperio y que tanto retrasó la toma de conciencia de las fuerzas de la izquierda, sus partidos y movimientos sociales acerca de la verdadera naturaleza del enemigo imperialista. Como el niño del cuento aquel que gritó que “¡el rey está desnudo!”, la reciente decisión de Washington tiene un valioso efecto pedagógico: despeja del crucial terreno de las ideas las erróneas interpretaciones del imperialismo contemporáneo, como la de Hardt y Negri, lo cual es el imprescindible primer paso para trazar un panorama más claro y realista tanto de los desafíos que el imperialismo presenta a nuestros pueblos como para construir las estrategias, tácticas e instrumentos políticos e ideológicos más apropiados para combatirlo exitosamente.


(*) Atilio A. Boron es Director del PLED, el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, de Buenos Aires. Profesor Titular de Teoría Política en la Universidad de Buenos Aires e Investigador Superior del CONICET.

Notas:

[1] Consultar entre muchos otros: Alex Callinicos, “Toni Negri en perspectiva” (http://revoltaglobal.cat/IMG/pdf/form_CallinicosToniNegrienperspe.pdf); Néstor Kohan, “El “Imperio” de Hardt & Negri y el Regreso del Marxismo Eurocéntrico” (http://www.cuestiones.ws/semanal/030503/sem–may03–03–kohan.htm)

Slavoj Zizek, ¿Han re–escrito Michael Hardt y Antonio Negri el Manifiesto Comunista para el siglo XXI? (2001) http://es.geocities.com/zizekencastellano/arthardtnegri.htm

François Houtart, Tarik Ali, Peter Gowan y Rafael Hernández, “¿Qué imperialismo?”, en Temas (La Habana: 2003), Nº 33–34, Abril–Septiembre; Leo Panitch y Sam Gindin, “Capitalismo global e imperio norteamericano” parte I y II, en Socialist Register en Español (Buenos Aires: CLACSO, 2004 y 2005); John Bellamy Foster, “Imperialism and ‘Empire’ ”, en Monthly Review, Vol. 53, Nº 7, Diciembre de 2001.

[2] Ver nuestro Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri (Quinta Edición, Premio Extraordinario de Ensayo 2004 de Casa de las Américas) [Buenos Aires: CLACSO, 2004].

[3] En el Prólogo a la Quinta Edición de nuestro Imperio & Imperialismo decíamos que “la guerra de Irak, declarada en solitario por los Estados Unidos, ha tenido sobre el análisis propuesto en aquella publicación el mismo efecto que sobre la autoestima norteamericana tuviera la caída de las Torres Gemelas de Nueva York.” (Cf. op, cit, p. 6)

[4] Sobre el tema de las bases militares estadounidenses en América Latina consultar los diversos trabajos de Ana Esther Ceceña y, especialmente, “Subjetivando el objeto de estudio, o de la subversión epistemológica como emancipación”, en Ana E. Ceceña, compiladora, Los desafíos de las emancipaciones en un contexto militarizado (Buenos Aires: CLACSO, 2006), pp. 13–43. También de la misma autora Álvaro Uribe y la base de Manta

http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=3833 y, por último, su muy instructivo sitio web: www.geopolitica.ws

[5] Stella Calloni, “Alertan sobre una base estadounidense para estudios nucleares en Tierra del Fuego”, en La Jornada (México), 14 de Octubre de 2007.

[6] Aclaremos, para que no haya la menor duda, que condenamos sin atenuantes la utilización de los secuestros como un arma de lucha política y que por eso mismo celebramos la puesta en libertad de los rehenes en manos de las FARC. De todos modos subsisten demasiadas incógnitas acerca de la naturaleza de ese “rescate” que, seguramente, con el paso del tiempo podrán ser despejadas deparando no pocas sorpresas.

[7] Cf. “La importancia de trabajar juntos”, en La Nación (Buenos Aires) 10 de Junio de 2008.

[8] Horacio López, Secesionismo, anexionismo, independentismo en Nuestra América (Caracas: El perro y la rana, 2008), p. 23. El libro fundamental en el cual Mahan expone su doctrina es The Influence of Sea Power upon History, 1660–1783 (1890, no por casualidad re–editado en los años de Ronald Reagan: 1987).

