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Treinta años después de la Revolución Rusa

Por Víctor Serge
México, julio–agosto de 1947
Este texto, es considerado como el testamento político de Víctor Serge.

Los años 1938–1939 han marcaron un nuevo rumbo decisivo. Se ha concluido la transformación de las instituciones y de las hábitos de los cuadros del Estado, llamado todavía soviético aunque no lo sea para nada, gracias a las "depuraciones" implacables, dando lugar a un sistema perfectamente totalitario, pues sus dirigentes son los dueños absolutos de la vida social, económica, política y espiritual del país; el individuo y las masas no poseen ningún derecho. La condición material de las ocho o nueve décimas partes de la población se mantiene en un nivel muy bajo. El conflicto abierto con los campesinos se prolonga bajo formas atenuadas. Se hace evidente que, poco a poco, una contrarrevolución ha triunfado. La URSS, al intervenir en la guerra civil española, ha intentando controlar al gobierno de la república y se ha opuesto, con los peores medios –corrupción, chantaje, represión, asesinato–, al movimiento obrero que se inspiraba en los ideales un día compartidos. Una vez consumada la derrota de la República española, no sin que Stalin tenga parte de responsabilidad, la URSS pactó pronto, al principio en secreto, con el Tercer Reich. En el punto más álgido de la crisis europea pueden verse a las dos potencias, la fascista y la antifascista, la bolchevique y la antibolchevique, abandonar sus máscaras y unirse en el reparto de Polonia. La URSS extiende, con el consentimiento de la Alemania nazi, su hegemonía sobre los países bálticos que se separaron de Rusia durante las luchas de 1917–1919. Este cambio de la política internacional rusa se explica por los intereses de una casta dirigente ávida e inquieta, reducida a una capitulación moral frente al Tercer Reich al que teme por su superioridad técnica. Las similitudes internas de las dos dictaduras lo han facilitado.

I. ¡Qué espantoso camino hemos recorrido en estos treinta años! El acontecimiento más esperanzador, más grandioso de nuestro tiempo, parece volverse contra nosotros. ¿Qué nos queda del entusiasmo inolvidable de 1917? Muchos hombres de mi generación, que fueron comunistas desde el primer momento, no guardan otro sentimiento que el rencor hacia la revolución rusa. Quedan muy pocos testigos y participantes. El partido de Lenin y Trotsky ha sido fusilado. Los documentos han sido destruidos, escondidos o falsificados. Sobreviven sólo y en gran número los emigrados que estuvieron siempre en contra de la revolución. Escriben libros, son catedráticos, cuentan con el apoyo del conservadurismo, todavía poderoso y, por otra parte, incapaz, en esta época de convulsión mundial, de desarmarse o de demostrar objetividad....

Una pobre lógica, mostrándonos el negro espectáculo de la URSS estalinista, afirma la debacle del bolchevismo, la del marxismo, la del socialismo... Escamoteo fácil, en apariencia, de los problemas mundiales que aquejan al mundo y que no dejarán de lastrarle de inmediato. ¿Olvidan las otras debacles? ¿Qué ha hecho el cristianismo durante las catástrofes sociales? ¿Qué ha pasado con el liberalismo? ¿Qué ha producido el conservadurismo ilustrado o reaccionario? ¿No han engendrado a Mussolini, a Hitler, a Salazar o a Franco? Si se tratara de plantear con honestidad las debacles de las ideologías, tendríamos trabajo para largo. Y nada ha acabado aún...

Todo acontecimiento es a la vez definitivo y transitorio. Se prolonga en el tiempo bajo aspectos, a veces, imprevisibles. Antes de esbozar un juicio sobre la revolución rusa, recordemos los cambios de rumbo y de perspectivas de la revolución francesa. El entusiasmo de Kant ante la toma de la Bastilla... El Terror, Termidor, el Directorio, Napoleón. Entre 1789 y 1802, la república libertaria, igualitaria y fraternal fue absolutamente negada. Las conquistas napoleónicas, creadoras de un orden nuevo, sólo en el nombre, chocan por su similitud con las de Hitler. El emperador se convirtió en "el Ogro". El mundo civilizado se unió contra él, la Santa Alianza pretendía restablecer y estabilizar en toda Europa el antiguo régimen... Sin embargo, vemos que la revolución francesa, con la irrupción de la burguesía, del espíritu científico y de la industria, alimentó al siglo XIX. Pero treinta años después, en 1819, en el tiempo de Luis XVIII y del zar Alejandro I, ¿no parece como uno de los más costosos fracasos históricos? ¡Cuántas cabezas cortadas, cuántas guerras, para llegar a una mezquina restauración monárquica!

Es natural que la falsificación de la historia esté hoy al orden del día. Entre las ciencias inexactas, la historia es aquella que lesiona más intereses materiales y psicológicos. Sobre la revolución rusa pululan leyendas, errores, interpretaciones tendenciosas, aunque sea fácil informarse sobre los hechos... Pero, evidentemente, es más cómodo escribir y hablar sin informarse.

II. A menudo se afirma que "el golpe de mano bolchevique de octubre–noviembre de 1917 derribó una democracia naciente..." Nada más falso. En Rusia, la República no había sido proclamada, no existía ninguna institución democrática fuera de los Sóviets o de los Consejos obreros, de campesinos y de soldados... El gobierno provisional, presidido por Kerenski, se había negado a llevar a cabo la reforma agraria, a abrir las negociaciones de paz reclamadas por la voluntad popular, a tomar medidas efectivas contra la reacción. Vivía una transición entre dos complots permanentes: el de los generales y el de las masas revolucionarias. Nada hacía pensar en el establecimiento pacífico de una democracia socializante, la única que hubiera sido hipotéticamente viable. A partir de septiembre de 1917 la alternativa se daba entre la dictadura de los generales reaccionarios o en la de los Sóviets. En esto coinciden dos historiadores desde posiciones opuestas: Trotsky y el hombre de Estado liberal de derechas, Miliukov. La revolución soviética o bolchevique fue el resultado de la incapacidad de la revolución democrática, moderada, inestable e inoperante que la burguesía liberal y los partidos socialistas contemporizadores dirigieron después de la caída de la autocracia.

