Teoría

 

Competitividad, deslocalizaciones y salarios:

Reflexiones contra el discurso oficial y por otra estrategia sindical

Por Juan Pablo Mateo Tomé, agosto 2004 [1]

1. Introducción

Asistimos últimamente a la profunda exacerbación de un discurso que, arropado por lo que en primera instancia parece ser el sentido común, oculta sin embargo un mensaje ideológico claro y una perspectiva de clase que por su amenaza para el conjunto de los trabajadores debemos desenmascarar de forma argumentada. Se trata del discurso que en virtud de las deslocalizaciones de empresas aboga por la competitividad poniendo en el punto de mira a los salarios.

En este texto pretendo ofrecer un punto de vista alternativo sobre esta cuestión de la máxima actualidad y del mayor interés para el conjunto de la clase asalariada[2]. Como ningún análisis es neutral, y mucho menos en una ciencia social como representa la economía, por rigor y honestidad debemos aclarar en un primer momento nuestro punto de partida. De esta forma ahorramos al lector indagación mental alguna para averiguar las lindes ideológicas por las que se mueve el autor. Así, el enfoque teórico que sustento es el del marxismo. No se pretende por tanto ninguna vocación de asepsia social, por el contrario, el único fin es el de contribuir a la toma de conciencia de los trabajadores en el plano teórico como un instrumento de la lucha en el terreno de la praxis, pues frente al poderío cuantitativo (que no científico y explicativo) de los pensamientos únicos, en su doble faceta directamente apologética así como la reformista de origen moralista-utópico-sentimental, nuestra clase social debe desarrollar el verdadero espíritu del saber libre, esto es, crítico y heterodoxo.

El recorrido que realizo viene bosquejado brevemente en el título, y por este orden hablo de competitividad, deslocalizaciones y posteriormente del quid de la cuestión, el eje central de la pugna distributiva entre trabajo y capital: el salario. Sin duda, en términos académicos el orden analítico hubiera sido otro, pero no obstante en tanto en cuanto la única vocación de estas líneas, como he subrayado, es la de servir de toma de conciencia para todo lector, invierto la argumentación por razones de claridad expositiva.

2. El discurso oficial y su contenido apologético

i) Sobre la teoría de sus economistas liberales...

En la forma mágica y divina de los todopoderosa economía (neo)liberal, la fórmula trinitaria del capital, la tierra y el trabajo, este último ocupa un lugar sagrado, un lugar reservado en la diana de los escopeteros, bandoleros y demás cazadores furtivos al servicio del capital. Es significativo que siempre y sin excepción conocida, toda crisis económica, perturbación simétrica o asimétrica, pérdida de competitividad o incluso desgracia medioambiental tenga en los elevados salarios su causa primigenia fundamental. La receta que nos recomiendan para la salvación es siempre la misma desde los albores de la historia capitalista, ¡moderación salarial! Y a fuerza de machacar algunos hasta se lo creen.

Los análisis convencionales muestran sus limitaciones y su profundo sentido apologético cuando toman como elementos básicos para sus análisis, al contrario que el espíritu científico, los fenómenos que aparecen en la superficie y que luego se recogen en las estadísticas oficiales. No olvidemos además que las mismas son elaboradas, estructuradas y presentadas conforme a los postulados básicos de dicho enfoque “oficial” y la teoría económica que subyace es la de sus intereses de clase[3].

Por el contrario, el análisis marxista penetra debajo de la superficie de las cosas con el fin de aprehender la esencia de los fenómenos, pues como muy bien señalaban Marx y Engels, “toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente”. De hecho, la mayoría de lo que escuchamos y/o leemos en los medios de comunicación pertenecería con todo merecimiento a esa “economía vulgar” que ellos ridiculizaron constantemente.

ii) ... y las soflamas de sus portavoces a sueldo (o los sicofantes)

Si consultamos cualquiera de los principales medios de comunicación podemos apreciar la importancia desmesurada que se le otorga a los cierres de empresas en los países desarrollados y a la descripción de los salarios tan elevados que tienen los trabajadores estadounidenses, las largas vacaciones “pagadas” de los obreros alemanes o la red de prestaciones gratuitas de que disfrutan los nórdicos. Por supuesto, no es mi propósito negar el drama humano que aflora con los despidos que estas deslocalizaciones traen consigo, pero al fin y al cabo es un hecho más de nuestro sistema económico, no se pueden negar las consecuencias ignorando las causas. Pero sí lo es contribuir a desenmascarar lo que tras estas soflamas se esconde.

Veamos un ejemplo de ello en el diario El Mundo (01 de junio de 2.004, página 33, sección Economía), en un artículo casualmente titulado “Eslovenia, único país de los 10 nuevos estados de la UE que supera a España en coste laboral”. De esta frase adivinamos ya la que se nos viene encima. Cito literalmente y comento algunas partes.

a) La noticia ha confirmado el análisis de los expertos.

¿De qué expertos se trata? Deben ser los mismos que, por decir un ejemplo cualquiera, la CEOE o alguna multinacional (de las que, por casualidad, desea invertir en el sector objeto de estudio) contrata para que haga estudios rigurosos y serios que fortuitamente demuestra la inviabilidad de un sistema público de pensiones o la educación gratuita. Y es que en esto de ser experto uno no sabe si se premia más el contenido analítico o la fuerza y el arte con el que se cantan excelencias al poder.

b) Los costes laborales del mercado español superan a los de los 10 nuevos países que el pasado 1 de mayo se sumaron al proyecto europeo, con la excepción de Eslovenia.

Al margen de lo triste de la casualidad de la fecha, podemos inferir una serie de cuestiones: i) los intereses a que obedece la ampliación de la Unión Europea, ii) la centralidad del coste laboral y del trabajo en la economía capitalista, como veremos posteriormente, iii) que se oculte el coste unitario de producción y sólo se fijen en el salarial, iv) que los trabajadores españoles se vayan preparando, en vista del redoble estruendoso de campanas, ante una potente ofensiva del capital (la enésima) contra sus salarios y condiciones laborales, y v) que nuestros compañeros eslovenos también lo hagan con antelación.

c) Cifras: el coste laboral en España se sitúa en 8.42 euros la hora (Eslovenia en 9.01), frente a Hungría o la República Checa (poco más de 5), Polonia (4.49), Letonia (2.49).

Por cierto, no se cita que economías más competitivas que la española, y también de Europa, tienen mayores costes laborales absolutos pero por alguna extraña razón reciben las inversiones con mayor componente tecnológico y son las más prósperas.

d) La mano de obra barata que caracteriza a la Europa del Este está provocando el traslado de un elevado número de empresas a territorio ex-comunista, citando especialmente el caso de Eslovaquia (coste laboral de 3.46 euros por hora), en la actualidad el país más atractivo para los empresarios de todo el mundo. Un ejemplo fue el traslado de la sede de Samsung en Cataluña a Galanta, la región industrial eslovaca en la que no cesan de establecerse nuevas fábricas.

De estas afirmaciones podemos enumerar algunas conclusiones:

i) frente a las ilusiones y discursos de algunos, al menos no se esconde el verdadero papel de esas tierras integradas tras su pasado más o menos socialista, en el marco de la economía capitalista mundial: reserva de mano de obra barata ¿dónde quedan los que atribuían al ancient régime el origen de todos los males?,

ii) si en teoría parece ser que todas las empresas del mundo van a concentrarse allí, inferimos un rápido desarrollo socioecómico a medio plazo, aunque no se aclara la desindustrialización que también ha existido tras el colapso de la URSS así como no se mencionan otros traslados que también se producen (¿por qué ciertas líneas productivas avanzadas y de gran productividad se quedan en las zonas con más altos salarios?), en fin...

iii) desconocemos si Eslovaquia, el país más atractivo para el empresariado lo es también para el trabajador: citemos los salarios permanentemente estancados, la desregulación total del mercado laboral o la fiscalidad absolutamente regresiva, etc., lo que alude a una cuestión de mayor enjundia: ¿va el concepto “atractivo” ligado a empresarios y trabajadores? En tal caso, ¿por qué no existe una migración internacional hacia Bratislava y sus alrededores, convertidos en  paraísos fiscales? Y en general la cuestión es ¿existen intereses comunes para capitalistas y trabajadores?

En el ámbito académico, voy a mencionar a uno de los más importantes exponentes del neoliberalismo en España, el economista Pedro Schwartz[4], quien afirma en un artículo reciente en el periódico digital de tendencia ultra-conservadora Libertad Digital (26 de abril de 2.004) lo siguiente:

a) Es un error pensar que la deslocalización constituye un problema nacional, (ya que) el país en su conjunto progresa gracias a la deslocalización y a cualquier destrucción de empleos improductivos, por efecto de la competencia, internacional o nacional. (...) Una empresa que envía sus empleados al paro lo hace porque no consigue que produzcan lo suficiente para compensar su salario. Ese cierre puede deberse a la competencia del vecino o del indio o del chino, pero en todo caso indica que en otro lugar serían más productivos. Si encuentran ese nuevo empleo, producirán más, para bien de nuestro país.

En lo sucesivo cuestionaré esta visión neutralista (por redistribuidora) de los efectos sociales de las deslocalizaciones, su análisis estático de lo que constituye la realidad social y la competencia entre capitales, así como la confluencia de intereses interclasistas bajo el ropaje nacional (el del país en su conjunto).

b) En un mercado competitivo, las empresas pagan a sus empleados el equivalente del valor de lo que cada uno produce: el salario viene gobernado por la productividad marginal de los trabajadores.

Veremos posteriormente la diferencia sustancial con la aplicación de la teoría marxista del valor a la categoría del salario, donde se evidencia lo que se esconde tras las relaciones sociales ”armoniosas” del régimen capitalista de producción.

Estas proposiciones oficiales podemos resumirlas en lo que verdaderamente es el eje central de toda esta cuestión. De acuerdo a este discurso fáctico, y utilizando un simple método deductivo, concluimos en la supuesta y autoproclamada veracidad de las siguientes afirmaciones:

La competitividad va ligada siempre a menores salarios y por ello es que las deslocalizaciones de empresas responden a sus variaciones, por lo que la vía del progreso social radica en una reducción generalizada de las remuneraciones de los trabajadores, de lo cual extraemos a su vez otras ideas esenciales,

el coste laboral equivale al salario en términos absolutos,

las economías más competitivas son las que tienen, por tanto, menores salarios,

el grueso de las inversiones mundiales se dirigen a esas zonas,

en definitiva, el salario determina la estructura de precios y por tanto los ritmos y la magnitud de la acumulación de capital,

así, se convierte en la variable independiente del sistema que origina, consecuentemente, las crisis económicas que periódicamente sacuden al capitalismo.

En lo que sigue reflexionaremos sobre estas cuestiones e iremos extrayendo, tal vez, otras conclusiones, o bien matizaremos las mencionadas, teniendo presente que en muchas ocasiones las medias verdades, precisamente por serlo y por cómo inciden sobre la percepción ciudadana, resultan más dañinas que las propias mentiras inventadas.

3. La cuestión de la competitividad

Acumulación de capital, crisis y dinámica salarial

En términos agregados, con demasiada frecuencia, o más bien de forma permanente, los salarios son acusados por la corriente dominante en la ciencia económica de estar en la base de las dificultades por las que atraviesa la acumulación de capital y por extensión de la propia crisis económica. Si descendemos al nivel microeconómico, la economía convencional, en su doble cara tanto de origen neoclásico como keynesiano, identifica además competitividad con bajos salarios, lo que supone sustentar una relación proporcional entre coste y precio unitario del factor, sea trabajo o capital.

En este análisis ortodoxo el salario no obstante ha cobrado una importancia preponderante, y se ha situado en el punto de mira de la estrategia ofensiva del capital. Así, sus recomendaciones, bien interpretadas por instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los propios gobiernos nacionales o sus bancos centrales, giran en torno a la moderación e incluso la regresión salarial como vía para superar la crisis estructural. Las políticas económicas desplegadas bajo sus auspicios se fijan como objetivo básico una redistribución de la renta en favor del capital para lo cual inciden directa o indirectamente sobre el salario en su sentido amplio: directo (la percepción dineraria neta), indirecto (el conjunto del gasto público que incide sobre el nivel de vida del trabajador) y diferido (la magnitud salarial cuya apropiación se pospone en el tiempo: la pensión por jubilación). Por sus determinantes, diremos que constituye una vía de ajuste fundamentada en la expansión de la tasa de plusvalía absoluta y por ello caracterizado por su carácter espúreo.

ii) Estrategias de aumento del plusvalor (y por tanto, de la competitividad)

En general, digamos que lograr una mayor tasa de plusvalía (o de explotación) se consigue, en la dinámica de la acumulación de capital, con un mayor acervo de bienes de capital por trabajador (una mayor composición orgánica del capital, en terminología de Marx). Y ello en absoluto es contradictorio, en principio, con menores salarios reales.