[9] Ramón Grosfoguel. “Los límites del nacionalismo: lógicas globales y colonialismo norteamericano en Puerto Rico”, en Jorge Enrique González, Editor. Nación y nacionalismo en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2007)

[10] Demás está subrayar que esta estrategia, la de la secesión, en fechas recientes ha sido desempolvada por el Departamento de Estado para contener la marea izquierdista que crece en el continente. No es casual que intentos separatistas, abiertamente alentados por Washington, hayan aparecido en Zulia, Venezuela; en el litoral ecuatoriano, resucitando una ancestral pero largamente olvidada demanda en pro de la fundación de la República del Guayas, con sede en Guayaquil; y en la Media Luna boliviana, en donde la estrategia de la secesión está a la orden del día, potenciada sin duda por la apabullante victoria de Evo en el referendo revocatorio del pasado 10 de Agosto que parece haber convencido a la reacción racista y fascista de Bolivia que la “solución” a la crisis contempla sólo dos posibilidades: o golpe de estado o secesión. El primer ensayo exitoso de esta estrategia imperialista de secesión tuvo lugar en Texas, en 1845, por entonces perteneciente a México y que luego terminaría siendo anexada al territorio de Estados Unidos. Desde entonces tiene un lugar privilegiado en el manual de operaciones del Departamento de Estado.

[11] Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (UNODC en sus sigla en inglés), en el año 2006 el cultivo de amapola creció un 59 por ciento mientras que la del opio lo hizo en un 49 por ciento. En un reciente articulo Peter van Ham y Jorrit Kamminga [“Poppies for Peace: Reforming Afghanistan’s Opium Industry”, en Washington Quarterly, Invierno 2006–2007, pp. 69–81] examinan a fondo la situación de la economía de la droga en Afganistán y su posible reconversión. Nada de esto ha ocurrido, sin embargo, bajo la ocupación norteamericana.

[12] UNODC, Informe Anual 2008, p. 1. http://www.unodc.org/documents/wdr/WDR_2008/Executive%20Summary.pdf

[13] Sobre el caso Posada Carriles y la cuestión de “los 5” consultar nuestro “El terrorismo como política de estado”, en Página/12 y Rebelión del día 11 de Diciembre de 2007.

[14] Pese a esto, a mediados de Junio de 2007 la Cámara de Diputados de la Argentina transformó en ley un proyecto del Poder Ejecutivo que reprime el accionar del terrorismo y también su financiamiento. La ley responde tanto a un reclamo de Estados Unidos. como a una presión del Grupo de Acción Financiera Internacional amenazaba con hacer un pronunciamiento público declarando a la Argentina país no seguro. Ese mismo chantaje fue ejercido sobre casi todos los países de la región que, salvo algunas pocas excepciones, aprobaron en tiempo record la legislación solicitada por el imperio. Tan vaga es la caracterización que hace la ley que en varios países de la región han surgido fuertes protestas por su aplicación para perseguir luchadores sociales o movimientos que se oponen a las políticas neoliberales. Cf. “Aprueban una ley antiterrorista que era reclamada por Estados Unidos”, en Clarín (Buenos Aires), 14 de Junio de 2007. Véase también la nota de Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”, en Le Monde Diplomatique (Buenos Aires), año IX, Número 108, Junio 2008, p. 6.

[15] http://www.defenselink.mil/releases/release.aspx?releaseid=11862

[16] Cf. Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos con más presencia en la región”, en La Nación (Buenos Aires), 28 de Abril del 2008.

[17] Hugo Alconada Mon, “Estados Unidos pone en marcha la IV Flota”, en La Nación (Buenos Aires), 13 de Julio de 2008.

[18] “El militarismo estadounidense en América del Sur”, en Le Monde Diplomatique (Buenos Aires), Año IX, Número 108, Junio 2008, p. 5. Este artículo forma parte de un excelente dossier dedicado al tema y que incluye los siguientes trabajos: Fernanda Balatti, “El terrorismo según Argentina”; “¿Adiós a la base de Manta en Ecuador”, por Adriana Rossi; “La construcción de la soberanía regional”, por Daniel Pignotti; y “Apropiación de recursos naturales”, por Serena Corsi.

[19] Ibid., p. 5.

[20] Sobre la criminalización de la protesta social existe una amplísima literatura especializada. En conexión con el tema de nuestro trabajo remitimos a la lectura del texto de Fernanda Balatti mencionado más arriba.

[21] No sólo no leyeron a Friedman. En realidad, no leyeron a ninguno de los numerosos intelectuales orgánicos del imperialismo como Robert Kagan, Charles Krauthammer, Michael Ignatieff, Samuel Huntington, William Kristol, Norman Podhoretz y tantos otros, muchos de ellos nucleados en torno al proyecto del Nuevo Siglo Americano y del cual la Administración Bush Jr. habría de reclutar numerosos funcionarios para ocupar cargos clave en la estructura gubernamental como Richard Cheney, Paul Wolfowitz, Elliot Abrams, John R. Bolton, Donald Rumsfeld y muchos más.

[22] Thomas L. Friedman, “Foreign Affairs; Techno–Nothings”, en New York Times, 18 de Abril de 1998.