Se continúa afirmando que la insurrección del 7 de noviembre (25 de octubre al viejo estilo) de 1917 fue la obra de una minoría de conspiradores: el Partido bolchevique. Nada se opone más a los hechos verificables. 1917 fue un año de acción de masas asombroso por la multiplicidad, la variedad, la potencia, la perseverancia de las iniciativas populares que empujaron a levantarse a los bolcheviques. Las demandas agrarias se extendían por toda Rusia. En el ejército, la insubordinación aniquilaba la vieja disciplina. Cronstadt y la flota del Báltico habían rechazado categóricamente obedecer al gobierno provisional y sólo la intervención de Trotsky en el Sóviet de la base naval evitó un conflicto armado. El Sóviet de Tachkent, en Turkestán, había tomado el poder por su propia cuenta.... Kerenski amenazaba al Sóviet de Kaluga con la artillería... Un ejército de 40.000 hombres en el Volga se negaba a obedecer. En las afueras de Petrogrado y de Moscú se formaban guardias rojos obreros. La guarnición de Petrogrado se ponía a las órdenes del Sóviet. En los Sóviets, la mayoría de los socialistas moderados se pasaban pacíficamente a los bolcheviques, sorprendiéndoles a ellos mismos este cambio. Los socialistas moderados abandonaban a Kerenski, que no podía contar más que con los militares que llegaron a ser tremendamente impopulares. Estas son las razones por las cuales la insurrección venció en Petrogrado, casi sin derramamiento de sangre, con entusiasmo. Hay que volver a leer, sobre estos acontecimientos, las formidables páginas de John Reed y de Jacques Sadoul, testigos presenciales. El complot bolchevique fue literalmente conducido por una colosal ola ascendente.

Conviene recordar que el imperio se había hundido en febrero–marzo de 1917 bajo el empuje del pueblo desarmado de las afueras de Petrogrado. La confraternización espontánea de la guarnición con las manifestaciones obreras decidió la suerte de la autocracia. Más tarde, se buscaría a los desconocidos que tomaron la iniciativa de esta confraternización; se encontró a muchos, la mayoría de ellos ha quedado en el anonimato... Los dirigentes y militantes más cualificados de todos los partidos revolucionarios estaban en esos momentos en el extranjero o presos. Los pequeños grupos que existían en Petrogrado estaban tan sorprendidos y sobrepasados por los acontecimientos ¡que los bolcheviques se proponían publicar un llamamiento a la vuelta al trabajo en las fábricas! Cuatro meses más tarde, la experiencia del gobierno de coalición de los socialistas moderados y de la burguesía liberal suscitó una cólera tal que a principios de julio la guarnición y los barrios obreros organizaron, ellos mismos, una gran manifestación armada bajo la consigna de todo el poder a los Sóviets. Los bolcheviques desaprobaron esta iniciativa tomada por desconocidos, uniéndose de mala gana al movimiento para conducirle a una liquidación tan dolorosa como peligrosa. Estimaban, probablemente con razón, que el país no seguiría a la capital. Se convirtieron, naturalmente, en la cabeza de turco. La persecución y la calumnia ("agentes de Alemania") cayó inmediatamente sobre ellos. A partir de ese momento supieron que si no se ponían a la cabeza del movimiento de masas ganarían la impopularidad y los generales cumplirían su objetivo.

El general Kornilov se mete en la aventura en septiembre de 1917, con la complicidad manifiesta de una parte del gobierno Kerenski. Lenin y Zinoviev escondidos, Trotsky en prisión, los bolcheviques están acosados. Las tropas de Kornilov se disgregan al contacto con los ferroviarios y los agitadores obreros.

Los funcionarios de la autocracia vieron venir la revolución; no supieron impedirla. Los partidos revolucionarios la esperaban; no supieron, no pudieron provocarla. Una vez desencadenados los acontecimientos, no les quedaba más que participar con más o menos clarividencia y voluntad.

III. Los bolcheviques asumieron el poder porque, en la selección natural que se produjo entre los partidos revolucionarios, ellos fueron los más aptos para expresar de una forma coherente, clarividente y voluntariosa, las aspiraciones de las masas movilizadas. Conservaron el poder, vencieron en la guerra civil porque las masas populares finalmente les apoyaron, a pesar de las vacilaciones y los conflictos, del Báltico al Pacífico. Este gran hecho histórico ha sido reconocido por la mayoría de los enemigos rusos del bolchevismo. Hélène Kousskova, propagandista liberal en la emigración, escribía recientemente que es "incontestable que el pueblo no apoyaba ni al movimiento de los Blancos (...) ni la lucha por la Asamblea Constituyente (...)". Los Blancos representaban la contrarrevolución monárquica, los Constituyentes, el antibolchevismo democrático. Por eso, hasta el final de la guerra civil, en 1920–1921, la revolución rusa aparece ante nosotros como un inmenso movimiento popular al que el Partido bolchevique dota de un cerebro y un sistema nervioso, así como de dirigentes y cuadros.

Se afirma que los bolcheviques quisieron inmediatamente el monopolio del poder. ¡Otra leyenda!. Al contrario, temían el aislamiento en el poder. Muchos de ellos fueron partidarios, al principio, de un gobierno de coalición socialista. Lenin y Trotsky rechazaron la coalición con los partidos socialistas moderados que habían conducido la revolución de marzo al fracaso y que se negaban a reconocer al régimen de los Sóviets. Pero el Partido bolchevique solicitó y obtuvo la colaboración del Partido socialista revolucionario de izquierdas, partido campesino dirigido por intelectuales idealistas hostiles al marxismo. A partir de noviembre de 1917 hasta el 6 de julio de 1918, los socialistas–revolucionarios de izquierda participaron en el gobierno. Rechazaron, junto a un tercio de conocidos bolcheviques, admitir la paz de Brest–Litovsky y, el 6 de julio de 1918, dieron una batalla insurreccional en Moscú en la que proclamaban su intención de "gobernar solos" y de "recomenzar la guerra contra el imperialismo alemán". Su mensaje radiado ese día fue la primera proclamación de un gobierno de partido único. Fueron vencidos y los bolcheviques tuvieron que gobernar solos. A partir de ese momento, su responsabilidad aumentó, su mentalidad cambió.