Al contrario, en este esquema la acumulación de capital es la variable independiente y el salario es la categoría dependiente, por lo que el hilo causal no es el que va de un coste salarial que determina el grado de acumulación de capital o la estructura de precios de las distintas mercancías, sino más bien la realidad ofrece una dirección inversa[5]. Únicamente desde el proceso de generación y reinversión del excedente adquiere su significado la forma “salario” y sólo así cabe entenderlo. En la práctica, de esta forma podremos explicar la heterogeneidad salarial entre el Centro y la Periferia y en el seno de estas zonas.

La acumulación de capital se origina en los beneficios cosechados por la empresa con anterioridad, que no es sino la plusvalía creada por el trabajador pero apropiada por el empresario. Un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción exige que, para no interferir en el proceso normal de valorización del capital y aún más, para acelerarlo al máximo y contrarrestar su tendencia secular hacia la crisis estructural, se deba garantizar un nivel adecuado de rentabilidad, es decir, una determinada mas de plusvalía apropiada por estos propietarios.

Una vía es la de la plusvalía absoluta, que consiste en reducir los salarios reales y alargar la jornada laboral. Este mecanismo, central en las primeras fases del capitalismo pero que no se ciñe a tal época como bien podremos comprobar, se enfrenta a límites que no puede franquear. En efecto, por una parte se ha de garantizar un salario mínimo que permita la reproducción de la fuerza de trabajo, que es la fuente de la riqueza del capitalista, y por otra la jornada laboral, o la porción de la misma que toma la forma de tiempo de trabajo excedente, no es susceptible de una extensión ilimitada pues el día tiene 24 horas y el cuerpo humano un aguante determinado. Digamos que una estrategia de competitividad fundamentada en estos parámetros es verdaderamente espúrea, ineficaz y socialmente regresiva. En este bando podemos situar a los voceros de la patronal, los economistas neoliberales del Banco de España, el Sistema Europeo de Bancos Centrales, los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, etc. En general, todos los que se vierten hálitos de modernidad, progreso y dinamismo mientras centran su idea de mejorar la competitividad empresarial en los costes salariales, como si fueran los únicos y/o los decisivos del progreso de una sociedad. Pero estos elementos a sueldo del patrón, que no dudan en dar lecciones magistrales de historia cuando a descalificar al socialismo se refiere, ignoran, obvian, soslayan deliberadamente (y ello es peor que la ignorancia, que no por peligrosa deja de ser fácilmente subsanable con una receta libresca) el propio devenir del sistema que defienden.

Y es que, curiosamente, ¡se ciñen a lo que el “anticuado” Karl Marx caracterizaba del pasado y no como motor del desarrollo capitalista! Veamos. En la sección Vª del I volumen del libro I de El Capital, Marx comenta la producción de plusvalía absoluta y relativa. Respecto a la modalidad mencionada, dice que “la prolongación de la jornada de trabajo más allá del punto en que el obrero se limita a producir el equivalente del valor de su fuerza de trabajo y la apropiación se este plustrabajo por el capital, eso es producción de plusvalía absoluta. Constituye la base general del sistema capitalista y el punto de partida de la producción de plusvalía relativa”.

En la sección IIIª del primer volumen ya había analizado todo lo referente a la jornada de trabajo y sus límites naturales, el trabajo diurno y nocturno, el sistema de turno, un recorrido histórico por las leyes coercitivas para la prolongación de la jornada de trabajo desde el siglo XIV, la legislación fabril inglesa contemporánea, etc., mientras que es el análisis de la producción de plusvalía relativa la que ocupa el eje central de su investigación. ¿Por qué? Sencillamente porque es el método que caracteriza a este modo de producción, a la que dedica la sección IVª y que atraviesa todo el resto de su obra, principalmente cuando a partir del libro III introduce los distintos segmentos del capital en su competencia dinámica y destaca los fundamentos básicos que caracterizan el proceso de acumulación de capital, culminando una obra que pretendía comprender este sistema económico, lo cual conducía inexorablemente a despojarlo de sus velos de armonía interclasista. Y algunos se atreven a menospreciarle, haciendo gala de una ignorancia supina.

iii) ... y las que evidencian el carácter del capitalismo actual

No obstante, el papel caduco del capitalismo en la actualidad se evidencia cuando se aprecia cuáles son las estrategias que se pretenden desde las filas del capital como palancas de la acumulación de capital: el cuestionamiento sistemático de las condiciones de vida conquistadas por los trabajadores, lo que toma forma como un ataque frontal contra el salario entendido en sus diferentes expresiones: los salarios reales, los convenios colectivos, acceso a educación y sanidad (y otros gastos sociales), subsidios por desempleo, etc. Como bien lo explica  Daniel Gluckstein (1.999), esta regresión histórica descrita

...lleva a que el proceso anterior de “revolución en las condiciones de producción”, sea sustituido por un proceso de “contrarrevolución en las condiciones sociales de producción” (...) Actualmente, tenemos que constatar que la hipótesis contemplada por Marx como absolutamente excepcional y contradictoria con el propio régimen de propiedad privada de los medios de producción, se ha convertido ahora en la norma y la expresión misma del carácter autodestructivo de la supervivencia del imperialismo senil. En el centro de ese carácter autodestructivo se halla la ofensiva de destrucción de la propia clase obrera, puesto que la destrucción de ésta sería la destrucción del sistema mismo.

Si algunos todavía piensan lo contrario, deberían responder a las cuestiones que Louis Gill [1.996 (2.002)] formula al respecto, pues, ¿cómo explicar...

...que los progresos técnicos ininterrumpidos que el mundo ha conocido en el curso del siglo XX parezcan incapaces de continuar asegurando una mejora de las condiciones de vida y de trabajo, sino que más bien parezcan acompañarse de la imposibilidad de beneficiarse de ellos para una fracción de la población que no deja de aumentar?

...que, en relación con estos progresos, lejos de continuar mejorándose los regímenes públicos de educación, salud y servicios sociales, más bien estos regímenes se vean cada vez más amenazados?

...que las desigualdades se ahonden, que poblaciones enteras estén amenazadas de hambre, que millones de personas mueran de hambre cada año, que se empobrezcan y endeuden los países subdesarrollados hasta el punto de hundirse bajo el peso de esta deuda?

...que el trabajo se precarice, que el desempleo se extienda, que el número de los sin-techo, incluidos los de los países más desarrollados del mundo, no deje de aumentar, que se destruya poco a poco el medio de vida?

...que no deje de profundizarse el divorcio entre la actividad económica real y el mundo de las transacciones financieras alimentado por la especulación y que periódicamente planee la amenaza de un desastre financiero?

iv) ...pero no niegan el papel esencial de los medios de producción

Como he señalado, la idea de la plusvalía relativa alude a aquella que revoluciona las condiciones sociales y técnicas del proceso de trabajo, es decir, el progreso y la innovación tecnológica que conforman el desarrollo, en definitiva, de las fuerzas productivas. Estos avances permiten incrementar el tiempo de trabajo excedente, es verdad, pero en virtud de que una productividad acrecentada permite que en una menor porción de la jornada de trabajo el obrero produzca el equivalente de su salario. Ello ha representado, pese al gran coste social, un factor de progreso, y Marx reconoció el papel progresista del capitalismo en la historia de la humanidad. Sin embargo el último siglo se caracteriza precisamente por lo contrario, y su parasitismo y putrefacción se hacen objetivamente cada vez más evidentes para una mayor parte de la humanidad[6].

Por otra parte, de forma paralela, son los elementos de los medios de producción los decisivos en la rebaja de costes y los que representan el secreto de la competitividad y la eficiencia. Podemos citar en este sentido la exposición contenida en Guerrero (1.995) cuando compara las estrategias de competitividad basadas en bajos salarios y las que ven el secreto de la competitividad en la mayor productividad, así como se revela la razón oculta de los que reclaman indiscriminadamente el control salarial:

En relación con la segunda de las posiciones citadas, es significativo comprobar cómo muchos de los especialistas del mundo de la empresa, los que trabajan en ella como ejecutivos, contables o ingenieros, no suelen coincidir con la opinión anterior [refiriéndose a las características del discurso enumeradas en el epígrafe “el discurso oficial y su contenido apologético”], que es más fácil de encontrar en el ámbito académico y mediático. Con sólo algunos ejemplos, podremos hacernos una idea ajustada de las diferencias existentes entre el nuevo punto de vista -más consciente de que el método más eficaz para aumentar la plusvalía pasa por la plusvalía relativa- y el expresado en el párrafo anterior.

Así, cuando estaba en su máximo apogeo el fenómeno "López de Arriortúa", la prensa española reprodujo repetidamente el punto de vista de este ingeniero señalando que "no cae, sin embargo, en la concepción de que los altos salarios rebajan la competitividad de la industria europea. Para Arriortúa, “este razonamiento es equivocado porque a la hora de reducir costes el salario no es el factor determinante; mucho más importante es el tiempo que se tarda en construir, es decir, la productividad”. Y las explicaciones ofrecidas al respecto exponen claramente cómo se pueden rebajar los costes, aunque el precio de los factores se mantenga invariable, cuando se consigue incrementar la productividad del proceso productivo en sentido amplio: "Lo hemos hecho en 300 lugares de Europa, EE. UU., Brasil; Australia, Japón", comenta, "y la media de mejora de la productividad alcanzada en una semana ha sido del 65%. Hemos reducido el material en proceso un 53%; el espacio para trabajar, un 35%, y el tiempo de producción de la pieza, un 56%. En algunos casos hemos conseguido mejoras de productividad del 300%".

Se comprenderá que ante mejoras de productividad de ese calibre las elevaciones habituales de los salarios que se suelen establecer en los correspondientes convenios colectivos sólo tengan una importancia secundaria. Bien es verdad que estos avances de la productividad no están a la orden del día por doquier, pero hay que tener en cuenta que es precisamente cuando se producen "saltos" de este tipo cuando las empresas consiguen rebajas radicales de sus costes unitarios, que se reflejan automáticamente en rebajas equivalentes en los costes laborales unitarios.

De lo expuesto podemos recapitular lo más importante. Existen diferencias en la forma de percibir el problema de la competitividad entre el mundo de la empresa, ubicado en la problemática real de la competitividad en su vorágine dinámica, como corresponde a la economía de la libre empresa; y lo recalcado por las voces mediáticas. Según la primera de las consideraciones[7], en el término competitividad los salarios no son los factores concluyentes, sino que la rebaja de costes y con ella el logro de una mayor competitividad viene de la mano de la mayor productividad. Y ésta, como no puede ser de otra manera, tiene en las condiciones materiales de la producción, los llamados bienes de capital, su eje central. Parece que el análisis de Marx no andaba tan desencaminado.

Seguidamente, este mismo autor nos ilustra con ejemplos concretos que prueban de su argumentación:

Un personaje tan significativo como Nicolas Hayek, presidente del grupo SMH (que controla, entre otras cosas, el 70% de la industria relojera suiza: Omega, Longines, Swatch, Tissot, Rado, BlancPain, etc.), ante la asombrada periodista que no se explicaba cómo podía ser rentable producir en Suiza, donde los salarios son tan elevados, responde: "la mano de obra no es la parte más costosa de esta operación industrial. Si los salarios directos no sobrepasan el 10% del precio del reloj, se puede vender en cualquier país. Y el precio de la mano de obra por reloj es del orden de 1.5 francos (unas 150 pesetas). Si lo hiciéramos en cada uno de los países donde vendemos, a lo mejor nos costaría 0.60 francos suizos, pero entonces tendríamos otros gastos adicionales. Sabido es que si se concentra la producción en un mismo lugar el control de calidad es mucho mayor y el precio más bajo".

