Por Santiago Ruiz, SoB Francia, 20/7/17

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Un aliado seguro en un mundo incierto

Los pasados días 13 y 14 de julio, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, fue recibido junto a su esposa, por su par francés, Emmanuel Macron, en la ciudad de París. Dicho encuentro consistió en una reunión entre ambos mandatarios, realizada el día jueves, que fue seguida por una conferencia de prensa y “una cena entre amigos”, según el propio Macron, llevada a cabo en el restaurante que se encuentra en la cima de la torre Eiffel.

Durante el día siguiente, el presidente americano fue invitado a participar de la tradicional Fiesta Nacional de la República Francesa, una conmemoración que se da en el marco de un feriado nacional en todo el territorio. Esta fecha ha sido elegida como fiesta nacional, rememorando la Toma de la Bastilla, ocurrida el 14 de Julio de 1789, así como también la Fiesta de la Federación, realizada el mismo día en 1790. Si hay una característica sobresaliente que se destaca de esta jornada es su marcado tinte patriótico, militarista e imperialista, siendo el desfile militar desarrollado en los Campos Eliseos de París su principal atractivo, acompañado de otros desfiles similares, valses y fuegos artificiales a lo largo y a lo ancho del país.

Es habitual que en esta fecha el presidente de la república invite a su par de algún otro país. Este año, la novedad pasó por la presencia de Donald Trump, a quien el mandatario francés presentó como su “amigo”, invitado con motivo del centenario de la intervención estadounidense en la Primera Guerra Mundial, en apoyo de Francia y los ejércitos aliados: “Hemos encontrado aliados seguros, amigos, que han venido en nuestro rescate. Los Estados Unidos de América están entre ellos. Es por eso que nada nos separará jamás. (…) La presencia, hoy, a mi lado, del presidente de los Estados Unidos, Mr. Donald Trump y su esposa, es el signo de una amistad que atraviesa el tiempo. Y quiero agradecerles aquí por la elección hecha hace cien años.”

Semejante declaración de amistad resulta especialmente relevante en estos momentos, sobre todo teniendo en cuenta que la presencia de Trump en la capital francesa ocurrió tan sólo unos días después de la reunión internacional del G-20 en Hamburgo. En este sentido, podemos leer la invitación al mandatario estadounidense como un intento de Macron de posicionarse como el gran mediador entre las potencias del G-20, conteniendo el juego de diferenciación que Trump y Merkel escenifican, sobre todo en los temas en donde se producen mayores divergencias: el libre comercio y las medidas contra el cambio climático.

Esto se debe a que Trump ganó las elecciones con un discurso que rompe fuertemente con el consenso liberal de la globalización, mientras que la mandataria alemana es una de sus principales defensoras. Por su parte, el presidente francés intenta con esta invitación fortalecer su imagen como posible mediador, reiterando su voluntad de respetar los acuerdos de París y de defender el libre comercio, pero al mismo tiempo, anunciando respetar cualquier tipo de decisión que Trump tome al respecto. Ambos se mostraron abiertos al diálogo sobre estas divergencias y no polemizaron en ningún momento. Al mismo tiempo, se declararon en favor de comenzar a desarrollar estrategias comunes para “trazar la hoja de ruta de la posguerra en Siria”, con intervenciones conjuntas, al tiempo que destacaron su compromiso con respecto a mantener la seguridad interna, garantizar el respeto de la ley y luchar contra el terrorismo.

Lejos parecen haber quedado las declaraciones de campaña de Trump burlándose socarronamente de Francia, y si no fuera por la cuestión climática, en realidad, parecería ser que estos dos son los políticos más parecidos de todo el mundo. Según sus propias declaraciones, en el marco de un mundo en el cual el futuro es incierto, Trump y Macron, parecen haber encontrado el uno en el otro, al mejor de los amigos posibles.