¿Constituían antes o después de la escisión del Partido obrero socialdemócrata ruso en mayoría (bolcheviques) y minoría (mencheviques), un partido profundamente diferente a otros partidos revolucionarios rusos? Se les imputa un carácter autoritario, intolerante, amoral en la elección de los medios; una organización centralizada y disciplinada que contenía el germen del estatismo burocrático; un carácter dictatorial e inhumano. Tanto autores eruditos como ignorantes coinciden en señalar la "amoralidad" de Lenin, su "jacobinismo proletario", su "revolucionarismo profesional". Una mención a la novela–panfleto de Dostoievski, Los Poseídos, y el ensayista cree haber esclarecido los problemas por él creados.

Todos los partidos revolucionarios rusos, ya desde 1870–1880, fueron autoritarios, fuertemente centralizados y disciplinados en la ilegalidad, para la ilegalidad; todos formaron "revolucionarios profesionales", es decir, hombres que vivían exclusivamente para la lucha; todos podrían, ocasionalmente, ser acusados de una cierta amoralidad práctica, aunque sea justo reconocerles un idealismo ardiente y desinteresado. Casi todos estaban imbuidos de una mentalidad jacobina, proletaria o no. Todos crearon héroes y fanáticos. Todos, con excepción de los mencheviques, aspiraban a una dictadura, y los mencheviques georgianos recurrieron a procedimientos dictatoriales. Todos los grandes partidos eran estatalistas, tanto por su estructura como por la finalidad que se asignaban. En realidad, había, más allá de las divergencias doctrinales importantes, una única mentalidad revolucionaria.

Recordemos el temperamento autoritario del anarquista Bakunin y sus métodos de organización clandestina en el seno de la primera Internacional. En su Confesión, Bakunin preconiza una dictadura ilustrada, pero sin piedad, ejercida por el pueblo... El Partido socialista–revolucionario, imbuido de un ideal republicano, más radical que socialista, formó, para combatir la autocracia por el terrorismo, un "aparato" rigurosamente centralizado, disciplinado, autoritario, presa fácil de la provocación policial. La socialdemocracia rusa, de conjunto, ambicionaba la conquista del Estado. Nadie tuvo un lenguaje más jacobino en relación a la futura revolución rusa que su dirigente Plejánov. El gobierno Kerenski, donde los socialistas–revolucionarios y los mencheviques tenían bastante fuerza, utilizaba, sin cesar, un lenguaje dictatorial, totalmente veleidoso. Los mismos anarquistas, en las regiones ocupadas por el Ejército Negro de Nestor Makhno, ejercían una auténtica dictadura, acompañada de confiscaciones, requerimientos, arrestos y ejecuciones. Y Makhno fue "batko", padrecito, jefe...

Los socialdemócratas mencheviques de derecha, como Dan y Tseretelli, deseaban un poder fuerte. Tseretelli recomendó la represión del bolchevismo antes de que fuera tarde... Los mencheviques de izquierda, de la tendencia de Martov, parecen haber sido el único grupo político profundamente interesado en una concepción democrática de la revolución, lo que constituye, desde un punto de vista filosófico, una honrosa excepción.

Las características propias del bolchevismo que le confieren una innegable superioridad sobre los partidos rivales con los que compartía una amplia mentalidad común son: a) la convicción marxista; b) la doctrina de la hegemonía del proletariado en la revolución; c) el internacionalismo intransigente; d) la unidad de pensamiento y acción. Entre muchos hombres, la unidad de pensamiento y acción condujo a la fe en su propia voluntad.

El realismo marxista de 1917 nos parece hoy un poco esquemático. El mundo ha cambiado, las luchas sociales son mucho más complejas de lo que eran entonces. Durante la revolución rusa, este realismo, apoyado por importantes conocimientos económicos e históricos, estuvo a la altura de las circunstancias. Contenía eficaces antídotos contra la fraseología liberal, el doble juego, la dilación interesada, la abdicación honorable e hipócrita. Los socialistas moderados estimaban que Rusia llevaba a cabo una "revolución burguesa", destinada a abrir al capitalismo una era de desarrollo, dotándose del estatuto político de democracia burguesa... Los bolcheviques creían que sólo el proletariado podía hacer la revolución "burguesa", pero sin ir más allá; que el socialismo no podía triunfar en un país tan atrasado, pero que correspondería a una Rusia socializante dar el impulso al movimiento obrero europeo. Lenin no preveía, en 1917, la nacionalización completa de la producción, sino sólo el control obrero sobre ella; más tarde pensó en un régimen mixto, de capitalismo y estatalismo; sin embargo, en 1918, el estallido de la guerra civil impuso la nacionalización completa como medida inmediata de defensa... La intransigencia internacionalista de los bolcheviques descansaba en la fe en una próxima revolución europea, más madura y más fecunda que la revolución rusa... Esta visión de futuro no les era exclusiva. Era compartida, también, por la ideología socialista europea, aunque, de hecho, los grandes partidos no creían en la revolución. El continuador alemán de Marx, Karl Kautsky, había teorizado hasta 1908 la próxima revolución socialista; Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Karl Liebknecht profesaban la misma convicción. La diferencia esencial entre los bolcheviques y los otros socialistas parece haber sido de naturaleza psicológica, debido a la formación particular de la intelligentsia revolucionaria y del proletariado ruso. No había lugar en el Imperio de los zares ni para el oportunismo parlamentario, ni para los compromisos cotidianos; una realidad social tan simple como brutal engendró una fe completa y activa. En este sentido, los bolcheviques fueron más rusos y estuvieron más al unísono con las masas rusas que los socialistas–revolucionarios y los mencheviques, cuyos cuadros estaban empapados de una mentalidad occidental, evolucionista, democrática, según las tradiciones de los países capitalistas avanzados.

IV. Abramos el difícil capítulo de los errores y las responsabilidades. No sin lamentar que en un estudio tan breve no nos sea posible considerar los errores, las responsabilidades y los crímenes de las potencias y de los partidos que combatieron la revolución soviética–bolchevique. A falta de este contexto decisivo, estamos obligados a contentarnos con una visión unilateral.