En la misma línea, señalemos por último la visión de David Whitwam, presidente de Whirpool, la mayor empresa de electrodomésticos del mundo (40.000 empleados y 25 fábricas en 11 países), quien, ante la inevitable pregunta por el costo de la mano de obra, responde: "Esto no va a ser uno de los grandes parámetros para decidir dónde colocar una fábrica. Entre el 60% y el 65% del costo de un producto lo determina el material y no la mano de obra. La mano de obra es una pequeña parte del total del costo del aparato. Más importante que el costo de la mano de obra es para Whirpool la calificación de la misma, la formación, la flexibilidad. Buscar mano de obra siempre más barata no nos lleva a ningún sitio. Nuestras inversiones son muy grandes -entre 150.000 y 200.000 millones de dólares [sic]- y se hacen pensando a muy largo plazo, mientras que el costo de la mano de obra puede fluctuar muchísimo en muy poco tiempo”.

Queda meridianamente claro cómo, en la comparación de distintos niveles de desarrollo, y de acuerdo a los diferentes niveles de productividad y avance de las fuerzas productivas, las zonas más industrializadas muestran salarios absolutos superiores que no obstaculizan un coste unitario de fabricación del producto menor. Este factor determina que sean receptoras del grueso de inversiones de alta tecnología, que lo son precisamente por los medios de producción tecnológicamente avanzados que emplean y las infraestructuras de que disponen.

Finalmente, no podemos dejar de citar algunas de las conclusiones que extrae:

“Estas posiciones de los empresarios -que reflejan su conciencia de que los salarios no son lo esencial, es decir, que altos salarios y bajos costes suelen ir unidos y no al contrario, y de que lo esencial es el desarrollo de las fuerzas productivas, el desarrollo de las potencias sociales del trabajo que se manifiesta en el crecimiento y complejidad del trabajador colectivo- no debe hacernos pensar que los académicos no comprenden este punto.

Lo que ocurre es que interviene aquí otra dimensión importante de la cuestión de la competitividad -que tiene que ver con el componente retórico del discurso de la política económica- en la que se ven mucho más implicados los representantes del mundo profesoral y mediático.

De lo que se trata es de que gran parte de la insistencia en el llamado "reto de la competitividad" no se debe tanto a los objetivos que los defensores de la política de competitividad dicen pretender alcanzar cuanto al uso del término a la manera de talismán, o conjuro, de carácter "político-económico". Como ha reconocido uno de los autores que ha combinado reflexión teórica con responsabilidades políticas en este campo, lo verdaderamente importante es "el papel extraordinariamente movilizador que desempeñan algunos conceptos político-económicos a la hora de concentrar los esfuerzos colectivos para la consecución de grandes objetivos económicos (...) En parte, éste es el papel que le está correspondiendo en los años noventa a la competitividad (...) Se adopta como criterio de evaluación y control de las realizaciones económicas de los países un solo objetivo prioritario y casi exclusivo de seguimiento. Es evidente que de esta forma se toma la parte por el todo, con lo que el criterio escogido como leit-motiv opera al modo de una sinécdoque en la economía expresiva de la colectividad”.

Hemos visto que el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas y rebajas en los costes de producción se ha caracterizado por un constante avance en la mecanización, la investigación, la organización empresarial, es decir, revolucionando sin cesar los medios de producción. El atraso tecnológico es, por tanto, el que impide competir y el que no permite alzas salariales, por lo que lo que verdaderamente caracteriza a la empresa capitalista en la dinámica de la acumulación de capital

es que tanto el enfrentamiento interno entre capital y trabajo como la rivalidad consustancial entre los capitales individuales empujan permanentemente hacia un proceso de cambio técnico y organizativo que, si bien, históricamente, se manifestó en una primera fase esencialmente por cambios en la forma de llevarse a cabo la aplicación del elemento subjetivo -la fuerza de trabajo- a la producción misma, en cambio se caracteriza hoy en día por tener como elemento clave y central la revolución que experimentan los elementos objetivos de la misma, es decir, los medios de trabajo (y en especial los instrumentos de trabajo, especialmente la máquina-herramienta).

De este texto podemos obtener una serie de conclusiones que son vitales para comprender ciertos fenómenos.

i) La competitividad se basa en la reducción de costes, más en concreto, en producir la mercancía a un coste menor, lo que podemos denominar como un menor coste unitario. Más allá de discursos empresariales de diferenciación del producto o calidad, las diferentes variantes se reducen a lograr reducir el costo unitario de producción, o, lo que es equivalente, a igual coste unitario, incrementar la calidad, es decir, ante una calidad dada de un producto, conseguir producirlo al menor coste. Sigue vigente el concepto de coste de los clásicos y su teoría de la ventaja absoluta, frente a la ventaja comparativa ricardiana.

ii) La competitividad se logra aumentando la productividad. En términos de Marx, lo denominamos como el mecanismo de la plusvalía relativa, y se consigue con modificaciones en los medios de producción, esto es, la innovación, mejor maquinaria, etc.

iii) Al contrario de lo que implica el discurso mediático, simplificadamente digamos que la variable independiente es el proceso de acumulación de capital, y la variable dependiente lo constituye la remuneración salarial. Si consideramos una fase de acumulación ininterrumpida e incremento de la productividad, ello vendrá acompañado de alzas en los salarios reales, mientras que el llamado salario relativo, o lo que es lo mismo, la participación del trabajador en el valor de lo producido por él, desciende. Por tanto, no es el salario el que determina la acumulación de capital, aunque no se niega que exista un condicionamiento recíproco.

Así, las áreas más competitivas de la economía mundial, la triada formada Norteamérica, Europa y Japón, es la que ha logrado una mayor productividad del trabajo en base al adelanto tecnológico. Sus ventajas competitivas radican en este sentido en su maquinaria más avanzada, en las infraestructuras más desarrolladas, la investigación científica...y ello se ha acompañado de salarios reales crecientes, o al menos en términos relativos respecto a las áreas subdesarrolladas de la periferia.

Como se ha expuesto, el mayor poder adquisitivo de los salarios en las zonas desarrolladas, que a primera vista podrían considerarse que elevan el coste salarial por unidad de producto, en realidad lo que sucede es que el coste salarial unitario es menor, y de ahí que la producción más avanzada se lleve a cabo en estas zonas porque precisamente resultan más rentables que en los países con salarios muchísimo más reducidos. Pero de esto no se deduzca que un alza general de los salarios vaya a aumentar la competitividad de la economía, lo que sería absurdo, pues como he defendido, la evolución de los salarios es la que ha acompañado históricamente a un ritmo y características determinadas del proceso de acumulación de capital

v) ... ni modifican la oposición central entre el trabajo asalariado y el capital

De esta exposición no se debe extraer como conclusión en ningún caso que los intereses del trabajo y el capital vayan parejos. Es cierto que, en el marco de las relaciones capitalistas de producción, un proceso de intensa acumulación que incremente los niveles de productividad es la situación más favorable para el trabajador. En ella, pues, logrará que su salario real o capacidad adquisitiva se incremente y así su nivel de vida aumentará, en la forma que lo hace en este sistema, como la posibilidad de acceder a un mayor número de mercancías y sin vínculo con la denominada “calidad de vida”.

Sin embargo el propósito de esos argumentos ha sido exponer la asimetría que se produce a nivel internacional y así desenmascarar el discurso oficial. Esta asimetría no oculta la imposibilidad de armonizar intereses por lógica contrapuestos, pues la acumulación de capital que incrementa, como se ha visto, el acervo de bienes de capital (o medios de producción) por trabajador contribuye a socavar la fuente de la ganancia, que es la propia fuerza de trabajo, y este hecho está en el origen de las presiones hacia el descenso de la rentabilidad y por extensión de las crisis económicas. Sin embargo, este amplio tema sólo se menciona de manera tangencial. Simplemente se debe recalcar que la propia dinámica del capitalismo conduce a la crisis y a la implementación de políticas de ajuste cuyo propósito último es reducir salarios e incrementar ganancias. Lo cual no excluye que en la fotografía instantánea de un mundo en el que coexisten, de forma simplificadora, las estructuras del desarrollo y el subdesarrollo, se pueda realizar una comparación que desmitifique el discurso convencional.

vi) ...que la economía ortodoxa pretende ocultar (y de sus mentiras y medias verdades)

Unas de las carencias del discurso ortodoxo en la ciencia económica, luego reproducido por los acólitos a suelo en los diferentes medios de comunicación, radica en su estrechez de miras y su análisis de carácter estático. Ello se evidencia al centrarse exclusivamente en algo que no se niega, el hecho de que en un momento dado, entre dos competidores directos, el que tenga menores costes salariales será más competitivo. Pero ignorar el proceso en su dialéctica es despojarlo de sus rasgos más esenciales.

Y estas carencias teóricas son realmente cada vez más curiosas en estos tiempos en los que la palabra “globalización” aparece en cualquier conversación de cualquier individuo que se precie y que busque justificar las miseria que nos azota (es que con la globalización, es que cada vez hay más competencia, es que, es que…), y lamentablemente lleva a que otros se le opongan como anti-globalizadores (¿por qué no anti-capitalistas?); y también, porque el capitalismo es cualquier cosa menos algo quieto y en equilibrio, como todavía algunos neoliberales (y los pobres estudiantes de Economía que no se vacunan ante el virus de los manuales al uso) parece que se llegan a convencer ellos mismos.

Veamos esto de una forma más concreta en sus líneas fundamentales. La teoría económica dominante en la actualidad, de matriz neoclásica, no lo es por el alcance de su contenido científico sino más bien por los intereses de clase a los que sirve y que revelan su funcionalidad en el mundo actual. También es verdad que ofrece respuestas muchas veces acordes con la llamada lógica del sentido común, el cual en el curso del análisis científico suele resultar inservible ¿nos diría que la Tierra es redonda o que giramos alrededor del Sol?

La metafísica propia de la ciencia burguesa se demuestra en la ciencia económica con su perspectiva estática. Así, se identifica la competitividad con el coste unitario en términos de lo que llaman “los factores”, trabajo y capital, y por lo tanto postulan como sinónimos menores salarios y mayor competitividad, o bien se centran en la evolución de los costes laborales unitarios. Detrás de estas ideas se encuentra una teoría del valor que hace abstracción de las clases sociales y se centra en los aspectos subjetivos, cuya incapacidad explicativa se demuestra al explicar los precios por la unión de oferta y demanda[8].

Como hemos visto, en el mundo de la economía convencional los agentes empresariales son unidades pasivas “precio-aceptantes” que no pretenden reducir el precio y así incrementar su cuota de mercado, y se soslaya el antagonismo entre las empresas en su cruda competencia, así como la concentración y centralización de capitales. ¡Incluso en la literatura sobre los objetivos de la empresa se cuestiona (y se niega) que como objetivo prioritario tengan el de maximizar los beneficios! De ahí al discurso moralista de “la responsabilidad social de las empresas” que maneja la socialdemocracia[9] hay un paso.

Un elemento clave en este discurso es la carencia de cambio técnico (de ahí lo estático), es decir, la primacía que para el análisis clásico muestran en el proceso de la competencia dinámica los elementos objetivos sobre la fuerza de trabajo, por lo que en el estrecho marco que ofrece su análisis la única forma de lograr reducciones en los costes unitarios de producción es reduciendo el precio de los factores, entre los cuales el trabajo adquiere, por sus propias características que luego veremos, un lugar preponderante.

En contraposición a este apologismo de clase, el marxismo es un enfoque dinámico desde el momento en que la causa fundamental del cambio de valor de las mercancías -y por extensión, del cambio en la riqueza de las naciones- estriba en las mejoras de productividad de la fuerza de trabajo que derivan de la introducción de nuevas "artes, oficios o máquinas" como resultado del proceso de acumulación de capital. La teoría del valor-trabajo no sólo no resulta incompatible con la consideración del cambio técnico, sino que podría decirse incluso que cada una de ellas funciona como una extensión natural de la otra (Guerrero, 1.995). Para entender el avance en la productividad del trabajo, parte del proceso de acumulación de capital y al cambio técnico que le caracteriza. Concluimos con el esquema de este mismo autor:

La interpretación del esquema es como sigue. El país cuya industria tenga ventaja absoluta sobre la de los demás países (ya sea por disfrutar de mayor productividad a igualdad de salarios, o de menores salarios a igual productividad: en ambos casos disfrutará de un coste unitario inferior) ganará una porción creciente del mercado global. Dicha ganancia le permitirá aumentar la productividad más rápidamente que los demás países y, ceteris paribus, le permitirá aumentar los salarios más rápidamente también que sus competidores. (...) Lo anterior significa que los países más desarrollados del mundo son los países de costos más bajos en la producción de los bienes industriales que constituyen la avanzada del desarrollo técnico, científico y social de la humanidad: altos salarios y bajos costes van, pues, unidos.