Una ofensiva reaccionaria al ritmo del desfile militar

Durante la fiesta nacional del 14 de Julio, se vio un despliegue militar enorme, una presencia destacada de poderío bélico de una potencia imperialista haciendo gala de su fuerza ante la presencia de su amigo íntimo, de su aliado histórico, la más grande de las potencias militares del planeta. El militarismo del acto fue sencillamente descomunal: una soberbia demostración de poderío bélico para dos jefes de Estado fascinados por el desfile de las tropas norteamericanas y francesas, con sus respectivas insignias y banderas. Una ceremonia apabullante para recordar con un relato triunfalista lo que fue la primera de las dos grandes guerras del siglo pasado, en donde murieron más de diez millones de personas.

En estas demostraciones, así como en el discurso del presidente Macron, se evidenció una marcada intencionalidad política, reivindicar a las fuerzas armadas como los héroes protectores de la libertad y la seguridad de la nación francesa: “Aquí, en Francia, y en todo el mundo, hay hombres y mujeres que han elegido comprometerse, arriesgar su vida para que sus derechos vivan, prevalezcan. (…) Ellos son nuestros soldados, nuestros policías, nuestros bomberos, nuestros gendarmes, nuestros aduaneros (…) todos aquellos que nos protegen. Ellos desfilan aquí en este día de fiesta nacional porque ellos son el ejército de la libertad y de los derechos. Su lealtad, su dedicación, su fuerza nos permite vivir según las reglas que nosotros hemos elegido. Quiero agradecerles aquí. La nación entera les agradece.”

El tono del discurso es muy claro: para Macron, el aparato represivo del Estado, con su policía y su ejército, es el garante del orden a nivel nacional e internacional. Es quien protege a la república y a sus ciudadanos de las amenazas exteriores e interiores, es el que legitima y protege la ley, que es presentada como las reglas supuestamente “elegidas” por el propio pueblo, como el derecho natural a vivir en libertad y armonía. Es evidente que estas declaraciones condensan una serie de disposiciones de relevante significación en el contexto político francés de puertas para adentro y también de cara a su política exterior. Intentaremos desarrollar algunos de los ejes principales a continuación.

La república en marcha, los trabajadores en marcha atrás

Los primeros movimientos realizados por Macron desde la asunción a la presidencia no presagian nada bueno para los trabajadores. En este sentido, los nombramientos de sus principales ministros han sido para políticos marcadamente de derecha, como el primer ministro republicano Édouard Philippe, que estará a cargo de la reforma laboral, o el ministro del interior Gérard Collomb, un autoritario apasionado de la seguridad y de las políticas antimigratorias. Estos primeros movimientos anticipan elementos de continuidad y de profundización para avanzar sobre la base de las medidas más antipopulares del gobierno de Hollande: el estado de emergencia y la ley de trabajo.

En cuanto al estado de emergencia, podemos mencionar que se trata de un dispositivo de excepción que tiene por objetivo la reducción de libertades públicas fundamentales, sobre todo aquellas de reunión y de manifestación. Fue activado luego de los atentados de Niza, del 13 de noviembre de 2015, con la excusa de ser la respuesta estatal en la lucha contra el terrorismo. En los hechos, se aplica contra cualquier posible disturbio o afectación al orden público y desde su implementación ha permitido la prohibición de centenares de manifestaciones, sobre todo aquellas contra la ley de trabajo El Khomri, así como también ha servido para ordenar más de mil prohibiciones individuales de manifestación y para realizar procedimientos de requisición y de allanamiento a residencias particulares por fuera de toda orden o procedimiento judicial, bajo la fachada de la lucha contra posibles terroristas. En la realidad, ninguno de los “sospechosos” tenía lazos con grupos extremistas, sino más bien, se trataba siempre de manifestantes, militantes de izquierda y sindicalistas, que han llegado incluso a ser encarcelados sin prueba alguna. En resumidas cuentas, debajo de su fachada de lucha contra el terrorismo, el estado de emergencia tiene por principal objetivo el de volver ilegal todo tipo de protesta social en las calles, al tiempo que éstas se militarizan, bajo el control de las fuerzas armadas.