Yo escribía, en 1929, en mi libro Retrato de Stalin, publicado en París (Grasset): "(...) el error más incomprensible –porque fue deliberado– que estos socialistas (los bolcheviques), dotados de grandes conocimientos históricos, cometieron, fue el de crear la Comisión extraordinaria de Represión de la Contra–Revolución, de la Especulación, del Espionaje, de la Deserción, llamada abreviadamente Checa, que juzgaba a los acusados y a los simples sospechosos sin ni siquiera escucharlos o verlos, sin permitirles, en consecuencia, ninguna posibilidad de defensa (...), deteniendo en secreto y ejecutando. ¿Qué era sino una Inquisición? Sin duda, un estado de sitio o una dura guerra civil necesitan medidas extraordinarias; pero, ¿les está permitido a los socialistas olvidar que la publicidad de los procesos es la única garantía contra la arbitrariedad y la corrupción para no retroceder más allá de los procedimientos expeditivos de Fouquier–Tinville? El error y la responsabilidad son patentes, las consecuencias han sido espantosas ya que la GPU, es decir, la Checa, ampliada bajo nuevo nombre, acabó por exterminar toda la generación revolucionaria bolchevique (...)"

No queda más que remarcar, en favor del Comité Central de Lenin, algunas circunstancias atenuantes, importantes a los ojos de la sociología. La joven república vivía expuesta a mortales peligros. Su indulgencia hacia generales como Krasnov y Kornilov les costó sangre a raudales. El antiguo régimen había utilizado ampliamente el terror. La iniciativa del terror fue tomada por los Blancos, ya en noviembre de 1917, para masacrar a los obreros del arsenal del Kremlin; vuelta a tomar por los reaccionarios finlandeses en los primeros meses de 1918, a mayor escala, antes de que el "terror rojo" fuera proclamado en Rusia. Las guerras sociales del siglo XIX, después de las jornadas de junio de 1848 y de la Comuna de París en 1871, estuvieron caracterizadas por el exterminio en masa de los proletarios vencidos. Los revolucionarios rusos sabían lo que les esperaba en caso de derrota. Sin embargo, la Checa fue benigna en sus comienzos, justo hasta el verano de 1918. Y cuando el "terror rojo" fue proclamado, después de los alzamientos contrarrevolucionarios, después del asesinato de los bolcheviques Volodarski y Uritski, después de los dos atentados contra Lenin, la Checa empezó a fusilar a los rehenes, a los sospechosos y a los enemigos, sólo para canalizar, para controlar el furor popular. Dzerjinski temía mucho los excesos de las Checas locales; la estadística de los chequistas fusilados es, en este sentido, edificante.

Releyendo últimamente un pequeño libro, deplorablemente traducido al francés, los Recuerdos de un comisario del pueblo, del socialista–revolucionario de izquierdas Steinberg, he vuelto a encontrarme con esos dos significativos episodios. Habiendo sido disparados dos tiros contra Lenin a finales de 1917, una delegación obrera vino a decirle que si la contrarrevolución hacía derramar una sola gota de su sangre, el proletariado de Petrogrado le vengaría con creces... Steinberg, que colaboraba entonces con Lenin, hace notar el embarazo de éste. El episodio no fue difundido, justamente para evitar consecuencias trágicas. Por otro lado, los dos socialistas–revolucionarios que dispararon fueron arrestados, perdonados y, más tarde, pertenecieron al Partido bolchevique... Dos ex–ministros liberales, Chingariov y Kokochkin, al encontrarse enfermos en la cárcel, fueron trasladados al hospital. Fueron asesinados en sus lechos; cuando informaron a Lenin, éste, absolutamente trastornado, ordenó al gobierno abrir una investigación y descubrieron que los autores de los crímenes eran marineros revolucionarios, apoyados y protegidos por el conjunto de sus camaradas. Rechazando la "mansedumbre" de los que estaban en el poder, los marineros la habían suplido mediante una iniciativa terrorista. De hecho, la tripulación de la flota rehusó entregar a los culpables. Los comisarios del pueblo decidieron "dejar pasar" el asunto. ¿Podían, en el momento en el que el sacrificio de los marineros era cada día más necesario para el bien de la revolución, abrir un conflicto con el terrorismo espontáneo? En 1920, la pena de muerte fue abolida en Rusia. Se creía próximo el final de la guerra civil. Yo creía que todo el Partido deseaba una normalización del régimen, el fin del estado de sitio, una vuelta a la democracia soviética, la limitación de los poderes de la Checa o, mejor, su supresión. Todo esto era posible, lo que equivale a decir que la salud de la revolución era posible. El país, agotado, quería comenzar la reconstrucción. Sus reservas de entusiasmo y de fe continuaban siendo grandes.

El verano de 1920 marca un fecha fatal. Hay que tener muy mala fe, por parte de los historiadores, para no señalarlo. Rusia entera vivía con la esperanza de la pacificación en el momento en que Pilsudski lanzó los ejércitos polacos contra Ucrania. Esta agresión, claramente inspirada por ánimos de conquista, coincidió con el reconocimiento acordado por Francia e Inglaterra al general barón Wrangel que ocupaba por entonces Crimea. La resistencia de la revolución fue instantánea. Polonia vencida, el Comité central pensó en provocar una revolución soviética. El fracaso del Ejército Rojo ante Varsovia hizo cambiar los propósitos de Lenin, pero lo peor fue que, a resultas de esta penosa guerra, en un país desangrado y empobrecido, ya no entró en consideración abolir la pena de muerte ni comenzar la reconstrucción sobre las bases de una democracia soviética... La miseria y el peligro esclerotizaron al Estado–Partido inmerso en ese régimen económico, intolerable para la población y inviable en sí, que se ha dado en llamar el "comunismo de guerra".

A principios de 1921 la sublevación de los marineros de Cronstadt fue, precisamente, una respuesta contra ese régimen económico y contra la dictadura del Partido. Sean cuales sean sus intenciones, un partido que gobierna a un país hambriento no podrá mantener su popularidad. La espontaneidad de las masas se había apagado; los sacrificios y las privaciones habían agotado a la minoría activa de la revolución. Los inviernos helados, las raciones insuficientes, las epidemias, los requerimientos en el campo extendían el rencor, la desesperanza, la ideología confusa de la contrarrevolución por el pan blanco. Si el Partido bolchevique hubiera aflojado las riendas del poder, ¿quién lo habría sucedido? ¿No era su deber mantenerlo? Hizo bien en hacerlo.

