Por José Luis Rojo, Editorial SoB 433, 20/7/17

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“(…) el genio político se caracteriza precisamente por esa capacidad de apropiarse el mayor número posible de términos concretos necesarios y suficientes para fijar un proceso de desarrollo, y de aquí su capacidad para anticipar el futuro próximo y remoto y de iniciar, sobre la línea de esta intuición, la actividad de un Estado y arriesgar la suerte de un pueblo” [podría reemplazarse de un partido, J.L.R] (Antonio Gramsci, Escritos sobre la Revolución Rusa, “La Conquista del Estado”, publicado en L’ Ordine Nuovo, 12 de julio de 1919, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2017, pp. 91).

Las elecciones muestran al país en una encrucijada: el interrogante de si Macri podrá avanzar en el duro ajuste económico y las medidas reaccionarias que adelanta, o si sobrevendrá una crisis mayor como subproducto de una derrota electoral “prematura” de su proyecto[1].

Es significativo que una elección de mediano término tenga semejante importancia. La circunstancia educa en el sentido que si bien las elecciones son una expresión parcial y distorsionada de la dinámica política, no dejan de ser una parte de la lucha de clases.

Gane o pierda las elecciones, el gobierno tratará de ir hacia adelante en su agenda de cambios estructurales. Sin embargo, ambos escenarios no serán iguales. Aun cuando en ningún caso se pueda esperar una votación mayoritaria para Cambiemos, de imponerse en los comicios, el gobierno contaría con un “piso de legitimidad” a partir del cual podría eventualmente convocar a un “gran acuerdo nacional” para imponer sus medidas, o cualquier otra iniciativa en igual sentido; sería el triunfador del comicio.

Si, por el contrario, tratara de avanzar en las reformas (más bien contra-reformas) saliendo derrotado de la votación, el proceso político del país podría “descarrilarse” colocándose incluso la posibilidad de una salida anticipada de Macri.

De ahí que en las últimas semanas haya venido creciendo la preocupación en el empresariado sobre el futuro del país; un empresariado que mira con envidia cómo, a pesar de su impopularidad e inestabilidad extrema, el presidente de Brasil, Michael Temer, avanza sin que le tiemble el pulso en sus medidas antipopulares.

En medio de esta encrucijada de un giro a la derecha todavía no consolidado, o de un eventual rebote a izquierda, la izquierda podría alzarse en las PASO con una elección de importancia que la consolide como una fuerza política de peso nacional, aun si no debe perderse de vista que su peso orgánico real está todavía muy por detrás de la relevancia que ha cobrado en el debate nacional.

En todo caso la campaña electoral que venimos desarrollado desde el Nuevo MAS y la Izquierda al Frente por el Socialismo, sobre todo a partir de la candidatura de Manuela Castañeira, de su creciente instalación como una de las figuras de la izquierda argentina, muestra la existencia de una vacancia política de la cual nuestro frente podría capitalizar una proporción de importancia quebrando las PASO el próximo 13 de agosto.

Se vienen las semanas decisivas para esta tarea: para que la acción del partido haga la diferencia y nos instale en las elecciones de octubre. Una tarea dificilísima, pero que estamos más cerca de concretar que nunca desde el 2011.

Brasil y Argentina

Aunque existen simetrías en los procesos políticos de la Argentina y Brasil, las realidades de ambos países no se identifican de manera completa. Sobre todo a nivel de las relaciones de fuerzas, incluso no solamente desde el 2001, sino desde la caída de la dictadura militar, se aprecia que en la Argentina su derrumbe significó un quiebre de proporciones, mientras que en Brasil su salida fue ordenada. El desprestigio de los militares en la Argentina en nada se asemeja al prestigio conservado en el gigante latinoamericano (y no deja de ser un elemento de importancia en las relaciones de fuerzas más generales)[2].

Pero incluso, si nos remontamos más cerca en el tiempo, se puede apreciar que la Argentina vivió una rebelión popular en el 2001 que se cargó 4 o 5 presidentes, mientras que en Brasil Lula y el PT llegaron al gobierno precisamente para evitar el posible desencadenamiento de una rebelión.