En medio de este contexto, y al tiempo que se hace un despliegue militar enorme y una reivindicación heroica del aparato represivo del Estado, junto al presidente de los Estados Unidos, Macron anunció de cara a la primera sesión de la nueva Asamblea, semanas atrás, su decisión de inscribir las disposiciones del estado de emergencia en el derecho común. Es decir, el gobierno busca reglamentar de forma definitiva lo que son medidas supuestamente de excepción; quiere hacer de la persecución de la protesta y de la militarización del territorio, la ley imperante.

Con respecto a la ley laboral, Macron prepara una nueva ley de trabajo XXL, como se la empieza a llamar, yendo más allá de lo que fue la aprobación de la ley El Khomri del año anterior, impuesta a través de una represión policial brutal. Y piensa hacerlo por medio de “ordenanzas”, redactadas directamente por el Ejecutivo, a pesar de contar con una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, dando una nueva demostración de fuerza y autoridad.

Por estos motivos, el gobierno de Macron se propone pasar a una ofensiva descomunal contra los trabajadores, al tiempo que refuerza su aparato represivo con vistas a contener las manifestaciones que surgirán como repudio a estas políticas. Dicha ofensiva tiene en vistas la destrucción del actual Código de Trabajo, modificando las relaciones entre empleados y empleadores, para beneficio de estos últimos. Se propone pasar de las negociaciones por “rama productiva” a las negociaciones por empresa, algo ya previsto en la reforma laboral de Hollande, pero cuyo rango de aplicación Macron se propone ampliar -por ejemplo en lo que respecta a los motivos “legítimos” de despido-; aplicar una nueva reforma de jubilaciones y poner un techo a las indemnizaciones que los trabajadores pueden percibir por despidos ilegales, entre otras medidas. La nueva ley de trabajo es una continuidad directa del corazón de la ley El Khomri, que había tenido sus antecedentes en la llamada ley Macron, una ley de flexibilización laboral elaborada por el actual presidente, cuando éste era ministro del gobierno anterior.1

Siguiendo con esta línea, la nueva ofensiva incluye medidas complementarias de la ley anterior, tales como la fusión de instancias representativas de personal, instando a la unificación de los distintos tipos de comisiones internas que existen en las empresas, reduciendo de esta manera, la cantidad de trabajadores que cuentan con protección legal por sus fueros sindicales. Además, existe  la iniciativa de creación del “CDI de proyecto”, una suerte de contrato de duración indeterminada mentiroso, que en realidad, tiene una duración establecida, como es habitual en el sector de la construcción, hasta la finalización de una obra. Otra de las medidas importantes, anunciada hace apenas algunas horas, tiene que ver con la reducción del monto de las indemnizaciones por despidos no justificados. Actualmente, la ley establece una indemnización de seis meses de salario por cada año de antigüedad, que será reemplazada por un tope de un salario mensual por cada año de antigüedad, con un máximo de veinte salarios en total.

Estas medidas en términos de derecho laboral y civil, se complementan con otros elementos de la ofensiva global que el gobierno está dispuesto a llevar a cabo. Por ejemplo, en cuanto a los recortes anunciados para el presupuesto universitario del próximo ciclo lectivo, sumado a una selección universitaria feroz que busca dejar afuera del sistema de educación superior a los jóvenes que acaban de egresar de la escuela secundaria. El ataque en particular contra la juventud precarizada, sumado a conflictos por despidos en distintos sectores, como el de los trabajadores de la autopartista GM&S, actualmente en lucha por la defensa de sus puestos de trabajo, y toda la ofensiva reaccionaria que acabamos de describir, son todas determinaciones que pueden preparar el terreno para un cóctel explosivo de enfrentamientos radicalizados reanudando la experiencia vivida el año pasado en la lucha contra la reforma laboral. Sin embargo, todavía no hemos llegado a ese punto.

Contra Trump, Macron y su guerra social 

Si bien las intenciones del gobierno de hacer una ofensiva brutal contra el Código de Trabajo y los derechos laborales se vuelven cada vez más inminentes, las respuestas contra estos ataques son aún muy incipientes y no están todavía a la altura de contrarrestar la magnitud de lo que está por venir. Es cierto que el calendario veraniego ayuda para planchar una situación de enfrentamiento que se incrementará necesariamente luego del receso estival, en el mes de septiembre. Pero, en este punto, sin dudas juega un papel fundamental la mediación de las direcciones sindicales, quienes se juegan decididamente a sostener la gobernabilidad, siendo cómplices de las medidas del gobierno de Macron.