Se equivocó, sin embargo, al enloquecer ante la sublevación de Cronstad, ya que le era posible hacerlo de otra forma, como sabemos los que estábamos allí, en Petrogrado. Los errores y las responsabilidades del poder se funden en lo que respecta a Cronstadt en 1921. Los marineros se sublevaron porque Kalinin rehusó escucharles. Donde era necesaria la persuasión y la comprensión, el presidente del Comité ejecutivo de los Sóviets empleó la amenaza y el insulto. La delegación de Cronstadt al Sóviet de Petrogrado, en lugar de ser recibida fraternalmente, fue arrestada por la Checa. La verdad sobre el conflicto fue hurtada al país y al Partido por la prensa, que, por vez primera mintió, publicando que un general blanco, Kozlovski, ejercía la autoridad en Cronstadt. La mediación propuesta por los influyentes y bienintencionados anarquistas americanos, Emma Goldman y Alexandre Berkman, fue rechazada. Sonaron los cañones en una batalla fraticida y la Checa, después, fusiló a los prisioneros. Si, como indica Trotsky, los marineros habían cambiado después de 1918 y expresaban las aspiraciones del campesinado atrasado, hay que reconocer que el poder también había cambiado.

Lenin, al proclamar el fin del "comunismo de guerra" y la "nueva política económica", satisfizo las reivindicaciones económicas de Cronstadt después de la batalla y de la masacre. Reconocía así que el Partido y él mismo se habían aferrado a un régimen insostenible que ya Trotsky había alertado sobre sus peligros y propuesto un cambio un año atrás. La nueva política económica abolía las requisiciones en el campo, reemplazándolas por un impuesto en especie, restablecía la libertad de comercio y de la pequeña empresa, desterraba, en una palabra, la armazón mortal de la estatalización completa de la producción y del intercambio. Hubiera sido natural aflojar, al mismo tiempo, la armadura del gobierno por una política de tolerancia y reconciliación hacia los elementos socialistas y libertarios dispuesto a situarse sobre el terreno de la constitución soviética. Rafael Abramovitch reprocha a los bolcheviques, con razón, no haber entrado en 1921 en esta vía. Por el contrario, el Comité central puso fuera de la ley a los mencheviques y anarquistas. Un gobierno de coalición socialista, si se hubiera formado en esa época, habría implicado algunos peligros internos, menores, sin embargo –a las pruebas me remito– que los del monopolio del poder... En efecto, el descontento del Partido y de la clase obrera obligó al Comité central a establecer, en lo sucesivo, el estado de sitio; un estado de sitio clemente, es cierto, en el interior del Partido. La oposición obrera fue condenada, y una depuración acarreó exclusiones.

¿Qué profundas razones motivaron la decisión del Comité central para mantener y fortalecer el monopolio del poder? En primer lugar, en estas crisis los bolcheviques no tenían confianza más que en ellos mismos. Acarreando solos las pesadas responsabilidades, singularmente agravadas por el drama de Cronstadt, temían abrir la competición política a los socialdemócratas mencheviques y al partido "campesino" de los socialistas–revolucionarios de izquierda. Finalmente, y sobre todo, creían en la revolución mundial, es decir, en la inminente revolución europea, sobre todo en Europa central. Un gobierno de coalición socialista y democrático hubiera debilitado a la Internacional comunista llamada a dirigir las próximas revoluciones. Quizá estamos tratando el error más grande y grave del Partido de Lenin–Trotsky. Como ocurre siempre en el pensamiento creativo, el error se mezcla con la verdad, con el sentimiento voluntarioso, con la intuición subjetiva. No se emprende nada sin creer en la empresa, sin medir los datos tangibles, sin perseguir el éxito, sin entrar en lo problemático y lo incierto. Toda acción se proyecta en el presente real hacia el futuro desconocido. La acción justificada por la inteligencia es aquella que se proyecta a sabiendas. La doctrina de la revolución europea ¿estaba, bajo éste ángulo, justificada?

No creo que seamos capaces de responder a esta cuestión de forma satisfactoria, solamente me propongo delimitarla. No queda ninguna duda de que el capitalismo estable, creciente, relativamente pacífico, del siglo XIX, acabó en la primera guerra mundial. Tenían razón los marxistas revolucionarios que preconizaban que se abría una era de revoluciones que abarcaría al planeta entero y que si el socialismo no lograba imponerse en los principales países de Europa la barbarie y otro ciclo de "guerras y revoluciones", según lo definía Lenin citando a su vez a Engels, se impondrían. Los conservadores, los evolucionistas y los reformistas que creyeron en el futuro de la Europa burguesa, sabiamente recortada por el Tratado de Versalles, apañada en Locarno, empapada de frases huecas por la Sociedad de Naciones, aparecen hoy como políticos sin visión. ¿Qué estamos viviendo sino una transformación mundial de las relaciones sociales, de los regímenes de producción, de las relaciones intercontinentales, de los equilibrios de fuerzas, de las ideas y las costumbres, es decir, una revolución mundial tan viva en Indonesia como incierta y titubeante en Europa? América, con sus formidables progresos técnicos, sus abrumadoras responsabilidades a escala mundial, sus impulsos sociales contradictorios, mantiene un lugar privilegiado, como corresponde al país industrial más rico y mejor organizado; pero nada de lo que pase en Grecia, en Japón, en las más remotas zonas árticas de la URSS; nada de lo que se haga o trame en Trieste o Madrid puede serle ajeno...

Los marxistas revolucionarios de la escuela bolchevique deseaban, querían, la transformación social de Europa y del mundo mediante la toma de conciencia de las masas trabajadoras, mediante la organización racional y justa de una sociedad nueva; se proponían trabajar para que el hombre dominara, por fin, su propio destino. Y es aquí donde se equivocaron, pues fueron vencidos. La transformación del mundo se desarrolla en medio de la confusión de las instituciones, de los movimientos y de las creencias, sin la aparición de una clara consciencia o de un humanismo renovado e, incluso, poniendo en peligro todos los valores, todas las esperanzas de los hombres. La tendencia general sigue siendo, sin embargo, la que el socialismo de acción ya indicaba desde 1917–1920: hacia la colectivización y la planificación de la economía, hacia la internacionalización del mundo, hacia la emancipación de los pueblos y las colonias, hacia la formación de democracias de masas de un nuevo tipo. La alternativa continúa siendo la que el socialismo preveía: la barbarie y la guerra, la guerra y la barbarie, el monstruo con dos cabezas.