En vista de lo comentado, podemos inferir la peligrosidad de esta economía de contenido altamente apologético. Además se puede observar lo triste que resulta cuando los estudiantes de Economía, hijos de trabajadores, reciben estas enseñanzas, sufren los primeros síntomas y posterioremnte, bajo la grave enfermedad de la ignorancia, asumen acríticamente lo que nos vende el sistema. Sobre este virus alerta John Weeks (2.000) cuando lo describe así:

...porque la economía neoclásica se parece a un virus de ordenador mental. Oponerse a la realidad es el software que requiere varios años para ser cargado en el PC craneal, tres años en su versión más sencilla y hasta siete u ocho años para la versión doctoral más sofisticada. Su efecto sobre el hardware va más allá de consumir prácticamente la totalidad de la capacidad de memoria; como virus, contamina el software alternativo en el cerebro; todos los procesos de pensamiento tienden a pasar a través de su código lógico.

Una vez convenientemente contaminada por el virus, la mente previamente racional llega a aceptar que todo el desempleo es voluntario, que facilitar el despido de los trabajadores incrementa el empleo, y como el más elemental paso filosófico de la fe, que la existencia humana puede y debe expresarse por medio del placer del consumo. A lo largo del proceso de carga del software, es necesario repetir continuamente el test para el neófito neoclásico, para garantizar que no queda ningún rastro de proclividad a permitir que la experiencia del mundo real retroalimente la formulación de la teoría, ni que valores no hedonistas puedan entrar en el análisis.

4. Las deslocalizaciones de empresas (y otras cosas colindantes)

i) Sobre el concepto y las connotaciones

En primer lugar se debe comentar el significado de este término. Retomo para empezar este punto la excelente caracterización que realiza mi colega Xabier Gracia (2.004):

La utilización del concepto de deslocalización en el terreno ideológico supone un aspecto más en la lucha entre el capital y el trabajo. El objetivo que se pretende es la interiorización por parte del trabajo de la competencia y de la competitividad capitalista como un aspecto en el que debe de tomar parte situándose del lado de su empresa, del capital nacional o su Estado-nación. Se trata de oscurecer la cuestión de por qué, como trabajador, tiene que competir con otros trabajadores de otros países o regiones; o por qué está obligado a vender su fuerza de trabajo al empresario o por qué sus condiciones de vida dependen de las decisiones de los propietarios del capital. Dicho fríamente, la intención última es que los trabajadores compitan entre ellos, asumiendo como propia su degradación salarial, para conseguir que su explotación les permita sobrevivir.

La deslocalización es algo inherente al capitalismo, pues cada empresario busca obtener la máxima rentabilidad, entendida como la ganancia relativa respecto al monto total de su inversión en medios de producción (capital constante) y fuerza de trabajo (capital variable), y para ello no duda en trasladar su empresa a cualquier lugar, y dejando al margen cualquier sentimiento patriótico, humano o medioambiental. Mientras exista este sistema y las crisis que implica persistirán las reubicaciones empresariales y los movimientos de capitales, ya sean intersectoriales o geográficos, y por ello resulta estéril llevarse las manos a la cabeza ante este proceso.

Otra cuestión la conforma la manera como se canalicen, es decir, el tipo de legislación que las sancione, el marco en el que se inscriban, las prebendas recibidas, el chantaje que puedan realizar... y la forma de alertar sobre ellas. El auge de las informaciones de algunas deslocalizaciones de las unidades productivas responden sin duda alguna a una campaña orquestada desde las filas de la patronal y reproducida bajo un manto hipócrita por los sicarios a sueldo y bajo el manto de introducir disciplina en el movimiento obrero con la amenaza de la huida de la inversión, colocándole en una auténtica encrucijada.

Me refiero en este sentido a algunas de ellas porque no se comenta con la misma intensidad el flujo de inversiones hacia zonas económicas verdaderamente competitivas y avanzadas, las que hemos descrito que disponen de mano de obra cualificada, altos salarios[10], etc., y reciben las inversiones más numerosas y más avanzadas tecnológicamente. Curiosamente siempre aparecen en los medios de comunicación las deslocalizaciones que se dirigen a zonas subdesarrolladas, y acompañadas de cuantiosos datos que ilustran (y alarman a muchos) los excesivos niveles salariales no sólo de tal empresa deslocalizada, sino del conjunto de los países “prósperos”.

ii) ¿pero en realidad existe una evidencia empírica?

No es el objetivo de este artículo adentrarse en el tormentoso campo del análisis empírico para ofrecer luz en torno a la veracidad o no de las alarmas que nos encienden en el tema de las deslocalizaciones. ¿España se desindustrializa por los altos salarios? ¿existe una huida de capitales hacia el tercer mundo tras el goloso pastel de los sueldos de miseria? ¿se obtienen pruebas que coadyuven a bajarse los pantalones y aceptar los recortes salariales? ¿debemos incorporar otras variables en nuestra crítica? Incluso en el terreno de los datos los puntos de vista son variados según las fuentes, la metodología, etc. Sintéticamente resumo las conclusiones contenidas en Arriola (2.004b) al respecto:

a) La inversión extranjera sigue llegando a España, reflejado en el hecho de que las inversiones netas (es decir, las entradas de capital extranjero menos las desinversiones o salidas de capital extranjero) sean positivas. En 2.001 y 2.002 superaron los 25.000 millones de euros, y la caída del año siguiente se debe a las inversiones en fondos de inversión (Entidades Tenedoras de Valores Extranjeros-ETVES) y no a la inversión directa en empresas.

b) Aproximadamente dos tercios de estas inversiones son nuevas inversiones (creación de empresas y sobre todo ampliaciones) y un tercio a la adquisición de empresas ya instaladas.

c) Si la industria exportadora ha perdido importancia en España no es como consecuencia de un desequilibrio entre salarios y beneficios, o de aquellos con la productividad: es la ausencia de políticas industriales de apoyo a dichos sectores, de empresas españolas de envergadura y de un sistema adecuado de formación y de investigación. Pretender resolver un problema estructural de medio y largo plazo con medidas coyunturales de corto plazo (reducir los salarios reales, aumentar la jornada laboral, incrementar los ritmos de trabajo, precarizar más el mercado de trabajo...) solo sirve para hacer ganar más dinero al capital presente, pero no para modificar el papel de nuestro país en la división internacional (y europea) del trabajo.

Otra cuestión, enlazando con lo anterior, es ver en qué medida la integración en un mercado como el de la Unión Europea ha influido sobre la economía española, en la medida que la competitividad es menor y, si bien es cierto que todavía podemos ofrecer Sol y playa, lo de los bajos salarios no parece ya suficiente. En efecto, no cabe el recurso a la devaluación para recuperar terreno competitivo en el marco de la Unión Monetaria y siempre podremos encontrarnos o un tercero que posea salarios menores, ya sea del este de Europa o allende nuestras fronteras. Como ilustra Los lunes al Sol, siempre podrán amenazarnos con un coreano en cuestión que nos haga la competencia a la baja. De ahí que estas políticas de carácter espúreo no ofrezcan una solución saludable en el largo plazo.

Los sectores estratégicos de la economía española se encuentran en un proceso de reestructuración[11], pero no son precisamente los salarios los culpables, sino por el hecho de ser sectores tradicionales en los que la competencia salarial de ciertas zonas asiáticas y del Este Europeo es muy intensa, debido a sus propias características productivas.

ii) Competitividad internacional y desarrollo desigual

Se han comentado anteriormente los rasgos fundamentales de la competitividad en lo que al problema salarial se refiere. En este punto menciono muy brevemente, en el marco de la economía mundial, las tendencias que el proceso muestra en su dimensión dinámica y así justificar la idea del desarrollo desigual en contraposición a los postulados mágicos del análisis convencional y su senda de desarrollo armónico, equilibrio general y reducción de las desigualdades.

En la arena competitiva global se ha visto que el país competitivo en un sector determinado se caracteriza por disponer de la capacidad de producir tal mercancía con un coste unitario inferior a sus competidores, o, lo que no es sino una variante, incrementar la calidad del valor de uso manteniendo el coste de producción. Además, en la medida que el análisis marxista se desliga de la teoría cuantitativa del dinero que postulaba David Ricardo para el comercio internacional, se justifica teóricamente que el proceso de desarrollo capitalista es tremendamente desigual y tiende por ello a profundizar las desigualdades. Por tanto, mientras exista este sistema económico no desaparecerá el problema de la deuda externa del tercer mundo por más que los portavoces ideólogos del capital acudan a las “propensiones marginales” al endeudamiento que esos dictadores de países pobres suelen mostrar, y claro está, en su ausencia la armonía del libre mercado y su mano invisible traería la prosperidad a todos los pueblos.

Esta visión de la ventaja competitiva, o ventaja absoluta intrasectorial entronca con la tradición clásica de Adam Smith y Karl Marx, y recientemente ha sido expuesta según los fundamentos teóricos de este último por Anwar Shaikh (1.980, 1990). Sin embargo, en lugar de seguir esta línea expositiva, nos centraremos por mostrar los aspectos más relacionados con el salario del trabajador.

En términos de la teoría del valor marxista podemos argumentar que son los tiempos de trabajos socialmente necesarios (y en un grado menor de abstracción, los denominados precios de producción) los elementos reguladores de los precios de mercado de las distintas mercancías así como de los tipos de cambio reales en el largo plazo. Frente al discurso convencional del análisis neoclásico en sus diferentes variantes (aquel del capitalismo como el mejor mundo de los posibles y de los que, protegiéndose con cierta sensibilidad humana denuncian que también el mercado tiene ciertos fallos pero abogan por reformarlo), no son los precios mundiales los que se ajustan a los movimientos de mercancías, descendiendo en los países importadores (los subdesarrollados) y creciendo en las economías más desarrolladas, compensando de esta forma las diferentes balanzas de pagos. Por el contrario, las cantidades y flujos de dinero acompañan a los movimientos productivos y son los tipos de interés las variables que, en términos relativos, aumentan en el mundo de la periferia y descienden en el centro de la economía mundial.

En lo que respecta a la cuestión de las deslocalizaciones no van a servir como un elemento homogeneizador del desarrollo, no cabe, por tanto, que algunos las utilicen como argumento que actuará en beneficio de los más pobres y así alcancen nuestro nivel de vida. Es totalmente falso que el liberalismo económico conduzca a la eliminación de las desigualdades (si acaso tendería a igualarlas a la baja), al contrario, el desarrollo desigual es inmanente al capitalismo, en sus variantes más o menos reformistas, y el libre comercio simplemente actúa acentuándolo.

En torno a las tres cuartas partes del comercio mundial se llevan a cabo entre los tres grandes bloques de la economía mundial, así como la mayor parte de las inversiones. ¿Por qué se produce esto? Frente al discurso de cierto izquierdismo, tal vez inspirado en la teoría de la dependencia y su punto de partida tercer-mundista, la mayor parte de las plusvalías se generan en las áreas más desarrolladas, precisamente por su mayor productividad y de ahí que sean objeto de los flujos principales de inversión. En última instancia, lo que proclaman estas tendencias dentro del ámbito de la izquierda es profundamente regresivo desde el punto de vista de la clase trabajadora, en la medida que incide en los pretendidamente elevados salarios de los llamados países ricos y establece el análisis, al igual que el enfoque burgués, en términos de naciones en lugar de considerar como elemento fundamental a las clases sociales.