El gobierno de Lula y Dilma Rousseff fue el de un “reformismo sin reformas”, una continuidad aggiornada del neoliberalismo; en la Argentina el kirchnerismo debió hacer más concesiones a partir de las relaciones de fuerzas creadas por la rebelión popular; rebelión que, si se encargaron de ir reabsorbiendo lentamente, nunca terminaron de dar lugar al tan ansiado “país normal” (recordar que dicha frase era de cabecera de Néstor Kirchner).

A mediados del 2013 estalló en Brasil una suerte de “levantamiento” juvenil y popular pero que sin embargo no pudo terminar de inclinar el péndulo hacia la izquierda. Las contradicciones agudas que marcaron esta “semirebelión” (recordar que también fue usufructuada desde la derecha), terminaron paradójicamente llevando el péndulo hacia la derecha: a la sustitución de Dilma Rousseff por Michael Temer mediante una maniobra parlamentaria reaccionaria y el compromiso que durante su gobierno (¡un gobierno de excepción de sólo dos años!) llevaría adelante “reformas históricas, patrióticas, sin importar su popularidad”…

El contenido de este tipo de gobierno luce bastante evidente: dejar en suspenso la legitimidad electoral para imponer medidas brutales; hacer retroceder conquistas históricas de los trabajadores recuperando el nivel de ganancias y tasa de explotación de la clase obrera sacando a Brasil de la crisis recesiva en la que está sumido hace varios años[3].

Aquí ya se observan diferencias de magnitud con la Argentina. Primero en que el régimen político argentino vive un proceso hacia la derecha desde el triunfo de Macri, pero no es un régimen de excepción como el actual de Temer en Brasil: es un régimen electoral normal que, en todo caso, las diatribas de Macri contra las PASO (en realidad ¡contra las elecciones de mediano término como tales!), la insidiosa campaña contra el voto, busca precisamente quitar legitimidad a las elecciones como tales, algo sin antecedentes en la Argentina desde 1983, cuando la dictadura fue echada en medio de una suerte de “rebelión democrática”[4].

Segundo, que las relaciones de fuerzas más generales desde aquella época (relaciones de fuerzas que tuvieron alzas y bajas), y sobre todo desde el 2001, muestran a la Argentina como un país movilizado; un país donde si bien no se vive un proceso de radicalización, de todas maneras conquistas elementales democráticas y sociales están muy presentes y son un hueso muy duro de roer para llevar al país hacia la derecha, imponiéndole derrotas históricas a los trabajadores.

¿Cuál es la resultante de esto? Simple: siendo aún un gobierno de transición, inestable, a punto de caer, Temer viene siendo capaz de imponer medidas brutales como el congelamiento del gasto público por 20 años, una contra-reforma laboral que liquida o pone en riesgo todos los convenios laborales, imponer la jornada de 12 horas y las 48 horas semanales, todo esto para el deleite de la patronal brasilera y la envidia de la argentina.

Pero el problema en la Argentina es que imponer medidas así le será muy difícil a Macri, incluso si triunfa en las elecciones. Ocurre que el suyo no es un gobierno de excepción (es decir, por encima de la legitimación electoral), sino de base electoral. Y el problema es que la base electoral del gobierno está consolidada con un piso y un techo que se tocan algo en torno al 30% del electorado.

En la danza de encuestas de estas semanas pocas dan resultados certeros y menos nacionales (aunque todo el mundo sabe que la madre de las batallas está en la provincia de Buenos Aires). Pero incluso si ganara las elecciones, tampoco sería un gobierno mayoritario de aquellos que se estilaban en el bipartidismo tradicional peronista-radical, donde se formaban gobierno con el 50% más uno de los votos.

Ni hablar de la circunstancia si Macri termina perdiendo las elecciones, como es algo probable, sobre todo atendiendo a la enorme bronca que crece desde abajo, que se aprecia en la campaña electoral, que se aprecia en los conflictos como el de Pepsico y otros tantos contra los despidos que están recrudeciendo en las últimas semanas. ¿Cómo hará el gobierno para imponer un brutal ajuste a partir de un piso tan bajo de legitimidad electoral sin llevar al país a un estallido?