Los bolcheviques creían, con razón, que la salud de la revolución rusa dependía de la posible victoria de una revolución en Alemania. La Rusia agrícola y la Alemania industrial hubieran sufrido, bajo el socialismo, un desarrollo extraordinario y pacífico. Con esta hipótesis cumplida, la república de los Sóviets no hubiera padecido la asfixia burocrática interna... Alemania hubiera escapado de las tinieblas del nazismo y de la catástrofe. El mundo hubiera podido conocer otras luchas, pero nada nos autoriza a pensar que esas luchas hubieran producido maquinarias infernales como el hitlerismo y el estalinismo. Por el contrario, todo nos induce a pensar que una revolución triunfante en Alemania después de la primera guerra mundial hubiera sido infinitamente fecunda para el desarrollo social de la humanidad. Tales especulaciones sobre las posibles variantes de la historia son legítimas e incluso necesarias, si se quiere comprender el pasado y orientarse en el presente; para condenarlas, habría que considerar la historia como un encadenamiento de fatalidades mecánicas y no como el desarrollo de la vida humana en el tiempo.

Luchando por la revolución, los espartakistas alemanes, los bolcheviques rusos y sus camaradas de todos los países, luchaban para impedir el cataclismo mundial que acabamos de sobrevivir. Ellos lo sabían. Maduraron con una generosa voluntad de liberación. Quien quiera que haya estado con ellos no los olvidará nunca. Pocos hombres fueron tan devotos de la causa de los hombres. Ahora está de moda imputar a los revolucionarios de los años 1917–1927 una intención de hegemonía y de conquista mundial, pero conocemos muy bien los rencores y los intereses que trabajan por desnaturalizar la verdad histórica. En lo inmediato, el error del bolchevismo fue, no obstante, patente. La inestabilidad reinaba en Europa, la revolución socialista parecía teóricamente posible, racionalmente necesaria, pero no se hizo. La inmensa mayoría de la clase obrera de los países occidentales rechazó impulsar o sostener el combate; creyó en la vuelta del progreso social de antes de la guerra; se encontraba lo suficientemente bien como para temer los riesgos; se dejó alimentar por las ilusiones. La socialdemocracia alemana, conducida por dirigentes mediocres y moderados, temía los esfuerzos generales de una revolución fácilmente iniciada en noviembre de 1918 y siguieron las vías democráticas de la república de Weimar...

Cuando se reprocha al bolchevismo haber llevado a cabo una revolución por la violencia y la dictadura del proletariado, no sería justo dejar de considerar la experiencia contraria, la del socialismo moderado, reformista, que intentó agotar las posibilidades de la democracia burguesa hasta la llegada de Hitler. Los bolcheviques se equivocaron al valorar la capacidad política y la energía de las clases obreras de Occidente y, en principio, de la clase obrera alemana. Este error, deudor de su idealismo militante, arrastró graves consecuencias. Perdieron el contacto con las masas de Occidente. La Internacional comunista pasó a ser un anexo del Estado–partido soviético. La doctrina del "socialismo en un solo país" nació de la decepción. En su momento, las tácticas estúpidas e incluso perversas de la Internacional estalinista facilitaron el triunfo del nazismo en Alemania...

VI. Un primer balance de la revolución rusa hay que hacerlo sobre el año 1927. Han pasado ya diez años. La dictadura del proletariado se ha convertido, después de 1920–1921, –datos aproximados y discutibles– en la dictadura del Partido comunista, sometido éste, a su vez, a la dictadura de la "vieja guardia bolchevique". Esta "vieja guardia" constituye, en general, una élite notable, inteligente, desinteresada, activa, tenaz. Los resultados obtenidos son grandiosos. En el extranjero, la URSS es respetada, reconocida, y, a menudo, admirada. En el interior, la reconstrucción económica ha llegado a su fin, sobre las ruinas dejadas por las guerras, con los únicos recursos del país y de la energía popular. Un nuevo sistema de producción colectivista ha sustituido al capitalismo y funciona bastante bien. Las masas trabajadoras de las Rusias han demostrado su capacidad de victoria, de organización y de producción. Se han instalado nuevas costumbres así como un nuevo sentimiento de dignidad en el trabajador. El sentimiento de la propiedad privada, que los filósofos de la burguesía consideraban como innato, está en vías de extinción natural. La agricultura se ha reconstruido a un nivel que alcanza e incluso sobrepasa al de 1913. El salario real de los trabajadores está sensiblemente por encima del de 1913, es decir, del de antes de la guerra. Ha surgido una nueva literatura llena de vigor. El balance de la revolución proletaria es netamente positivo. Pero ya no se trata sólo de reconstruir, sino de construir: de ampliar la producción, de crear nuevas industrias (automóvil, aviación, química, aluminio...); se trata de remediar la desproporción entre una agricultura restablecida y una industria débil.

La URSS está aislada y amenazada. Se trata de asegurar su defensa. Los marxistas no tienen mucha ilusión en el pacto Briand–Kellog que pone a la guerra "fuera de la ley"... El régimen está en una encrucijada, el Partido desgarrado por la lucha por el poder, y por el programa del poder, disponiendo a los viejos bolcheviques los unos contra los otros. Los continuadores más lúcidos de los tiempos heroicos se han agrupado en torno a Trotsky. Pueden cometer errores tácticos, formular tesis insuficientes, vacilar, pero su mérito y su coraje no serán puestos en duda. Preconizan la industrialización planificada, la lucha contra las fuerzas reaccionarias y, sobre todo, contra la burocracia, por el internacionalismo militante, la democratización del régimen, empezando por el Partido. Han sido vencidos por la jerarquía de los secretarios, que se confunde con la jerarquía de los comisarios de la GPU, bajo la égida del secretario general, el oscuro georgiano de hace poco, Stalin. Los miles de fundadores de la URSS que habían dado ejemplo de su devoción al pensamiento socialista, se encuentran ahora en prisión o deportados. Lo que les imputan es contradictorio, pero poco importa. El hecho esencial es que en 1927–1928, gracias a un golpe de mano dado en el Partido, el Estado–Partido revolucionario ha pasado a ser un Estado–policial–burocrático, reaccionario, sobre el terreno creado por la revolución. El cambio de ideología se acentúa brutalmente. El marxismo de fórmulas planas elaborado por los verdugos sustituye al marxismo crítico de los hombres con ideas. Se establece el culto al Jefe. El "socialismo en un solo país" ha pasado a ser el cliché válido para todos los advenedizos que tienen, como único interés, conservar sus privilegios. Los opositores observan, con angustia, cómo se perfila un nuevo régimen, un régimen autoritario. Cuando los viejos bolcheviques que acabaron con la oposición trotskista, los Bujarin, Rykov, Tomski, Rioutin, se den cuenta, espantados, pasarán ellos mismos a la resistencia. Demasiado tarde. La lucha de la generación revolucionaria contra el totalitarismo duró diez años, de 1927 a 1937.