En este sentido, el principal  responsable es Philippe Martinez, el líder de la CGT, que lejos de encabezar la lucha contra el gobierno, apuesta decididamente al diálogo para pactar con él. Tanto Martinez, como los dirigentes de otros sindicatos nacionales, tales como Fuerza Obrera y la CFDT, han tenido infinidad de reuniones y concertaciones con el presidente y el primer ministro a partir del día de su asunción al poder. Sus declaraciones en favor de dialogar con el gobierno y de no tomar ninguna medida de lucha frente a las presentaciones de los primeros proyectos en el parlamento, le dan un aire al gobierno para preparar su plan de ataque. Macron tiene todo el verano de ventaja, porque la primera convocatoria a una marcha propuesta por la CGT, la central sindical más grande de todo el país, está prevista recién para el 12 de septiembre, mientras planea lanzar sus ordenanzas antes del fin de ese mes. Por este motivo, Martinez fue uno de los grandes ausentes de la convocatoria lanzada por el Frente Social, el 14 de Julio, en una marcha de oposición al encuentro sostenido entre Macron y Trump, que reunió a alrededor de dos mil personas en París, con la consigna de enfrentar la guerra social propuesta por estos dos mandatarios.

La iniciativa de la creación de este Frente Social nace de la voluntad de distintos sectores, sobre todo de los sindicalistas más combativos, uniones y federaciones locales, que junto al apoyo y la iniciativa de algunos partidos políticos como el NPA y sectores del PCF o La Francia Insumisa, buscan construir un movimiento que pelee en las calles para enfrentar los ataques del gobierno. Un movimiento, que como declaró Philippe Poutou, ex candidato presidencial del NPA, durante la jornada del pasado viernes, debe servir para construir una relación de fuerzas que prepare a los trabajadores para levantar la cabeza y ponerse de pie para frenar la oleada de ataques del gobierno de Macron.

Desde este punto de vista, y para dar esta pelea, jugará un rol fundamental en los eventos de los próximos meses la nueva generación militante, esa juventud que dio sus primeros pasos de experiencia en las calles durante la lucha contra la ley El Khomri y las manifestaciones contra las violencias policiales. Esta nueva generación que a nivel internacional viene dando muestras de movilización como durante las marchas de protesta ante la asunción de Trump en enero y las marchas en todo el mundo del movimiento de mujeres del 8 de Marzo. Esta misma generación reflejada en la juventud que se plantó en la cumbre del G-20 en Hamburgo, ante la reunión de los líderes de los países más poderosos del planeta. Es allí a donde debemos enfocar todos nuestros esfuerzos, en la reconstrucción de un movimiento que luche en las calles para frenar los ataques del gobierno y que sirva para organizar, al mismo tiempo, al nuevo activismo combativo para la construcción de una alternativa revolucionaria, de independencia de clase, que sea propia de los trabajadores, para volver a poner en pie la perspectiva de la única salida posible para los trabajadores: el socialismo.

1             El punto central de ley El Khomri tiene que ver con la inversión de la jerarquía de las normas: “La Ley El Khomri apunta a una modificación profunda de las relaciones entre trabajadores y patrones. En efecto, el punto central de la Ley es lo que se conoció como la ‘inversión de la jerarquía de las normas’. Esto significa que, en la situación actual, las condiciones de trabajo como la remuneración, los horarios, las horas suplementarias, la formación, se definen en acuerdos por rama productiva. Los acuerdos por empresa son posibles, pero éstos sólo pueden ser más favorables que el acuerdo de la rama. Así, es la relación de fuerza más global, la más favorable para los trabajadores, la que prima: esto se encuentra además condensado en la primacía del Código del Trabajo, que refleja de alguna manera la relación de fuerzas global entre la burguesía y el proletariado.” (Alejandro Vinet: “Francia: enseñanzas de la lucha contra la ley El Khomri”, Revista SoB 30-31, noviembre 2016.)

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