Ese es el interrogante que campea entre los empresarios y las patronales, en los hombres de negocios y de las finanzas y que está, en última instancia, detrás de la escalada del dólar. Amén de los crecientes problemas económicos, de una economía anémica, que no se recupera, de un endeudamiento creciente que podría alcanzar a mediano plazo cotas peligrosas, aumentan los interrogantes de ¿cómo afrontara el gobierno las medidas que debe tomar y que ya está anunciando por lo bajo (reforma laboral, reforma fiscal, reforma jubilatoria, ajuste del Estado, etcétera), si sale derrotado en las urnas?: “Las elecciones legislativas se han metido de lleno en las decisiones de los inversores (…) En una jornada en la que las monedas de países socios y vecinos se apreciaron fuerte contra el dólar, el peso local corrió con velocidad en sentido contrario. ‘Lo que pasa acá es riesgo propio, es idiosincrático. A medida que salen las encuestas y mejoran las chances de Cristina Kirchner, aumenta la dolarización’ (…) ‘Además, las reformas estructurales tampoco llegan’” (La Nación, 19/07/17).

La apuesta a desprestigiar las elecciones

Acá es donde se coloca la hipótesis que llamamos de “Temerización” de la política o el intento de pasar por arriba los elementos de legitimación electoral para poder dejar atrás el mal llamado “gradualismo” y poner en marcha un ajuste durísimo (amén de ultra reaccionario, justamente por estos elementos antidemocráticos o de negativa a reconocer la necesidad de legitimación de los mismos).

La campaña del gobierno alrededor de la corrupción no solamente toma elementos reales de la corrupción K (aunque trata de soslayar la que está “del otro lado del mostrador”, que es la de los empresarios como Macri pagando coimas para obtener ventajosa obra pública), sino que por elevación es un golpe contra la idea misma de la política, de los asuntos generales, como que la cosa pública fuera casi necesariamente corrupta, buscando además una suerte de “desafectación política”, de retirada a la vida privada de la gente.

Pero a esto hay que agregarle la prédica explícita de Macri en contra no simplemente de las PASO, sino contra las elecciones de mediano término como tales. Porque una cosa es cuestionar la democracia indirecta del voto de la democracia de los ricos desde la izquierda, desde la democracia directa, y otra muy distinta es cuestionarla desde la derecha, predicar que los gobiernos tengan un cheque en blanco durante cuatro años, que solamente se vote una vez cada cuatro años y luego los gobiernos hagan lo que quieran sin pasar por las urnas…

Desde la asunción de Macri señalamos que se trataba de un gobierno reaccionario que viene a (intentar) doblegar las relaciones de fuerzas, que no es simplemente “más de lo mismo”. También fuimos dando cuenta de los “cuidados” que viene todavía teniendo a la hora de imponer medidas anti obreras y anti populares más radicales.

Pero sobre el trasfondo de una economía que no se recupera, que más bien se sigue deteriorando, podría adelantarse ahora el intento de un doble avasallamiento: pasar por encima de los elementos de legitimación democrática, intentar imponer reformas al estilo Brasil buscando la vía de una derrota histórica de los trabajadores, de una reversión más de conjunto de las relaciones de fuerzas, para los cuales golpes como en Pepsico, como AGR antes, incluso como Gestamp y Lear bajo los K, podrían obrar de antecedentes[5].

Sin embargo, esto puede entrañar un grave riesgo: como dijera nuestra compañera Manuela Castañeira el jueves 13 de julio en el programa de Roberto Navarro a propósito de la represión en Pepsico, el gobierno podría arriesgarse a “despertar a la bestia” que es la clase obrera argentina. Clase obrera que viene reforzada estructuralmente en la última década con el agravante, además, de que si bien la izquierda revolucionaria es, en materia orgánica, todavía una fuerza de amplia vanguardia, minoritaria, política y electoralmente viene fortaleciéndose, siendo parte creciente del debate nacional, logrando una audiencia política cada vez mayor, cuestión que podría ser un elemento de las relaciones de fuerzas, dependiendo cómo le vaya en las elecciones que vienen.