Uno de los exponentes de esta visión fue Arghiri Emmanuel [1.971 (1.990)], quien fundamentaba el intercambio desigual entre naciones en las diferencias salariales, y desde un pretendido enfoque marxista llegaba a la conclusión de que los países desarrollados se enriquecen a costa de las transferencias de valor de los subdesarrollados, y además que el proletariado de los países desarrollados participa en la explotación del tercer mundo. Entre otros autores, encontramos resabios de esta teoría también en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Emmanuel (op. cit.), por ejemplo, comentaba lo siguiente:

El colonialismo ha producido tanto supersalarios como superbeneficios, pero su efecto a largo plazo en las metrópolis, deseado o no, fue favorecer más a los proletarios que a los capitalistas. En razón de la tendencia a la igualación mundial de la tasa de ganancia, los superbeneficios son sólo temporarios. Los supersalarios se convierten automáticamente y a la larga en salarios normales, terminando por constituir ese “elemento moral e histórico” del valor de la fuerza de trabajo, del que Marx nos habló.

No niego en este sentido la explotación del tercer mundo, antes al contrario, se ha puesto de manifiesto que el desarrollo desigual es algo inherente al sistema capitalista. Asimismo, también lo es la transferencia de valor desde la esfera subdesarrollada de la economía mundial hacia los polos centrales. Lo que se cuestiona es que se atribuya a los salarios supuestamente elevados, o “supersalarios” de acuerdo a la terminología de Emmanuel, la causa de este proceso. Porque para que existan esas transferencias en el intercambio, antes deben ser producidas, y lo serán en mayor cuantía en proporción directa a los niveles de productividad.

Frente a este postulado, del análisis de Marx se infiere que, en la medida que tomemos a la economía mundial como globalidad y como objeto de estudio, la tendencia hacia la formación de una tasa media de ganancia rebasa el estrecho ámbito nacional y por tanto la plusvalía total generada se reparte entre los diferentes capitales mundiales de acuerdo a la magnitud invertida de los mismos. Al localizarse los capitales mayores en las áreas más adelantadas, obtendrán una mayor masa de plusvalía, de la misma forma que Marx considera en su marco analítico la coexistencia de diferentes sectores con una variada intensidad de capital (o composición orgánica) y la formación de los precios de producción. Dejando de lado este tema académico, concluyamos con la afirmación de Grossmann (1.929), ilustrativa al respecto:

“...en el mercado mundial se producen, dentro de la esfera de la circulación, transferencias del plusvalor producido en el país poco desarrollado al capitalista altamente desarrollado”

Un corolario de esta argumentación y contrario al pretendido sentido común, por otra parte el menos común de los sentidos en ciertas ocasiones, es que la tasa de plusvalía o tasa de explotación sea mayor en las economías más desarrolladas, es decir, en relación a la capacidad productiva los salarios son relativamente inferiores. Y la “explotación” de los países subdesarrollados emana precisamente de que la tasa de explotación de la fuerza de trabajo sea menor. Ésta es una conclusión científica de acuerdo a la teoría del valor de Marx, frente a las argumentaciones convencionales de cariz burgués o de las que provienen de ciertos sectores del izquierdismo.

iii) Los salarios, los precios y los intereses comunes de los obreros

En esta argumentación un elemento vital lo constituye la defensa de los intereses comunes y solidarios de todos los trabajadores. Ello no es sólo un deseo ubicado en el terreno sentimental o ético (que también), sino una conclusión que proviene del estudio riguroso de la realidad concreta.

Quienes analizan la economía mundial en términos de naciones como si fueran entes autónomos y homogéneos, por tanto compuestos por un agregación de individuos ciudadanos (típico de la economía neoclásica y sus lacayos); o bien en pretendidos términos de clase pero asimilándonos a las naciones, de tal suerte que identifican a los países ricos como explotadores y a los demás como explotados, sin más desagregación adicional (ciertos neomarxistas y otros descarriados izquierdistas), sostienen de una forma u otra la existencia de una divergencia de intereses entre todos los trabajadores. Dado el extremo privilegio de los asalariados del Norte “consumista”, serían incluso responsables de la explotación de las economías subdesarrolladas[12].

En una réplica a los argumentos que neomarxistas como Emmanuel sostienen y que tanto hacen el juego a los intereses del capital, el economista Charles Bettelheim [1.971 (1.990)] explicaba de una forma muy clarificadora esta cuestión, y bajo el título, también clarificador, de Los trabajadores de los países ricos y pobres tienen intereses solidarios:

Los salarios más elevados percibidos por los trabajadores de los países capitalistas más desarrollados no son de ninguna manera “adquiridos” en detrimento de los trabajadores de los países menos desarrollados: esos salarios se inscriben en un sistema de precios que ellos no determinan.

Y esta conclusión la prueba con un ejemplo contundente:

Una consecuencia práctica de la proposición precedente: cuando en un país capitalista de fuerzas productivas desarrolladas, los trabajadores no obtienen salarios más elevados, eso no se traduce en un mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros de los países pobres, sino en mayores beneficios para los capitalistas de los países ricos, por lo tanto por una aceleración de las desigualdades de desarrollo.

Estas ideas no son vagas divagaciones sin conexión con los procesos reales, tienen implicaciones decisivas en las estrategias de cualquier movimiento obrero en general y sindical en particular.

iv) Otra falacia: en este juego no ganan todos

Un aspecto esencial del análisis marxista es su carácter holista, global, que parte del sistema en su conjunto para aprehender desde él los diversos elementos, que sólo adquieren su verdadera dimensión desde dicha totalidad y desde el lugar que ocupan respecto a las otras variables en su interdependencia. Sólo así podemos abordar el estudio de las categorías básicas como valor, tiempo de trabajo abstracto socialmente necesario, salario, plusvalía, trabajo excedente, tasa de ganancia media, etc.

¿Qué consecuencias muestra lo dicho en estas líneas? Uno de los aspectos en los que se vislumbra el sentido apologético del pensamiento dominante es en su carácter parcial: “moderación salarial en nuestro país para ganar competitividad y exportar más”. El eco resuena en todos los países. Deducimos de tal sentencia que el objetivo, loable por otra parte, es siempre un logro relativo, en detrimento de otros. Si el país A reduce costes salariales, ceteris paribus, será más competitivo que B y sus exportaciones incrementadas se realizarán en detrimento de las de B.

Pero si partimos del ámbito global, vemos que es un juego de suma cero. Las ventajas (momentáneas, en cualquier caso) que obtenga una economía de la moderación / regresión salarial se compensarán por las pérdidas de otra, y globalmente no existe una ganancia neta. En todo caso desde nuestra perspectiva holista apreciamos que se produce una redistribución, lo que ganan unos lo pierden otros. Pero incluso esto último sería erróneo. Como esta vía es un camino sin fin, siempre podemos encontrar otra economía con menores salarios potencialmente competidora con la cual con nos coparen los voceros periodísticos del capital y las rebajas salariales pueden seguir indefinidamente (recordemos al coreano de turno). Además, otra cuestión en ningún caso neutra, una derrota de una clase trabajadora en un país abre la vía potencial para que sus homólogas de alrededor sufran otra agresión del capital. Ahora que a los trabajadores alemanes les aprueban leyes salvajes contra sus condiciones de vida (y poco importan que en relación otros puedan ser privilegiados), los obreros de países que compiten en líneas de producción semejantes se verán chantajeados por sus empresarios, y les amenazarán de ser los culpables de la pérdida de competitividad, les pondrán el ejemplo de los germanos, quienes han sido responsables y patriotas, y la posibilidad real de que los inversiones huyan allí donde ciertos asalariados han perdido derechos tal vez les haga claudicar. Esta cadena se puede extender a toda la economía global. Por tanto, la clase trabajadora es una, es por propia definición internacional y sus intereses son los del conjunto de todos y cada uno de los trabajadores y desempleados, es decir, los explotados.

Esta estrategia del capital es muy antigua y consiste en colocar a los diferentes trabajadores en competencia directa y así diluir su conciencia internacional y su solidaridad de clase. No olvidemos que los medios de comunicación reproducen a veces una pretendida alegría de los obreros eslovacos cuando una industria automovilística abandona España e invierte allí. ¿Realidad o demagogia? En cualquier caso, una derrota para nosotros.

Este ejemplo ilustra que el resultado final no es siquiera neutro, que unos ganen lo que otros pierdan, sino una redistribución, en efecto, pero en beneficio de los intereses de los capitalistas y en detrimento de nuestra clase social. Si soslayamos el patético e hipócrita discurso nacional(ista) y damos un paso más allá, afloran nítidamente los intereses de clase que se ocultan bajo la idea de competitividad.

El horizonte, visto así, es, como defiende Chossudovsky [1.997 (2.002)], la globalización de la pobreza, el desarrollo de una economía mundial de exportación fundada sobre la mano de obra barata.

v) Asimetría funcional entre capitales y trabajadores (o la doble vara de medir de algunos)

En el mundo burgués de sus proclamas heredadas de la revolución francesa, aquellas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, que recordemos fueron inauguradas como tales mientras las cabezas reales rodaban con celeridad, ciertamente unos son más iguales que otros y por ello más libres de alzarse como fraternos. Mientras que la libertad mundial de circulación para el capital es garantizada como santo santorum en nombre de los sagrados valores civilizatorios antes mencionados, no ocurre lo mismo con la fuerza de trabajo. En lo que la economía neoclásica define como factores de producción, capital y trabajo, y que todos los ciudadanos del reino poseemos y por ello en el mercado nos encontramos en pie de igualdad como poseedores de al menos uno de ellos, existe una terrible asimetría. Los mismos liberales que defienden la libertad del capital apoyan sin reservas obstaculizar cruelmente la libre circulación de personas a nivel mundial.

Como consecuencia los capitales, que ya de por sí pueden desplazarse a una velocidad incomparablemente mayor, pueden fluir de un lugar a otro en busca de mejores condiciones para su fructificación rentable, los trabajadores no pueden desplazarse allí donde consideren que tendrán mejores posibilidades también de fructificación, de lograr condiciones de vida más dignas. Lo que se consigue realmente, y es lo que callan miserablemente, es que las migraciones, inevitables cuando la desesperación azota, se desarrolle ilegalmente y los obreros acudan a las zonas más prósperas y se integren como fuerza de trabajo al margen del marco legal vigente. Por tanto, i) no se benefician de las conquistas que los trabajadores oriundos hayan logrado, y sancionadas legalmente, por lo que es una fuerza laboral potencialmente superexplotable, ii) su extensión significa una presión adicional para el deterioro de las condiciones laborales y salariales de los trabajadores nacionales, con los que entrarán en competencia, iii) y de ahí, al divide y vencerás. Azuzando el sentimiento nacionalista y xenófobo el capital ríe mientras los trabajadores se pelean entre ellos.

En la cuestión de la hipocresía que rodea este tema, el periodista Pascual Serrano (2.003) lo expone magistralmente:

En pocas cuestiones como la emigración queda tan en evidencia nuestro sistema político y económico. Llamamos libertad a la libre circulación de productos y mercancías mientras dejamos que mueran ahogados quienes las fabricaron, simplemente por pretender hacer el mismo recorrido que sus productos. Así se permite que entren en nuestros países los artículos fabricados por niños en jornadas de catorce horas en Marruecos, pero nunca las personas que los hicieron.

Recordemos cómo estos mismos liberales expresaban su consternación por la existencia del Muro de Berlín, el de la vergüenza, según ellos, paladines de los derechos humanos, e ignoran los muros que levanta Israel, el del Estrecho y las pateras o los policías de Estados Unidos vigilando el que les separa de México. Este último caso es paradigmático. Mientras que la migración de este país hacia el Norte está legalmente penalizada para mantenerles en sus límites de la economía de mano de obra barata (y disciplinante de los asalariados de los EE.UU.), como es el papel de México en el Tratado de Libre Comercio (NAFTA en sus siglas en inglés), en actividades como la construcción, no susceptibles de deslocalización geográfica, este acuerdo sí que permite un traslado selectivo de mano de obra barata y dócil para ser contratada temporalmente. Otra vez vemos lo que oculta: una presión a la bajada de los salarios nacionales (en este caso de Estados Unidos) y limitar la capacidad reivindicativa de los sindicatos, ya de por sí poco revolucionarios allí.