Las peripecias confusas y a veces desconcertantes de esta lucha no nos deben oscurecer su significado. Las personalidades han podido enfrentarse las unas a las otras, combatirse, reconciliarse, incluso traicionarse; han podido perderse, humillarse ante la tiranía, intentar ser astutos ante los verdugos, dejarse utilizar, alzarse desesperadamente. El Estado totalitario utilizó a unos contra otros eficazmente, ya que había aprisionado sus almas. El patriotismo del Partido y de la revolución, cimentado por el sacrificio, los servicios, los resultados obtenidos, el apego a prodigiosas visiones de futuro, el sentimiento del peligro común, borró el sentido de la realidad en las mentes más claras. La resistencia de la generación revolucionaria, a la cabeza de la cual se encontraban la mayor parte de los viejos socialistas bolcheviques, fue tan tenaz que en 1936–1938, durante los procesos de Moscú, debió ser exterminada para que el nuevo régimen se estabilizara. Fue el golpe de mano más sangrante de la historia. Los bolcheviques perecieron por decenas de miles, los combatientes de la guerra civil por centenares de miles, los ciudadanos soviéticos, portadores de un idealismo condenado, por millones. Algunas decenas de compañeros de Lenin y Trotsky consintieron en deshonrarse, en un supremo acto de abnegación hacia el Partido, antes de ser fusilados. Miles más fueron fusilados en los sótanos. Los campos de concentración más grandes del mundo se encargaron de la aniquilación física de masas de condenados. La sangrienta ruptura fue llevada a cabo entre el bolchevismo, forma rusa ardiente y creadora del socialismo, y el estalinismo, forma igualmente rusa, es decir, condicionada por todo el pasado y el presente de Rusia, del totalitarismo. A fin de que este último término tenga su sentido preciso, definámosle: el totalitarismo, tal y como se estableció en la URSS, en el Tercer Reich, y esbozado en la Italia fascista y en otras partes, es un régimen caracterizado por la explotación despótica del trabajo, la colectivización y la producción, el monopolio burocrático y policial (mejor valdría decir terrorista) del poder, el pensamiento sojuzgado, el mito del jefe–símbolo. Un régimen de esta naturaleza tiende, por fuerza, a la expansión, es decir, a la guerra de conquista, ya que es incompatible con la existencia de vecinos diferentes y más humanos; ya que sufre, inevitablemente, de sus propias psicosis de inquietud; ya que vive sobre la represión permanente de las fuerzas explosivas de su interior.

Un autor americano, James Burnham, sostiene que Stalin es el verdadero continuador de Lenin. La paradoja, llevada a la hipérbole, no carece de un cierto atractivo estimulante en los medios de pensamiento perezoso e ignorante... Es evidente que un parricida es el continuador biológico de su padre. Y es, asimismo, evidente, que no se continúa un movimiento masacrándole, una ideología renegando de ella, una revolución de trabajadores mediante la más cruda explotación de esos mismos trabajadores, la obra de Trotsky asesinando a Trotsky y quemando sus libros... O las palabras continuación, ruptura, negación, renegar, destrucción, no tendrían sentido inteligible, lo que podría interesar, por otra parte, a los intelectuales brillantemente oscurantistas. Yo no sueño con meter a James Burnham en esta categoría. La paradoja que ha desarrollado, sin duda por amor a la teoría irritante, es tan falsa como peligrosa. Bajo miles de formas planas se encuentra hoy en la prensa y en los libros, justo antes de la preparación de la tercera guerra mundial. Los reaccionarios tienen un interés evidente en confundir el totalitarismo estalinista, exterminador de los bolcheviques, con el bolchevismo, a fin de perjudicar a la clase obrera, al socialismo, al marxismo e, incluso, al liberalismo...

El caso personal de Stalin, ex viejo bolchevique, así como el de Mussolini, ex viejo socialista de Avanti, es totalmente secundario a efectos sociológicos. Que el autoritarismo, la intolerancia y ciertos errores del bolchevismo hayan labrado un terreno favorable al totalitarismo estalinista, no se puede negar. Una sociedad contiene, como un organismo, gérmenes de muerte. Pero hace falta que las circunstancias históricas les faciliten su eclosión. Ni la intolerancia ni el autoritarismo de los bolcheviques (y de la mayor parte de sus adversarios) permiten poner en cuestión su mentalidad socialista o las conquistas de los diez primeros años de la revolución. Y estas conquistas son tan reales que dos sabios americanos, estudiosos del desarrollo cíclico de los organismos y de las sociedades, constatan que "en 1917–1918, Rusia entró en un nuevo ciclo de crecimiento, de suerte que hoy podemos situarla como la más joven de las grandes naciones del mundo (...) (1)".

En el momento del estallido de la revolución rusa, los efectivos organizados de todos los partidos revolucionarios eran inferiores al 1% de la población del Imperio. Los bolcheviques constituían una fracción de ese menos del uno por ciento. La ínfima levadura creció pero rápidamente se agotó. La revolución de octubre–noviembre de 1917 fue dirigida por un partido de hombres jóvenes. El mayor de entre ellos, Lenin, tenía 47 años, Trotsky 38; Bujarin, 29; Kamenev y Zinoviev, 34. Diez a veinte años más tarde, la resistencia al totalitarismo fue llevada a cabo por una generación envejecida. Y esta generación no sucumbió solamente bajo el peso de una joven burocracia policial ávidamente agarrada a los privilegios del poder, sino además por la pasividad política de las masas agotadas, subalimentadas, paralizadas por el sistema terrorista y la intoxicación de la propaganda. Por otra parte, se encontraron sin el más mínimo apoyo eficaz en el exterior. Durante su resistencia en la URSS la escalada de las fuerzas reaccionarias en el mundo fue casi ininterrumpida. Las potencias democráticas trataban con miramientos o alentaban a Mussolini y Hitler. El impulso de los frentes populares, ese combate de retaguardia de las masas trabajadoras de Occidente, quebrado en España por la coalición del nazismo, del fascismo y de Franco, en el momento preciso en que los verdugos de Stalin procedían, en Rusia, a la liquidación del bolchevismo...