De ahí también la apreciación de las próximas elecciones no solamente en el estrecho sentido electoral, sino más ampliamente en lo que tiene que ver con lo que ese elemento significaría más de conjunto, un poco -salvando las distancias- como lo que significaron (como factor anticipador) las elecciones de octubre del 2001 –recordar el 30% de los votos obtenido por la izquierda en CABA- en relación a lo que vino pocos meses después.

Golpearlo en las urnas, derrotarlo en las calles

Es en el contexto anterior que se puede entender más profundamente la importancia de las próximas elecciones para la izquierda, que como señalamos en nuestro editorial anterior, podría hacer una elección quizás histórica en las PASO a la categoría de diputados nacional.

Como para resumir las tareas de la izquierda en la actual coyuntura, las mismas pasan por apoyar luchas como las de Pepsico y tantas otras contra despidos y cierres de plantas, golpear al gobierno de Macri electoralmente desde la izquierda y prepararnos para derrotarlo en las calles.

Esta es la estrategia que planteó Manuela en el programa de Navarro frente a la confusión de un Del Caño que insistió en que la clave estaría en “obtener 20 o 30 diputados”… Más allá que esa expectativa es falsa, en todo caso el orden del razonamiento es exactamente al revés: la clave de si la izquierda hace una gran elección e incluso obtiene nuevos parlamentarios, tiene que ver con la importancia que puedan tener los mismos como punto de apoyo auxiliar, como “reflejo” de lo principal: apostar a la lucha en las calles para quebrarle el espinazo a Macri, su ajuste y sus medidas reaccionarias.

Si la izquierda hiciera una elección de envergadura y si, además, Macri no saliera bien librado de las mismas, podrían estarse anticipando grandes enfrentamientos de clase en el futuro.

La campaña electoral de la izquierda, el quebrar el piso proscriptivo por parte de la Izquierda al Frente por el Socialismo, el terminar instalando a Manuela Castañeira y demás figuras de nuestro partido como parte de los más importantes representantes de la izquierda de nuestro país, van precisamente en esa perspectiva: la de fortalecer a la Izquierda al Frente por el Socialismo y el Nuevo MAS como alternativas de independencia de clase al servicio de los combates de clase que se vienen.

¡Vamos a redoblar entonces la campaña por romper el piso proscriptivo, vamos a redoblar la campaña por Manuela Castañeira diputada y vamos a conquistar cientos y miles de fiscales en provincia de Buenos Aires para la Izquierda al Frente para abrir una nueva historia en la izquierda de nuestro país!

[1] De esto habla Morales Solá en su última editorial en La Nación: “Digamos las cosas como son. Un triunfo de Cristina en la provincia de Buenos Aires, aunque fuera por un punto, frenaría en seco el programa político y económico de Macri. Al Presidente sólo le quedaría margen para maniobrar su permanencia en el gobierno hasta cumplir su mandato en 2019”, domingo 16 de julio 2017.

[2] Recordemos que en Gramsci las relaciones de fuerzas militares eran parte integrantes de las relaciones de fuerzas más generales.

[3] Por añadidadura, aquí se suma sacarse el escarnio de que el país haya estado gobernado por más de una década por un partido de trabajadores y un obrero metalúrgico, que si bien configuran unos burócratas tremendos que impusieron la conciliación de clases a rajatabla, de alguna manera hay que hacer retroceder la mínima conciencia de clase reformista que pudiera subsistir; ese es el contenido más profundo de la condena a Lula por parte de la justicia (ver nota en esta misma edición).

[4] “Tenemos que ir a un sistema de elecciones cada cuatro años, para que los que gobernamos nos dediquemos todo el tiempo posible, cada minuto, a resolver los problemas de la gente y no tengamos que interrumpir cada dos años varios meses haciendo campaña” (Macri, La Nación, domingo 15 de julio del 2017).

[5] Nos parece evidente el carácter político y no sólo económico de estos conflictos, conflictos donde las internas independientes de la burocracia y la izquierda tienen un papel protagónico.

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