5. Los salarios en el punto de mira: ¿por qué tanta insistencia? (la concepción marxista de la relación salarial)

En este apartado veremos la razón del discurso sempiterno desde las filas de la patronal y sus secuaces en pos de la moderación salarial. En primer lugar se debe señalar que el salario, como categoría básica de la economía política, es una categoría social y encierra por tanto una relación social, una relación de explotación oculta bajo el velo del intercambio mercantil entre iguales. En la medida que se encubre lo que Marx denominaba tiempo de trabajo excedente, aquel en el cual el obrero trabaja gratis para el capitalista, comprenderemos mejor la respuesta a los interrogantes planteados y concluiremos en afirmar que representa el conflicto central del capitalismo, la lucha entre el capital y el trabajo.

i) Una relación contradictoria: capital y fuerza de trabajo

Antes de llegar al análisis del salario es preciso describir someramente la relación social de la cual surge tal categoría, la que se produce entre el capitalista y el trabajador. De acuerdo a la teoría marxista del valor la única mercancía que posee la capacidad de generar un valor superior al necesario para su producción es la fuerza de trabajo, lo que otorga al movimiento del capital el carácter de un proceso de valorización, es decir, “creación de valor más allá  de cierto punto en que el valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital es sustituido por un equivalente” (Marx, El Capital, libro I, volumen I), Así pues, “el valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son dos magnitudes distintas”.

Lo que el propietario compra es la capacidad de trabajo, su uso. Sobre la base de este cambio a primera vista voluntario, y con la venta de las mercancías por su valor, tanto de la fuerza de trabajo como de la mercancía terminada, surge en el proceso productivo un excedente del que se apropia el propietario de los medios de producción, respetando (pero a la vez vulnerando) las reglas del intercambio.

ii) El salario y el valor de la fuerza de trabajo

Marx distingue entre valor y precio de la fuerza de trabajo (o salario), considerando a la fuerza de trabajo como una mercancía en lugar del trabajo en sí[13]. Se puede definir, como señala Marx (op. cit.) que “el valor de la fuerza de trabajo, como el de cualquier otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo necesario para la producción, o sea, también reproducción, de este artículo específico” (producción que supone su existencia), dependiendo por tanto del valor de sus medios de vida necesarios. Para el caso de la fuerza de trabajo su producción consiste en su mantenimiento, para lo que se requiere una determinada cantidad de medios de “subsistencia” que deben incluir asimismo las necesidades de sustitución del trabajador (los hijos). Este valor se compone de dos elementos, “uno de los cuales es puramente físico y el otro histórico o social”. “Su límite mínimo está determinado por el elemento físico”, para asegurar la mera subsistencia, mientras que el segundo “se halla determinado por el nivel de vida tradicional de cada país”, que se refiere “a la satisfacción de determinadas necesidades, que brotan de las relaciones sociales en que viven y se educan los hombres (Marx, Salario, Precio y Ganancia). Consecuentemente el valor de la fuerza de trabajo será más elevada en los países desarrollados.

La evolución del valor de la fuerza de trabajo es el resultado de la conjunción de dos factores, la masa de bienes de consumo, que fija un valor determinado, y el valor unitario medio de ellos, por tanto influida por la dinámica de la productividad. En el curso de la acumulación el valor de todas las mercancías se supone que tiende a disminuir con el aumento de la productividad, que se puede compensar con una expansión del volumen de tales bienes no incluidos anteriormente en dicha cesta (como costo de reproducción), lo que evoluciona históricamente y por tanto no es fijo.

iii) Las dimensiones de la categoría salarial: nominal, real y su verdadero alcance como relación social, el salario relativo

El salario es el precio de la fuerza de trabajo y viene determinado, en promedio, por el valor de la fuerza de trabajo, sobre el cual fluctuará de acuerdo a la oferta y demanda[14] y será establecido según el trabajo suministrado, ya sea por tiempo o a destajo. Su cuantía constituye el salario nominal. En términos reales el salario se refiere al conjunto de mercancías que el obrero obtiene realmente a cambio, es decir, alude al poder adquisitivo y debe enfrentarse por tanto a la cuantía de los precios de su cesta de consumo.

Pero el concepto verdaderamente clave es el del salario relativo, en relación con la plusvalía, lo que se puede comprobar al hablar de la competitividad y los mitos que la rodean. Si bien es verdad que Marx no procede con esta categoría explícitamente, se sitúa en su cuerpo teórico en torno a las repercusiones de la acumulación de capital y la distribución de la renta. Al ser el salario una categoría social no puede ser concebido de forma aislada, ”ni el salario nominal (...) ni el salario real (...) agotan las relaciones que se contienen en el salario”, el cual “se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional” (Marx, Trabajo Asalariado y Capital).

En el sentido ahora señalado su aumento tiene un límite superior más allá del cual amenaza las bases del sistema, pues el capital debe adquirir la fuerza de trabajo para producir plusvalía en una proporción determinada, debajo de la cual desaparece el incentivo para tal inversión.

El salario relativo se corresponde, en su expresión mercantil, con la porción del producto creado por el trabajador que corresponde al valor de la fuerza de trabajo, como fracción a su vez de la propia jornada laboral. Se corresponde, en términos agregados, con la participación de los salarios en la renta nacional, pero no cabe deducirlo directamente de las estadísticas oficiales, como ya se ha comentado. Es importante destacar que sus variaciones no se corresponden necesariamente con las del salario real, pudiéndose dar la situación de que uno aumente mientras el otro desciende[15].

En este caso, a diferencia lo expuesto en relación a los salarios reales y paralelamente a la mencionada caída secular del valor de la fuerza de trabajo, sí existe una tendencia a la disminución del salario relativo (o depauperación relativa) provocado por el desarrollo de las fuerzas productivas, ya que en el largo plazo los mayores salarios reales son incapaces de compensar la apropiación que el capital realiza de la productividad creciente. Esta tendencia se vincula con el propio desarrollo del modo de producción capitalista y la tendencia ascendente (pero en absoluto lineal) de los salarios reales, y es el corolario de la teoría marxista del valor[16].

iv) Entre la oferta y la demanda, ¿que aumenten o que desciendan?

El carácter relativo del salario se pone de manifiesto en el hecho de que, por una parte, los salarios aparecen como coste para las empresas cuando adquieren la capacidad de trabajo y los medios de producción, pero por otra, representan un poder de compra que permite la realización de la última fase del ciclo, las ventas de las mercancías.  Entonces, ¿cabe que para el sistema sea bueno un alza salarial? De hecho, algunos arguyen que así se pueden vender las mercancías y se soluciona la crisis con un golpe de demanda.

Desde la visión neoclásica, fundamentalmente en su versión de la economía de la oferta, se pone el acento en su función de coste y obstáculo para la acumulación, por lo que se busca su reducción, mientras que desde el enfoque keynesiano se subraya su papel primordial de demanda[17].

Frente al sesgo que representa no integrar estas dos dimensiones contradictorias, es preciso tener presente la dialéctica que preside la categoría salarial, como coste en un proceso de valorización que permite unir los dos eslabones de la cadena y, simultáneamente, a pesar de que a cada capitalista los obreros ajenos se le contraponen como consumidores, explicar cómo y por qué la relación (antagónica) entre cada capitalista y sus obreros es la relación esencial entre el capital y el trabajo (véase Marx, Grundrisse, tomo I).

En consecuencia el salario no es simplemente un coste más entre tantos otros, sino el coste básico del sistema en la medida de que el valor tiene como fundamento el trabajo, considerando que también los medios de producción son producto del trabajo pasado, trabajo que para el capital es considerado como coste en forma de salario.

v) Efectos de la acumulación sobre los salarios[18]: lo que sostenía Marx

En primer lugar se debe recordar que son los movimientos absolutos en la acumulación de capital los que se reflejan como oscilaciones de la masa de trabajadores contratables y de la magnitud de los salarios. Su ratio define el límite superior del salario real, no su nivel determinado.

En el curso de la acumulación el salario puede ascender mientras no entorpezca su progreso o bien “la acumulación se amortigua a consecuencia de la subida del precio del trabajo, por embotarse el aguijón de la ganancia” (Marx, El Capital, libro I, volumen III), eliminándose los obstáculos y reanudándose la dinámica una vez recompuesta la desproporción capital-fuerza de trabajo con la consiguiente reducción salarial. Se evidencia así que el alza salarial “queda confinado a los límites que no solo dejan intacta la base del sistema capitalista, sino también asegura su reproducción a escala cada vez mayor” (Marx, op. cit.).

La consecuencia inmediata de este proceso es el surgimiento de “una población obrera relativamente adicional, es decir, sobrante para las necesidades medias de valorización del capital” (Marx, op. cit.) Este volumen de población[19] “presiona, durante los períodos de estancamiento y prosperidad media, sobre el ejército activo de obreros y frena sus reivindicaciones durante el proceso de superproducción y paroxismo. La superpoblación relativa es, pues, el fondo sobre el que se mueve la ley de la demanda y de la oferta de trabajo, la intermediación sobre la que se vincula la causalidad acumulación/movimiento del salario.

Se concluye de todo lo expuesto, como hace Marx (op. cit.) que “a medida que se acumula el capital, tiene que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, alta o baja”, evidenciando el carácter contradictorio de la acumulación capitalista, por lo que la relación del crecimiento del capital y del proletariado se reproduce bajo condiciones cada vez más propicias para una de las partes, los capitalistas (Marx, VI (inédito)]. Por tanto, no caben intereses comunes.

Esta idea acerca del empeoramiento de la situación del obrero o aumento de la miseria se debe entender como manifestación de la progresiva menor participación relativa del trabajador en las ganancias de productividad (el descenso del salario relativo), y no en términos absolutos equiparándola con hambre o mendicidad. La miseria en un contexto de relaciones sociales tiene un significado relativo. Se debe rechazar por tanto la concepción del “salario de subsistencia” como ajena a la teoría marxista, si bajo este concepto se alude a identificar su nivel con el conjunto de medios de subsistencia para la mera reproducción física del trabajador, según parámetros biológicos. Su consecuencia inmediata es que la ley del valor no sería necesaria para la determinación del nivel salarial. Es por ello por lo que se debe extender al conjunto de los trabajadores, no únicamente a la esfera del pauperismo[20].

Lo relevante del salario, por tanto, es ciertamente el límite superior, únicamente determinado por los movimientos de la tasa de ganancia (y no por el componente físico, dada la suma elasticidad de las necesidades humanas) y el nivel que supone un obstáculo a la acumulación capitalista, así como la tendencia secular que le impone la dinámica capitalista.

Sin embargo, este análisis abstracto de la evolución salarial no excluye, sino que integra adecuadamente, que como ahora sucede la moderación salarial sea la fuente de expansión de este sistema putrefacto. Pues no olvidemos que estas conclusiones se enmarcan en un proceso de acumulación que a su vez sienta las bases fundamentales para la emergencia de la crisis, el ajuste estructural y la exacerbación de la lucha de clases, en las cuales, como se aprecia, el salario ocupa un lugar central en la reestructuración de las condiciones de valorización del capital.

vi) A vueltas con el lenguaje

Un ejemplo de cómo bajo el capitalismo las cosas muchas veces aparecen del revés y cómo la ideología de la clase dominante adquiere su hegemonía se percibe en el lenguaje y las expresiones comunes, que evidencian los engaños que sufrimos.

Así, se habla siempre de los incentivos que me da el patrón, lo que me abonan por un trabajo concreto (a destajo), ¡e incluso de vacaciones pagadas! Ya puestos, podríamos decir con la misma razón que las horas del día que no corresponden a nuestra jornada de trabajo también nos las pagan ya que al día siguiente volvemos a nuestro puesto, de la misma manera que en septiembre regresamos al puesto en cuestión.

Debería quedar claro después del análisis sobre los salarios que todo esto contribuye a generar en nuestras mentes una idea totalmente errónea sobre el significado profundo del salario en la economía capitalista. No cabe hablar, en relación a lo último mencionado, de vacaciones pagadas cuando precisamente es el trabajador quien labora gratis una fracción de su jornada laboral para el empresario. Consideremos una jornada de trabajo anual y el salario que recibimos, según el valor de la fuerza de trabajo, y desaparecerán todas estas ideas absurdas pero socialmente no neutrales. La conquista de un mes sin tener que trabajar sin menoscabo del sueldo equivale a lograr una reducción de la jornada manteniendo la misma remuneración, como si ahora se estipulase por ley (y se cumpliera en la práctica) la jornada de 35 horas semanales. ¿hablaríamos de que gozamos de 5 horas pagadas? Y si lo que ocurre es que se consigue un mayor salario por hora, ¿vale decir que el capitalista trabaja para nosotros la porción de una hora correspondiente?