VII. ¿Podemos defender algo de la revolución rusa después de esos diez primeros años exaltantes y de los veinte negros años que les siguieron? Sí, y no poco: una inmensa experiencia histórica, recuerdos llenos de orgullo, ejemplos inapreciables... La doctrina y las tácticas del bolchevismo necesitan, sin embargo, un estudio crítico. Se han producido tantos cambios en este mundo caótico que ninguna concepción marxista –o socialista– válida en 1920 tendría aplicación práctica sin una revisión esencial. No creo que en un sistema de producción en donde el laboratorio ha adquirido, en relación al taller, una creciente preponderancia, la hegemonía del proletariado pueda imponerse si no es bajo formas morales y políticas que impliquen, en realidad, la renuncia a la hegemonía. No creo que la "dictadura del proletariado" pueda revivir en las luchas del futuro. Habrá, sin duda, dictaduras más o menos revolucionarias; la tarea del movimiento obrero será siempre, estoy convencido, mantener un carácter democrático, no sólo en beneficio del proletariado, sino también para el conjunto de los trabajadores y de las naciones. En este sentido, la revolución proletaria no es, según creo, nuestro fin; la revolución que nos proponemos debe ser socialista, en el sentido humanista de la palabra; más exactamente, socializante, democrática, libertariamente realizada... Fuera de Rusia, la teoría bolchevique del Partido ha fracasado. La variedad de los intereses y de las formaciones psicológicas no ha permitido constituir la cohorte homogénea de militantes dedicados a una obra común tan noblemente loada por el pobre Bujarin... La centralización, la disciplina, la ideología dirigida nos deben inspirar una justa desconfianza, por más que necesitemos organizaciones serias...

¿Y que le queda al pueblo ruso? Por ironía de la historia, sólo perder sus cadenas. Espero que pronto se traduzca al francés el libro objetivamente implacable de David J. Dallin y Boris l. Nicolaevski sobre El trabajo forzado en la Rusia soviética. En él se nos habla que en 1928, en la época del Termidor soviético, en los campos de concentración de la GPU se hallaban unos treinta mil condenados. Nos es imposible saber, sin embargo, cuántos millones de esclavos encerrados hay hoy en los campos de Stalin. Las cifras más modestas los sitúan entre diez o doce millones que, según estos autores, constituyen el 16% de la población adulta masculina, siendo sensiblemente inferior el de las mujeres. Reciente he subrayado en Masses la importancia decisiva de estos datos. Admitiendo la cifra del 15% de privilegiados del régimen, que gozan en la URSS de una condición comparable a la de europeos civilizados, cifra probablemente optimista en este momento y que habría que dividir por dos para obtener el porcentaje de trabajadores adultos privilegiados, yo escribía: "Desde entonces: 7% de trabajadores adultos privilegiados, 15% de parias, 78% de explotados en condiciones pobres o miserables (...)" ¿Cómo quieren calificar a esta estructura social? ¿Es defendible?

En el exterior, la influencia de este "universo concentracionario" ha sido capaz de impedir la andadura del socialismo y la reorganización de Europa. La tragedia no es específicamente rusa, es universal. La tercera guerra mundial parece ser la salida lógica. No nos resignamos, sin embargo, a las soluciones catastrofistas siempre y cuando haya otras posibilidades. La agresividad del régimen estalinista en el exterior está condicionada por la gravedad de su situación interna. La rebelión latente de las masas rusas y no rusas contra este régimen ha sido demostrada por el derrotismo de las poblaciones que, al principio de la invasión, acogieron a los invasores como a liberadores; probada por los disturbios del día siguiente de la victoria; por el movimiento mucho más complejo de lo que se creía del ejército Vlassov que se batía alternativamente por los nazis y contra ellos; por los dos o trescientos mil refugiados rusos en Alemania; por la población de los campos de concentración. Opino que los regímenes totalitarios constituyen colosales fábricas de rebeliones. Aquel más que otro en razón de su tradición revolucionaria.

La documentación sobre el estado de espíritu de las masas rusas crece día a día. Cualquiera que conozca Rusia sabe que, bajo el caparazón de bronce del régimen, existe una profunda vitalidad. Las nueve décimas partes de los hombres que trabajan, construyen, inventan o administran, podrían, si rompieran sus cadenas, convertirse rápidamente en ciudadanos de una democracia del trabajo... ¿Podrán librarse a tiempo de sus cadenas para que una Rusia socialista pueda prevenir el desencadenamiento de la guerra?.

Lo que ha hecho el estalinismo por inculcar a sus oprimidos el horror y la repugnancia por el socialismo es inimaginable, siendo previsible que se produzcan reacciones tanto en Rusia como, y sobre todo, entre los pueblos no rusos, como los musulmanes de Asia central, recorridos por aspiraciones pan–islámicas. Estimo, no obstante, fundándome sobre muchas observaciones hechas en la URSS en años particularmente crueles para las masas, que la gran mayoría del pueblo ruso se da perfectamente cuenta de la impostura del socialismo oficial. No es posible la vuelta al antiguo régimen o, incluso, a un capitalismo desarrollado, en razón del alto grado de desarrollo conseguido por la producción estatalizada, en el momento en el que Europa entera camina hacia las nacionalizaciones y la planificación. La democracia rusa tendría que sanear, limpiar de mugre, reorganizar, en interés de los productores, la producción socializada. El interés técnico de la producción, el sentido de la justicia social, la libertad recobrada, se conjugarían, por la fuerza de las cosas, en volver a poner a la economía al servicio de la comunidad... No está todo perdido ya que nos queda esta esperanza racional, fuertemente motivada.

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