6. Finalmente, por otra estrategia sindical (combativa e internacionalista)

La exposición teórica que se ha realizado, en el marco de un análisis en términos de clase, no es un fin en sí mismo, un ejercicio escolástico meramente estético. Por el contrario la única vocación que muestra es la de contribuir a dotarnos a los trabajadores de argumentos para hacer frente al discurso oficial. Y este hacer frente no se debe limitar (aunque paralelamente no se deba eludir) al debate teórico, y el propósito de utilizarlo es para lograr una mayor toma de conciencia de clase en las capas desclasadas y/o desideologizadas de la clase obrera.

Más allá de estos ámbitos, las implicaciones respecto a la estrategia sindical son vitales, en el sentido de poder ejercer una valoración crítica del movimiento obrero realmente existente, las posibilidades que ofrece el marco del sistema capitalista y lo deseos que tenemos para los cauces por los que debería transitar un sindicalismo alternativo.

Veamos algunas proposiciones y el corolario al que se llega. En primer lugar el capitalismo se caracteriza por unas leyes generales que ubican al trabajo asalariado en torno a unos límites entre los cuales se deben mover sus reivindicaciones. El trabajador debe permitir la apropiación por parte del capital de una masa de plusvalía “aceptable” y, además, dejar que en el curso de la acumulación la fracción que le corresponda del total del valor por él producido descienda paulatinamente, es la caída de su participación en el valor nuevo generado. De lo contrario se socavarían las bases mismas del sistema.  Por otra parte, hemos visto que la condición más favorable para el trabajador es una intensa acumulación de capital y lograr así crecientes salarios reales.

Por tanto, podríamos defender la existencia de una armonía entre los intereses del capital y el trabajo. Tal es la característica fundamental de la actuación sindical presente y la demagogia de la socialdemocracia, o más bien social-liberalismo. Pero no nos desilusionemos, un repaso a la historia nos evidencia que ha sido una constante, y no por ello la lucha de clases ha dejado de asistir con cierta periodicidad a la escena central de nuestra historia más turbulenta.

Sin embargo hablamos de cuestiones sociales y por ello huyen de determinismo alguno, su final no está cerrado. Si se aceptan estas premisas y conscientemente asumimos los límites de nuestras luchas, ya sea en virtud de las propias bases del capitalismo, de la competitividad, la estabilidad, la sacrosanta paz-social (¿en medio de nuestra explotación?) asistiríamos a una degradación sin límites del trabajador, convertida esta clase en una masa amorfa, deshumanizada, despersonalizada y desacreditada para tomar las riendas del desarrollo social. No olvidemos que la voracidad del capital no tiene límites, ni posee como fin de sus actuaciones la consecución de legitimidad alguna ni tenemos burguesías malas (Estados Unidos) y sensibles a lo social (Europa), todo depende de la relación de fuerzas en un contexto determinado.

Al mismo tiempo, y huyendo de la falacia reformista del capitalismo con rostro humano, nuestro análisis de los límites que inevitablemente existen en este sistema no debe exagerar las posibilidades de las conquistas posibles. Al fin y al cabo, de nuestro trabajo depende el fin último, la fuerza motriz de todo lo existente, la ganancia empresarial. Sería conveniente que la izquierda y los sindicatos, en lugar de ocuparse tanto tiempo en explicar la grandilocuencia de sus programas y sus medidas sociales, argumentaran de forma clara los límites de nuestras luchas en el seno de un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, en el cual la inversión privada es el motor del progreso. Ello no implica olvidar luchar por reformas progresivas, pero sí ser conscientes de la realidad objetiva (un sistema explotador) y la necesidad de encarar las demandas parciales como medios para lograr una mayor conciencia de clase y cuestionarse lo existente, no como fines absolutos. Luego vienen las desilusiones y los desencantos con la izquierda parlamentaria.

Por tanto, es obligación de todo sindicato la lucha por el logro de mayores conquistas sociales. Y ello a sabiendas que en muchos de los casos resultan incompatibles con este sistema económico. Es por ello por lo que la conclusión radica en no quitar de la agenda de las luchas estas cuestiones y así centrarse, bajo preceptos básicamente electorales, en la bondad de una mayoría parlamentaria o sindical. Muy al contrario, defendemos las conquistas sociales porque incrementan la autoconfianza de los trabajadores y generan la base para un despliegue de la lucha de clases que rebase las fronteras de lo existente, y por ello debemos empezar a explicar la explotación en la que se fundamenta la economía capitalista y lo ilusorio de pretender reformarlo en contra de sus leyes de desarrollo intrínsecas. Si bien no resulte beneficioso para ciertos intereses acomodados, ciertamente es un acto de honestidad y análisis científico.

La competencia desorbitada de la economía mundial nos coloca a nosotros, trabajadores españoles, franceses, alemanes, eslovacos, marroquíes, coreanos, latinoamericanos....en una posición enfrentada en la cual el único beneficiado es el capital. La ideología dominante suscita que cultivemos un sentimiento profundamente individualista en el curso de nuestra praxis cotidiana, y por ello se aboga desde ciertas latitudes por el nacionalismo, el racismo, la exacerbación desmesurada de motivaciones de género descontextualizadas del ámbito de clase (en su caso, de carácter machista o feminista); en definitiva, una lucha de todos contra todos. Pero este camino no es sino un salto al vacío sin fin si no se vinculan en términos de lucha de clases.

Desde una “egoísta” posición clasista, el mejor medio para la defensa de nuestros propios intereses, que son los mismos para toda la clase de los explotados, es realzar el valor de nuestra solidaridad de clase, más allá de perjuicios impuestos por más que nos acompañen desde tiempos inmemoriales. No por ello dejan de ser algo relativo. La solidaridad y unidad entre todos los asalariados y desempleados es la vía más eficaz de lucha por una vida digna, lo cual comprende desde el segmento de estos asalariados que para algunos son privilegiados por ciertas conquistas logradas, sea por su cualificación o por su localización geográfica, hasta el iletrado nómada de un páramo inhóspito de la sabana africana; desde el trabajador del llamado Norte, primer mundo o Centro, hasta el del Sur, el tercer mundo o la Periferia; desde el trabajador manual hasta el intelectual (precisemos que intelectual no equivale a inteligente), desde el que se enfunda un mono azul hasta el que se viste con un mono trajeado y encorbatado, y, claro está, pasando por hombres y mujeres y luchando contra un sexismo que siempre es excluyente y socialmente regresivo.

En el marco de una apertura del conjunto de las economías hacia el exterior y el proceso de integración económica y rebaja arancelaria, es preciso reivindicar marcos de negociación colectiva y lucha sindical lo más amplios posibles. Mientras los capitales, en su rápido movimiento geográfico (se asemejan a veces a las moscas que se revuelcan en excrementos) acaparan el globo terráqueo, resulta lamentable que no se haya caminado hacia una mayor integración del movimiento sindical internacional en términos organizativos y de acción directa, como las huelgas. Esta asimetría entre sindicatos nacionales y libres mercados mundiales o continentales conforma las bases fundamentales para el chantaje patronal.

Para concluir, una cuestión más. Admito que se pueda cuestionar lo señalado diciendo que es muy fácil desde esta tribuna manifestarse en contra de aceptar la encrucijada de la reducción salarial y el recorte de derechos si la alternativa para los que la sufren es engrosar las listas del INEM. Es cierto, nuestras luchas, como he comentado, se enfrentan en esta época con obstáculos muy grandes. Tampoco antes lo tenían más fácil. Frente a ello, digamos,

i) la verborrea de las amenazas empresariales bajo la égida de la pérdida de nuestros derechos no sólo afecta a los trabajadores directamente implicados, sino a todos los demás, por el efecto directo que tiene como ejemplo de actuación,

ii) las diferencias salariales son en muchos casos tan abismales que resulta absurdo intentar competir en ese terreno, ¿o queremos sueldos eslovacos o dominicanos? Más bien, potenciemos otros aspectos de la competitividad,

iii) ¿y por qué no denunciamos el hipócrita discurso neoliberal? Pues muchas de estas empresas deslocalizadas, o en curso, han recibido generosas subvenciones estatales, en muchos casos como reclamo para su localización en España, mientras que todo gasto social es acusado de deficitario, inflacionista y de ser un cultivo de vagos ¿no es así? y etc. Detrás de la tesis de ceder para no ir al paro habita el propósito de engordar la cuenta de resultados.

Frente a ello, no hay más receta culinaria que la conciencia de clase, la praxis reivindicativa y la apuesta por el socialismo, para que la tan manida competitividad no radique en la lucha de unos trabajadores contra otros, sino en el logro solidario del bien común.

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos...
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos...
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos...
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
Y que el miedo del hombre...
Ha inventado todos los cuentos.
Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos.

León Felipe

(PD: A quien llamó mi atención sobre estos versos, porque seguimos con los mismos cuentos todavía)

7. Apéndice (o para sacar conclusiones respecto de la competitividad, los salarios y la historia del capitalismo)

i) La Inglaterra del capitalismo ascendente del siglo XIX.

El señor Broughton, magistrado de condado, declaró, como presidente de una reunión celebrada en el salón municipal de Nottingham el 14 de enero de 1.860, que entre la parte de población de la ciudad ocupada en la fabricación de encajes reinaba un grado de sufrimientos y privaciones desconocido en el resto del mundo civilizado... A las 2, a las 3, a las 4 de la mañana, se sacan a la fuerza de sus sucias camas niños de 9 a 10 años, y se les obliga a trabajar para ganarse un mísero sustento hasta las 10, las 11, las 12 de la noche; mientras sus miembros desaparecen, su figura se encoge, sus rasgos faciales se embotan y su ser humano adquiere por completo un torpor de piedra, cuya simple visión hace temblar. (...)

 El sistema, tal como lo ha descrito el reverendo Montagu Valpy, es un sistema de esclavitud desenfrenada en todos los sentidos, en el social, en el físico, en el moral y en el intelectual... ¿Qué pensar de una ciudad en la que se celebra una asamblea pública para pedir que la jornada de trabajo de los hombres se reduzca a 18 horas al día?...Clamamos contra los plantadores de Virginia y Las Carolinas. Pero, ¿es que sus mercados de negros, aún con todos los horrores del látigo y del tráfico de carne humana, son más abominables que esta lenta carnicería humana que se efectúa aquí para fabricar velos y cuellos en beneficio del capitalista?

Daily Telegraph de Londres, 17 de enero de 1.860

(Karl Marx, El Capital, libro I, volumen III)

ii) Viaje al fondo de una maquiladora nicaragüense (extractos de una narración en primera persona de quien trabajó all

Aclaración: Esta investigación, hecha en una fábrica de maquila textil,-cuyo nombre se omite- nos muestra cómo se trabaja, cómo se vive, qué se siente y qué se piensa en las Zonas Francas que se levantan hoy por toda la Nicaragua post-sandinista mientras se anuncia que 'desarrollarán' a ese país.

En el cuarto éramos treinta y cuatro jóvenes, la mayoría mujeres. Yo era la mayor en un grupo con promedio de 18 años. Me pareció la estructura de un campo de concentración, como los que he visto en las películas. La forma de dirigirse a quienes demandan una plaza de trabajo es siempre grosera. Nos gritan haciéndonos sentir que somos incapaces de entender o de aprender.

Llama mucho la atención que en un centro fabril con miles de personas y gran cantidad de productos químicos y explosivos dentro no existan planes de evacuación en caso de terremoto o incendio, ni haya extintores o brigadas de emergencia.

El grueso de los trabajadores llega a la fábrica alrededor de las 6:30 am, Para poder llegar tan pronto, tienen que levantarse a las 4 am para preparar el alimento que llevan para el día y muchas veces el que dejan listo en la casa. La gente ha buscado alternativas al hambre para poder cumplir con el horario, muchas veces de quince horas seguidas, e introducen hábilmente en la ropa pequeños alimentos azucarados para comer o para vender.

Estas jornadas de más de quince horas de trabajo (7 am a 10 pm) provocan desgastes inimaginables en los cuerpos de las trabajadoras. Sólo tienen 40 minutos de descanso para el almuerzo y otros 40 hacia las 8 pm, hora de la cena. Al caer la noche los dolores se agudizan más y brotan todo tipo de lamentos. Los dolores de cabeza son masivos, también los pies hinchados que no resisten el peso del propio cuerpo. Abundan los dolores de espalda. Quienes tienen problemas de várices las muestran a punto de reventar. Sobran dolores para todos, sin que importen edades o sexo.

También es la hora de los reclamos al medio en que nacieron: Si hubiera nacido en otro mundo no tendría necesidad de trabajar en esto y estaría bien sentada en mi casa, con mis hijos y con mi marido. O de expresar sueños tan sencillos como imposibles: ¡Qué no daría por llegar a mi casa, encontrar comida hecha y caliente, sábanas aseadas y alguien que me llevara la comida hasta la cama! Otras sueñan con más ambición: ¡Si pudiera entrar a la universidad y sacar una profesión!

Según lo establecido por el Código del Trabajo, sólo pueden realizarse nueve horas extra a la semana. En el área de empaque, trabajamos en una semana treinta y seis horas extra. Con un promedio de quince horas de trabajo diario y sin una alimentación adecuada, es muy difícil poder resistir este ritmo de trabajo.

El abuso al trabajador y la falta de respeto al Código laboral son conocidos por el Ministerio del Trabajo (MITRAB), quien debe velar por los derechos de los trabajadores y regular a los empleadores. Sin embargo, en el actual modelo económico el MITRAB se ha convertido en protector y aliado de las empresas y corporaciones de la Zona Franca haciendo oídos sordos a las demandas de los trabajadores.

En esta fábrica, las horas extra no son opcionales, son obligatorias. Quien no las trabaja, es despedida. No se consultan. A eso de las 2 de la tarde pasan la hoja de las horas extra y lo único que tienes que hacer es firmar. Para evitar que alguien del área de empaque salga de la fábrica a la hora del timbre, a las 5:15 pm, el supervisor mantiene bajo llave las tarjetas de los empleados. Así, nadie puede salir ni a escondidas. Por comentarios de algunas muchachas que han trabajado en otras empresas, las horas extra las pagan cuando les da la gana. Hay trabajadoras y trabajadores que llegan a sus casas a las 12 de la noche o a la 1 de la madrugada, y han de estar en pie de nuevo a las 4-5 am. El desgaste es increíble y son muchos los que a las 10 de la mañana ya empiezan a tomar tabletas de supertiamina, para poder aguantar el resto del día.

Hasta aquí llega esta narración. No quisiera que de ella se desprendiera una crítica destructiva. Sólo he querido contar mi experiencia para que podamos imaginarnos lo que miles y miles de mujeres, también hombres, viven o vivieron a diario durante semanas, meses y años en las más de cuarenta fábricas maquiladoras que existen ya en Nicaragua, industrias de las que se espera el 'desarrollo' de nuestra patria y de nuestra gente.

Notas y bibliografía:

(*) Yanina Turcio Gómez, es Investigadora de Nitatlapán-Uca, equipo maquila.

[Tomado de internet: http://www.doctorlandia.com]

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[1] Doctorando en el departamento de Economía Aplicada I - Economía Internacional y Desarrollo - de la Universidad Complutense de Madrid.

[2] Si bien en puridad no es correcto, utilizaré en este texto indistintamente clase trabajadora, obrera y asalariada, debiendo aclarar no obstante, por razones léxicas, que esta clase social (antes caracterizada como proletaria) abarca también a los desempleados.

[3] Sin profundizar más en este tema, aunque su importancia es vital y así lo merecería, recomiendo la lectura de la obra clásica en este tema, la de Shaikh & Tonak (1.994), de la que lamentablemente no existe traducción al español. Especialmente se puede consultar la parte introductoria y así empezar a cuestionarse las estadísticas convencionales desde postulados marxistas para empezar a desarrollar una verdadera contabilidad social construida según unos parámetros alternativos. Debemos ser cautelosos ante los argumentos liberales aunque se apoyen en estos datos, por cuanto vienen elaboradas según la visión neoclásica / keynesiana, que comparten una matriz común de clase.

[4] Profesor de la Universidad San Pablo CEU y académico asociado del CATO Institute, lo fue a su vez de quien escribe estas líneas durante la licenciatura en Economía. Recuerdo cómo defendía con verdadera pasión en su asignatura sobre las doctrinas económicas el fracaso de la economía clásica (y del pensamiento marxista en ella) para explicar el valor y cómo su secreto no se desveló hasta la llamada “revolución marginalista” (o economía vulgar, según Marx) del decenio de los setenta del s. XIX y su focalización en los aspectos subjetivos e individuales. Además, se debía realizar un trabajo sobre un economista y explicar su opinión sobre una cuestión determinada (en tercera persona, aclaro). Le agradezco que en la portada de mi exposición sobre el elogio y la crítica del capitalismo por parte de Marx escribiera, con rotulador rojo en la portada, que mi posicionamiento era cerradamente marxista y me proponía explicar por qué, si tan bueno era ese autor, la historia no se había desarrollado tal y como preveía. Al margen de la carencia que esta afirmación denota sobre el método y significado del materialismo marxista, resultan curiosos sus comentarios y métodos, cuando él mismo criticaba apasionadamente en las clases la política económica del Partido Popular... ¡por no ser suficientemente liberal! ¡y nos recordaba la crueldad stalinista! En fin, representa la vía más eficaz para formar economistas dóciles. Ser liberal en economía, como vemos, no implica ni el reconocimiento de la libertad de pensamiento ni la vocación por enseñar la pluralidad de enfoques existentes, más bien nos topamos con la imposición mitinera del neoliberalismo puro y duro. Al menos, le reconozco la sinceridad en sus posicionamientos, a diferencia de otros pseudo-heterodoxos.

[5] Obsérvese que no es cuestión baladí esta consideración. Si el salario es una variable independiente entonces la implicación inmediata es, como bien señala el coro sinfónico de la burguesía, que los salarios son los causantes de la inflación, la pérdida de competitividad, etc. Sin embargo, pese al discurso oficial y que, lamentablemente también acaban asumiendo muchos, entre los cuales (y esto es ya más preocupante) destaca la burocracia sindical, los salarios no tienen estas propiedades mágicas. En un momento dado y al margen de otras consideraciones, un alza salarial reduce ganancias, no aumenta precios.

[6] Digo objetivamente porque las condiciones objetivas de vida resultan cada vez más penosas para una fracción creciente de la población mundial Otra cuestión distinta es que efectivamente el proceso de concienciación social, en el ámbito de lo subjetivo, se haga efectivo.

[7] que tampoco niega por otra parte que el salario para el empresario es un coste, y en esta medida es normal que conforme a sus intereses aboguen por reducirlo, pero al menos reconozcamos que lo ubican en un análisis que modifica en cierta manera las conclusiones que leíamos en el artículo al que he aludido. Y recordemos aquello de las medias verdades.

[8] Eso es como no decir nada, pues también se podría comentar que la razón de que sea de día radica en que llega la hora de que así sea o llueve porque cae agua. Pasa como con la inflación (y con ella todos los horrores, entre los que destaca la pérdida de competitividad), que siempre se produce (casualmente) por los aumentos salariales, es decir, obsérvese la agudeza analítica de explicar el aumento general de precios por el aumento de los precios de unas mercancías determinadas denominadas “fuerza de trabajo”.

[9] Lo podemos observar en el Programa de Acción Sindical para el VIII Congreso de CC.OO. (abril de 2.004) por parte de José María Fidalgo, en el que sostenía también la posibilidad de un desarrollo sostenible y con plena participación democrática (¡en el marco del sistema capitalista!). Véase al respecto el análisis crítico de Guerrero (2.004).

[10] Aunque menciono eso de “los altos salarios”, me refiero a los valores absolutos, y la razón de esta acotación radica en que para el análisis marxista la verdadera dimensión del salario es su carácter relativo, pues se halla en relación directa con la plusvalía, y en este sentido igual no es tan apropiado hablar de altos salarios.

[11] Arriola (2.004a) afirma que uno de cada tres empleos en la industria española se localizan en el sector de la alimentación, el textil y el calzado, mientras que sólo 1,3 de cada diez se sitúa en industrias de elevado valor añadido (maquinaria y equipo). Así, poco vamos a competir mundialmente.

[12] La verdad es que este tema daría para escribir muchas más líneas y especialmente para determinados sectores de cierto izquierdismo cañí y sus curiosas ideas acerca de lo que es ser un trabajador privilegiado, de trabajar en el ámbito financiero o esa pseudo-crítica moralista del consumismo. Yo, casi que prefiero que mi clase social consuma mucho y no se muera de hambre. Otras cuestiones son la consideración de la felicidad que adopta la forma del consumo de mercancías materiales como un fin en sí mismo, y los límites medioambientales, pero esto es diferente y bastante complejo.

[13]  Este paso representó un gran adelanto en relación a la visión de David Ricardo.

[14] Como precio, expresión mercantil de un valor, el salario se halla determinado por la competencia entre compradores y vendedores, desajustes entre oferta y demanda, etc., que provocan alzas y descensos de su magnitud, pero sólo explican sus oscilaciones pasajeras. En el largo plazo los precios tienden a identificarse con los valores al oscilar en torno a los niveles que estos determinan (véase Marx, Salario, Precio y Ganancia)

[15] Ante un aumento de la productividad que reduzca los costos de producción de la fuerza de trabajo a la mitad, podría darse el caso de que el capital se beneficiara íntegramente y el salario nominal por tanto descendiera a la mitad pero su capacidad adquisitiva se mantuviera igual que antes (salario real equivalente), lo que conlleva una disminución del salario relativo. La evolución divergente del salario real respecto del salario relativo (del cual es un componente) expresa el sentido opuesto en que se mueven el valor de la fuerza de trabajo y uno de sus componentes, la masa de mercancías que entran en los costos de reproducción de la clase obrera.

[16] Si bien Marx no formuló esta ley de forma explícita, continuadores de su obra la han estudiado y defendido, tales como R. Luxembourg, R. Rosdolsky, o H. Grossmann.

[17] Pero ojo, la prescripción del keynesianismo es controlar los salarios mediante las alzas de precios que socaven su poder adquisitivo. No se puede esperar otra cosa de una teoría que pretender gestionar el sistema de forma más realista que el neoliberalismo, y de su autor, John. M. Keynes, declarado liberal y a quien, según sus propias palabras, la lucha de clases le encontraría del lado de la burguesía.

[18] Marx expone esta relación en El Capital (capítulo XXIII del primer libro), primero bajo el supuesto simplificador de una composición de capital constante, situación favorable para el trabajador por la gran demanda que existe, y posteriormente considerando su aumento. Se debe a su vez no olvidar que el libro I de El Capital trata del proceso de producción del capital en general, haciendo todavía abstracción de la competencia entre diversos capitales.

[19] Este denominado ejército industrial de reserva (EIR) no debe ser identificado únicamente con los desempleados, sino que también los subempleados, productores mercantiles independientes amenazados por la competencia, etc.

[20] Aunque la tendencia a la pauperización absoluta (o tendencia secular hacia el descenso de los salarios reales) pudiera inferirse de ciertos pasajes de la obra de Marx, los cuales no pertenecen a escritos de su madurez, no son estrictamente de carácter económico (véase por ejemplo El Manifiesto del Partido Comunista), o bien sacados de contexto y no entendidos en términos relativos, como en El capital, lo relevante a estos efectos es descubrir si de su esquema teórico se desprende tal conclusión. Ello lleva ineluctablemente a la afirmación tajante de rechazar tal idea (en abstracto) y así evitar malentendidos, lo que, se debe recalcar, no quiere decir que no exista tal proceso. En este sentido, un aumento del salario real puede ser derivado de tres fenómenos: un alargamiento de la jornada laboral, mayor intensidad o de la fuerza productiva del trabajo (el factor más destacado) y que ha caracterizado al desarrollo del capitalismo. Otro aspecto completamente diferente es que en determinadas circunstancias resulte necesaria una caída importante de los salarios reales, como sucede en los períodos de crisis económica. Sin embargo sostengo que las premisas del análisis abstracto no fundamentan esta extendida confusión. La interpretación de la pauperización absoluta fue defendida en el pasado por la corriente “revisionista” del Partido Socialdemócrata Alemán y en los círculos académicos de la U.R.S.S., como se puede comprobar en sus manuales de economía política [véase al respecto un ejemplo en Ivanovich  N. (1.959)], cuando afirma que “la ley general de la acumulación capitalista engendra también la tendencia hacia el empeoramiento absoluto en la situación material de la clase obrera”, uno de cuyos significados es “la caída del salario real”

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